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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona que escuchara una historia y luego se la contara a otra, que a su vez se la contara a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2)

Esta serie de artículos permitirá comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, trascendiendo la retórica apasionada, ideológica o idealizada que resulta ineficaz y deja al lector la tarea de sacar sus propias conclusiones. Además, es hora de contrarrestar seriamente la estéril retórica de la resistencia, no con contrarretórica, sino con un trabajo serio que promueva el estado de derecho, el cual solo puede establecerse mediante la soberanía. La primera parte describió la situación internacional y regional que condujo al Acuerdo de Taif y al inicio del ascenso al poder de Hezbolá. Esta segunda parte ilustra cómo la milicia de Hezbolá ha continuado existiendo y fortaleciéndose bajo el doble patrocinio de Siria e Irán. El objetivo de Damasco es fortalecer su posición en la mesa de negociaciones de paz con Israel, mientras que el de Teherán es socavar cualquier intento de paz entre Israel, por un lado, y Siria y Líbano, por el otro. Parte 2: La implementación del Acuerdo de Taif El Acuerdo de Taif, firmado el 22 de octubre de 1989, fue redactado por los propios libaneses, en particular sus cláusulas relativas a las reformas constitucionales internas. Fue el resultado de varias rondas de diálogo entre las partes libanesas, llevadas a cabo por etapas desde 1976. Este acuerdo modificó o reajustó el equilibrio de poder entre las comunidades del país y otorgó mayores prerrogativas al Consejo de Ministros en detrimento del Presidente de la República. Además, fue el único documento destinado a poner fin a las guerras que asolaban el país. De hecho, estipulaba claramente el desmantelamiento de las milicias armadas. Sin embargo, los especialistas en derecho constitucional han señalado, y siguen señalando, numerosas deficiencias constitucionales que generó. Estas no fueron las únicas, ya que incluía otra mucho más importante, ahora obsoleta: el reconocimiento implícito de la ocupación siria del Líbano por el partido Baaz, con la aprobación de los países árabes, la comunidad internacional y, en particular, Estados Unidos. Washington estaba preocupado por la estabilidad en el Líbano y, en su opinión, esta solo podía garantizarse mediante el régimen de Damasco, incluso a costa de reprimir las libertades. Consideraba necesario allanar el camino para un acuerdo de paz entre Israel y Siria, e incluir posteriormente al Líbano, que se encontraba bajo ocupación siria. Cuando las tropas del presidente iraquí Saddam Hussein invadieron Kuwait en agosto de 1990, pocos meses después de la firma del Acuerdo de Taif, al que se oponía el gobierno del general Michel Aoun, la estabilidad en el Líbano se convirtió en una prioridad absoluta no solo para los patrocinadores árabes del acuerdo, sino aún más para los estadounidenses, que ya no querían distraerse con el Líbano y deseaban centrarse en la crisis de Kuwait. El 13 de octubre de 1990, Damasco obtuvo la aprobación árabe e internacional para invadir la parte del Líbano que no controlaba, a cambio de unirse a la coalición anti-Saddam encargada de liberar Kuwait. Aprovechando su control casi total sobre el Líbano, Hafez al-Asad implementó el Acuerdo de Taif de forma selectiva, según sus necesidades para consolidar su ocupación del país. Así, el régimen sirio nombró a Elias Hraoui y luego a Emile Lahoud presidentes del Estado, cada uno por un período de nueve años, en contravención de lo estipulado en la Constitución. Durante sus respectivos mandatos, Hezbolá gozó de una libertad de acción sin precedentes. Intensificó su rearme desde Irán a través de Siria. Los primeros ministros y los sucesivos ministros bajo Hraoui y Lahoud carecían de poder alguno en materia militar y de seguridad. Estas responsabilidades recaían exclusivamente en los sirios, cuya estrategia consistía en ejercer una presión extrema sobre Israel desde el Líbano, a través de Hezbolá, que operaba libremente en el sur del país y en el valle de la Bekaa. Paso 1: Desmantelamiento de las milicias, excepto Hezbolá Durante 1991, tras la invasión, los sirios se encargaron de desmantelar las milicias que escapaban a su control. Hezbolá no solo obtuvo inmunidad en virtud del Acuerdo de Taif, sino que Damasco también lo alentó y apoyó para librar una guerra de guerrillas contra las fuerzas israelíes que ocupaban parte del sur del Líbano. El objetivo era presionar a Tel Aviv para que mejorara la posición de Hafez al-Asad en las negociaciones de paz con Israel, iniciadas tras la Conferencia de Madrid celebrada ese mismo año. Teherán, por su parte, patrocinó a Hezbolá para que se estableciera en el panorama libanés, se infiltrara en el Estado libanés, lo debilitara y exportara la revolución de Jomeini, de conformidad con la Constitución iraní. Cabe destacar que este doble patrocinio...El control que Hezbolá ejerció se mantuvo hasta la retirada de las tropas sirias del Líbano el 26 de abril de 2005. Desde entonces, la tutela de Hezbolá ha pasado a estar principalmente bajo control iraní. Esta tutela se ha fortalecido y continúa vigente hasta el día de hoy. Etapa 2: La Guerra de los Siete Días entre Hezbolá e Israel La guerra de guerrillas librada por Hezbolá contra las fuerzas de ocupación israelíes y su aliado, el Ejército del Sur del Líbano (ESL), se intensificó en 1992 y 1993, bajo el lema de "la resistencia". El 25 de julio de 1993, Israel respondió lanzando su primera gran guerra contra Hezbolá, denominada "Operación Ajuste de Cuentas", también conocida como la "Guerra de los Siete Días". Esta guerra finalizó el 31 de julio de 1993, bajo la presión de Estados Unidos, en particular del Secretario de Estado Warren Christopher. Los objetivos israelíes eran destruir la infraestructura de Hezbolá, cortar sus suministros, erradicarlo de la región del sur del Líbano y presionar al gobierno libanés desplazando a civiles a Beirut. Esta guerra de siete días terminó con un acuerdo tácito entre ambas partes, conocido como el "Acuerdo de Julio", que estipulaba que no se atacaría a civiles de ninguno de los dos bandos, mientras que las operaciones militares contra objetivos militares de ambos lados continuarían. Desde el inicio de las hostilidades, Washington intervino rápidamente para mediar en este acuerdo, buscando mantener a Siria en el proceso de paz de Madrid. El uso excesivo de la fuerza por parte de Israel fue percibido por la administración del presidente George H.W. Bush como un factor que podría obligar a Siria a retirarse de las negociaciones. La "Operación Ajuste de Cuentas" resultó en 120 muertos y 500 heridos civiles libaneses, 300.000 desplazados y miles de edificios destruidos y dañados. Las pérdidas de Hezbolá ascendieron a un número indeterminado de muertos y decenas de posiciones de combate fueron destruidas. Israel, por su parte, perdió dos soldados y un civil. (continuará) Véase también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra interminable al servicio de quién? (1)

La tregua de Trump sirve de tapadera para la opción de paz

Un nuevo paso, y no menor, se dio el miércoles 16 de abril en el camino hacia la recuperación de la autonomía de decisión libanesa, lejos de cualquier imposición regional. Un alto el fuego de diez días entre Israel y el Líbano, que incluye a Hezbolá, entró en vigor a partir de la medianoche del jueves al viernes, tras dos conversaciones telefónicas que el presidente Donald Trump sostuvo a última hora de la tarde con el presidente Joseph Aoun y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Fue el propio jefe de la Casa Blanca quien anunció el alto el fuego al inicio de la noche, durante un intercambio informal con corresponsales de prensa. El anuncio de este alto el fuego bajo el auspicio de la administración Trump tiene una doble importancia estratégica. Por un lado, consolida al más alto nivel la separación entre las dimensiones libanesa e iraní del conflicto en curso, en un momento en que Teherán había intentado insistentemente en los últimos días colocar bajo su control cualquier acuerdo de cese al fuego entre el Líbano e Israel, con el objetivo de manejar la carta libanesa. Por otro lado, legitima y refuerza en gran medida la decisión del Ejecutivo de entablar negociaciones directas con Israel, con la perspectiva de alcanzar un acuerdo de paz entre ambos países. El presidente Trump señaló además, tras el anuncio del alto el fuego, que había encargado al vicepresidente JD Vance, al secretario de Estado Marco Rubio y al jefe del Estado Mayor, Dan Razin Caine, trabajar para lograr una paz duradera entre el Líbano e Israel. El mandatario estadounidense también expresó su intención de invitar al presidente Aoun y al primer ministro Netanyahu a una reunión en la Casa Blanca en un plazo de dos semanas. Esta fuerte implicación de Estados Unidos en el proceso de resolución de los asuntos pendientes entre el Líbano e Israel resulta vital para el gobierno libanés. El primer ministro israelí declaró la noche del miércoles que el ejército israelí mantendrá su presencia en el sur del Líbano, hasta el río Litani, con el objetivo de consolidar una zona de seguridad que se extenderá diez kilómetros desde la frontera internacional. En este contexto, el Líbano necesitará el respaldo de Estados Unidos para negociar en las mejores condiciones posibles una retirada israelí y la conclusión de un acuerdo de paz, cuyo requisito previo e ineludible es el desmantelamiento del aparato miliciano de Hezbolá, declarado además ilegal por el Consejo de Ministros. Los diputados de Beirut… Cabe destacar en este contexto que el gobierno recibió el miércoles un importante respaldo político parlamentario. Los diputados de Beirut, de todas las confesiones y corrientes, celebraron ese mismo día en el hotel Phoenicia un congreso bajo el lema “Por un Beirut seguro, un Beirut libre de toda presencia de armas ilegales”. Varios diputados, en representación de los principales partidos con presencia en el Parlamento, tomaron la palabra para apoyar sin ambigüedades las decisiones del gobierno respecto a la ilegalidad de la milicia de Hezbolá, la ilegalidad de la presencia de los Guardianes de la Revolución iraní, conocidos como Pasdarán, en el país, y la necesidad de que el monopolio de las armas quede en manos de las fuerzas legales. En términos claros, este congreso de los diputados de Beirut brinda al gobierno de Salam una legitimidad popular y una cobertura política fundamentales para la política soberanista impulsada por la presidencia y el Ejecutivo, para disgusto de Hezbolá y del régimen de los mulás, que no pierden ocasión para criticar la política de paz adoptada por el poder.

La niebla de la no-victoria (1/2)
Por
Rayyan Al-Basseer
Publicado

La decisión de Estados Unidos de lanzar una campaña militar de gran envergadura contra Irán fue el resultado de una confluencia de presiones. Los sectores más duros del establishment de seguridad llevaban tiempo exigiendo una acción decisiva. El lobby proisraelí ejerció todo su peso a favor de una intervención, sobre todo después de que los ataques de junio de 2025 no lograran una disuasión duradera, y de que Israel mismo pasara meses empujando a Washington hacia una postura más maximalista. Estos factores crearon las condiciones políticas de la guerra. Pero el factor más decisivo en el plano estratégico tal vez respondió a una lógica comparable a la aplicada en Venezuela. El objetivo central del presidente Trump no era únicamente degradar la capacidad militar de Irán, sino reconfigurar la arquitectura de las transacciones petroleras globales, controlando no solo quién vende el crudo, sino quién lo compra y en qué condiciones. Al mantener y profundizar la presión de las sanciones sobre las exportaciones petroleras iraníes, Washington busca restringir el acceso de China a un crudo subsidiado o vendido a precios reducidos, en un momento en que ese acceso constituye un aporte relevante para el crecimiento industrial y militar chino. La victoria convencional y sus límites Lo que lograron las fuerzas armadas estadounidenses en marzo y abril de 2026 no admite discusión. Los primeros ataques mataron al Líder Supremo, eliminaron a altos mandos militares y destruyeron instalaciones institucionales neurálgicas, incluido el principal cuartel general de investigación y desarrollo de la Guardia Revolucionaria. Una parte significativa de los sistemas de defensa aérea iraníes fue neutralizada en las primeras veinticuatro horas, otorgando a las aeronaves estadounidenses e israelíes un control efectivo del espacio aéreo iraní casi de inmediato. La mayoría de los lanzadores de misiles balísticos iraníes fue destruida en las dos primeras semanas, y la mayor parte de los sitios militar-industriales identificados fue atacada, reduciendo considerablemente los ataques con misiles y drones contra Israel desde la segunda semana del conflicto. Las principales instalaciones de enriquecimiento fueron severamente dañadas, primero en junio de 2025 y luego nuevamente en 2026, mientras que un número considerable de buques de guerra iraníes fue hundido. Bajo cualquier criterio militar convencional, la campaña fue un éxito notable. Sin embargo, esta imagen de éxito militar convencional debe matizarse. La postura estratégica de Irán nunca se ha basado prioritariamente en sus fuerzas convencionales. Se sustenta en un enfoque de defensa en mosaico, una red entrelazada de herramientas asimétricas que incluye enjambres de drones, milicias aliadas, hostigamiento naval y la amenaza latente de cerrar el estrecho de Ormuz. La campaña neutralizó la capa militar convencional de Irán, pero dejó en gran medida intactas sus capacidades asimétricas. Desmantelar la marina, los misiles balísticos y las defensas aéreas de un adversario tiene un peso estratégico innegable, pero resulta insuficiente cuando sus principales instrumentos de coerción siguen siendo los drones, las redes de milicias y la capacidad de perturbar cuellos de botella marítimos críticos. Degradar lo convencional sin neutralizar lo asimétrico equivale, en última instancia, a quitarle el rifle al enemigo mientras se le deja una pistola cargada. Un alto el fuego ambiguo Los límites de lo logrado ya se reflejan en los contornos del alto el fuego. El acuerdo, nunca hecho público, ha sido ampliamente calificado de ambiguo. Más grave aún, el expediente nuclear sigue completamente sin resolverse, precisamente el único tema en el que coincidían tanto la administración Trump como sus críticos. Las capacidades balísticas de Irán, aunque severamente degradadas, no están neutralizadas de forma definitiva. Su reconstrucción es una cuestión de recursos, no de voluntad, y cualquier alivio de sanciones incorporado a un acuerdo de alto el fuego reactivaría de facto la cuenta regresiva del rearme. Los hutíes en Yemen, Hezbollah en el Líbano y las facciones proiraníes en Irak ya están en fase de recomposición. Para estos actores, el alto el fuego no representa una derrota, sino una pausa táctica y una oportunidad para reconstituirse. El Irán de posguerra Sería igualmente engañoso presentar la posición de Irán como una victoria o una muestra de resiliencia. El régimen que sobrevivió a esta guerra no es el mismo que la inició. Más de cincuenta altos responsables fueron eliminados. El aparato militar fue severamente degradado. El programa nuclear fue retrasado varios años. La economía, ya presionada por décadas de sanciones, fue empujada al borde del colapso estructural. Los daños a la infraestructura son considerables, y el contrato social entre el régimen y sus ciudadanos, ya debilitado, enfrenta tensiones de una magnitud inédita. Las estructuras de poder dentro del régimen están sometidas a presiones internas, mientras facciones rivales compiten por definir cómo será el Irán de posguerra y quién lo liderará. Irán pudo haber evitado el peor escenario, el colapso del régimen, pero los desafíos colosales que enfrenta distan mucho de parecer una victoria. El contraste entre las posiciones declaradas de Irán y su comportamiento efectivo en abril de 2026 es contundente. El antiguo Líder Supremo, Ali Khamenei, sostuvo de manera constante que no habría ninguna negociación con Estados Unidos. En marzo de 2026, funcionarios iraníes reiteraban que cualquier alto el fuego exigiría garantías completas de disuasión. Entre el 7 y el 10 de abril, varios responsables afirmaban públicamente que no habría conversaciones en Islamabad sin un cese previo de las operaciones israelíes contra Hezbollah. No solo Israel no se detuvo, sino que lanzó una de sus operaciones más importantes contra Hezbollah el 8 de abril. Y aun así, la delegación iraní voló a Islamabad y se sentó a la mesa de negociación. Ninguna retórica triunfalista, por engañosa que sea, cambiará ese hecho. Una constante estadounidense Estados Unidos tiene un patrón bien documentado de incapacidad para convertir su dominio militar en dividendos políticos. En el Líbano, en 1983, tras el atentado que mató a 241 militares estadounidenses, la administración Reagan se retiró en pocos meses, dejando un vacío que Hezbollah se apresuró a llenar. En 2003, Estados Unidos derrocó a Saddam Hussein con una precisión militar contundente, pero sin un plan coherente para el día después, generando un vacío de poder que las milicias respaldadas por Irán ocuparon rápidamente y del que nunca se retiraron. La retirada prematura de Irak en 2011 erosionó las capacidades institucionales y la autoridad del Estado en un momento crítico, agravando fallas de gobernanza que el Estado Islámico explotó sistemáticamente desde 2014. En 2013, el presidente Obama trazó públicamente una línea roja en torno a las armas químicas en Siria, pero no la hizo cumplir cuando Assad la cruzó en Ghouta. La credibilidad estadounidense se desplomó, Rusia intervino y la guerra en Siria reconfiguró el equilibrio regional de una manera cuyas repercusiones aún persisten. En agosto de 2021, la retirada caótica de Afganistán otorgó a los talibanes una victoria de bajo costo y envió una señal en todos los escenarios donde Estados Unidos tenía aliados. En mayo de 2025, Trump declaró que los hutíes habían “capitulado”, mientras estos sostenían que había sido Washington quien retrocedió. El alto el fuego de abril se inscribe en la misma lógica de todos estos episodios: fuerza abrumadora, seguimiento político incompleto y adversarios que se adaptan para llenar el vacío. La incapacidad estructural de Washington La incapacidad estructural de Washington para sostener un compromiso estratégico más allá de la acción militar no es accidental. Es el resultado de la arquitectura política interna que condiciona cada decisión de política exterior. Estados Unidos no entra ni sale de las guerras a partir de una voluntad nacional unificada. Lo hace a través del choque de intereses en competencia, rara vez conciliables. Los contratistas de defensa y el complejo militar-industrial tienen incentivos institucionales que favorecen ciclos de escalada más que soluciones duraderas. La polarización bipartidista convierte cualquier política asociada a una administración en un blanco para la otra, independientemente de su valor estratégico. Los sectores aislacionistas del movimiento MAGA se opusieron a la guerra desde el inicio; los grupos proisraelíes habrían querido ir más lejos; y los círculos tradicionales de política exterior, tanto de izquierda como de derecha, consideran el resultado una medida a medias. No existe una coalición coherente capaz de sostener la inversión política que exigiría una solución duradera. Con las elecciones de medio mandato en el horizonte, las presiones inflacionarias y el alza de los precios del petróleo debilitan a la administración y al Partido Republicano. El resultado previsible es la misma presión hacia un retiro prematuro que, en cada episodio comparable, ha dejado intacto el problema estratégico de fondo y ha hecho que la siguiente confrontación sea más costosa que la anterior. Conclusión La guerra entre Estados Unidos e Irán no produjo un vencedor. Produjo una región más fragmentada que antes, un expediente nuclear más peligroso precisamente por no haber sido resuelto, y dos adversarios que volverán a enfrentarse, bajo formas distintas, en condiciones que ambos contribuyeron a empeorar. La niebla de la no victoria no es una metáfora. Es la realidad estratégica que definirá el próximo capítulo, el que aborda la segunda parte de este análisis. Próximo artículo: La niebla de la “no victoria”: el nuevo desorden regional

Guerra abierta... La oportunidad del Líbano
Por
Hisham Dibsi
Publicado

Abordar el proceso de negociación que concluyó en la capital, Islamabad, como un componente del conflicto que ambas partes libran bajo múltiples formas nos exime de evaluarlo únicamente bajo la lógica del éxito o el fracaso. Más bien, el acontecimiento puede leerse desde el ángulo del primer encuentro directo entre la República Islámica y el “Gran Satán”, tras casi medio siglo de una rigidez calculada, no solo ideológica. Sea como sea, el logro más significativo para ambos bandos ha sido bajar con cautela de la cima en la que estaban y poner fin a una guerra devastadora para Irán y costosa para Estados Unidos. Deshacer el duelo Ese es el título de un artículo del excepcional Samir Kassir, desaparecido demasiado pronto, escrito en el momento de la “liberación”, en el que llamaba a Hezbolá a abandonar el luto. Pero fueron ellos quienes terminaron arrojando el manto del duelo sobre sus allegados, sus amigos y sobre el propio país. Si Samir Kassir estuviera hoy entre nosotros, tal vez escribiría que fue Ghalibaf quien deshizo el duelo al abrir la plataforma de negociación a una posibilidad real de entendimiento con su homólogo estadounidense, sobre todo porque la generosa oferta iraní de “iniciativas para el futuro” sugiere que la economía iraní podría inclinarse hacia la órbita estadounidense. Pero Trump no compra pescado que aún está en el mar; quiere tener en sus manos la mercancía deseada, es decir, el expediente nuclear, piedra angular de todos los demás. Por eso, según las declaraciones de Ghalibaf, “Estados Unidos ha fracasado en ganar la confianza de Irán”, una fórmula que refleja la arrogancia iraní. Sin embargo, si se invierte la afirmación, es decir, que “Irán ha fracasado en ganar la confianza de Estados Unidos”, se estaría mucho más cerca de la realidad. En cualquier caso, lo ocurrido en Pakistán delineó con claridad las líneas políticas de la negociación. Ese es un logro en sí mismo. Otro consiste en haber puesto en evidencia las prioridades estadounidenses, sensiblemente distintas de las iraníes, una cuestión que aún requiere ajustes en las relaciones de fuerza políticas, económicas y militares. Eso es lo que vemos hoy y lo que seguiremos viendo hasta la próxima ronda de negociaciones, aunque todavía no haya sido anunciada. Puntos en común Quien observe el conflicto abierto entre Washington y Teherán no puede dejar de notar ciertas similitudes de mentalidad y comportamiento: un lenguaje con acentos y significados simétricamente dominantes, una actitud altiva, una apelación a un pasado que la correlación de fuerzas actual vuelve difícil de traducir en beneficios concretos, al menos del lado iraní. Algo comparable se observa en la Casa Blanca, aunque con una capacidad de movilización incomparablemente mayor. Existe además otro rasgo común: la búsqueda de acumulación de poder en la región, incluso a costa de otros Estados o de grupos que les son afines, en un intento por obligar a los países de la región a aceptar las exigencias de Teherán o a coexistir con ellas. Eso mismo hace Washington a través de su aliado israelí, tanto en su lenguaje como en sus prácticas concretas. Conviene señalar también que ambas partes agotan las vías jurídicas y diplomáticas antes de sortearlas conjuntamente, en detrimento de las instancias internacionales y de los Estados de la región y del mundo, sin importar la crudeza de los medios empleados para alcanzar sus objetivos declarados, como se ha visto y se sigue viendo hora tras hora. En suma, nos encontramos ante un trío del extremismo —Estados Unidos, Israel e Irán— que nada parece frenar en su marcha hacia sus objetivos inmediatos y de largo plazo, cualquiera que sea el costo humano y económico, que pagan principalmente los países árabes en general y Palestina y el Líbano en particular. Separar los intereses La iniciativa del presidente Joseph Aoun y las decisiones del gobierno del primer ministro Nawaf Salam constituyen, en conjunto, un punto de inflexión histórico en el proceso de recomposición del papel político y soberano de la autoridad libanesa, así como en su misión de proteger la patria, el pueblo y el Estado. Una iniciativa que separó el interés nacional libanés de cualquier vinculación externa y reactivó la lógica del interés libanés conforme a lo que acepta la gran mayoría del pueblo, sus representantes y sus fuerzas políticas, así como los referentes de las familias espirituales que configuran la singularidad libanesa. De este modo, cualquier partido que se aparte de ese consenso o se oponga a ese orden del interés nacional deberá ser tratado en proporción al noble objetivo perseguido, sin permitir que se obstaculice en modo alguno el curso de esta iniciativa histórica. Y si este momento nos recuerda una hora dolorosa que marcó el inicio de la guerra civil en el Líbano, lo que el primer ministro ha señalado respecto a los referentes adoptados para preservar la paz civil sigue siendo el criterio que orienta a todos hacia las claves de la solución. No así cualquier otro enfoque basado en el lenguaje de la guerra y las armas, rechazado por la gran mayoría del pueblo libanés, así como por las comunidades de refugiados, palestinos, sirios y otros. Las pruebas abundan, sin necesidad de enumerarlas aquí. En este contexto, la política de la Casa Blanca, a través de su presión sobre el gobierno de Netanyahu, parece haber tomado en cuenta la importancia de la iniciativa presidencial y la necesidad de abordar el expediente libanés al margen de las negociaciones en curso con Irán. Esta iniciativa también ha permitido a Arabia Saudita, Egipto, Francia y a numerosos aliados del Líbano, desde el Reino Unido hasta Australia, moverse en la misma dirección. Esto permite suponer que la próxima batalla de negociación con Israel no encontrará al Líbano desprovisto de capacidades para defender sus intereses nacionales. La superioridad militar israelí no es el factor decisivo en todos los aspectos, y la ocupación de territorios en el sur del Líbano no otorga al gobierno israelí todo lo que ambiciona, por más que sus generales lo formulen reiteradamente. El espacio político libanés y la sutileza de su gestión son infinitamente más ricos y amplios que la mentalidad israelí extremista, que mide todo exclusivamente en términos de fuerza y de fuerza excesiva. Proteger la paz civil En estos días de prueba y dificultad, el Líbano necesita de sus grandes figuras, mujeres y hombres de todas las confesiones, para que den un paso al frente y salven tanto a la población como a la patria. Todo indica que el destacado Mohammad Hussein Chamseddine, fallecido recientemente, junto a su alma gemela, el ‘Beirutí rojo’, Samir Frangié, dirían hoy con una sola voz que es indispensable convocar a una conferencia nacional inclusiva para proteger al pueblo y a la patria, sobre la base de la justicia y el rechazo de la violencia. Que todos deben ser convocados en igualdad de condiciones, en su calidad de ciudadanos de esta patria cuyo destino comparten y cuyo futuro construyen para sus hijos, con el fin de poner término a la guerra abierta y asegurar que el Líbano siga siendo un faro árabe, de Medio Oriente y universal. Sí, la oportunidad del Líbano está ahí… para quien se atreva.

Viktor Orbán, abanderado del euroescepticismo y campeón de la corrupción

Al frente de Hungría, con una autoridad prácticamente incontestada desde 2010, el primer ministro Viktor Orbán ha sido finalmente derrotado en las urnas, desalojado del poder por el cansancio ciudadano ante la corrupción y lo que muchos perciben como ataques al Estado de derecho. A sus 62 años, se había consolidado en la escena internacional mediante choques recurrentes con Bruselas y sus vínculos abiertos con el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente ruso Vladimir Putin. Orbán también generó polémica por su indulgencia hacia el ecosistema de extrema derecha y una red más amplia de liderazgos autoritarios en Europa y el mundo. Viktor Orbán fue recibido por Tony Blair en el número 10 de Downing Street en enero de 2002, un año antes de la desafortunada invasión de Irak basada en argumentos falaces. Según Voltaire, «la política es el arte de mentir sobre lo que es correcto». (Gerry Penny/AFP) Durante la cumbre de la OTAN en Washington en 1999, Orbán —entonces un joven primer ministro de una Hungría recién incorporada a la Alianza— fue confundido por el personal de seguridad con un intérprete. “No, señor”, habría respondido al agente, “soy el primer ministro de Hungría, pero con gusto puedo interpretar si lo desea”. La anécdota, que ilustra su relativa anonimidad en aquel momento, también refleja la posición aún marginal que ocupaban las nuevas democracias de Europa Central a finales de los años noventa dentro del orden euroatlántico. Hungría, recién salida de la órbita soviética, todavía no era vista como un actor político de peso, y mucho menos su líder. Campeón del “iliberalismo” Quien alguna vez fue confundido con un intérprete terminó por convertirse en una figura central del “iliberalismo”. Popularizado por el propio Orbán, el concepto alude a un sistema en el que el poder se ejerce sorteando las libertades individuales, el Estado de derecho y la separación de poderes, mientras se mantiene la apariencia institucional de la democracia. En la práctica, se siguen celebrando elecciones, pero la prensa y la oposición son sometidas a presión, el poder judicial pierde independencia y los mecanismos de control se debilitan. En el caso húngaro, esto se combina con un nacionalismo acentuado y una visión social conservadora anclada en otra época: cualquier parecido con el populismo está lejos de ser una coincidencia. Sin embargo, el propio Orbán vivió la dictadura comunista cuando Hungría aún estaba en la órbita soviética. Se dio a conocer inicialmente como un liberal convencido, cofundando la Alianza de Jóvenes Demócratas, futura columna vertebral del partido Fidesz, y desafiando al régimen en 1989 con un discurso apasionado a favor de la democracia. El giro fue progresivo. Orbán adoptó un discurso más autoritario, apuntando contra la independencia judicial, los medios y las instituciones clave. Al regresar al poder en 2010 en un país debilitado por la crisis económica, se dedicó a consolidar metódicamente el control de su partido sobre el aparato estatal, las universidades y los medios, en nombre de la defensa de la “nación húngara”. Sus restricciones a las libertades, especialmente las que afectan a la comunidad LGBTQ+, generaron tensiones con la Unión Europea, que decidió congelar varios miles de millones de euros destinados a Hungría. Defender valores familiares, rurales o cristianos no es problemático en sí mismo. Lo que sí lo es es el uso de una estrategia bien afinada: instrumentalizar los miedos para aferrarse al poder, difundir la xenofobia y alimentar la eurofobia bajo la apariencia de patriotismo. Poscomunismo La Europa excomunista atravesó una transición dolorosa. Las sociedades del Este vivieron un verdadero choque al pasar a la democracia liberal. El viejo sistema, pese a sus limitaciones, ofrecía cierta estabilidad, una zona de confort. Tuvieron que aprender a gobernarse sin la experiencia acumulada de las sociedades occidentales. Aún hoy, las diferencias entre las dos mitades del antiguo continente siguen siendo visibles, como si el muro desaparecido continuara existiendo en forma inmaterial. Septiembre de 1989: Alemanes orientales cruzando la frontera húngara rumbo a Alemania Occidental en su ya legendario Trabant, símbolo del colapso de las economías comunistas. (Christophe Simon/AFP) En Alemania, por ejemplo, los “Wessis” todavía se burlan en ocasiones de los “Ossis”, más de tres décadas después de la reunificación. Como los Trabant de Alemania Oriental —fabricados con resina reforzada con algodón— frente a los BMW de Alemania Occidental. Esta brecha no se limita a la economía o la tecnología; también concierne a las mentalidades. No resulta sorprendente, por tanto, que los partidos de extrema derecha obtengan hoy mejores resultados en las regiones excomunistas. El giro nacionalista Tras consolidar su base conservadora, Viktor Orbán recurrió a un nacionalismo profundamente arraigado en la sociedad húngara, marcado por un sentimiento histórico de aislamiento e inseguridad en una nación rodeada por tres grandes esferas culturales: la eslava, la latina y la germánica. Este reflejo no es exclusivo de Hungría. En Polonia, Serbia, República Checa y Eslovaquia, la desconfianza hacia el “otro” sigue siendo un motor político poderoso. En este contexto, Orbán adoptó una postura firme contra las políticas migratorias europeas, llegando incluso a ordenar la construcción en 2015 de una valla de varios cientos de kilómetros para impedir la entrada de migrantes. Su estrategia se basa en la designación de un enemigo externo. Como ha señalado la politóloga y diputada húngara Zsuzsanna Szelényi, esta lógica le permitió obtener victorias contundentes en las elecciones de 2014, 2018 y 2022. Vínculos peligrosos con Rusia En su última campaña, tras los comunistas y los migrantes, Ucrania se convirtió en el principal objetivo. Acusada de querer arrastrar a Hungría a una guerra con Rusia, fue utilizada como chivo expiatorio en un discurso cada vez más polarizado. La campaña se apoyó en particular en la desinformación y el uso de contenidos generados por inteligencia artificial. Medios sensacionalistas cercanos al gobierno difundieron imágenes manipuladas, amplificadas por redes de cuentas falsas. Expertos señalan también operaciones de influencia rusa, incluidos videos deepfake y contenidos presentados como artículos periodísticos. Carteles financiados con dinero público mostraban a Volodymyr Zelensky de forma negativa, a veces junto a figuras europeas, en escenificaciones deliberadamente provocadoras. Orbán no dudó en declarar en un mitín: “Debemos elegir quién formará el gobierno: ¡yo o Zelensky!”. Orbán nunca ha roto sus lazos con Putin, ni siquiera después de la invasión de Ucrania y el aislamiento de Rusia. (Alexander Nemenov/AFP) A pesar de sus excesos, esta retórica se apoya en un temor real: el de que Hungría sea arrastrada a un conflicto. “El Fidesz apela a la necesidad más profunda de seguridad existencial”, explicó Zsuzsanna Szelényi a AFP. “Su mensaje es: cuando el mundo se desmorona, confía en lo que ya tienes”. Tropismo identitario y vínculos libaneses En los últimos años, Viktor Orbán ha construido metódicamente una red transnacional basada en una lectura identitaria y política del cristianismo, concebido tanto como marco civilizatorio como herramienta de influencia. Esta estrategia se ha materializado en numerosas conferencias y foros organizados en Budapest, que reúnen a actores conservadores y cristianos de Europa y Medio Oriente en una lógica explícita de convergencia ideológica. Ya en 2019, Gebran Bassil, líder del Movimiento Patriótico Libre, participó en una conferencia sobre la “persecución de los cristianos” en Hungría, donde obtuvo apoyo financiero para proyectos eclesiásticos. Budapest lanzó paralelamente un fondo para la “reconstrucción de iglesias” en el Líbano. Esta orientación se reforzó en 2025 con una conferencia titulada “El futuro del Líbano desde una perspectiva cristiana”, organizada con el respaldo del gobierno húngaro y que reunió a varios partidos cristianos libaneses. En este marco, los partidos cristianos de Medio Oriente —y en particular el Movimiento Patriótico Libre— aparecen como socios periféricos, pero simbólicamente valiosos, permitiendo a Orbán anclar su proyecto de una “Europa de nacionalismos cristianos” en una dimensión geopolítica más amplia. Esta retórica de “protección de los cristianos de Oriente Medio” es también la que invocó Vladimir Putin al intervenir en Siria. De hecho, desde los primeros años de la guerra siria, a mediados de la década de 2010, Budapest adoptó una postura propia dentro de la Unión Europea al negarse a romper por completo relaciones con Damasco. Sin reconocer oficialmente al régimen, el gobierno húngaro mantuvo canales de comunicación abiertos y se opuso a cualquier política de cambio de régimen en Siria. Esta postura responde a una visión geopolítica más amplia en la que Orbán considera que la caída de Bashar al-Assad abriría el camino a fuerzas islamistas radicales y a nuevas olas migratorias hacia Europa. En esta lógica, Assad deja de ser únicamente un autócrata problemático y pasa a convertirse, en el discurso implícito de Budapest, en un dique funcional. Este acercamiento indirecto también se reflejó en la política de “protección de los cristianos”, en particular a través del programa Hungary Helps, que financió proyectos de reconstrucción en Siria, a menudo en zonas bajo control del régimen, lo que generó críticas en la Unión Europea. Sin respaldar explícitamente a Assad, Orbán contribuyó así a erosionar el consenso europeo de aislamiento, introduciendo una lógica alternativa: la de un pragmatismo civilizatorio en el que la supervivencia de las comunidades cristianas justifica el mantenimiento de relaciones, incluso indirectas, con el poder existente. Eurofobia Paradójicamente, a pesar de que Hungría ha sido uno de los principales beneficiarios de fondos europeos, el gobierno de Orbán ha mostrado una hostilidad abierta hacia la Unión Europea. Durante años, Bruselas ha tenido que lidiar con un líder que mantenía relaciones estrechas tanto con Moscú como con Washington, bloqueando repetidamente decisiones clave, especialmente en materia de ayuda a Ucrania y sanciones contra Rusia. Orbán utilizó con frecuencia su poder de veto para frenar iniciativas europeas, contribuyendo a la parálisis de varios dossiers importantes. Más grave aún, revelaciones de The Washington Post apuntaron a posibles filtraciones de información sensible hacia Rusia. Según estos reportes, el ministro de Exteriores húngaro habría mantenido a Moscú informado en tiempo real sobre discusiones internas de la Unión Europea. Frente a estas acusaciones, las reacciones oficiales en Budapest oscilaron entre la desestimación y el desafío. Corrupción flagrante Pero, sobre todo, fue la corrupción lo que precipitó la caída de Orbán. A pesar de una campaña cuidadosamente calibrada, los votantes castigaron un sistema marcado por el enriquecimiento espectacular del entorno del primer ministro y el deterioro de los servicios públicos. Oficialmente, Orbán declara un patrimonio personal modesto. Pero en un país clasificado entre los más corruptos de la Unión Europea, esta imagen de austeridad resulta poco creíble. Muchos húngaros denuncian un sistema cuasi feudal, en el que los cercanos al poder acumulan riqueza e influencia. Su padre, su yerno y sus aliados empresariales han visto crecer sus fortunas de manera exponencial, a menudo gracias a contratos públicos financiados por la Unión Europea. Según Transparency International, miles de millones de euros se pierden cada año debido a prácticas corruptas, mientras Bruselas mantiene congelados importantes fondos. ¿Qué hay de su sucesor? Péter Magyar, ganador de las elecciones parlamentarias, vistiendo la tradicional chaqueta húngara, la bocskai, en un mitin electoral el pasado mes de marzo. (Balint Szentgallay/NurPhoto vía AFP) El ganador de las elecciones del domingo, Péter Magyar, hereda una tarea enorme: desmantelar la arquitectura política construida por Orbán, restaurar las instituciones y reconstruir los vínculos con la Unión Europea. Antiguo integrante del sistema, conserva algunas de las posturas duras de su predecesor, especialmente en materia de inmigración y cuestiones sociales, pero promete restablecer el Estado de derecho y combatir la corrupción. Para muchos europeos, encarna un “Orbán sin corrupción y sin eurofobia”, una fórmula que aún está por comprobar. Más allá de Hungría, lo que está en juego es global. Orbán se había convertido en un referente para numerosos movimientos nacionalistas. Su derrota representa un revés simbólico para la extrema derecha, sin que ello implique su desaparición. En Europa Central, como en Estados Unidos con el movimiento MAGA, o en Rusia, las dinámicas que impulsaron a Orbán siguen activas. Puede que se esté pasando página en Budapest. Pero el modelo aún no ha dicho su última palabra.

Líbano, la catástrofe sin fin...
Por
Mona Fayad
Publicado

En mi intento de comprender lo que nos sucede, de comprenderme a mí mismo y de recuperar cierto equilibrio ante lo que estamos viviendo, recurro a la lectura de libros y novelas sobre pueblos que han conocido los estragos de la guerra tal como nosotros los conocemos. Japón, con lo que padeció durante la Segunda Guerra Mundial y tras los bombardeos atómicos, representa en este ámbito un modelo que puede ayudarnos a situar nuestro propio dolor. Conviene señalar, de paso, que la cantidad de armas vertida sobre el Líbano a lo largo de los años equivale hoy a más que las bombas de Hiroshima y Nagasaki juntas. Dos obras se imponen aquí, Urashimasō y El grito silencioso . La primera fue escrita desde el interior mismo del acontecimiento; su autor contempló las ruinas con sus propios ojos, dando testimonio y describiendo las tragedias, las mutilaciones y el extravío que observaba. La segunda fue escrita tras la derrota de Japón, y da fe de la devastación interior del ser humano. Al comparar lo que describen con lo que vivimos, comprobé que la situación libanesa reúne simultáneamente ambos sufrimientos, sin separación ni intervalo temporal de ningún tipo. Estos dos libros ayudan a desmontar la violencia, a comprenderla, y no solo a sobrevivir a ella psicológicamente. Este tipo de escritura no mitiga el dolor, pero le da una forma y le ofrece un lenguaje, sacándolo así del caos hacia algo que puede aprehenderse. En tiempos de guerra especialmente, esta capacidad constituye casi un acto de resistencia. Porque la guerra reduce al ser humano a una reacción, a un cuerpo que sobrevive, que sufre o que huye; mientras que la escritura — y la lectura de esta clase de literatura — nos devuelve nuestro lugar como sujetos conscientes, en lugar de meras víctimas de las circunstancias. En definitiva, algunos pueblos han conocido las guerras, otros las derrotas, y otros aún han salido de entre los escombros para reconstruirse. Pero lo que vive el Líbano no se parece ni a una guerra en el sentido tradicional del término, ni a una derrota que pudiera fecharse, ni siquiera a una catástrofe que pudiera contenerse dentro de un marco temporal definido. Es otra cosa. En la experiencia japonesa, tal como la reflejan obras como Urashimasō y El grito silencioso , existía un recorrido, por penoso que fuera. El choque primero, luego el silencio, luego la toma de conciencia, luego la reconstrucción. Incluso en los momentos más terribles, como el bombardeo de Hiroshima, la catástrofe tenía en cierto modo una finalidad. El golpe había terminado, y fue desde ahí que nació una historia. En el Líbano, nada termina. No existe aquí ningún momento del que pueda decirse que marca «el después». Todo acontece simultáneamente: un trauma permanente que no puede asimilarse, una reflexión forzada que nunca llega a su término, relatos contradictorios que no resuelven nada, y una vida cotidiana que se reanuda sobre los escombros como si negara su propia existencia. El Líbano no vive la posguerra. Vive en el interior de la guerra, de su interpretación y de su propia negación, todo a la vez. En otras partes del mundo, la catástrofe engendra memoria, la memoria engendra conciencia, y la conciencia engendra, aunque sea tras una larga demora, el cambio. Aquí, la cadena está rota: una catástrofe, luego gritos, luego divisiones, luego un olvido parcial, luego una nueva catástrofe. Ninguna memoria se completa, ninguna conciencia se acumula, ningún cambio llega. En Urashimasō , el ser humano está quebrado, pero con honestidad. En El grito silencioso , intenta comprender, o esconderse detrás de relatos. En el Líbano, la situación es aún más áspera: un ser quebrado, privado del derecho a expresar su quebradura, obligado a elegir un relato bajo la presión del miedo, de la pertenencia o de la acusación. Ahí reside la particularidad de la condición libanesa, y quizás su carácter inédito: no solo una pluralidad de opiniones, sino una pluralidad de la realidad misma. Cada comunidad vive una guerra diferente, cuenta una historia diferente y construye una memoria diferente. No existe, por tanto, ningún «acontecimiento nacional» aglutinador, solo eventos paralelos que convergen únicamente en el dolor. Lo que hace que la situación libanesa sea sin precedentes, especialmente en el marco del Estado-nación moderno, es que el propio Estado ya no cumple su papel de referencia última del sentido o de la decisión. En la mayoría de los países, el Estado declara la guerra o la termina, detenta el monopolio de la violencia y forja el relato oficial. En el Líbano, la guerra se desarrolla tanto dentro del Estado como fuera de él, la violencia está dispersa, y el relato se halla contestado hasta la ruptura existencial. Así, los libaneses no viven únicamente una crisis política, sino un profundo vacío referencial. Es este vacío el que hace que la catástrofe se repita sin convertirse jamás en punto de inflexión. Cada golpe, cada explosión, cada tragedia se añade a una larga cadena, sin cerrar nunca su círculo ni sentar las bases de lo que vendría después. Más grave aún es lo que podría llamarse la normalización de lo absurdo: la muerte se convierte en una cifra y una imagen en una pared, la sangre en una noticia, la catástrofe en parte de la rutina. No porque la gente haya dejado de sentir, sino porque ha sido agotada hasta el punto de no poder ya convertir el sentimiento en acción. El Líbano de hoy no se parece ni al Japón de la posguerra ni a ningún país que haya salido de algún conflicto, porque ni siquiera se le ha concedido la oportunidad de salir de uno. Es un país donde la guerra no ha terminado, donde la paz no ha comenzado, donde nada ha sido resuelto, pero donde todo vuelve a representarse, una y otra vez. Quizás sea por eso que el dolor en el Líbano parece diferente: no solo porque es profundo, sino porque se despliega sin horizonte. No porque sea inesperado, sino porque regresa. Y no porque permanezca incomprensible, sino porque es plenamente comprendido, sin que nadie disponga del poder de cambiarlo. No es solo la tragedia de una nación. Es una condición humana compleja, rara y quizás sin precedentes: un Estado que vive dentro de sus fronteras reconocidas, pero privado del tiempo natural de los Estados, ese tiempo hecho de comienzos, de fines y de transformaciones. El Líbano no es solo un país en crisis. Es un país sustraído a toda lógica secuencial. Y esta es, quizás, la forma más cruel de la catástrofe: que no termine… y que no vuelva a empezar.