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Análisis

Cuando las aulas se convierten en campos de batalla

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بقلم Makram Rabah
نُشر abr 14, 2026 - 17:58

En el Líbano, la educación está llamada a liberar las mentes. Los proxies de Irán la han convertido en un arma.

El Líbano lleva mucho tiempo enorgulleciéndose de algo escaso en esta región: la convicción de que la educación no es un privilegio, sino un camino. Un país donde, a pesar de las guerras, los sucesivos derrumbes y la corrupción política, los padres siguen reuniendo lo poco que tienen para mandar a sus hijos a la escuela. Un país cuyas aulas han producido históricamente médicos, ingenieros, escritores y pensadores, no mártires para los Guardianes de la Revolución iraní.

Las cifras cuentan parte de esa historia. El Líbano ostenta uno de los índices de alfabetización más altos de la región, cercano al 98 %. Durante años, figuró entre los primeros países del mundo en la calidad percibida de la enseñanza. Las matemáticas y las ciencias no se imparten como lujos, sino como necesidades, a menudo en inglés o en francés desde temprana edad. La educación aquí no es solo una cuestión de adquirir conocimientos; es una cuestión de movilidad, de dignidad, de emancipación frente al sectarismo, a la violencia y a los límites asfixiantes que impone la geografía.

Y sin embargo, hoy, esa misma idea está siendo atacada.

Las amenazas y acciones recientes del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán contra instituciones estadounidenses en el Líbano y en toda la región no constituyen un episodio más en un largo ciclo de escalada. Revelan algo más profundo e inquietante: un intento deliberado de redefinir lo que significa la educación en países como el Líbano.

Porque para Hezbolá, el brazo más arraigado de los Guardianes de la Revolución en el país, la educación no es una herramienta de emancipación. Es una herramienta de control.

Donde las familias libanesas ven en las escuelas puentes hacia el mundo, Hezbolá ve fábricas de lealtad. Donde los padres confían en que sus hijos aprenderán álgebra para construirse un futuro, el partido concibe la geometría como un medio para calcular trayectorias. La física ya no sirve para entender el mundo natural; se convierte en una forma de afinar la trayectoria de un cohete o la estabilidad de un dron. A la química se la despoja de toda curiosidad y se la reconvierte en instrumento letal.

Esto no es una metáfora. Es una doctrina.

El ecosistema educativo de Hezbolá — sus escuelas, sus movimientos de scouts, sus programas de juventud y sus instituciones culturales — funciona desde hace mucho tiempo como un sistema paralelo que reproduce las formas del Estado a la vez que subvierte su finalidad. Los niños no aprenden solo a leer y escribir; se les enseña a obedecer, a venerar y, en última instancia, a combatir. El lenguaje de la resistencia se introduce pronto, envuelto en los símbolos del martirio y el sacrificio, hasta volverse indistinguible de la identidad misma.

En ese sentido, el reciente blanco de las instituciones estadounidenses, ya sea retórico o operacional, responde a una lógica perfectamente coherente. Universidades como la Universidad Americana de Beirut no son simples edificios. Encarnan una idea que se opone de frente a lo que Hezbolá y los Guardianes de la Revolución buscan imponer.

Encarnan la duda frente al dogma. El cuestionamiento frente al adoctrinamiento. Un espacio donde un estudiante puede interrogar la autoridad en lugar de rendirse ante ella.

Y es precisamente por eso por lo que se las percibe como amenazas.

Quizás la consecuencia más devastadora no es siquiera la militarización de la educación en sí, sino la destrucción silenciosa del ecosistema que hacía excepcional a la enseñanza libanesa. Hezbolá, junto con una clase política que eligió normalizar, acomodar y, finalmente, legitimar su orden paralelo, ha ido erosionando progresivamente la propia diversidad que sostenía la vida intelectual del país. El modelo educativo libanés nunca fue solo una cuestión de programas o clasificaciones; era una cuestión de pluralidad. Aulas donde las lenguas se cruzaban, donde las historias se disputaban, donde las identidades convivían sin disolverse las unas en las otras. Ese ecosistema frágil pero vital era el motor de una creatividad que producía generaciones capaces de pensar más allá de los confines de la secta, la ideología y el miedo. Hoy, ese espacio se estrecha. No por decreto formal, sino bajo el efecto de la presión, la intimidación y la lenta asfixia de la disidencia. Lo que se pierde no es solo la autonomía institucional, sino la condición misma que hacía que aprender en el Líbano tuviera sentido: la libertad de ser diferente.

No es casualidad que los regímenes y las milicias fundados sobre la rigidez ideológica teman los campus más que a los ejércitos. A los ejércitos se los puede disuadir, negociar con ellos o incluso vencerlos. Pero las ideas, una vez liberadas, son mucho más difíciles de contener. Un estudiante formado en el pensamiento crítico es infinitamente más peligroso para un proyecto autoritario que cualquier adversario externo.

El Líbano se encuentra hoy en la encrucijada de estas dos visiones.

Por un lado, una creencia frágil pero persistente en la educación como medio de supervivencia y de trascendencia. Por el otro, un esfuerzo disciplinado y bien financiado para vaciar esa creencia de su sustancia, para sustituirla por una visión del mundo militarizada donde el saber no sirve más que al campo de batalla.

La tragedia no radica solo en que estos dos sistemas coexistan. Radica en que uno avanza inexorablemente sobre el otro.

Cuando un niño aprende matemáticas para resolver ecuaciones, se lo está preparando para construir algo: una economía, una carrera, una vida. Cuando ese mismo saber se reorienta hacia la calibración de un cañón o la programación de un dron, se convierte en algo completamente distinto: un arma disfrazada de educación.

Y en el Líbano, esa transformación ocurre a plena luz del día.

El ataque contra las instituciones educativas, ya sea mediante amenazas, intimidaciones o algo peor, no es, por tanto, incidental. Es estratégico. Es un intento de cortar al Líbano de uno de los pocos pilares que aún lo conectan con el mundo y consigo mismo.

Porque un Líbano que sigue educando libremente es un Líbano que no puede ser controlado del todo.

Y de eso, en definitiva, se trata.

No de misiles. No de drones. Ni siquiera de geopolítica en su acepción más estrecha.

Sino de la batalla mucho más decisiva que se libra en torno a lo que aprenderá la próxima generación de libaneses y a lo que llegará a ser.

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