

La eliminación por parte de Israel de Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y uno de los principales operadores de poder de la República Islámica, junto con el comandante de la milicia Basij, la temida fuerza policial iraní, Gholamreza Soleimani, marcará sin duda un punto de inflexión en la guerra entre Irán y el eje Israel-Estados Unidos.
Ambos murieron en ataques selectivos israelíes contra la capital iraní durante la noche del lunes, según anunció oficialmente el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, la mañana del martes. Sin embargo, hasta el final de la tarde, Teherán no había confirmado ni desmentido la información. Los medios iraníes se limitaron a anunciar una “inminente alocución televisada” de Ali Larijani, en un escenario que remite al que precedió la confirmación oficial de la muerte del exlíder supremo Ali Jamenei, también fallecido en bombardeos israelíes el 28 de febrero de 2026. Posteriormente, se difundió un mensaje manuscrito atribuido a Larijani, acompañado de una declaración del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, quien prometió “continuar la guerra hasta la derrota de Estados Unidos e Israel”.
Estos son los hechos. En la práctica, Israel ha asestado un nuevo golpe de gran magnitud contra Irán, cuyas consecuencias van más allá de la estructura militar y policial de la República Islámica. Tras la muerte de Ali Jamenei, los dirigentes iraníes habían indicado que se había establecido una cadena de sucesión de cuatro niveles dentro de ese aparato, un mensaje dirigido tanto a Tel Aviv y Washington como a la población iraní, que busca desesperadamente el fin de la dictadura de los mulás.
En el plano militar, el asesinato de Larijani pone de relieve, una vez más, la supremacía del eje Israel-Estados Unidos, que parece avanzar de manera sostenida hacia sus objetivos de guerra: eliminar o, al menos, debilitar significativamente al régimen en Teherán y evitar que la República Islámica adquiera o desarrolle armas balísticas o nucleares en el futuro.
En este conflicto, Tel Aviv y Washington mantienen la iniciativa estratégica, como lo demuestran, en particular, los asesinatos selectivos y las operaciones militares. De este modo, incrementan de forma constante la presión sobre Teherán, que permanece en una postura mayormente defensiva y sigue un enfoque que, a diferencia del de sus adversarios, no parece responder a una estrategia claramente definida. A dieciocho días del inicio del conflicto militar, la República Islámica continúa con ataques aéreos rutinarios contra bases estadounidenses y objetivos civiles en países del Golfo, además de lanzar ofensivas contra Israel, en paralelo de las operaciones de Hezbolá desde el Líbano.
Según AFP, la embajada de Estados Unidos fue atacada en dos ocasiones, con pocas horas de diferencia, el lunes y el martes.
Un proyectil también impactó un hotel ubicado en la Zona Verde de Bagdad, uno de los sectores más protegidos de la ciudad. Más tarde, drones iraníes atacaron uno de los principales campos petroleros del sur de Irak, actualmente fuera de operación y ya alcanzado el viernes anterior, añade AFP.
Sin embargo, incluso al perturbar la navegación de petroleros y buques de carga en el estrecho de Ormuz, lo que genera frustración en Washington mientras intenta movilizar a sus socios europeos para asegurar este punto estratégico del comercio internacional, Teherán parece incapaz de provocar un punto de inflexión que modifique el curso de la guerra o, al menos, de llevar a Estados Unidos a sentarse a la mesa de negociación.
En este sentido, el asesinato de Ali Larijani también tiene una relevancia política particular, en la medida en que parece confirmar lo que el presidente Donald Trump ha reiterado en varias ocasiones en los últimos días: que las conversaciones con Teherán no son, por ahora, una prioridad, y que el foco está en alcanzar los objetivos militares declarados.
Aunque formaba parte del ala dura del régimen iraní, Ali Larijani, cercano de confianza de Ali Jamenei, desempeñó un papel central en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní y en las relaciones con los países del Golfo. Su muerte priva a Teherán de un interlocutor clave ante la comunidad internacional y podría debilitar su capacidad de negociación, en caso de que el régimen se mantenga en eventuales diálogos dentro del marco del “nuevo Medio Oriente” que comienza a configurarse. “Estamos dando forma a un nuevo Medio Oriente, forjado por el poder”, reiteró el martes el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, según medios israelíes.
La eliminación del jefe de Basij, la milicia responsable de reprimir violentamente las protestas populares contra el régimen de los mulás en Irán, también se alinea con los objetivos del eje Israel-Estados Unidos: propiciar un cambio en Irán.
La pérdida de su líder, mientras su sucesor, quienquiera que sea, permanece en la mira de Israel, podría ofrecer a los iraníes una nueva oportunidad para reactivar sus movimientos de protesta.
La gran incógnita, sin embargo, es cómo responderá Irán a este nuevo golpe. ¿Cerrar el estrecho de Ormuz para aumentar la presión sobre Estados Unidos? ¿Impulsar a su aliado libanés, Hezbolá, a intensificar los ataques contra Israel? Hasta ahora, este último ha demostrado que, más allá de provocar una respuesta militar más agresiva por parte de Israel en las zonas donde opera, no es capaz de ayudar a su aliado iraní a cambiar el rumbo de los acontecimientos.
Por el contrario, una escalada de las operaciones militares de Hezbolá contra Israel solo incrementaría el riesgo de una incursión terrestre israelí a gran escala en el Líbano, una opción que Tel Aviv viene considerando abiertamente desde hace tiempo y para la cual, según medios israelíes, habría movilizado cerca de 450,000 reservistas.
En esta lógica de escalada suicida, Hezbolá corre el riesgo de arrastrar aún más al Líbano en una espiral mortal de violencia, sirviendo únicamente a los intereses de su aliado iraní.