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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona que escuchara una historia y luego se la contara a otra, que a su vez se la contara a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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Líbano: ¿la cuadratura del círculo?
Por
Michel Hajji Georgiou
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Mientras los negociadores estadounidenses e iraníes se alejan de la mesa de diálogo, los círculos de Hezbolá, pese a las contradicciones evidentes dentro de su dirección, se apresuran a lanzar acusaciones de traición, sin matices, contra Joseph Aoun y Nawaf Salam. El momento de estos ataques no es casual. Revela un pánico que se intenta disimular bajo los ropajes habituales de la retórica de la resistencia. Porque por primera vez desde los años noventa, la carta libanesa se le escapa a Hezbolá y, por extensión, a Teherán. Lo que no es una buena noticia para el Hezb. Es cierto que conserva la capacidad de desatar hostilidades en las calles del país, pero está cada vez más aislado. En 2006, tras el 14 de marzo de 2005, recurrió a una guerra y luego a una demostración de fuerza para compensar esa desventaja. Pero ya no estamos en 2005, y esta vez el Hezb asumiría un riesgo al empantanarse en el frente interno. El resultado sería hundir al Líbano en la violencia. La lógica pacifista del 14 de marzo ha desaparecido y, lamentablemente, el partido se enfrentará a tensiones graves. Tal vez incluso las esté buscando. Pero nadie sale nunca ganando de un juego tan peligroso. La ruptura entre los componentes libaneses e iraníes explica el doble ataque que hoy enfrenta el Estado en Beirut. Por un lado, la reacción intempestiva de una milicia decidida a recuperar mediante la desestabilización interna lo que ha perdido en el terreno político. El tiempo siempre juega a favor de Hezbolá y de Irán: cuanto más beligerante se muestra Israel, más se refuerza la legitimidad de la “resistencia” y más parece justificada, ante sus partidarios, su pretensión de retomar el control en Beirut. Por otro lado, la trampa israelí, que explota este trabajo de desgaste para debilitar aún más al Estado en vísperas de las negociaciones del martes. Tel Aviv no desea ni un Estado demasiado débil ni uno demasiado cohesionado. La división actual le resulta ideal. Los ataques contra el poder ejecutivo son un regalo. Hezbolá, una vez más, se muestra particularmente funcional a la estrategia israelí de socavar al Estado libanés. Sin embargo, hay que llamar a las cosas por su nombre. El reciente ataque mortal contra Beirut, que dejó más de trescientas víctimas, ilustra con una brutalidad que no necesita comentarios lo que podemos llamar una doble responsabilidad. Dos lógicas igualmente letales, dos fundamentalismos igualmente inhumanos: el israelí, que golpea sin previo aviso y sin consideración por la vida civil, amparándose en una supuesta “precisión quirúrgica” que pertenece más a la propaganda de guerra que a la realidad; y el miliciano, para quien el martirio es una promoción, la guerra una razón de existir y la muerte de civiles un argumento político más. Esta enfermedad tiene nombre: martiropatía. Y que Hezbolá se oculte entre civiles que ignoran que su vecino es un objetivo, que nadie haya consultado su opinión sobre la guerra en la que son arrastrados a la fuerza, revela lo que esta “resistencia” ha sido en el fondo: una cohabitación impuesta por la fuerza, a la que todavía se pretende llamar protección. Algunos ideólogos responderán que el Estado libanés es débil, que el ejército es débil y que todo ello es culpa de la comunidad internacional. Es cierto, en parte. Pero lo que esos ideólogos se niegan a admitir es que el debilitamiento del Estado también fue obra del régimen de Assad y luego del propio Hezbolá, sin olvidar la corrupción y las lealtades clientelares de los poderes internos. Hezbolá consolidó su poder bajo el régimen de Assad, del que fue protegido, antes de que el aounismo le entregara definitivamente las llaves del Estado libanés. Y si el régimen de Assad gobernó el Líbano, lo hizo bajo el patrocinio de Israel y de Estados Unidos, en la lógica de la alianza de las minorías, para fracturar al mundo árabe suní y debilitar la causa palestina. Con Palestina casi aniquilada, y con Hamas y sus patrocinadores contribuyendo a ello, Israel ha decidido reducir a Irán a su justa medida. Por lo demás, si no se negocia con el enemigo más poderoso, ¿para qué sirve entonces el concepto mismo de negociación? ¿La diplomacia? ¿Todo debe resolverse por la vía de las armas? ¿Y después qué? Ese es el juego de engaños de las grandes potencias. Las fronteras entre amigo y enemigo son difusas y cambiantes. ¿Los grandes principios y las ideologías grandilocuentes? Pura retórica. En esta guerra, como en todas, los partidarios de unos y otros no son más que carne de cañón. Una convivencia entre dos lógicas, una para la cual la guerra es un arte y otra que simplemente quiere vivir en paz, construir un Estado y criar a sus hijos sin el temor de que un misil les caiga encima, es imposible. No se trata de ceder a pulsiones esencialistas ni a proyectos de separación. El problema no es comunitario. Hezbolá es más que una milicia: es un estado de ánimo. ¿Qué hacer entonces? El Líbano es, necesariamente, el país de la mesura. Ningún exceso puede tener efectos positivos en la escena interna. Esto no implica defender compromisos precarios como los que han marcado el destino del país desde 1969, al punto de vaciarlo de sustancia. Implica construir un consenso que incluya a todas las partes, sin que ello se haga a costa de los valores republicanos. Así como Hezbolá es un cáncer que corroe al Líbano desde hace cuarenta años, humillar a sus partidarios, y con ellos a una comunidad chiita herida, sería un error colosal, monstruoso. Hoy hay en el Líbano demasiado odio y una peligrosa radicalización. Mucho más de lo que el país puede soportar. Y los extremos son el terreno preferido de Teherán y de Tel Aviv. Desde siempre, el belicismo abre la puerta a las injerencias externas y a una lógica de apoyos cruzados para reforzar, por imitación, aspiraciones de supremacía. En vísperas de las negociaciones del martes, el Estado libanés debería convocar de urgencia a una conferencia interna de paz, invitando a todas las partes a acordar un documento similar a la Declaración de Baabda de 2012, bajo la presidencia de Michel Sleiman, mediante la cual el Líbano se comprometía a la neutralidad y a desvincularse de los ejes de tensión regionales, distanciándose oficialmente de los conflictos externos. Quien se negara a participar quedaría de facto marginado y fuera de la legitimidad nacional; quienes asistieran reconocerían, con su sola presencia, la autoridad legítima del Estado libanés, lejos de los enclaves políticos que han predominado hasta ahora. Es la forma de contener simultáneamente dos trampas: la insurreccional de Hezbollah y la subversiva de Israel. Este documento también podría responder a la cuestión de cómo encarar las negociaciones, proponiendo un retorno a la línea de contención tácita establecida tras los acuerdos de armisticio de 1949, que delimitaban las zonas de enfrentamiento militar entre el Líbano e Israel y permitían una forma de coexistencia precaria pero real, antes de que la lógica de las milicias la hiciera estallar definitivamente. El Estado libanés debería asimismo aprovechar el debilitamiento político de Teherán y de Hezbolá, tras el fracaso de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, para reunir a las fuerzas que están cansadas de ver su país hipotecado desde los años setenta por la lógica de las capitulaciones y el sistema de millets. Este reagrupamiento político y popular, transversal a las comunidades, es hoy más fundamental que nunca. Hay que defender al Estado libanés frente al asedio insidioso de este doble enemigo. La verdadera batalla es la que busca derribarlo. Y el Estado, pese a sus múltiples imperfecciones y errores, sigue siendo el centro que reúne a los libaneses. Es también la única garantía de paz. De paz interna, ante todo. Una mayoría de nosotros es consciente de su responsabilidad en la catástrofe que devasta este país. Muchos han sacado lecciones y desean construir un Estado basado en la convivencia, la libertad, la paz y el respeto a individuos y grupos, en el pluralismo y el derecho a la diferencia. Hemos sufrido demasiado. Todas las guerras del mundo se han librado aquí. Todas. Pagamos el precio de nuestros errores y solo buscamos tomar nuestro destino en nuestras manos. Pero es necesario que los demás también asuman, por fin, los suyos. Y eso solo puede lograrse mediante una dinámica similar a la del 14 de marzo de 2005: una convergencia de esfuerzos internacionales y un movimiento popular transversal orientado a que el Estado libanés recupere plenamente sus funciones soberanas, junto con un rechazo definitivo de la violencia en nombre de una neutralidad positiva. El Líbano se encuentra hoy atrapado en la cuadratura del círculo. Pero eso puede cambiar, por fin. Sí, se puede.

Entre negociaciones y ataques sorpresa, una semana marcada por giros inesperados

Entre el 5 y el 12 de abril, la semana pasada fue particularmente intensa por los acontecimientos en Medio Oriente. Cerró este domingo 12 de abril, al amanecer, con el anuncio del fracaso de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán en Islamabad, mientras que a mitad de semana Israel había dado luz verde a negociaciones directas con el Líbano, previstas para el martes 14 de abril en Washington. El 8 de abril, la aviación israelí lanzó un ataque masivo, cerca de un centenar de bombardeos en 10 minutos, contra líderes y posiciones de Hezbolá en varios barrios de Beirut, así como en la región de la Becá y el sur del Líbano. La jornada del 5 de abril estuvo marcada principalmente por las declaraciones del presidente Donald Trump, quien lanzó graves amenazas contra el régimen iraní, exigiéndole poner fin a los obstáculos a la libre circulación marítima en el estrecho de Ormuz. Trump fijó a Irán un ultimátum que vencía la noche del martes 7 de abril. Cuando todo indicaba, durante el fin de semana del 4 al 5 de abril, que una escalada era difícil de evitar, la sorpresa llegó pocas horas antes del vencimiento del ultimátum. Se anunció una tregua de dos semanas y se fijaron negociaciones para el sábado 11 de abril en Islamabad, con el objetivo de alcanzar un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, en especial sobre el estrecho de Ormuz. La ofensiva lanzada por estadounidenses e israelíes contra el régimen iraní tomó así otro rumbo. En Irán, los combates se detuvieron temporalmente, aunque el estrecho solo fue reabierto parcialmente. Ambas partes, tanto iraníes como estadounidenses, no tardaron en proclamarse vencedoras. El régimen iraní celebró una victoria táctica frente a dos poderosos adversarios, basándose en que logró sobrevivir a los ataques. Por su parte, Donald Trump multiplicó sus publicaciones en su red Truth Social, afirmando en esencia que “el régimen ha cambiado”, que nuevas figuras son más pragmáticas y “razonables”, y que Estados Unidos y su aliado israelí infligieron una derrota militar contundente a Irán, su ejército y su infraestructura, llevándolo a la mesa de negociación con disposición a cerrar un acuerdo. Posturas irreconciliables Los beligerantes se reunieron el sábado 11 en Pakistán, mediador del proceso, en Islamabad, con dos documentos de trabajo contradictorios: uno de 15 puntos presentado por Estados Unidos y otro de 10 cláusulas por parte de Irán, reflejando posiciones irreconciliables. En efecto, la mañana del domingo (hora del Levante), el vicepresidente estadounidense J. D. Vance abandonó Islamabad anunciando el fracaso de las negociaciones, asegurando haber presentado “la oferta final y la mejor posible” a los iraníes (AFP). Antes de regresar a Washington, lamentó la “ausencia de un compromiso firme” para abandonar el programa nuclear iraní. Irán, por su parte, denunció las “exigencias irrazonables” de Estados Unidos, antes de que el portavoz de su cancillería, Esmaïl Baqaï, reconociera que “nadie esperaba” un acuerdo tras una sola sesión. Aun así, la puerta del diálogo no estaría completamente cerrada, como se apresuró a señalar un alto funcionario de la diplomacia pakistaní. Según algunas informaciones, el acuerdo naufragó en dos puntos: la intención del régimen iraní de controlar el estrecho de Ormuz y el compromiso de detener el enriquecimiento de uranio. Por su parte, Estados Unidos se negó a liberar los fondos iraníes congelados y a conceder a Irán el control del estrecho. Cabe recordar que se trata de un paso marítimo internacional, no sujeto al control de los países ribereños. En cualquier caso, la delegación estadounidense abandonó Islamabad dejando a sus interlocutores iraníes un documento con las condiciones que Teherán debería aceptar para alcanzar un acuerdo. La delegación estadounidense estuvo encabezada por el vicepresidente J. D. Vance, quien había expresado reservas sobre la guerra contra Irán, acompañado por los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner. La delegación iraní incluyó a Mohammad Ghalibaf, exgeneral de la Guardia Revolucionaria, y al ministro de Relaciones Exteriores Abbas Araghchi. El ataque del 8 de abril En el Líbano, la semana estuvo marcada principalmente por el amplio ataque aéreo lanzado por unos cincuenta aviones el miércoles 8 de abril a primera hora de la tarde contra cerca de un centenar de cuadros y posiciones de Hezbolá, ocultos en varios barrios de la capital, así como en Baalbek, Hermel, Saida y otras regiones del sur del país. Según la versión del ejército israelí, una reunión en línea había sido organizada entre responsables y cuadros del movimiento chiita para preparar un golpe de fuerza en Beirut con el objetivo de derrocar al gobierno de Nawaf Salam, en el cual Hezbolá es claramente minoritario. Siempre de acuerdo con fuentes israelíes, los servicios de inteligencia detectaron esa amplia reunión virtual y lograron identificar a todos los participantes, ya fuera de forma directa o indirecta, en distintas regiones, interfiriendo las frecuencias y las identidades digitales de las conexiones. Este ataque “informático”, mediante medios virtuales, duró 10 minutos en Beirut y otras zonas, permitiendo alcanzar con precisión múltiples objetivos. Debido al factor sorpresa y a la hora de alta concurrencia en que se produjeron los bombardeos, alrededor de las 14:00, el ataque dejó numerosas víctimas civiles. El balance asciende a al menos 180 muertos entre cuadros de Hezbolá y cerca de 200 civiles, además de importantes daños materiales en varios barrios de la capital. Desde ese episodio sangriento, la operación militar israelí contra Beirut y su periferia ha disminuido claramente en intensidad, aparentemente bajo presión estadounidense para dar espacio a las negociaciones con Irán. Este último protestó por la exclusión del Líbano del alto el fuego con Estados Unidos, aunque sin intervenir para proteger a su aliado ni poner en riesgo su cita en Islamabad. Los combates continúan en el sur, especialmente en puntos estratégicos como la ciudad de Bint Jbeil, que el ejército israelí buscaba controlar por completo el domingo. Al cierre de la semana, la atención se centraba en los preparativos de la primera ronda de negociaciones directas entre Líbano e Israel, prevista para el martes 14 de abril en Washington, así como en la situación en el estrecho de Ormuz, donde el presidente Trump decidió imponer un bloqueo marítimo para continuar las operaciones de desminado, en las que podrían participar algunos países europeos, entre ellos Reino Unido y Alemania.

La actitud aberrante de los ministros de Salud y Trabajo

En el último Consejo de Ministros, el jueves pasado, bastó con que Nawaf Salam evocara la desmilitarización de la capital para que los ministros de Sanidad y Trabajo (representando a Hezbolá) reaccionaran y se opusieran. Ironía y aberración. La ironía quiere que las carteras ministeriales concedidas a Hezbolá sean precisamente las directamente afectadas por las dramáticas consecuencias de una guerra: los ataques provocan el inmovilismo del mercado y la multiplicación de heridos y muertos. La aberración es que los ministros de un gobierno se nieguen a que el Estado tenga plena soberanía, como mínimo , en su capital, y prefieran el reinado del caos y los grupos paramilitares al de las instituciones públicas. No hay nada sorprendente en esta actitud, desde el momento en que estos ministros pertenecen a un movimiento político-miliciano que niega la idea misma de nación libanesa. El ejemplo más llamativo es el de este «maestro» que explica a unos pequeños niños que huyeron del Sur, en la misma acera de Beirut, los símbolos de la bandera de Hezbolá, mientras sus casas siguen ardiendo. La ausencia de civismo, la división cultural, la adhesión a una doctrina religiosa… todos estos elementos empujan hoy a una parte de los libaneses a alinearse con los preceptos de un país extranjero, en este caso la República Islámica de Irán. Lo peor es que esta actitud de querer desestructurar las instituciones de derecho y erradicar la noción de Estado soberano no es exclusiva de una comunidad religiosa: si bien es cierto que una mayoría de chiíes sigue afiliada a Hezbolá, también hay suníes, cristianos y drusos que piensan de manera similar, por cobardía o por interés, o incluso por convicción. Y es precisamente ahí donde duele. Y debido a la incapacidad de la más alta jerarquía del Estado para implementar realmente las decisiones prometidas y promulgadas, ya sea por complacencia (o incluso temor) hacia el presidente, por complicidad con el presidente del Parlamento, o por falta de medios en el caso del Primer Ministro, el cisma entre los libaneses se acentúa. Así, la triste constatación cae: nuestro país no es un mensaje de convivencia sino, en el mejor de los casos, un mosaico, donde todas las piezas se insultan y se vigilan, sostenidas por un barniz agrietado. Por lo tanto, evocar hoy una paz posible con Israel es una utopía, porque más allá de las fracturas internas, hay que nombrar claramente las fuerzas que las mantienen. Hezbolá y sus aliados políticos, al aferrarse a una lógica de milicia y de alineamiento regional, imponen al Líbano una agenda que excede el interés nacional e impide cualquier consolidación de un Estado soberano. Al mantener una dualidad en el nivel de poder, entre instituciones oficiales y una fuerza paralela, así como al mantener una esquizofrenia en el ejercicio del poder, debido a la competencia entre sus cúpulas, hacen ilusoria cualquier estabilidad duradera y, por extensión, cualquier paz creíble. Ningún acuerdo con el exterior puede sostenerse cuando, en el interior, algunos actores siguen privilegiando la confrontación, no como un derecho a la oposición, sino una confrontación armada que es el fundamento mismo de su existencia política….

Cuando activistas instrumentalizan la Pascua con fines de propaganda

La desinformación y la distorsión de los hechos históricos no parecen tener límites para ciertos sectores. Con motivo de la Pascua católica, el pasado 5 de abril, un cuadro de Hezbolá, Hassan Dorr, publicó en X (antes Twitter) el siguiente mensaje: https://x.com/HasanDorr/status/2040735419952718037?s=20 «Al llamado de oh Santa María: La “Resistencia” envía sus saludos a nuestros hermanos cristianos con motivo de #Pascua, atacando la base “Stella Maris”, perteneciente a los asesinos de Jesucristo (la paz sea con él), en la #Palestina ocupada». El activista vinculado a Hezbolá acompañó su mensaje con un video de la operación. Según los elementos visuales que aparecen en pantalla, el video parece ser una grabación de una transmisión en vivo de Al Mayadeen, un canal de noticias panárabe por satélite alineado con Hezbolá, con un cintillo que indica: “Imágenes de la Resistencia Islámica en el Líbano”. El video de la operación también lleva el logotipo del “aparato de guerra mediática de Hezbolá”. Mientras Dorr vinculó la operación con el domingo de Pascua, el canal de televisión de Hezbolá, Al Manar, había publicado lo siguiente en su sitio web en inglés el 31 de marzo de 2026 a las 20:59, hora de Beirut: «La Resistencia Islámica atacó la base Stella Maris (una base estratégica de vigilancia y control marítimo a lo largo de la costa norte de Israel) a las 20:00 del martes 31 de marzo de 2026, mediante una salva de cohetes avanzados: comunicado n.º 22.» (Traducción diplomática) Además, el video completo de la operación al que Dorr hace referencia en X se encuentra en la siguiente dirección, fechado el 31 de marzo de 2026: https://x.com/OSINTWarfare/status/2040856427963494574?s=20 , y en el sitio web de Al Manar: https://www.almanartv.com.lb/article/724772/ , igualmente marcado con la fecha del 31 de marzo de 2026. Esto demuestra que la operación no tenía ninguna relación con la Pascua, más allá de la puesta en escena de Dorr, quien instrumentaliza las celebraciones cristianas para avivar tensiones religiosas entre judíos, cristianos y musulmanes. Análisis Dorr retoma la antigua y desacreditada acusación de deicidio atribuida a los judíos. Esta tesis sostiene que el pueblo judío cargaría con la responsabilidad colectiva por la muerte de Jesús, incluso a lo largo de las generaciones posteriores a su crucifixión. Sin embargo, la Iglesia católica rechaza la acusación de deicidio desde el Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI. En el catecismo derivado de este concilio, la Iglesia enseñaba que la humanidad pecadora en su conjunto era responsable de la muerte de Jesús, con una responsabilidad particular de los cristianos en ese sentido. Durante el Concilio Vaticano II (1962-1965), el papa Pablo VI promulgó la declaración Nostra Aetate , que rechazó la idea de una culpa judía colectiva y transgeneracional en la crucifixión de Jesús. La declaración precisaba que «lo que se cometió durante su Pasión no puede imputarse ni indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de nuestro tiempo». El papa Benedicto XVI también rechazó la acusación de deicidio contra los judíos en su libro Jesús de Nazaret , publicado en 2011, subrayando que no se basa en ningún fundamento escriturario. En síntesis, el Concilio de Trento amplió la responsabilidad a toda la humanidad pecadora, el Vaticano II rechazó explícitamente toda culpa colectiva judía, y las fuentes católicas y cristianas contemporáneas presentan habitualmente la acusación de deicidio como un tropo antisemita o antijudío basado en una culpabilidad colectiva, advirtiendo recientemente contra su uso durante la Semana Santa. Manipulación El mensaje manipulador de Dorr tiene varias dimensiones. En primer lugar, se trata de una afirmación sin fundamento, descartada en el plano litúrgico por las autoridades cristianas. En segundo lugar, instrumentaliza la Crucifixión, una conmemoración central del cristianismo. Su afirmación busca avivar tensiones religiosas en ciertos sectores cristianos, que podrían verse inclinados a apoyar las acciones de Hezbolá contra Israel, entendido aquí como los judíos, con el fin de “vengar la muerte de Jesús”, aun cuando la idea de venganza contradice las enseñanzas cristianas más básicas. Este intento de sumar un apoyo transconfesional al campo de Hezbolá permite a los propagandistas sostener que sus acciones benefician a todo el Líbano, con una base de respaldo que iría más allá de la comunidad chiita. Una comunidad que, por cierto, ha terminado alineándose con otras confesiones libanesas al denunciar y rechazar abiertamente las acciones de Hezbolá. Hoy, la disidencia chiita alcanza su nivel más alto jamás observado, debido al desplazamiento de poblaciones chiitas y a la destrucción de sus viviendas como consecuencia de las actividades militares de Hezbolá y las represalias israelíes. Al presentar a Hezbolá, un grupo que se define a sí mismo como una resistencia islámica, como la fuerza que golpea a los judíos para hacer justicia a los cristianos y al propio Jesús, Dorr implica tanto al islam como a los musulmanes en guerras de carácter religioso. En tercer lugar, y sobre todo, Dorr pasa por alto lo esencial: la Pascua es el paso de la muerte a la vida; es una celebración de la resurrección, de la vida eterna. El mensaje incendiario de Dorr llega con tres días, cinco siglos y dos mil años de retraso, y es erróneo.

Conversaciones de Islamabad: expertos estadounidenses e iraníes trabajan sobre los puntos de divergencia

Jornada maratónica para los negociadores y expertos estadounidenses e iraníes, el sábado, en Islamabad. Llegadas el viernes por la noche a la capital paquistaní, ambas delegaciones iniciaron sin demora, cada una por su lado, discusiones informales con altos funcionarios paquistaníes que habrían procedido a intercambiar mensajes entre ambas partes para allanar el camino a las negociaciones formales, cara a cara, que comenzaron el sábado a primera hora de la tarde. A última hora de la tarde, ambas delegaciones concluyeron dos sesiones de trabajo sucesivas y anunciaron una suspensión de las labores que debían continuar durante la noche del sábado (lo que, en este tipo de situaciones, abre el camino a discusiones lejos de los focos) o durante el día del domingo. Muy poca información ha trascendido sobre el contenido de las negociaciones, aparte del hecho de que las conversaciones se centran en puntos de detalle y puntos de divergencia, de ahí la presencia de numerosos expertos en cada delegación. Las posiciones de principio de cada una de las partes sobre los grandes temas litigiosos son conocidas y han sido objeto, en el pasado, durante varias sesiones de diálogo, de largas discusiones sin que se llegara a un acuerdo. Las reuniones del sábado fueron, por lo tanto, más allá de las posiciones de principio y se centraron más bien en los puntos de detalle, los cuales representan innegablemente el aspecto más importante de las negociaciones, que en realidad determina el éxito o el fracaso de las mismas. Divergencias sobre el estrecho de Ormuz Al final de la tarde, fuentes iraníes indicaron que el problema del estrecho de Ormuz constituye «uno de los principales puntos de divergencia durante las conversaciones de Islamabad», lo que indica implícitamente la existencia de otros temas de desacuerdo entre ambas partes. Anteriormente, durante el día, el Financial Times había precisado que los negociadores habían llegado a «un punto muerto sobre el estrecho de Ormuz». El régimen iraní, se señala en este contexto, sigue insistiendo en tener un control directo sobre el estrecho. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní publicó un comunicado a finales de semana, afirmando que «a partir de ahora, seremos nosotros quienes decidiremos qué barcos podrán transitar por el estrecho de Ormuz». Una postura rechazada tanto por Estados Unidos como por los países europeos y que, además, es una violación flagrante de la Convención de Montego Bay (véase al respecto el artículo de Jean-Patrick Dayras). La marina estadounidense limpia el estrecho Cabe señalar en este contexto que, al final del día del sábado, el presidente Donald Trump indicó que los buques del ejército estadounidense estaban limpiando el estrecho de Ormuz de minas iraníes, precisando que esta operación se lleva a cabo para «servir a países de todo el mundo, incluidos China, Japón, Corea del Sur, Francia, Alemania y varios otros países». «No tienen el coraje, o la voluntad, de hacerlo ellos mismos», señaló el presidente estadounidense. Anteriormente, durante el día, el sitio de noticias Axios había indicado que buques de guerra estadounidenses cruzaron el estrecho de Ormuz sin ninguna coordinación con las autoridades iraníes, realizando un viaje de ida y vuelta para remarcar que controlaban la situación en esa zona. El jefe de la Casa Blanca había indicado en este contexto que la marina estadounidense destruyó los 28 buques iraníes minadores. «La marina y la fuerza aérea de Irán han sido destruidas, al igual que la defensa antiaérea», subrayó el presidente Trump. En cualquier caso, el expediente del estrecho de Ormuz fue uno de los principales temas examinados durante estas negociaciones de Islamabad, sobre todo porque se trata de un nuevo punto de conflicto que no se planteó en reuniones anteriores. Cabe señalar que las conversaciones oficiales del sábado tuvieron lugar en presencia, por parte estadounidense, del vicepresidente JD Vance, y de los enviados especiales Steve Witkoff y Jared Kushner, así como, por parte iraní, del presidente del Parlamento, Mohammed Bagher Ghalibaf, y del jefe de la diplomacia Abbas Araghchi. La primera reunión de trabajo se celebró después de un encuentro cara a cara entre el vicepresidente Vance y el Sr. Ghalibaf en presencia de un alto funcionario paquistaní. Las negociaciones cara a cara, en presencia del jefe del ejército paquistaní, estuvieron precedidas por consultas bilaterales entre la delegación estadounidense y los líderes paquistaníes, por un lado, y entre los delegados iraníes y los funcionarios paquistaníes, por otro. Cabe señalar que, antes de su partida de Teherán, los negociadores iraníes habían establecido dos condiciones previas para iniciar su misión en Islamabad: el establecimiento de un alto el fuego en el Líbano y el desbloqueo de los activos iraníes congelados por Estados Unidos. Sin embargo, ninguna de estas dos condiciones fue satisfecha, pero los delegados iraníes, a pesar de todo, iniciaron las conversaciones con la delegación estadounidense, a pesar de que los ataques israelíes continuaban en el sur del Líbano. En Líbano… Mientras los negociadores estadounidenses e iraníes trabajaban en Islamabad sobre los puntos de divergencia entre ambas partes, la aviación israelí continuaba sus ataques contra las posiciones e infraestructuras de Hezbolá en el sur del Líbano. Las FDI indicaron haber realizado no menos de 200 ataques en veinticuatro horas. Sin embargo, el Estado hebreo se comprometió, a petición de los estadounidenses, a no lanzar ataques contra Hezbolá en Beirut hasta el próximo martes, fecha de la primera sesión de negociaciones directas entre Líbano e Israel. La decisión de entablar estas conversaciones bilaterales cara a cara entre delegados libaneses e israelíes ha provocado la ira del bando iraní. El consejero del Guía Supremo de la República Islámica estigmatizó la actitud del primer ministro Nawaf Salam al respecto, llegando incluso a proferir amenazas apenas veladas, advirtiendo de «disturbios de seguridad» (en Líbano…) si el gobierno seguía adelante con su decisión de entablar negociaciones directas con Israel. Un alto funcionario de Hezbolá secundó la idea, prediciendo «un tsunami popular que derrocará al gobierno para protestar contra el proyecto de conversaciones con Israel». Salam aplaza su visita a Washington En la tarde del sábado, persistentes rumores daban cuenta de la voluntad de Hezbolá de organizar una manifestación en Beirut y asaltar el Gran Serrallo para derribar al gobierno y torpedear las negociaciones con el Estado hebreo. Sin embargo, el mando del ejército debía publicar, el sábado a primera hora de la tarde, un comunicado de tono particularmente firme, afirmando que el ejército intervendría con fuerza para impedir cualquier atentado contra la seguridad y la paz civil y para hacer frente a cualquier agresión contra los edificios públicos y privados. Pasando de las palabras a los hechos, el ejército desplegó importantes unidades regulares en los barrios de la capital, estableciendo puestos de control de identidad y realizando patrullas motorizadas. Ante este imponente despliegue de tropas, Hezbolá tuvo que dar marcha atrás y publicó por la tarde, conjuntamente con el movimiento Amal, un comunicado pidiendo a sus partidarios que se abstuvieran de organizar manifestaciones en la capital. No obstante, la fuerte tensión que reinaba en este ámbito durante el día llevó al primer ministro a aplazar la visita que tenía previsto realizar a principios de la próxima semana a Washington para examinar con los líderes estadounidenses el curso de los acontecimientos en la escena libanesa.

Negociaciones con Israel: Beirut priva a Irán de la carta libanesa

Mientras algunos habitantes de Beirut continuaban el viernes 10 de abril inspeccionando los sectores duramente golpeados el miércoles por la aviación israelí, en el marco de un ataque sorpresa contra cuadros de Hezbolá implantados en diversos barrios de la capital, los ataques aéreos continuaron en el Sur contra varias aldeas de la zona meridional del país. Uno de estos ataques causó 12 muertos (agentes de la Seguridad del Estado) en Nabatiyeh. Pero ante la ausencia de desarrollos importantes a nivel de las operaciones militares, son las negociaciones directas entre Líbano e Israel, previstas para principios de la próxima semana en Washington, las que centran actualmente la atención de los círculos diplomáticos y políticos locales. De la información disponible el viernes se desprende que el martes se celebrará una reunión preliminar en la oficina del Secretario de Estado, Marco Rubio, entre la embajadora del Líbano en Washington, Nada Hamadé Moawad, y el embajador de Israel, Yechiel Leiter. Esta reunión a tres bandas permitirá con toda probabilidad definir el marco general o las grandes líneas del orden del día de las conversaciones libaneso-israelíes en los ámbitos militar, de seguridad, político y de relaciones bilaterales, con una perspectiva de paz entre ambos países. El Líbano debería formar en breve comisiones ad-hoc que se encargarán de llevar a cabo las conversaciones bilaterales con los negociadores israelíes en los diferentes ámbitos de interés común. Conviene señalar en este marco que Hezbolá se ha declarado opuesto a toda negociación directa entre Líbano e Israel. El viernes por la tarde, varias decenas de partidarios del partido proiraní organizaron en Zokak el-Blatt, en Hamra y en el centro de la ciudad, especialmente en el sector del Gran Serail, concentraciones para denunciar la posición del gobierno con respecto a las conversaciones con Israel, olvidando evidentemente que Hezbolá había negociado, indirectamente, con Israel a mediados de los años 90 (lo que dio lugar a los Acuerdos de Abril), sin contar las conversaciones iniciadas en 2021-2022 por el partido proiraní con Israel, a través del emisario estadounidense Amos Hochstein (por lo demás, antiguo oficial del ejército israelí) con vistas a la delimitación de las fronteras marítimas entre Líbano e Israel. Los partidarios de Hezbolá que salieron a la calle el viernes por la tarde son sin duda demasiado jóvenes para saber, además, que durante la guerra Irán-Irak en los años 80, el régimen de los mulás iraníes había recurrido a... Israel para abastecerse de armas y municiones para hacer frente al ejército de Saddam Hussein, lo que provocó en su momento el famoso escándalo del Irangate. También sería bueno recordar las negociaciones (directas) entabladas entre el Líbano e Israel en 1983, a raíz de la guerra de 1982 («Operación Paz en Galilea»). Los negociadores libaneses e israelíes se reunían entonces, cara a cara, alternativamente en Khaldé y en la ciudad israelí de Netanya. Un desafío estratégico Más allá de las pujas populistas iniciadas por Hezbolá, es importante señalar en el contexto actual que el desafío de las negociaciones directas con Israel tiene para el Líbano un carácter altamente estratégico. Este desafío fue claramente definido el jueves, durante el Consejo de Ministros, por el presidente Joseph Aoun, quien subrayó sin rodeos que «solo Líbano negocia por sí mismo, y nadie puede negociar en nombre del Líbano». La alusión a la República Islámica es evidente, en la medida en que el poder iraní insiste en que Líbano sea incluido en el alto el fuego acordado entre Teherán y Washington. En claro, esto significaría que Irán se habría otorgado, en ese caso, el derecho de monopolizar la carta libanesa en sus conversaciones con la Administración Trump. Al embarcarse así en la vía de las negociaciones directas con Israel, el presidente Aoun y el gobierno Salam reafirman su determinación de desvincular totalmente el caso del Líbano de las maniobras iraníes, lo que equivaldría a arrancar la carta del Líbano de las manos de la República Islámica. Esta desvinculación es vital para el poder libanés a fin de garantizar una resolución de los litigios con el Estado hebreo. A mediados de los años 90, se recuerda al respecto, se llevaban a cabo negociaciones directas en Washington entre el Líbano e Israel, pero no habían logrado los resultados esperados porque Beirut había condicionado su aprobación de un acuerdo con Tel Aviv al éxito de las conversaciones de Israel con el régimen sirio, el cual se había abstenido entonces de firmar con el gobierno israelí, lo que había torpedeado el acuerdo libano-israelí. El gobierno de Salam busca así manifiestamente desvincular el caso del Líbano del expediente iraní para no reiterar el desafortunado precedente de la concomitancia desestabilizadora de las dos vertientes libanesa y siria en aquella época. Esta desvinculación es hoy aún más fundamental para el Líbano, ya que los Guardianes de la Revolución no parecen particularmente entusiastas en concluir un acuerdo con Estados Unidos, como indica su posición sobre el estrecho de Ormuz. «A partir de ahora, seremos nosotros quienes decidiremos qué buques de pasajeros podrán atravesar el estrecho», afirmaron el viernes los Pasdaran. Una pequeña frase que, si se concreta en los hechos, corre el riesgo de torpedear las conversaciones de Islamabad, que debían comenzar el sábado.