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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9)

Esta serie de artículos tiene como objetivo comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto las realidades y dejan al lector sacar las conclusiones que se imponen. Las ocho entregas anteriores abordaron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso del poder de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif, pasando por la retirada del ejército israelí del Líbano en mayo de 2000, la instauración de un “Hezbolistán” en el sur y la guerra de 2006. El presente artículo explora las consecuencias y el desarrollo posterior de la guerra de 2006. La batalla de Wadi al Houjeyr, también conocida como batalla de Wadi Slouqi, en el sector central de la frontera entre Líbano e Israel, tuvo lugar entre el 11 y el 13 de agosto de 2006. Fue uno de los enfrentamientos más costosos para el ejército israelí. El objetivo de las fuerzas del Estado hebreo era cruzar el valle de Slouqi hacia el norte para alcanzar el río Litani antes de la entrada en vigor del alto el fuego que ya se perfilaba. El valle de Slouqi, conocido también como Wadi al Houjeyr, es un paso escarpado y encajonado. En este lugar, los combatientes de Hezbolá utilizaron masivamente misiles antitanques Kornet, capaces de perforar blindajes dobles, disparados desde posiciones ocultas en las alturas y en las aldeas circundantes. Tan pronto como los tanques Merkava israelíes ingresaron en el paso, quedaron atrapados bajo fuego cruzado de misiles Kornet. La falta de coordinación inicial entre la infantería y las unidades blindadas de los atacantes dejó a estas últimas sin protección frente a los tiradores de misiles emboscados. Se suponía que la infantería debía cubrir el avance de los tanques mediante fuego de mortero para dificultar la acción de los operadores de misiles ocultos, algo que no se realizó de manera eficaz. Esta batalla es citada con frecuencia por los partidarios de Hezbolá como la “masacre de los Merkava”. Las pérdidas israelíes ascendieron a 33 soldados muertos y decenas de heridos, además de una veintena de tanques Merkava alcanzados, dos de ellos destruidos. Del lado de Hezbolá se contabilizaron alrededor de 40 muertos. El ejército israelí logró finalmente cruzar el valle el 13 de agosto; sin embargo, la entrada en vigor del alto el fuego el 14 de agosto de 2006 detuvo cualquier avance posterior. En este eje, las tropas israelíes habían atravesado la localidad de Ghandourieh y detuvieron su progresión al norte de esa población, a pocos kilómetros del Litani, su objetivo inicial. Ataques contra puentes, carreteras e infraestructuras Durante la guerra de 2006, Israel atacó en 33 días 109 puentes y 130 carreteras en todo el Líbano. Uno de los objetivos era el aislamiento táctico del sur del país mediante la destrucción de los puentes sobre el río Litani para cortar las vías de comunicación entre el sur y Beirut. Esta acción buscaba impedir que Hezbolá enviara refuerzos, municiones y equipamiento militar al frente. También perseguía otros dos objetivos. El primero consistía en impedir que Hezbolá desplegara misiles pesados en regiones libanesas distintas al sur del país. Un ejemplo fue la destrucción de un puente que conectaba Baabda con Beirut después del despliegue de un misil que había cruzado por esa vía oculto dentro de un contenedor de 40 pies en la carretera Baabda-Wadi Chahrour. El segundo objetivo era impedir el traslado fuera del país de los dos soldados israelíes capturados al inicio de la guerra, destruyendo los puentes y carreteras que conducían hacia Siria. Los bombardeos contra infraestructuras consideradas “vitales”, entre ellas el Aeropuerto Internacional Rafic Hariri y la central eléctrica de Jiyeh, tenían como propósito paralizar la economía libanesa y presionar al gobierno para que desarmara a Hezbolá. La destrucción de estas vías dificultó gravemente la llegada de ayuda humanitaria, transformando numerosas localidades del sur en zonas aisladas. Esta estrategia se inscribía en el marco de la doctrina Dahiya (o Dahieh), una táctica militar israelí de guerra asimétrica que promueve el uso de una fuerza masiva y desproporcionada contra infraestructuras civiles en zonas que sirven de base a Hezbolá, Hamás y otros grupos armados, como respuesta a ataques contra territorio israelí. Adoptada desde la guerra de 2006 y formulada oficialmente en 2008 por Gadi Eizenkot, entonces jefe del Estado Mayor israelí, esta doctrina considera que las aldeas o barrios desde los cuales se lanzan misiles no son zonas civiles, sino bases militares. Las causas de los fracasos tácticos israelíes Una comisión de investigación del gobierno israelí, presidida por el juez retirado Eliyahu Winograd, fue encargada de examinar los errores políticos y militares de Israel durante la guerra de 2006 contra Hezbolá. El informe final concluyó que Israel había sufrido un fracaso estratégico y militar, señalando deficiencias de mando y preparación. Como consecuencia, el Estado hebreo reformó su doctrina terrestre, aceleró el desarrollo de un sistema de defensa antimisiles de corto alcance conocido como Cúpula de Hierro y generalizó la instalación de un sistema de protección activa denominado Trophy en sus vehículos blindados. Este sistema, que posteriormente fue vendido al ejército estadounidense, consiste en interceptar misiles antitanques antes de que impacten contra el blindaje de los vehículos. Un carro de combate Merkava durante maniobras en el Néguev. (AFP) El informe Winograd reveló además la vulnerabilidad del tanque Merkava frente a los cohetes RPG-29 y los misiles de precisión Kornet y Metis-M utilizados por Hezbolá. Todos ellos emplean cargas en tándem, es decir, dobles cargas explosivas capaces de perforar el Merkava, equipado con blindaje doble interno y externo. El blindaje exterior es reactivo, lo que significa que explota para desviar los misiles antitanque convencionales; sin embargo, las municiones de carga en tándem están diseñadas para superar esa protección y penetrar el vehículo. Durante la guerra de 2006, 52 tanques Merkava fueron alcanzados por este tipo de municiones, causando la muerte de 30 soldados. De esos vehículos, cinco fueron destruidos por completo. Entre los restantes, 24 fueron perforados y 23 sufrieron daños menores. Los 47 tanques no destruidos fueron posteriormente reparados y reincorporados al servicio. Más allá de la eficacia de los cohetes y misiles de carga en tándem, el informe Winograd sostiene que los Merkava fueron alcanzados principalmente debido a errores tácticos sistémicos en su empleo. El documento también critica la falta de cooperación entre la aviación, la infantería y las fuerzas blindadas israelíes, así como la preparación insuficiente de los reservistas, quienes no habían realizado maniobras blindadas durante seis años. Un precedente en la historia militar El uso masivo de cohetes RPG-29 y misiles Kornet y Metis, todos equipados con cargas en tándem, marcó un punto de inflexión en la historia militar. Aunque estas armas ya habían sido empleadas de manera esporádica durante la guerra de Chechenia en los años noventa y durante la guerra de Irak contra las fuerzas estadounidenses en 2003, el conflicto de 2006 demostró por primera vez la eficacia de su uso masivo por parte de una milicia contra tanques equipados con blindaje reactivo. Además, las sofisticadas tácticas de Hezbolá y los preparativos realizados para esta guerra evidenciaron la magnitud de la implicación iraní en el Líbano y constituyeron una importante lección estratégica en materia de guerras asimétricas. Muy probablemente, los ucranianos extrajeron enseñanzas de este conflicto, ya que sus tácticas durante las primeras semanas de la ofensiva rusa de 2022 presentaron numerosas similitudes con las empleadas por Hezbolá. La diferencia radicaba en que sus misiles antitanques de carga en tándem eran de fabricación occidental: el Javelin, equivalente al Kornet, y el NLAW, equivalente al Metis-M. Leer sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (1)

El Hezb o la hegemonía a través de la censura y la sanción

Entre 1984 de George Orwell y El extranjero de Albert Camus existe un hilo común en la descripción de los mecanismos de control, o más bien del marco general de dominación, que guarda una singular relación con lo que ha ocurrido en Líbano durante los últimos años, desde que el poder se consolidó en manos de Hezbolá y bajo su dirección. Existe una extraña convergencia entre los universos de Orwell y Camus, aunque a primera vista parezcan completamente distintos: el mundo de la opresión externa en Orwell y el mundo del absurdo y el desapego existencial en Camus. En Orwell, el individuo está sometido a una vigilancia externa absoluta. El Gran Hermano no solo supervisa los comportamientos, sino que intenta apropiarse de la propia conciencia. El objetivo no se limita a la obediencia, sino que busca borrar cualquier posibilidad de disidencia interior. La libertad está amenazada desde el exterior y el individuo, Winston, intenta recuperar su propia esencia mediante la rebelión. En Camus, la situación es casi la inversa. Ninguna autoridad totalitaria visible vigila al protagonista, Meursault. El problema no es una supervisión externa, sino un vacío interior. Meursault no se rebela porque simplemente no ve nada que merezca oposición. Sin embargo, la sociedad no tolera esa neutralidad: lo juzga no solo por su crimen, sino también por su falta de conformidad emocional, por no haber llorado en el funeral de su madre. En 1984 , la sociedad impone una vigilancia total y el individuo intenta escapar de ella para recuperar su humanidad. En El extranjero , el individuo no se somete espontáneamente a las normas establecidas y la sociedad ejerce sobre él una vigilancia retrospectiva para devolverlo al “comportamiento adecuado”. En otras palabras, Orwell describe una sociedad que previene la disidencia antes de que ocurra, mientras que Camus describe una sociedad que la castiga una vez que se ha manifestado. La opresión en Orwell es política e institucional; en Camus es moral y social. En el universo de Orwell, el individuo no puede apartarse de la norma porque la vigilancia es preventiva y total. Y si aun así se desvía, como ocurre con Winston, será completamente reformateado y obligado a amar al propio poder. Esta “restitución” resulta aún más aterradora porque no consiste en un regreso a un comportamiento ordinario, sino en una recreación del ser humano desde su interior. En ambas obras, la sociedad no tolera el alejamiento del “modelo” y ejerce una vigilancia cuyo objetivo final es devolver al individuo a la norma, ya sea mediante la persuasión coercitiva, en Camus, o mediante una reprogramación completa, en Orwell. En Camus, la norma es moral y social, y lo que se exige es sentir correctamente. En Orwell, la norma es política e ideológica, y lo que se exige es pensar correctamente. Ambos universos plantean algo profundamente inquietante: el problema no radica únicamente en la conducta, sino en el hecho de que la sociedad aspira a unificar la propia interioridad humana, ya sean los sentimientos o los pensamientos. Meursault es condenado porque no siente como debería; Winston es destruido porque no piensa como debería. Si ahora reemplazamos la palabra “sociedad” por “Hezbolá”, ¿no descubrimos acaso que este partido ha llevado a cabo una forma de opresión semejante a la descrita por Orwell en 1984 , mientras trata a sus partidarios y defensores del mismo modo en que la “sociedad” trata a Meursault en la novela de Camus? Aplicada a Hezbolá, esta lectura revela que el partido ha llevado a cabo una recomposición de la conciencia colectiva, mediante la persuasión, la identidad y el relato, en un registro cercano al “Orwell simbólico”, recurriendo al mismo tiempo al castigo directo frente al rechazo, algo más próximo al “Camus concreto”. Incluso añadió a su sistema de vigilancia una dimensión religiosa, mediante acusaciones de apostasía y de ruptura con la fe. Su supervisión de los comportamientos sociomorales se asemeja también a la que aparece en Camus: llega incluso a prohibir la expresión de ciertas formas de duelo, puesto que “el mártir ha ascendido a los cielos con alegría”. Lo que resulta más temible que la muerte es ser reformateado hasta el punto de dejar de percibirse como alguien distinto del poder o de la comunidad. Es precisamente ahí donde Orwell y Camus convergen en el método que Hezbolá ha practicado: el primero al expresar la fractura de la interioridad, el segundo al expresar el castigo de quienes se niegan a encajar en “el marco establecido” mediante la cultura del sahsouh (N. del T.: castigo impuesto a quien se atreve a expresar una opinión contraria a las fuerzas dominantes). Se entiende entonces que la dominación de Hezbolá sobre una gran parte de la comunidad chiita y sobre resortes fundamentales del Estado libanés no ha sido el resultado de un único factor simple, ni puede explicarse únicamente por la fuerza militar o por la legitimidad popular. Lo ocurrido es el producto de una acumulación histórica compleja que combina violencia, control identitario y una profunda reconfiguración interna de la sociedad. Para comprender este proceso es necesario analizar tres mecanismos estrechamente articulados entre sí. I. La coerción: fundación del poder e imposición de los hechos consumados Durante la década de 1980, en el contexto de la guerra civil libanesa, la confrontación no era únicamente política: era una lucha por la existencia y la hegemonía dentro de la propia comunidad. Este período estuvo marcado por la eliminación o marginación de corrientes intelectuales y militantes, entre ellas las representadas por Hassan Hamdane, Hussein Mroué y otros, incluidos miembros de la resistencia con afiliaciones comunistas, izquierdistas o liberales. También hubo enfrentamientos entre Hezbolá y otras fuerzas chiitas, especialmente el movimiento Amal, en lo que se conoció como la “guerra entre hermanos”. Hezbolá recurrió a la violencia, los secuestros y la disuasión directa tanto contra el entorno libanés como contra actores extranjeros: atentados contra embajadas, toma de rehenes, entre otros. Asimismo, impuso determinados comportamientos mediante la fuerza o la amenaza en distintas comunidades. Esto significa que Hezbolá no surgió en un entorno de “adhesión libre”, sino en uno parcialmente reconfigurado por la coerción. Nos encontramos aquí ante lo que podría denominarse la fase fundacional orwelliana, aquella en la que primero se imponen las fronteras y después se construye la legitimidad. II. El control social o la transformación de la coerción en “comportamiento natural” Tras la consolidación de la hegemonía, se produjo la transformación más decisiva: ya no se trataba únicamente de controlar, sino de reconfigurar la sociedad desde dentro. Este proceso se llevó a cabo mediante la imposición de normas de conducta religiosas, sociales y culturales; mediante intentos de imponer el uso del velo a través de amenazas de desfiguración con ácido y posteriormente mediante incentivos económicos, entregando sumas de dinero a cambio de llevarlo. Luego se construyó una rígida dicotomía entre “resistente” y “traidor”, entre “conforme” y “desviado”, mientras una intensa presión social recaía sobre los disidentes, desde ataques a su reputación hasta el aislamiento y las acusaciones de traición. En esta etapa, la opresión ya no era siempre directa: se había vuelto difusa e integrada en el propio tejido social. La sociedad había comenzado a vigilar a sus propios miembros. Aquí reaparece la lógica camusiana: el individuo no es castigado únicamente por lo que hace, sino por negarse a ajustarse al modelo colectivo. III. La construcción del marco que produce convicción e identidad La etapa más decisiva para el éxito de este modelo fue la construcción de un relato poderoso capaz de dar sentido a todo lo anterior. Este relato se apoyó en la idea de la resistencia y la dignidad, en la protección de la comunidad frente a amenazas externas, en la exaltación del sacrificio, el sufrimiento y el martirio, así como en la fusión de lo religioso con lo político y lo identitario. Paralelamente, se desarrollaron redes de servicios sociales, instituciones educativas, sanitarias y culturales, junto con una arquitectura de solidaridad interna visible en la multiplicación de celebraciones religiosas y la creación de rituales y costumbres importados en gran medida de Irán. Fue entonces cuando se produjo la transformación decisiva: el paso de una sociedad sometida a una sociedad convencida, al menos en parte. Es en la obra de Erich Fromm donde encontramos una explicación para este comportamiento: el ser humano no solo huye de la opresión, sino que a veces elige la conformidad porque le proporciona una sensación de seguridad y pertenencia a la comunidad. IV. El recurso a la coerción y la represión política A pesar del éxito del control social y de la construcción de un cuerpo de creencias compartidas, la coerción política siguió presente en los momentos de crisis. Se manifestó a través de acontecimientos internos decisivos como los de 2008, mediante un clima de asesinatos y disuasión política que se extiende desde el asesinato de Rafic Hariri hasta el de Lokman Slim, y mediante la consolidación de líneas rojas infranqueables: los Acuerdos de Doha, el tercio de bloqueo y las camisas negras. Estos episodios cumplen una función fundamental: recordar permanentemente que la fuerza sigue presente. De este modo se mantiene un equilibrio entre la convicción por un lado y el miedo por el otro. V. ¿Cómo se constituyó el “consentimiento aparente”? Lo que parece ser un “consentimiento” dentro de este entorno no puede simplificarse: es el resultado de una compleja combinación de factores. Convicción genuina en una parte de la población, adaptación en otra, miedo o silencio en otros sectores, junto con la ausencia de alternativas creíbles que completen el panorama. El “consentimiento” es, en realidad, una estructura compuesta y no una posición uniforme. Al final de este largo recorrido, nos encontramos en una situación en la que el partido ya no domina únicamente mediante la fuerza, sino también a través de la identidad y del marco mediante el cual el individuo se comprende a sí mismo, interpreta su sufrimiento y justifica sus decisiones, percibiéndolas como lógicas, legítimas y dotadas de sentido. La propia sociedad participa entonces, al menos parcialmente, en la reproducción de esta hegemonía. El control deja de ser exclusivamente externo para convertirse también en interno. ¿Qué ocurre hoy? Sin embargo, las transformaciones recientes, bajo la presión de los acontecimientos regionales y de la violencia externa, han generado una brecha entre el relato y la realidad, así como cuestionamientos internos que permanecen en gran medida silenciosos y procesos de reevaluación que rara vez se expresan públicamente. Al mismo tiempo, la amenaza exterior sigue reforzando la cohesión interna y la presión social impide una explosión abierta de esas tensiones. Por ello, hoy atravesamos una etapa de sacudida silenciosa, sin que se vislumbre todavía una transformación clara ni definitiva en el horizonte.

Diplomacia bajo el fuego: Trump amenaza a Teherán con nuevos ataques

La tensión sigue aumentando en la región, aunque por ahora permanece bajo control. Todo indica que Teherán y Washington, que mantienen un intercambio de mensajes a través del mediador pakistaní, han optado por una nueva táctica: la de la diplomacia bajo el fuego. Desde esa perspectiva se interpretan hoy los eventos militares desencadenados por Irán en la región durante las últimas cuarenta y ocho horas. Asfixiada por el bloqueo marítimo que Washington impone a sus puertos, la República Islámica, que hasta ahora jugaba al desgaste, ya no tiene más opción que la militar para aliviar la presión que se ejerce sobre ella en dos frentes. El primero tiene que ver con las negociaciones directas líbano-israelíes para un acuerdo de paz. Si se concluye, dicho acuerdo pondrá fin inevitablemente a su influencia sobre el Líbano a través de Hezbolá, justo cuando se esfuerza por incluir el expediente del partido en la agenda de sus eventuales conversaciones con Washington, con el fin de imponer sus condiciones. El segundo se refiere a sus propias negociaciones con Estados Unidos en busca de un alto el fuego duradero. Al derribar el martes un helicóptero militar estadounidense tipo Apache que patrullaba en aguas internacionales del estrecho de Ormuz, Irán pasó a una fase superior en su enfrentamiento con Estados Unidos, que reaccionó de inmediato lanzando dos oleadas de ataques contra sistemas de defensa antiaérea y radares en los alrededores del estrecho de Ormuz, según el medio estadounidense Axios. Explosiones sucesivas resonaron durante la noche a lo largo de la costa sur de Irán. Según el Mando Militar estadounidense para Oriente Medio (Centcom), se trata de «ataques de autodefensa, por orden del comandante en jefe», en referencia al presidente Donald Trump. Irán respondió lanzando ataques contra bases estadounidenses en Baréin, Jordania y Kuwait. «Ataques inminentes» Aunque no ha abandonado la opción diplomática, el presidente estadounidense, que no dejaba de afirmar que un «buen» acuerdo con Teherán estaba a punto de cerrarse, cambió radicalmente de tono el miércoles. Se mostró amenazante, dejando entrever que es consciente del juego iraní y que no tiene intención de caer en él. El señor Trump reafirmó, durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, que tiene previsto «volver a golpear a Irán hoy», el miércoles, y que contempla un ataque a gran escala contra centrales eléctricas y puentes. Lanzó estas amenazas tras denunciar la duplicidad de Teherán. «Los vamos a atacar, a atacar muy duramente. Estábamos realmente a punto de cerrar un acuerdo, pero no paran de engañarnos, se burlan de nosotros», declaró en el Despacho Oval. En su red Truth Social había escrito horas antes que Irán «tardó demasiado en negociar un acuerdo que habría sido excelente para él», pero que «ahora tendrá que pagar el precio», cuando la víspera, antes del incidente del Apache, había anunciado un «muy, muy buen acuerdo» para «dos o tres días». «Irán es mucho ruido y pocas nueces. ¡El tirano de Oriente Medio está MUERTO!», añadió el presidente estadounidense, recordando que el ejército iraní ha sido aniquilado. Sin embargo, ese ejército iraní conserva su capacidad de causar daño, como lo demuestran los lanzamientos nocturnos de misiles contra Israel en la noche del lunes al martes. Ese ataque se produjo tras los raids de Israel contra el suburbio sur de Beirut el domingo, lanzados en represalia por los ataques de Hezbolá contra el norte del territorio israelí. La escalada puede atribuirse fácilmente al régimen de los mulás, que amenazaba a Israel con represalias en caso de ofensiva contra el suburbio sur, mientras que el Estado hebreo había prometido ataques contra ese bastión de Hezbolá si la formación proiraní mantenía sus ataques contra su territorio. Perjudicado por el acuerdo de alto el fuego líbano-israelí impulsado por Washington, y presumiblemente presionado por su padrino iraní, Hezbolá no dudó en lanzar cohetes hacia Galilea, desencadenando así una respuesta israelí, seguida de una contraofensiva iraní igualmente esperada. A pesar de la escalada, la tensión se mantiene bajo control, como lo demuestra la misión catarí que se lleva a cabo actualmente en Teherán, en coordinación con Washington. Sin embargo, el fuego sigue latente. ¿Pasará Donald Trump a la acción si Teherán continúa con sus dilaciones? En ese sentido, se supo a última hora del miércoles que Irán rechazó una propuesta de Catar para organizar un encuentro con Estados Unidos con el fin de abordar los puntos de desacuerdo. Por el momento, la República Islámica no hace más que demostrar que sigue dividida entre dos corrientes. La primera, de línea dura, está representada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), y la segunda, más moderada, está encabezada por el presidente iraní, Masud Pezeshkian. Mientras el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, cercano al CGRI, subía el tono el miércoles frente a Washington, el presidente Pezeshkian se distinguió con un discurso muy comentado en el que abogó por el diálogo. Si sus palabras atrajeron la atención, fue porque resultaba evidente que se dirigía a los Pasdaran y por la referencia que hizo al exguía supremo iraní, Ali Jamenei, «para quien el diálogo es la única vía posible para salir del estado de ni guerra ni paz en el que se encuentra Irán». Un llamado indirecto a seguir el camino trazado por el líder iraní eliminado el pasado febrero en un ataque israelí-estadounidense sobre Teherán. Manos libres en el Líbano En el frente libanés, no está dicho que Hezbolá vaya a tener en cuenta las palabras de Pezeshkian, ya que este grupo obedece directamente las órdenes de los Pasdaran. Sin embargo, nuevos disparos en dirección a Israel podrían salir muy caros, dado que el ejército israelí tiene ahora las manos libres para responder de inmediato con ataques sobre el suburbio sur, sin necesidad de consultar a la autoridad política. Esta decisión, adoptada el lunes por el gabinete militar restringido, muestra que actualmente prevalece la lógica de la respuesta militar inmediata, sin que ello pueda tener influencia alguna sobre los procesos en marcha. Es como si cada parte estuviera tanteando las líneas rojas de la otra. El presidente libanés, Joseph Aoun, reafirmó así el miércoles su determinación de «ir hasta el final» en las negociaciones directas con Israel. Sobre el terreno en el Líbano, las operaciones militares se mantenían el miércoles limitadas al sur del país, donde el ejército israelí mató a dos personas al atacar su vehículo en Sidón. Ambos aún no han sido identificados. En Kfarchouba, según un comunicado transmitido a la AFP, «secuestró a dos hombres que se habían acercado a la zona donde los soldados israelíes llevan a cabo operaciones (...) y los trasladó a Israel para interrogarlos».

Guerra en Irán: nuevas nubes en el horizonte
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El conflicto en Irán sigue avanzando en una dinámica de giros constantes. Después de las más recientes declaraciones de los dirigentes estadounidenses sobre la inminencia, una vez más, de un posible “acuerdo” con la República Islámica, nuevas nubes grises se acumularon en el horizonte la noche del martes. El presidente Donald Trump anunció a última hora que acababa de recibir un informe del mando militar estadounidense según el cual fueron disparos iraníes los que derribaron, el lunes por la noche, un helicóptero estadounidense Apache que realizaba una patrulla en el estrecho de Ormuz. El piloto y el copiloto fueron rescatados sanos y salvos por equipos del ejército estadounidense tras dos horas de búsqueda. “Estados Unidos debe responder a este ataque”, afirmó el jefe de la Casa Blanca. Poco después de la declaración de Trump, funcionarios estadounidenses indicaron al New York Times que “no está claro si las negociaciones con Irán se reanudarán después de la declaración del presidente Trump, quien se comprometió a responder al derribo del helicóptero”. En términos concretos, la respuesta estadounidense al ataque iraní del lunes por la noche será, muy probablemente, puntual y limitada tanto en alcance como en duración. Sin embargo, contribuirá a mantener e incluso aumentar el clima de tensión y desconfianza que caracteriza el conflicto en Irán. Esa tensión quedó reflejada en las declaraciones realizadas hace cuarenta y ocho horas por el presidente del Parlamento iraní, Mohammed Baqer Ghalibaf, quien encabeza el equipo negociador con Washington. Ghalibaf no solo subrayó que la República Islámica “no confía en Estados Unidos”, sino que además calificó, sin rodeos y no por primera vez, a Estados Unidos como un “enemigo”. En cualquier caso, todo parece indicar que la administración Trump no tiene intención, al menos en el contexto actual, de involucrarse en una nueva confrontación a gran escala con Irán. Esto habría llevado al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a afirmar durante la última reunión del gabinete reducido de seguridad que Israel “podría verse obligado a enfrentar solo a Irán”. Netanyahu precisó al respecto que “la batalla contra la República Islámica y Hezbolá” aún no ha terminado. Joseph Aoun mantiene su línea crítica hacia Irán En el plano militar, la aviación israelí continuó el lunes con intensos bombardeos contra posiciones y depósitos de municiones de Hezbolá en varias localidades del sur del Líbano. Paralelamente, el ejército israelí informó que abatió a un miliciano de Hezbolá que había cruzado la frontera desde el Líbano y que, al parecer, pretendía infiltrarse en una localidad del norte de Israel. Asimismo, las fuerzas israelíes emitieron el lunes una orden de evacuación para la ciudad de Tiro, en particular para el barrio cristiano donde se han atrincherado elementos armados vinculados al partido proiraní. En este contexto, referentes cristianos hicieron un llamado urgente a la desmilitarización de ese sector. En el ámbito político, la Presidencia de la República publicó la transcripción de la segunda parte de la entrevista concedida por el presidente Joseph Aoun a CNN. El jefe de Estado reiteró sus críticas a la actitud de la República Islámica en el Líbano, señalando que las autoridades libanesas desean mantener relaciones cordiales con Teherán, “pero sobre la base del respeto mutuo y la no injerencia en los asuntos internos de la otra parte”, reprochando precisamente al régimen iraní “sus injerencias en la escena libanesa”. Respecto a Hezbolá, el presidente Aoun declaró que “ha llegado el momento de que el Estado sustituya a las milicias”, afirmando que la comunidad chiita “está cansada” y que es necesario ofrecerle una alternativa “a través de instituciones públicas fuertes”. Al abordar la cuestión de las armas del partido proiraní, Aoun subrayó que “la guerra (en el Líbano) debió haber terminado en el año 2000”, tras la retirada total israelí de la zona de seguridad controlada por el Estado hebreo. El jefe de Estado lamentó que, después de esa retirada, Hezbolá haya cometido “errores estratégicos”. Además, al referirse a las negociaciones directas entre el Líbano e Israel, el presidente Aoun reafirmó la voluntad de las autoridades libanesas de poner fin de manera definitiva al estado de guerra entre ambos países.

El caso Riad Salamé: ver la paja en el ojo ajeno…

Resulta asombroso, curioso, desconcertante e incluso extraño y paradójico seguir leyendo hoy informaciones partidistas y reduccionistas, publicadas por una prensa interesada y amplificadas por las redes sociales, en un momento en que el país enfrenta acontecimientos cruciales tanto en el plano interno como internacional, y cuando su destino ha sido puesto a dura prueba durante décadas. Lamentablemente, no se trata de una “primera vez”. Estamos ante manipulaciones mediáticas destinadas a desviar la atención de los temas más urgentes del momento, en particular de una guerra despiadada que arrastra al país hacia una destrucción total y lo hunde en un abismo socioeconómico y financiero sin precedentes. Toda esta saga, que en el fondo no tiene nada de extraña, parece un déjà vu. Un estribillo recurrente y perfectamente ensayado que refleja una clara voluntad de socavar, destruir, repitiendo una y otra vez el mismo tema, la reputación del exgobernador del Banco del Líbano, Riad Salamé, y de su hermano Raja. Y esta vez, una vez más, se añade un nuevo ingrediente al mencionar el papel del banco HSBC. Según esta narrativa, Riad Salamé sería el responsable de la quiebra y del colapso de nuestro sistema financiero y económico. En efecto, resulta fácil inundar a la opinión pública con ese discurso después de todas las manipulaciones mediáticas observadas en la escena política libanesa sobre los miles de millones de dólares dilapidados y, quizás, desviados durante años a través de distintos ministerios, mediante resoluciones aprobadas por gobiernos sucesivos, votadas posteriormente por el Parlamento y, por desgracia, muchas veces olvidadas. En este contexto triste y confuso, que a menudo roza la obsesión, nada parece conmover ni siquiera invitar a una reflexión serena, tan cautivas están las mentes de sus propias fantasías. El diario francés Le Monde informó, citando a los abogados de Riad Salamé, que este pudo adquirir sus bienes inmuebles gracias a los elevados ingresos que percibía cuando ejercía como asesor financiero de la firma Merrill Lynch, antes de ser nombrado gobernador del Banco del Líbano. Sin embargo, esa precisión del periódico francés se desvanece como las hojas de otoño que caen al suelo. Lo mismo ocurre cuando el abogado del exgobernador presenta ante la Justicia pruebas documentadas que acreditan el origen y la procedencia de los fondos relacionados con sus diversas inversiones. ¿No sería posible, por fin, dejar que la Justicia actúe antes de lanzar acusaciones sin fundamento? Hablando de justicia, ¿no resulta sorprendente que esta institución emblemática del Estado se abstenga de perseguir a ciertos líderes políticos y jefes de partido que tienen una gran responsabilidad, y esto no es un secreto para nadie, por las fallas registradas en la gestión de la seguridad, la justicia y el gasto público en áreas como los servicios sociales, la electricidad y la educación? Y eso sin mencionar ciertas asociaciones ficticias, civiles o religiosas, o los miles de millones de dólares que se esfumaron en subsidios a la gasolina, al trigo y a otros productos alimentarios. No caigamos, por tanto, en estas manipulaciones mediáticas ni en la elección deliberada de este momento político desleal que, conviene recordarlo, no tiene nada de casual. Si culpar a un alto funcionario busca atraer sobre él toda clase de condenas y sanciones, tengamos al menos el valor y la honestidad de reconocer que, hasta la fecha, Riad Salamé es el ÚNICO que ha pagado las consecuencias. Y, aun así, sus problemas están lejos de haber terminado. Dejemos entonces que la Justicia haga su trabajo y se pronuncie en un clima de serenidad, sin privar al exgobernador de su derecho a defenderse. Para concluir humildemente este capítulo, conviene recordar una célebre frase: “Si buscas ver la paja en el ojo de tu vecino, primero debes tener la honestidad de ver la viga que está en el tuyo”. Hay que reconocer que hoy esta reflexión merece ser tomada en serio. *Antoine Menassa es presidente y fundador de la Asociación de Empresarios Libaneses de Francia (HALFA).

La Encíclica "Magnifica humanitas" de León XIV, texto fundacional sobre la IA (1/3)

En la primera encíclica de su pontificado, León XIV aborda de frente las inmensas ventajas, pero también los peligros actuales y potenciales de la inteligencia artificial (IA). Aboga por una «paz posible» en una época que piensa que “la guerra forma inevitablemente parte de la naturaleza humana”. Instalado en el trono de Pedro hace poco más de un año, el papa León XIV presentó el pasado 15 de mayo su primera encíclica, Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), que aborda de frente las inmensas ventajas, pero también los peligros actuales y potenciales de la inteligencia artificial (IA), un avance tecnológico sin precedentes en la historia de la humanidad, pero también una temible herramienta capaz de someter a la humanidad, de desnaturalizar al hombre. El paralelismo entre Magnífica Humanitas y la encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) es evidente, incluso en la forma: León XIV firmó simbólicamente su texto el 15 de mayo de 2026, día del 135.º aniversario de la encíclica fundadora de la «Doctrina Social de la Iglesia». El papa ya había explicado que eligió su nombre de reinado para honrar a León XIII, trazando un paralelismo directo entre las convulsiones de la primera revolución industrial y las provocadas por la inteligencia artificial. En 1891, la encíclica Rerum Novarum, que habría de inspirar toda la doctrina social de la Iglesia del siglo XX, establecía una serie de principios para recordar que la economía y el progreso técnico en general, entonces en plena transformación, debían permanecer al servicio del hombre y no al contrario. En plena revolución industrial, el papa León XIII quería advertir sobre el peligro que representaban para la humanidad, por un lado, el advenimiento de un capitalismo salvaje y, por otro, el proyecto socialista de una economía estatal. Entre esos grandes principios destacaban la dignidad del trabajador, la necesidad de que el Estado se preocupara por el bien común, el destino universal de los bienes frente a su apropiación por unos pocos, la subsidiariedad, según la cual una autoridad superior solo debe realizar aquello que los escalones inferiores no pueden hacer por sí mismos, la legitimidad tanto del sindicalismo como de la propiedad privada, así como la necesidad de una opción preferencial por los pobres. Un legado “aumentado” La encíclica Magnifica Humanitas ha sido recibida como un texto fundacional para la era digital, comparable a Rerum Novarum para la revolución industrial. Retoma ese legado adaptándolo al nuevo entorno digital, pues “la IA debe entenderse no como un apéndice temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social” (§17). Para muchos intelectuales, León XIV se revela, gracias a este documento, como el hombre del momento. Así, la encíclica incorpora los datos digitalizados al destino universal de los bienes y advierte que “cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes” (§67). Otro ejemplo: la encíclica redefine la subsidiariedad, pues el “nivel superior” ya no está encarnado por el Estado, sino por las grandes plataformas tecnológicas que fijan las condiciones de acceso a la vida pública (§71). Toda la sociedad es interpelada Al igual que las grandes encíclicas sociales de la tradición católica, Magnifica humanitas interpela al conjunto de la sociedad. Es un llamado universal dirigido tanto a los diseñadores de algoritmos y a los dirigentes políticos como a los ciudadanos comunes, creyentes o no, para volver a situar la dignidad humana inalienable en el centro de la innovación. La encíclica está marcada por una gran fidelidad doctrinal. Retoma los conceptos de Juan Pablo II sobre la dignidad del trabajo humano ( Laborem exercens ), de Benedicto XVI sobre el desarrollo humano integral frente a la técnica ( Caritas in veritate ) y de Francisco sobre el destino universal de los bienes y la denuncia del paradigma tecnocrático ( Laudato si’ ), así como sobre la promoción de la fraternidad frente al individualismo digital transmitido por las pantallas ( Fratelli tutti ). Actualidad teológica “Hay que devolver actualidad a la idea de que la humanidad es algo grande”, escribió un día el papa Benedicto XVI. Ya desde su título, la encíclica de León XIV hace eco directamente de esa aspiración. La “Magnífica humanidad” es algo que debe contemplarse “en el rostro del Hijo”, afirma el papa estadounidense (§133). Un Hijo “por quien y para quien todo fue creado” (Col 1:16), pero que se presentó a sus contemporáneos y al mundo como “el hijo del hombre”, el hermano de todos ( Fratelli tutti ). En este sentido, Magnífica Humanitas es una encíclica profundamente personalista, que sitúa a la persona humana «en el centro» y no en la periferia de la actividad humana. Es también profundamente moral. Pero no se trata de una moral personal, sino de la moral determinada por el advenimiento y la utilización de esta herramienta extraordinaria que es la IA; es decir, en particular, la moral de su modo de producción, de las relaciones entre naciones ricas y pobres, de la relación entre el capital y el trabajo, de la concentración del poder cognitivo, económico y político en manos de multinacionales o de particulares. Es también la moral del uso del poder digital en el ámbito educativo, con fines civiles o militares, o bien con fines de bien común o de malicia criminal. Una gran ceguera espiritual La encíclica es también moral por el juicio que emite sobre nuestra época, marcada, según el Papa, de “notable ceguera espiritual y cultural”. Puede leerse en el §204: “Vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural. Un falso pragmatismo invita a cortar las raíces de la memoria, como si se pudiera inaugurar una especie de “nueva creación” desvinculada del pasado; incluso quienes invocan grandes principios morales pueden caer en este nihilismo histórico, creyendo ilusoriamente que las atrocidades del siglo XX (las de las dos guerras mundiales y las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el gulag soviético, la Shoá y los arrozales de Camboya, etc.) ya no pueden repetirse. En realidad, las mismas dinámicas resurgen bajo nuevas formas.” Como lo vemos ante nuestros propios ojos en Medio Oriente, África, Asia e incluso en la vieja Europa. Próximo artículo: Torre de Babel o Ciudad Santa (2/3)