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Un Ojo sobre el evento

Guerra abierta… Las preguntas de los gazatíes

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Lo que queda de Gaza bajo control palestino.
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Por Hisham Dibsi
Publicado may 12, 2026 - 16:44

Durante una entrevista a distancia con un activista que participó en las elecciones locales y municipales de la ciudad de Deir al Balah, este explicó las razones que lo llevaron a votar por primera vez: quería experimentar la sensación de igualdad con el votante judío, cuya opinión es consultada cada semana en todos los ámbitos de la vida israelí. También expresó el deseo de sentir, aunque fuera mínimamente, cierto equilibrio humano como habitante originario de la tierra, para reducir la brecha abierta por la aplastante superioridad de Israel, respaldada por su ejército moderno y por el Domo de Hierro que lo protege, mientras que los hijos de esta tierra apenas poseen la capacidad de sobrevivir, sin importar la magnitud de los abusos, la brutalidad y la humillación.

Esta realidad gazatí también se replica en Cisjordania, junto con la anexión de tierras y su judaización, sin contar la construcción de asentamientos.

Pero la segunda cuestión difícil radica en acercarse a la línea amarilla que separa el este del oeste del territorio, una proximidad que puede conducir a la muerte “por inteligencia artificial”. Este peligro surge del desplazamiento permanente de los límites de esa línea según las necesidades diarias del ejército de ocupación, necesidades definidas como existenciales, frente a las cuales la sacralidad de la vida desaparece.

La tercera cuestión se refiere al ingreso de ayuda alimentaria y médica, que la supervisión israelí calcula según la cantidad de calorías que entran al territorio. No es una exageración: es una realidad anunciada oficialmente, para que el gobierno israelí no sea considerado responsable de una hambruna provocada sobre una población ya sumida en la más profunda precariedad.

Solidaridad

El indignante espectáculo de la política sistemática de hambre sirvió como un poderoso detonante para el lanzamiento de la “Global Sumud Flotilla” el pasado mes de abril, llevando consigo una constelación de activistas internacionales, algo de comida y mucha compasión. Sus embarcaciones partieron de puertos de España y Francia bajo un fuerte llamado a romper el bloqueo hermético impuesto sobre Gaza.

Sin embargo, el portavoz del Departamento de Estado estadounidense, Tommy Pigott, consideró inaceptable lo que estaba ocurriendo y afirmó, según los diarios del 5 de mayo, que “de acuerdo con el derecho internacional, los puertos son considerados aguas interiores sobre las que los Estados ejercen su soberanía”. Se trataba de una crítica al comportamiento de los gobiernos francés y español y a su complacencia en una cuestión que calificó como “soberana”, ignorando que el puerto de Gaza no es israelí, y sin parecer notar tampoco que los ciento setenta y cinco activistas tenían pleno derecho a expresar sus opiniones, sin que ninguno de ellos fuera buscado por terrorismo.

Por su parte, el primer ministro israelí no dudó un instante en lanzar una operación naval y aérea contra veinte embarcaciones pacíficas en aguas internacionales frente a Creta, para luego exhibir una demostración de fuerza en la que se jactó de haber “logrado impedir que la flota alcanzara su destino” y de que sus pasajeros no tenían más opción que “ver Gaza por YouTube”, según sus propias declaraciones del 20 de abril.

En sus testimonios sobre el desarrollo de las detenciones, los activistas de la campaña de solidaridad describieron los métodos utilizados por los comandos israelíes, entre ellos el uso del “bastón de descarga eléctrica” para paralizar cualquier resistencia física. Uno de ellos lanzó incluso un llamado para que el gobierno israelí se dote de un “Domo moral” que los proteja, en lugar del Domo de Hierro.

Destino

Las grandes operaciones militares en la Franja de Gaza terminaron oficialmente el 10 de octubre del año pasado con el anuncio del plan de veinte puntos del presidente Trump. Sin embargo, han transcurrido siete meses y todavía seguimos en la aplicación del primero. Más de siete mil víctimas han muerto durante este período, mientras cerca del ochenta y cinco por ciento de la población, es decir, un millón novecientos mil desplazados, continúa viviendo en refugios improvisados ante la falta de tiendas nuevas, cuyo ingreso es prohibido por la supervisión israelí. Esta también impide la entrada de maquinaria pesada necesaria para retirar los escombros, además de limitar el número de camiones de ayuda alimentaria autorizados a ingresar.

Durante las últimas negociaciones en El Cairo, Israel condicionó el paso al segundo punto del plan Trump al desarme previo de Hamás, algo que el movimiento rechazó exigiendo primero una retirada israelí. La población del territorio observa así la evolución de las negociaciones sin que nadie se digne responder la pregunta fundamental que la atormenta: la de su propio destino y no el de las armas. Por su parte, la dirigencia de Hamás parece segura de su posición pese al asesinato, la semana pasada, de su jefe local Azzam al Hayya, hijo del principal dirigente del movimiento.

La mayoría de los habitantes de Gaza ignora que el actual líder de Hamás, Khalil al Hayya, obtuvo un acuerdo de la Casa Blanca, Qatar y Turquía que permite a los aparatos policiales y gubernamentales del movimiento ejercer su autoridad en la parte occidental del territorio mientras llegan las “fuerzas de paz”, las cuales se encuentran a su vez atrapadas en un callejón sin salida, incapaces de cumplir la misión asignada debido a las divergencias entre los países miembros del “Consejo de Paz” sobre la definición de su mandato, las condiciones israelíes deliberadamente inaceptables y las demoras en la ejecución de los compromisos de la primera fase.

Al mismo tiempo, el ejército israelí logró imponer hechos consumados sobre el terreno en materia de desarme al equipar y armar grupos de delincuentes marginales y criminales profesionales, a quienes además brinda protección, mientras las familias y clanes recurrieron al armamento individual y algunas facciones continúan adquiriendo armas ligeras suficientes para ejercer cierta influencia local.

En definitiva, hoy conviven en este territorio el arsenal israelí en toda su magnitud, lo que queda de las armas de Hamás y de sus aparatos de seguridad, las armas de los grupos colaboracionistas y, finalmente, las de las familias, clanes y demás facciones. Precisamente por eso, el debate sobre la prioridad del desarme cumple una función muy concreta: perpetuar el estado de militarización en la Franja de Gaza como pretexto para mantener el statu quo, en beneficio del gobierno de Netanyahu, que puede explotar políticamente las armas de Hamás y de otros grupos para prolongar la ocupación por tiempo indefinido, mientras continúan las operaciones de control y anexión de la parte oriental de Gaza. Y eso es lo que hoy otorga a la cuestión del destino de los habitantes de Gaza una dimensión verdaderamente central.

¿Dónde está la Autoridad?

Desde el sangriento golpe de fuerza llevado a cabo por Hamás contra la Autoridad Palestina en la Franja de Gaza en 2007, el movimiento construyó sus propios aparatos gubernamentales y policiales paralelos. La Autoridad Nacional en Ramala, por su parte, continuó pagando los salarios de alrededor de treinta y siete mil funcionarios civiles y militares, quienes, sin embargo, permanecen fuera del servicio efectivo en el territorio.

Dado que la cuestión de la apertura de los pasos en la frontera palestino-egipcia está regulada por un acuerdo formal entre Israel y la Autoridad bajo mediación estadounidense y europea, el retorno de la Autoridad a su papel en la gestión del paso de Rafah, junto con la preparación de unos diez mil nuevos agentes de policía entrenados en Egipto y Jordania a la espera de ingresar al territorio con la fuerza internacional de paz, podría permitirle contribuir a la construcción de una solución.

Además, su presencia política está estrechamente ligada a su capacidad para ejecutar su proyecto de organizar elecciones legislativas y presidenciales antes de finales de este año, algo que sigue siendo posible si las circunstancias lo permiten y si la administración estadounidense acepta impedir los obstáculos israelíes. El plan de paz de Trump prevé, en efecto, que el “Comité de Administración de Gaza” desempeñe el papel de gobierno local provisional, pero dicho comité aún no ha logrado entrar en el territorio debido al bloqueo israelí y a las persistentes dificultades para conformar la fuerza internacional de paz.

Los gazatíes se hacen cada vez más preguntas sobre aquello a lo que está ligado su destino: al desenlace del conflicto con Irán, a lo que ocurre en el Líbano, o a las intenciones claramente expresadas por los pilares del gobierno de Netanyahu de no retirarse del territorio e incluso anexar parte de él como zona de amortiguamiento.

Son preguntas para las que los habitantes de Gaza no encuentran respuestas convincentes mientras la guerra no deponga las armas.

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