Logotipo de Levant Time
Volver al artículo
Política

Un mundo reescrito, un público recondicionado

Imagen destacada de la noticia
Retrato del autor
Por Raed Mahmoud
Publicado mar 11, 2026 - 16:16

El orden mundial entra en una fase de transición marcada por la remodelación antes que por el colapso. El orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial, conducido hasta hoy —y más aún desde el hundimiento de la Unión Soviética en 1990— por los Estados Unidos, se ajusta a realidades inéditas.

El peso económico de China le confiere una palanca estratégica que desborda con creces los ámbitos del comercio y las finanzas, situándola como principal competidora de los Estados Unidos. Aunque su modo de intervención difiere del de las potencias occidentales, su influencia creciente en regiones como Oriente Medio, África y América Latina no es en definitiva sino otra expresión del neocolonialismo, y por tanto no menos perjudicial para los intereses globales de Washington.

Rusia, pese a la erosión de buena parte de sus activos estratégicos a consecuencia de la guerra en Ucrania, no debe ser descartada ni subestimada como potencia mundial. Sigue ejerciendo influencia en África, Oriente Medio y otras regiones, y mantiene una red de alcance geopolítico. Para los Estados Unidos, Rusia sigue siendo, pues, una amenaza —mermada, pero en modo alguno eliminada.

Más relevante aún es que el compromiso errático y los crecientes desafíos internos de las potencias tradicionales —Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia— han generado un vacío estratégico que ha permitido a una nueva constelación de actores regionales en Oriente Medio y Asia alzarse como los nuevos «árbitros del poder».

El paisaje emergente es multipolar, pero también profundamente interdependiente. La competencia es cada vez más de naturaleza económica y tecnológica. El control de las cadenas de suministro, las infraestructuras digitales, la inteligencia artificial, los flujos energéticos y los minerales críticos moldea hoy la influencia estratégica con una determinación que la expansión territorial tradicional ya no alcanza a igualar.

En este contexto, las corporaciones y las instituciones financieras ejercen un impacto transnacional sin precedentes, revelando nuevas formas de vulnerabilidad estatal.

Desde una perspectiva realista, esto representa una difusión parcial del poder fuera de la esfera del Estado. Si bien los gobiernos siguen siendo los actores primordiales, su capacidad para proyectar poder se ve crecientemente socavada por entidades privadas que controlan activos estratégicos. Los Estados dependientes de cadenas de suministro bajo control extranjero, de plataformas digitales o de mercados de capitales se enfrentan a restricciones estructurales sobre su autonomía estratégica, que limitan su libertad de acción incluso en ámbitos históricamente asociados a la seguridad nacional. La coacción económica, los cuellos de botella tecnológicos y el apalancamiento financiero se convierten así en sustitutos de la fuerza militar.

Esta nueva realidad puede parecer el ahondamiento de una compleja interdependencia mutua, en la que las corporaciones actúan como intermediarios clave que articulan las economías nacionales. Sin embargo, esta interdependencia es asimétrica. Los Estados integrados en los mercados globales, pero desprovistos de control doméstico sobre sus finanzas, su tecnología o su energía, están más expuestos a los choques externos y a las decisiones de entidades privadas que escapan a su alcance regulatorio.

La envergadura y el impacto de los actores no estatales rivaliza a menudo con el de los Estados-nación, suscitando debates de fondo sobre gobernanza, regulación y equilibrio económico. La gobernanza migra progresivamente de las instituciones públicas a redes corporativas transnacionales que establecen estándares, controlan los flujos de datos e influyen en los marcos regulatorios. La autoridad estatal no desaparece, pero se fragmenta y se comparte con actores no estatales cuyas prioridades responden al beneficio, la gestión del riesgo y los intereses de los accionistas, no a la estrategia nacional.

Para Oriente Medio, esta transición presenta a un tiempo riesgos y oportunidades. La geografía estratégica, las iniciativas de transformación energética y las inversiones en infraestructura sitúan a la región como nodo central en las redes globales en mutación. La pregunta no es si la región se verá afectada, sino cómo logrará moldear y capitalizar este desplazamiento. La capacidad de los Estados de Oriente Medio para hacerlo es desigual y está profundamente condicionada por fragilidades estructurales.

Muchas de estas vulnerabilidades hunden sus raíces en el legado de la formación estatal colonial, que produjo fronteras, instituciones y economías políticas escasamente acordes con las realidades sociales. Los modelos de gobernanza posindependencia recurrieron a menudo a la coerción, las rentas externas y el clientelismo antes que a la participación política inclusiva, generando contratos sociales débiles o fracturados. Con el tiempo, la consolidación autoritaria, los conflictos y la mala gestión económica erosionaron aún más la legitimidad del Estado y la capacidad institucional.

Con todo, la transformación más significativa tiene lugar a escala de las sociedades.

La normalización de la inestabilidad —de la volatilidad financiera a los choques geopolíticos— ha reconfigurado las expectativas colectivas. Lo que antaño desencadenaba reacciones públicas sostenidas genera hoy un compromiso exiguo. Los ciclos de información se aceleran y las crisis se superponen, comprimiendo la atención pública.

Este desplazamiento no implica necesariamente manipulación, pero sí refleja un cambio estructural en la manera en que las sociedades absorben la disrupción. La adaptabilidad se ha convertido en una característica definitoria de las poblaciones contemporáneas. El riesgo, sin embargo, es que la adaptación sin participación debilite paulatinamente el compromiso cívico a largo plazo.

El orden mundial emergente no estará configurado únicamente por la competencia estratégica entre Estados, sino también por la forma en que las sociedades interpretan y responden al cambio continuo.

En última instancia, la transformación más significativa podría no ser geopolítica, sino cognitiva. A medida que el poder se difunde entre Estados, corporaciones y redes transnacionales, los ciudadanos se confrontan cada vez más a sistemas de gobernanza que se perciben distantes, opacos y difíciles de influir. La cuestión central es si las sociedades responden a esta complejidad mediante un renovado compromiso político o se repliegan en un ajustamiento permanente dentro de estructuras que ya no moldean de manera significativa.

En muchos contextos, la exposición prolongada a la inestabilidad, la precariedad económica y la dependencia externa ha alentado una política de acomodación antes que de participación. Los ciudadanos recalibran sus expectativas a la baja, priorizando la supervivencia y la adaptación individual sobre la acción colectiva. La gobernanza, a su vez, corre el riesgo de degenerar en un ejercicio tecnocrático centrado en la gestión de la volatilidad antes que en la articulación de proyectos políticos compartidos. Este desplazamiento cognitivo —de la apropiación a la resistencia pasiva— erosiona lentamente los cimientos de la responsabilidad y el consentimiento.

El desenlace de esta transición no lo determinarán solos los Estados, las corporaciones ni las instituciones. Dependerá de si los ciudadanos permanecen como participantes activos en la configuración de los marcos de gobernanza, o se resignan a una condición de ajuste perpetuo frente a fuerzas que ya no cuestionan.

El mundo se está reescribiendo en tiempo real. Que la agencia ciudadana evolucione al unísono con él —o que se erosione bajo el peso de la complejidad y el agotamiento— definirá no solo la legitimidad de los modelos de gobernanza futuros, sino el carácter mismo de la próxima era.

Artículos relacionados
Ver todo
Vídeos relacionados
Ver todo
Podcasts relacionados
Ver todo