


En medio del estrépito político y mediático que acompaña las negociaciones en curso entre el Líbano e Israel bajo patrocinio estadounidense, muchos se afanan en plantear la pregunta tradicional: ¿quiere Israel la paz? ¿Estamos ante una nueva fase en las relaciones entre los dos países, o simplemente frente a arreglos de seguridad impuestos por las correlaciones de fuerzas surgidas de la guerra?
Pero la verdad es que esta pregunta, por importante que sea, no es la más importante para el Líbano.
La pregunta fundamental de hoy no versa sobre lo que quiere Israel, sino sobre lo que el Líbano ha logrado reconquistar para sí mismo tras largas décadas de confiscación de su decisión nacional.
Por primera vez en muchos años, el Líbano no se sienta a la mesa de negociaciones como escenario de conflictos o como moneda de cambio en manos ajenas, sino como un Estado que se representa a sí mismo. Y este cambio, en sí mismo, constituye el acontecimiento político más significativo de todo lo que se está desarrollando en este momento.
Los libaneses se han desgraciadamente acostumbrado a ver su país formar parte de las guerras de los demás. Se han acostumbrado a que los expedientes existenciales relativos a la guerra, la paz, la soberanía y la seguridad sean gestionados al margen de las instituciones legítimas, y a que el Estado quede reducido a un mero testigo de decisiones tomadas en otras partes.
Durante muchos períodos de nuestra historia reciente, no era el Líbano quien negociaba — era él mismo el objeto de las negociaciones.
Y los libaneses siempre pagaban el precio.
El precio de las guerras cuyo momento no habían decidido.
El precio de los acuerdos en cuya elaboración no habían participado.
El precio de los conflictos regionales que habían convertido su patria en un buzón para los mensajes militares y políticos de los demás.
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, el panorama parece diferente.
No porque Israel haya cambiado de repente, ni porque la región se haya vuelto más pacífica, sino porque el Estado libanés ha comenzado a reconquistar un derecho soberano fundamental: el derecho a hablar en nombre del Líbano.
Los libaneses podrán divergir sobre los detalles de las negociaciones. Las posiciones podrán diferir sobre ciertas cláusulas, orientaciones o prioridades — y eso es algo natural y saludable en cualquier sociedad democrática.
Pero lo que debería ser objeto de un consenso nacional es que la decisión libanesa ha vuelto a las instituciones constitucionales, y que es el Estado quien gestiona este expediente en nombre del conjunto de los libaneses.
Ahí reside precisamente el valor real del proceso actual.
Pues los Estados no se miden únicamente por la extensión de su territorio, el tamaño de su población o el volumen de su economía, sino por su capacidad de ostentar el monopolio de la decisión soberana.
Y la soberanía no es un eslogan que se enarbola en las ceremonias — es una práctica cotidiana que comienza con el dominio del derecho a decidir sobre la guerra y la paz, y culmina con la capacidad del Estado para hablar en nombre de sus ciudadanos en la escena internacional.
Desde este punto de vista, el debate sobre las intenciones de Israel se vuelve menos importante que el debate sobre cómo proteger el logro libanés recién adquirido.
Sí, Israel busca defender sus intereses de seguridad — esa es una realidad que no necesita ser descubierta. Todo Estado negocia desde sus propios intereses, busca su seguridad y su estabilidad, e intenta obtener el máximo posible. Pero la pregunta que debería ocupar a los libaneses es esta: ¿ha llegado por fin el Líbano a ser capaz de defender sus intereses nacionales a través de sus instituciones legítimas?
Si la respuesta es sí, entonces nos encontramos ante un giro histórico que trasciende los resultados de las negociaciones en sí mismas.
Los acuerdos pueden tener éxito o fracasar. Los entendimientos pueden aplicarse o tropezar. Pero la reconquista por parte del Estado de su papel natural sigue siendo un logro estratégico a largo plazo.
El Líbano pagó un precio exorbitante cuando la decisión sobre la guerra y la paz salió de las instituciones del Estado. Pagó un precio aún más pesado cuando las prioridades libanesas se entremezclaron con las agendas regionales. Y pagó un precio inmenso cuando el destino de los libaneses quedó ligado a cálculos ajenos al interés nacional libanés.
Por eso el verdadero desafío de hoy no consiste únicamente en alcanzar el mejor acuerdo posible, sino en impedir cualquier retroceso — es decir, impedir que la decisión sea nuevamente arrebatada al Estado para ser devuelta a las esferas de influencia, a los ejes y a los conflictos externos.
Lo más peligroso sería que el debate en torno a las negociaciones se transformara en un nuevo enfrentamiento interno entre los libaneses. Pues las experiencias pasadas han demostrado que la división interna ha sido siempre la puerta por la que el exterior se infiltró en la decisión nacional. En cambio, cuando las instituciones convergen en torno al interés libanés superior, el Líbano se vuelve más sólido frente a las presiones y más capaz de defender sus derechos.
Lo que el Líbano necesita hoy no es únicamente una tregua en sus fronteras, sino una tregua con su propia historia política — una historia edificada sobre la dualidad de la decisión. No necesita únicamente arreglos de seguridad, sino consolidar el principio de que el Estado es la única instancia definitiva en las grandes causas nacionales.
Ese es el verdadero sentido del Estado de ciudadanía por el que luchamos — un Estado que no se reduce a una comunidad confesional, ni a un partido, ni a un eje. Un Estado en el que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, todas las fuerzas están sometidas a las instituciones, y todas las decisiones soberanas emanan únicamente del poder legítimo.
Pues sin Estado no hay ciudadanía.
Y sin soberanía no hay Estado.
Y no hay soberanía cuando la decisión se halla dispersa entre múltiples centros de poder.
Por eso el valor político de las negociaciones actuales no reside únicamente en los entendimientos o acuerdos que puedan producir, sino en el hecho de que reflejan el inicio de la transición del Líbano desde la posición de escenario hacia la de Estado — desde la posición del que recibe hacia la de socio, y desde la posición de moneda de cambio hacia la de quien tiene las cartas en la mano.
Y es este giro el que hay que preservar, sean cuales sean los desarrollos venideros.
Si el siglo pasado estuvo marcado por la lucha de los libaneses en torno a la identidad del Estado, la próxima etapa debe ser la de la reconquista del Estado mismo — un Estado fuerte por sus instituciones, libre en su decisión, soberano sobre su territorio, en cuyo nombre solo puedan hablar quienes los libaneses hayan elegido y quienes la Constitución haya habilitado para representar a la República Libanesa.
El camino quizás no sea fácil, y estará sin duda jalonado de obstáculos, presiones y desafíos. Pero lo que se ha logrado hasta ahora merece ser preservado.
Pues las naciones no se construyen únicamente con victorias militares ni con acuerdos políticos, sino edificando instituciones y reconquistando la decisión nacional.
Y en definitiva, aunque los libaneses puedan divergir sobre los resultados de las negociaciones, no deberían divergir sobre una sola verdad: el Líbano que negocia por sí mismo vale mil veces el Líbano en cuyo nombre negocian los demás.