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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona que escuchara una historia y luego se la contara a otra, que a su vez se la contara a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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El Líbano, guardián de la esperanza
Por
Fady Noun
Publicado

Atrapado entre dos Estados parias, el Líbano no tiene otra opción que contemporizar con el que le es más cercano geográficamente, el que se encuentra en su frontera. Es el arte de la paz según el sentido común. No hace falta ser Sun Tzu para entenderlo. Tampoco para comprender que el Líbano forma parte del mundo árabe, y no del mundo islámico, y que puede contar, para avanzar en esa dirección, con una solidaridad árabe que no tiene equivalente en el islam militante iraní. Sin duda, la causa palestina es sagrada y el despojo de Palestina seguirá siendo la vergüenza del mundo árabe. Pero eso no justifica sacrificar otra causa sagrada, la del Líbano, esta magnífica joya geográfica y cultural, esta promesa de libertad religiosa ofrecida por la historia a la Iglesia maronita y, a través de ella, a todas las comunidades libanesas, cuya pérdida sería un sacrilegio o, según Juan Pablo II, “uno de los remordimientos del mundo”. El Líbano es “más grande que sí mismo”, dijo Emmanuel Macron en marzo pasado en el Instituto del Mundo Árabe. En efecto, el Líbano es una genialidad de la historia que lo convirtió en el crisol de un arte de vivir en buena convivencia entre dos grandes creencias religiosas en muchos aspectos antagónicas, pero cuyo acercamiento, tal como finalmente ocurrió en el Líbano, ha logrado ser “modelo de libertad y de pluralismo para Oriente y Occidente”, siempre según Juan Pablo II. Parte de la francosfera El principal activo del que aún dispone el Líbano es, además, que forma parte de la francosfera y, por ello, de un conjunto abierto a Francia y a Occidente, al tiempo que sigue siendo profundamente religioso, profundamente pacífico, profundamente arraigado en Oriente. Por lo demás, con un territorio tan pequeño, ¿cómo podría ser de otro modo? Será necesario, entonces, lograr que, al salir de las duras pruebas que atravesamos, el Gran Líbano prevalezca sobre los pequeños Líbano que aún intentan imponerse “en pensamiento o en palabra”; y en particular sobre la utopía jomeinista cuyo objetivo es extender al Líbano la autoridad de Teherán, permitir a Irán situarse en las fronteras de Israel y a orillas del Mediterráneo, y destruir a Israel al término de una empresa en la que lo religioso desemboca directamente en lo escatológico y en el fin de los tiempos, es decir, en lo irracional. Estas aspiraciones no podían sino desencadenar, en las demás comunidades libanesas, reflejos de autodefensa. Una de las razones por las que el Líbano seguirá siendo refractario a esta colonización ideológica de la comunidad chiita es que, frente a su “asabiyya”, existe otra “asabiyya”, esta vez maronita, que se aferra con firmeza a su autonomía de pensamiento y de acción, así como a la porción de tierra que le correspondió tras siglos de gestación y sufrimientos; una tierra por la que ha pagado el precio de sangre a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI, y que sigue pagando en este mismo momento a través de las aldeas fronterizas. La lección del Gran Líbano Decimos esto convencidos de que los maronitas han asimilado inteligentemente, a un alto costo, a lo largo del siglo pasado, la principal lección del Gran Líbano de 1920: dejar de aspirar a un Líbano en el que serían plenamente autónomos y libres, para ponerse al servicio de ese país una vez logrado. Al pasar de un germen de nación al Gran Líbano, los maronitas pasaron, no sin dificultades, retrocesos, vacilaciones y graves errores, de la adolescencia a la madurez, de una comunidad que aspiraba a ser nación, a una nación que asume sus responsabilidades frente a todas las comunidades que se integraron a su proyecto. Para mantenerse fiel a sí misma, la “asabiyya” maronita, cuyo resurgimiento se percibe en este momento, debe recordar que está al servicio exclusivo de la gran civilización libanesa, de la convivencia, de una modernidad creyente, de una laicidad positiva, de la fraternidad religiosa, del rechazo a toda instrumentalización de lo religioso, de una visión geopolítica elevada, de la libertad y del pluralismo, y que se sitúa en las antípodas de cualquier aislamiento. En apoyo de lo anterior, cabe citar este pasaje de un discurso pronunciado en febrero de 2011 por el presidente de la Fundación Maronita en el Mundo, Michel Eddé, de grata memoria, durante la ceremonia de inauguración de la estatua de san Marón en el exterior de la basílica de San Pedro del Vaticano: “Este Líbano (…) los maronitas fueron los primeros en forjar en él una patria y luego un Estado moderno. No quisieron convertirlo en una nación maronita o cristiana, ni en un Estado para maronitas o cristianos, aunque eso estuvo a su alcance en su momento. Lo concibieron como un espacio de convivencia entre musulmanes y cristianos, un espacio fundado en el reconocimiento del derecho a la diferencia, en el respeto al otro, en su aceptación de su diferencia. Es decir, en la libertad y la democracia”. Afinidades Dicho esto, y en respaldo de la opción por un acomodo pacífico con el Estado en nuestra frontera, conviene saber que el Líbano cristiano no carece de afinidades culturales y religiosas con el Israel religioso. La Iglesia y la Sinagoga rezan y suplican en el mismo Libro de los Salmos y beben de los grandes relatos bíblicos. La Iglesia oriental maronita también tiene la lucidez de saber que, si la Iglesia universal alimentó el antisemitismo al independizarse de la Sinagoga, no tiene por qué cargar con los extravíos del pasado. Puede, por tanto, adherirse libremente y sin reservas a las disposiciones de la Declaración conciliar Nostra aetate , que afirma: “Aunque las autoridades judías, con sus partidarios, impulsaron la muerte de Cristo, lo ocurrido durante su Pasión no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que vivían entonces, ni a los judíos de nuestro tiempo. Si bien es cierto que la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, los judíos no deben ser presentados como rechazados por Dios ni como malditos, como si ello se desprendiera de la Sagrada Escritura”. Tampoco olvida mirar “con estima a los musulmanes, que adoran al Dios único, vivo y subsistente, misericordioso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres”. En este ámbito, incluso podría ir más allá, siendo el Líbano el lugar por excelencia del diálogo de vida islamo-cristiano. La misión del Líbano Por último, si la Sinagoga es su antecesora histórica, la Iglesia no puede olvidar que Dios la ha hecho guardiana de la esperanza de que un día “todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán bajo un mismo yugo” (So 3, 9), y que debe guiarlos a través de la historia, mediante los “lazos suaves” del Espíritu Santo, hacia la plenitud de la revelación que ella misma ha recibido. En ningún momento el Líbano, heredero de los altos valores transmitidos por sus comunidades, debe perder de vista la grandeza de su misión. Así, tiene la obligación moral, en el caso particular de Palestina, de empuñar las armas del espíritu y advertir a su vecino del sur que, por más traumatizado que esté por el 7 de octubre de 2023 y su estela de atrocidades, corre el riesgo de perder su alma al ejercer sobre los palestinos la violencia genocida que se ha visto. Al deshumanizar a los palestinos y apagar en su corazón toda empatía hacia ese pueblo, los israelíes se deshumanizan a sí mismos, se estiman sus historiadores. ¿Será Israel salvado por la guerra? No. Solo dándoles a los palestinos un futuro podrá vivir en paz. Porque una paz impuesta, que no se sustenta en la justicia sino en la fuerza, puede desmoronarse de un día para otro. La verdadera paz es la que se basa en los derechos inalienables de toda persona y de toda colectividad humana, tal como los ha desarrollado dos milenios de civilización judeocristiana; y hacia ella deben tender todas las naciones que aspiran a ser justas ante Dios, como lo pretenden los dos actores nacionales del drama en Tierra Santa. Hay otra razón, quizá más circunstancial, para acomodarse a una paz con Israel: la apertura de las fronteras hacia los lugares santos que ello permitiría. Por supuesto, en Sidón y Tiro, el Líbano posee valiosas reliquias del paso de Jesucristo por su tierra. También cuenta, en sus cumbres y en la profundidad de sus valles, con importantes santuarios hacia donde dirigir la mirada. Pero nada de esto basta para olvidar las piedras de Jerusalén, ni para apartar la mirada de Belén y Nazaret, que siguen siendo, para todo cristiano, testimonios insustituibles de la vida de Jesús. No a una descentralización que aísle Una advertencia antes de concluir: cualquiera que sea el precio a pagar por la paz con Israel, será necesario evitar toda forma de descentralización que aísle a las comunidades libanesas entre sí. El Líbano profundo tiene el deber de mantenerse abierto y cercano a todos aquellos que lo han construido o lo siguen construyendo, fiel a compartir con todos las penas y las alegrías, los duelos y las celebraciones. Por último, la prosperidad económica en el Líbano no debe lograrse a costa de su misión espiritual. Antes de ser un casino, un hospital, una estación de esquí o un destino turístico, que no son más que medios de subsistencia, el Líbano debe aspirar a ser el corazón intelectual de Medio Oriente, un espacio de libertad, creatividad y pluralismo, el laboratorio de la "civilización del amor" promovida por Pablo VI. Y para ello, sus universidades y sus institutos de educación superior tienen un papel de primer orden. La búsqueda de sentido deberá figurar entre las "especialidades libanesas", al mismo nivel que los "mezze".

Charlas de Washington: un primer paso hacia una paz libano-israelí

El momento es, sin duda, histórico en más de un sentido: en el plano simbólico, primero; y a nivel del alcance político y la dimensión estratégica del evento, por otra parte. El aspecto simbólico, en primer lugar, reviste una importancia muy particular en el contexto local y regional que nadie ignora: la embajadora de Líbano en Washington, Nada Hamadé Moawad, reunida cara a cara en el Departamento de Estado, en Washington, con el embajador de Israel, Yechiel Leiter, bajo la égida del Secretario de Estado Marco Rubio, con los pabellones libanés, israelí y estadounidense de fondo, uno al lado del otro… La imagen habría parecido ciencia ficción hace tan solo unos meses. La embajadora Nada Hamadé Moawad seguida por el embajador de Israel Yechiel Leiter a su llegada a la sala de reuniones. Pero es la dimensión geopolítica la que reviste un carácter histórico y vital para el Líbano. La reunión bilateral libano-israelí consagra, en efecto, una orientación fundamental adoptada por el Ministerio de Asuntos Exteriores y el gobierno Salam, a saber, la disociación total entre la política exterior y las elecciones estratégicas del Líbano, por una parte, y las opciones políticas de la República Islámica de Irán, por otra parte. Esta orientación definida por el presidente Joseph Aoun y el gabinete Salam tiene un corolario: la necesidad de poner fin a los excesos políticos (y milicianos…) del mini-Estado, fuera de la ley, de Hezbolá que desde hace más de dos décadas emprende la aplicación de una estrategia de deconstrucción del Estado libanés y de sus instituciones. Una reunión de dos horas Esta línea directriz geopolítica fue así evocada durante la reunión de dos horas que se celebró a las 11 horas, hora de Washington (18 h, en Beirut) bajo la presidencia del Secretario de Estado. El jefe de la diplomacia estadounidense saludó en este marco una «ocasión histórica» para Líbano e Israel de hacer la paz. «Se trata de poner fin definitivamente a 20 o 30 años de influencia de Hezbolá en esta parte del mundo», declaró. “Esto va más allá de un simple día, esto llevará tiempo». «No permitiremos de ahora en adelante que Irán ejerza su influencia sobre las decisiones políticas del Líbano», declaró el Sr. Rubio. Hezbolá, se señala al respecto, calificó las negociaciones directas entre Israel y Líbano de «capitulación» y marcó su reprobación lanzando cohetes contra 13 localidades fronterizas israelíes en el momento en que comenzaba la reunión en el Departamento de Estado. Poca información ha trascendido sobre el contenido de las discusiones. La embajadora de Líbano reclamó la instauración de un alto el fuego en el Líbano-Sur; su homólogo israelí habría respondido que su gobierno estudiaría la solicitud libanesa. Por otra parte, se habría tomado la decisión de iniciar negociaciones bilaterales para debatir los expedientes que están en el centro del litigio entre los dos países. El lugar y la fecha de inicio de estas conversaciones se fijarán en breve. « Excelente intercambio » Al término de la reunión, el embajador israelí se dirigió a los periodistas y saludó un «excelente intercambio» durante las discusiones, señalando que Israel y Líbano estaban ahora «del mismo lado». «Hemos descubierto hoy que estamos del mismo lado» entre Líbano e Israel, afirmó, al abandonar el Departamento de Estado. «Es lo más positivo que hemos podido extraer de este encuentro. Ambos estamos unidos en nuestra voluntad de liberar al Líbano de una ocupación, de un poder dominado por Irán y llamado Hezbolá», dijo, antes de añadir que «Naim Kassem y Hezbolá forman ahora parte del pasado». Al comienzo de la noche, el Departamento de Estado debía hacer público un comunicado conjunto subrayando que Estados Unidos espera que las conversaciones vayan «más allá del acuerdo de 2024 para lograr una paz global». «Estados Unidos apoya los esfuerzos del gobierno libanés para restablecer el monopolio de la violencia legítima y poner fin a la influencia de Irán», subraya el comunicado, que añade que Estados Unidos apoya el derecho de Israel a «defenderse contra los ataques de Hezbolá». Y el comunicado subraya que «todo acuerdo destinado a poner fin a las hostilidades debería discutirse entre los dos gobiernos, bajo la égida de Estados Unidos, y no por otra vía» (alusión a la voluntad de Irán de vincular el alto el fuego en Líbano con la parte iraní de las conversaciones con Washington. Aoun: El principio del fin En cuanto a las reacciones, el presidente Joseph Aoun dijo esperar que las negociaciones marquen «el principio del fin del sufrimiento de los libaneses». Pero «la estabilidad no se restablecerá en el sur si Israel continúa ocupando territorios allí», añadió. Por su parte, el jefe de la diplomacia israelí, Gideon Saar, declaró: «Queremos alcanzar la paz y la normalización con el Estado libanés. No hay grandes diferencias entre Israel y Líbano. El problema es Hezbolá.» Las operaciones en el Sur Mientras tanto, en el Sur, los combates siguen librándose en el frente principal, el de la estratégica ciudad de Bint Jbeil, al mismo tiempo que continúan los bombardeos israelíes en todas las regiones del Sur, así como la destrucción de aldeas. El ejército israelí reivindica la toma de Bint Jbeil. En este contexto, las Fuerzas de Defensa de Israel anunciaron el martes la captura de tres milicianos de Hezbolá, uno de los cuales resultó gravemente herido y dos más ligeramente. Fueron llevados a Israel. Anteriormente, el ejército israelí había indicado desde el lunes que asediaba Bint Jbeil, donde se habrían atrincherado decenas de milicianos. Sin embargo, los combates siguen siendo duros, ya que el lado israelí ha reconocido que diez de sus soldados resultaron heridos en las últimas horas en el Sur, y que uno falleció. El estrecho de Ormuz Cabe señalar que, en el frente iraní, varios buques cruzaron el estrecho de Ormuz el martes, pero no se trataba de barcos que debieran dirigirse a ninguno de los puertos iraníes, sometidos al bloqueo estadounidense. A destacar en este plan la virulenta reacción china sobre este bloqueo, que China calificó de «peligroso e irresponsable». El otro desarrollo importante de este martes, en relación con el estrecho, fue el anuncio de una conferencia, el viernes, presidida por el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer, con la participación de los países «no beligerantes» que estarían dispuestos a contribuir a una misión multilateral y «puramente defensiva». ¿Una operación destinada a «liberar» el estrecho de Ormuz y asegurar la libre circulación? ¿Un cambio de rumbo en los países europeos, hasta ahora hostiles a cualquier intervención en la guerra estadounidense-israelí contra el régimen iraní?

Cuando las aulas se convierten en campos de batalla

En el Líbano, la educación está llamada a liberar las mentes. Los proxies de Irán la han convertido en un arma. El Líbano lleva mucho tiempo enorgulleciéndose de algo escaso en esta región: la convicción de que la educación no es un privilegio, sino un camino. Un país donde, a pesar de las guerras, los sucesivos derrumbes y la corrupción política, los padres siguen reuniendo lo poco que tienen para mandar a sus hijos a la escuela. Un país cuyas aulas han producido históricamente médicos, ingenieros, escritores y pensadores, no mártires para los Guardianes de la Revolución iraní. Las cifras cuentan parte de esa historia. El Líbano ostenta uno de los índices de alfabetización más altos de la región, cercano al 98 %. Durante años, figuró entre los primeros países del mundo en la calidad percibida de la enseñanza. Las matemáticas y las ciencias no se imparten como lujos, sino como necesidades, a menudo en inglés o en francés desde temprana edad. La educación aquí no es solo una cuestión de adquirir conocimientos; es una cuestión de movilidad, de dignidad, de emancipación frente al sectarismo, a la violencia y a los límites asfixiantes que impone la geografía. Y sin embargo, hoy, esa misma idea está siendo atacada. Las amenazas y acciones recientes del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán contra instituciones estadounidenses en el Líbano y en toda la región no constituyen un episodio más en un largo ciclo de escalada. Revelan algo más profundo e inquietante: un intento deliberado de redefinir lo que significa la educación en países como el Líbano. Porque para Hezbolá, el brazo más arraigado de los Guardianes de la Revolución en el país, la educación no es una herramienta de emancipación. Es una herramienta de control. Donde las familias libanesas ven en las escuelas puentes hacia el mundo, Hezbolá ve fábricas de lealtad. Donde los padres confían en que sus hijos aprenderán álgebra para construirse un futuro, el partido concibe la geometría como un medio para calcular trayectorias. La física ya no sirve para entender el mundo natural; se convierte en una forma de afinar la trayectoria de un cohete o la estabilidad de un dron. A la química se la despoja de toda curiosidad y se la reconvierte en instrumento letal. Esto no es una metáfora. Es una doctrina. El ecosistema educativo de Hezbolá — sus escuelas, sus movimientos de scouts, sus programas de juventud y sus instituciones culturales — funciona desde hace mucho tiempo como un sistema paralelo que reproduce las formas del Estado a la vez que subvierte su finalidad. Los niños no aprenden solo a leer y escribir; se les enseña a obedecer, a venerar y, en última instancia, a combatir. El lenguaje de la resistencia se introduce pronto, envuelto en los símbolos del martirio y el sacrificio, hasta volverse indistinguible de la identidad misma. En ese sentido, el reciente blanco de las instituciones estadounidenses, ya sea retórico o operacional, responde a una lógica perfectamente coherente. Universidades como la Universidad Americana de Beirut no son simples edificios. Encarnan una idea que se opone de frente a lo que Hezbolá y los Guardianes de la Revolución buscan imponer. Encarnan la duda frente al dogma. El cuestionamiento frente al adoctrinamiento. Un espacio donde un estudiante puede interrogar la autoridad en lugar de rendirse ante ella. Y es precisamente por eso por lo que se las percibe como amenazas. Quizás la consecuencia más devastadora no es siquiera la militarización de la educación en sí, sino la destrucción silenciosa del ecosistema que hacía excepcional a la enseñanza libanesa. Hezbolá, junto con una clase política que eligió normalizar, acomodar y, finalmente, legitimar su orden paralelo, ha ido erosionando progresivamente la propia diversidad que sostenía la vida intelectual del país. El modelo educativo libanés nunca fue solo una cuestión de programas o clasificaciones; era una cuestión de pluralidad. Aulas donde las lenguas se cruzaban, donde las historias se disputaban, donde las identidades convivían sin disolverse las unas en las otras. Ese ecosistema frágil pero vital era el motor de una creatividad que producía generaciones capaces de pensar más allá de los confines de la secta, la ideología y el miedo. Hoy, ese espacio se estrecha. No por decreto formal, sino bajo el efecto de la presión, la intimidación y la lenta asfixia de la disidencia. Lo que se pierde no es solo la autonomía institucional, sino la condición misma que hacía que aprender en el Líbano tuviera sentido: la libertad de ser diferente. No es casualidad que los regímenes y las milicias fundados sobre la rigidez ideológica teman los campus más que a los ejércitos. A los ejércitos se los puede disuadir, negociar con ellos o incluso vencerlos. Pero las ideas, una vez liberadas, son mucho más difíciles de contener. Un estudiante formado en el pensamiento crítico es infinitamente más peligroso para un proyecto autoritario que cualquier adversario externo. El Líbano se encuentra hoy en la encrucijada de estas dos visiones. Por un lado, una creencia frágil pero persistente en la educación como medio de supervivencia y de trascendencia. Por el otro, un esfuerzo disciplinado y bien financiado para vaciar esa creencia de su sustancia, para sustituirla por una visión del mundo militarizada donde el saber no sirve más que al campo de batalla. La tragedia no radica solo en que estos dos sistemas coexistan. Radica en que uno avanza inexorablemente sobre el otro. Cuando un niño aprende matemáticas para resolver ecuaciones, se lo está preparando para construir algo: una economía, una carrera, una vida. Cuando ese mismo saber se reorienta hacia la calibración de un cañón o la programación de un dron, se convierte en algo completamente distinto: un arma disfrazada de educación. Y en el Líbano, esa transformación ocurre a plena luz del día. El ataque contra las instituciones educativas, ya sea mediante amenazas, intimidaciones o algo peor, no es, por tanto, incidental. Es estratégico. Es un intento de cortar al Líbano de uno de los pocos pilares que aún lo conectan con el mundo y consigo mismo. Porque un Líbano que sigue educando libremente es un Líbano que no puede ser controlado del todo. Y de eso, en definitiva, se trata. No de misiles. No de drones. Ni siquiera de geopolítica en su acepción más estrecha. Sino de la batalla mucho más decisiva que se libra en torno a lo que aprenderá la próxima generación de libaneses y a lo que llegará a ser.

Trump relanza la implacable guerra económica contra el régimen de los mulás

Esta es la primera consecuencia directa del fracaso de las negociaciones de Islamabad, el pasado fin de semana, entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán. Las fuerzas navales del ejército estadounidense establecieron el lunes, a las 17 horas (hora de Beirut), un bloqueo total de todos los puertos iraníes y del estrecho de Ormuz. Varias embarcaciones de guerra fueron desplegadas para aplicar este bloqueo a todos los buques que se supone que deben utilizar, a la salida o a la llegada, los puertos iraníes. Solo los buques que transporten ayuda humanitaria serán autorizados a atracar en los puertos, pero después de haber sido minuciosamente registrados. En cuanto a las embarcaciones que no estén relacionadas con el tráfico marítimo con Irán, podrán atravesar sin problemas el estrecho de Ormuz. Este asedio marítimo reviste una importancia estratégica fundamental a un doble nivel. Si se aplica de manera rigurosa, perturbará en gran medida la ayuda en armas y municiones que el régimen de los mulás concede a sus apoderados en Líbano y Yemen, en particular. La advertencia del presidente iraní Pero, lo que es aún más importante, el bloqueo no dejará de asestar un (nuevo) golpe particularmente duro (¿fatal?) a la economía iraní, ya fuertemente afectada por la política de «sanciones máximas» impuesta por el presidente Trump. Los masivos bombardeos aéreos que han marcado las operaciones militares desde el 28 de febrero han destruido de hecho las industrias petroquímicas y siderúrgicas de la República Islámica, que hasta ahora seguía apostando por sus exportaciones de petróleo, de las que se beneficiaba principalmente China. Al imponer este bloqueo marítimo, el presidente Trump priva prácticamente al régimen iraní de sus últimos ingresos petroleros, sin necesidad de lanzar una ofensiva terrestre para tomar el control, por ejemplo, de la estratégica isla de Kharg (ampliamente fortificada) por donde transita el 90 por ciento de las exportaciones petroleras iraníes. Al paralizar así toda actividad económica en esta isla recurriendo al «método suave», sin recurrir a la fuerza militar, el presidente Trump se dedica concretamente a asfixiar peligrosamente la economía iraní a corto plazo. Según diversas fuentes de información en Irán, el presidente iraní habría advertido a los Guardianes de la Revolución contra el riesgo de un colapso de la economía iraní en un plazo máximo de tres semanas, si no se encuentra una salida a la crisis a corto plazo. El asedio de Bint Jbeil En el frente libanés, el ejército israelí afirmó el lunes por la tarde haber completado su cerco a la estratégica ciudad de Bint Jbeil, donde se encuentran atrincherados varias decenas de milicianos de Hezbolá. Paralelamente, el partido proiraní informó, a última hora de la tarde, de «combates cercanos» en Bint Jbeil con las unidades de las FDI, lo que indica implícitamente que las fuerzas israelíes han logrado avances en algunos sectores de la localidad. De hecho, el Estado hebreo precisó al final del día que el asalto a la ciudad había comenzado. Esta escalada se produce en vísperas del inicio, el martes 14 de abril, de las negociaciones directas entre Líbano e Israel, en Washington, en la oficina del Secretario de Estado Marco Rubio, con la participación de los embajadores de Líbano e Israel en la capital federal. Joseph Aoun y Joe Raggi recuerdan… El verdadero alcance de esta reunión diplomática, que debería dar el pistoletazo de salida a una serie de sesiones de trabajo entre ambos países, fue destacado el sábado por el jefe de la diplomacia libanesa, Joe Raggi, quien subrayó, a modo de recordatorio (para quien quiera escucharlo…), que la negociación directa entre Líbano e Israel consagra de hecho la disociación entre el dossier libanés y la vertiente iraní del conflicto actual – una disociación que reviste, evidentemente, una gran importancia estratégica y simbólica para Líbano. El presidente Joseph Aoun quiso recordar en este contexto que «las negociaciones con Israel son responsabilidad exclusiva del Estado libanés, y de ninguna otra parte, ya que se trata de una cuestión de carácter soberano que concierne únicamente a Líbano». Y el jefe de Estado señaló que las autoridades libanesas han adoptado «una serie de medidas de seguridad para impedir el contrabando de armas o la entrada ilegal de fondos en el país». En cualquier caso, sobre el terreno, el ejército israelí habría recibido instrucciones de consolidar y desarrollar sus avances en el Sur, especialmente en Bint Jbeil, antes de la reunión bilateral del martes, debido a que Beirut podría reclamar con insistencia, como indicó el Sr. Raggi el lunes, la entrada en vigor de un alto el fuego, un logro que, según varios observadores, podría permitir al gobierno libanés legitimar y consolidar el diálogo directo con Tel Aviv. Naïm Kassem ha regresado… Cabe señalar en este contexto que, tras una larga ausencia de la escena mediática audiovisual, el secretario general de Hezbolá, el jeque Naïm Kassem, reapareció anoche para estigmatizar, en un discurso televisado, a quienes reprochan a Hezbolá haber arrastrado al país a una nueva guerra (!). Reconoció implícitamente a este respecto que su partido proiraní utilizaba Líbano para servir intereses exclusivamente extranjeros, al afirmar que «la guerra en Líbano tiene como objetivo disminuir la presión sobre otros frentes» (!). Y tildó de «traidores» a todos los que se oponen a la guerra desencadenada por el partido iraní. El jeque Kassem condenó, evidentemente, las negociaciones directas entre Líbano e Israel, pidiendo al Estado que anule estas conversaciones bilaterales. Dirigiéndose al presidente Joseph Aoun, lanzó: «¡Construyamos Líbano juntos!». Sin embargo, no precisó cómo podría ser posible tal empresa conjunta de recuperación cuando el partido proiraní percibe la entidad libanesa como un simple instrumento de maniobra en manos de una potencia regional con ambiciones hegemónicas ampliamente desestabilizadoras y belicistas.

La catástrofe como imagen
Por
Rita Barotta
Publicado

Cientos de imágenes, cada día. El gris como tono dominante, a veces una irrupción de naranja, un cuaderno para colorear, una muñeca. Otras veces, las imágenes nos llegan manchadas de recuerdos, los de desconocidos que no conocemos, que no nos conocen y que, quizás, ya no reconocen a los suyos. Memorias en suspenso. Destellos fugaces en las pantallas de los teléfonos. Fragmentos que desfilan en la televisión, bajo una franja roja redactada a toda prisa, saturada de imprecisiones, donde el nombre de un lugar se lanza como garantía de precisión. O bien secuencias breves, pensadas para sostener la continuidad de un flujo que se reactiva sin cesar. En ese flujo, la imagen deja de acontecer como evento. Se inscribe en un régimen visual continuo, reconfigurando en profundidad nuestra relación con la guerra y con lo que percibimos de ella. Con las mutaciones técnicas, captura instantánea, publicación inmediata, circulación ilimitada, el lugar de la imagen se ha desplazado. El del espectador, también. La imagen se forma en el corazón mismo del acontecimiento y nos alcanza en ese mismo movimiento. Circula mientras el acontecimiento persiste. Y nosotros, destinatarios flotantes en un mar de impactos visuales, nos interrogamos sobre el dolor, sobre lo que nos llega de él, lo que se escapa, lo que se inscribe, lo que elude. Quizás también sobre la legitimidad misma de mirar. En este régimen visual acelerado, la catástrofe se instala como presencia continua, depositando en la memoria una huella incompleta. Si es que deja alguna. Al día siguiente de la guerra de julio de 2006, emprendí un trabajo de investigación centrado en el fotógrafo de prensa como punto nodal. Se trataba de interrogar su posición, las decisiones que implica y aquellas que preceden a la imagen. Muchos de quienes entrevisté insistieron en esto: la imagen nunca es el producto de un instante puro, sino una construcción, una cuestión de ángulo, de temporalidad, de selección. Uno de ellos evocaba el peso de una responsabilidad constante: determinar las condiciones de visibilidad de la guerra, decidir qué entra en el encuadre y qué queda fuera. Hace apenas dos décadas, la imagen se miraba, se conservaba. Tenía un tiempo propio. Una duración. Una huella. Hoy se acumula hasta exceder toda posibilidad de narración. Esa acumulación no construye memoria: produce dispersión. En Ante el dolor de los demás , Susan Sontag examina la relación entre la imagen y el sufrimiento y los límites de lo que puede transmitir. “Las imágenes no explican nada; atestiguan que un acontecimiento ha tenido lugar”. Así, fijan la ocurrencia sin ofrecer su inteligibilidad. A medida que su circulación se acelera, las imágenes pierden su capacidad de sostener un sentido estable y se convierten en unidades de un flujo visual. El embotamiento del que habla Sontag se debe a la densidad de las imágenes, a su velocidad de difusión, pero también a las propias condiciones de la mirada y al lugar asignado al espectador dentro de este dispositivo. Aquí, la cuestión del sentido se escapa. “La conciencia del sufrimiento no es algo dado; se construye”. Ver no basta para comprender la catástrofe. El sentido se configura en un contexto, desde una posición, la de quien mira, la de quien recibe. De ahí esta advertencia: “No hay que suponer la existencia de un ‘nosotros’ homogéneo cuando se trata de mirar el sufrimiento de los demás”. Se ha escrito mucho sobre el “silencio del mundo” frente a la devastación de Gaza. ¿Cómo permanecen en silencio los “otros” ante los cuerpos desnudos de niños? Y nosotros, en el Líbano de hoy, escribimos cosas similares sobre nuestras propias reacciones frente a una localidad destruida. ¿Tenemos la misma relación con ese lugar? ¿Recurremos a la proyección para producir empatía? ¿La indiferencia, en algunos, se constituye como estrategia de defensa? La mirada no es una experiencia común. Está condicionada por la distancia, por la exposición posible, por la relación con el peligro. Las investigaciones contemporáneas sobre las imágenes de violencia, que primero se interrogaban por sus efectos, desplazan ahora la pregunta hacia el acto mismo de mirar: cómo miramos, cuándo y en qué condiciones. En el Líbano, esta reconfiguración visual se ha intensificado en la última década: la imagen se ha desplazado del registro del testimonio al de la experiencia inmediata. Quien filma suele estar ya atrapado en el acontecimiento. El teléfono se ha vuelto una extensión del cuerpo: temblor, saturación sonora, impacto, todo se inscribe ahora en el encuadre. En ese momento, la posición de la mirada se resquebraja. El espectador habita la imagen tanto como la contempla. Nosotros, si es que un “nosotros” sigue siendo posible, ya no somos quienes observan la catástrofe a distancia. Somos quienes son observados. Este desplazamiento excede el propio acontecimiento. Se repite en cada crisis, en cada escalada de tensión, en cada “nueva catástrofe”. Pero desde la guerra de Gaza, y a través de las dos últimas guerras en el Líbano, que aún atravesamos, se ha impuesto una capa adicional a este régimen visual: las imágenes ya no pertenecen solo al testimonio. Incluyen ahora imágenes falsificadas, generadas por inteligencia artificial o arrancadas de otros contextos. Circulan a la misma velocidad, produciendo afectos reales incluso en ausencia del acontecimiento que pretenden documentar. No se trata solo de un fallo de representación, sino de un desplazamiento del estatuto de la imagen como prueba. En muchos casos, su veracidad se vuelve indecidible. “La imagen no es un sustituto de la realidad”, escribe Sontag. De indicio, ha pasado a ser medio, lugar de circulación, de transformación, de reconfiguración de la percepción. En este espacio, la posición de la mirada vuelve a desplazarse: se apoya en una exposición continua, en detrimento de una inteligibilidad coherente. La imagen se convierte en presencia sin punto de fijación. … Para constituirse, la memoria exige umbrales, un comienzo, un final. En el flujo que ahora nos define, lo que subsiste es una huella difusa, sin contornos. Sontag escribe que “la compasión es una emoción inestable, que debe traducirse en acción, so pena de desvanecerse”. En el flujo de imágenes, la empatía se disuelve en la siguiente. Algunas persisten, sin mediación. Otras se borran pese a su intensidad. Lo que permanece no obedece a una lógica de importancia, sino a una lógica de persistencia en el flujo. Frente a esta saturación, la mente recurre a veces a mecanismos de desplazamiento o de borrado parcial. En ambos casos, no se trata de una falta de importancia, sino de un exceso de exposición. La imagen no desaparece. Tampoco se inscribe plenamente. De ahí la emergencia de otra posición: el rechazo a mirar. Algunas imágenes, por su repetición, agotan su propio sentido o reproducen la violencia que contienen. Pero ese rechazo no es una salida: sustraer las imágenes a la mirada no anula ni su existencia ni sus efectos. ¿Qué hacer con esta acumulación de edificios que se derrumban? ¿Con estos animales mutilados? ¿Con estos pueblos, a veces familiares, que ahora aparecen como vestigios de un paisaje posapocalíptico? Para algunos, mirar es un privilegio de clase: quienes miran pueden hacerlo porque están vivos, a salvo. Quienes han sido sepultados se han convertido en imagen. Otros sostienen que ahora vivimos dentro de una imagen, reproducida sin nosotros. Otros más afirman que mirar es un acto político: que nosotros, testigos vivos, participamos en la fabricación de la catástrofe, en su prolongación, en su archivo. Pero no archivamos nada. Ya casi no sentimos. Porque nos hemos acostumbrado a mirar. Tal vez la catástrofe, la única verdadera, esté precisamente ahí: en esa habituación a lo visible.

La cuestión chiita
Por
Centro Libanés de Investigaciones y Estudios
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Hoy existe una “cuestión chiita” que se impone con fuerza en la realidad árabe, una realidad que no está aislada de su entorno regional ni de las políticas de las grandes potencias. Algunos consideran que la “cuestión chiita” revela, en ciertas de sus manifestaciones y circunstancias, un debilitamiento o una erosión de la lealtad de los chiitas árabes hacia sus Estados nacionales, como resultado de un centralismo iraní que busca expandir su influencia en la región árabe, aprovechando las grietas existentes y profundizando otras nuevas en los cimientos mismos de esos Estados. Los chiitas señalados por esta acusación responden de forma unánime y sostienen que su movilización en sus respectivos países responde, ya sea al levantamiento de agravios y a una exigencia de justicia política y social, como lo evidencian Irak y los países del Golfo, o bien a un compromiso, junto a sus compatriotas, con el deber de resistir la agresión israelí, como ocurre en Líbano y Palestina. La “cuestión chiita” se agravó tras la guerra estadounidense contra Irán en marzo de 2026, hasta alcanzar niveles que evocan el resurgimiento de viejos demonios, generando climas de sectarismo comunitario, fanatismo confesional y rechazo absoluto del Otro. Este rechazo se alimenta aún más del comportamiento de algunos grupos, como Hezbolá, de su implicación en las matanzas perpetradas en Líbano, Siria, Irak y otros lugares, sin mencionar los bombardeos iraníes que han tenido como objetivo los capitales árabes del Golfo a lo largo de la guerra en curso. El Líbano, por su diversidad, posee una ventaja singular para contribuir a corregir la distorsión que se ha generalizado en el mundo árabe. Esta diversidad constituye el aporte libanés al enriquecimiento de la civilización humana, un aporte necesario en un momento histórico en el que la humanidad atraviesa un parto doloroso y en el que se impone una cuestión de carácter existencial: ¿cómo es posible vivir juntos en la diferencia y en la igualdad? Porque salir de esta crisis no se reduce a esperar el desenlace de la guerra entre Irán y Estados Unidos, ni a las negociaciones entre Líbano e Israel, ni a apostar por una política de equilibrio de fuerzas. Abordar la “cuestión chiita” requiere una base cultural sustentada en la aceptación del Otro tal como es. A comienzos del siglo XX, existía una “cuestión cristiana”: en lugar de separarse del Otro, los maronitas optaron por el Gran Líbano, construido sobre la convivencia. A inicios del siglo XXI, la “cuestión chiita” reaparece en Líbano. ¿Cuál será la elección de sus élites, sus pensadores y sus líderes?