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Opinión

Una amnistía general chií... para entrar en el siglo

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Por Élie Hajj
Publicado abr 24, 2026 - 03:45

Seguí en cierta ocasión un largo discurso del difunto secretario general de Hezbolá, el Sayed Hassan Nasrallah, en el que relató con minuciosa precisión lo ocurrido «el día en que las mujeres de la familia del Profeta fueron llevadas cautivas». Lo invadía una emoción profunda. Recuerdo haber quedado muy sorprendido al ver ese doloroso suceso convocado como si hubiera acontecido dos o tres días antes, expuesto de un modo que no admitía duda alguna sobre su veracidad, como si hubiera sido transmitido por testigos presenciales cuyo testimonio resultara incuestionable.

Vinieron naturalmente a mi mente imágenes de mujeres aldeanas llorando en las iglesias el Viernes Santo, al escuchar el canto «Wa habibi» o «Soy la madre afligida». Pero esos ritos permanecen ligados a su dimensión espiritual, no a la cronología precisa del acontecimiento ni a su lugar y circunstancias, a diferencia de las conmemoraciones de la Ashura y de los días asociados a ella, entre los cuales figura «el cautiverio de las mujeres del Profeta».

Digo hoy que acaso ésta sea la mayor paradoja inscrita en la memoria colectiva de la mayoría chíí: permanecer prisionera del instante de «sal-Taff», como si el tiempo se hubiera detenido allí, en Kerbala, en el año 61 de la hégira. Y hace bien poco, a comienzos del año 2024, Bagdad fue escenario de una escena de un surrealismo sin parangón: el juicio de Yazid ibn Muawiya, como si la justicia contemporánea pudiera zanjar un conflicto de catorce siglos mediante un fallo judicial.

La verdad es que este asunto de extraordinaria sensibilidad no hallará su desenlace en los pasillos de los tribunales, sino en los laberintos del alma y de una mentalidad que se niega hasta hoy a salir del «duelo eterno».

Ha llegado la hora de dar un paso audaz, quizás «desconcertante» para algunos, pero necesario para quienes desean de verdad cruzar el puente de la historia hacia el futuro. Necesitamos una «amnistía chíí general», no para olvidar el crimen, sino para reconocer que lo ocurrido fue una lucha por el poder, a semejanza de los miles de conflictos que pueblos y estados han atravesado a lo largo de los siglos, del Egipto faraónico a los imperios persa y mesopotámico, de Atenas y Roma hasta París y las Américas.

Esta amnistía debe abarcar a todos, incluido el acusado Shimr ibn Dhi al-Jawshan, a partir del principio de que «no saben lo que hacen». Todos eran instrumentos de una maquinaria de poder sin piedad, combustible para un conflicto puramente humano en torno al trono y la influencia.

Y si el afán es el de «la justicia», al-Mukhtar al-Thaqafi se encargó de esa tarea en su momento, pasando la espada por los cuellos de los asesinos y de todos, o de casi todos, los que habían participado en aquella tragedia, cerrando la cuenta sangrienta con sangre. En cuanto a la perpetuación cotidiana de la convocatoria psíquica de la venganza, esa es una fórmula infalible para desgracias, desastres y catástrofes sin fin, por los siglos de los siglos.

Abrir una página nueva no es un lujo, sino una urgencia. Entrar en la era moderna es imposible con una memoria cargada de sangre, de remordimiento, de hostilidades históricas y de llamamientos a restaurar una dignidad herida. Los seres humanos necesitamos el perdón para encontrar el reposo, la «amnistía» para avanzar. La historia la leemos para aprender de ella, no para vivir en ella.

Volved la página. Creedme, nada hay más hermoso que nacer de nuevo cada mañana.

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