Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Homenaje
Retrato del autor
Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
Imagen destacada de la noticia
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
La guerra entre Irán y Estados Unidos: ¿cómo podría terminar?

Los análisis suelen fallar en el objetivo. Tendemos a caer en un exceso de objetividad y una falta de imaginación, o en el extremo opuesto. A veces incluso confundimos nuestros propios deseos con la realidad. Es un hecho sobrio que ni los acontecimientos más trágicos ni sus desenlaces fueron previstos por los analistas más experimentados. Solo unas pocas mentes esclarecidas demostraron ser visionarias, pero rara vez fueron escuchadas en los altos corredores del poder, atrapados como estaban en asuntos políticos, financieros y económicos. El catalizador de las dos guerras mundiales Pocos predijeron la Primera Guerra Mundial. Ninguno de los beligerantes la deseaba realmente, sobre todo después de los diversos acuerdos y del reparto de las esferas de influencia globales entre las grandes potencias de la época. Convencidos de que un conflicto así no podría repetirse y de que Alemania había sido definitivamente sometida, los analistas la calificaron de “guerra para acabar con todas las guerras”. Veinte años después, Alemania controlaba Europa en un segundo conflicto aún más devastador y estuvo a punto de dominar el mundo de no haber sido por la intervención estadounidense. La clave del renacimiento alemán y de su superioridad militar estuvo en la tecnología. Lo mismo ocurrió en vísperas de la Primera Guerra Mundial: el mundo atravesaba una revolución industrial y tecnológica. Ese cambio dio origen a un armamento sin precedentes: tanques, aviones de combate, flotas navales totalmente metálicas, buques de guerra propulsados por petróleo en lugar de carbón, cañones sin retroceso y fusiles semiautomáticos. La carrera armamentista que siguió actuó, a su vez, como catalizador de ambas guerras mundiales. El siglo XXI: armamento al alcance de todos En términos de armamento, el panorama global actual no es muy diferente del de comienzos del siglo XX. La diferencia es que ahora hemos entrado en la era de los drones, los misiles inteligentes y proyectiles de todo tipo, radares de alta precisión, aviones y misiles furtivos, sistemas de defensa antimisiles, armas nucleares, robótica de combate, herramientas electromagnéticas y tecnologías cibernéticas. Estas capacidades ya no son exclusivas de las grandes potencias. Hoy están al alcance de países como Ucrania, Corea del Norte e Irán. La accesibilidad de esta tecnología alienta a los regímenes beligerantes a adoptar posturas más desafiantes, al tiempo que permite a naciones relativamente más débiles, como Ucrania, desarrollar la resiliencia necesaria para resistir a potencias muy superiores. Nadie previó la ofensiva de Hamás desde Gaza en octubre de 2023. Impulsado por misiles y drones producidos localmente, por máquinas voladoras improvisadas y por combatientes con gran capacidad tecnológica, el movimiento logró ocupar temporalmente el sur de Israel. En vísperas del conflicto actual parecía claro que Irán ya no podía contar con sus aliados regionales, en particular Hezbolá, Hamás y las milicias iraquíes del Hashd al Shaabi, debilitados tras quince meses de guerra con Israel. Además, el propio Teherán, tras sufrir daños significativos en su potencial militar y nuclear durante la “guerra de los 12 días” en junio de 2025, era considerado neutralizado, sobre todo porque entonces estaba involucrado en negociaciones nucleares con Estados Unidos. Estas suposiciones resultaron erróneas. Mientras negociaba, Irán reponía simultáneamente su arsenal de drones, cuya eficacia se ha demostrado en Ucrania, junto con sofisticados misiles balísticos, misiles de crucero de alta precisión, misiles antibuque supersónicos, misiles hipersónicos y misiles con múltiples ojivas con un alcance superior a los 2.000 kilómetros. Este refuerzo aumenta la capacidad del régimen para cerrar el estrecho de Ormuz y paralizar la navegación en el Golfo Arábigo. En la década de 1980, durante la guerra entre Irán e Irak, Teherán no dudó en sembrar minas navales en el estrecho, lo que provocó un devastador ataque estadounidense contra su marina para garantizar la libre navegación. Hoy, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ha demostrado su experiencia en el despliegue de una compleja combinación de radares de vigilancia, drones, drones navales suicidas, misiles de superficie a mar, submarinos enanos – de los que Irán posee al menos 18 y que son especialmente difíciles de detectar – y minas navales citadas en recientes informes estadounidenses. Dos condiciones para poner fin a la guerra El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Teherán se está convirtiendo en una posibilidad real, pese a las importantes pérdidas en las capacidades militares de la República Islámica. Los iraníes conservan medios tecnológicos suficientes, aunque limitados, como minas y drones, para bloquear el paso. Sin embargo, mantener el estrecho abierto sigue siendo un interés estratégico vital para Estados Unidos. En esta etapa del conflicto, el futuro del presidente Donald Trump depende de su capacidad para proteger ese interés: si parece disuadido por Irán, se desencadenaría un terremoto geopolítico mundial y una crisis política dentro de Estados Unidos. Además, existe otro factor tecnológico con graves repercusiones geopolíticas: según sus propios funcionarios, Irán todavía posee 460 kilogramos de uranio enriquecido al 60 por ciento, bien protegido de la vigilancia estadounidense. El país aún cuenta con centrifugadoras capaces de enriquecer ese material hasta el 90 por ciento, el umbral necesario para fabricar un arma nuclear. El peligro no radica necesariamente en el lanzamiento de una bomba nuclear en un misil iraní. Más bien reside en que Teherán, que en el pasado ha patrocinado atentados terroristas, mantiene vínculos con milicias experimentadas en este tipo de acciones y, según informes, alberga operativos de Al Qaeda, podría, en un gesto desesperado, transferir estos materiales fisibles a organizaciones que los utilicen para perpetrar un nuevo 11 de septiembre, aún más devastador que el primero. Estos factores hacen improbable un final discreto para este conflicto. Irán lucha por su supervivencia y libra una guerra psicológica para proyectar una imagen de desafío y victoria, mientras que el presidente Trump exige nada menos que la rendición total de Teherán. Este conflicto solo puede terminar de una de dos maneras: una victoria total de Estados Unidos en términos “clausewitzianos”, una empresa costosa en cualquier escenario, o negociaciones que obliguen a Irán a renunciar a sus materiales fisibles altamente enriquecidos y a desmantelar las capacidades que amenazan a la economía mundial mediante el cierre del estrecho de Ormuz. Mientras tanto, la guerra continúa y la debilidad de Irán se acentúa.

Cuando los dioses se hacen la guerra
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

«En cada generación se alzan para aniquilarnos, y el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos.» — Hagadá de Pésaj El conflicto que enfrenta actualmente a Israel con Irán y sus proxies desborda con creces el marco militar y geopolítico al que algunos insisten en confinarlo. La semiología desplegada por ambas partes — los nombres dados a las operaciones, las expresiones elegidas para anunciarlas o responder a ellas — revela una batalla de carácter eminentemente religioso y metafísico, donde cada acto militar pretende inscribirse en el orden del cumplimiento escritural. Allí donde los nombres de operaciones militares suelen obedecer a una lógica de propaganda destinada a impresionar al enemigo, el ornamento retórico cumple aquí un papel radicalmente distinto, situándose en el corazón mismo del dispositivo bélico. Constituye su esencia, ayudando a comprender por qué este conflicto se juega en un registro ajeno al tiempo estrictamente diacrónico, histórico. Al menos cuatro expresiones han concentrado esta lógica desde que los combates retomaron su intensidad: Al-Aasf al-Ma'koul, el nombre dado por Hezbollah el miércoles a sus operaciones de misiles; Al-Saa Saaein, el mensaje difundido en árabe por el ejército israelí como réplica; y, antes de eso, Rising Lion y Roaring Lion — el León que se alza, el León rugiente —, nombres de las dos operaciones israelíes contra Irán en 2025 y 2026. Cada una de estas expresiones convoca una memoria escritural tan precisa, y tan conscientemente elegida, que resulta difícil leerlas como simples etiquetas militares. «Al-Aasf al-Ma'koul» Al designar el nombre Al-Aasf al-Ma'koul para caracterizar sus operaciones, Hezbollah bebe de la sura 105 del Corán — la sura del Elefante —, que relata el destino de Abraha, rey cristiano de Yemen cuyo ejército había marchado sobre La Meca para destruir la Kaaba. El castigo divino fue total y de una brutalidad casi estética en su radicalidad: los soldados quedaron reducidos al estado de «paja devorada», de residuos secos que el viento dispersa sin dejar rastro, ni siquiera la dignidad de un cadáver que llorar. La referencia es clara y directa, destinada a infundir ánimo al público de Hezbollah. El partido islamista juega aquí de manera explícita en el registro de la memoria colectiva instintiva e inmediata, subrayando un carácter punitivo vengativo frente a la dureza de la ofensiva israelí. Lo que merece señalarse, más allá de la notoriedad de la referencia, es la precisión de la analogía que construye. Pues Abraha no era un enemigo cualquiera. Era un cristiano aliado de Bizancio, que se creía portador de una misión civilizadora y cuyo ejército disponía de elefantes — símbolo del poder tecnológico de la época. Su derrota ilustra en el Corán que la fuerza material, por impresionante que sea, no prevalece frente a la voluntad divina. El paralelismo con Israel — Estado tecnológicamente avanzado, respaldado por Estados Unidos en su guerra contra Irán — está construido para ser leído sin esfuerzo, como una evidencia, en los círculos donde circula este discurso. «Al-Saa Saaein» La réplica israelí es elocuente. Al difundir en árabe el mensaje Al-Saa Saaein — «el doble de la medida» —, el ejército israelí elige una expresión árabe clásica que resuena simultáneamente en varios registros: el de la lengua árabe misma, donde la expresión designa el principio de la represalia proporcional o doblada; y el registro bíblico, donde la séah hebrea — prima lingüística y semántica del saa árabe — atraviesa las Escrituras como unidad de medida para el grano pero también, y sobre todo, como metáfora de la retribución divina. Dos castigos por uno. Esta raíz bíblica merece detenimiento. Isaías proclama que Jerusalén ha recibido el doble de sus pecados (40:2). Jeremías anuncia que Dios devolverá el doble a las naciones enemigas (16:18). El Apocalipsis de Juan retoma la misma estructura: «Dadle el doble según sus obras» (18:6). Y detrás de todos estos textos se perfila el principio talmúdico de middah keneged middah — «medida por medida» —, fundamento del pensamiento jurídico y teológico judío, según el cual la justicia funciona devolviendo exactamente lo que se infligió, o duplicándolo. Al responder en árabe a sus adversarios en este registro escritural compartido, el ejército israelí dice en el fondo: conocemos vuestros textos, conocemos sus equivalentes en los nuestros, y es en esa profundidad común donde os respondemos. La guerra metafísica y escatológica en todo su esplendor, doblada de una violencia mimética arquetípica que responde perfectamente al modelo definido por René Girard. La maniobra no busca salir del marco propuesto por el adversario, sino ocuparlo desde dentro y revertir su lógica — lo cual es, como convendrían los expertos, en una guerra de signos, la forma más eficaz del contraataque. «Rising Lion», «Roaring Lion» El nombre dado a la operación contra el programa nuclear iraní del 13 de junio de 2025 — Rising Lion, el León que se alza — encontraba ya su origen escritural directo en el oráculo de Balaam, en el libro de los Números (24:8-9). La escena constituye en sí misma un dispositivo narrativo de notable coherencia: Balaam era un adivino extranjero convocado por Balac, rey de Moab, para maldecir a Israel. Tres veces lo intentó, tres veces su boca, a su pesar y contra su voluntad, pronunció una bendición. Es en esa tercera bendición forzada donde se encuentra el versículo: «Se encorvó, se echó como un león, como una leona; ¿quién lo hará levantar?» Este dispositivo narrativo logra algo teológicamente singular: hace que la boca del mismo enemigo que quería maldecirlo atestigüe la invencibilidad de Israel. Lejos de ser proclamado por quienes la poseen, el poder se impone a quienes esperaban negarlo. Mejor aún, gracias a ellos. Nombrar una operación militar según este versículo es, por tanto, convocar este arquetipo preciso: estábamos echados, nos levantamos, y son nuestros propios enemigos quienes deben reconocer que nadie puede impedírnoslo. Fue Benjamin Netanyahu quien declaró haber elegido personalmente el nombre de la operación en referencia a esta profecía. Que el jefe de gobierno asuma públicamente leer su acción en el registro del cumplimiento bíblico dice mucho sobre el alcance profético que desea otorgar a la guerra — sin duda para legitimarla religiosamente —, pero también sobre el momento que atraviesa Israel y sobre el modo en que sus dirigentes conciben, o al menos presentan, su relación con la historia. Hay que añadir una capa de lectura poco puesta de relieve: el león ante un sol naciente era el emblema del Irán imperial, el de las banderas persas anteriores a 1979. Al nombrar así su operación, Israel mata dos pájaros de un tiro. Se dirige a sus propios ciudadanos con una referencia bíblica — y envía también a los iraníes un mensaje que invoca su propia memoria nacional, concretamente la de la Persia real borrada por la República Islámica. Dice implícitamente que el león se alza no contra Irán sino contra el régimen de los mulás, y que algo de la antigua Persia quizás se encuentra de este lado de la frontera. La guerra semiótica alcanza aquí su paroxismo. Aterrador. La inclusión textual con la bendición de Jacob a su hijo Judá en el Génesis (49:9) — «Judá, cachorro de león [...] se encorvó, se echó como un león; ¿quién lo hará levantar?» — crea una continuidad profética que abraza toda la Torá: el león de Judá es el linaje real, es Jerusalén cuyas armas aún portan el león pasante, es en la tradición cristiana el «León de la tribu de Judá» del Apocalipsis (5:5), el que se levanta después de haber parecido vencido. Esta simbología activa la noción de un poder en reserva que elige su momento — el león echado no es un león débil, es un león que espera, listo para saltar sobre su presa cuando llegue el momento. No es de extrañar, en este contexto, que la nueva ofensiva israelí se titule Roaring Lion — el León rugiente. Roaring Lion — en hebreo Sha'agat Ha'Ari — es, pues, el segundo de su tipo dentro de una secuencia deliberada, una progresión narrativa tomada directamente de la simbología leonina bíblica. El león echado de Balaam se levanta, luego ruge antes de atacar. El rugido, en los profetas, no es una metáfora de la ira: es la señal precursora del acto divino mismo. Amós 3:8: «El león rugió, ¿quién no temerá?» Joel 4:16: «El Señor rugirá desde Sión.» Netanyahu ha construido una secuencia en dos actos escriturales. ¿El denominador común? La expedición punitiva, vindicativa. Y el milenarismo. Purim y la liberación del pueblo judío La dimensión temporal de estos hechos merece también una atención especial. Los intercambios de misiles y mensajes se desarrollan en los días que siguen inmediatamente a Purim, celebrado este año los días 2 y 3 de marzo de 2026. La coincidencia merecería por sí sola una pausa, pues concentra en el espacio de unos pocos días la totalidad de la paradoja persa-israelí. Purim conmemora la liberación del pueblo judío de un proyecto de exterminio urdido por Amán, ministro del rey persa Asuero — un proyecto orientado a «destruir, matar y aniquilar a todos los judíos, jóvenes y viejos, mujeres y niños, en un solo día», según los propios términos del Libro de Ester. La historia transcurre en Susa, la actual Susa, en Irán. La fiesta no remite, pues, a una vaga reminiscencia oriental, sino a nada menos que una amenaza de aniquilación proveniente de la propia Persia, frustrada por la astucia de una mujer y vuelta contra su instigador. Amán es ahorcado en la horca que había preparado para Mardoqueo. La estructura narrativa es la del vuelco perfecto — y es precisamente por eso que Purim se llama la fiesta de las suertes: Amán había echado suertes para elegir la fecha de la masacre, y esa misma suerte fue la que se volvió contra él. Que las hostilidades se reanuden con renovada intensidad en la semana que sigue a esta fiesta — cuyo relato pone en escena, desde hace veinticinco siglos, la supervivencia judía frente a una amenaza persa — quizás no sea fruto de un cálculo deliberado. Pero en un conflicto donde ambas partes han demostrado un dominio tan refinado de la semiología religiosa, la hipótesis del azar es la menos convincente. Y aunque fuera azar, quienes leen estos hechos desde el interior de las tradiciones concernidas no dejarán de interpretarlo como una señal — lo cual, en el ámbito de las guerras escatológicas, equivale exactamente a lo mismo. Lo que el calendario añade al cuadro es una profundidad que los análisis geopolíticos ordinarios tienen dificultades para captar: que la confrontación supera el conflicto entre dos estados o dos ideologías y enfrenta dos memorias heridas, cuyas fechas de conmemoración se superponen con una precisión trágica. La Persia que fue el imperio de Amán es hoy el imperio de Jamenei — y Purim, que celebraba una antigua victoria sobre un antiguo enemigo, se encuentra celebrando, en este nuevo contexto, algo que todavía no está resuelto. La sombra del Armagedón Lo que distingue así este conflicto de las guerras ordinarias — y quizás sea su característica más inquietante para quienes aún esperan una resolución política — es que sus protagonistas principales no razonan en términos de victoria táctica o de equilibrio de fuerzas negociable, sino en términos de finalidad histórica y cumplimiento escatológico. La teocracia de Jamenei está arquitectada en torno a la doctrina del Mahdi, el duodécimo imán oculto cuyo retorno pondrá fin a la historia. Según las lecturas antropológicas de esta tradición, ese retorno está condicionado por un gran caos previo, de modo que la destrucción de Israel va más allá del simple objetivo político, en la medida en que se presenta como una condición teológica del cumplimiento escatológico, una inversión en un fin de los tiempos cuyo advenimiento sus promotores esperan acelerar. En el judaísmo nacional-religioso, y aún más en las corrientes del evangelismo americano que constituyen una base de apoyo decisiva para Israel, los hechos actuales se leen frecuentemente a través del prisma de Ezequiel 38-39 — la profecía de Gog y Magog, coalición de naciones del Norte y del Este que se levanta contra Israel reunido en su tierra, y cuya derrota manifiesta la gloria divina ante todas las naciones. Lo que hace tan peligrosa esta colisión de dos escatologías es lo que Hannah Arendt habría reconocido sin duda como la tentación fundamental del pensador político convertido en profeta: salir del dominio de la acción humana — irreversible ciertamente, pero imprevisible y plural, siempre abierta a lo inesperado — para entrar en el de la necesidad, donde todo está ya escrito y el papel del actor es simplemente conformarse. Una guerra vivida como cumplimiento de un destino escrito no conoce ni límite ni compromiso, porque detenerse antes del término profético sería traicionar la propia profecía. Esto es sin duda, en otro idioma y con otras referencias, lo que Pascal vislumbró en su tiempo: el hombre que cree actuar en nombre de Dios es capaz de extremos que el hombre simplemente egoísta nunca alcanzaría, porque el egoísta, al menos, todavía tiene algo que perder. Oriente Medio se enfrenta actualmente a dos escatologías que actúan como dos fuerzas lanzadas la una contra la otra con miras a la aniquilación total. El dominio de los textos sagrados no se ha puesto al servicio de la paz, que también está presente en esos mismos textos, sino al servicio de la guerra. Los mismos Números que contienen el oráculo del león contienen también prescripciones sobre la misericordia. El mismo Corán que evoca la paja devorada está recorrido por versículos sobre la reconciliación. La elección de los textos es, pues, también una elección sobre lo que uno quiere que esos textos sean — y esa elección pertenece enteramente a los hombres que la hacen. El oráculo de Balaam es quizás, en esta perspectiva, la imagen más ajustada de la situación. Balaam había venido a maldecir y bendijo — no por virtud, sino porque algo en la realidad que tenía ante sus ojos resistía la maldición que se le ordenaba pronunciar. Pero el oráculo contiene también una pregunta que nadie formula nunca con suficiente seriedad: «¿Quién lo hará levantar?» — pregunta retórica en el texto, que significa que nadie puede, pero que en la realidad del conflicto actual designa precisamente lo que los beligerantes están haciendo, cada uno a su manera: provocar al león adversario, obligarlo a levantarse, y encontrarse entonces en la situación de quien ha desencadenado un movimiento que ya no controla. Lo cual no deja de evocar otro símbolo religioso, el Armagedón, el fin de los tiempos, común a ambas tradiciones en lucha, que ven en él el signo del retorno — del Demiurgo para una, del Mahdi para la otra. Desgraciadamente para quienes asisten, impotentes y bajo el diluvio de fuego, a esta lucha épica fuera del tiempo entre dos delirios milenaristas. Bibliografía AMIR-MOEZZI, Mohammad Ali, Le guide divin dans le shî'isme originel (Verdier, 1992). AMIR-MOEZZI, Mohammad Ali, La religion discrète (Vrin, 2006). ARENDT, Hannah, La condition de l'homme moderne (Calmann-Lévy, 1961). ARENDT, Hannah, Les origines du totalitarisme (Seuil, 1972). BARTHES, Roland, Mythologies (Seuil, 1957). CAMERON, Averil & CONRAD, Lawrence (éd.), The Byzantine and Early Islamic Near East (Darwin Press, 1992). CORBIN, Henry, En Islam iranien (4 vol., Gallimard, 1971-1972). FILIU, Jean-Pierre, L’Apocalypse dans l’islam (Fayard, 2008). HOROWITZ, Elliott, Reckless Rites: Purim and the Legacy of Jewish Violence (Princeton University Press, 2006). KHOSROKHAVAR, Farhad, Quand Al-Qaïda parle (Grasset, 2006). KHOSROKHAVAR, Farhad, L'Islamisme et la mort – Le martyre révolutionnaire en Iran (L'Harmattan, 1995). NEHER, André, L'essence du prophétisme (PUF, 1955). SCHOLEM, Gershom, Le messianisme juif (Calmann-Lévy, 1974).

Grave escalada nocturna entre Israel y Hezbolá

Una grave escalada se produjo el miércoles por la noche entre Israel y Hezbolá. El partido proiraní lanzó a primera hora de la tarde cerca de 200 cohetes en pocos minutos contra el norte de Israel y Galilea. La aviación israelí no tardó en responder llevando a cabo una serie de ataques particularmente violentos contra los suburbios del sur, que rápidamente quedaron cubiertos por espesas nubes de humo negro. Tras la escalada iniciada por Hezbolá, fuentes israelíes indicaron al final de la tarde (hora de Beirut) que el Primer Ministro Benjamin Netanyahu estaba examinando con su estado mayor la posibilidad de una ampliación de la intervención terrestre en el Líbano. En este contexto, una fuente de seguridad israelí indicó el miércoles por la noche que Estados Unidos podría participar en ataques aéreos «en Baalbeck y en la Bekaa». La misma fuente precisó que «la operación militar no se detendrá en el Litani». «Actuaremos de Sur a Norte, y todos los objetivos son legítimos», añadió la fuente israelí. Irán y Hezbolá estigmatizados en la ONU En el plano político-diplomático, la cadena arabófona al-Hadass informó de una declaración de un alto consejero militar del Guía Supremo de la Revolución Islámica que prometió «destruir Israel». Declaraciones que, sin duda, reflejan una voluntad de huida hacia adelante por parte del régimen de los mulás. En Nueva York, el comportamiento de la República Islámica y de Hezbolá fue severa y unánimemente estigmatizado. Al término de una reunión extraordinaria dedicada a la guerra en Irán y a la situación en Líbano, el Consejo de Seguridad aprobó una resolución presentada por Jordania y los Estados del Golfo condenando los ataques iraníes contra los países del Golfo. La resolución de la ONU exige «el cese inmediato de los ataques iraníes». Anteriormente, el miércoles por la tarde, el embajador de Francia ante la ONU leyó una declaración, en presencia de los embajadores de la Unión Europea, calificando de «irresponsable» la entrada en guerra de Hezbolá contra Israel. El embajador francés añadió que el partido proiraní debe «cesar sus ataques contra Israel y entregar sus armas al gobierno libanés». En el mismo sentido, el presidente del Senado francés, Gérard Larcher (gran amigo del Líbano desde hace muchos años), subrayó que Francia debe ayudar al poder libanés a desarmar a Hezbolá, el cual «no defiende al Líbano, sino que sirve a los intereses de Irán», señaló. Por su parte, la Subsecretaria General de las Naciones Unidas para Asuntos Políticos estigmatizó, durante la reunión del Consejo de Seguridad, la actitud de Hezbolá, señalando que este partido «se ha negado a cooperar con el gobierno libanés para restablecer la soberanía del Estado y aplicar la decisión sobre el monopolio de las armas». En cuanto al embajador de Israel ante la ONU, colocó al Líbano ante una elección que no deja lugar a dilaciones. «El gobierno libanés, declaró, se encuentra ante la siguiente alternativa: o desmantela el aparato militar de Hezbolá, o lo haremos nosotros mismos»... Cabe señalar, por otra parte, que de forma concomitante al brote entre Israel y Hezbolá, se produjo un acontecimiento importante en Irán en las últimas veinticuatro horas. Una agencia de prensa iraní indicó que «al menos una decena de fuerzas de seguridad fueron abatidas durante enfrentamientos con elementos armados en Teherán». No se pudo obtener ninguna precisión sobre el alcance de este incidente.

La inacción del Estado equivale al suicidio
Por
Khalil Helou
Publicado

Durante la última semana, una nueva guerra, la quinta en 34 años, ha vuelto a enfrentar a Israel y a Hezbolá. Se trata de otra guerra que el pueblo libanés nunca quiso. Todos los acuerdos que pusieron fin a las cuatro guerras anteriores terminaron siendo poco más que treguas temporales, aprovechadas por Irán y Hezbolá, por un lado, y por Israel, por el otro, para preparar la siguiente ronda de combates. Todo esto ocurrió bajo la mirada vigilante de los regímenes de Hafez al-Assad y de Bashar al-Assad, así como de presidentes y gobiernos libaneses subordinados a Damasco o a Teherán, particularmente durante los mandatos de Elias Hraoui, Émile Lahoud y Michel Aoun. Los costos de estas guerras han sido muy altos: asumidos voluntariamente por los seguidores incondicionales de Hezbolá, bajo el efecto anestesiante de la ideología; con reticencia, por otros libaneses; y también por países árabes que financiaron la reconstrucción tanto por razones humanitarias como geopolíticas. Así, el mismo escenario se ha repetido durante cuatro décadas: guerra, alto el fuego, retórica de victoria, deterioro de la autoridad política del Líbano, preparativos de Hezbolá para guerras interminables, engaños mutuos y, luego, nuevamente, la guerra. Un proverbio de la sabiduría popular dice que “un burro no tropieza dos veces con la misma piedra”. Está claro que el presidente Joseph Aoun, quien según el artículo 49 de la Constitución también es el comandante supremo de las fuerzas armadas, y el primer ministro Nawaf Salam junto con su gobierno, responsables de nombrar no solo al comandante del ejército sino también a todos los altos mandos de las instituciones militares y de seguridad, constituyen la primera autoridad ejecutiva desde 1990 que se beneficia de condiciones regionales e internacionales favorables para recuperar la soberanía perdida desde 1968. También cuentan con un apoyo interno sin precedentes, así como con oportunidades concretas en el mundo árabe y en la comunidad internacional. En noviembre de 2024, tras 13 meses de guerra, fue Hezbolá quien buscó un alto el fuego con Israel, con Nabih Berri al frente de las negociaciones. El gobierno de Najib Mikati aceptó el cese de hostilidades solo después de ser “autorizado” a hacerlo por Hezbolá. De este modo, el mismo partido que solicitó el alto el fuego se presentó sutilmente como si lo hubiera aceptado con magnanimidad, mientras proclamaba la victoria y organizaba una impresionante campaña de negación. Durante los últimos 15 meses, el nuevo presidente, el primer ministro y los miembros del gobierno han sido manipulados por Hezbolá, ya sea conscientemente o por medio de una alarmante demostración de incapacidad. Desde el principio, Hezbolá renunció a sus compromisos de aplicar la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, con el respaldo de Nabih Berri. El “partido de Dios” utilizó esos quince meses para reorganizarse con ayuda del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, bajo la mirada vigilante, o deliberadamente ciega, del poder ejecutivo, sin que existiera ninguna circunstancia atenuante. También aprovechó la ceguera y la miopía de los partidos soberanistas, demasiado ocupados con las elecciones legislativas y con la disputa por la repartición de escaños parlamentarios, puestos que en cualquier caso poco pesaban frente a los acontecimientos estratégicos, como lo demuestra la notablemente “brillante” ausencia del comité parlamentario de Defensa. Esta reorganización del “Partido de Dios” es ahora evidente, como si el tiempo se hubiera detenido desde el 27 de noviembre de 2024. Nuestro ejército sufre las consecuencias de la inacción del gobierno, o incluso de lo que podría llamarse la complicidad de una parte importante del poder ejecutivo con Hezbolá, lo que pone en riesgo su credibilidad. Las decisiones firmes destinadas a desarmar a Hezbolá, adoptadas en agosto de 2025, ocho meses después de la investidura del presidente J. Aoun y tras el voto de confianza al gobierno de Salam, se fueron desmoronando gradualmente frente al pasatiempo favorito de Hezbolá: la tergiversación paciente y astuta. El ejército tardó en presentar su plan para la zona al sur del río Litani, y su aplicación se prolongó en el tiempo. Hoy todo ello ha quedado completamente desacreditado, mientras los combates entre Hezbolá e Israel al sur del Litani han vuelto al punto de partida. En este contexto surge una pregunta urgente: el presidente y el Consejo de Ministros habían aprobado tanto el plan como su ejecución en el sur del Litani, sin plantear objeciones ni comentarios sobre el calendario, pese a las claras advertencias de organismos internacionales sobre la reorganización de Hezbolá y la impaciencia de Israel. Sin embargo, prevaleció una sordera voluntaria. Evidentemente, el plan para el norte del Litani se ha convertido en una auténtica farsa, salvo que ocurra un milagro. En esta situación, ¿quién es responsable? ¿El presidente? ¿El primer ministro? ¿El gobierno? ¿El poder ejecutivo en su conjunto? ¿Nuestro ejército? Es necesario subrayar que el poder ejecutivo tiene plena autoridad sobre las fuerzas armadas. Sin embargo, desde 1968 existe en el Líbano la desafortunada costumbre de hacer que los militares paguen las consecuencias de la inacción del poder político y de los bloqueos institucionales. En 1973, tras los enfrentamientos entre el ejército libanés y la Organización para la Liberación de Palestina en Saida, los oficiales responsables del sur del país fueron transferidos. En 1975, la inacción del poder ejecutivo y el deslizamiento hacia la guerra interna condujeron a la sustitución del jefe del Estado Mayor del ejército, el general Iskandar Ghanem. En 1984, los combates entre el ejército y las milicias del Movimiento Amal, el Partido Socialista Progresista, el Ejército de Liberación de Palestina y las fuerzas de ocupación sirias terminaron con la destitución del jefe del Estado Mayor, el general Ibrahim Tannous. Si volvemos a la situación actual, que no se parece a las anteriores, hoy existe una división vertical entre Hezbolá y sus partidarios, por un lado, y todos los demás libaneses por el otro, con Nabih Berri y su Movimiento Amal atrapados en maniobras evasivas. Se presentan dos opciones: la inacción tradicional o lo contrario. En caso de inacción, los poderes ejecutivo y legislativo se convertirían en meras decoraciones, sin nada que negociar con los países árabes, la comunidad internacional ni, mucho menos, con Israel. En cambio, si el poder ejecutivo decide actuar, el apoyo árabe casi con toda seguridad será unánime, cualquiera que sea la decisión, especialmente considerando que Irán está atacando estratégicamente a países árabes en la actualidad. El respaldo europeo y estadounidense también sería probable, algo poco común en un momento en que las divisiones entre Estados Unidos y la Unión Europea se sienten en todas partes, excepto en el caso del Líbano. Cuando el poder ejecutivo actúa con claridad y cuando el presidente cumple su papel como comandante supremo de las fuerzas armadas, tomando el control de la situación a través del Consejo Superior de Defensa y supervisando diariamente cada acción de las tropas, las fuerzas responderán, como lo han hecho constantemente desde el año 2000. Cuando la misión del ejército está políticamente asegurada, incluso sin un consenso total, los resultados casi con toda certeza serán tangibles. El comité parlamentario de Defensa podría, incluso sin unanimidad, exigir cuentas al poder ejecutivo y a las fuerzas armadas, garantizando que los responsables respondan por sus actos. La acción, incluso con sus incertidumbres, es mucho menos arriesgada que la inacción, especialmente cuando los dinosaurios de la región están en guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, Suiza, aunque neutral y en gran medida germanófila, declaró la movilización general, impidió que la Alemania nazi y la Italia fascista utilizaran su territorio o lo emplearan para comunicarse, y estableció una estrategia militar para defender el bastión montañoso en el corazón del país. Una estrategia similar es perfectamente viable en el Líbano y, sin duda, corresponde al poder ejecutivo, no al ejército, asumir la responsabilidad de aplicarla. Sobre este punto, vale la pena citar a Georges Clemenceau, médico y periodista, apodado “El Tigre”, primer ministro y arquitecto de la victoria francesa en la Primera Guerra Mundial: “¡La guerra es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los militares!”

La atención de los tomadores de decisiones focalizada en el estrecho de Ormuz

La población del Líbano, así como las poblaciones de los países del Levante, el Golfo y Oriente Medio, están sometidas a una verdadera ducha escocesa. Por un lado, los rumores sugieren un próximo fin de las hostilidades en el frente iraní (sin incluir al Líbano), pero al mismo tiempo, se percibe una clara escalada en las operaciones militares. El miércoles 11 de marzo y la noche del 10 de marzo estuvieron marcados por una intensificación de los ataques y lanzamientos de misiles en más de una dirección. La aviación israelí continuó en la noche del 10 de marzo sus intensos ataques contra los centros neurálgicos y las infraestructuras del régimen iraní en Teherán y contra el suburbio sur de Beirut y varias aldeas del sur del Líbano y de la Bekaa. Además, se lanzaron misiles contra posiciones de la oposición kurda iraní en Irak, mientras que la aviación de la coalición estadounidense-israelí lanzaba ataques contra las oficinas de la milicia iraquí pro-iraní, «El Hached en-Chaabi» («Movilización Popular»), y de Hizbulá iraquí, estacionadas en Irak. Varias alertas de misiles fueron señaladas también el miércoles en Dubái y Doha, entre otros lugares. En la noche del martes, la marina israelí atacó un apartamento en el barrio de Aisha Bakkar, en Beirut Oeste. Las FDI indicaron que un responsable y una oficina de la organización fundamentalista sunita «El Jamaa el Islamiya» fueron el objetivo del ataque, que habría causado cuatro muertos. Más al sur, unos cuarenta vehículos blindados israelíes habrían tomado posiciones en la región meridional, especialmente cerca de Taybeh, lo que podría constituir un indicio precursor de una presencia prolongada del ejército israelí en el Sur para imponer una «zona de amortiguación» destinada a reducir la amenaza sobre las aldeas del norte de Israel. En este sentido, el estado mayor israelí habría enviado refuerzos a la frontera con el Líbano, incluida una importante unidad de comando. Presiones diplomáticas Frente al recrudecimiento de la tensión en el terreno, el Líbano está sometido a crecientes presiones diplomáticas. El embajador de Francia ante la ONU leyó una declaración, en presencia de los embajadores de la Unión Europea, calificando de «irresponsable» la entrada de Hizbulá en guerra contra Israel. El embajador francés añadió que el partido pro-iraní debe «cesar sus ataques contra Israel y entregar sus armas al gobierno libanés». En el mismo sentido, el presidente del Senado francés, Gérard Larcher (gran amigo del Líbano desde hace muchos años), subrayó que Francia debe ayudar al poder libanés a desarmar a Hizbulá, que «no defiende al Líbano, sino que sirve a los intereses de Irán», señaló. Por su parte, la Subsecretaria General de Asuntos Políticos de las Naciones Unidas estigmatizó, durante una reunión (miércoles por la tarde) del Consejo de Seguridad dedicada al Líbano, la actitud de Hizbulá, señalando que este partido «se ha negado a cooperar con el gobierno libanés para restablecer la soberanía del Estado y aplicar la decisión sobre el monopolio de las armas». En cuanto al embajador de Israel ante la ONU, puso al Líbano ante una elección que no deja lugar a dilaciones. «El gobierno libanés, declaró, se encuentra ante la siguiente alternativa: o desmantela el aparato militar de Hizbulá, o lo haremos nosotros mismos»… ¿Qué pasa con el estrecho de Ormuz y Mojtaba Jamenei? Paralelamente a esta tensión en los «frentes» ahora tradicionales, ha surgido un nuevo punto caliente en los últimos días: el estrecho de Ormuz. Los Guardianes de la Revolución iraní no ocultan su deseo de cerrar este paso marítimo estratégico, hasta el punto de amenazar con minarlo. El presidente Donald Trump no tardó en reaccionar a estas amenazas, subrayando sin ambages que cualquier intento de minar este estrecho provocaría una respuesta particularmente firme por parte del ejército estadounidense. En este contexto, la marina de los EE. UU. continuó la destrucción sistemática de la flota militar iraní y dieciséis buques minadores fueron hundidos. A nivel político, o geoestratégico global, la atención de las potencias regionales e internacionales se centra actualmente en la configuración del nuevo poder político en Teherán tras la designación de un nuevo Guía Supremo de la República Islámica, Mojtaba Jamenei, hijo de Ali Jamenei, asesinado durante los primeros ataques de la aviación israelí en Teherán el 28 de febrero. Diversas fuentes coincidentes confirman que Mojtaba Jamenei resultó herido durante los primeros ataques del 28 de febrero. Se difunde información contradictoria en los medios sobre la gravedad de sus heridas y su estado de salud. El nuevo Guía habría sido prácticamente impuesto por los Guardianes de la Revolución (los Pasdaran), lo que podría reflejar un endurecimiento del régimen de los mulás hacia Occidente, y más particularmente hacia Estados Unidos. En cualquier caso, habrá que esperar a que Mojtaba Jamenei se pronuncie públicamente sobre sus grandes elecciones políticas y estratégicas para determinar el curso que podrían tomar los acontecimientos, tanto en lo que respecta al resultado de la guerra como al futuro de Irán y de toda la región.

Un mundo reescrito, un público recondicionado

El orden mundial entra en una fase de transición marcada por la remodelación antes que por el colapso. El orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial, conducido hasta hoy —y más aún desde el hundimiento de la Unión Soviética en 1990— por los Estados Unidos, se ajusta a realidades inéditas. El peso económico de China le confiere una palanca estratégica que desborda con creces los ámbitos del comercio y las finanzas, situándola como principal competidora de los Estados Unidos. Aunque su modo de intervención difiere del de las potencias occidentales, su influencia creciente en regiones como Oriente Medio, África y América Latina no es en definitiva sino otra expresión del neocolonialismo, y por tanto no menos perjudicial para los intereses globales de Washington. Rusia, pese a la erosión de buena parte de sus activos estratégicos a consecuencia de la guerra en Ucrania, no debe ser descartada ni subestimada como potencia mundial. Sigue ejerciendo influencia en África, Oriente Medio y otras regiones, y mantiene una red de alcance geopolítico. Para los Estados Unidos, Rusia sigue siendo, pues, una amenaza —mermada, pero en modo alguno eliminada. Más relevante aún es que el compromiso errático y los crecientes desafíos internos de las potencias tradicionales —Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia— han generado un vacío estratégico que ha permitido a una nueva constelación de actores regionales en Oriente Medio y Asia alzarse como los nuevos «árbitros del poder». El paisaje emergente es multipolar, pero también profundamente interdependiente. La competencia es cada vez más de naturaleza económica y tecnológica. El control de las cadenas de suministro, las infraestructuras digitales, la inteligencia artificial, los flujos energéticos y los minerales críticos moldea hoy la influencia estratégica con una determinación que la expansión territorial tradicional ya no alcanza a igualar. En este contexto, las corporaciones y las instituciones financieras ejercen un impacto transnacional sin precedentes, revelando nuevas formas de vulnerabilidad estatal. Desde una perspectiva realista, esto representa una difusión parcial del poder fuera de la esfera del Estado. Si bien los gobiernos siguen siendo los actores primordiales, su capacidad para proyectar poder se ve crecientemente socavada por entidades privadas que controlan activos estratégicos. Los Estados dependientes de cadenas de suministro bajo control extranjero, de plataformas digitales o de mercados de capitales se enfrentan a restricciones estructurales sobre su autonomía estratégica, que limitan su libertad de acción incluso en ámbitos históricamente asociados a la seguridad nacional. La coacción económica, los cuellos de botella tecnológicos y el apalancamiento financiero se convierten así en sustitutos de la fuerza militar. Esta nueva realidad puede parecer el ahondamiento de una compleja interdependencia mutua, en la que las corporaciones actúan como intermediarios clave que articulan las economías nacionales. Sin embargo, esta interdependencia es asimétrica. Los Estados integrados en los mercados globales, pero desprovistos de control doméstico sobre sus finanzas, su tecnología o su energía, están más expuestos a los choques externos y a las decisiones de entidades privadas que escapan a su alcance regulatorio. La envergadura y el impacto de los actores no estatales rivaliza a menudo con el de los Estados-nación, suscitando debates de fondo sobre gobernanza, regulación y equilibrio económico. La gobernanza migra progresivamente de las instituciones públicas a redes corporativas transnacionales que establecen estándares, controlan los flujos de datos e influyen en los marcos regulatorios. La autoridad estatal no desaparece, pero se fragmenta y se comparte con actores no estatales cuyas prioridades responden al beneficio, la gestión del riesgo y los intereses de los accionistas, no a la estrategia nacional. Para Oriente Medio, esta transición presenta a un tiempo riesgos y oportunidades. La geografía estratégica, las iniciativas de transformación energética y las inversiones en infraestructura sitúan a la región como nodo central en las redes globales en mutación. La pregunta no es si la región se verá afectada, sino cómo logrará moldear y capitalizar este desplazamiento. La capacidad de los Estados de Oriente Medio para hacerlo es desigual y está profundamente condicionada por fragilidades estructurales. Muchas de estas vulnerabilidades hunden sus raíces en el legado de la formación estatal colonial, que produjo fronteras, instituciones y economías políticas escasamente acordes con las realidades sociales. Los modelos de gobernanza posindependencia recurrieron a menudo a la coerción, las rentas externas y el clientelismo antes que a la participación política inclusiva, generando contratos sociales débiles o fracturados. Con el tiempo, la consolidación autoritaria, los conflictos y la mala gestión económica erosionaron aún más la legitimidad del Estado y la capacidad institucional. Con todo, la transformación más significativa tiene lugar a escala de las sociedades. La normalización de la inestabilidad —de la volatilidad financiera a los choques geopolíticos— ha reconfigurado las expectativas colectivas. Lo que antaño desencadenaba reacciones públicas sostenidas genera hoy un compromiso exiguo. Los ciclos de información se aceleran y las crisis se superponen, comprimiendo la atención pública. Este desplazamiento no implica necesariamente manipulación, pero sí refleja un cambio estructural en la manera en que las sociedades absorben la disrupción. La adaptabilidad se ha convertido en una característica definitoria de las poblaciones contemporáneas. El riesgo, sin embargo, es que la adaptación sin participación debilite paulatinamente el compromiso cívico a largo plazo. El orden mundial emergente no estará configurado únicamente por la competencia estratégica entre Estados, sino también por la forma en que las sociedades interpretan y responden al cambio continuo. En última instancia, la transformación más significativa podría no ser geopolítica, sino cognitiva. A medida que el poder se difunde entre Estados, corporaciones y redes transnacionales, los ciudadanos se confrontan cada vez más a sistemas de gobernanza que se perciben distantes, opacos y difíciles de influir. La cuestión central es si las sociedades responden a esta complejidad mediante un renovado compromiso político o se repliegan en un ajustamiento permanente dentro de estructuras que ya no moldean de manera significativa. En muchos contextos, la exposición prolongada a la inestabilidad, la precariedad económica y la dependencia externa ha alentado una política de acomodación antes que de participación. Los ciudadanos recalibran sus expectativas a la baja, priorizando la supervivencia y la adaptación individual sobre la acción colectiva. La gobernanza, a su vez, corre el riesgo de degenerar en un ejercicio tecnocrático centrado en la gestión de la volatilidad antes que en la articulación de proyectos políticos compartidos. Este desplazamiento cognitivo —de la apropiación a la resistencia pasiva— erosiona lentamente los cimientos de la responsabilidad y el consentimiento. El desenlace de esta transición no lo determinarán solos los Estados, las corporaciones ni las instituciones. Dependerá de si los ciudadanos permanecen como participantes activos en la configuración de los marcos de gobernanza, o se resignan a una condición de ajuste perpetuo frente a fuerzas que ya no cuestionan. El mundo se está reescribiendo en tiempo real. Que la agencia ciudadana evolucione al unísono con él —o que se erosione bajo el peso de la complejidad y el agotamiento— definirá no solo la legitimidad de los modelos de gobernanza futuros, sino el carácter mismo de la próxima era.