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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Aumento del tono de los países árabes e islámicos contra Irán, que debe «cesar sus ataques»

Mientras los combates en el sur del Líbano continúan haciendo estragos y la escalada en el frente iraní prosigue, las miradas están puestas en Riad este 19 de marzo: la capital saudí ha acogido una reunión extraordinaria de los ministros de Asuntos Exteriores de los países árabes e islámicos. Los Estados árabes del Golfo son, en efecto, blanco de los misiles iraníes desde el inicio del ataque israelí-estadounidense contra este país el pasado 28 de febrero: bajo el pretexto de ataques contra los intereses estadounidenses en estos países, los Guardianes de la Revolución iraní apuntan a infraestructuras civiles y ciudades, y continúan amenazando las infraestructuras petroleras. El tono de las intervenciones al término de esta reunión en Riad fue particularmente firme, no solo sobre los misiles y drones que llueven sobre el Golfo, sino también sobre las amenazas iraníes de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial, y especialmente el proveniente de los países del Golfo. El ministro de Asuntos Exteriores saudí, Fayçal ben Farhan al-Saoud, expresó claramente el rechazo a cualquier chantaje relacionado con el estrecho de Ormuz, y destacó «el derecho de los países (del Golfo) a defenderse contra los ataques incesantes». Unánimemente, los ministros reunidos condenaron «los ataques iraníes totalmente injustificados, con misiles y drones, sobre zonas residenciales», reafirmando «el derecho de los Estados a la legítima defensa, de conformidad con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas». Lanzaron «un llamado a Irán para que ponga fin inmediatamente a sus ataques y respete el derecho internacional, así como los principios de buena vecindad», afirmando que «el futuro de las relaciones con Irán depende de su respeto a la soberanía de los Estados y al principio de no injerencia en los asuntos internos». Finalmente, el otro gran punto que figuró en el comunicado de esta reunión es «la condena de todo apoyo y ayuda al armamento de milicias en los países árabes», lo que concierne directamente a Hezbolá en el Líbano, Hamás en Palestina, Hached el-Chaabi en Irak o los Hutíes en Yemen. Lo que hay que retener de estas declaraciones no es solo el tono firme adoptado unánimemente por el conjunto de los países árabes e islámicos, sino también el creciente aislamiento en el que la estrategia adoptada por Irán desde el inicio de su guerra con Estados Unidos e Israel, que se basa en la manifiesta voluntad de sembrar el caos en la región, comienza a volverse en su contra. Los ministros reunidos también expresaron su «apoyo a la seguridad y estabilidad del Líbano, al monopolio de las armas en manos del Estado y a la condena de los ataques israelíes contra su suelo». Es decir, una firme posición contra ambos beligerantes, Hezbolá e Israel. El Líbano estuvo presente en esta reunión en la persona de Joe Raggi, ministro de Asuntos Exteriores. En sus declaraciones, este último llamó a los países árabes e islámicos a apoyar la iniciativa del presidente Joseph Aoun a favor de negociaciones directas con Israel, una iniciativa lanzada con el fin de poner fin a la guerra en el Líbano, que ya ha causado cerca de mil muertos y más de un millón de desplazados. Hasta ahora, ni Israel (y detrás de él Estados Unidos) ni Hezbolá (y el tándem chií en el Líbano) muestran buena disposición al respecto. Si bien condenó los ataques israelíes, el ministro libanés no dejó de reprochar a Irán haber arrastrado al Líbano a la guerra a través de Hezbolá, una posición a años luz de la de sus predecesores. Finalmente, reiteró la condena del Líbano a los ataques de Teherán contra el Golfo. Al margen de la reunión, el ministro sirio de Asuntos Exteriores, Assaad Chibani, reafirmó a su homólogo libanés que su país no tiene ninguna intención de entrar en el Líbano ni de inmiscuirse en sus asuntos internos. Según informaciones difundidas en los medios recientemente, Estados Unidos habría pedido a Siria que se implicara en la guerra en curso en el Líbano para poner en su sitio a Hezbolá (un notorio enemigo del nuevo régimen sirio), pero Damasco se habría negado. Por primera vez, misiles de largo alcance Mientras los ministros árabes e islámicos están reunidos en Arabia Saudita, la diplomacia francesa se activa en el Líbano. El ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, era esperado en Beirut el jueves durante el día. Francia, recordemos, apoya la iniciativa del presidente Aoun de negociaciones directas con Israel y ha propuesto que se celebren en París. El miércoles, las declaraciones del enviado del presidente francés en el Líbano, Jean-Yves Le Drian, habían causado revuelo: en una entrevista televisada, este estimó que Hezbolá es directamente responsable de esta nueva escalada en el Líbano por su lanzamiento de cohetes el 2 de marzo al amanecer, y que actúa en nombre de Irán y de ninguna manera en interés de los libaneses, y ciertamente no de los del sur del Líbano. Sin embargo, también criticó los repetidos llamados al gobierno libanés (especialmente por Estados Unidos) para desarmar a Hezbolá, señalando que Israel no había podido hacerlo durante años de conflicto, y que el Líbano, por lo tanto, no podía cumplir esta misión «en tres días y bajo las bombas». En este contexto, la visita de Jean-Noël Barrot a Beirut, según los observadores, tiene pocas posibilidades de marcar alguna diferencia, mientras que el terreno parece inflamarse. El tiempo de la diplomacia, evidentemente, aún no ha llegado. En efecto, a pesar de una calma relativa en las últimas horas en el sur de Beirut y en la capital, el frente del sur del Líbano experimenta feroces combates entre combatientes de Hezbolá y el ejército israelí, habiendo anunciado este último haber matado a una veintena de ellos en las últimas 24 horas. Hezbolá, por su parte, ya no comunica sus pérdidas humanas desde la escalada de marzo de 2026. La novedad de estas últimas horas es la utilización, por la formación chií, de misiles balísticos de largo alcance, que habrían sido lanzados desde la región de Baalbek, en la Bekaa-norte, otro de sus feudos, por primera vez no solo durante este conflicto, sino también durante el anterior, en 2023-2024. Estas nuevas armas cambian totalmente las reglas del juego, ya que amplían el terreno de los combates, obligando probablemente a los israelíes a cambiar de estrategia, ya que está claro que Hezbolá ya no se conforma con cohetes lanzados cerca de las fronteras. El momento de este desarrollo, que tiene lugar en paralelo con el asesinato de importantes personalidades en Irán y una intensificación de los ataques estadounidenses sobre este país, podría explicarse por la necesidad de ocupar al máximo al ejército israelí en este frente libanés, con total desprecio por las pérdidas de vidas y bienes en el interior libanés. Otro signo del desborde de este frente libanés y de la creciente animosidad de los partidarios de la milicia contra un gobierno libanés que ahora la considera operando ilegalmente: una serie de ciberataques contra diferentes sitios web de ministerios libaneses, incluido el de Información (que ha prohibido la palabra «resistencia» en los medios públicos). El grupo de hackers, que se autodenomina los Fatimíes, una referencia a la historia chií, también había atacado el sitio de la MTV, un medio notoriamente anti-Hezbolá, a principios de semana.

Solo los chiitas pueden salvar a los chiitas
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

Entre los comentarios más peregrinos que he escuchado recientemente figura el de un portavoz de la «Resistencia» que apareció en uno de los canales satelitales libaneses, afirmando que «Hezbollah defiende su tierra» frente a Israel. Difícilmente podría encontrarse una falsificación más descarada de los hechos, perpetrada por un personaje sunita que lleva varios años sirviendo de fachada al partido a cambio de retribuciones que percibe regularmente. No hay una sola palabra verdadera en lo que profiere este «resistente sunita», que confunde la defensa de una tierra —que no es la tierra de Hezbollah— con el trabajo de consolidación de la ocupación israelí. La realidad es sencilla: el partido reabrió el frente del sur del Líbano, una vez más, por órdenes directas de Irán, órdenes que no tienen nada que ver, ni de lejos ni de cerca, con los intereses del Líbano y los libaneses. En el Líbano se representan los capítulos de una farsa a la que habrá que poner fin, tarde o temprano. Habría podido provocar risa de no haberse convertido en una auténtica tragedia humana. Nada expresa mejor la dimensión de esa tragedia que el hecho de que el número de desplazados —desde las aldeas del Sur, la Bekaa y los suburbios del sur de Beirut— haya superado el millón de personas en un país de apenas seis millones de ciudadanos. Dos factores explican que Hezbollah haya reabierto el frente del sur del Líbano, bajo el pretexto de vengar el asesinato, por parte de Estados Unidos e Israel, del «Guía Supremo» iraní Ali Jamenei. El primero es la subordinación total del partido a los Guardianes de la Revolución iraníes: fue un oficial del Cuerpo de Guardianes quien ordenó lanzar los seis cohetes que marcaron el inicio de la reanudación de las hostilidades. El segundo concierne a la propia naturaleza de Hezbollah y a su ideología, fundada en la explotación de la ocupación israelí. No hay Hezbollah sin ocupación, ni ocupación israelí de territorio libanés sin Hezbollah. Cuando Israel se retiró del sur del Líbano en mayo de 2000, el partido insistió en que la retirada no había sido completa, y ello a pesar de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas había confirmado que Israel había aplicado al pie de la letra la resolución 425, adoptada por el Consejo en 1978, retirándose hasta la «Línea Azul», que es la línea de alto el fuego entre el Líbano e Israel —prácticamente la frontera entre ambos países, con diferencias insignificantes. El partido inventó el asunto de las granjas de Shebaa y las siete colinas para justificar la conservación de su arsenal. Quedó entonces absolutamente claro que la existencia de la ocupación era la razón de ser del partido, y que ese armamento constituía la columna vertebral de una organización cuyo único propósito es convertir al Líbano en una colonia iraní, nada más. En medio de todo lo que ocurre hoy en suelo libanés, Hezbollah parece dispuesto a incendiar el país, a reducirlo a cenizas, con tal de poder controlarlo. Eso es lo que explica que se embarque en una guerra perdida de antemano, una guerra de la que el Líbano no cosechará sino ruinas, mientras gira en un círculo cerrado, sobre sí mismo. Si el partido, e Irán tras él, ha logrado algo en casi cuarenta y cinco años, ese logro —de signo negativo— consiste en haber transformado la naturaleza de la comunidad chiita en el Líbano, en su mayoría al menos. Subsiste en el país una élite chiita que hace frente al proyecto expansionista iraní en cada región del Líbano: los suburbios del sur, el Sur, la Bekaa. Una élite chiita que conoce la importancia del Líbano y lo que significa pertenecer a él, en lugar de ser un «soldado en el ejército del wali al-faqih », como solía decir Hassan Nasrallah. En un momento de verdad, Nasrallah reconoció en imagen y sonido que Hezbollah era una criatura de la «República Islámica»… ¿Quién romperá el círculo cerrado en que gira el Líbano? La posición adoptada por el presidente de la República Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam es, sin duda, de enorme importancia. Pero más que nunca se necesita un levantamiento interior chiita que quiebre ese círculo en lugar de seguir girando sobre sí mismo. El impulso de ese levantamiento no puede provenir del exterior del «duopolio chiita», que ha demostrado no haber sido nunca sino una pantalla para encubrir el armamento de Hezbollah —es decir, para usar ese armamento como palanca de presión sobre el Estado libanés y sembrar el terror en las filas de las demás comunidades: suníes, cristianos y drusos. ¿Quién liderará ese levantamiento interior libanés? ¿Dónde está el papel del presidente del movimiento Amal y presidente del Parlamento, Nabih Berri, que emplea un lenguaje de madera enteramente al servicio de la posición iraní sobre el Líbano? Al final, los Guardianes de la Revolución han consumado en el Líbano lo que consumaron en el propio Irán: un golpe de Estado. Han puesto sus manos enteramente sobre Hezbollah con el fin de atar el destino del Líbano al de la «República Islámica» y a la cultura de la muerte que ésta proclama. El Líbano no tiene más remedio que volver al lenguaje de la razón y la lógica, en lugar de enarbolar el lema de «la resolución sobre el terreno por la fuerza de las armas». Las consecuencias de semejante consigna son conocidas: traerá una Nakba sobre el Líbano y sobre la comunidad chiita en particular. Es deber de los chiitas salvar a los chiitas, en lugar de permanecer cautivos de los Guardianes de la Revolución iraníes… o de escuchar los disparates de tal o cual «resistente», sea chiita o sunita. Son hipócritas, a la manera de los Guardianes de la Revolución, que parecen decididos a suicidarse. No hay razón para que los chiitas del Líbano se suiciden en el marco de esa pulsión que exhiben los Guardianes de la Revolución — máxime cuando los chiitas del Líbano tienen una referencia que es el Estado libanés, o al menos eso debería ser…

Un memorando político y militar
Por
Khalil Helou
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Desde hace algún tiempo, una parte significativa de la opinión pública acusa al Ejército y/o a su comandante en jefe de incumplir su deber, e incluso de amotinarse abiertamente contra el gobierno que le encomendó desmantelar el arsenal militar de Hezbolá. El Ejército libanés se ha convertido en blanco predilecto de ciertos periodistas, blogueros y activistas en redes sociales, al mismo tiempo que es admirado e incluso casi divinizado por sus contrapartes en el campo opuesto. Lo absurdo y, francamente, inadmisible es que quienes hoy lo enaltecen fueron ayer sus críticos más feroces, responsabilándolo de todos los males. Lo acusaban de “colaborar” con el “imperialismo” estadounidense, una etiqueta trillada que se aplica con ligereza a todo aquello que se rechaza, en alusión a la cooperación militar entre Líbano y Estados Unidos, pese a que, sin esa asistencia, el Ejército habría quedado inoperante por el exiguo presupuesto de defensa. Estos nuevos admiradores de la institución militar se suman ahora a sus devotos habituales, que no escatiman elogios hacia las tropas. Quienes desacreditan al Ejército en toda circunstancia, y no son pocos, sostienen que nunca los ha protegido, ignorando un siglo de sacrificios, especialmente desde la década de 1960. Si bien en ocasiones plantean argumentos válidos, señalando la conducta pública de algunos militares, las apariciones televisivas de ciertos retirados y otros aspectos criticables, se concentran en lo accesorio mientras omiten deliberadamente lo esencial. Todo esto ha convertido al Ejército libanés en objeto de espectáculo mediático, lo cual resulta perjudicial en todos los sentidos. Sin duda, es necesaria una reforma en materia de seguridad y defensa, pero esa tarea corresponde al ámbito de las autoridades legislativas, que son las competentes en la materia. Nuestro Ejército no debería inmiscuirse en la política. Sin embargo, los bloqueos nacionales y las fallas de las autoridades políticas lo han colocado en el centro del debate público. Así, desde 1958, tras la breve guerra civil de ese año, la institución militar ha sido empujada al escenario político, para el cual no estaba preparada. Pocos de sus miembros logran adaptarse plenamente a ese rol. En cuanto a su dimensión operativa, el Ejército recibe, además de la ayuda militar estadounidense, apoyo adicional de diversos países europeos y árabes. Irán, tan valorado por Hezbolá, sus aliados incondicionales y sus simpatizantes ocasionales, nunca ha ofrecido asistencia seria a nuestra institución militar, a pesar de una doctrina que proclama la defensa del país frente a cualquier agresión, incluida la de Israel. Teherán ha proporcionado únicamente ayuda superficial al Ejército, reservando su respaldo sustancial para Hezbolá, en particular con misiles antitanque de última generación, drones y todo tipo de armamento, además de apoyo financiero. La institución militar no ha mantenido una presencia efectiva en el sur del Líbano desde 1975, un vacío que ha conducido a la situación actual. Esta ausencia fue en gran medida dictada por la ocupación siria, especialmente a partir de 1990. Desde ese año, los presidentes instalados en Baabda estuvieron bajo la influencia de Damasco, que les prohibía afirmar la soberanía nacional en el sur. El presidente Émile Lahoud, cuya cercanía con su homólogo sirio Hafez al Assad era evidente, se encargó de que las fuerzas regulares no se desplegaran en el sur tras la retirada total de Israel el 25 de mayo de 2000. El pretexto era que las Granjas de Shebaa seguían ocupadas y que el Ejército no debía actuar como guardia fronteriza de Israel. Con ello, facilitó el despliegue de Hezbolá en la región bajo la bandera de la “liberación”, una decisión que desembocó en la devastadora guerra de 2006 y en la conocida frase del secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah: “Si lo hubiera sabido”. Un año después, la organización Fatah al Islam, vinculada a Al Qaeda, ocupó el campamento palestino de Nahr el Bared, al norte de Trípoli, con el objetivo de establecer un emirato islámico en el norte del Líbano leal a Osama bin Laden. Cuando el Ejército enfrentó a Fatah al Islam, que había perpetrado un atentado con bomba contra un autobús en Ain Alak, cometido asaltos bancarios y asesinado a 29 soldados en menos de una hora, Hassan Nasrallah declaró textualmente: “Los campamentos palestinos son una línea roja”. Pese a ello, el Ejército desoyó esa advertencia y derrotó a la organización terrorista al costo de 170 mártires. Al mismo tiempo, Hezbolá mantenía sitiado el Gran Serrallo y al entonces primer ministro Fouad Siniora mediante una protesta prolongada durante meses, en lo que constituía un intento evidente de golpe institucional. Más tarde, en 2008, el bloqueo político llevó al general Michel Sleiman a la presidencia. Cumplió su mandato siendo responsabilizado por Hezbolá de todos los males. A diferencia de su predecesor, Sleiman se negó a someterse y, sobre todo, impulsó una estrategia de defensa orientada a restablecer la soberanía del Estado, lo que para la milicia constituía un pecado imperdonable, ya que podía amenazar su propia existencia. En 2016, tras un acuerdo con sectores soberanistas, Hezbolá y sus aliados llevaron a Michel Aoun a la presidencia. Desde el inicio de su mandato, Aoun bloqueó el desarrollo de una estrategia de defensa, alegando que las estrategias son cambiantes y que su elaboración sería inútil. Posteriormente declaró en varias ocasiones que el Ejército no era capaz de defender el país. En el verano de 2017, las tropas se enfrentaron al Estado Islámico en la batalla de Fajr al Jurud, lograron imponerse y se prepararon para el asalto final. Sin embargo, la victoria total fue suspendida por orden del presidente Aoun. Combatientes del Estado Islámico fueron evacuados en autobuses hacia Siria tras un acuerdo entre Hezbolá y el grupo yihadista. Un mes después, en octubre de 2017, Aoun afirmó ante la prensa que la situación económica del Líbano no permitía equipar al Ejército y que existían razones por las cuales las armas no podían estar exclusivamente en sus manos, añadiendo que una solución en Medio Oriente conduciría a resolver el tema del armamento de Hezbolá. En la actualidad, el gobierno ha adoptado posturas destacables en favor de la restauración de la soberanía. Sin embargo, las tropas no las ejecutan, ya que una misión de ese tipo requiere supervisión constante del poder ejecutivo, algo que hoy no existe. El Ejecutivo vacila o propone iniciativas obsoletas. En conclusión, todos pretenden que la misión del Ejército se ajuste a sus propios intereses y lo utilizan como herramienta mediática, en sentido positivo o negativo, para aumentar su visibilidad. El verdadero responsable sigue siendo el poder ejecutivo, que incluye al Consejo de Ministros y al presidente, así como al Parlamento, siempre y cuando su presidente, Nabih Berri, lo permita y respete la separación de poderes. Montesquieu, sin duda, debe estar revolcándose en su tumba.

Salvar el Líbano
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

El conflicto que se desarrolla actualmente en el Líbano — y más ampliamente en Oriente Próximo — es doblemente letal. Están, ante todo, las víctimas, los daños materiales y sus consecuencias económicas para el mundo entero. Pero más allá de eso, existe una lógica binaria que preside los espíritus de ambos lados, y que parece mucho más destructiva a largo plazo. En la retórica habitual, las guerras se presentan como el camino más corto para abordar una problemática insoluble. Sin embargo, los resultados del siglo pasado prueban lo contrario. Las guerras han generado una multitud de problemas, cualquiera que haya sido su justificación. La solución militar ya no es suficiente para dirimir las cuestiones, y la gestión política del período de posguerra — sobre todo la estadounidense — ha sido cuando menos catastrófica desde Saigón. La guerra actual entre Irán y Hezbolá por un lado, y los Estados Unidos e Israel por el otro, desborda ampliamente el contexto libanés. Tratarla únicamente a través del prisma libanés — el asunto de las armas del Hezb — sería un error, y ello a pesar de la exasperación perfectamente justificada ante la situación totalitaria creada por el partido proiraní en el Líbano a lo largo de cuatro décadas. Pero el enemigo (Israel) de mi enemigo (Hezbolá) no es mi amigo. Una deriva en ciertas posiciones actuales presupone que hay que elegir, en esta guerra, entre uno de los dos bandos, con el objetivo de saldar cuentas internas. A raíz de ello, el discurso adopta en ocasiones un cariz sectario — y retoma los viejos demonios de las venganzas intercomunitarias, más aún a la luz de la crisis sin precedentes que atraviesa el país, con el desplazamiento de población provocado por el desmedido hubris israelí en la más absoluta impunidad. Esto es olvidar que todas las comunidades libanesas han cometido el mismo error, a saber: el de quedar, en última instancia, amalgamadas en un proyecto de hubris que ha generado en cada una de ellas, por turno, un insoportable sentimiento de derrota y abatimiento. La cuestión chií no nació ayer. Estuvo impulsada por un deseo de reconocimiento social tras décadas de marginación del proceso de construcción estatal. Al no encontrar eco, los chiíes abandonaron su proyecto modernista y se orientaron hacia formas identitarias de organización con un fuerte carácter social. Y esta organización quebró las estructuras tradicionales sin que el Estado fuera suficientemente fuerte para reemplazarlas. Si Hezbolá no representa a toda la comunidad chií, representa sin embargo una parte de ella, por convicción o por necesidad estructural. Y la otra parte de la comunidad difícilmente puede permanecer neutral o indiferente — a pesar de su escaso entusiasmo por el partido — frente a una agresión sangrienta y sistemática que alcanza a sus allegados y sus bienes. Sobre todo si no existe ninguna alternativa política que les permita salir de la catástrofe en la que han sido arrastrados, quieran o no. El vínculo entre los chiíes y Hezbolá va más allá del simple blanco o negro, debido a los lazos de sangre por un lado, y a las especificidades de la rivalidad mimética entre las comunidades libanesas en el espacio público por el otro. El Hezb, y antes que él Amal, jugaron durante mucho tiempo con el trauma chií de la exclusión, heredado de las injusticias del pasado. Por lo demás, el partido se ha empeñado en marginar, excluir o aplastar a todos los opositores chiíes libanistas soberanistas a la doctrina jomeinista de la wilayat al-faqih , en todas sus expresiones — desde el imam Mohammad Mahdi Chamseddine hasta el intelectual liberal Lokman Slim, pasando por la izquierda libanesa soberanista. Hezbolá ha establecido así deliberadamente, durante décadas, una confusión buscada entre los dos niveles de pertenencia — nacional y comunitario —, lo cual, por lo demás, fue el modelo de todos los partidos durante la guerra, obsesionados por una sola cosa: la conquista del poder. La diferencia es que el Hezb lo hizo exclusivamente como una satrapía de la nueva Persia, que ha extraído de ello sus dividendos políticos y materiales. Sin embargo, entre Hezbolá e Irán por un lado, e Israel por el otro, existe un tercer campo: el Líbano, la legitimidad libanesa. Y cualquiera que sea su fragilidad, es el único que merece ser seguido. Si el Estado libanés ha sido enclenque desde 1973 a causa de las guerras y las tutelas, y trata en la actualidad de reponerse como puede, no es menos cierto que sigue siendo la única garantía del país para todos los libaneses, sean cuales sean sus comunidades. Toda la complejidad del Estado libanés radica en que está llamado a gestionar no solo a individuos, sino también a comunidades, agrupaciones humanas, regiones y culturas. Un Estado simple no puede ser más que reductor, y un Estado reductor es, por definición, un Estado totalitario que, al no poder existir en armonía con una sociedad compleja, intentará remodelarla a su antojo y simplificarla. Este es el escollo en que ha caído cada una de las facciones comunitarias que quisieron moldear un Líbano a su imagen, excluyendo y marginando a los demás componentes del país. El Estado libanés sigue siendo la única garantía, sí. A condición de que sus comunidades — y con ellas sus respectivos líderes, que siguen comportándose como jefes de clanes salidos de tiempos feudales, revestidos de una misión histórica divina de restauración de la grandeza y la seguridad de su horda — presten por fin una lealtad definitiva al Estado y a la idea del Gran Líbano en sus fronteras reconocidas internacionalmente — sin condiciones y sin compromisos con nadie. Y a condición de que el Estado, también, demuestre que asume sin vacilación su responsabilidad de preservar el Líbano, en el respeto de la Constitución. El Líbano no puede salir victorioso de una guerra cuyos elementos no controla en modo alguno, y la yihad de Hezbolá es absurda — tanto como, por lo demás, la idea de que Israel podrá aniquilar totalmente a una milicia escatológica que se nutre de muertos y mártires. El país del Cedro no es, al fin y al cabo, más que el terreno-absceso de una crisis que dura desde 1969, si no desde 1948, y que versa sobre su unidad, su soberanía, su paz — así como la condición sine qua non para consagrarlas: la neutralidad positiva frente a los conflictos de la región, en el marco del respeto por el bien común de su vecindario árabe, el derecho internacional y los derechos fundamentales del ser humano. Llegará un momento en que el cañón deberá callar, y en que habrá que volver a la realidad. Y aunque parezca difícil creer que el Hezb renunciará a su bravuconería suicida y épica — incluso gigantomáquica —, será necesario que aquellos responsables libaneses que aún conservan algún ascendiente sobre los acontecimientos dejen de contemplar el desastre y propongan, en el marco de un vasto consejo de notables transcomunal, una iniciativa política capaz de permitir a la comunidad chií escapar de la insidiosa trampa binaria en la que Irán la encierra desde hace décadas — Israel o yo, los suníes o yo, etc. La tiranía del Hezb ha durado demasiado, pero — con la experiencia del pasado como respaldo — no es desde luego otra empresa tiránica — máxime si viene del exterior — la que podrá acabar con ella, sino un proyecto de paz inclusivo fundado en los elementos constitutivos de un Estado y los valores fundamentales de la República. De lo contrario, ¡cuidado con el retorno de lo reprimido! Tanto más cuanto que los componentes libaneses y la comunidad internacional han dejado que las cosas ocurrieran, por acción u omisión, por interés o por voluntad de no coger el toro por los cuernos... para "evitar la guerra civil". Este proyecto, que existió entre 2000 y 2005 para restablecer el eje unidad-soberanía frente a Assad, no existe en la actualidad. Nada se ha hecho para crearlo, estando todos los componentes políticos obsesionados por sus estrechas ganancias políticas a corto plazo. La única hoja de ruta plausible para salir de la locura asesina debería ser la siguiente: fin de las hostilidades, desarme de Hezbolá y restablecimiento de la autoridad del Estado sobre la totalidad de su territorio mediante el despliegue masivo del ejército en la frontera, en concomitancia con la retirada israelí de los territorios ocupados, seguida de negociaciones de paz bajo los auspicios de la ONU, y un estatuto de neutralidad benevolente para el Líbano. La alternativa es la desaparición del Líbano, con, una vez más, la "paz de los otros" sobre su cadáver — y los nuestros. No tenemos más que uno. No contribuyamos a su destrucción, sino a su salvación. René Maheu observó en 1975 que el Líbano había logrado producir un "estilo de civilización" fundado en el diálogo y la convivencia; una sociedad que, a pesar de sus desigualdades, seguía siendo "la menos inhumana del mundo", en palabras de Georges Naccache. Un mundo en descomposición, devastado ahora por las mismas angustias identitarias que presenciaron su destrucción, necesitaría urgentemente ese Líbano.

Israel intensifica el aislamiento del sur del Litani

A medida que avanzan los días, la intensificación de las operaciones militares sigue en aumento, agravando la guerra total que Estados Unidos e Israel libran desde el 28 de febrero contra el régimen de los mulás en Irán. Esta escalada se manifiesta en varios frentes. Tras la eliminación, el 17 de marzo, del jefe del Consejo de Seguridad Nacional iraní, Ali Larijani, considerado el verdadero hombre fuerte del régimen tras el asesinato del líder supremo Ali Khamenei, y de Gholamréza Soleiman, comandante de los Basij, el temido aparato de represión interna fue el turno del ministro de Inteligencia, Ismail Khatib, quien murió en un ataque israelí. Su fallecimiento fue confirmado el miércoles 18 de marzo por las autoridades oficiales. En el plano estrictamente militar, la aviación estadounidense inició en las últimas veinticuatro horas una campaña de bombardeos intensivos con bombas antibúnker contra posiciones iraníes y depósitos subterráneos de misiles y drones en el litoral del golfo Pérsico. Más de 200 misiles balísticos habrían sido destruidos en uno de estos ataques. Este operativo busca claramente allanar el camino para la reapertura del estrecho de Ormuz o, al menos, reducir significativamente la capacidad de los Guardianes de la Revolución para perturbar la libre circulación de petroleros en esta vía marítima estratégica. En este contexto, se espera en breve la llegada a la región de una importante unidad de Marines, equipada con capacidades de ataque avanzadas, para reforzar el despliegue operativo de las fuerzas estadounidenses, especialmente en la zona del estrecho de Ormuz. En paralelo, la aviación israelí bombardeó el mayor yacimiento de gas del mundo, de origen iraní. En respuesta, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución anunció su intención de atacar instalaciones petroleras en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Esta amenaza provocó de inmediato un nuevo aumento del precio del barril de petróleo, que alcanzó los 109 dólares al cierre de la jornada del miércoles. En este contexto, los ministros de Relaciones Exteriores de los países del Golfo y de otras naciones musulmanas tenían previsto celebrar la noche del miércoles una reunión extraordinaria para analizar las graves consecuencias de las acciones iraníes contra varios Estados de la región. El sur del Litani, aislado del resto del país En el llamado frente libanés, el ejército israelí anunció el miércoles a primera hora de la tarde su intención de bombardear y destruir puentes y vías de paso a lo largo del río Litani. Esta operación aísla el sur del Litani del resto del país y supone, en términos militares, la creación de una zona de amortiguamiento entre la frontera israelí-libanesa y la región situada al norte del río. Según algunas informaciones, este despliegue israelí en territorio libanés podría extenderse hasta el río Zahrani, más al norte. Esto permitiría al Estado israelí imponer sus condiciones en cualquier negociación sobre la retirada de sus tropas. En la capital, la noche del martes al miércoles fue particularmente intensa. La aviación israelí bombardeó en varias ocasiones distintos sectores, especialmente los barrios de Zokak el-Blat y Bachoura, donde un edificio de siete pisos colapsó por completo tras el ataque aéreo. En Zokak el-Blat, un bombardeo israelí causó la muerte de Mohammed Cherri, director de programas políticos del canal de televisión de Hezbolá, Al-Manar. Al cierre del miércoles, un ambiente de fuerte tensión dominaba la capital, en medio de la incertidumbre sobre el alcance del despliegue del ejército israelí en el sur del país.

Cuando negarse a negociar se convierte en ignorancia o traición

En la coyuntura que atraviesa el Líbano, el debate ya no gira en torno a cuestiones técnicas, como si la negociación con Israel fuera directa o indirecta, o si tendría lugar antes o después de una tregua. Esas interrogantes son secundarias frente a la cuestión central, que se impone con fuerza: por qué negociar y qué significa, para un Estado, negarse a hacerlo. En su definición más básica, la negociación en las relaciones internacionales no es un signo de debilidad ni una capitulación. Es el instrumento natural que utilizan los Estados para gestionar los conflictos cuando el costo de la guerra supera su capacidad de soportarlo. Así funcionan los Estados racionales. Las guerras mismas terminan siempre en negociaciones, después de la sangre, la destrucción y de que los bandos enfrentados comprueban que la fuerza por sí sola no resuelve los problemas ni garantiza una estabilidad duradera. Por eso, incluso Estados que han librado guerras devastadoras han negociado. Estados Unidos negoció con Vietnam tras un largo conflicto; Egipto lo hizo con Israel después de dos guerras mayores; y las potencias europeas, tras siglos de enfrentamientos, terminaron por construir un nuevo orden político en su continente. La negociación no es la excepción en la historia política: es la regla. Precisamente por ello, negarse a negociar en un país devastado, donde cientos de miles de ciudadanos han sido desplazados, constituye una postura moralmente inaceptable y difícil de justificar. En momentos como estos, rechazar la negociación no es un gesto heroico. Es uno de los siguientes síntomas: ignorancia sobre la naturaleza de las relaciones internacionales, evasión de responsabilidades, desprecio por la vida humana y por el destino del país; o bien indica que quien bloquea la negociación no puede aceptarla sin la aprobación de su tutor, en este caso Irán, y que es él quien encarna el verdadero gobierno sometido, y no el gobierno libanés, revirtiendo así la acusación que Mahmoud Komaty, diputado del Parlamento, había dirigido contra el Estado. El Líbano atraviesa hoy uno de los momentos más peligrosos desde el fin de la guerra civil. Más de 800 mil libaneses han huido de sus hogares en el sur y en otras regiones, y nada indica con claridad si o cuándo podrán regresar. Pueblos enteros se han convertido en localidades fantasma. Una economía que apenas sobrevivía antes de la guerra está ahora al borde del colapso total. Y, sin embargo, el debate interno continúa como si se tratara de una discusión teórica sobre la forma de negociar. Pero la verdad, simple, amarga e implacable, es que esta guerra no fue decidida por la República libanesa. No fue declarada por el Consejo de Ministros, ni ratificada por el Parlamento, ni solicitada por el pueblo. Quien decidió abrir este frente fue Hezbolá, es decir, una fuerza militar que desde hace años actúa al margen del Estado, lo domina desde dentro, está estratégicamente vinculada a Irán y se integra en sus conflictos regionales. Ahí reside el nudo central. Para el Partido, la guerra no es un enfrentamiento contra Israel ni una defensa del Líbano, sino un fragmento de la batalla regional de Irán. Por eso sus dirigentes la califican de “batalla existencial”. En realidad, es existencial para el propio Partido y para su papel regional, no para el pueblo libanés ni para el Estado, que paga el precio de la destrucción, el desplazamiento y el colapso económico. Frente a esta lógica, Israel aborda la guerra desde una perspectiva radicalmente distinta. Para el Estado israelí, lo que ocurre podría representar una oportunidad única para eliminar la amenaza militar que Hezbolá supone en la frontera norte. Por ello, no es realista pensar que Israel terminará sus operaciones con facilidad, ni que se conformará con un alto el fuego provisional que restablezca la situación anterior. La lógica militar y política israelí sugiere que esta podría ser la última oportunidad para modificar la ecuación en el Líbano. Entre estas dos lógicas, el Líbano, como Estado, se encuentra en una situación de casi total impotencia: no decidió la guerra, pero paga sus consecuencias; se le exige negociar, aunque la decisión de combatir no le pertenece. Por eso, el jefe de Estado plantea la posibilidad de negociar. No porque sea una alternativa cómoda ni porque las condiciones sean ideales, sino porque prolongar la guerra equivale a empujar al país hacia la ruina total. En este contexto, negociar no es un lujo político, sino una necesidad nacional para preservar lo que aún queda de la sociedad y del Estado. El problema, sin embargo, no radica en el principio de la negociación, sino en el contexto político que la rodea. En un país donde el Estado no tiene el monopolio de las armas ni de las decisiones en materia militar, negociar se convierte en una tarea casi imposible. ¿Cómo puede un Estado negociar el fin de una guerra cuando un actor interno la continua, tiene la capacidad de reactivarla a voluntad y responde a cálculos regionales ajenos al interés nacional? Ahí se perfila el mayor riesgo. El Líbano podría enfrentarse al peor de los escenarios: una guerra prolongada que no puede resolver y un acuerdo humillante impuesto desde el exterior tras una destrucción aún mayor. No es una hipótesis abstracta. La historia contemporánea del país está marcada por situaciones que ha tenido que aceptar sin poder decidirlas. El verdadero debate que deben afrontar hoy los libaneses no es la forma de la negociación, sino la recuperación por parte del Estado de su capacidad de decidir sobre la guerra y la paz. Un Estado que no controla esa decisión no puede proteger a su población ni negociar en su nombre. En última instancia, ningún Estado puede vivir indefinidamente en guerra abierta y ninguna sociedad puede soportar el desplazamiento de cientos de miles de sus ciudadanos sin un horizonte de retorno. Por eso, negociar no es una opción moral o ideológica, sino un deber político y ético hacia la población. Convertir la negativa a negociar en una bandera heroica, mientras la población paga la guerra con sus vidas, sus hogares, sus medios de subsistencia y el futuro de sus hijos, no es heroísmo. En el mejor de los casos, es una peligrosa ilusión política; en el peor, un desprecio por el destino de todo un país y una traición a quienes confiaron en sus dirigentes para protegerlos. La pregunta que definirá el futuro del Líbano ya no es si negociar o no. La verdadera pregunta es más simple y urgente: ¿Cuál es el destino del Líbano?