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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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La muerte de Dios y la banalización del tiempo

Los chiíes conocieron "la muerte de Dios" más de mil años antes que los demás, cuando la descendencia de Hassan ibn Ali al-Askari fue truncada y él murió envenenado — el último de los grandes imanes infalibles. El fiqh político chií no se retiró hacia ningún consuelo de ese vacío; insistió, por el contrario, en que la wilaya divina y la infalibilidad del wali debían perpetuarse. Y así nació el hijo de Hassan — de la manera más necesaria —, que desapareció luego en una Ocultación Menor, seguida de una Ocultación Mayor, con la más prudente de todas las precauciones… De este modo, el fiqh político chií rechazó la idea de "la muerte de Dios" y huyó de ella hacia el fin de los tiempos… suspendiendo el tiempo, dejándolo colgado de un solo hilo: la espera del Mahdi, que retornará de su Ocultación para llenar la tierra de justicia y equidad después de que haya sido colmada de opresión e iniquidad… Un recorrido por el imaginario político chií antes de Jomeini En la espera de su noble retorno, la historia política sigue siendo para los chiíes un conjunto de agravios y tragedias. No las reniegan ni trabajan por conjurarlas; muy al contrario, esa acumulación constituye un sedimento necesario para el retorno del Mahdi. Por lo demás, los chiíes se mantuvieron largo tiempo en un estado de desvinculación jurídica respecto al Estado, considerándolo ilegítimo, y albergaron una profunda desconfianza hacia los conceptos de la modernidad y sus consecuencias — salvo en los márgenes que algunas referencias religiosas concedieron, en destellos aislados, con una gran varianza entre apertura y cierre. En la espera del Mahdi, el Señor del Tiempo, el imaginario político chií se encuentra ante un callejón epistemológico sin salida y un aprieto existencial. El vínculo con Dios ha sido roto; y en la espera del retorno de su Hujja , el tiempo se convierte en un bien común sin dueño, vacante en ausencia del Señor del Tiempo. Ello llevó a un sector de los chiíes, a lo largo de los siglos, a retirarse del poder y a boicotearlo. Otros se acomodaron al poder existente en virtud de la necesidad — pues los hombres han de tener autoridad, justa o corrompida. El bloqueo del fiqh político chií estuvo a punto de conducirlo a abrazar el proyecto del Estado civil y entrar por esa puerta en la modernidad, al no tener otra alternativa que ofrecer más allá de la espera o de la composición con la realidad imperante por necesidad. Así, antes de Jomeini, los chiíes habían, por propia cuenta, matado a Dios — a la vera del largo camino de espera del retorno de su Hujja . Y la participación de los chiíes en partidos y organizaciones nacionalistas, progresistas, marxistas, de izquierda, socialistas, liberales, laicos y ateos era del todo natural… Estas corrientes políticas e intelectuales llenaron el lugar de un Dios que había vuelto la espalda y dejado a sus siervos aguardando su regreso. La ventana a la modernidad occidental y su cierre en Irán "Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado", según el filósofo Friedrich Nietzsche. Fue así como la sociedad occidental moderna procedió a acotar el papel de la religión como árbitro moral. En consecuencia, sistemas epistemológicos, económicos y tecnológicos crecieron y florecieron en condiciones propicias a todas las exigencias del desarrollo, la prosperidad y el bienestar. La religión no regresó al espacio público sino escoltada por la epistemología de las ciencias — como teoría del conocimiento que ofrece respuestas a las grandes preguntas de la humanidad desde fuera de la caja de las respuestas prefabricadas de las religiones — y por la filosofía de las religiones, que transformó los dogmas de las sociedades occidentales en verdades relativas. La pluralidad y la renovación de los dioses, la relatividad de la verdad y la apreciación medida de su necesidad, el cambio y la rendición de cuentas de los dirigentes en el marco de la alternancia del poder, la diversidad como fuente de riqueza y la diferencia en el marco de la gestión del pluralismo: todos ellos, paradigmas concomitantes de la modernidad. El resultado fue la emancipación del ser humano y el fortalecimiento de sus derechos como ciudadano individual, un Estado cuya legislación y leyes se sustentan en una referencia civil, el bienestar del individuo y el interés superior de la sociedad, y un impulso racionalista para consolidar estos logros, revalorizarlos y edificar sobre ellos. No entraré, sin embargo, aquí a debatir sobre la modernidad y la crítica de la modernidad, ni evocaré a Foucault huyendo de ésta para arrojarse en brazos de la Revolución Islámica en Irán, antes de volver y revisar su opinión — buscando, como Lévi-Strauss y otros, su objeto para la crítica de la modernidad, en el curso natural del desarrollo de las sociedades. Siempre había sido un ejercicio de arar en el agua extraer un proyecto político para la sociedad de los folios del fiqh político chií. Hasta que Jomeini llegó y sacó la teoría de la wilayat al-faqih de los sótanos de la tradición religiosa, para sellar la ventana hacia la modernidad occidental en Irán y en el mundo árabe. Fabricó, a los ojos de los chiíes, una réplica exacta del Señor del Tiempo, e instaló al wali al-faqih iraní como su representante. ¿Cómo opera la mente ocultista de los chiíes bajo la doctrina de la wilayat al-faqih ? El wali al-faqih tiene sus chiíes en numerosas ciudades árabes. Son los mustadaafun — los oprimidos — por sus gobiernos y en sus propios Estados nacionales. Por ello, deben profesar lealtad y obediencia al wali al-faqih a costa de su pertenencia a sus identidades nacionales y a las causas de sus comunidades; más aún, él tiene sobre ellos los mismos derechos que el Profeta y los de Dios. Las fronteras políticas no son sino obstáculos blandos ante la wilaya en expansión. Mientras que «el apoyo a los mustadaafun » dondequiera que se encuentren en el mundo es el valor fundacional de la constitución de la República Islámica de Irán, «la exportación de la revolución» — con ese fin — es el camino para extender la influencia y expandirse. De este modo, el wali al-faqih quebró la espera que los chiíes tenían del Mahdi, siendo a la vez su representante y estando presente entre ellos. Y los mantuvo en un estado de espera perpetua. Su razonamiento llegó a descansar sobre el ocultismo, que desplaza cualquier aproximación realista. La voluntad de obstrucción prevalece, en consecuencia, en todas las sociedades en que se encuentran los chiíes del wali al-faqih — pues lo que importa es su mandato religioso, que él ratifica en nombre de millones de chiíes. Y sobrevienen la ruina, la destrucción y el desmoronamiento desde dentro, pues el gobierno es revolución permanente y exportación de revolución — no estabilidad, paz y soberanía de los Estados en el marco de las obligaciones de su seguridad nacional respectiva. Las guerras sin fin se encienden y el asesinato se vuelve costumbre frente al borrado del desarrollo y sus exigencias… O las calamidades se multiplican, la sangre es derramada, los valores humanos son ultrajados y el caos y la convulsión se generalizan — pues tal es la voluntad divina y no hay posibilidad de rodearla. Cada muerto se convierte en mártir, cada mártir es feliz, bienaventurado en su muerte — lo que convoca la felicitación más que el pésame, dirigidos al Señor del Tiempo, el Imán al-Mahdi, y a la Nación Islámica. La caída sobre la tierra es una ascensión al cielo y una elevación, y el sudario de la muerte una condecoración divina. Hasta llegar a la derrota total y el colapso estruendoso en cultura, política, seguridad y civilización — en Irán y más allá de Irán. Y aquí intervienen la glorificación de la ignorancia y la negación de la realidad: la derrota se convierte en victoria, la humillación en honor, y la dignidad propia en obediencia ciega… No hay lugar para pedir cuentas al wali al-faqih , ni a sus agentes y seguidores, pues prestarle juramento es una absolución de toda obligación. El chií inscrito en la doctrina de la wilayat al-faqih opera dentro de sistemas paralelos en la sociedad de su Estado y no trabaja por el bien común de esa sociedad — pues lo que le importa es su deber religioso, al que permanece fiel mientras traiciona todo lo demás. El chií de la wilayat al-faqih no sopesa racionalmente las opciones, no rehúye el caos y la destrucción, no encuentra objetable vivir en una sociedad sin Estado, y no vacila cuando la muerte le adviene o él adviene a la muerte… La entrega de sus asuntos a su wali es la clave para comprender su mente y su comportamiento — no la racionalidad como aproximación metodológica. Las preguntas de vocación natural y ordinariamente racional — como el desarrollo, la producción y la estabilidad — no pertenecen a la mente ocultista del chií bajo la doctrina de la wilayat al-faqih . La muerte de Jamenei y todos los dioses de dátiles "Jamenei ha muerto, y nosotros lo hemos matado." Tras este anuncio, la administración norteamericana puede extraer a los chiíes de la caverna de su fiqh político y de su mente ocultista con un golpe decisivo e introducirlos en la modernidad. Y si el hijo-Jamenei regresa, como suelen hacer los hijos de los dioses, la revolución de la comunicación expondrá las vergüenzas de su pretendida santidad — desde unas credenciales insuficientes para la marjaïyya hasta la facilidad de atacarlo y alcanzarlo, convirtiéndolo desde todos los ángulos en un dios de dátiles fácilmente comible, como los musulmanes han solido hacer a lo largo de la historia cuando el hambre aprieta: se comen a sus dioses.

Día diez del conflicto: se recrudece la retórica entre los beligerantes

A medida que la ofensiva israelí-estadounidense contra Irán entra en su décimo día, un ataque que ha incendiado toda la región, incluido el Líbano, las tensiones continúan aumentando. Mientras las autoridades de Estados Unidos e Israel elevan el tono, los pilares del régimen iraní, actualmente en una lucha por su supervivencia, han respondido con mayor virulencia, aparentemente revitalizados tras el anuncio de Mojtaba Jamenei como nuevo Líder Supremo. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, marcó la pauta el lunes al afirmar que la guerra está “prácticamente concluida”. En una entrevista con CBS, el mandatario sugirió que el conflicto avanza “muy por delante” del calendario inicial. “Seremos nosotros quienes decidamos cuándo termina la guerra”, señalaron los Guardianes de la Revolución en un comunicado. Sin embargo, los iraníes han ido más allá de la mera retórica belicista. Teherán ha amenazado con “bloquear las exportaciones de petróleo durante toda la duración de la guerra”, una medida que provocó una respuesta inmediata y característica de Donald Trump. El presidente estadounidense advirtió que Washington “golpeará veinte veces más fuerte” si Teherán cumple con su amenaza. Ali Larijani, jefe de seguridad del régimen, desestimó las advertencias de Trump como “vacías” y replicó que “Irán no tiene miedo”. ¿Qué hay detrás de este áspero intercambio de declaraciones, particularmente del lado iraní? Muy pocos detalles logran filtrarse sobre la situación en el terreno en Irán, en gran parte debido a los incesantes y violentos bombardeos israelíes y estadounidenses que apuntan contra ciudades e infraestructuras críticas. En cualquier caso, una nueva declaración de Donald Trump el martes, quien suele alternar entre posturas contradictorias, ha contribuido a enturbiar aún más el panorama. El presidente estadounidense afirmó haber “escuchado que Teherán quiere hablar”, al tiempo que expresó su disposición a hacerlo. Por su parte, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se mantuvo firme al asegurar que está en proceso de “romper los huesos” del régimen iraní, mientras volvió a llamar al pueblo iraní a levantarse en rebelión. Los cristianos del sur En el Líbano, la guerra continúa. El ejército israelí ha emitido una sucesión incesante de órdenes de evacuación para amplias zonas del país. La Fuerza Aérea israelí sigue atacando la columna financiera de Hezbolá, Al-Qard al-Hassan. Varias sucursales ya han quedado reducidas a escombros, la mayoría ubicadas en los suburbios del sur de Beirut. Los residentes de siete barrios del sector recibieron la orden de evacuar "hasta nuevo aviso". Sin embargo, las últimas cuarenta y ocho horas han estado marcadas por una serie de incidentes sangrientos en aldeas cristianas fronterizas, zonas que claramente no son bastiones de Hezbolá. En Alma el-Shaab, Sami Ghafari, un hombre de unos setenta años fue atacado y asesinado el domingo por un dron mientras trabajaba en su terreno. Su muerte ha generado una profunda inquietud entre los observadores. El lunes, la violencia se extendió a Qlayaa, donde perdió la vida el padre Pierre Raï. El sacerdote murió después de que combatientes de Hezbolá supuestamente se resguardaran detrás de una casa habitada desde la que lanzaron cohetes hacia Israel. El ejército israelí difundió el lunes un video que, según afirmó, muestra la “infiltración de elementos armados en una aldea cristiana del sur del Líbano”, identificándolos específicamente como miembros de Hezbolá. ¿Buscan estos ataques aterrorizar a los habitantes de las aldeas, decididos a quedarse? ¿O están atrapados entre el martillo de Israel y el yunque de Hezbolá? Sea como sea, los residentes de Alma el-Shaab decidieron evacuar su aldea bajo la protección de la FPNUL. Mientras tanto, en Rmeish, los habitantes recibieron llamadas directas del ejército israelí. Les exigieron la evacuación de los civiles chiíes desplazados a quienes daban refugio. Esos civiles han sido trasladados a Tiro. Ante la espiral de violencia en el Líbano, Francia ha expresado su “profunda preocupación”. París ha solicitado una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York, prevista para mañana, miércoles 11 de marzo. Primera aparición pública de Mohammad Raad El 9 de marzo, o más precisamente la noche de ese día, también estuvo marcado por un discurso del jefe del bloque parlamentario de Hezbolá, Mohammad Raad, en su primera aparición pública desde que circularon rumores sobre su asesinato por parte de Israel en los primeros días del conflicto. Apenas horas después de participar en una sesión parlamentaria en la que él y sus colegas votaron por extender sus propios mandatos por dos años, Raad retomó los argumentos del secretario general de su partido, Naim Qassem. En su intervención, atacó al gobierno por su decisión del 2 de marzo de declarar ilegales las actividades militares de la milicia, afirmando que el Líbano “no tenía otra opción que la resistencia”. Estas declaraciones representan un nuevo desafío para el gobierno y para el presidente Joseph Aoun, quien apenas el día anterior había acusado a Hezbolá de empujar al Líbano hacia el “colapso”. También constituyen un nuevo intento de cerrar filas dentro de una base popular que se muestra cada vez más desilusionada. Por su parte, Joseph Aoun visitó el martes el Ministerio de Defensa para respaldar al ejército. El comandante en jefe de las fuerzas armadas, el general Rodolphe Haykal, se ha convertido en blanco creciente de críticas desde que Hezbolá arrastró nuevamente al Líbano a una “guerra absurda” y el ejército recibió la tarea de aplicar la decisión del gobierno de prohibir las actividades paramilitares destructivas del grupo. El presidente dejó claro que Haykal “no será destituido”, criticando con dureza los crecientes llamados a su salida.

Guerra, por defecto
Por
Nanette Ziadé-Ritter
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Pertenezco a una generación que creció con la guerra, que teme morir con ella y que, mientras tanto, habrá desperdiciado los mejores años de su vida esperando que las cosas mejoren. Pertenezco a esa generación intermedia que fue testigo de la época previa a 1975 sin poder rescatar recuerdos reales de juventud. La que puede sentir arrepentimiento sin llegar nunca a pasar realmente la página. La que creyó que la juventud de hoy, sin importar el bando al que pertenezca, haría como nosotros: mirar atrás y elegir la vida por encima de morir como los llamados mártires. Quedo, como tantos otros, atónito ante el hecho de que mi país haya sido arrastrado de nuevo a una guerra absurda en lugar de firmar un acuerdo de paz. Fue precisamente esa paz la que permitió al resto del mundo árabe dar grandes pasos, mientras nosotros creíamos sostener el Santo Grial de la región. En cambio, hemos sido relegados al último lugar, obligados a presenciar la transformación permanente de nuestra geografía, así como de nuestra demografía. Irse o quedarse ya ni siquiera es la pregunta. Hoy está en juego la propia existencia del país. Si Israel tenía la intención de lanzar un ataque preventivo, es irrelevante. Al disparar esos pocos cohetes, Hezbolá simplemente les dio el pretexto que nos impediría invocar el derecho internacional, si es que este todavía existe. El sistema federal hace que se aprieten los dientes; quizás el país sea demasiado pequeño para él, y el Acuerdo de Taif parece obsoleto ahora que la coexistencia se ha vuelto tan frágil. De hecho, ¿acaso ese famoso “convivir” libanés no se construyó sobre bases artificiales que siempre camuflaron las tensiones subyacentes? ¿Y no es esta coexistencia, en realidad, una “convivencia”, como la llama la historiadora Dima de Clercq? Una que ahora también corre el riesgo de colapsar. El Líbano y sus autoridades, que durante años dudaron sobre el desarme de la milicia con el pretexto de evitar una guerra civil, se enfrentan ahora a un conflicto total. Entre dos males, generalmente se elige el menor. El Líbano no eligió nada. Se dejó arrastrar, esperando el momento oportuno, como los iraníes que siempre supieron cuál sería el resultado final. Las alianzas no se hacen ni se rompen por afinidades culturales o sectarias; simplemente dependen de intereses convergentes. Y cuando esos intereses se alinean, hay que saber cuándo subirse al tren, aunque eso signifique verlo descarrilar décadas después. Así funciona el mundo. Especialmente el mundo de hoy, que ha enloquecido. Mientras Europa estaba preocupada por su atraso en inteligencia artificial, fue sorprendida por la guerra en Ucrania, incluso cuando el conflicto israelí-palestino adquiría un carácter permanente. Lejos de la “Riviera” prometida por Donald Trump, el Líbano ahora se encuentra atrapado en las redes de un régimen de mulás macabro. Nos dicen que esta vez será la definitiva, el ajuste final de cuentas. Excepto que en esta parte del mundo, nada es nunca definitivo. Todo fluctúa; todo se doblega ante los caprichos de una autocracia u otra. Es inútil, entonces, creer que el camino ha sido despejado. Solo es cuestión de tiempo antes de que vuelvan a crecer las malezas. En cuanto a las aberraciones, el Líbano aún no ha terminado con ellas. En un solo día, una población que nunca fue consultada vio extenderse el mandato de su Parlamento por dos años, y militantes armados fueron liberados con una fianza de diez dólares, solo para que un ministro, en un intento por salvar la cara, remitiera al juez responsable de esta locura al poder judicial. Y después de todo eso, ¿tendrías el descaro de decirme que vivir en el Líbano no vale lo que cuesta? *Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del autor y no reflejan necesariamente la posición del equipo editorial.

There Can Be Only One
Por
Michel Hajji Georgiou
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Las recientes declaraciones del secretario general adjunto de Hezbolá, Mohammad Raad, y de Mahmoud Komati, vicepresidente del Consejo Político del partido, invitan a una reflexión profunda sobre el sentido político del conflicto en curso. Komati habla de una “oportunidad de oro” para el Estado, a partir de lo que Hezbolá afirma haber “probado” sobre el terreno, para establecer una ecuación de disuasión que convendria ahora consolidar. Raad, por su parte, arremete abiertamente contra el Estado, acusándolo de no querer enredarse en un conflicto que su propio partido fabricó de la nada. El secretario general adjunto insiste testarudamente en su voluntad de liberar el territorio libanés de una ocupación… que no existía antes de que su milicia decidiera desencadenar las hostilidades para vengar al guía espiritual iraní. Huelga decir que este discurso constituye una negación flagrante de la realidad. Es cierto que Hezbolá está demostrando que, a pesar de una serie de reveses monumentales en 2024, de la eliminación continua de sus cuadros por Israel incluso en los períodos de relativa calma, y de las crecientes presiones internacionales y locales para su desarme, sigue representando una amenaza. ¿Pero una amenaza para quién, exactamente? Porque el discurso de Hezbolá no se dirige a Tel Aviv, sino al Estado libanés. En 2008, cuando el gobierno de Siniora tomó la valiente decisión — en términos de restablecimiento de la soberanía — de desmantelar la red de telefonía fija del partido proiraní, Hassan Nasralá respondió que “las armas están ahí para proteger las armas”, y desencadenó la expedición miliciana punitiva contra Beirut y la Montaña. Las palabras de Komati señalan la persistencia de esta lógica, en el momento en que el jefe de Estado y el gobierno multiplican los gestos para restablecer el monopolio de la violencia legítima. Resulta claro, en la retórica del partido, que el problema no es el mantenimiento de las capacidades militares de la resistencia en sentido estricto, sino la necesidad de “hezbolaizar” de una vez por todas el Estado libanés para mantenerlo en el eje del enfrentamiento, es decir, bajo la égida iraní, frente a la influencia estadounidense y a la voluntad de negociar con Israel. En otras palabras, Hezbolá desearía “pasdaranizar” el Estado, a semejanza de lo que ya ocurre en Irán con el posicionamiento del hijo de Jaménei y el control de los Guardianes de la Revolución sobre el aparato estatal. Tal es la respuesta de Hezbolá a la decisión del ejecutivo libanés de desarmarlo. De ello se desprende una verdad difícil: el desenlace de esta guerra absurda — provocada por Hezbolá — será, de una manera u otra, existencial para el Líbano. El precio de la destrucción del partido sería exorbitante para el Líbano, exponiendo probablemente a Beirut a una influencia israelí directa y agravando aún más el peso de las negociaciones con Tel Aviv — sin contar con la magnitud del desastre humano, infraestructural, económico y financiero que ya se instala día tras día. El precio de una “victoria” pírrica — basta para ello con aguantar el mayor tiempo posible e infligir el mayor daño al adversario — sería igualmente exorbitante, en la medida en que semejante victoria debilitaría aún más al Estado libanés frente al partido. Paradójicamente, sea cual sea el desenlace del conflicto, el Líbano perderá en términos de soberanía, ya sea frente a Israel o frente a Irán. Con todo, para retomar la frase icónica de Highlander , de Russell Mulcahy: “Solo puede quedar uno.” Y aquí no se trata de Israel contra Hezbolá. Se trata, una vez terminada esta guerra, del Líbano en su totalidad contra Hezbolá y su inalterable deseo de venganza contra la estructura estatal y el modelo libanés. Solo puede quedar uno. Y tendrá que ser, necesariamente, el Estado — y el modelo libanés, por imperfecto que sea —, cuya custodia le ha sido confiada. ¿Puede evitarse este conflicto inevitable, que viene gestándose desde hace dos décadas? Dada la naturaleza miliciana y belicosa, y la arrogancia supremacista de Hezbolá, habría que apostar por que no. La pregunta que subsiste, sin embargo, es cómo puede un Estado enfrentarse a una organización suicida, dispuesta a combatir hasta el último libanés para mantener al Líbano bajo la tutela de su padrino iraní, sin caer en su sórdido juego de la violencia y de la legitimación a través de la postura victimista. Por primera vez desde la oportunidad perdida del 14 de marzo de 2005, la legalidad se enfrenta a un verdadero bautismo de fuego. Debe, mediante un equilibrio extraordinariamente delicado, restaurar sin concesiones su autoridad indiscutida y el monopolio de la violencia legítima, protegiendo al mismo tiempo la cultura del vínculo y de la paz frente a la de la violencia y la exclusión. En otras palabras: aunque incapaz de impedir que Hezbolá se autodestruya, la legalidad debe ser capaz de reinventarse — lejos de los pequeños intereses de los jefes de clanes y de comunidades — y de proponer un modelo que sea, de una vez por todas, el antípoda del modelo totalitario, “caofílico” y mortífero de los Guardianes de la Revolución; un modelo digno de la herencia pluralista y nahdawi de Mohammad Mahdi Chamseddine, Mohammad Hassan el-Amine y Hani Fahs. Este modelo no es el del divorcio entre comunidades, sino el de una unidad indivisible — la única garante real de la soberanía, como en 2005. Y no está dirigido únicamente contra Irán y su vástago ideológico y miliciano, contra Israel o cualquier otra tutela política o física, sino hacia adentro, hacia un consenso positivo sobre la voluntad de seguir viviendo juntos. Hezbolá, y con él una parte de la comunidad chiíta, atraviesa el mismo proceso megalománaco que llevó a cada una de las comunidades libanesas, arrastradas por una tendencia política radical, a creer que el Líbano podía resumirse en su dominación y en su visión del país. Cada una pagó un precio enorme por ello. Es tiempo de aprender la lección, de dejar de lado la hybris — así como las hipocresías. Hezbolá no se limita actualmente a suicidarse. Al hacerlo, coloca al Líbano frente a sí mismo y ante un instante de verdad. O decidir de una vez por todas, sobre la base de una elección racional y madura, fundar un Estado compuesto, democrático, moderno y cohesionado, respetuoso del pluralismo, la diversidad y las particularidades de todos sus componentes, y dar lugar a un verdadero proceso de individuación cívica más allá de las pertenencias clánicas y comunitarias; o hacer la elección de la implosin y del divorcio, con el riesgo de otro fracaso en la próxima encrucijada. Las voces a favor de la segunda opción, tras décadas de amargas y dolorosas decepciones acumuladas a lo largo de un siglo, son cada vez más numerosas. Aun cuando la tentación del repliegue sobre sí mismo constituye un poderoso ansiolítico para los comunitaristas, el Gran Líbano — con todas sus imperfecciones — sigue siendo una necesidad para todos, en la medida en que otorga — y este punto nunca se subraya lo suficiente — una fuerza y una legitimidad a todos sus componentes a través del pluralismo: cada uno de ellos legitimando al otro ante la región y sus convulsiones. El Gran Líbano es vivido por una parte de los libaneses como una maldición y un sufrimiento, porque solo ven en él sus desdichas y sus lacras. Sin embargo, es también, cada día, en los más pequeños encuentros enriquecedores, en los más pequeños gestos de intercambio a todos los niveles entre sus ciudadanos, una experiencia de vida humana singular, sobre todo en esta parte del mundo. A condición de que se le permita gestionar sus conflictos en paz: en el marco de un Estado funcional, soberano, neutral ante los conflictos regionales y titular del monopolio de la violencia, dotado de buena gobernanza, que evolucione bajo una fórmula administrativa viable y, sobre todo, de un contrato social y político que suscite la adhesión de todos los libaneses, fundado en el respeto a la Constitución, el derecho, las libertades públicas y privadas y las especificidades de cada grupo. Esto supone, naturalmente, una talla de estadistas actualmente casi inexistente, puesto que han sido los hombres en el timón quienes, en el pasado, error tras error, servidumbre tras servidumbre, locura tras locura, transformaron el Líbano de paraíso en infierno. Pero los acontecimientos crean a menudo este tipo de figuras providenciales, a condición de que decidan demostrar valentía, abnegación y sentido del bien común. La batalla en curso no es la de la derrota, la victoria o la supervivencia de Hezbolá. No. Extirpar una metástasis de un cuerpo es poner en riesgo el pronóstico vital. Y así, es el cuerpo — pero también el alma — del Líbano lo que se está dirimiendo ante nuestros ojos. Ojalá el enfermo elija resistir. Y, si sobrevive con su integridad física, que no tome una decisión de la que se arrepentiría aún más en el próximo medio siglo.

Los Guardianes se apoderan de Irán
Por
Khairallah Khairallah
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Al imponer a Mojtaba Jamenei como «Guía» en sucesión a su padre, los Guardias de la Revolución han puesto término a un régimen cuya piedra angular era precisamente el rechazo categórico a la sucesión dinástica. Basta examinar la primera directiva emitida por Mojtaba al día siguiente del anuncio de su ascensión al cargo de «Guía» — esa autoridad suprema y absoluta de la «República Islámica» — para convencerse de ello. La directiva, que revela sin ambages la voluntad de escalada de los Guardias, dice así: «Primero: otorgamos a las fuerzas armadas una autorización plena e incondicional para elegir el momento, el lugar y los medios apropiados con el fin de responder a cualquier agresión que amenace nuestra seguridad nacional. «Segundo: la protección de las instalaciones vitales y nucleares constituye una línea roja inviolable. Toda transgresión de la misma os confiere la potestad de atacar objetivos estratégicos en lo más profundo del territorio de los agresores y de sus aliados, sin aguardar autorización previa. «Tercero: la respuesta ha de ser firme y devastadora, para que la arrogancia mundial comprenda que el cambio de mando en Irán no significa debilidad alguna — al contrario, enciende la llama del espíritu de venganza y de desafío.» Todo parece indicar que los Guardias han resuelto abrazar la escalada en todas las direcciones, incluidas las naciones vecinas del Golfo, impulsados por ese «espíritu de venganza». Mojtaba Jamenei no es, a fin de cuentas, sino un instrumento más en el juego que su propio padre concibió y puso en marcha. La elección de Mojtaba Jamenei para suceder a su padre no puede calificarse de sorpresa. Desde su llegada al cargo de «Guía», Ali Jamenei no había cesado de consolidar su dominio sobre los engranajes del Estado en estrecha simbiosis con los Guardias de la Revolución. Los Guardias son ahora el poder mismo — y lo ejercieron de hecho al decidir que Mojtaba sería el «Guía», con el único propósito de proteger los intereses comunes entre la autoridad suprema de prerrogativas absolutas y los propios Guardias. Bajo el reinado de Ali Jamenei — que se extendió a lo largo de treinta y siete años, de 1989 a 2026 —, los Guardias de la Revolución se transformaron en la columna vertebral del régimen; más aún, en una criatura que nadie puede domar. Los recientes acontecimientos han puesto de manifiesto con una claridad despiadada que es el Cuerpo de los Guardias quien gobierna Irán. Las declaraciones del presidente Massoud Pezeshkian carecen de peso apreciable. En la práctica, los tradicionales equilibrios entre reformistas y conservadores han dejado de existir. En tiempos de guerra permanente, el juego que el padre Jamenei dominaba con maestría — y que orquestaba al servicio del régimen y de sus maniobras — ha perdido toda utilidad. En ausencia de Ali Jamenei, la continuidad del Estado de los Guardias solo podía garantizarse a través de su hijo. Exactamente igual que resultaba impensable que otro que su propio hijo hubiera sucedido a Hafez al-Assad tras treinta años de poder incontestado. Con la muerte de Hafez, mantener el poder y la fortuna dentro de la familia era una necesidad inexorable, tan indisolubles se habían vuelto ambos factores. Ali Jamenei, en su condición de wali el-faqih — sombra del Imán Oculto sobre la tierra —, ejerció el poder de manera absoluta. A través de los Guardias, se aseguró una porción considerable de la economía mediante diversas sociedades e instituciones vinculadas al «Guía». La actividad económica de los Guardias no era ajena a Mojtaba, quien consagró la mayor parte de su tiempo a forjar su propio poder mediante la acumulación de riquezas — a semejanza de lo que hizo Bachar al-Asad en Siria a lo largo de un cuarto de siglo, antes de verse obligado a huir a Moscú. La elevación de Mojtaba Jamenei al rango de «Guía» — pese a su notoria falta de la cultura religiosa y de las calificaciones que el cargo exige — simboliza la entrada del régimen iraní en una nueva fase: la de la sucesión hereditaria. Esta designación, en el seno de una «República Islámica» fundada precisamente sobre el rechazo al principio dinástico, obliga a formular una pregunta concreta: ¿en qué medida se adherirá Mojtaba a las políticas intransigentes de su padre? ¿Es el nuevo «Guía» un calco de su predecesor — o bien un hombre pragmático, consciente de que la supervivencia del régimen descansa exclusivamente en el mantenimiento de los Guardias en el poder? ¿Hasta qué punto parece dispuesto Mojtaba, de cincuenta y seis años, a hallar una fórmula de entendimiento con la administración Trump y con Benjamín Netanyahu? El nuevo «Guía» sabe, mejor que nadie — a la luz de lo que le ocurrió a su padre el pasado veintiocho de febrero —, que la alternativa que se le presenta es entre vivir en la clandestinidad o exponerse al asesinato. Apenas resonó el anuncio de la designación de Mojtaba, los Guardias se apresuraron a lanzar una nueva andanada de misiles hacia Israel. Tal gesto no persigue sino salvar las apariencias. La cuestión es de pocos días, tras los cuales se revelará si el interés de los Guardias radica en proseguir la guerra o en encontrar alguna vía de rendición — partiendo de que la prioridad absoluta es salvar lo que aún pueda salvarse, incluidos los fondos financieros y las inversiones que gestionan Mojtaba y los miembros de su familia. El camino de la capitulación está trazado. Existen condiciones conocidas de las que ni los norteamericanos ni los israelíes pueden retractarse — desde el programa nuclear hasta los brazos armados iraníes, pasando por los misiles balísticos y las plataformas de lanzamiento. En apariencia, el régimen iraní no puede aceptar tales condiciones. Pero en realidad tendrá que adaptarse a ellas mediante compromisos impuestos por la necesidad imperiosa de permanecer en el poder a cualquier precio. Pues, al fin y al cabo, si Ali Jamenei, su hijo Mojtaba y los Guardias acumularon toda esa riqueza, no fue para inmolarse — sino para perdurar en el poder. El poder engendra la fortuna, y la fortuna sirve a la permanencia en el poder. Las circunstancias no perdonaron a Jamenei padre. Pero nada de lo que se conoce de la conducta de Mojtaba sugiere que sea de aquellos que gustan del suicidio. Quizás sea diferente de su padre — radicalmente diferente —, sobre todo porque ha aprendido el arte de acumular fortunas considerables y de ponerlas al servicio del poder: el poder de los Guardias, que no quieren de Mojtaba sino un instrumento dócil entre sus manos, nada más. ¿Acaso esa servidumbre a los Guardias lo disuadirá del suicidio al que la «República Islámica» se encamina, paso a paso, con paso firme?

Dirigiéndose a los líderes de la UE, Aoun estalla en cólera contra Hezbolá

Este décimo día de la ofensiva estadounidense e israelí contra el régimen de los mulás iraníes estuvo marcado por tres hechos destacados: la firme postura adoptada por el presidente Joseph Aoun, quien criticó con términos muy severos el comportamiento de Hezbolá y se pronunció a favor de negociaciones directas con Israel bajo supervisión internacional; los intensos bombardeos aéreos israelíes contra la periferia sur de Beirut, en particular contra las oficinas de Qard el-Hassan, la estructura financiera ilegal vinculada a Hezbolá; y la aprobación en el Parlamento de la prórroga del mandato de los diputados por un periodo de dos años. La votación, aprobada por una ajustada mayoría de 76 votos, se explica por la incapacidad del Estado para organizar las elecciones legislativas previstas para mayo, dentro de dos meses. En la situación actual, nadie está en condiciones de prever la duración del conflicto armado desencadenado por Hezbolá en el escenario interno, más aún cuando esta nueva guerra que sacude al Líbano depende por completo del contexto regional. El presidente Joseph Aoun insistió precisamente en este punto en una declaración difundida el lunes 9 de marzo por la tarde. En una clara alusión a Hezbolá, el jefe de Estado abandonó su habitual cautela y se mostró especialmente crítico con el partido proiraní. “Quienes lanzaron cohetes contra Israel el pasado 2 de marzo lo hicieron en función de cálculos iraníes”, afirmó. En ese contexto, el mandatario se declaró favorable a negociaciones directas con Israel “bajo supervisión internacional”. Es la primera vez desde su elección a la presidencia que Aoun se pronuncia tan abiertamente a favor de un diálogo directo con Israel. Durante una intervención por videoconferencia ante dirigentes de la Unión Europea, convocada por el presidente del Consejo Europeo y la presidenta de la Comisión Europea, Aoun dejó ver su enojo contra Hezbolá y criticó con dureza la conducta del movimiento, que llevó a la reapertura del frente del sur del Líbano durante la noche del 1 al 2 de marzo. “Quienes lanzaron los cohetes querían arrastrar al Líbano al caos. El país está atrapado entre dos fuegos: por un lado, una agresión que no respeta en absoluto el derecho internacional ni el derecho humanitario; por otro, una fracción armada que actúa al margen del Estado y no tiene en cuenta los intereses del Líbano ni de su pueblo”, señaló. El presidente también subrayó que el lanzamiento de seis cohetes contra Israel por parte de Hezbolá, en la noche del 1 al 2 de marzo, no tuvo ningún impacto en el desarrollo de la guerra en la región. Según afirmó, su único objetivo era provocar una intervención israelí y luego sostener que solo la milicia de Hezbolá es capaz de defender al país. Ante esta situación, Aoun reiteró su apoyo a la apertura de negociaciones directas con Israel como vía para sacar al país de la crisis. La firme postura del jefe de Estado se produce en un momento en que, a nivel regional, el conflicto con Irán atraviesa un punto crucial. La noche del domingo 8 de marzo, en Teherán, se anunció oficialmente la designación del nuevo Líder Supremo de la República Islámica: Mojtaba Jamenei, quien sucede a su padre, Alí Jamenei, fallecido durante los primeros bombardeos de la aviación israelí sobre la capital iraní el 28 de febrero. El nuevo líder es conocido por sus estrechos vínculos con los Guardianes de la Revolución Islámica. Su nombramiento ha sido interpretado por numerosos observadores como una señal de un posible endurecimiento de la postura iraní. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró la noche del lunes que se opone a la designación del nuevo Líder Supremo.