
Hay en el alto el fuego líbano-israelí, concluido bajo los auspicios estadounidenses, una promesa. Pero esa promesa es a la vez tenue y tensa, tan frágil —como el hilo de las Parcas— que parece capaz de quebrarse en cualquier momento. El Líbano aprendió hace mucho a vivir con poco y a transformar las migajas de estabilidad en materia de supervivencia. Por eso acoge esta tregua como una remisión —aunque la experiencia le enseña que puede no ser en realidad más que el preludio de una recaída. Ahí reside toda la tragedia libanesa en lo que tiene de más lacerante. La recurrencia inevitable de la desgracia, y su retorno cíclico, que la memoria colectiva nunca ha cesado verdaderamente de anticipar.








