
No es ninguna casualidad que el Reino Hachemita de Jordania, que este 25 de mayo celebra el octogésimo aniversario de su independencia, se haya convertido en una de las piedras angulares de la seguridad árabe, o de lo que queda de ella. Todas las teorías que subestimaron a Jordania terminaron en el basurero de la historia, porque quedó demostrado que este país nunca perdió su papel en el escenario regional. Jordania resistió pese a todas las sacudidas internas y las tormentas que atravesó, y pese a las profundas transformaciones que vivió la región. En 1921, el mismo año en que fue proclamado el Emirato de Transjordania, una conferencia reunió en El Cairo a las principales figuras de la política británica bajo la presidencia de Winston Churchill. Lawrence de Arabia asistió junto a la mayoría de los expertos británicos en asuntos árabes, iraquíes y regionales, especialmente sobre Palestina. Entre esas figuras destacaba Gertrude Bell, considerada entonces la personalidad británica más influyente en Irak y la que tenía mayor ascendencia sobre ese país. Fue ella quien trazó el mapa actual de Irak y desempeñó un papel decisivo en la instalación de los hachemitas en Bagdad y en la coronación de Faisal I de Irak.







