


Hoy existe una “cuestión chiita” que se impone con fuerza en la realidad árabe, una realidad que no está aislada de su entorno regional ni de las políticas de las grandes potencias.
Algunos consideran que la “cuestión chiita” revela, en ciertas de sus manifestaciones y circunstancias, un debilitamiento o una erosión de la lealtad de los chiitas árabes hacia sus Estados nacionales, como resultado de un centralismo iraní que busca expandir su influencia en la región árabe, aprovechando las grietas existentes y profundizando otras nuevas en los cimientos mismos de esos Estados.
Los chiitas señalados por esta acusación responden de forma unánime y sostienen que su movilización en sus respectivos países responde, ya sea al levantamiento de agravios y a una exigencia de justicia política y social, como lo evidencian Irak y los países del Golfo, o bien a un compromiso, junto a sus compatriotas, con el deber de resistir la agresión israelí, como ocurre en Líbano y Palestina.
La “cuestión chiita” se agravó tras la guerra estadounidense contra Irán en marzo de 2026, hasta alcanzar niveles que evocan el resurgimiento de viejos demonios, generando climas de sectarismo comunitario, fanatismo confesional y rechazo absoluto del Otro.
Este rechazo se alimenta aún más del comportamiento de algunos grupos, como Hezbolá, de su implicación en las matanzas perpetradas en Líbano, Siria, Irak y otros lugares, sin mencionar los bombardeos iraníes que han tenido como objetivo los capitales árabes del Golfo a lo largo de la guerra en curso.
El Líbano, por su diversidad, posee una ventaja singular para contribuir a corregir la distorsión que se ha generalizado en el mundo árabe. Esta diversidad constituye el aporte libanés al enriquecimiento de la civilización humana, un aporte necesario en un momento histórico en el que la humanidad atraviesa un parto doloroso y en el que se impone una cuestión de carácter existencial: ¿cómo es posible vivir juntos en la diferencia y en la igualdad?
Porque salir de esta crisis no se reduce a esperar el desenlace de la guerra entre Irán y Estados Unidos, ni a las negociaciones entre Líbano e Israel, ni a apostar por una política de equilibrio de fuerzas. Abordar la “cuestión chiita” requiere una base cultural sustentada en la aceptación del Otro tal como es.
A comienzos del siglo XX, existía una “cuestión cristiana”: en lugar de separarse del Otro, los maronitas optaron por el Gran Líbano, construido sobre la convivencia.
A inicios del siglo XXI, la “cuestión chiita” reaparece en Líbano. ¿Cuál será la elección de sus élites, sus pensadores y sus líderes?