
La tragadia del Yemen radica, en parte desde luego, en el acceso al poder de una personalidad del calibre de Abd Rabbuh Mansour Hadi en un momento determinado de la historia, y en los errores que figuras de su condición cometieron tanto antes como después de la unificación. En el momento presente, ya resulta posible hablar de un país fragmentado que busca una fórmula para recomponerse, siempre y cuando esa recomposición sea aún factible para un Estado de considerable importancia estratégica del que Irán controla hoy una porción no desdeñable. Abd Rabbuh Mansour, a quien la muerte se llevó hace apenas unos días, no era en el fondo sino la expresión de un tipo político salido de la institución militar con una cultura tan escasa que no lo habilitaba en absoluto para gobernar un país tan singularmente complejo como Yemen. Llegó a la presidencia después de haber pasado catorce años a la sombra de Ali Abdallah Saleh, en calidad de vicepresidente, el mismo Saleh que los hutíes asesinarían más adelante, una vez que dejó de ser jefe de Estado.








