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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona que escuchara una historia y luego se la contara a otra, que a su vez se la contara a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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Ciudades poderosas… relatos más poderosos aún
Por
Rabih Dandachli
Publicado

La influencia en Oriente Medio ya no se mide únicamente por la capacidad de los Estados para imponer su dominio militar o político; está ligada ahora a su aptitud para construir ciudades atractivas y formular relatos convincentes. En este desplazamiento, ciudades como Riad, Dubái y Doha se imponen como nuevos centros de gravedad, mientras retroceden los Estados incapaces de producir una ciudad verdaderamente eficaz o un discurso coherente. Entre la economía y los medios de comunicación, un modelo de gobernanza inédito toma forma, y plantea una pregunta fundamental: ¿quién gobierna realmente? En este contexto, la ciudad ha dejado de ser un simple espacio urbano o un centro administrativo para convertirse en un instrumento político de pleno derecho. Su ascenso no puede comprenderse únicamente desde el prisma del crecimiento económico; remite a algo más profundo, a una redefinición del poder mismo. Las ciudades ya no se construyen solo para acoger a poblaciones, sino para servir de plataformas de influencia transfronterizas, capaces de atraer inversiones, captar competencias y afirmar su presencia en la economía mundial. Son ciudades que compiten con los Estados, que se presentan como modelos de estabilidad y apertura en una región históricamente asociada al conflicto y a la incertidumbre. En este sentido, la ciudad se convierte en el escaparate del Estado, o incluso en su sustituto en ciertos contextos, donde el éxito se mide por la capacidad de atracción más que por la de dominación, por la producción más que por el discurso. Pero el poder urbano y económico no basta por sí solo. Toda ciudad necesita un relato que legitime su ascenso y le confiera sentido. Los medios de comunicación han dejado de ser meros transmisores de la realidad: se han convertido en sus coproductores. Las plataformas digitales, los canales informativos e incluso los influencers contribuyen a construir una imagen coherente, la de ciudades modernas, estables, capaces de conducir el futuro. Estos relatos no se dirigen únicamente al exterior; también reconfiguran la conciencia interior, convirtiéndose en un instrumento de redefinición de la legitimidad. La pregunta ya no es quién detenta el poder, sino quién detenta la capacidad de definir la realidad. Y quien logra imponer su relato consolida su posición, aunque los hechos sean mucho más complejos que la imagen que de ellos ofrece. Lo que resulta llamativo en este modelo es que disuelve las fronteras entre economía y medios. Las ciudades emergentes no se contentan con invertir en infraestructuras; invierten con igual cuidado en la imagen que proyectan de sí mismas. Los grandes proyectos, los eventos internacionales y la apertura económica no son solo herramientas de desarrollo, sino también instrumentos narrativos. Se utilizan para producir una historia coherente de éxito, presentada al mundo como una realidad y al interior como una vía sin alternativa. En este sentido, el soft power se convierte en una prolongación directa del poder económico, y el relato en un activo estratégico que en nada cede en importancia a los recursos materiales. Esta transformación suscita una pregunta legítima sobre la naturaleza de ese poder: ¿estamos ante un poder real, o ante un poder cuidadosamente construido? La verdad es que la distinción entre ambos ya no es sostenible. El relato no funciona sin un anclaje en la realidad, pero es igualmente capaz de reencuadrar esa realidad, de amplificarla o incluso de simplificarla al servicio de objetivos políticos. El relato ya no se limita a reflejar la realidad: la reproduce. Lo que se presenta como éxito puede muy bien ser una mezcla de logros auténticos y de gestión hábil de la imagen. Frente a este panorama, el Líbano parece quedar fuera de la ecuación. Beirut, que fue durante un tiempo un centro regional de los medios, la cultura y la economía, ha perdido progresivamente su capacidad de desempeñar ese papel. La ciudad ya no puede atraer inversiones, ni producir un modelo digno de ser imitado, ni siquiera presentarse como un espacio de estabilidad relativa. Pero la pérdida más profunda no reside en este retroceso de su rol: está en la ausencia de relato. Ya no existe un discurso libanés coherente capaz de explicar lo que sucede ni de ofrecer una visión del futuro, sino únicamente narrativas contradictorias que reflejan una fractura más profunda en la estructura del Estado y la sociedad. En un tiempo en que la región se gobierna a través de ciudades y relatos, el Líbano se encuentra sin ciudad eficaz y sin relato capaz de competir. A la luz de estas transformaciones, responder a la pregunta de quién gobierna hoy el Oriente Medio ya no tiene nada de evidente. ¿Sigue siendo el Estado el actor central, o las ciudades, sostenidas por un poder económico y relatos coherentes, se han convertido en el factor de influencia más determinante? Quizás la respuesta no sea todavía definitiva, pero una cosa es cierta: los equilibrios se desplazan, y la influencia ya no se mide únicamente por los instrumentos tradicionales que poseen los Estados, sino por su capacidad para producir modelos susceptibles de convencer. En el Oriente Medio de hoy, no basta con existir. No basta con disponer de recursos o de una posición geográfica. El poder real reside en la capacidad de producir una ciudad que atraiga y un relato que convenza. Y quien fracasa en eso se encuentra fuera del juego, aunque permanezca presente en el mapa. En la era de las ciudades emergentes y los relatos en competencia, la influencia ya no es solo una cuestión de control, sino una cuestión de sentido.

Guerra abierta… Las preguntas de los gazatíes

Durante una entrevista a distancia con un activista que participó en las elecciones locales y municipales de la ciudad de Deir al Balah, este explicó las razones que lo llevaron a votar por primera vez: quería experimentar la sensación de igualdad con el votante judío, cuya opinión es consultada cada semana en todos los ámbitos de la vida israelí. También expresó el deseo de sentir, aunque fuera mínimamente, cierto equilibrio humano como habitante originario de la tierra, para reducir la brecha abierta por la aplastante superioridad de Israel, respaldada por su ejército moderno y por el Domo de Hierro que lo protege, mientras que los hijos de esta tierra apenas poseen la capacidad de sobrevivir, sin importar la magnitud de los abusos, la brutalidad y la humillación. Esta realidad gazatí también se replica en Cisjordania, junto con la anexión de tierras y su judaización, sin contar la construcción de asentamientos. Pero la segunda cuestión difícil radica en acercarse a la línea amarilla que separa el este del oeste del territorio, una proximidad que puede conducir a la muerte “por inteligencia artificial”. Este peligro surge del desplazamiento permanente de los límites de esa línea según las necesidades diarias del ejército de ocupación, necesidades definidas como existenciales, frente a las cuales la sacralidad de la vida desaparece. La tercera cuestión se refiere al ingreso de ayuda alimentaria y médica, que la supervisión israelí calcula según la cantidad de calorías que entran al territorio. No es una exageración: es una realidad anunciada oficialmente, para que el gobierno israelí no sea considerado responsable de una hambruna provocada sobre una población ya sumida en la más profunda precariedad. Solidaridad El indignante espectáculo de la política sistemática de hambre sirvió como un poderoso detonante para el lanzamiento de la “Global Sumud Flotilla” el pasado mes de abril, llevando consigo una constelación de activistas internacionales, algo de comida y mucha compasión. Sus embarcaciones partieron de puertos de España y Francia bajo un fuerte llamado a romper el bloqueo hermético impuesto sobre Gaza. Sin embargo, el portavoz del Departamento de Estado estadounidense, Tommy Pigott, consideró inaceptable lo que estaba ocurriendo y afirmó, según los diarios del 5 de mayo, que “de acuerdo con el derecho internacional, los puertos son considerados aguas interiores sobre las que los Estados ejercen su soberanía”. Se trataba de una crítica al comportamiento de los gobiernos francés y español y a su complacencia en una cuestión que calificó como “soberana”, ignorando que el puerto de Gaza no es israelí, y sin parecer notar tampoco que los ciento setenta y cinco activistas tenían pleno derecho a expresar sus opiniones, sin que ninguno de ellos fuera buscado por terrorismo. Por su parte, el primer ministro israelí no dudó un instante en lanzar una operación naval y aérea contra veinte embarcaciones pacíficas en aguas internacionales frente a Creta, para luego exhibir una demostración de fuerza en la que se jactó de haber “logrado impedir que la flota alcanzara su destino” y de que sus pasajeros no tenían más opción que “ver Gaza por YouTube”, según sus propias declaraciones del 20 de abril. En sus testimonios sobre el desarrollo de las detenciones, los activistas de la campaña de solidaridad describieron los métodos utilizados por los comandos israelíes, entre ellos el uso del “bastón de descarga eléctrica” para paralizar cualquier resistencia física. Uno de ellos lanzó incluso un llamado para que el gobierno israelí se dote de un “Domo moral” que los proteja, en lugar del Domo de Hierro. Destino Las grandes operaciones militares en la Franja de Gaza terminaron oficialmente el 10 de octubre del año pasado con el anuncio del plan de veinte puntos del presidente Trump. Sin embargo, han transcurrido siete meses y todavía seguimos en la aplicación del primero. Más de siete mil víctimas han muerto durante este período, mientras cerca del ochenta y cinco por ciento de la población, es decir, un millón novecientos mil desplazados, continúa viviendo en refugios improvisados ante la falta de tiendas nuevas, cuyo ingreso es prohibido por la supervisión israelí. Esta también impide la entrada de maquinaria pesada necesaria para retirar los escombros, además de limitar el número de camiones de ayuda alimentaria autorizados a ingresar. Durante las últimas negociaciones en El Cairo, Israel condicionó el paso al segundo punto del plan Trump al desarme previo de Hamás, algo que el movimiento rechazó exigiendo primero una retirada israelí. La población del territorio observa así la evolución de las negociaciones sin que nadie se digne responder la pregunta fundamental que la atormenta: la de su propio destino y no el de las armas. Por su parte, la dirigencia de Hamás parece segura de su posición pese al asesinato, la semana pasada, de su jefe local Azzam al Hayya, hijo del principal dirigente del movimiento. La mayoría de los habitantes de Gaza ignora que el actual líder de Hamás, Khalil al Hayya, obtuvo un acuerdo de la Casa Blanca, Qatar y Turquía que permite a los aparatos policiales y gubernamentales del movimiento ejercer su autoridad en la parte occidental del territorio mientras llegan las “fuerzas de paz”, las cuales se encuentran a su vez atrapadas en un callejón sin salida, incapaces de cumplir la misión asignada debido a las divergencias entre los países miembros del “Consejo de Paz” sobre la definición de su mandato, las condiciones israelíes deliberadamente inaceptables y las demoras en la ejecución de los compromisos de la primera fase. Al mismo tiempo, el ejército israelí logró imponer hechos consumados sobre el terreno en materia de desarme al equipar y armar grupos de delincuentes marginales y criminales profesionales, a quienes además brinda protección, mientras las familias y clanes recurrieron al armamento individual y algunas facciones continúan adquiriendo armas ligeras suficientes para ejercer cierta influencia local. En definitiva, hoy conviven en este territorio el arsenal israelí en toda su magnitud, lo que queda de las armas de Hamás y de sus aparatos de seguridad, las armas de los grupos colaboracionistas y, finalmente, las de las familias, clanes y demás facciones. Precisamente por eso, el debate sobre la prioridad del desarme cumple una función muy concreta: perpetuar el estado de militarización en la Franja de Gaza como pretexto para mantener el statu quo, en beneficio del gobierno de Netanyahu, que puede explotar políticamente las armas de Hamás y de otros grupos para prolongar la ocupación por tiempo indefinido, mientras continúan las operaciones de control y anexión de la parte oriental de Gaza. Y eso es lo que hoy otorga a la cuestión del destino de los habitantes de Gaza una dimensión verdaderamente central. ¿Dónde está la Autoridad? Desde el sangriento golpe de fuerza llevado a cabo por Hamás contra la Autoridad Palestina en la Franja de Gaza en 2007, el movimiento construyó sus propios aparatos gubernamentales y policiales paralelos. La Autoridad Nacional en Ramala, por su parte, continuó pagando los salarios de alrededor de treinta y siete mil funcionarios civiles y militares, quienes, sin embargo, permanecen fuera del servicio efectivo en el territorio. Dado que la cuestión de la apertura de los pasos en la frontera palestino-egipcia está regulada por un acuerdo formal entre Israel y la Autoridad bajo mediación estadounidense y europea, el retorno de la Autoridad a su papel en la gestión del paso de Rafah, junto con la preparación de unos diez mil nuevos agentes de policía entrenados en Egipto y Jordania a la espera de ingresar al territorio con la fuerza internacional de paz, podría permitirle contribuir a la construcción de una solución. Además, su presencia política está estrechamente ligada a su capacidad para ejecutar su proyecto de organizar elecciones legislativas y presidenciales antes de finales de este año, algo que sigue siendo posible si las circunstancias lo permiten y si la administración estadounidense acepta impedir los obstáculos israelíes. El plan de paz de Trump prevé, en efecto, que el “Comité de Administración de Gaza” desempeñe el papel de gobierno local provisional, pero dicho comité aún no ha logrado entrar en el territorio debido al bloqueo israelí y a las persistentes dificultades para conformar la fuerza internacional de paz. Los gazatíes se hacen cada vez más preguntas sobre aquello a lo que está ligado su destino: al desenlace del conflicto con Irán, a lo que ocurre en el Líbano, o a las intenciones claramente expresadas por los pilares del gobierno de Netanyahu de no retirarse del territorio e incluso anexar parte de él como zona de amortiguamiento. Son preguntas para las que los habitantes de Gaza no encuentran respuestas convincentes mientras la guerra no deponga las armas.

Estudiar en condiciones deterioradas: cuando la inestabilidad se vuelve norma

Está la guerra y el terror que impone. Y luego está el entretiempo. Ese estado de ni guerra ni paz, menos espectacular pero más insidioso, que instala una tensión constante e impide cualquier proyección hacia el futuro. Es ahí donde aparece el desgaste: la motivación se erosiona, los recursos se agotan, el sentido vacila. Y el aprendizaje no escapa a ello. Formatos híbridos impuestos, continuidad pedagógica inestable, compromiso fluctuante: en un Líbano atravesado por turbulencias, la universidad parece mantenerse en pie, pero al precio de un debilitamiento silencioso. Lo que antes pertenecía a la excepción —pasar de un formato a otro— terminó imponiéndose poco a poco como norma. Ahí ocurre el primer quiebre: cuando lo imprevisible se vuelve estructural, ya no solo desorganiza los estudios, sino que redefine sus propias reglas. La continuidad pedagógica, entonces, se fragmenta. Las clases oscilan entre la presencialidad y la virtualidad, a veces suspendidas, casi siempre dictadas más por las circunstancias que por una decisión académica. Sin embargo, aprender supone una estabilidad mínima, una progresión sostenida en el tiempo. Cuando esa estabilidad se desintegra, el conocimiento no se interrumpe: se disuelve. La universidad ya no solo transmite saberes, también administra la inestabilidad. A esto se suma un factor agravante: cada episodio de guerra profundiza la crisis económica. Para algunos estudiantes, eso significa abandonar por completo sus estudios; para otros, un repliegue forzado hacia instituciones más económicas, muchas veces menos exigentes. El recorrido académico deja entonces de ser una elección para convertirse en un ajuste. Pero el efecto más profundo está en otra parte. Es mental. Estudiar en un entorno inestable impone una vigilancia difusa y permanente. Nadie se compromete por completo con un marco que sabe que puede derrumbarse en cualquier momento. Esa inestabilidad absorbe una parte considerable de los recursos cognitivos: hay que adaptarse constantemente a los formatos, las herramientas y los ritmos. La mente pasa entonces de una lógica de aprendizaje a una lógica de gestión. La concentración se fragmenta y el conocimiento se vuelve secundario. De esa tensión surge una erosión progresiva de la motivación. Estudiar implica creer en una continuidad: la de los esfuerzos, los aprendizajes y un recorrido coherente. Cuando esa continuidad se reconfigura sin cesar, el esfuerzo pierde claridad. El paso repetido de un modo a otro impide cualquier anclaje duradero. El desapego que resulta de ello suele ser una respuesta racional frente a un entorno que se volvió ilegible. Los efectos sobre el nivel académico son concretos. Un formato híbrido impuesto introduce rupturas: en la atención, en la interacción e incluso en la manera de recibir los contenidos. Algunos abandonan más fácilmente a distancia; otros tienen dificultades para readaptarse a la presencialidad. Ese desequilibrio revela otra fractura: el aumento de las desigualdades. No todos cuentan con las mismas condiciones para navegar entre estos formatos: conexión, espacio de trabajo, autonomía. Es en esa grieta donde se instala una zona más ambigua. Porque si bien las limitaciones son reales, también pueden convertirse en argumentos. La falta de claridad del sistema vuelve más difícil evaluar el compromiso. Algunos estudiantes se apoyan en ello para justificar ausencias o deficiencias. Pero esa deriva no es únicamente oportunista: también refleja un distanciamiento progresivo, posibilitado e incluso facilitado por un marco que, en sí mismo, es inestable. Las instituciones, por su parte, avanzan sobre una línea estrecha. La hibridación se presenta como una solución; aquí funciona más bien como un paliativo. De tanto adaptarse, el sistema corre el riesgo de erosionar sus propias exigencias. Nadie ignora que en la base de todo Estado-nación está la educación. Se hablará de resiliencia. Pero de tanto invocarla, termina ocultando otra realidad: la de una reducción progresiva de los estándares. La pregunta se vuelve entonces más radical: ¿qué queda del aprendizaje cuando las condiciones ya no permiten sostenerlo en el tiempo? El problema, por lo tanto, no se limita al acceso a las clases, sino también a su forma y al compromiso que todavía logran generar. Estudiar en la incertidumbre es navegar permanentemente entre formatos inestables, mantener una atención dispersa y reconstruir sin descanso un marco que ya no se sostiene por sí solo. Y, de fondo, aparece una pregunta más brutal: ¿para qué, cuando las vidas están amenazadas tanto como el futuro que deberían abrir? En este contexto, quizá el riesgo más profundo no sea el fracaso. Sino la instalación duradera de un modo degradado, de un nivel rebajado que, con el tiempo, termina convirtiéndose en la norma.

Irán-EE.UU.: una batalla de fuerzas con consecuencias impredecibles

El mundo vuelve a estar en suspenso ante la decisión que debe tomar el presidente estadounidense Donald Trump en respuesta a la contrapropuesta iraní (que calificó de «totalmente inaceptable» el domingo) a sus condiciones para reanudar las negociaciones sobre un acuerdo destinado a poner fin de manera permanente a la guerra. Por voz del portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmaïl Baghaï, Irán afirmó el lunes haber solo «solicitado el cese de las hostilidades en toda la región y una liberación de sus activos». Esmaïl Baghaï, quien respondía al rechazo de Donald Trump a la respuesta iraní, afirmó que «lo único exigido son los derechos legítimos de Irán», es decir, «el fin de la guerra en la región, incluido el Líbano, el levantamiento del bloqueo estadounidense de los puertos iraníes y la liberación de los activos pertenecientes al pueblo iraní, injustamente congelados durante años». No abordó la cuestión nuclear, mencionada solo a través del prisma de la soberanía nacional, sin responder a las demandas centrales de Washington. En otras palabras, la contrapropuesta iraní elude las condiciones estadounidenses y refleja una voluntad de retomar la iniciativa diplomática. Lo que merece destacarse en este nuevo episodio del pulso entre la República Islámica y Estados Unidos es menos el rechazo de Teherán a las exigencias estadounidenses que el tono de desafío, incluso de provocación, que marcó el 'no' iraní. La respuesta del régimen de los ayatolás a Donald Trump fue casi un «sobre mi cadáver». Es decir: «mientras viva, no». El problema es que Donald Trump podría tomarlo en serio. O tal vez no. Porque los desafíos derivados de este pulso que dura desde la entrada en vigor del alto al fuego entre los dos beligerantes, el 8 de abril de 2026, son inmensos. Concretamente, tanto Estados Unidos como Irán se encuentran en una situación difícil. Primero porque esta guerra, guardando las proporciones, pesa considerablemente en el interior de sus respectivos países. Además, porque sus efectos se extienden a escala internacional, como lo demuestra la nueva alza del precio del petróleo a la apertura de los mercados el lunes. Irán bajo los ayatolás, que juega literalmente su supervivencia contra la dupla Washington-Tel Aviv, resuelta a desmantelar su programa nuclear y neutralizar su potencia balística, cree poder enfrentar a Donald Trump y hacerlo plegar eventualmente, apostando una vez más al factor tiempo. Tras la eliminación de varios altos mandos en los ataques aéreos estadounidenses e israelíes, surgieron divisiones dentro del régimen iraní entre un sector moderado, partidario de un acuerdo con Washington para salvar lo esencial, y un sector intransigente liderado por la Guardia Revolucionaria, que se oponía firmemente a cualquier concesión. Es probable que este último sector esté detrás de la contrapropuesta iraní. Teherán juega todo por el todo aprovechando una coyuntura dual, interna e internacional, desfavorable al presidente estadounidense. Para resumir, la República Islámica capitaliza principalmente la polarización política en Estados Unidos, en particular las presiones internas a las que Trump está sometido para retirarse de una guerra que tiene un doble costo económico y político. Las repercusiones en la economía estadounidense pronto se tradujeron, como sabemos, en una fuerte inflación. En cuanto al costo político, son principalmente las elecciones legislativas las que lo determinarán. A nivel internacional, Irán confía principalmente en los siguientes factores: el fracaso estadounidense en atraer a los europeos a la guerra, que resultó en una fuerte tensión entre Washington y la OTAN; la neutralidad defensiva de los países árabes; las presiones derivadas de la interrupción del tráfico marítimo de petroleros a través del estrecho de Ormuz, que se ha convertido en una carta de presión importante en manos de los iraníes, a pesar del bloqueo impuesto por Estados Unidos a los puertos iraníes. Tampoco hay que olvidar la importancia estratégica de la visita de Donald Trump el miércoles a Pekín, aliado de Irán, y sus posibles repercusiones en el conflicto irano-estadounidense. Lo anterior puede explicar el endurecimiento del tono adoptado por Teherán después de entregar su respuesta al mediador pakistaní el domingo. Apenas fue entregada cuando el portavoz del ministerio iraní de Relaciones Exteriores, Esmaïl Baghaï, hizo publicar un comunicado con un mensaje claro a los estadounidenses sobre lo que presentó como la invencibilidad iraní: «A lo largo de la historia, los iraníes se han levantado no solo contra invasores aislados, sino también contra grandes potencias y legiones temibles, y siempre han salido de ello con honor». En el 53 a.C., en la batalla de Carras, el general Surena, al frente de fuerzas numéricamente inferiores en número y recursos, infligió una derrota rotunda a las legiones fuertemente armadas de Roma en una victoria de perfecta maestría asimétrica. Craso, uno de los hombres más ricos y poderosos de Roma, encontró allí la muerte. El mito de la invencibilidad romana se derrumbó definitivamente, y la ambición de expansión de Roma hacia Oriente se extinguió en el campo de batalla. La historia, se dice, siempre termina repitiéndose para quienes se rehúsan a mirarla de frente o a extraer sus lecciones». Poco después, la agencia iraní Tasnim, citando fuentes iraníes, minimizó la importancia del categórico rechazo estadounidense a las contrapropuestas iraníes. «Esto no tiene ninguna importancia. Nadie en Irán elabora planes para complacer a Trump (...) sino para el bien de la nación iraní. Si a Trump no le agrada, mejor. Este último no ama la realidad y es por eso que continúa perdiendo en Irán». Ni guerra ni paz La táctica iraní consiste así en mantener esta situación de ni guerra ni paz, más costosa al final para los estadounidenses que un fin de las hostilidades, con la esperanza de obtener tantos logros como sea posible. Una apuesta de alto riesgo que de hecho recuerda la aventura suicida en la que Hezbolá ha sumergido al Líbano tras la muerte del líder supremo iraní, Ali Jamenei, asesinado en un ataque estadounidense-israelí el 28 de febrero. ¿Cómo tiene previsto reaccionar el presidente estadounidense? ¿Reforzando y prolongando indefinidamente el bloqueo impuesto a Irán para ponerlo de rodillas, como lo recomendó el domingo por la noche el senador republicano Lindsey Graham? Este sugirió una operación «Proyecto Libertad Plus», pero sin desarrollar su idea. Una opción que Donald Trump no descartó el lunes en una declaración a Fox News. La operación en cuestión ha consistido hasta ahora en ayudar a los petroleros y otros cargamentos atrapados en el Mar de Omán y el Golfo a atravesar el estrecho de Ormuz, aún cerrado por los iraníes. ¿Recurrirá nuevamente a la opción militar con el apoyo de su aliado israelí? Una vez que la respuesta iraní llegó, el presidente estadounidense tuvo una conversación telefónica con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien debe celebrar esta noche una reunión de consultas con varios ministros y responsables militares israelíes. Israel permanece listo para intervenir y no oculta su voluntad de aplastar el régimen de los ayatolás para acabar de una vez por todas con la amenaza iraní. Por ahora, Donald Trump se abstiene de revelar sus intenciones. Calificando la respuesta iraní de «estúpida», se limitó a afirmar durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca que cuenta con un plan, «el mejor de todos los tiempos». «Irán no puede tener armas nucleares. Ha sido derrotado militarmente, totalmente. Queda un poco. Probablemente lograron reconstruirse durante este período. Estamos neutralizándolos en aproximadamente un día», dijo, insinuando que la tregua corre el riesgo de colapsar. Acusó a los iraníes de formular promesas y luego retractarse, prometiendo acabar rápidamente con el peligro que representan. Otra pregunta que preocupa en este contexto de pulso tenso: ¿buscará Irán, en el marco de su enfrentamiento con Estados Unidos, sabotear a través de Hezbolá las negociaciones libaneses-israelíes previstas para el jueves 14 y viernes 15 de mayo en Washington? Esta formación, que ha sumergido al Líbano contra su voluntad en el conflicto regional y que hasta ahora ha hecho oídos sordos a todas las órdenes de las autoridades dirigidas a poner fin a la escalada en curso, dispone de varios mecanismos para ejercer la máxima presión sobre ellas. El presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam celebraron el lunes cada uno una reunión preparatoria con el embajador estadounidense Michel Issa, quien asistirá a las conversaciones. Ambos pidieron a Washington que «presione» a Israel para que cese sus operaciones, mientras que sobre el terreno, los combates entre Hezbolá e Israel continúan con cada vez mayor intensidad.

Líbano y Siria: abrir una nueva página brillante

Las relaciones libano-sirias atraviesan nuevos puntos de inflexión a raíz de la importante visita que realizó el primer ministro libanés Nawaf Salam a Damasco al frente de una delegación ministerial, con el fin de fortalecer los lazos bilaterales entre ambos países e impulsarlos hacia una nueva era capaz de disipar los sedimentos de un período pasado en el que los problemas mutuos se habían ido acumulando y la confianza se había desvanecido, como consecuencia del papel perjudicial ejercido por la tutela siria sobre el Líbano durante más de treinta años. Parece que el tránsito desde las dificultades de la fraternidad hacia los espacios de la cooperación ha comenzado verdaderamente, aunque exige perseverancia, determinación y firmeza por parte de ambas direcciones, pues el camino hacia la reconstrucción de las relaciones libano-sirias es largo aunque no imposible, sino perfectamente factible, siempre que se asiente sobre las constantes de ambos países, alejándose tanto de la ruptura total (la experiencia de 1950) como de la tutela absoluta (1976-2005). Una cosa es cierta: ambas partes tienen un interés genuino en recorrer esta vía inevitable. Estas relaciones no pueden prosperar si se encaminan hacia una ruptura completa, como ocurrió en 1950. Si bien una de las causas de aquel quiebre radicaba en la contradicción fundamental entre las opciones estratégicas y económicas de ambos países, el cierre de las fronteras causó un perjuicio considerable a la economía libanesa, habida cuenta de que el corredor terrestre sirio constituye un punto de tránsito obligado para las mercancías libanesas con destino al interior del mundo árabe, afectando inevitablemente a la economía siria también. Hoy, cuando Siria se adentra en una nueva fase política tras la caída del régimen de Assad en diciembre de 2024, y comienza a atraer importantes capitales e inversiones gracias al levantamiento de las sanciones estadounidenses y la suspensión de la ley César, el Líbano está en condiciones de posicionarse como socio beneficiario de este movimiento económico, no desde una lógica de subordinación, sino de complementariedad. Los proyectos de interconexión eléctrica emprendidos también con Jordania son uno de los ejemplos más elocuentes de ello. Más allá del plano económico, por considerable que sea, existen expedientes que deben ser abordados, máxime ante los grandes cambios producidos en la región, tanto en Siria como en el Líbano, que permiten por fin abrir un debate serio y profundo, quizá el primero de tal naturaleza, entre ambos países, libre de los climas de dependencia y tutela que marcaron sus relaciones mutuas durante más de tres décadas. He aquí las prioridades ineludibles que deben examinarse con la cabeza fría y con plena calma, lejos de cualquier estrépito político o interferencia mediática que busque, aquí o allá, hacer retroceder las agujas del reloj. — Control y delimitación de fronteras: los contenciosos fronterizos entre Estados constituyen un hecho ordinario de las relaciones internacionales, y los expedientes vinculados a las fronteras suelen enredarse cuando las relaciones políticas se tensan. Existe una necesidad apremiante, que sirve a los intereses de ambos países, de controlar las fronteras, combatir el contrabando en ambos lados y adoptar las medidas de seguridad y militares necesarias para lograrlo. Pero lo más importante tiene que ver con la delimitación definitiva de las fronteras terrestres y marítimas entre ambos países, lo que implica dirimir el debate en torno a la identidad de las Granjas de Shebaa, utilizadas durante largo tiempo como pretexto para mantener el armamento de Hezbolá bajo el argumento de que están ocupadas por Israel, sobre todo a la luz de la negativa persistente del régimen derrocado de Bashar al-Assad a proporcionar a las Naciones Unidas o al gobierno libanés los documentos que acrediten su libanidad. — El expediente de los desplazados: si bien un gran número de desplazados sirios regresó a su país durante la guerra israelí contra el Líbano, resulta ineludible continuar abordando este importante expediente de modo que se garantice un retorno digno y decoroso de estos desplazados a sus hogares. Asimismo, es preciso regularizar el expediente de la mano de obra siria en el Líbano, que sigue siendo necesaria para la actividad económica libanesa, pero que debe desenvolverse en todo momento dentro del marco de las reglas jurídicas y los procedimientos legales vigentes. — El expediente de los detenidos y presos: mientras el Parlamento examina la ley de amnistía general susceptible de reparar la injusticia que pesa sobre centenares de presos no condenados y de aliviar el hacinamiento que sufren unos centros de reclusión ya de por sí deteriorados, el expediente de los detenidos sirios en las cárceles libanesas ha registrado avances notables, un expediente que puede contribuir a distender el ambiente entre ambos países, dada la importancia que las autoridades sirias conceden a esta cuestión. — El expediente de los depósitos sirios en los bancos libaneses: no se dispone de cifras precisas sobre el volumen de los depósitos sirios en los bancos libaneses; dichos depósitos han corrido la misma suerte que los de los ciudadanos libaneses en la banca comercial, un asunto que lleva cerca de seis años sin solución seria y que debería reactivarse sobre la base de la protección de los derechos de los depositantes, con independencia de su identidad o nacionalidad, pues se trata de un derecho adquirido del depositante, sin excepción alguna. — El expediente de los desaparecidos libaneses en Siria: no puede aceptarse que este expediente continúe envuelto en tal oscuridad. Ignorarlo constituiría una falta grave, pues las familias de estas personas tienen pleno derecho a conocer el paradero de sus seres queridos tras largos años de ausencia. Si el régimen anterior se empeñaba en ocultar su suerte, la nueva era en las relaciones entre ambos países debe arrojar plena luz sobre todas las circunstancias de este expediente. — El plano económico: es quizá uno de los expedientes más relevantes, que merece la atención sostenida de ambos países en virtud de los beneficios mutuos que pueden obtenerse: desde la agricultura, la industria y el comercio hasta la energía, la electricidad y otros ámbitos de importancia. En el plano político, si bien la supresión del Consejo Superior Líbano-Sirio — herencia de la era de la tutela — y su sustitución por relaciones diplomáticas normales entre Estados es un paso positivo, resulta no obstante imprescindible aprovechar la revisión de los acuerdos bilaterales efectuada en 2010 y actualizarlos en consonancia con las nuevas circunstancias políticas y con la nueva dinámica de las relaciones entre ambos países, fundada en el respeto mutuo y la no injerencia en los asuntos internos. Queda una ingente labor por realizar entre el Líbano y Siria en los planos político, económico y de seguridad, máxime cuando Israel sigue mordisqueando territorios sirios adicionales desde la caída del régimen de Assad, al tiempo que ocupa tierras libanesas que ha clasificado dentro de lo que denomina la "línea amarilla" en la guerra en curso. Sin que sea necesario volver a vincular ambas pistas como se hizo en tiempos de la tutela, la concertación y la coordinación no pueden sino beneficiar a ambos países, preparándolos para afrontar la próxima etapa con todas sus dificultades y complejidades, lo que resulta infinitamente preferible a persistir en un divorcio silencioso.

El escenario como salvación
Por
Zeina Ziadeh
Publicado

Entre Furn el-Chebbak y Monot, tuve la suerte de ver dos obras de teatro en el espacio de una semana. No voy a analizar nada aquí ni a debatir lo que vi. No soy crítica, y lo que atravesé durante esas funciones me pertenece de una manera demasiado íntima. Pero algo despertó en mí. Un deseo imperioso de hablar, no para juzgar, sino para dar testimonio. El teatro. La luz. El encuentro directo con el otro. Ese otro que se revela ante mí en su cuerpo y en su voz, en su sudor y en su respiración viva. Y yo voy sola, como si entre el teatro y yo existiera una cita amorosa. Me preparo para ese encuentro, elijo mi ropa con cuidado, camino hacia él con una ligereza que se parece a la nostalgia, y me siento en la oscuridad, esperando. Yo, la actriz, la espectadora, fui ellos entre el verano de 2024 y el invierno de 2025, cuando la ciudad temblaba y yo corría hacia el teatro, no lejos de allí. Durante ese período, el teatro se convirtió en un acto de resistencia personal, una forma de decir que mi vida todavía no había terminado y que el miedo no proclamaría su victoria sobre mi pasión. Ese día, ni siquiera estábamos seguros de que la función pudiera realizarse. La obra había sido aplazada al ritmo de los bombardeos que seguían cayendo, y cada jornada traía consigo la posibilidad de un nuevo retraso, de una cancelación o de algo peor. Y aun así, yo anhelaba ese día. Anhelaba que la gente viniera a sentarse allí donde el polvo descansaba sobre las butacas de cuero negro, que el teatro se llenara con la respiración de los cuerpos en lugar del silencio, que los aplausos regresaran más fuertes que los ruidos del exterior. Pero tampoco habría sufrido si ese día nunca llegaba. Le decía a mi compañero, una y otra vez: “Prefiero morirme ensayando que morirme viendo las noticias tirada en el sofá”. Y él siempre respondía, con una calma inmutable: “Sí, ve; ese es tu lugar”. Sí, ese era “mi lugar”. Prefería vivir y morir allí, bajo el calor de un reflector carcomido por el óxido, bajo el techo de un viejo cine en Bourj Hammoud, antes de dejar que me robaran la vida mientras todavía seguía respirando. Ese escenario era mi salvación. Sin él, yo no habría existido. Cuando algunos tuvieron miedo, cuando otros se agotaron y encontraron su salvación en otros países, yo la encontré allí, entre bastidores húmedos y olor a polvo, y un telón suspendido que ni se abre ni se cierra, y bajo una lámpara cuya luz ilumina el universo. Allí estaba mi espacio para respirar, allí empujábamos el derrumbe… nuestro derrumbe. Escribíamos textos mientras la ciudad se borraba, y reorganizábamos escenas mientras todo se deshacía afuera. Nos deteníamos con cada ruido repentino, escuchábamos durante unos segundos, y luego volvíamos al ensayo como si estuviéramos reparando el mundo frase por frase. Lo que entregué en esa obra había esperado veinte años, veinte años de memoria acumulada, de palabras que había escondido en mis textos, de rostros que me atravesaron sin abandonarme jamás, y de un miedo que no sabía dónde dejar salvo sobre el escenario, con todo el valor que eso exigía. Entre la verdad y la interpretación estaba mi actuación, decir sin terminar de confesar, esconderme detrás del personaje mientras me desnudaba por completo. Le robaba palabras a mi propia vida, a mis decepciones un lenguaje corporal, a mi soledad un color de voz. Y mientras más se acercaba el escenario a mí, más aplaudía la gente, y esos aplausos eran… mi pulso. El teatro no era un lujo. No era ni un pasatiempo, ni un espacio de escape o de terapia, sino una declaración de existencia. La declaración de que nuestros cuerpos todavía no se habían convertido en cifras, y de que nuestras voces… todavía llegaban a destino. Y hoy, cuando me siento sola en la oscuridad y veo a un actor realizarse bajo la luz, siento que alguien vuelve a sobrevivir. Y siento que yo también me reencuentro, esa mujer que un día corrió hacia un viejo teatro para sobrevivir al mundo sobre un escenario.