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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Cien días de guerra
Por
Hisham Dibsi
Publicado

El debate en torno a la unidad o separación de los expedientes y las vías está actualmente en pleno apogeo. La realidad muestra que los expedientes políticos se articulan por naturaleza entre sí, reflejando la complejidad de la vida económica y política, pero sus pesos respectivos difieren y sus influencias mutuas están lejos de ser equivalentes. Tratar por separado tal o cual expediente es una cuestión de elección, determinada por las prioridades, la gravedad de los asuntos y su sensibilidad. En este orden de ideas, Barack Obama consideraba que la fuerza de la política exterior estadounidense residía en el arte de jerarquizar las prioridades, lo que permite gestionar el ritmo con que avanzan las soluciones en los asuntos más complejos, con la posibilidad de revisar ese orden cada día según los resultados buscados. Tras haber fracasado en reunir los fondos necesarios para vender el acuerdo con Washington en el plano interno, el directorio iraní volvió a su cantinela habitual, a saber: vincular el expediente libanés a las negociaciones en curso, y lanzó sus misiles hacia el norte de Israel para señalar su determinación de imponer la unidad de vías frente a las negociaciones líbano-israelíes. Teherán había comprendido entretanto que la Casa Blanca gestionaba con relativa serenidad la coexistencia entre la prolongación de la tregua, el mantenimiento de la calma y la continuación del bloqueo naval, una ecuación que agota la economía iraní mientras persista la calma relativa y el bloqueo se mantenga. Tal es la razón profunda del tardío interés mostrado por Teherán hacia Hezbolá y su base, en el mismo momento en que no había obtenido ningún resultado tangible de su agresión contra Kuwait, Baréin y los Emiratos, al no haber podido obligar a esos Estados a revisar sus políticas de contención ni a renunciar a sus derechos, incluido el de responder y exigir reparación. La situación puede resumirse así: las reivindicaciones fundamentales — el expediente nuclear y el resto — no constituyen el núcleo del litigio; el desacuerdo gira en torno a las exigencias financieras declaradas, y es ese desacuerdo el que ha provocado esta escalada y el retorno al acoplamiento del expediente libanés con el acuerdo global, sin que ello presagie necesariamente capitulación alguna de Washington. Por otro lado, la presión que mantiene la Casa Blanca sobre la reacción israelí obedece a su voluntad de prolongar la tregua y el bloqueo hasta que la dirección iraní ceda ante las condiciones financieras estadounidenses. En cuanto a la reacción israelí, si comienza por cerrar el perímetro de la Franja de Gaza al amparo de una declaración de estado de guerra — como ha hecho Netanyahu, mientras las negociaciones entre Hamás y las facciones afines se intensifican en El Cairo —, este expediente palestino no inquieta demasiado a Washington, siempre que el primer ministro israelí mantenga la disciplina en el frente libanés, lo que parece ser la hipótesis más probable para los próximos días. Una guerra gratuita Yahya Sinwar desencadenó la operación del 7 de octubre sin objetivo político declarado, más allá de lo que el nombre de la operación — «Inundación de Al-Aqsa» — deja entrever de fervor religioso por la mezquita de Al-Aqsa. Esperó largos días a que Teherán se movilizara para apoyarle contra el «pequeño Satán», así como aguardó el respaldo de la sala de operaciones del eje en Damasco — el régimen de Assad y el suburbio sur de Beirut —, sin olvidar las Fuerzas de Movilización Popular iraquíes y los hutíes en Yemen. Cuando la guerra de apoyo al «Diluvio» se puso en marcha según los criterios de los Guardianes de la Revolución, el esfuerzo militar llevado a cabo no convenció a los dirigentes y cuadros de Hamás y las Brigadas Qassam en pleno fragor de los combates más encarnizados — era evidente que ese esfuerzo no estaba a la altura de lo acordado. Por ello, las declaraciones de los comandantes de las Brigadas Qassam no estuvieron exentas de fórmulas y llamamientos que venían a corroborar esta valoración, hasta que la desilusión hacia el eje llegó al punto en que ya no se dudó en expresarla abiertamente. Una vez que el Estado Mayor americano-israelí terminó de aniquilar Gaza y su población, fuimos testigos de los efectos desastrosos y fulminantes de la ofensiva israelí sobre las capacidades combativas de Hezbolá en el Líbano, que alcanzó al movimiento en su talón de Aquiles — su potencia ofensiva y defensiva. Y como la guerra de apoyo declarada no se había asignado ningún objetivo político más allá de respaldar la «Inundación de Al-Aqsa», el esfuerzo militar de Hamás y Hezbolá quedó absorbido por un vacío político, mientras Israel proclamaba sus objetivos sucesivos, articulados a múltiples agendas — locales, regionales e internacionales —, sin olvidar la agenda personal de Netanyahu y sus aliados en el gobierno. Así, el enfrentamiento entre el eje de la resistencia y el rechazo, por un lado, e Israel, por el otro, puso de manifiesto una doble insuficiencia: política primero, operativa después, desde el momento en que cada parte fue aislada y neutralizada por separado. Quien conozca la naturaleza de las relaciones entre los Estados y las organizaciones que les están vinculadas sabe que la ecuación funciona en un solo sentido: la vocación de los vasallos no va más allá de servir al centro, sea cual sea la indulgencia que este muestre y el esmero con que cultive el relato de la alianza. No hay, pues, ninguna razón para inscribir una guerra librada para vengar la muerte del Líder Supremo iraní Jamenei en el marco de la defensa de la soberanía libanesa o de la resistencia a la agresión contra las tierras y las poblaciones del Líbano del Sur. Las pérdidas humanas y la inmensa destrucción sufridas tanto en el Líbano como en Palestina no pueden vincularse a ningún objetivo político relacionado con el interés de los dos pueblos. El combate de los extremistas no merece otro calificativo que el de guerra gratuita. La primera operación Litani Tel Aviv amaneció el 11 de marzo de 1978 con combates en sus calles para recuperar el control de un autobús en el que se habían atrincherado un grupo de fedayines al mando de la joven Dalal Mughrabi y varios civiles israelíes. Los combates se prolongaron hasta la eliminación de todos los ocupantes, conforme a las instrucciones impartidas al general Ehud Barak. Este acontecimiento fue la causa directa de la invasión del Líbano del Sur hasta el curso del Litani. Al mismo tiempo, el presidente Elias Sarkis logró internacionalizar la cuestión del Líbano del Sur, y la diplomacia libanesa arrancó las resoluciones 425 y 426, destinadas a garantizar la retirada completa de las fuerzas israelíes y a permitir la creación de la FPNUL. Pero es preciso ir más allá del acontecimiento inmediato para leer el bloqueo de las negociaciones egipcio-israelíes y su estancamiento, tras la conclusión de la primera y segunda desvinculación, y la negativa del gobierno de Menahem Begin a atender las exigencias del presidente Anuar el-Sadat — pese a sus iniciativas de paz, su discurso ante la Knéset y su proclamación de la caída del muro psicológico. La dirección militar israelí quería entonces someter a prueba el comportamiento egipcio ante la hipótesis de un enfrentamiento con el ejército sirio y con las fuerzas de la OLP en el Líbano. Apoyado en el éxito de esta prueba de fuego, consecuencia de la primera operación Litani, el presidente estadounidense Jimmy Carter pudo llevar a buen puerto las negociaciones de Camp David, seis meses después del evento libanés. Esas negociaciones culminaron con la firma del tratado de paz egipcio-israelí en marzo de 1979. En el espacio de un solo año, la dinámica político-militar en el Líbano se había transformado bajo el efecto de los resultados directos de esta prueba, con el Líbano del Sur convertido entre tanto en una cuestión internacional de pleno derecho. El «ensayo» militar israelí proporcionó así la referencia operativa que habría de guiar la invasión del Líbano en 1982, cuyo objetivo era acabar con las fuerzas de la OLP y recortar y controlar el papel político, militar y de seguridad sirio en el Líbano. Israel se había convertido en actor directo, a través de sus propias fuerzas y mediante el Ejército del Líbano del Sur que había creado, junto al régimen de Hafez el-Assad como segundo actor, y los actores locales posicionados en la línea de fractura entre el Movimiento Nacional Libanés y su aliada la OLP, por un lado, y el Frente Libanés con sus vínculos con Occidente e Israel, por el otro. Fue en ese terreno donde comenzó a germinar algo nuevo en las entrañas del Líbano, portando en sí un vínculo orgánico con la revolución islámica en Teherán, y que tomaría cuerpo tras la invasión israelí. La «Prova d'orchestra» En aquellos tiempos, hace más de medio siglo, la sala Clemenceau del Beirut occidental proyectaba una película difícil de olvidar, del realizador italiano Federico Fellini: Ensayo de orquesta o Prova d'orchestra , en la época del auge de la izquierda italiana y los grupos armados de toda índole, cuando los disparos eran un ruido cotidiano y familiar en Roma y en las demás ciudades italianas. La película mostraba la relación del maestro con sus músicos, hasta el momento en que una pesada bola de acero surgía en la pantalla para abatirse sobre el edificio y amenazarlo con el derrumbe. La discusión giraba en torno a una sola pregunta: ¿hacia dónde iba el Líbano? ¿Cuáles eran las perspectivas? ¿Qué martillo iba a despertar a los portadores de los distintos proyectos? En aquellos tiempos, yo esperaba la caída del imperialismo y la destrucción del Estado de Israel, y tenía mi respuesta lista: era el martillo vietnamita, ni el ruso ni el chino, el que cumpliría las tareas de la liberación nacional y realizaría el determinismo histórico. No se me pasó por la mente que el presidente Elias Sarkis tenía razón. Sin embargo, allí estaba él, en su jaula dorada del palacio de Baabda, esperando el día en que saldría de él con mucha serenidad y dignidad. Fellini supo plantear sus preguntas incómodas en esa Prova que se prolonga hasta hoy, al ritmo de los golpes de la bola de acero que arrasa hombres y piedras a lo largo y ancho del Líbano y de Palestina, desbordándose hasta los confines del Gran Oriente Medio. Ayer, por primera vez en la historia del Líbano contemporáneo, las autoridades legítimas tomaron las riendas, rompieron con la mentalidad imperante y con años de espera y dilaciones, para impulsar una iniciativa de salvamento en favor del Líbano y de su pueblo — una iniciativa capaz de detener la bola de acero en su carrera furiosa e impedir el derrumbe del edificio libanés en todo lo que tiene de humano, político, cultural e histórico. Las misiones que exigen semejante grado de compromiso para acometer el salvamento no requieren decisiones destinadas a contentar a todos ni necesitan el asentimiento de los aficionados a la muerte, la destrucción y el suicidio. Su única exigencia es la valentía de defender, contra viento y marea, el interés y el bienestar de la gente.

Irán ataca, Israel contraataca, Trump se interpone

Cuando se creía que Irán había enterrado definitivamente sus armas en sus silos, Teherán lanzó alrededor de treinta misiles balísticos contra el Estado hebreo a última hora del domingo. Las autoridades iraníes presentaron este ataque como una respuesta a un bombardeo israelí contra el sur de Beirut, bastión de Hezbolá, que causó dos muertos y veinte heridos. El mensaje es claro: Irán se opone a las negociaciones libano-israelíes dirigidas por Washington e intenta posicionarse como defensor del Líbano «contra el enemigo israelí», incluso a riesgo de una nueva escalada. Teherán sigue insistiendo en que el conflicto entre Israel y Hezbolá debe tratarse dentro del mismo marco que el enfrentamiento más amplio que lo enfrenta a Israel y sus aliados en Oriente Medio. El lunes a mediodía, el mando de las Fuerzas Armadas iraníes anunció «la cesación de la operación», calificada de «respuesta severa» a Israel. Sin embargo, advirtió que «en caso de proseguir la agresión y las hostilidades, incluso en el sur del Líbano, se emprenderán acciones mucho más severas y represivas que antes». "Hemos roto la ecuación que consiste en celebrar un alto el fuego en papel y violarlo sistemáticamente sobre el terreno", comentó el principal negociador iraní, el presidente del Parlamento Mohammad Bagher Ghalibaf. Tel Aviv no tardó en reaccionar destruyendo varios sistemas de defensa iraníes. Contra todo pronóstico, sin embargo, la represalia israelí fue fuertemente frenada por su principal aliado, Estados Unidos. Mientras que el presidente Trump se había comprometido en cuerpo y alma en el conflicto cuando comenzaron los bombardeos contra Irán el 28 de febrero pasado, expresamente pidió el domingo y el lunes al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu que actuara con moderación, lamentando que el proceso de negociación se viera obstaculizado por «la ignorancia o la estupidez». En estos últimos días, Donald Trump no ha ocultado sus divergencias con Benjamín Netanyahu. Según la Casa Blanca, ambos dirigentes se comunicaron por teléfono el lunes, y el presidente estadounidense esta vez golpeó la mesa para imponer una suspensión de las hostilidades. A la aproximación de las elecciones de mitad de mandato, el inquilino de la Casa Blanca busca una salida a un conflicto que se ha vuelto particularmente impopular en Estados Unidos. Su intervención del lunes, así como sus reiteradas declaraciones afirmando que sigue siendo el único tomador de decisiones en última instancia, han alimentado las especulaciones sobre las circunstancias que llevaron al lanzamiento de los ataques contra Irán en febrero cuando las negociaciones aún estaban en curso. Varios analistas y políticos estadounidenses acusan así a Benjamín Netanyahu de haber precipitado la entrada en guerra de Estados Unidos, poco después de los primeros bombardeos de la aviación israelí. En una entrevista concedida al medio Axios el domingo, el presidente estadounidense advirtió al primer ministro israelí contra cualquier represalia después de los lanzamientos de misiles iraníes: "Voy a llamar a Bibi (el apodo de Netanyahu, nota del editor) ahora mismo para decirle que no represalie. Israel tuvo su bombardeo e Irán tuvo el suyo. No necesitamos otro bombardeo". Netanyahu, a riesgo de irritar a su aliado más cercano en la escena internacional, sin embargo autorizó nuevos bombardeos. Desde la entrada en vigor del alto el fuego del 8 de abril, esta es la primera vez que Teherán ataca directamente el territorio israelí e Israel bombardea suelo iraniano. Del lado israelí, el primer ministro también está sometido a fuertes presiones internas para mantener una línea dura hacia Irán. En una entrevista concedida al Financial Times el domingo, Donald Trump estimó que el líder israelí debería aceptar cualquier acuerdo negociado por Washington. "No tendrá opción", declaró el presidente estadounidense al periódico económico. "Soy yo quien decide. Soy yo quien lo decide todo. Él no decide..." Respondiendo a las declaraciones del inquilino de la Casa Blanca, Netanyahu aseguró que su país respondería "con fuerza" a cualquier nuevo ataque iraniano. Quien había ordenado ataques contra Irán a pesar de las objeciones del presidente estadounidense también le respondió, "con respeto", que Israel ejercería su derecho a defenderse "cada vez que sea necesario". Más temprano en el día, el ministro de Defensa israelí, Israël Katz, afirmó que su país "continuaría actuando" contra Hezbolá. Prometió que "cualquier intento iraní de establecer un vínculo entre el Líbano e Irán para atacar a Israel recibiría una respuesta de gran envergadura". En una entrevista emitida el domingo por la noche en la cadena NBC, Donald Trump abogó por ataques más "quirúrgicos" contra Hezbolá, afirmando querer "una vida mejor" para el Líbano. Hezbolá arrastró al Líbano a la guerra al atacar a Israel para vengar la muerte del guía supremo iraní Ali Jamenei, asesinado durante una ofensiva israelí-estadounidense. En otra entrevista publicada el miércoles pasado por el New York Post, el presidente estadounidense confirmó haber tenido un intercambio particularmente tenso con Benjamín Netanyahu dos días antes. Durante esa conversación telefónica, habría reprendido a su aliado cercano sobre la ofensiva israelí lanzada en el Líbano. Cuestionado sobre una posible integración del Líbano en un acuerdo con Irán, el líder republicano respondió: "no, no". "Para nada. No exijo nada. Creo que les gustaría que fuera así, pero no exijo nada", declaró. Los riesgos de una escalada eran altos el lunes, con la intervención de los rebeldes hutíes de Yemen, aliados de Irán, que alimentaron los temores de una nueva expansión del conflicto. La milicia yemení reivindicó un ataque contra Israel desde su territorio. También decretó una prohibición de navegación israelí en el Mar Rojo, otro eje marítimo estratégico importante junto al Estrecho de Bab el-Mandeb. Hezbolá niega todo contacto con Washington Por otra parte, el responsable de Hezbolá Mahmoud Qomati indicó el lunes, en respuesta a una pregunta de la AFP, que su partido no había tenido "ningún contacto" directo con Donald Trump, a pesar de las declaraciones del presidente estadounidense en ese sentido. "Hablamos con Hezbolá por primera vez", había declarado el presidente estadounidense el 3 de junio a periodistas. Dos días antes, cuando Israel amenazaba con bombardear el suburbio sur de Beirut, bastión del movimiento islamista, había afirmado haber tenido "una conversación con representantes de los dirigentes de Hezbolá", quienes "aceptaron dejar de disparar contra Israel y sus soldados". El presidente Trump "tal vez se refería al hecho de que el asesor del presidente del Parlamento Nabih Berri se comunica con el embajador estadounidense y transmite mensajes", explicó el responsable de Hezbolá. "Estas alegaciones indican cuán dispuesta está la administración estadounidense a abandonar el poder libanés apenas aparece la menor indicación de contacto con las partes fuertes e influyentes en el Líbano", estimó Qomati. El primer ministro libanés Nawaf Salam, por su parte, reiteró el lunes que "solo el Estado libanés negocia en nombre del Líbano, y nadie más". En Tiro, muertos y patrimonio en peligro Sobre el terreno, los ataques aéreos israelíes se abatieron el lunes sobre más de una quincena de localidades del sur del Líbano, en particular en Tiro, donde 14 personas fueron asesinadas y otras 20 resultaron heridas. Uno de los ataques apuntó a un vehículo cerca de un edificio de la Cruz Roja libanesa en esta ciudad costera. Cuatro socorristas resultaron heridos en el ataque, golpeados por fragmentos de cristal. Hezbolá, por su parte, reivindicó nuevos ataques contra fuerzas israelíes en el sur del Líbano, pero ninguno contra el norte de Israel. El ejército israelí, por su parte, afirmó que tres proyectiles fueron disparados desde el Líbano "en dirección a soldados israelíes en operaciones en el sur del Líbano", y que un cuarto proyectil "cayó cerca de las tropas" sin causar heridos. Tiro es una de las ciudades más antiguas del mundo mediterráneo y cuenta con dos sitios romanos bajo "protección reforzada provisional", inscritos en el patrimonio mundial de la Unesco. (AFP) El ministro de Cultura libanés, Ghassan Salamé, nuevamente «hizo un llamado para evitar atacar los sitios arqueológicos del país, en particular las ruinas de Tiro que son parte del patrimonio común de la humanidad». Las ruinas de Tiro, clasificadas como patrimonio mundial de la humanidad por la Unesco, fueron dañadas por los ataques aéreos israelíes del domingo. Se trata del "mayor daño al sitio desde el inicio de la guerra", afirmó a la AFP Ali Badaoui, director de los sitios arqueológicos del sur del Líbano. "Algunos artefactos arqueológicos fueron dañados cuando escombros los impactaron, ya que una lluvia de desechos cayó sobre un amplio perímetro", afectando en particular "columnas, capiteles, bases de columnas, mosaicos", detalló. Ghassan Salamé aseguró que Israel "no respeta" la Convención de La Haya, que obliga a preservar los bienes culturales durante conflictos armados, ni los "Escudos Azules", un emblema simbólico establecido por un comité vinculado a la Unesco para proteger el sitio de Tiro. Tras la guerra anterior entre Israel y Hezbollah en 2023-2024, la Unesco colocó más de 70 sitios patrimoniales en el Líbano, incluido Tiro, bajo "protección reforzada provisional". La ciudad ha sido objetivo de una campaña de ataques aéreos israelíes desde el inicio de la guerra con el Hezbollah proiraní, el 2 de marzo, y volvió a ser atacada el lunes. El domingo, el ejército israelí había emitido una nueva orden de evacuación para una zona que abarca uno de los dos sitios arqueológicos, que contiene vestigios romanos, antes de llevar a cabo los ataques aéreos.

Por qué la caída del régimen iraní vendría desde dentro (2/2)

En un artículo anterior, analizamos el impacto militar e industrial de la operación conjunta “Epic Fury” y “Rugido del León” sobre las capacidades convencionales iraníes. En esta segunda y última entrega, examinamos los posibles efectos combinados del estrangulamiento económico y la movilización interna que podrían conducir a la implosión del régimen iraní. El bloqueo marítimo ha tomado el relevo de los ataques de febrero-abril de 2026. El bloqueo es una condición necesaria para debilitar al régimen iraní, pero no suficiente. Varios mecanismos explican por qué las sanciones económicas impuestas durante años, sumadas al actual bloqueo marítimo estadounidense y a sus consecuencias, como las interrupciones de las cadenas de suministro y el cese de las exportaciones petroleras, tienen dificultades para provocar por sí solas la debacle de este régimen, que ha demostrado su capacidad de adaptación y se ha reestructurado tras el ataque inicial de decapitación de febrero pasado. Reestructuración militar y pertenencia nacional El mando iraní eliminado fue sustituido por otro fuertemente militarizado. Está claro que el presidente Masoud Pezeshkian, considerado moderado, ha sido marginado y que el poder ejecutivo estratégico está ahora en manos de una junta dominada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). En la cúpula, la coordinación está centralizada en el cuartel general Khatam al-Anbiya, que, con nuevas figuras, asegura la rápida reconstrucción de las capacidades de misiles y drones. Para limitar la vulnerabilidad del centro de decisión, la cadena de mando ya no es piramidal, sino más horizontal: los mandos regionales han sido autorizados a tomar la iniciativa y gozan de una mayor autonomía táctica, especialmente para llevar a cabo emboscadas navales y aéreas, así como incursiones de hostigamiento si se cortan las comunicaciones con Teherán. Esta descentralización busca multiplicar los centros de decisión y dificultar los ataques contra la cadena de mando. Además, el régimen impulsa el sentimiento de pertenencia frente a la amenaza externa al estigmatizar a la oposición como un agente extranjero y consolidar la lealtad de su núcleo duro. Debilitamiento de una economía bajo embargo que sigue siendo resiliente La República Islámica desarrolló durante décadas redes y circuitos comerciales paralelos para eludir las sanciones occidentales impuestas desde la década de 1980. Esto incluye mercados negros, empresas pantalla repartidas por todo el mundo y socios geopolíticos como China, Rusia, Turquía e Irak, dispuestos a sortear los embargos. Esto permitió atenuar el peso económico de las sanciones, que redujeron el PIB iraní en aproximadamente un 23 % y provocaron pérdidas estimadas entre 10 y 12 billones de dólares estadounidenses entre 2010 y 2022. Las sanciones y el bloqueo actual continúan golpeando la economía iraní, aumentan las tensiones sociopolíticas internas, limitan su poder regional y reducen su capacidad para financiar a aliados como Hezbolá. Por ello, las sanciones y el bloqueo actúan como catalizadores, no como detonantes de una implosión interna. ¿Cuáles son los factores que acelerarían el colapso del régimen? Cuatro factores derivados de la convergencia entre la actual crisis económica aguda y las fracturas internas podrían constituir puntos de inflexión que conduzcan al derrumbe de la República Islámica. La fractura de los pilares económicos Irán, pese a las apariencias de resiliencia y solidez ideológica, soporta una carga económica muy pesada. El régimen enfrenta la fuerte devaluación del rial, una inflación galopante, el costo de la reconstrucción de infraestructuras, la reconstitución de su arsenal militar y la erosión del poder adquisitivo de los ciudadanos iraníes. Comerciantes, empresarios y trabajadores asalariados convergieron en las protestas de enero pasado, lo que indicaba que la base económica del régimen ya estaba debilitada: caída de los ingresos fiscales, incapacidad para subsidiar bienes esenciales y dificultades de abastecimiento. Hoy la situación es mucho más grave y, con el paso del tiempo, el régimen tendría grandes dificultades para contener a los descontentos únicamente mediante la represión. Las divergencias entre las élites y la presión de los reformistas La República Islámica se apoyaba en una arquitectura política centrada en torno a Khamenei padre y una red de élites interconectadas. Pero hoy es el CGRI quien sostiene las riendas del poder. Frente al desastre económico, ¿qué hará con las facciones reformistas? ¿Cómo gestionará a unas élites cuyas fracturas internas permanecen ocultas por el estado de guerra? ¿Saldrán a la superficie sus divergencias? ¿Qué harán los ocho millones de kurdos, los tres millones de baluches y una parte de los dieciocho millones de azeríes que reclaman autonomía desde hace décadas? La transición abrupta hacia la descentralización de los mandos empuja al régimen a militarizar aún más sus periferias y a aumentar la presión sobre las minorías, justificándolo por el “riesgo de partición del país”, lo que refuerza el cierre de filas de la población persa en torno al régimen. Sin embargo, la destrucción de la economía y de las infraestructuras industriales limita considerablemente su capacidad para comprar la paz social en estas provincias históricamente relegadas. Las deserciones de las fuerzas de seguridad El elemento más decisivo para la supervivencia del régimen seguirá siendo la lealtad de los instrumentos de coerción, especialmente el CGRI, la policía y las milicias populares Basij. Por ahora, estas fuerzas permanecen unidas y disciplinadas. Por lo tanto, pueden contener oleadas de protesta mediante la fuerza y la intimidación. Si unidades u oficiales se niegan a obedecer órdenes, desertan o se ponen del lado de los manifestantes debido, por ejemplo, a interrupciones en el pago de salarios, el descontento popular se transformará en una insurrección y, posiblemente, en una revolución. Por el momento no se han reportado señales precursoras de una situación así, pero el día en que aparezcan los primeros indicios, ello señalaría una crisis en fase terminal. En zonas periféricas como Kurdistán o Baluchistán, la combinación de un profundo malestar social y mandos locales debilitados podría facilitar esta dinámica de fragmentación. La desaparición del miedo colectivo Desde 1979, la República Islámica ha aplastado con sangre cinco grandes oleadas de contestación que cuestionaron los cimientos de la teocracia. Entre ellas destacan las purgas de los primeros años (1979-1988), marcadas por la eliminación de opositores y minorías y culminadas con la ejecución clandestina de entre 3000 y 5000 prisioneros; el Movimiento Verde de 2009, surgido contra la controvertida reelección de Mahmoud Ahmadinejad y reprimido por los Basij, con entre 100 y 150 muertos; los levantamientos sociales de 2017-2018, provocados por la inflación y la corrupción, reprimidos con alrededor de 30 muertos; el “noviembre sangriento” de 2019, desencadenado por el aumento del precio de los combustibles y sofocado con al menos 1500 muertos en diez días; y el movimiento Mujer, Vida, Libertad (2022-2023), surgido tras la muerte de Mahsa Amini y reprimido con munición real y ejecuciones públicas, dejando más de 550 muertos. El más sangriento fue el último levantamiento de enero pasado, que sirvió como detonante indirecto de la intervención militar estadounidense. Durante esta revuelta, las reivindicaciones económicas se transformaron rápidamente en demandas políticas que exigían la caída del régimen. El CGRI, la policía y los Basij reprimieron la revuelta, causando 5000 muertos según las autoridades oficiales y más de 40,000 según las estimaciones más elevadas. El apagón total de internet, instaurado desde el 8 de enero, aisló al país y dificultó la verificación independiente de la información sobre los acontecimientos en curso. Cada una de estas crisis ilustró el recurso sistemático a una violencia estatal desproporcionada para garantizar la supervivencia del régimen. Pero la psicología colectiva no es inmutable. Las generaciones más jóvenes, confrontadas a la violencia recurrente del Estado y a las dificultades económicas, han mostrado señales de erosión del miedo. Cuando la percepción pública cambia por el efecto combinado de la falta de libertades, el descontento sociopolítico y la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas de la vida cotidiana, la movilización puede alcanzar una magnitud crítica y romper el umbral de desaparición efectiva del miedo. Esto tendría un efecto de rápida propagación a través de las solidaridades locales, incluso en ausencia de internet y redes sociales, transformándose en una dinámica de protesta. Para concluir, el bloqueo estadounidense funciona como una olla de presión de cocción lenta: reduce los recursos necesarios para subsidiar la economía, financiar los servicios públicos y mantener la lealtad de las fuerzas armadas. A medida que estas capacidades se agotan, el régimen pierde herramientas materiales cruciales. Pero la caída solo se producirá si, paralelamente, la población persa y las poblaciones étnicas periféricas cruzan ciertos umbrales y/o si fragmentos significativos de las fuerzas de seguridad se desprenden del régimen. En otras palabras, sin un punto de ruptura interno, ya sea un colapso económico combinado con una movilización masiva y/o deserciones militares, el bloqueo seguirá siendo un factor de debilitamiento más que un instrumento definitivo de derrocamiento. Si el punto de ruptura resulta lejano o imposible, quedarán tres alternativas para la resolución de la crisis: que Washington ceda, lo que supondría un debilitamiento de Trump; que Teherán ceda, lo que implicaría el debilitamiento o la caída del régimen; o el regreso a la guerra, para la cual el CGRI y la Marina de Estados Unidos se están preparando. Leer también: Desmantelado pero aún amenazante: Irán después de las operaciones “Epic Fury” y “Roaring Lion” (1/2)

Líbano: el enemigo interno
Por
Najib Zwein
Publicado

Los libaneses han repetido durante mucho tiempo un dicho popular: “Mil enemigos fuera de la casa son mejores que un solo enemigo dentro”. En pocas palabras, este proverbio ha condensado a lo largo de generaciones una verdad política y nacional perdurable: los peligros externos, por más formidables que sean, resultan menos devastadores que aquellos que se infiltran desde dentro para golpear la unidad del Estado, paralizar su capacidad de decisión y socavar su soberanía. Es a través de esta perspectiva que puede entenderse gran parte del sufrimiento del Líbano en las últimas décadas. Irán nunca ha tratado al Estado libanés como una entidad soberana e independiente dotada de sus propias instituciones constitucionales; en cambio, siempre ha preferido operar a través de fuerzas y organizaciones que le profesan lealtad política e ideológica. En las circunstancias regionales posteriores a la revolución jomeinista, bajo la bandera de la “exportación de la revolución islámica”, encontró una oportunidad propicia para construir redes de influencia que se extendieron mucho más allá de sus fronteras nacionales hacia varios países árabes. Con el tiempo, esto llegó hasta el punto de presumir públicamente su dominio sobre cuatro capitales árabes, con Beirut a la cabeza de esa lista. En el escenario político interno libanés, Hezbolá utilizó con éxito la bandera de la resistencia para consolidar su posición política y militar, hasta que su exsecretario general, Sayyed Hassan Nasrallah, declaró abiertamente que el dinero, las armas y los recursos del partido provenían de Irán. Sin embargo, ambas partes cayeron en el mismo error. Irán actuó como si el Líbano se hubiera convertido en una parte integral de su esfera directa de influencia, mientras que Hezbolá se comportó como si fuera la autoridad suprema, situada por encima de las instituciones del Estado y de sus facultades constitucionales. Los hechos, sin embargo, han demostrado que el Líbano, pese a todo lo que ha soportado, no ha perdido su capacidad de levantarse nuevamente y restaurar su papel y sus instituciones. Con la elección del general Joseph Aoun como presidente de la República y la designación del doctor Nawaf Salam como primer ministro, se ha abierto una nueva etapa política definida por la rehabilitación del Estado libanés y el concepto de soberanía nacional. Las condiciones que durante tanto tiempo permitieron la persistencia de proyectos de tutela y dominación han cambiado, y las nubes de la ocupación y de la influencia extranjera han comenzado a disiparse gradualmente del cielo libanés, mientras muchos proyectos regionales revelan su verdadera naturaleza. La desgracia es que Hezbolá e Irán se han negado a reconocer estos cambios. En lugar de revisar su forma de relacionarse con el Estado libanés, han continuado tratándolo con la mentalidad de un pasado que ya no existe. Las autoridades libanesas buscaron inicialmente emplear un lenguaje sereno y diplomático que combinara respeto con firmeza, reafirmando la necesidad de tratar con las instituciones legítimas como la única autoridad facultada para expresar la voluntad del pueblo libanés. Pero los excesos continuaron hasta que la posición inequívoca del presidente de la República puso un límite claro: la legitimidad libanesa, dejó en claro, reside en la Constitución y en las instituciones del Estado, y el pueblo libanés no es vasallo de ningún Estado extranjero ni está sometido al liderazgo de ningún partido, sin importar su tamaño o influencia. Aun así, algunas posturas iraníes continuaron ignorando estas realidades, alcanzando un nivel sin precedentes de agravio político y moral cuando un periódico iraní atacó al presidente de la República en términos impropios de las relaciones entre Estados y faltos de respeto a la soberanía nacional. Esta conducta revela la profundidad de la crisis que afecta a quienes todavía no han comprendido que el Líbano no pertenece a nadie y que la era de los dictados y la tutela ha comenzado a desvanecerse. Los libaneses han considerado a Israel como un enemigo durante largas décadas, y la disputa con él sigue abierta en cuestiones fundamentales de soberanía, fronteras y seguridad. Pero negociar con adversarios y enemigos no constituye una rendición ni una concesión; es una herramienta política a la que los Estados recurren para defender sus intereses y proteger a sus pueblos. Los Estados negocian desde la confianza en sí mismos, no desde el miedo ni la subordinación. Por el contrario, la herida que proviene del interior sigue siendo la más peligrosa de todas. La historia del Líbano está llena de episodios que han demostrado, una y otra vez, que las divisiones internas y las lealtades extranjeras siempre han sido la entrada más amplia a las crisis y las catástrofes. Por eso los libaneses han repetido que la traición desde dentro sacude incluso las montañas, porque proviene de quienes se suponía que compartían el mismo techo. Lo que el Líbano necesita hoy no son más lealtades transnacionales ni más proyectos que coloquen los intereses extranjeros por encima de los intereses del pueblo libanés. Necesita un solo Estado, una sola autoridad, una sola decisión nacional. Porque cuando el Estado avanza, la influencia retrocede; cuando prevalece la lógica de las instituciones, las ilusiones de dominación se derrumban por sí solas; y cuando los libaneses se unen en torno a sus instituciones constitucionales y autoridades legítimas, ya no queda espacio para un nuevo Bruto que apuñale al Líbano desde dentro.

Sobre las ilusiones de paz en el Líbano
Por
Rami Rayess
Publicado

Si el estado de abatimiento que viven los libaneses en esta etapa es comprensible, dadas las derrotas sucesivas que los han perseguido durante años y que alcanzaron su punto culminante con las dos guerras de apoyo lanzadas por Hezbolá sin consultar a nadie, guerras que condujeron al regreso de la ocupación israelí, al desplazamiento de más de un millón de libaneses y a la destrucción masiva de los pueblos del sur, el entusiasmo desmedido de algunos por la paz con Israel y la carrera precipitada de otros hacia la normalización, ya sea impulsada por los medios de comunicación o por otras vías, no tienen justificación lógica alguna. Lo menos que puede decirse es que son actitudes precipitadas e irresponsables. La razón no es que quienes albergan reservas respecto a la paz apoyen necesariamente la guerra o deseen verla prolongarse, ni que quienes piden moderación frente a esta normalización mediática artificial y prematura, que la ley, al menos por ahora, debería perseguir, se opongan a un alto el fuego y al retorno de la estabilidad. El punto es dejar claro que la paz con Israel no es un paseo tranquilo y que apresurarse a soñar con beber una cerveza en Tel Aviv no es más que una fantasía infantil y prematura. Esta fractura se desarrolla en dos niveles completamente contradictorios. Por un lado, están quienes están dispuestos no solo a hacer la vista gorda ante lo que Israel ha hecho a los libaneses, matándolos y ocupando su tierra, sino incluso a absolverlo de esos actos, atribuyendo toda la responsabilidad exclusivamente a quienes arrastraron al Líbano a la confrontación, sin siquiera mencionar la respuesta desproporcionada que Israel ha infligido y sigue infligiendo: la ocupación y destrucción de pueblos, las órdenes de evacuación impuestas a localidades enteras para vaciar regiones completas y crear una nueva realidad sobre el terreno, los ataques contra hospitales y sitios patrimoniales, entre muchas otras acciones. Por otro lado, están quienes se niegan a leer los cambios que están ocurriendo y persisten en vincular el frente libanés a las guerras de la región, conflictos que ellos mismos encendieron esencialmente al servicio de esas causas y como venganza por sus símbolos, blandiendo amenazas de represalias una vez terminadas las hostilidades, invocando un excedente de poder que en parte ha sido quebrado en el período reciente y rechazando los esfuerzos del Estado libanés por poner fin a la guerra y recuperar una soberanía que le ha sido confiscada durante mucho tiempo. El Líbano no puede enfrentar un nivel de peligro semejante con una división tan profunda, hasta el punto de que los libaneses parecen estar en desacuerdo sobre casi todo. Y en la cima de esa lista de desacuerdos se encuentra la cuestión de quién es amigo y quién es enemigo, precisamente donde reside el mayor peligro. En el mismo momento en que Israel cae sobre el Líbano y mata a sus hijos, civiles, soldados, periodistas, paramédicos y médicos, algunos persisten en absolverlo y concentran todas sus acusaciones en quienes involucraron al país en esta guerra, los mismos actores que ahora buscan un alto el fuego, como siempre han hecho: encender el incendio y luego buscar la manera de apagarlo. Durante el período posterior al Acuerdo de Taif, los libaneses ya estaban divididos sobre cómo enfrentar a Israel y fracasaron repetidamente en alcanzar un plan nacional de defensa debido a la falta de cooperación de Hezbolá y, naturalmente, de sus patrocinadores regionales. El Líbano buscaba extender la autoridad legítima del Estado a todo su territorio, que es, después de todo, la vocación de cualquier gobierno en el mundo. Sin embargo, hay que decir que, pese a la profundidad de aquel desacuerdo, nadie en ese momento se presentó para defender a Israel, nadie abogó por una paz apresurada con él y nadie violó las leyes que siguen vigentes hasta nuevo aviso participando con israelíes o promoviendo intercambios televisivos o periodísticos con ellos. Si la repetida implicación del Líbano en guerras de las que no obtiene ningún beneficio es algo inaceptable, y la inmensa mayoría de los libaneses, agotados por el conflicto, la muerte y el desplazamiento, la rechaza sin ambigüedades, la ilusión de que la paz con Israel sería un paseo agradable, en un vacío total de poder, constituye un error fatal, capaz de profundizar la fractura entre los libaneses y agravar aún más la fragmentación interna del país.

Una semana marcada por la escalada verbal y militar

Mientras las negociaciones en el frente entre Estados Unidos e Irán avanzan lentamente y los incidentes de seguridad se multiplican en el Golfo, las autoridades libanesas se destacan por una visión estratégica claramente soberanista, cuando al mismo tiempo se produjo una escalada militar a finales de semana con un bombardeo del suburbio sur y una amenaza iraní contra Israel. «El Líbano es nuestro país, no el suyo». Estas palabras pronunciadas por el presidente libanés Joseph Aoun en una entrevista muy seguida con la prestigiosa periodista de CNN Christiane Amanpour el viernes, no solo marcaron la semana que acaba de transcurrir en el Líbano, sino que ciertamente refuerzan la tendencia hacia una evolución clara en el discurso oficial en el sentido del mensaje soberanista que fue central en el discurso de investidura del jefe de Estado. Las críticas mordaces del presidente Joseph Aoun al régimen iraní y a Hezbolá provocaron un ataque violento de ciertos medios iraníes contra Baabda. Paralelo a esta escalada verbal, la semana terminó con un grave desarrollo militar. En represalia por los disparos de cohetes lanzados por Hezbolá hacia el norte de Israel, la aviación del Estado hebreo llevó a cabo tres ataques el domingo por la tarde contra un centro de operaciones del partido pro-iraní en el suburbio sur. Recordemos al respecto que tras la reciente intervención del presidente Donald Trump para evitar, hace unos días, un ataque masivo contra el suburbio sur, a cambio de un cese de los disparos de Hezbolá contra Israel, los dirigentes israelíes habían advertido que el suburbio sur sería bombardeado si el partido chiita lanzaba cohetes contra el norte de Israel. Sin embargo, a finales de semana, Hezbolá reanudó sus disparos contra territorio israelí, lo que provocó la represalia del domingo por la tarde que resultó en dos muertos (mandos de Hezbolá) y once heridos. Tel Aviv debía indicar por la noche que había advertido a Washington previamente de su decisión de lanzar un ataque contra una sede de la formación pro-iraní. De hecho, el presidente Trump debía declarar el domingo por la noche que apoyaba los ataques israelíes contra Hezbolá, enfatizando que Estados Unidos estaba listo para ayudar al ejército israelí a lanzar «un ataque bien dirigido contra Hezbolá», precisando que estaba dispuesto a pedirle al presidente sirio Ahmed Chareh que prestara ayuda a posibles operaciones contra Hezbolá. Tras el triple ataque contra el suburbio sur, el régimen iraní amenazó abiertamente con lanzar misiles contra Israel. Los dirigentes israelíes respondieron que si Irán ataca Israel, esto podría resultar en una reanudación de la guerra iraní. Las posiciones soberanistas del régimen Volviendo a la estigmatización por parte del poder libanés de la actitud de la República Islámica hacia el Líbano, las declaraciones del presidente Aoun a CNN fueron precedidas por un discurso igualmente mordaz del Primer Ministro Nawaf Salam, durante el lanzamiento de un llamado a la ayuda internacional para los desplazados de las zonas de conflicto en el Líbano. El Sr. Salam destacó en esa ocasión que «el Líbano no puede ser una carta en manos de nadie». El Sr. Salam se refería a la decisión de las autoridades libanesas de iniciar negociaciones directas con Israel desde principios de abril, en lugar de ver el tema libanés integrado en las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, como desean los partidos chiitas. Estas declaraciones quizás no tengan nada de nuevo en sí: desde su elección, Joseph Aoun ha insistido en su voluntad de monopolio de las armas en manos del Estado, que necesariamente debe pasar por el desarme de la milicia de Hezbolá, y es apoyado en esto por el jefe del gobierno. Sin embargo, su voluntad de sacar al Líbano de la influencia iraní nunca se había manifestado de manera tan clara y decidida como durante esta entrevista de gran audiencia en una cadena estadounidense. El presidente libanés se dirigió directamente a los Guardianes de la Revolución de Irán, quienes fueron los primeros en rechazar un acuerdo de principio sobre un cese al fuego en el Líbano, obtenido durante la reunión libano-israelí del 2 y 3 de junio en Washington. Como era de esperarse, estas declaraciones atraeron sobre el presidente Aoun la ira no solo de los partidos chiíes, sino también de ciertos medios de comunicación iraníes. Destaca la crítica del ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbás Araghchi, que aconsejó al presidente libanés «salvar al Líbano de su verdadero enemigo», a saber, Israel, argumentando que «no es su país el que ocupa la quinta parte del Líbano» actualmente. El señor Araghchi olvida mencionar que fue el frente abierto por Hezbolá para respaldar a Irán contra el ataque israelo-estadounidense del 28 de febrero el que sumió al Líbano en este nuevo conflicto mortífero y le acarreó una nueva ocupación israelí en el sur del Líbano. La tregua fallida Las declaraciones de los dirigentes libaneses también profundizaron aún más las divisiones internas con el bando pro-iraní. Y no fueron solo las declaraciones públicas las que provocaron la ira de este bando: las reuniones del 2 y 3 de junio en Washington mencionadas anteriormente, entre las delegaciones libanesa e israelí, bajo auspicio estadounidense, suscitaron respuestas virulentas del ejecutivo libanés en el escenario interno. Por supuesto, de Hezbolá, especialmente a través de su secretario general Naim Qassem, quien la calificó de «capitulación», pero sobre todo del presidente del Parlamento y líder de Amal (el otro componente del dúo chiíta), Nabih Berry, visto hasta entonces como un potencial portavoz de una posición diferenciada respecto a su aliado pro-iraní. Este último atacó violentamente el acuerdo, considerándolo «engatusador» e «injusto». Si ambos partidos fueron tan virulentos, es porque la declaración posterior a este acuerdo se realizó en forma de un comunicado conjunto libano-israelo-estadounidense. Y no es solo la forma: en el fondo, las tres partes denuncian los ataques iraníes contra los países del Golfo y consideran que Hezbolá debe detener sus operaciones en primer lugar en esta confrontación que continúa en el sur. En cualquier caso, este acuerdo fue rápidamente socavado, no solo por la respuesta negativa enviada por Hezbolá al presidente Aoun, sino también por una evidente falta de voluntad israelí de poner fin a los combates. ¿Tiene el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu interés en mostrarse conciliador en este frente si Hezbolá continúa sus ataques, especialmente cuando sus desacuerdos con el presidente estadounidense se hacen evidentes y ya está preparando las futuras elecciones en su país? Sea como sea, a pesar de las negociaciones en curso, cabe señalar que la intensidad de los combates no ha disminuido en el sur del Líbano, de uno y otro lado. Peor aún, Hezbolá vuelve a atacar el norte de Israel (lo que parecía haber abandonado unos días antes). Israel, por su parte, no duda en atacar al ejército libanés: lo ha hecho en más de una ocasión esta semana, en particular durante un ataque mortal el sábado, en el que dos oficiales y un soldado murieron en un vehículo militar en una carretera de Nabatiyeh. Reapertura del aeropuerto de Qlayaat Por todas estas razones, las declaraciones hostiles a las injerencias iraníes de los presidentes Aoun y Salam parecen semillas sembradas para el futuro, que tienen dificultades para germinar en un ambiente hostil. Incluso las declaraciones del presidente estadounidense, quien ha afirmado en más de una ocasión «haber hablado con Hezbolá» (de lo cual dudan muchos expertos, que prefieren la tesis de la intervención de terceros, especialmente iraníes), podrían poner en apuros la posición oficial libanesa. Sin embargo, la realidad es más matizada. Las declaraciones del Sr. Aoun le han atraído apoyo de varios países árabes como Baréin. En las redes sociales, las reacciones están profundamente divididas, pero muchos ven al presidente como portador de una voluntad sin precedentes de "liberar" el país de todas las injerencias. En otras palabras, el país parece estar desgarrado entre dos corrientes poderosas, caminando sobre la cuerda floja hacia un futuro incierto. Pero el bando contrario a la hegemonía iraní marcó otro punto esta semana. El sábado, la reapertura del aeropuerto de Qlayaat, en Akkar, esa región del norte del país que se ha convertido en sinónimo de negligencia y subdesarrollo, proyectó una imagen muy diferente del país. ¿Por qué la reapertura de este aeropuerto es sinónimo de emancipación? Porque la perspectiva de un segundo aeropuerto en el Líbano se ha enfrentado repetidamente al veto de Hezbolá y sus aliados, y los gobiernos que le eran afines nunca se atrevieron a intentarlo. En efecto, el aeropuerto de Beirut, ubicado en el suburbio sur (bastión del partido amarillo), estaba bajo control extraoficial del partido chiita, y cualquier otra infraestructura ubicada en una región que no le es favorable habría escapado a su control. Se entiende mejor el entusiasmo por las imágenes de esta inauguración del sábado, con la llegada del Primer Ministro en un avión privado que aterrizó en la pista. Imágenes que fueron percibidas como símbolo de un verdadero cambio. Finalmente, cabe destacar la visita realizada por el comandante en jefe del ejército libanés Rodolfo Haykal este fin de semana a Pakistán, el país que juega el papel de principal mediador entre Estados Unidos e Irán. Mientras tanto, en el frente irano-estadounidense Las negociaciones entre estadounidenses e iraníes, precisamente, han dado la impresión de estancarse toda esta semana. Las declaraciones de Donald Trump sobre la inminencia de un acuerdo (contrapesadas por sus amenazas de un nuevo ataque) se han sucedido con la misma regularidad, pero sin llevar a avances. Por su parte, los iraníes siguen desmintiendo sistemáticamente toda declaración del presidente estadounidense. En uno u otro caso, las palabras no impulsan a la región hacia ningún progreso significativo. Esta zona gris que se instala coincide con el próximo comienzo de un evento deportivo mundial que corre el riesgo de desviar duraderas la atención del conflicto en curso en Oriente Medio, la Copa Mundial de Fútbol, que se desarrolla en parte en Estados Unidos... y en la que participa el equipo iraní. Este debe disputar su primer partido en Los Ángeles, y los jugadores obtuvieron sus visas para Estados Unidos esta semana. Ante este estancamiento político, el terreno se inflama cada vez más. Los enfrentamientos entre los Guardianes de la Revolución y el ejército estadounidense se multiplican en la zona del Estrecho de Ormuz, que permanece parcialmente cerrada. Los disparos estadounidenses contra la isla iraní de Qeshm, en particular, provocaron una contrarréplica iraní, evidentemente dirigida principalmente hacia los países del Golfo. Destaca principalmente este ataque contra el aeropuerto de Kuwait el martes, que dejó un muerto y 63 heridos, algunos de ellos gravemente. También hay que señalar que la situación en Cisjordania y Gaza se ha enflammado también esta semana, con varios ataques contra la franja que han dejado numerosas víctimas mortales. En Cisjordania, los abusos contra el pueblo palestino, especialmente por parte de colonos a menudo asistidos por soldados, se multiplican. Tales episodios de violencia intensifican las tensiones dentro de Israel. El domingo, se escucharon disparos simultáneamente en cuatro regiones israelíes, y el ejército declaró enfrentarse a un "incidente" que dejó un muerto y varios heridos. Un atacante fue asesinado y otro arrestado.