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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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La encíclica de León XIV sobre la IA: ¿Torre de Babel o Ciudad santa? (2/3)

Para ilustrar su argumento y darle una dimensión bíblica, el papa León XIV utiliza, en su encíclica Magnifica Humanitas sobre la era digital y la Inteligencia Artificial (IA), una metáfora: la humanidad debe elegir entre construir una nueva “Torre de Babel” o edificar la “Ciudad santa”. La historia de la Torre de Babel es un episodio bíblico del Libro del Génesis. Poco después del Diluvio, cuando todos los hombres hablaban la misma lengua, decidieron construir una ciudad y una torre cuya cima llegara hasta el cielo, con el objetivo de hacerse un nombre. Entonces Dios confundió su lengua para que dejaran de entenderse entre ellos y los dispersó por toda la superficie de la Tierra (Génesis 11:1-9). El mito tuvo una fecundidad extraordinaria en la historia de las ideas y dio lugar a reflexiones sobre el origen de la diversidad de las lenguas, el poder del esfuerzo colectivo, el pecado de la soberbia, la aspiración a la totalidad del conocimiento, entre otros temas. El tema de la “Ciudad santa”, iniciado en el Libro de Nehemías, cierra el Nuevo Testamento y ocupa un lugar central en la obra de san Agustín. La Ciudad santa simboliza todo aquello que es humanamente y divinamente posible y deseable: la paz, la justicia, las relaciones de amistad de Cristo con sus santos, la fidelidad doctrinal, entre otros elementos. Para la fe cristiana, corresponde a la humanidad elevarse por encima de sí misma para construir esta Ciudad, siguiendo las grandes orientaciones de la doctrina social de la Iglesia. La irresponsabilidad de la “Realpolitik” Al describir el mundo en el que vivimos, León XIV observa que, lejos de todas las promesas que las naciones se hicieron después de la Segunda Guerra Mundial y del grito de “Nunca más la guerra” que lanzó Europa, “la lógica del equilibrio armado y de la disuasión parece volver para imponerse”. “Pero, a diferencia del escenario bipolar de la Guerra Fría, añade el Papa, la multiplicación de actores y de frentes de conflicto vuelve hoy esta lógica cada vez más frágil. La intensificación de los enfrentamientos conduce a guerras asimétricas e “híbridas”, libradas también en los ámbitos económico, financiero e informático, con el recurso a la desinformación y a campañas que alimentan el miedo para influir en la opinión pública. En numerosos países, incluidos los del Sur global, el aumento del gasto militar se presenta como la única respuesta ante un futuro incierto o frente a amenazas percibidas, mientras que el costo real recae sobre los más pobres, quienes ven disminuir los recursos destinados a la salud, la educación y los servicios sociales”. “Detrás de todo esto, insiste León XIV, se esconde un falso “realismo”, basado no solo en la lógica bien establecida de la fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la guerra formara inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así, se dice, salvo breves paréntesis, ¡y siempre será así! El problema ya no es entonces la paz, perdida como referencia en el escenario internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se afirma que sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento inevitable. Lo verdaderamente irresponsable es la Realpolitik , esa forma de “realismo” político que siembra tanto en las conciencias como en la cultura la resignación ante una guerra inevitable, y que considera la paz y el diálogo como posiciones utópicas o irracionales que ignoran los riesgos en juego.” (§205) El modo de producción de la economía digital En otro ámbito, León XIV se detiene en el modo de producción de la economía digital. Esta, afirma, “se basa en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos, a menudo muy perjudiciales, entrenamiento de modelos. En muchos casos se trata de jóvenes, en su mayoría mujeres, que trabajan arduamente por salarios miserables. A este cansancio invisible se suma otro aún más brutal: el de la extracción de los recursos necesarios para la producción de los dispositivos y microprocesadores sobre los que se sostiene la IA”. “En algunas regiones del mundo, señala el Sumo Pontífice, niños y adolescentes trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de materiales de los que se extraen tierras raras. Cuerpos marcados, mutilados, utilizados para que el flujo de procesamiento nunca se detenga. Además, redes criminales utilizan plataformas en línea, sistemas de mensajería, pagos anónimos y técnicas de perfilamiento para reclutar, controlar y trasladar a víctimas de trata, con frecuencia menores de edad, transformando a hombres y mujeres en “datos” que deben rastrearse y en “paquetes” que deben desplazarse dentro de los mismos circuitos digitales que sostienen gran parte de la economía mundial”. Y añade: “Esta realidad interpela profundamente la conciencia moral de nuestro tiempo. No basta con invocar la eficiencia ni con celebrar los beneficios de la innovación si estos se apoyan en una cadena de explotación que permanece deliberadamente invisible”. La paz, fruto de la justicia y la caridad Para el papa Prevost, “la paz no es una esperanza ingenua ni una simple ausencia de guerra”, sino “el fruto, siempre posible, de la justicia y de la caridad”. Para ilustrar esta afirmación, León XIV cita a J.R.R. Tolkien, el gran escritor católico británico del siglo XX, quien describe nuestra responsabilidad a través de las palabras de Gandalf, uno de los protagonistas de la trilogía El Señor de los Anillos : “Sin embargo, no nos corresponde reunir todas las mareas del mundo, sino hacer lo que esté en nuestras manos para ayudar durante los años en los que nos ha tocado vivir, arrancando el mal de los campos que conocemos, para que quienes vivan después de nosotros puedan tener una tierra limpia que cultivar”. Para nosotros, cuyas tierras cultivables y olivares son pulverizados con glifosato y fósforo, estas palabras deberían resonar con especial fuerza. Próximo artículo: Contra la ilusión poshumanista, la capacidad de relación y de amor (3/3) Leer también sobre el mismo tema: La encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, texto fundador sobre la IA (1/3)

En Baysarieh como en el Palacio Borbón, un viento de rebeldía…

En el mismo momento en que se celebraba en París, en la Asamblea Nacional, un coloquio que daba voz a nuestros conciudadanos chiítas libres*, un pueblo del sur enclavado a 180 metros de altitud volvía a hacerse presente en nuestra memoria. El viernes 5 de junio, un viento de rebelión se levantó en Baysarieh: un enfrentamiento opuso a sus habitantes, en su mayoría duodecimanos y afines a Nabih Berri, contra milicianos de Hezbolá que querían instalar lanzacohetes en pleno centro de la localidad. El ejército libanés tuvo que intervenir para separar a los contendientes y restablecer el orden. Un vídeo registró la trifulca colectiva que, colmo de la ironía, tuvo lugar en una calle engalanada con banderas de color verde pistacho, los colores del movimiento Amal. El incidente se produjo en el mismo momento en que el Centro de Operaciones de Urgencia del Ministerio de Salud Pública nos informaba de que nuestro país lamentaba 3.558 muertos y 10.870 heridos desde el 2 de marzo, fecha en que Hezbolá volvió a encender la mecha supuestamente para vengar la ejecución del Líder Supremo iraní. Habrá quienes digan que no es un precio demasiado alto por el apoyo iraní a la liberación del sur del Líbano y de la mezquita Al-Aqsa. El hartazgo es contagioso Sin embargo, Baysarieh no iba a ser la única en rebelarse en territorio nacional. Al mismo tiempo, y como si se hubieran puesto de acuerdo, el presidente de la República y el presidente del Consejo se «amotinaron» contra la doctrina oficial de Hezbolá. Joseph Aoun declaró a CNN que Irán no tenía derecho a utilizar nuestro país como moneda de cambio, que Naïm Qassem no representaba al Líbano y que la única opción sensata era la negociación para poner fin definitivamente al estado de hostilidad entre el Líbano e Israel. Por su parte, Nawaf Salam se rebeló recordando que el Líbano no era un escenario donde los demás podían enfrentarse y que los «sureños» no tenían por qué pagar el precio de «cálculos sobre los que no tienen ningún control». En ese caso, ¡solo le quedaba al presidente Nabih Berri expresarse! Pero pasaremos por alto sus declaraciones, dictadas como están por el temor reverencial que le inspira Hezbolá. Porque, de todos modos, Baysarieh ya ha respondido por él, en nombre del movimiento Amal y de todos los chiítas indignados por el absurdo de los combates que continúan y por la apropiación del poder por parte de la milicia iraní. Como en cualquier otro lugar del Líbano, el hartazgo se extiende y se generaliza ante las destrucciones y los desplazamientos de población. Por mucho que el inamovible Nabih Berri se niegue a dar su visto bueno al acuerdo alcanzado en Washington, su base electoral parece ya no querer pagar el precio de las insensatas aventuras de Naïm Qassem. ¡Haber esperado tanto tiempo para dar un golpe sobre la mesa! Es que hasta hace poco nuestros círculos oficiales actuaban con suma discreción. Cuidado con ofender a la Resistencia: había que andarse con pies de plomo. Por respeto y consideración hacia los sacrificios del Hezb, no convenía en absoluto dañar su imagen de liberador. Pero de repente, ¡un cambio de paradigma! El discurso ya no es el mismo. Es como si hubiera habido una «ruptura epistemológica», es decir, un cambio radical en la manera de concebir la realidad, que rompe con el discurso anterior y los tópicos que nos imponían el partido iraní y sus verdugos. Este solo cambio es una señal de liberación, pues durante muchos años el Ejecutivo había hecho suya la retórica de Hezbolá. Y, como consecuencia, nuestro Estado republicano se parecía más a la Commedia dell'arte que a una institución seria. Nuestros dirigentes no eran más que bufones y comediantes que se esforzaban por defender las tesis del partido de Dios, tesis que en el fondo rechazaban. Así que al diablo con la timidez con la que se trataba la cuestión de las negociaciones directas con Israel. La tensión escalará, evidentemente, un peldaño más y se pondrá en marcha un proceso de liberación. Y este llegará hasta el punto de elaborar y publicar oficialmente la lista de los crímenes en serie cometidos por el partido de Dios. ¡Gracias Baysariyeh, gracias al Palais Bourbon, el miedo que el Hezbolá infundía en su propia comunidad y en ciertos círculos ya no tiene cabida! *Coloquio «El Líbano entre la paz y la guerra: legitimidad del Estado y papel de la sociedad civil», Asamblea Nacional, 5 de junio de 2026, París. Los ponentes, que responsabilizaron al Hezbolá y a la «santa alianza» iraní de la catástrofe actual, hicieron un llamado al restablecimiento del Estado de derecho.

Irán-EE.UU.: la metedura de pata de las filtraciones en los medios iraníes

¿Se concretará realmente en breve el «memorando de entendimiento» transitorio destinado a poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán? El anuncio triunfalista del presidente Donald Trump sobre un «acuerdo inminente» con Irán ya se ve socavado por «filtraciones» en medios iraníes manejados por el poder, que siguen proclamando que la República Islámica obtuvo todo lo que buscaba: control del estrecho de Ormuz, desbloqueo inmediato de fondos y levantamiento de sanciones, inversiones estadounidenses para la recuperación de la economía iraní… Un mensaje de Trump en su red social vino a poner las cosas en su sitio de forma tajante. Sin embargo, parece poco probable que eso impida que se llegue a un acuerdo, algo que quedó respaldado el viernes por la noche con un anuncio del mediador pakistaní, quien confirmó oficialmente que ambas partes han alcanzado un entendimiento. Entonces, ¿qué ocurrió durante esta larga jornada? La jornada del viernes en el Levante arrancaba bajo los mejores augurios. «Acabamos de alcanzar un muy buen acuerdo para poner fin a la guerra con Irán y, una vez que los documentos estén finalizados, lo que debería ocurrir en los próximos días, probablemente habrá una firma, quizás en Europa», declaró el presidente Trump desde el Despacho Oval, según recoge la AFP. Este anuncio de Donald Trump, que tiene un aire de déjà vu, generó ríos de tinta tanto en la prensa estadounidense como en la iraní. En cuanto a la primera, difundió ampliamente que el acuerdo se firmaría pronto: Bloomberg News escribió que el documento se rubricaría durante la cumbre del G7 en Ginebra, Suiza, el domingo. Según Axios, la visita del vicepresidente JD Vance a Suiza ya estaría en preparación de cara a la firma del acuerdo. El medio estadounidense destacó tanto la mediación catarí como la pakistaní, que aparentemente habrían posibilitado este avance. En efecto, siempre según Axios, el mediador catarí firmó el «acuerdo de principio» con el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, en Teherán. Las versiones estadounidense e iraní La prensa iraní, fiel a sus costumbres —las de unos medios dirigidos por el régimen—, recogió la fuerte posibilidad de un acuerdo próximo, sí, pero aportando numerosos detalles sobre cuáles serían los términos de la tregua. Según estos medios, Irán habría conseguido mantener el control del estrecho de Ormuz, el desbloqueo de sus fondos congelados (se baraja la cifra de 24 mil millones de dólares, o al menos la mitad), el levantamiento de las sanciones y el bloqueo estadounidense sobre sus puertos, la retirada de las fuerzas americanas de la región fronteriza con Irán, además del derecho a continuar con el enriquecimiento de uranio. Según la agencia Mehr, los misiles balísticos no se mencionan en el texto, y el acuerdo marco establece un plazo de 6 meses para alcanzar un acuerdo definitivo. Los ecos llegados desde Teherán indicaban además que las autoridades iraníes no han tomado una decisión final, desmintiendo que el momento de la firma se haya fijado para el domingo. Y fueron precisamente estas «filtraciones» en los medios las que resultaron ser el gusano en la manzana, desatando la ira de Donald Trump en su red social Truth Social. «Las condiciones que los iraníes han filtrado a sus medios no tienen nada que ver con los términos del acuerdo al que hemos llegado», tronó, considerando que «los iraníes son muy deshonrosos» y que resulta imposible negociar de buena fe con ellos. «Harían bien en corregir el rumbo, ¡y rápido!», escribió también. Un funcionario de la administración estadounidense expuso la versión de Washington al corresponsal de la cadena Al-Hadath: no se liberará ningún fondo antes de que el acuerdo entre en vigor, el uranio enriquecido será retirado del territorio iraní y las instalaciones nucleares serán efectivamente desmanteladas. Otra cláusula crucial, según la cadena saudí, obligará a Irán a renunciar a financiar grupos proxy en la región, un asunto que afecta directamente al Líbano. Esta fuente aseguró que los iraníes han aprobado dichas cláusulas. Netanyahu: Irán no tendrá la Bomba Al margen de estas declaraciones sobre un posible acuerdo que Washington y Teherán firmarían próximamente —un proceso del que Tel Aviv ha sido notoriamente excluido—, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se apresuró a afirmar que estaba «completamente de acuerdo» con Donald Trump en que Irán jamás tendrá una bomba atómica, añadiendo que eso no ocurriría «mientras él sea primer ministro». Mientras tanto, los combates en el sur del Líbano continuaban el viernes con la misma intensidad entre el ejército israelí y Hezbolá. Según Al-Hadath, los israelíes anunciaron haber tomado el control de todas las colinas que dominan la estratégica ciudad de Nabatiyeh, en el sur del Líbano, mientras Hezbolá prosigue sus ataques, en particular mediante el uso de drones. El destino de este frente está en entredicho desde que se habla de un acuerdo inminente en el frente regional iraní. Por un lado, los ecos en los medios iraníes insisten en que cualquier acuerdo incluiría una cláusula sobre una tregua en todos los frentes, incluido el Líbano. Por otro lado, fuentes israelíes habrían afirmado que un acuerdo entre Irán y Estados Unidos no concerniría a este frente libanés, «dado que las autoridades israelíes mantienen conversaciones directas con las autoridades libanesas en un proceso separado en Washington», subrayan los medios panárabes. La pregunta sigue en pie el viernes en el Líbano, especialmente porque el alto el fuego en Irán a principios de abril no supuso automáticamente una medida similar en el Líbano (teniendo en cuenta que los altos el fuego alcanzados mediante conversaciones directas tampoco han dado mejores resultados). Lo que sí es seguro es que este futuro acuerdo ya alimenta la polémica interna. Sin sorpresa, las voces de Hezbolá ya se alzan para adoptar un discurso triunfalista. El diputado Hassan Fadlallah, con su tono provocador habitual, se apresuró a afirmar que un acuerdo «tendrá repercusiones» en el Líbano, «sea cual sea la postura de los dirigentes libaneses». El parlamentario hace referencia al argumento estrella de su partido, según el cual solo un alto el fuego negociado por Irán tendría posibilidades de prosperar. También lanzó una pulla al presidente de la República, Joseph Aoun, y al primer ministro Nawaf Salam, considerando que han sido «instrumentalizados» por Washington. Es cierto que Hassan Fadlallah pareció dar marcha atrás al asegurar que «Irán no busca sustituir al Estado libanés». Sin embargo, tales palabras no dejaron de provocar una respuesta del primer ministro Salam, quien reprochó a la República Islámica querer demostrar que tiene poder de decisión en el Líbano. El debate en torno al papel de Irán en el Líbano, a través de su aliado local, está lejos de apagarse. No obstante, las fuentes de Washington, recogidas por varios medios, siguen insistiendo en la voluntad del presidente estadounidense de separar ambos expedientes. Este punto habrá que seguirlo en los próximos días, a la luz de los desarrollos en la región. Nuevo embajador de Arabia Saudita Por su parte, el Líbano oficial sigue avanzando por la senda del acercamiento con su entorno árabe, largamente descuidado. Además de la decisión saudí, tomada el día anterior, de reabrir su mercado a los productos agrícolas libaneses —lo que podría tener enormes consecuencias para el sector agrícola del Líbano—, cabe destacar la visita del enviado saudí para el Líbano, Yazid bin Farhan, al presidente Aoun en el palacio de Baabda el jueves por la noche. Por su parte, el nuevo embajador saudí llegó el viernes a Beirut. Otra noticia destacada de este viernes: tras una larga polémica en torno a una posible injerencia siria en el Líbano para desmantelar a Hezbolá, a raíz de declaraciones de Donald Trump sobre el tema, el presidente sirio Ahmad Chareh desmintió categóricamente cualquier implicación de su país en el frente interno libanés.

“Cada quien su propia medicina”
Por
Samir Abdelmalak
Publicado

El mundo parece vivir hoy entre la fiebre de la Copa del Mundo y las publicaciones del presidente estadounidense Donald Trump en las redes sociales, con todo lo que éstas generan en términos de repercusiones inmediatas sobre las violentas fluctuaciones de los precios del petróleo y el oro, y sobre las considerables ganancias que obtienen las especulaciones vinculadas a ellos. Sin embargo, este “ruido” mediático oculta tras de sí transformaciones más profundas y más determinantes, que se expresan en un rediseño de la red de alianzas regionales e internacionales, impulsado por las aceleradas consecuencias del enfrentamiento en curso entre Estados Unidos e Israel por un lado, e Irán y sus ramificaciones por el otro. Los socios árabes de Estados Unidos en Medio Oriente han comenzado así a revaluar su posicionamiento estratégico y sus alianzas tradicionales, aunque los contornos de estas reconfiguraciones aún no se han definido del todo. Los Emiratos Árabes Unidos adoptan una postura más firme frente a Irán, mientras continúan fortaleciendo sus vínculos con Israel e India; Arabia Saudita, por su parte, ha activado una cooperación defensiva más estrecha con Pakistán, intensificando al mismo tiempo su coordinación política y de seguridad con Turquía y Egipto. Ante estos cambios, la expresión “Nuevo Medio Oriente”, que se popularizó ampliamente en los últimos años, ya no parece capaz de dar cuenta con precisión de la realidad emergente, ni de abarcar las nuevas alianzas estratégicas que están reformando la arquitectura de seguridad y los equilibrios de la región. La concepción tradicional de este “Nuevo Medio Oriente” ha quedado así rebasada por los hechos que se imponen. Mientras estas transformaciones estratégicas aguardan una definición más clara, los mercados mundiales siguen agitándose al ritmo de las especulaciones y las declaraciones políticas, capaces hoy de mover capitales y fortunas en cuestión de minutos. Y mientras tanto, los países pobres y en desarrollo continúan pagando el precio más alto de estas turbulencias. Cada aumento en los precios de la energía o los alimentos, cada convulsión de los mercados mundiales, repercute directamente en la vida de los ciudadanos de estos países, que se encuentran a merced de decisiones y acontecimientos sobre los cuales no tienen ninguna influencia. De ahí surge la necesidad de reconsiderar los modelos de desarrollo adoptados, y de trabajar con seriedad para alcanzar el mayor grado posible de autosuficiencia en materia de alimentación, energía y producción, apoyándose en el fortalecimiento de la unidad nacional y en la suma de esfuerzos de todos los hijos del país, ya sea que vivan en su patria o estén establecidos en los distintos rincones del mundo. La experiencia ha demostrado que los Estados que lograron construir los cimientos de su propia fortaleza fueron los más capaces de resistir las crisis mundiales, y los más aptos para defender sus intereses nacionales con genuina independencia. Y al final, es la sabiduría popular la que expresa esta verdad con mayor acierto: “Cada quien su propia medicina.” Las naciones que se apoyan en sus propias capacidades e invierten en el talento de su gente son las mejor posicionadas para proteger su futuro y preservar la independencia de su toma de decisiones económicas y políticas.

No es la paz lo que está en juego
Por
Jad Akhawi
Publicado

En medio del estrépito político y mediático que acompaña las negociaciones en curso entre el Líbano e Israel bajo patrocinio estadounidense, muchos se afanan en plantear la pregunta tradicional: ¿quiere Israel la paz? ¿Estamos ante una nueva fase en las relaciones entre los dos países, o simplemente frente a arreglos de seguridad impuestos por las correlaciones de fuerzas surgidas de la guerra? Pero la verdad es que esta pregunta, por importante que sea, no es la más importante para el Líbano. La pregunta fundamental de hoy no versa sobre lo que quiere Israel, sino sobre lo que el Líbano ha logrado reconquistar para sí mismo tras largas décadas de confiscación de su decisión nacional. Por primera vez en muchos años, el Líbano no se sienta a la mesa de negociaciones como escenario de conflictos o como moneda de cambio en manos ajenas, sino como un Estado que se representa a sí mismo. Y este cambio, en sí mismo, constituye el acontecimiento político más significativo de todo lo que se está desarrollando en este momento. Los libaneses se han desgraciadamente acostumbrado a ver su país formar parte de las guerras de los demás. Se han acostumbrado a que los expedientes existenciales relativos a la guerra, la paz, la soberanía y la seguridad sean gestionados al margen de las instituciones legítimas, y a que el Estado quede reducido a un mero testigo de decisiones tomadas en otras partes. Durante muchos períodos de nuestra historia reciente, no era el Líbano quien negociaba — era él mismo el objeto de las negociaciones. Y los libaneses siempre pagaban el precio. El precio de las guerras cuyo momento no habían decidido. El precio de los acuerdos en cuya elaboración no habían participado. El precio de los conflictos regionales que habían convertido su patria en un buzón para los mensajes militares y políticos de los demás. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, el panorama parece diferente. No porque Israel haya cambiado de repente, ni porque la región se haya vuelto más pacífica, sino porque el Estado libanés ha comenzado a reconquistar un derecho soberano fundamental: el derecho a hablar en nombre del Líbano. Los libaneses podrán divergir sobre los detalles de las negociaciones. Las posiciones podrán diferir sobre ciertas cláusulas, orientaciones o prioridades — y eso es algo natural y saludable en cualquier sociedad democrática. Pero lo que debería ser objeto de un consenso nacional es que la decisión libanesa ha vuelto a las instituciones constitucionales, y que es el Estado quien gestiona este expediente en nombre del conjunto de los libaneses. Ahí reside precisamente el valor real del proceso actual. Pues los Estados no se miden únicamente por la extensión de su territorio, el tamaño de su población o el volumen de su economía, sino por su capacidad de ostentar el monopolio de la decisión soberana. Y la soberanía no es un eslogan que se enarbola en las ceremonias — es una práctica cotidiana que comienza con el dominio del derecho a decidir sobre la guerra y la paz, y culmina con la capacidad del Estado para hablar en nombre de sus ciudadanos en la escena internacional. Desde este punto de vista, el debate sobre las intenciones de Israel se vuelve menos importante que el debate sobre cómo proteger el logro libanés recién adquirido. Sí, Israel busca defender sus intereses de seguridad — esa es una realidad que no necesita ser descubierta. Todo Estado negocia desde sus propios intereses, busca su seguridad y su estabilidad, e intenta obtener el máximo posible. Pero la pregunta que debería ocupar a los libaneses es esta: ¿ha llegado por fin el Líbano a ser capaz de defender sus intereses nacionales a través de sus instituciones legítimas? Si la respuesta es sí, entonces nos encontramos ante un giro histórico que trasciende los resultados de las negociaciones en sí mismas. Los acuerdos pueden tener éxito o fracasar. Los entendimientos pueden aplicarse o tropezar. Pero la reconquista por parte del Estado de su papel natural sigue siendo un logro estratégico a largo plazo. El Líbano pagó un precio exorbitante cuando la decisión sobre la guerra y la paz salió de las instituciones del Estado. Pagó un precio aún más pesado cuando las prioridades libanesas se entremezclaron con las agendas regionales. Y pagó un precio inmenso cuando el destino de los libaneses quedó ligado a cálculos ajenos al interés nacional libanés. Por eso el verdadero desafío de hoy no consiste únicamente en alcanzar el mejor acuerdo posible, sino en impedir cualquier retroceso — es decir, impedir que la decisión sea nuevamente arrebatada al Estado para ser devuelta a las esferas de influencia, a los ejes y a los conflictos externos. Lo más peligroso sería que el debate en torno a las negociaciones se transformara en un nuevo enfrentamiento interno entre los libaneses. Pues las experiencias pasadas han demostrado que la división interna ha sido siempre la puerta por la que el exterior se infiltró en la decisión nacional. En cambio, cuando las instituciones convergen en torno al interés libanés superior, el Líbano se vuelve más sólido frente a las presiones y más capaz de defender sus derechos. Lo que el Líbano necesita hoy no es únicamente una tregua en sus fronteras, sino una tregua con su propia historia política — una historia edificada sobre la dualidad de la decisión. No necesita únicamente arreglos de seguridad, sino consolidar el principio de que el Estado es la única instancia definitiva en las grandes causas nacionales. Ese es el verdadero sentido del Estado de ciudadanía por el que luchamos — un Estado que no se reduce a una comunidad confesional, ni a un partido, ni a un eje. Un Estado en el que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, todas las fuerzas están sometidas a las instituciones, y todas las decisiones soberanas emanan únicamente del poder legítimo. Pues sin Estado no hay ciudadanía. Y sin soberanía no hay Estado. Y no hay soberanía cuando la decisión se halla dispersa entre múltiples centros de poder. Por eso el valor político de las negociaciones actuales no reside únicamente en los entendimientos o acuerdos que puedan producir, sino en el hecho de que reflejan el inicio de la transición del Líbano desde la posición de escenario hacia la de Estado — desde la posición del que recibe hacia la de socio, y desde la posición de moneda de cambio hacia la de quien tiene las cartas en la mano. Y es este giro el que hay que preservar, sean cuales sean los desarrollos venideros. Si el siglo pasado estuvo marcado por la lucha de los libaneses en torno a la identidad del Estado, la próxima etapa debe ser la de la reconquista del Estado mismo — un Estado fuerte por sus instituciones, libre en su decisión, soberano sobre su territorio, en cuyo nombre solo puedan hablar quienes los libaneses hayan elegido y quienes la Constitución haya habilitado para representar a la República Libanesa. El camino quizás no sea fácil, y estará sin duda jalonado de obstáculos, presiones y desafíos. Pero lo que se ha logrado hasta ahora merece ser preservado. Pues las naciones no se construyen únicamente con victorias militares ni con acuerdos políticos, sino edificando instituciones y reconquistando la decisión nacional. Y en definitiva, aunque los libaneses puedan divergir sobre los resultados de las negociaciones, no deberían divergir sobre una sola verdad: el Líbano que negocia por sí mismo vale mil veces el Líbano en cuyo nombre negocian los demás.

La táctica calculada de Trump para intensificar la presión sobre Teherán

Y vuelta a empezar. La tensión se dispara en la región con la nueva oleada de ataques contra Irán anunciada para esta noche por el presidente estadounidense, Donald Trump, quien también ha amenazado con tomar el control de la estratégica isla de Kharg, corazón neurálgico de la economía petrolera iraní. Sin embargo, en otro giro inesperado, Trump declaró más tarde en su red social Truth Social que ha decidido cancelar los ataques con los que amenazaba a Irán, asegurando «que las conversaciones con la República Islámica han sido vistas y aprobadas por las más altas autoridades iraníes». Y, como de costumbre, la noticia fue rápidamente desmentida a través de la agencia de prensa iraní Fars. Pero según el sitio Axios , altos funcionarios iraníes afirmaron que se había alcanzado un «acuerdo de principio», aunque se «esperaba el visto bueno del Guía Supremo Mojtaba Jamenei». Tras agotar todas las vías diplomáticas, Washington apuesta ahora por la opción militar para incrementar la presión sobre la República Islámica y obligarla a negociar un acuerdo que neutralice la amenaza nuclear que representa, frene su influencia desestabilizadora en la región a través de sus grupos proxy y resuelva el conflicto en torno al estratégico estrecho de Ormuz. La estrategia sigue siendo la misma. Lo que ha cambiado es la táctica, y se ha endurecido, como lo demuestra el tono cada vez más agresivo de las amenazas del presidente Trump. «La guerra solo terminará con la capitulación de Irán», lanzó en el marco de una entrevista al canal Fox News, poco después de un primer mensaje en su red social, Truth Social: «Estados Unidos golpeará Irán con mucha fuerza esta noche (jueves). La marina, la fuerza aérea, los radares, la defensa antiaérea y todas las demás formas de defensa (de Teherán), así como la mayor parte de su capacidad ofensiva, han dejado de existir». En la noche del miércoles al jueves, el ejército estadounidense había atacado principalmente el sur de Irán, así como instalaciones cercanas a la capital, en particular en Karaj, Nazarabad y Pishva, según los Guardianes de la Revolución Islámica. Donald Trump acompañó sus amenazas con otras de carácter económico, aún más significativas para Irán: «En algún momento, en un futuro bastante cercano, quizás tomemos la isla de Kharg y otros puntos de infraestructura petrolera. Asumiremos el control total de sus mercados de petróleo y gas, tal como lo hicimos con Venezuela, lo cual está funcionando de manera brillante tanto para Venezuela como para los Estados Unidos de América», escribió, en lo que parece ser un plan destinado a poner de rodillas a un Irán que ya arrastra graves problemas económicos, agravados por el bloqueo estadounidense impuesto a sus puertos. Repitió la misma amenaza en Fox News, aunque expresó sus dudas sobre la reacción de la población estadounidense, que según él se muestra contraria a una escalada del conflicto. «Saben, mi preferencia siempre ha sido tomar la isla de Kharg. No sé si América tiene el estómago para eso», afirmó. Donald Trump también indicó que no tiene intención de atacar la infraestructura civil para no perjudicar al pueblo iraní, en su mayoría hostil al régimen de los mulás. Todas estas amenazas ponen en peligro el alto el fuego vigente desde el 8 de abril, aunque Teherán responde con contundencia a los golpes estadounidenses. En la noche del miércoles al jueves, el ejército iraní atacó bases estadounidenses en Kuwait, Baréin y Jordania. Eximió a los Emiratos Árabes Unidos que, según Bloomberg, habrían celebrado recientemente su primera reunión de seguridad con Irán desde el inicio de la guerra. El objetivo de estos encuentros: garantizar la estabilidad económica de los EAU, según ese medio. Teherán también ha bloqueado por completo el estrecho de Ormuz, por el que hasta el miércoles permitía el paso —con peaje— a los barcos de países considerados amigos o neutrales, mientras que el ejército estadounidense anunciaba haber neutralizado este miércoles un tercer petrolero que intentó violar el bloqueo de los puertos iraníes en el lapso de una semana. Juego de engaños frente a diplomacia Por ahora, este recrudecimiento de la violencia sigue pareciendo contenido, incluso calculado, aunque los riesgos de una escalada existen. Teherán y Washington se mantienen enfrascados en una especie de peligroso juego de engaños, en el que cada parte trata de maniobrar con las cartas que tiene para imponer sus condiciones en el marco de los esfuerzos de mediación que continúan en curso. Queda por ver quién cederá primero. Uno de los indicadores de la violencia medida y con objetivos definidos que estamos presenciando desde hace unos días es la ausencia de implicación israelí. El día en que Donald Trump le pida a su aliado israelí que se sume a los ataques contra Irán, eso significará oficialmente el regreso a la opción militar para alcanzar los objetivos de guerra fijados, con el riesgo de provocar un incendio regional. Washington sigue apostando así por el proceso diplomático. Donald Trump reafirmó ayer que dicho proceso sigue siendo su «opción preferida», mientras que Islamabad y Doha redoblan esfuerzos para encontrar una fórmula aceptable para una declaración de intenciones que permita a Irán y a Estados Unidos retomar las negociaciones. Los negociadores de Qatar abandonaron el jueves Teherán, adonde habían viajado el día anterior para intentar allanar las diferencias entre Estados Unidos e Irán, según indicó a la AFP un diplomático al tanto de la misión catarí. Las conversaciones con las autoridades iraníes se llevaron a cabo en coordinación con Washington, confirmó el diplomático, precisando que se prolongaron «hasta las primeras horas de la madrugada». En Islamabad, el portavoz de la diplomacia pakistaní, Tahir Andrabi, reconoció indirectamente que los esfuerzos de conciliación están estancados, pero subrayó que su país no ha tirado la toalla. «Es difícil mantener el optimismo ante las nuevas hostilidades, pero no corramos el telón sobre el enfoque pakistaní a favor de una mediación», señaló. Precisó que Islamabad había trasladado una comunicación en ese sentido a ambas partes. «Seguimos comprometidos» con la mediación, insistió el señor Andrabi. Arabia Saudita hizo además un llamamiento a que continúe la mediación pakistaní y elogió el papel desempeñado por Qatar en apoyo a las negociaciones. El Kremlin lanzó un llamado en términos similares. La mediación avanza ahora al ritmo de los ataques y las amenazas estadounidenses, tanto militares como económicas. En este contexto, es importante destacar que el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, anunció que se tomarán fondos de las cuentas iraníes congeladas para compensar los daños causados por los ataques de misiles iraníes contra los países aliados de Washington en el Golfo. «Todos los peajes abonados a la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico serán igualmente compensados con fondos extraídos de sus cuentas. Cada ataque lanzado por Irán no hará más que agravar las consecuencias económicas y financieras a las que se enfrenta», anunció, en un momento en que uno de los principales puntos de fricción en el diálogo indirecto entre Teherán y Washington tiene que ver precisamente con los activos iraníes congelados. La República Islámica exige que sean desbloqueados para aceptar, entre otras condiciones, un retorno a las negociaciones. ¿Podría esta estrategia de la cuerda floja llevar a Teherán a aceptar las condiciones estadounidenses para un «acuerdo», o por el contrario, a reaccionar ampliando el conflicto militar, sabiendo que Trump es contrario a una guerra a gran escala? Los próximos días deberían aportar algún elemento de respuesta. Reanudación de las exportaciones libanesas hacia Arabia Saudita En el Líbano, la principal noticia es de índole político-económica, con la reanudación de las exportaciones libanesas hacia Arabia Saudita. Riad había suspendido a finales de 2021 sus importaciones desde el Líbano a raíz de la crisis generada por las declaraciones del entonces ministro de Información, Georges Cordahi, sobre la intervención saudí en Yemen y el tráfico de Captagon hacia su territorio. Sobre el terreno, los intercambios de disparos continúan entre el ejército israelí, que sigue avanzando en el perímetro del Castillo de Beaufort, y los milicianos de Hezbolá, de los cuales «10 000 habrían sido eliminados durante la guerra», según Tel Aviv. Del lado libanés, el número de víctimas se acerca a la cifra de 4000. En lo que Israel consideró una violación del alto el fuego de mayo, la formación proiraní lanzó drones contra el norte de Israel el jueves por la mañana. Estos aparatos pudieron ser interceptados antes de entrar en el espacio aéreo israelí, según el ejército israelí. ¿Se trata de un mensaje dirigido a los estadounidenses e israelíes sobre la disposición de Hezbolá a reabrir el frente libanés si el nuevo pulso de fuerza entre Teherán y Washington se agrava? La pregunta puede plantearse.