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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Nueva semana de desarrollos con alcance estratégico
Por
Taline Becharraoui
Publicado

La muerte del hombre fuerte del régimen iraní, Ali Larijani, el martes 17 de marzo, junto con la de varios altos responsables y mandos de los Guardianes de la Revolución y de los Basij, no ha reducido la implicación de Teherán en el conflicto. Por el contrario, el país lanzó por primera vez misiles balísticos fuera de Oriente Medio, en dirección a Diego García, a 4.000 kilómetros de distancia, y atacó Dimona el sábado por la noche. En el Líbano, los combates se concentran con intensidad en el frente sur. La tercera semana de la confrontación entre los poderosos ejércitos de Estados Unidos e Israel, por un lado, y el régimen iraní, por el otro, ha estado marcada por nuevos giros, al igual que las anteriores. El estado actual del régimen iraní es más frágil que nunca, aunque su capacidad de ataque sigue siendo considerable. El régimen perdió esta semana, concretamente el 17 de marzo, a su principal figura tras el asesinato del líder supremo Ali Khamenei el pasado 28 de febrero: su influyente jefe de seguridad, Ali Larijani, una de las figuras políticas más experimentadas del país y considerado el hombre fuerte del sistema. Larijani murió en un bombardeo israelí contra un apartamento en Teherán, donde acababa de llegar junto a su hijo y otros cuadros del régimen. Se trató de un asesinato selectivo, seguido por la eliminación de otros mandos de los Guardianes de la Revolución y de los Basij, la policía represiva bajo supervisión de los Pasdaran. La muerte de Larijani, quien había asumido el control tras la desaparición del líder supremo, abre interrogantes sobre la cadena de mando del régimen. Esto se agrava por la ausencia pública del sucesor de Ali Khamenei, su hijo Mojtaba Khamenei, cuyo paradero sigue sin confirmarse. Herido en el mismo ataque que mató a su padre, a varios miembros de su familia y a unos cuarenta altos cargos del régimen, el nuevo líder supremo estaría con vida, según un informe de inteligencia estadounidense difundido esta semana por medios internacionales. El nuevo líder publicó un segundo mensaje el viernes, en el que eleva el tono y asegura que “el enemigo ha sido derrotado”. En el plano militar, Irán sigue mostrando capacidades relevantes pese a los daños sufridos en su territorio, con ataques inéditos a finales de semana que podrían marcar un punto de inflexión en la guerra. Dos misiles balísticos de alcance intermedio fueron lanzados hacia la base estadounidense-británica de Diego García, en el océano Índico, a más de 4.000 kilómetros de Irán, desde donde despegan aviones en misiones contra territorio iraní. El jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, afirmó que este lanzamiento demuestra la capacidad iraní para amenazar capitales europeas. Otra señal de escalada esta semana involucra instalaciones nucleares. Tras bombardeos israelo-estadounidenses contra el sitio de Natanz en Irán, fue la ciudad de Dimona, en el sur de Israel, la que alberga una instalación nuclear, la que se convirtió en objetivo de misiles iraníes. El ataque dejó más de 170 heridos en Dimona y Arad, pero no provocó niveles anormales de radiación, según la Agencia Internacional de Energía Atómica. La pregunta es si estos ataques anticipan una nueva fase del conflicto. Durante la semana, el estrecho de Ormuz y su cierre al tráfico petrolero continuaron en el centro de las preocupaciones. El presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó al final de la semana con destruir las instalaciones energéticas iraníes si el paso no se reabría en un plazo de 48 horas, lo que desencadenó nuevas advertencias de Teherán contra intereses estadounidenses en la región. Un informe de Axios reveló dos días antes un posible plan de ocupación estadounidense de la isla de Kharg, clave para las exportaciones iraníes de hidrocarburos, con el objetivo de presionar para reabrir el estrecho. A lo largo de la semana, Trump alternó entre señales de distensión y amenazas de escalada. En una declaración el viernes, aseguró querer reducir la intensidad del conflicto al considerar que sus objetivos se habían alcanzado “con semanas de antelación”, aunque también mantuvo una postura firme al rechazar cualquier negociación con Irán. Mientras tanto, Estados Unidos planea desplegar 2.000 soldados adicionales en Oriente Medio, según fuentes citadas por Reuters. Por su parte, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, insistió en que Teherán no está dispuesto a negociar un simple alto el fuego, sino el fin definitivo de la guerra. La reestructuración de Hezbolá por parte de Irán En paralelo, no se registró ninguna tregua en el frente del sur del Líbano, abierto por Hezbolá contra Israel, escenario de múltiples ataques coordinados entre la milicia y fuerzas iraníes. Tras una noche de intensos bombardeos entre martes y miércoles, en la que el centro de Beirut fue atacado sin previo aviso, lo que apunta a asesinatos selectivos israelíes, y varios ataques esporádicos contra los suburbios del sur ya evacuados, el foco de la confrontación parece haberse desplazado hacia el sur del país, en la frontera. Localidades como Khiam y Tibé, en Marjayoun, así como Naqoura, en la región de Tiro, han estado en el centro de la cobertura mediática durante toda la semana. Hezbolá ha comunicado de forma intensiva sus ataques contra “soldados enemigos”, tanto en territorio libanés como en territorio israelí, aunque mantiene silencio sobre sus propias bajas, mientras que el ejército israelí asegura haber abatido a más de 500 combatientes del grupo. Por otro lado, el avance israelí en territorio libanés sigue siendo incierto. Oficialmente, Israel aprobó nuevos planes militares para el Líbano a finales de la semana. Un informe citado por Reuters el 21 de marzo señala que los Guardianes de la Revolución han reestructurado Hezbolá desde el alto el fuego del 27 de noviembre de 2024, lo que pone en duda los esfuerzos de desarme de la milicia. Según este documento, tras la debacle del grupo en el conflicto anterior y el asesinato de su líder histórico en septiembre de 2024, Irán habría enviado en secreto cerca de un centenar de mandos militares al Líbano para reorganizar la estructura del movimiento. El Hezbolá actual sería, por tanto, significativamente distinto al de años anteriores: sus combatientes operarían en unidades más pequeñas y autónomas, con menor dependencia de la comunicación entre ellas. Desmantelamiento de redes en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos En el plano político, Hezbolá permanece aislado dentro del Líbano, al igual que Irán en el ámbito regional. Una reunión de ministros de Exteriores de países árabes e islámicos en Riad concluyó el jueves con un comunicado firme en defensa del derecho a la legítima defensa de los Estados del Golfo, atacados por Irán desde el inicio del conflicto. El Líbano, a través de su canciller Joe Raggi, reiteró la importancia de su propuesta de negociaciones directas con Israel. Esta iniciativa, impulsada por el presidente Joseph Aoun desde el 2 de marzo, sigue bloqueada por el rechazo tanto de Israel como de partidos chiitas libaneses, pese a los esfuerzos diplomáticos de Francia. París, que envió a su ministro de Exteriores, Jean-Noël Barrot, a Beirut y Tel Aviv, no ha logrado avances hasta ahora. El primer ministro libanés, Nawaf Salam, reiteró esta posición en una entrevista con CNN, en la que pidió al presidente estadounidense que interviniera para impulsar negociaciones directas y poner fin a una guerra que ya ha dejado más de 1.000 civiles muertos en el país. La semana también estuvo marcada por el desmantelamiento de redes de Hezbolá en Kuwait y en Emiratos Árabes Unidos, que, según estos países, planeaban ejecutar “operaciones terroristas” en su territorio. Aunque Hezbolá negó cualquier implicación, las autoridades libanesas condenaron estas acciones. El presidente Joseph Aoun reafirmó el apoyo oficial del Líbano a los Estados del Golfo. Sin embargo, las declaraciones oficiales libanesas suenan cada vez más vacías, en un contexto en el que la iniciativa militar sigue en manos de una milicia cuya presencia fue declarada ilegal por el gobierno desde el 2 de marzo, sin que ello haya tenido efectos visibles. El endurecimiento del discurso de Hezbolá, incluido el del vicepresidente de su consejo político, Mahmoud Comati, quien amenazó con represalias contra los “traidores” tras la guerra, refleja una radicalización de su postura y un aumento de las divisiones internas en el Líbano. Todo esto ocurre mientras más de un millón de desplazados del sur del país son acogidos en distintas regiones libanesas.

Por qué Chareh no marchará sobre Beirut
Por
Rayyan Al-Basseer
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Desde la salida de las tropas francesas de Siria en abril de 1946, la joven república se convirtió en uno de los países más expuestos a golpes de Estado en el mundo árabe durante casi un cuarto de siglo. Para 1970, Siria había registrado diez golpes exitosos. El 13 de noviembre de ese año, Hafez al Asad llevó a cabo un golpe palaciego y se consolidó como el hombre fuerte del país. Para Assad, el Líbano no era solo un vecino; era el patio trasero de Siria y una herramienta para proyectar una postura regional más firme. Cuando estalló la guerra civil en Beirut, Siria intervino militarmente en 1976, primero contra la Organización para la Liberación de Palestina y grupos de izquierda libaneses, y luego en apoyo de esas mismas fuerzas palestinas frente a milicias cristianas organizadas. A partir de entonces, los aparatos de inteligencia y de las fuerzas armadas sirios se integraron en la vida política libanesa, arbitrando el poder al respaldar, traicionar o instrumentalizar a actores locales. La guerra de octubre de 1973, iniciada junto con Egipto contra Israel, marcó un punto de inflexión que convirtió a Assad en un interlocutor clave para Washington. El conflicto terminó en un empate militar, pero fue la gestión del posconflicto lo que evidenció su habilidad estratégica. Henry Kissinger, que pasó cerca de un mes viajando entre Damasco y Jerusalén en mayo de 1974, quedó, según se dice, sorprendido cuando Assad aceptó el marco de separación de fuerzas. El acuerdo, firmado en Ginebra el 31 de mayo de 1974, estableció una zona de amortiguamiento bajo control de la ONU en el Golán y congeló la frontera entre Israel y Siria durante las cinco décadas siguientes. Ningún otro frente árabe-israelí permaneció tan estable durante tanto tiempo. Esa estabilidad se convirtió en el paradigma de Assad: mientras el Golán siguiera congelado, Siria seguiría siendo indispensable. Ninguna paz podría alcanzarse sin Damasco; ninguna guerra podría iniciarse sin su consentimiento. Uno de los mayores éxitos diplomáticos de Assad fue su manejo de la Guerra Fría. El ejército sirio se convirtió en una de las fuerzas mejor equipadas y entrenadas por la Unión Soviética en la región. Su doctrina, armamento y formación de oficiales dependían de Moscú. Sin embargo, Assad nunca concedió a los soviéticos la influencia exclusiva que buscaban. Mantuvo un canal discreto con Washington, se reunió regularmente con funcionarios estadounidenses y evitó adherirse a una alianza formal con el bloque soviético. Assad convirtió esa ambigüedad en una herramienta operativa. Combatió a aliados de Estados Unidos en el Líbano cuando le convenía, debilitó el liderazgo árabe de Egipto tras Camp David y, al mismo tiempo, obtuvo armamento soviético en condiciones preferenciales. Damasco era demasiado valioso para ser aislado por Washington y demasiado independiente para ser controlado por Moscú. Esa fue la posición que Assad sostuvo durante dos décadas. Con la caída de la Unión Soviética y la invasión de Kuwait por Saddam Hussein en agosto de 1990, Assad enfrentó una decisión clave. Siria se unió, de forma simbólica, a la coalición liderada por Estados Unidos para liberar Kuwait. A cambio, obtuvo margen de maniobra en el Líbano, respaldado por Washington y Arabia Saudita. La ocupación siria se prolongó otros quince años bajo un acuerdo político con Riad. Rafic Hariri, empresario multimillonario con vínculos sauditas, asumió como primer ministro en 1992. En este arreglo, Hariri controlaba la economía, la reconstrucción y las finanzas, mientras Siria dominaba el aparato militar, los servicios de seguridad y la política exterior. A la muerte de Hafez en 2000, su hijo Bashar heredó un equilibrio interno y regional complejo que nunca logró comprender del todo ni sostener. La presión internacional y un levantamiento popular, conocido como la Revolución del Cedro tras el asesinato de Hariri en febrero de 2005, precipitaron la retirada siria del Líbano, borrando tres décadas de influencia en pocas semanas. En menos de diez años, Bashar pasó de ser un aliado aceptable para la comunidad internacional a un actor aislado. Cuando las revueltas árabes llegaron a Siria en marzo de 2011, la respuesta del régimen, marcada por una represión brutal, desató una guerra civil que dejó cientos de miles de muertos, desplazó a la mitad de la población y redujo drásticamente las capacidades militares del país. La Siria posterior a Assad, liderada por Ahmad el-Chareh, excomandante de Hayat Tahrir al-Sham con vínculos con Al Qaeda, se sostiene sobre una estructura de poder moldeada por una coalición rebelde. Funciona más como un sistema faccional dominante que como una democracia pluralista. Chareh ha obtenido en poco tiempo una notable legitimidad internacional. En poco más de un año se reunió con Donald Trump en la Casa Blanca, intervino ante la Asamblea General de la ONU y logró el levantamiento parcial de sanciones occidentales. Sin embargo, su control interno sigue siendo frágil: persisten tensiones sectarias en la costa occidental, autonomía kurda de facto en el noreste, resistencia drusa en el sur y la presencia de facciones yihadistas que cuestionan su pragmatismo. Para 2024, el ejército sirio ya era apenas una sombra de la fuerza construida por Hafez. Combatientes de Hezbolá, milicias chiitas iraquíes, fuerzas rusas y asesores iraníes habían reemplazado en gran medida al ejército regular como columna vertebral de la defensa del régimen. Tras la caída del régimen, Israel actuó con rapidez para neutralizar lo que quedaba de capacidad militar siria. Bases aéreas, sistemas antiaéreos, instalaciones de producción de armas, arsenales de misiles, radares y centros de investigación en varias ciudades fueron atacados. Según el propio ejército israelí, cerca del 80 % de los activos militares estratégicos restantes fueron destruidos. Lo que queda en Siria es una coalición de grupos armados, no un ejército profesional. La mayoría de los combatientes proviene de antiguas milicias islamistas, eficaces en guerra irregular, pero con escasa formación en operaciones convencionales como control fronterizo, defensa territorial o logística. El equipamiento es heterogéneo y en gran parte obsoleto, con una clara falta de armamento pesado. No existe capacidad aérea ni naval significativa. Sin combatientes extranjeros, estas fuerzas no alcanzan siquiera para controlar el territorio nacional, mucho menos para proyectar poder fuera de sus fronteras. La debilidad militar se ve agravada por la situación económica. Aunque algunas sanciones han sido levantadas, Estados Unidos y la Unión Europea avanzan con cautela. La inversión extranjera sigue siendo limitada, los salarios públicos son extremadamente bajos y la corrupción es generalizada. Las infraestructuras están devastadas y no existe una base económica que permita un rearme significativo, menos aún una intervención militar en el extranjero. En 2025, algunas voces plantearon que Siria podría desplegar tropas en el Líbano como contrapeso a la influencia iraní. Esta idea refleja una profunda incomprensión de la realidad siria. Lo que Washington solicitó fue estrictamente una cuestión de seguridad fronteriza: impedir el tránsito de armas, combatientes y fondos iraníes desde Irak hacia el Líbano a través de Siria. Por ello, los refuerzos sirios se desplegaron tanto en la frontera iraquí como en la libanesa. El objetivo es la contención, no la invasión. Una ocupación requiere logística sostenida, cadenas de mando fiables, administración territorial y protección de tropas. Históricamente, controlar el Líbano implicó desplegar entre 35.000 y 40.000 soldados disciplinados, con redes de inteligencia y respaldo político internacional. El nuevo liderazgo sirio no dispone de ninguno de estos elementos. La posición de Israel constituye un freno adicional insoslayable. Tel Aviv no confía en el actual gobierno de Damasco — considerando a al-Sharaa un yihadista con traje y un títere turco. Además, rechaza la expansión de la influencia turca en Siria y, aún más, su posible extensión hacia el Líbano. Por su parte, Estados Unidos prioriza la estabilidad del ejército libanés y el control de Hezbolá, no la apertura de un nuevo foco de incertidumbre. Del lado libanés, el ejército nacional, respaldado por Estados Unidos, junto con comunidades armadas en el norte y el este del país, impondría un costo elevado a cualquier incursión de fuerzas sirias fragmentadas y mal equipadas. Para los actores proiraníes y redes vinculadas a Hezbolá, el fantasma de una ofensiva yihadista hacia Beirut no es un análisis, sino una herramienta política. Tras sufrir importantes pérdidas desde finales de 2024, buscan reactivar un sentido de amenaza común que refuerce su capacidad de movilización. El planteamiento es claro: una eventual intervención siria justificaría su narrativa de defensa, reforzando la idea de que sus armas siguen siendo indispensables. La historia de Siria ha estado marcada por la brecha entre ambición y capacidad. Hafez al Asad logró cerrarla durante décadas. Su hijo la amplió de forma dramática. La Siria actual, bajo Chareh, aún define qué tipo de Estado quiere ser. Por ahora, el Líbano está fuera de su alcance.

Lanzamiento de misiles contra Diego García: Irán revela su amenaza contra Europa

Tres acontecimientos importantes, de innegable dimensión estratégica, han marcado las últimas veinticuatro horas la guerra entre la alianza estadounidense-israelí y la República de los Mulás en Teherán. Irán lanzó por primera vez dos misiles balísticos de alcance intermedio hacia la base estadounidense-británica de Diego García, situada en el océano Índico, a unos 4000 kilómetros de Irán. Los dos misiles no alcanzaron su objetivo, pero la importancia de este lanzamiento reside en su significado geopolítico. El alcance de los misiles iraníes se estimaba generalmente en 2000 kilómetros. El hecho de que estos dos ingenios balísticos tuvieran un alcance de casi 4000 kilómetros constituye una prueba tangible de que la República Islámica realmente trabajaba para dotarse de un arsenal de misiles capaz de alcanzar potencialmente capitales europeas, incluyendo París y Londres, situadas respectivamente a 4200 y 4400 kilómetros de Teherán. Tal dato desmiente de manera contundente a ciertos círculos y observadores occidentales que hacen campaña contra la batalla entablada contra la República Islámica, afirmando que el régimen iraní no constituía en absoluto una amenaza para los países europeos y los intereses occidentales. Otro desarrollo importante ocurrido este sábado 21 de marzo: el bombardeo por la aviación estadounidense, por segunda vez en tres semanas, de la central nuclear de Natanz y su centro de enriquecimiento de uranio. Se utilizaron bombas antibúnker durante este bombardeo para alcanzar objetivos subterráneos enterrados a gran profundidad. No se reportó ninguna fuga radiactiva tras esta operación, según indicó la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA). El sábado a media tarde, la aviación estadounidense sobrevolaba la zona de Isfahán, donde se encuentra otra central nuclear importante. Veinte países se comprometen a desbloquear Ormuz El otro tema que ha acaparado la atención de las cancillerías occidentales y de los círculos económicos internacionales se manifiesta en el nivel de las amenazas que la República Islámica ejerce sobre la circulación marítima en el estrecho de Ormuz. El nuevo desarrollo ocurrido el sábado en este ámbito es el compromiso asumido por una veintena de países, incluidos Francia, los Emiratos Árabes Unidos, Japón, Canadá y el Reino Unido, de unirse a los esfuerzos para asegurar la reapertura del estrecho de Ormuz. El presidente Donald Trump, cabe señalar al respecto, había multiplicado en los últimos días su llamamiento a una participación activa de los países occidentales en la acción recomendada para garantizar la libre circulación de los buques por esta vía marítima. En el marco de su contribución en este ámbito, Estados Unidos ha enviado a la región aviones A-10 Warthog equipados con tecnología militar de punta que permite atacar de manera particularmente eficaz las embarcaciones que constituyen una amenaza para la circulación marítima. Paralelamente, las aviaciones estadounidense e israelí intensificaron el sábado y durante las últimas veinticuatro horas su bombardeo de los almacenes de misiles y las rampas de lanzamiento situadas en la zona del estrecho de Ormuz. El conjunto de estos acontecimientos corrobora la tesis, informada desde hace algunos días por diversos círculos, según la cual el ejército estadounidense prepara un desembarco en la isla iraní de Kharg, cuya importancia altamente estratégica reside en el hecho de que el 90 por ciento de las exportaciones petroleras iraníes transitan por esta isla que se beneficia de aguas profundas que permiten el atraque de superpetroleros gigantes. El ejército israelí continúa su avance en el sur del Líbano En el frente libanés, el ejército israelí continuó el sábado su lenta y prudente progresión en territorio libanés, ocupando nuevas posiciones estratégicas que le permitirían consolidar su plan de establecer una zona de amortiguamiento entre el Litani y la frontera con el Líbano. Este avance gradual del terreno, perceptible el sábado más particularmente en la región de Naqoura, se acompaña de un intenso bombardeo de varios pueblos de la región meridional. Paralelamente, se reportaron enfrentamientos el sábado en la localidad de Khiam, donde el ejército israelí se enfrenta a dos focos de resistencia controlados por milicianos de Hezbolá. Paralelamente, la aviación del Estado hebreo continuó durante la noche del viernes y el día del sábado su bombardeo intermitente de las infraestructuras de la milicia de Hezbolá en varios barrios del sur de Beirut, incluyendo Haret Hreik y Bourj Brajneh.

¡Por una intifada chiíta contra Hezbolá!
Por
Youssef Mouawad
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Solo los chiíes libaneses pueden desautorizar a Hezbolá, poner fin a su hegemonía y, de paso, al control de los Pasdarán sobre nuestro país * ! Lo mismo ocurre en Irán: por mucho que los ataques combinados israelo-estadounidenses pulvericen a Ali Larijani, a su círculo íntimo y a sus fuerzas represivas, solo una insurrección ciudadana puede derrocar la tiranía de wilayat al-faqih . Los observadores perspicaces acabarán admitiéndolo: no habrá desenlace de la tragedia persa, ni resolución de la crisis iraní sin un enfrentamiento entre compatriotas, es decir, sin conflicto civil. ¡Por tanto, los pueblos deben reivindicar su derecho a la vida! ¡Liberación! Aquí, en nuestro país maltratado, ni el ejército libanés, ni una misión de buenos oficios, ni una guerra civil, ni bombardeos israelíes, ni el desembarco de tropas árabes, turcas u occidentales pueden dejar fuera de juego al «partido divino». Es porque este último reina sobre las mentes que su bastión es inexpugnable y que su reubicación física no bastaría para erradicarlo. Arrancado de su tierra ancestral, arrojado a las carreteras, confinado en campamentos improvisados, su «medio nutritivo» que le sirvió de matriz, permanece apegado, leal, fiel y sumiso. Una constatación desesperanzadora cuando solo la comunidad duodecimana está habilitada para invalidar al Hezb y sacarnos del atolladero en el que nos debatimos. ¿Hay una culpabilidad duodecimana? Pero si el Líbano está empantanado, sus instituciones bloqueadas y su población violentada, ¿culparíamos por ello a todos los chiíes? Reconozcamos que el partido de Dios , ahora un actor regional, había halagado en estos últimos los sentimientos de orgullo y el gusto por la bravata y el riesgo. Pero al hacerlo, los arrastraría a los peligros de la espiral generalizada y del delirio de poder. Algunos espíritus exasperados no dudarían en considerar a todos los duodecimanos responsables política, si no penalmente, de las sucesivas catástrofes que nos azotan. Después de todo, los votantes chiíes han reelegido, de una legislatura a otra, a los mismos representantes en la Asamblea Nacional, así como han aprobado las políticas que estos defendían a sugerencia de sus mentores iraníes. En este sentido, nuestros conciudadanos del Sur, de la Bekaa y del suburbio hicieron lo que no debían hacer. Y lo que es más, al permanecer pasivos, no hicieron lo que tenían que hacer: lo que esperábamos de ellos como libaneses que tienen en el corazón los intereses exclusivos de nuestro país. En dos ocasiones, el 8 de octubre de 2023 y el 2 de marzo de 2026, no pudieron frenar al Hezb que obstinadamente tomaba el camino del enfrentamiento con Israel. ¿Pero estaban en condiciones de impedir estas decisiones fatídicas, por citar solo algunas? Se seguirá alegando durante mucho tiempo que las desviaciones insensatas del «partido divino» fueron obra de un pequeño grupo, no el fruto de una cultura específica ni la consecución lógica de una ideología religiosa que une a una comunidad. Llamada al motín e incitación a la «intifada» En este preciso momento, se cree que debemos esperar una incursión terrestre. En lugar de dejar que los israelíes se ensañen con el Hezb y evacuen el sur libanés de su población, el ecosistema chií podría tomar la iniciativa que le aseguraría su propia liberación. Un inmenso clamor de los desplazados, que suman un millón de personas, puede llevar a la milicia superarmada que ha tomado al Líbano como rehén a abandonar sus ilusiones heroicas y sus empresas picarescas. Y principalmente a despojarse de sus amos iraníes. Beirut Occidental había «renegado» de Yasser Arafat durante su asedio por los israelíes en 1982. La OLP se había prometido convertir nuestra capital en un nuevo Stalingrado. La intervención de Saëb Salam, expresándose en nombre de la población indignada, puso a nuestros huéspedes palestinos en su lugar: fueron embarcados en buques franceses con destino a Túnez. Dicho esto, la indecisión a la que se entrega Nabih Berry no pondrá fin a la auto-inmolación que continúa ante nuestros ojos. Solo una insurrección, solo un movimiento de fondo, solo manifestaciones y sentadas pueden forzar la mano de quienes acaparan el poder indebidamente. ¡Que los chiíes arranquen las armas al Hezb ! ¡Que asuman riesgos por la libertad, la suya y la nuestra! * Y para recordar, los cristianos se unieron a la legitimidad estatal en 1988-89, rechazando de hecho el control de las milicias sobre la zona Este!

Nuestros hijos pródigos
Por
Akram Nehmé
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Todos tenemos a alguien en la familia que se fue a estudiar al extranjero. Un hijo, una hija, un sobrino, una sobrina. Pagamos las matrículas, apretamos los dientes, sentimos orgullo. Obtuvieron sus títulos. Fueron a trabajar en el Golfo. A eso lo llamábamos éxito. Hoy, esa historia está llegando a su fin. Los países del Golfo han decidido dar prioridad al empleo de sus propios ciudadanos. Es un derecho que les asiste, y se trata de una tendencia profunda y estructural, no de una medida pasajera. Los grandes proyectos de visión económica, como la Agenda 2030 en Arabia Saudita, están diseñados precisamente para reducir la dependencia de mano de obra extranjera. Los libaneses que trabajaban allí han comenzado a recibir cartas de despido, y muchos de los que quedan ven sus contratos no renovados. Peor aún, está la guerra — o más bien la inestabilidad crónica. El enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos, las tensiones en el mar Rojo, la fragilidad de los equilibrios políticos en toda la región: todo esto ha sembrado la incertidumbre. Las empresas extranjeras repatrian a sus empleados por precaución. Los inversores se marchan. La economía se desacelera. El Golfo, ese mercado antaño tan abierto, se cierra. Tal vez no para siempre, pero de momento, sí. Y nadie puede predecir cuándo ni bajo qué forma volverá a abrirse. Europa no es una alternativa creíble a gran escala. El desempleo es elevado en muchos de sus países, y las barreras de entrada para quien no es europeo se han vuelto casi insalvables. Encontrar trabajo allí sin ciudadanía europea no es individualmente imposible, pero es lento, costoso e incierto. Sobre todo, Europa no tiene ni la capacidad ni la voluntad de absorber flujos masivos provenientes de un solo país. Para miles de jóvenes libaneses al mismo tiempo, sencillamente no es una solución. ¿Qué hacen entonces? Tenemos una generación entera — inteligente, graduada de las mejores universidades, que habla tres o cuatro idiomas, que ha trabajado en multinacionales o en consultoras — y esta generación ya no tiene adónde ir. Salvo a un lugar. El Líbano. El Líbano con sus cortes de luz que paralizan las jornadas, su colapso bancario que vaporizó los ahorros de toda una vida, su clase política que todos conocemos de memoria, con sus tejemanejes y su inmovilismo. Decir que esto quizás sea una buena noticia resulta contraintuitivo. Pero tomemos un momento para reflexionar. Durante cincuenta años, cada vez que la situación en el Líbano se volvía difícil — guerra, crisis económica, asesinatos políticos —, los mejores se marchaban. Y porque se marchaban, la presión sobre el sistema disminuía. La emigración cumplía la función de mecanismo corrector. Nada cambiaba de verdad, porque las fuerzas vivas que habrían podido exigir el cambio estaban en otro lugar. El Golfo, Europa, América del Norte funcionaron como una inmensa válvula de seguridad. Absorbían nuestros problemas en nuestro lugar. Ahora, esa válvula está cerrándose. No de golpe, sino mediante una contracción progresiva e inexorable. Por primera vez en décadas, nuestros jóvenes graduados no tienen más remedio que mirar hacia el Líbano. No por un patriotismo repentino — aunque eso pueda ayudar —, sino porque las demás puertas se cierran una tras otra. Y la historia demuestra que cuando no queda alternativa, la gente acaba construyendo donde está. No por amor al país, sino por puro instinto de supervivencia y de realización personal. Porque es la única opción sobre la mesa. Vivir en el Líbano hoy cuesta mucho menos que en Dubái, Doha o París. Un joven que trabaja para una empresa extranjera y cobra en dólares desde Beirut vive muy bien — con comodidad, incluso. Este modelo ya existe, sostenido por un puñado de pioneros del mundo digital y de los servicios. Ahora hay que desarrollarlo y estructurarlo. El trabajo remoto lo ha cambiado todo. La pandemia aceleró una tendencia de fondo: hoy se puede trabajar para una empresa en Londres, Nueva York o Dubái desde el salón de casa en Beirut. Una conexión estable a internet, una diferencia horaria manejable, y el asunto se resuelve solo. El cliente está en otro lugar, el dinero entra en divisas fuertes, la vida transcurre en el Líbano — con todo lo que eso implica de belleza y de fealdad. Quienes regresan del Golfo no vuelven con las manos vacías. Tienen ahorros — quizás no fortunas, pero sí un margen de seguridad. Tienen contactos profesionales en todo el mundo. Han vivido la experiencia de lo que es una administración que funciona, un servicio al cliente eficiente, una planificación a largo plazo. Pueden crear empresas aquí. Pequeñas al principio. Adaptadas al tamaño del mercado local o bien orientadas hacia la exportación de servicios. Pero reales. Y una generación que regresa con todo eso, sin nada que esperar ni que perder del sistema político actual, es una generación capaz de votar de forma diferente, con exigencias más elevadas. Puede involucrarse en los municipios, donde se decide realmente la vida cotidiana. Puede mover las cosas en política, simplemente negándose a los arreglos habituales y ciñéndose a un criterio claro: elegir a las personas por sus competencias, no por sus contactos. Nada de esto es automático. Nada lo es en este país. Regresar solo, sin red de seguridad, sin proyecto colectivo, supone el riesgo de ser absorbido por el sistema o de marcharse de nuevo rápidamente, más amargado que antes. Pero regresar en grupo, organizado, con independencia financiera, con competencias complementarias — eso es otra cosa completamente distinta. La diferencia entre ambos escenarios es una decisión. Una decisión consciente de construir algo aquí. No una promesa que llega desde arriba. Siempre hacemos la misma pregunta, en las familias libanesas, alrededor de las mesas de la diáspora: ¿adónde irán nuestros hijos? La pregunta se ha vuelto angustiante, porque las respuestas tradicionales desaparecen. Quizás sea hora de plantearse la pregunta real — la que inquieta y libera a la vez: ¿qué pueden construir aquí, quienes lo han visto todo en otro lugar, si se les da — y si ellos mismos se dan — una razón para quedarse? ¿Quién hubiera imaginado que algún día llamaríamos a la familia en Dubái, Doha, Kuwait o Yeda para preguntar cómo había sido la noche? Esa imagen lo dice todo. Relata la inversión completa de la mirada. Durante décadas, éramos nosotros, en el Líbano, quienes recibíamos las llamadas angustiadas de nuestros padres, hermanos y hermanas que se habían ido a trabajar al extranjero. Éramos el motivo de preocupación. El hogar frágil al que se llamaba para verificar que seguía en pie. Hoy, son ellos a quienes hay que llamar. Aquellos a quienes creíamos instalados en el confort aséptico de las torres de cristal y los centros comerciales climatizados. Preguntarles cómo fue la noche. Si durmieron bien. Si la angustia los dejó en paz. Porque la región tiembla. Porque los equilibrios que creíamos estables se resquebrajan. Porque nadie está a salvo, ni siquiera dentro de las burbujas climatizadas del desierto. Y de repente comprendemos la cruel ironía de la historia. Durante cincuenta años, enviamos a nuestros hijos al Golfo para protegerlos del Líbano. Para ponerlos a salvo de nuestras guerras, nuestras crisis, nuestro caos. Creíamos enviarlos hacia el futuro, hacia la estabilidad, hacia la previsibilidad. Y resulta que hoy quizás sea el Líbano el que se convierte en el refugio relativo. No porque sea más seguro — Dios sabe que no lo es —, sino porque cuando toda la región arde, uno regresa a casa. Uno regresa adonde entiende los códigos y la lengua, adonde puede leer el ambiente antes de que gire. ¿Quién hubiera dicho que algún día seríamos nosotros quienes tenderíamos la mano? ¿Quién hubiera dicho que el exiliado se convertiría en el que necesita consuelo? ¿Que los papeles se invertirían hasta este punto? La noche es larga en toda la región ahora mismo. Pero al menos en el Líbano, estamos acostumbrados a la oscuridad. Sabemos manejarnos en ella. Sabemos encender velas, inventar la luz, mantenernos en pie en las tinieblas. Así que sí, tenemos derecho a soñar. Tenemos derecho a mirar a esta generación que regresa y decirnos: ¿y si son ellos? Tenemos derecho a imaginar que este país, con sus defectos monstruosos, quizás tenga una carta por jugar que nunca antes ha tenido. El Líbano nunca fue un hub regional porque no necesitaba serlo. El dinero venía del Golfo, de los expatriados, de la renta. ¿Para qué esforzarse en construir algo sólido cuando se podía sobrevivir en el desorden? Hoy, la renta se agota. El dinero ya no vendrá a corregir nuestros desequilibrios. Y eso es quizás la oportunidad extraordinaria que ofrece este momento. Miremos las bazas de la situación, por una vez. Un huso horario que permite trabajar con Europa por la mañana y con Estados Unidos por la tarde. Una cultura cosmopolita y multilingüe que no existe en ningún otro lugar de la región. Un coste de vida que ha vuelto a ser competitivo. Un vivero de talentos formados en las mejores instituciones, que regresan con un hambre de construir que no tenían al principio. Y sobre todo, sobre todo: una juventud que ya no tiene miedo. Cuando se ha vivido el derrumbe, la pérdida de los ahorros, la desaparición de los seres queridos en una explosión, queda poco que perder. Y quienes ya no tienen nada que perder son los más peligrosos para el orden establecido — y los más poderosos para crear uno nuevo. Así que sí, soñemos. Soñemos que Beirut vuelva a ser lo que fue: la encrucijada de la región. No la de los capitales dudosos y las maletas de billetes, sino la de las mentes, las startups, las empresas que buscan talentos que no encuentran en ningún otro lugar. Soñemos que las multinacionales miren a esta generación trilingüe, resiliente y creativa, y concluyan: aquí es donde hay que estar. No por los recursos naturales, sino por los humanos. El mundo cambia. El trabajo ya no tiene domicilio fijo. Las empresas buscan ecosistemas donde el talento abunda y el coste de vida resulta atractivo. ¿Por qué no nosotros? ¿Por qué no ahora? Esto no es una predicción. Es un rumbo. No una certeza, sino una intención. El ciclo infernal del que hablábamos — la emigración de los mejores, la supervivencia del sistema por su ausencia — puede detenerse. Se detiene cuando decidimos que se detenga. Cuando quienes regresan digan: nos quedamos. Cuando quienes nunca se fueron digan: construimos. Tenemos derecho a soñar que mañana sea diferente. Incluso tenemos el deber de hacerlo. Porque en un país que ya no ofrece nada, el sueño se convierte en el último recurso que queda. Y los libaneses llevan siglos transformando la nada en algo. Eso es quizás nuestro genio. Transformar la ausencia en presencia. Transformar la partida en regreso. Transformar el fin de un mundo en el comienzo de otro. Así que sí, tenemos el derecho. Y por una vez, tenemos también los argumentos.

Aoun estigmatiza las acciones de Hezbolá en el Golfo

Fue al ritmo de los intercambios de disparos de misiles entre Irán e Israel que el mundo árabe e islámico celebró, el viernes, la fiesta del Fitr, que marca el fin del ayuno de Ramadán. El presidente libanés, Joseph Aoun, se entrevistó telefónicamente el viernes con su homólogo emiratí, el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, con motivo de esta ocasión. Durante la conversación, el jefe de Estado "estigmatizó la implicación de algunos partidos políticos en una conspiración de sabotaje que los Emiratos anunciaron haber frustrado hoy" (viernes), según un comunicado de la presidencia libanesa, refiriéndose a las acusaciones contra Hezbolá. La milicia proiraní, por su parte, rechazó el viernes las acusaciones "falaces" de los Emiratos Árabes Unidos, que anunciaron la detención de al menos cinco miembros de una red terrorista vinculada a Irán y Hezbolá, en medio de la guerra en Oriente Medio. Es la tercera vez esta semana que el movimiento chiíta niega cualquier vínculo con células desmanteladas en países del Golfo. La red de Hezbolá en los Emiratos había "buscado infiltrarse en la economía nacional y llevar a cabo operaciones externas que amenazaban la estabilidad financiera del país" como parte de "un plan estratégico predefinido, en coordinación con partes externas vinculadas a Hezbolá e Irán", había indicado la agencia de prensa oficial Wam, citando a los servicios de seguridad de los Emiratos. En este mismo contexto, Hezbolá desmintió en dos ocasiones esta semana cualquier presencia en Kuwait, tras la detención de 16 personas acusadas de haber planificado una operación de "sabotaje". Las autoridades kuwaitíes informaron, además, del desmantelamiento de una célula de diez personas afiliadas a Hezbolá que preparaba, según el emirato, "una conspiración terrorista dirigida a instalaciones vitales". Durante una conversación telefónica con el emir de Kuwait, el presidente Aoun también debía condenar las acciones de Hezbolá en el emirato. Por su parte, el embajador de Estados Unidos en Beirut, Michel Issa, elogió la propuesta del presidente Joseph Aoun de iniciar negociaciones directas con Israel para poner fin a la guerra contra Hezbolá. Sin embargo, el Sr. Issa declaró que Israel no ha "decidido poner fin a sus ataques". "Líbano debe decidir si se reúne con los israelíes en estas circunstancias", añadió. Además, el jefe de la diplomacia francesa, Jean-Noël Barrot, pidió el viernes a Irán "grandes concesiones". "El régimen iraní debe decidir un cambio radical de postura que permita la coexistencia pacífica de Irán con su entorno regional", añadió. La diplomacia francesa busca en particular evitar una ampliación del conflicto entre Israel y Líbano, arrastrado por Hezbolá a una guerra que, sin embargo, no le concierne. Jean-Noël Barrot condenó así «la decisión inadmisible e irresponsable de Hezbolá» que se unió «a las agresiones iraníes contra Israel», al tiempo que reafirmó la disponibilidad de París para facilitar conversaciones «directas» entre Tel Aviv y Beirut. Tel Aviv todavía no descarta la eventualidad de una incursión terrestre de gran envergadura que Francia intenta evitar, mientras que Hezbolá sigue atacando el norte de Israel. El portavoz militar israelí anunció el viernes que Tel Aviv planea aumentar la presión sobre Hezbolá y ampliar en los próximos días sus operaciones militares terrestres en el sur de Líbano. Precisó que el ejército israelí ha atacado más de 2000 objetivos de este grupo desde que comenzó a atacar su territorio, y continuará haciéndolo. Desde el inicio de la guerra lanzada por el eje Israel-Estados Unidos contra Irán, el 28 de febrero, las autoridades israelíes repiten que sus operaciones militares no terminarán hasta que se alcancen los objetivos fijados: aniquilar las capacidades de Irán para producir armas nucleares y balísticas, debilitar, si no destruir, el régimen de los mulás y sus proxies en la región. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el presidente estadounidense, Donald Trump, han reafirmado que se están acercando a ello. Ante estas declaraciones, la Guardia Revolucionaria de Irán reaccionó anunciando, el viernes, que Teherán «continúa, desde el comienzo de la guerra, la producción de misiles», no tiene escasez de existencias y que «no hay ninguna preocupación al respecto», según la agencia Reuters. En el mismo momento, amenazaron con atacar a funcionarios israelíes y estadounidenses. Esta amenaza en particular, se produce tras la eliminación continua de los cuadros del comando iraní. Los Pasdarán confirmaron así el viernes la muerte de su portavoz, Ali-Mohammad Naïni, mientras que Israel anunciaba la liquidación de un «comandante clave del Ministerio de Inteligencia iraní, Mehdi Rastami Shmastan, durante un ataque selectivo, el miércoles». En otro plano, el Reino Unido autorizó a Estados Unidos a utilizar bases británicas para atacar sitios iraníes que apuntan al estrecho de Ormuz en el marco de "operaciones defensivas", una decisión que Londres debería haber tomado "mucho más rápidamente" según Donald Trump. El jefe de la diplomacia iraní, Abbas Araghchi, acusó en X al primer ministro Keir Starmer de poner "vidas británicas en peligro al autorizar el uso de bases británicas para llevar a cabo una agresión contra Irán".