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Crónicas del umbral

El escenario como salvación

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Por Zeina Ziadeh
Publicado may 11, 2026 - 18:29

Entre Furn el-Chebbak y Monot, tuve la suerte de ver dos obras de teatro en el espacio de una semana.

No voy a analizar nada aquí ni a debatir lo que vi. No soy crítica, y lo que atravesé durante esas funciones me pertenece de una manera demasiado íntima.

Pero algo despertó en mí.

Un deseo imperioso de hablar, no para juzgar, sino para dar testimonio.

El teatro.

La luz.

El encuentro directo con el otro.

Ese otro que se revela ante mí en su cuerpo y en su voz, en su sudor y en su respiración viva.

Y yo voy sola,

como si entre el teatro y yo existiera una cita amorosa.

Me preparo para ese encuentro,

elijo mi ropa con cuidado,

camino hacia él con una ligereza que se parece a la nostalgia,

y me siento en la oscuridad, esperando.

Yo, la actriz, la espectadora,

fui ellos entre el verano de 2024 y el invierno de 2025,

cuando la ciudad temblaba y yo corría hacia el teatro, no lejos de allí.

Durante ese período, el teatro se convirtió en un acto de resistencia personal,

una forma de decir que mi vida todavía no había terminado y que el miedo no proclamaría su victoria sobre mi pasión.

Ese día, ni siquiera estábamos seguros de que la función pudiera realizarse.

La obra había sido aplazada al ritmo de los bombardeos que seguían cayendo,

y cada jornada traía consigo la posibilidad de un nuevo retraso, de una cancelación o de algo peor.

Y aun así, yo anhelaba ese día.

Anhelaba que la gente viniera a sentarse allí donde el polvo descansaba sobre las butacas de cuero negro,

que el teatro se llenara con la respiración de los cuerpos en lugar del silencio,

que los aplausos regresaran más fuertes que los ruidos del exterior.

Pero tampoco habría sufrido si ese día nunca llegaba.

Le decía a mi compañero, una y otra vez:

“Prefiero morirme ensayando que morirme viendo las noticias tirada en el sofá”.

Y él siempre respondía, con una calma inmutable:

“Sí, ve; ese es tu lugar”.

Sí, ese era “mi lugar”.

Prefería vivir y morir allí,

bajo el calor de un reflector carcomido por el óxido,

bajo el techo de un viejo cine en Bourj Hammoud,

antes de dejar que me robaran la vida mientras todavía seguía respirando.

Ese escenario era mi salvación. Sin él, yo no habría existido.

Cuando algunos tuvieron miedo, cuando otros se agotaron y encontraron su salvación en otros países,

yo la encontré allí,

entre bastidores húmedos y olor a polvo, y un telón suspendido que ni se abre ni se cierra, y bajo una lámpara cuya luz ilumina el universo.

Allí estaba mi espacio para respirar,

allí empujábamos el derrumbe… nuestro derrumbe.

Escribíamos textos mientras la ciudad se borraba,

y reorganizábamos escenas mientras todo se deshacía afuera.

Nos deteníamos con cada ruido repentino,

escuchábamos durante unos segundos,

y luego volvíamos al ensayo como si estuviéramos reparando el mundo frase por frase.

Lo que entregué en esa obra había esperado veinte años,

veinte años de memoria acumulada,

de palabras que había escondido en mis textos,

de rostros que me atravesaron sin abandonarme jamás,

y de un miedo que no sabía dónde dejar salvo sobre el escenario, con todo el valor que eso exigía.

Entre la verdad y la interpretación estaba mi actuación,

decir sin terminar de confesar,

esconderme detrás del personaje mientras me desnudaba por completo.

Le robaba palabras a mi propia vida,

a mis decepciones un lenguaje corporal,

a mi soledad un color de voz.

Y mientras más se acercaba el escenario a mí,

más aplaudía la gente,

y esos aplausos eran… mi pulso.

El teatro no era un lujo.

No era ni un pasatiempo, ni un espacio de escape o de terapia,

sino una declaración de existencia.

La declaración de que nuestros cuerpos todavía no se habían convertido en cifras,

y de que nuestras voces… todavía llegaban a destino.

Y hoy,

cuando me siento sola en la oscuridad

y veo a un actor realizarse bajo la luz,

siento que alguien vuelve a sobrevivir.

Y siento que yo también me reencuentro,

esa mujer que un día corrió hacia un viejo teatro

para sobrevivir al mundo sobre un escenario.

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