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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Teherán jubila, Israel fulmina, el Líbano contiene la respiración

Tras el anuncio oficial de un acuerdo marco entre Washington y Teherán sobre un memorando de entendimiento que servirá de base para las negociaciones entre ambas capitales, el panorama es el siguiente: euforia en Teherán, donde el documento se presenta como una victoria histórica; indignación en Israel; discreción calculada en Estados Unidos; optimismo cauteloso en el Líbano y alivio en los países del Golfo y en Europa, con la caída de los precios del petróleo. El memorando de entendimiento, anunciado en la madrugada del domingo al lunes por el presidente Donald Trump, debe firmarse el viernes en Ginebra, ciudad a la que Trump llegó el lunes para participar en las reuniones del G7. Según se indica, el documento ya habría sido firmado electrónicamente. Sin embargo, el desplazamiento de una delegación catarí el domingo por la noche a Islamabad sugiere que aún quedarían detalles por resolver. Doha se había sumado, a petición de Washington, a los esfuerzos de mediación liderados por Pakistán. Esta presunción se ve también respaldada por las declaraciones del vicepresidente estadounidense, JD Vance, según quien el documento se daría a conocer en el transcurso de esta semana, aunque sin ofrecer más precisiones al respecto. Mientras tanto, Teherán ha hecho cuestión de honor explayarse ampliamente —con comentarios triunfalistas— sobre las disposiciones del memorando de entendimiento de 14 puntos. El texto sienta las bases de un alto el fuego destinado a desembocar en una paz duradera, al término de negociaciones que se prolongarán durante 60 días. Dos largos meses para un proceso plagado de obstáculos, dado que el memorando no es más que un documento que esboza las grandes líneas de las negociaciones por venir. Los medios iraníes han informado así de que el acuerdo contempla un «cese permanente e inmediato de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano, y el desbloqueo de 24.000 millones de dólares en activos iraníes congelados, la mitad de los cuales se liberaría antes del inicio de las conversaciones». Siempre según los medios iraníes, el documento prevé también la suspensión de las sanciones sobre la venta de petróleo iraní, de productos petroquímicos y sus derivados. A cambio del fin de las hostilidades y de la reapertura del estrecho de Ormuz, Washington levantaría gradualmente el bloqueo impuesto a los puertos iraníes, así como las sanciones que asfixiaban la economía de la República Islámica. Pero el punto central para ambos beligerantes sigue siendo el destino de las reservas de uranio enriquecido y de los dos programas iraníes, el nuclear y el balístico. Teherán se ha limitado a mencionar el programa nuclear, afirmando que Washington habría aceptado que la República Islámica mantenga el enriquecimiento de uranio al 3%, cuando hasta ahora Estados Unidos se mostraba inflexible en este punto. No se ha dicho ni una palabra, en cambio, sobre el programa balístico. A juzgar por lo que dicen los iraníes, han sido ellos quienes lograron imponer todas sus condiciones a Estados Unidos. El viceministro iraní de Asuntos Exteriores, Kazem Gharibabadi, anunció así que las conversaciones definitivas no comenzarían hasta «que Estados Unidos cumpla compromisos clave, en particular el fin del bloqueo naval, el cese de las operaciones militares y la liberación de los fondos iraníes bloqueados». «Una vez ejecutados estos compromisos urgentes, entraremos de inmediato en negociaciones», declaró a la televisión estatal. «El desbloqueo de los bienes iraníes y las reparaciones por los daños constituyen dos puntos esenciales» del acuerdo, señaló por su parte el portavoz de la diplomacia iraní, Esmaïl Baghaï, durante su rueda de prensa semanal. Según él, «la parte estadounidense se ha comprometido a adoptar medidas en estos dos ámbitos», algo que el vicepresidente estadounidense, JD Vance, se apresuró a desmentir. En una rueda de prensa, aseguró que los iraníes «no obtendrán nada hasta que cumplan con sus compromisos». «Solo hablan de lo que van a conseguir, pero guardan silencio sobre lo que darán a cambio», añadió, insistiendo en que Donald Trump habrá logrado por la vía diplomática lo que buscaba imponer por la fuerza, es decir, que los iraníes nunca tengan la posibilidad de poseer un arma nuclear y que dejen de financiar actividades terroristas en todo Oriente Medio». Y mientras Teherán aseguraba haber arrancado a Washington el desbloqueo de compensaciones para la reconstrucción de los sitios destruidos o dañados por los ataques israelo-estadounidenses, JD Vance insistía en que los únicos fondos que obtendrá la República Islámica son los procedentes de los activos iraníes congelados. Además, Estados Unidos espera que el estrecho de Ormuz se reabra «sin peaje» por parte de Irán, continuó, mientras que la diplomacia iraní mencionaba «tarifas» por servicios marítimos. Al mismo tiempo, Donald Trump celebraba que barcos «algunos de ellos cargados de petróleo, comiencen a salir del estrecho de Ormuz y naveguen por una ruta que es totalmente segura». El desminado no debería tardar en ponerse en marcha. El presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró que París se involucrará en este proceso junto con Gran Bretaña. Asimismo, en el marco del G7, afirmó que las capacidades de uranio altamente enriquecido de Irán deben ser «neutralizadas» bajo la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Indignación en Israel Ampliamente celebrado por la comunidad internacional, en particular por Europa, el acuerdo irano-estadounidense dista mucho, sin embargo, de satisfacer las expectativas de las autoridades israelíes, que no han ocultado su indignación. Tel Aviv considera que el acuerdo marco no neutraliza la capacidad de daño de la República Islámica, y mucho menos la de sus grupos proxy, en especial Hezbolá, que sigue representando una amenaza para la seguridad del norte del país. Israel quería que Washington «terminara el trabajo» en lugar de dejarse atrapar por acuerdos que Teherán domina a la perfección el arte de eludir. El anuncio del memorándum desató una verdadera tormenta política en el seno del gabinete israelí, que lo califica de «peligroso». Varios ministros criticaron abiertamente a la administración estadounidense, considerando el acuerdo como una «capitulación ante el terrorismo de Estado». Incluso la oposición israelí lo condenó. Por la noche, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aseguró en una rueda de prensa que Irán no adquirirá armas nucleares «con o sin acuerdo». No comentó el memorándum de entendimiento, pero se comprometió a «mantenerse vigilante para repeler cualquier amenaza de los aliados de Teherán contra Israel, en particular la de Hezbolá». En ese contexto, anunció que su ejército «permanecerá en el Líbano el tiempo que sea necesario» y que si no se ha retirado bajo la presión de Irán, es porque se ha mantenido «muy firme». «Creo que nuestros amigos estadounidenses respetan esta firmeza y esta posición. Nos quedaremos en el Líbano». Un dato significativo: hizo alarde de una voluntad de independencia militar al anunciar un presupuesto de defensa de cerca de 121.000 millones de dólares. «Vamos a desarrollar conceptos que van más allá de toda imaginación», declaró, en lo que parece ser un mensaje a Estados Unidos, que proporciona una cuantiosa ayuda militar a Tel Aviv. Para los responsables israelíes, el memorándum legitima la influencia iraní y protege las estructuras paramilitares de Hezbolá que Tel Aviv estaba desmantelando progresivamente, desde el momento en que incluyó el frente libanés en el marco del alto al fuego anunciado. Israel está además convencido de que el desbloqueo de los fondos iraníes permitirá a Teherán reconstruir su arsenal balístico. El gobierno israelí ha advertido, además, que no se considera vinculado por el documento y que no contempla ningún repliegue del Líbano mientras Hezbolá no haya sido desarmado. Un argumento que puede esgrimir con facilidad, dado que ya ha alcanzado un acuerdo de alto el fuego con el Líbano bajo el auspicio de Washington. En este contexto, varios ministros israelíes han sostenido que Tel Aviv se reserva el derecho de actuar unilateralmente para defender sus intereses, aunque ello vaya en contra de la dinámica diplomática en curso. Calma precaria en el Líbano En el Líbano, Hezbolá se apresuró a hacerse eco del triunfalismo iraní. Desde el anuncio del memorando de entendimiento, el grupo suspendió de inmediato sus ataques contra objetivos israelíes, cumpliendo así las directrices de su patrocinador iraní. Todo ello para demostrar que es gracias a Irán que se ha establecido un alto el fuego en el frente libanés. Cabe recordar que Hezbolá no reconoce el acuerdo de tregua libano-israelí, debido a su firme oposición a las negociaciones directas entre ambas capitales. Sobre el terreno, imperó una calma precaria durante el día en el sur del Líbano, donde disparos israelíes esporádicos apuntaron hacia Nabatieh y Kfar Tebnite, donde un dron israelí mató al conductor de un vehículo. Un periodista resultó también herido por un ataque de dron en esa misma localidad. Al caer la tarde, informaciones no confirmadas por fuentes oficiales daban cuenta de un avance del ejército israelí hacia la colina estratégica de Ali Taher, que domina Nabatieh, así como de enfrentamientos con milicianos de Hezbolá. Numerosos habitantes de los pueblos de la zona se apresuraron a regresar a sus localidades, pese a las advertencias del ejército libanés. En el plano político, las autoridades libanesas celebraron el memorando de entendimiento, mientras que la formación proiraní se apresuró a instrumentalizar «la victoria iraní» pidiendo, por boca del muftí jaafarí Mohammad Ahmad Kabalan, un cambio de gobierno. Lo más grave es la argumentación de este último. Según él, el nuevo equipo debe «representar los equilibrios nacionales, con la desaparición de los factores que justificaron la llegada del bloque proestadounidense al gobierno». Para el muftí, el nuevo equipo ministerial debería incluir «a los aliados (cristianos) de Hezbolá, en particular la Corriente Patriótica Libre (CPL) y las Maradas», presididas respectivamente por Gebran Bassil y Sleiman Frangieh. Con el objetivo de restituir una legitimidad cristiana a una formación completamente supeditada a Irán y totalmente aislada en el plano local. El jeque Ahmad Kabalan consideró también que «el Líbano debe retirarse de las negociaciones directas con Israel», que se supone deben reanudarse el 22 de junio en Washington. Para lograr sus objetivos, ¿llevará a cabo la formación proiraní sus amenazas de derrocar al gobierno? Interrogado sobre el Líbano, el presidente Trump respondió: «Realmente queremos ver si podemos resolver el problema de ese país. Es una parte ínfima de lo que hacemos. Pero no debería ser difícil. Tenemos que tener una pequeña conversación con Hezbolá».

Una tragedia libanesa y una nueva Nakba palestina
Por
Khairallah Khairallah
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El mundo habla de una tragedia libanesa de la que Hezbolá y, detrás de él, Irán son responsables, y de una nueva Nakba palestina provocada por Hamás. Lo que permanece ausente de todo análisis sobre esta tragedia y esta Nakba son dos acontecimientos fundamentales: la retirada israelí del sur del Líbano, en mayo de 2000, y la retirada israelí de Gaza, en el verano de 2005. Ambas retiradas fueron completas. La primera se inscribió en la ejecución de la resolución 425 del Consejo de Seguridad, adoptada en 1978, y ese mismo Consejo había rechazado desde el principio la tesis oficial libanesa sobre las granjas de Shebaa, que Hezbolá y su principal impulsor, el “presidente de la resistencia” Émile Lahoud, se apresuraron a esgrimir. Esta tesis no era más que una burda mentira, concebida para justificar el mantenimiento de las armas de la «resistencia», armas que nunca fueron dirigidas sino hacia el interior libanés y cuya única finalidad era convertir el sur del Líbano en un buzón entre Israel, por un lado, y la República Islámica, por el otro. Todo esto ocurría sin que nadie se preguntara, ni siquiera de manera fugaz, por el destino de los habitantes de esa tierra, quienes fueron y siguen siendo el gran ausente de esta ecuación interna y regional. Todavía no existe una explicación racional de lo que cayó sobre el sur del Líbano y su población. Los acontecimientos posteriores a la retirada israelí confirmaron que el mantenimiento de las armas estaba por encima de la liberación de la ocupación. La prueba fue la obstinación de mantener abierta la frontera del sur. Un comando de Hezbolá, actuando bajo instrucciones directas de Bashar al Assad, cuyo ego Irán quería inflar, secuestró a algunos soldados israelíes apenas unos meses después de la retirada. El Líbano tenía la decisión entre dejar que el sur siguiera sangrando y trabajar en su propia reconstrucción. Para Irán, esta retirada representaba una oportunidad para demostrar la solidez de su control sobre el Líbano. Ese dominio no hizo más que extenderse y consolidarse después de 2005, cuando miembros de Hezbolá asesinaron a Rafic Hariri, lo que provocó la retirada militar siria y dejó el terreno libanés sin protección frente a los Guardianes de la Revolución. ¿Qué construyó entonces el Líbano a partir de esta retirada israelí? En la práctica, construyó la catástrofe que sufre hoy y que lanzó el futuro de todo el país a los vientos. Todos hablan de la catástrofe, pero pocos señalan el propio fracaso libanés, ese fracaso que Irán alentó metódicamente al obstaculizar cualquier inversión fructífera en la retirada israelí. Sin embargo, habría sido posible convertir esta retirada en una oportunidad para un futuro mejor, para el país, para sus hijos y para el sur en particular, en lugar de transformarla en el puente por el que regresaría la ocupación, una ocupación de la que hoy se desconoce si alguna vez desaparecerá. Y lo que pesa aún más que todo lo demás es que la magnitud de las destrucciones, las devastaciones y de todo aquello que cayó sobre los pueblos del sur, así como el número de desplazados dentro de la comunidad chiita, supera ahora cualquier imaginación. En cuanto a la otra fecha que merece ser recordada constantemente, es la de la retirada israelí completa de Gaza, en agosto de 2005. Es cierto que los cálculos de Ariel Sharon, preocupado ante todo por deshacerse de la Franja de Gaza mientras imponía su control sobre Cisjordania, estuvieron en el origen de esta retirada. Pero también es cierto que el campo palestino en su conjunto, tanto la Autoridad Nacional Palestina como Hamás, hizo todo lo que estuvo a su alcance para transformar esta retirada en una nueva catástrofe palestina. Naturalmente, se puede cuestionar a la Autoridad Nacional Palestina en la figura de Mahmud Abbas, conocido como Abu Mazen, quien no posee ninguno de los atributos propios de un líder, de ningún tipo. Abu Mazen eligió permanecer fuera de Gaza justo en el momento en que los israelíes se retiraban, en lugar de estar sobre el terreno, junto a la población del territorio. Con el tiempo, las armas de Hamás se impusieron en Gaza y a los gazatíes. En lugar de convertir la retirada del verano de 2005 en una oportunidad para construir el modelo reducido de un Estado palestino civilizado y viable, esta retirada fue utilizada por Israel para sostener que no existía ningún socio palestino con quien negociar. Lo que Gaza soporta hoy no surgió de la nada. Es el resultado de una acción deliberada y calculada que Hamás llevó a cabo durante más de dos décadas, centrando su proyecto en la conservación de sus armas para construir un “emirato islámico” al estilo de los talibanes y socavando el proyecto nacional palestino desde sus propios fundamentos. Israel no se oponía a esta orientación, ni tampoco a los cohetes que Hamás lanzaba desde Gaza, ni encontraba objeciones al respecto. Lo esencial, para Tel Aviv, era confirmar que los palestinos no merecían tener un Estado y que no servía de nada negociar con ellos, mientras profundizaba las divisiones internas palestinas. Primero en el sur del Líbano y después en Gaza, las armas cumplieron su función al servicio de Israel, hasta que llegó el “Diluvio de Al Aqsa”. El 7 de octubre de 2023, el hechizo se volvió contra el hechicero. Israel descubrió que ya no podía coexistir ni con las armas de Hezbolá ni con las de Hamás. Estos dos arsenales pertenecen al pasado, más aún: pertenecen a otro mundo, aquel que estaba dispuesto a encontrar todo tipo de acuerdos con Irán y su régimen, que practica el chantaje con un arte consumado desde el primer día de su existencia, en 1979. Las dos retiradas israelíes, del sur del Líbano y de Gaza, fueron dos oportunidades perdidas por libaneses y palestinos. La retirada del sur sentó las bases de la catástrofe libanesa, una catástrofe que pudo haberse evitado, y la retirada de Gaza estableció las bases de una nueva Nakba palestina, en un momento en que el futuro de toda la región y los contornos de su posible reconfiguración se plantean, a la luz de la evolución iraní, con una intensidad sin precedentes. Las oportunidades pasan frente a los pueblos. Algunos saben aprovecharlas, otros no. Lo que realmente resulta condenable es negarse a reconocer que esas oportunidades existieron y actuar como si nunca hubieran ocurrido, cuando estuvieron ahí, más reales y más concretas de lo que era necesario.

Guerras sin fin en Medio Oriente
Por
Yakzan Takki
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Medio Oriente se hunde en guerras y turbulencias destinadas a agravarse, más nefastas que en cualquier otra época. Esa es una razón suficiente para inventar soluciones que permitan al mundo salir de su punto muerto, ya sea por la vía diplomática, actuando con un sentido de discernimiento liberado de los reflejos instintivos, demostrando los límites del poder militar o mediante una combinación de estos factores, en particular restringiendo el desafío a las leyes y la imprudencia en el derecho de la guerra, frente a lo que ahora cae bajo el dominio de lo que podría llamarse la “ley de la autoridad de la máquina de matar”. Las guerras, los asesinatos y los ataques pueden alcanzar objetivos militares, pero con frecuencia sirven más como una puesta en escena mediática, generando efectos políticos opuestos a los esperados. Los sistemas ideológicos y nacionalistas de la región rara vez se derrumban únicamente bajo la presión externa; más bien, tienden a reconstruir su cohesión invocando el relato de la amenaza, del asedio y del rechazo a todo lo nuevo. Los asesinatos a gran escala no pertenecen únicamente al ámbito tecnológico: son operaciones políticas inseparables de la relación con los seres humanos, los pueblos y la historia, y no necesariamente liberan a la región de sus creencias. Los precedentes históricos muestran, en efecto, que la caída de los regímenes totalitarios difícilmente ocurre como consecuencia de ataques externos directos. La desarticulación del entorno que los alimenta es un proceso mucho más profundo y, generalmente, subestimado. Lo que comienza como un hecho aislado de una precisión casi quirúrgica se transforma en una escalada, en una desestabilización y en alianzas identitarias más poderosas que antes. Los ataques pueden producir un éxito táctico, pero constituyen un problema estratégico cuando alimentan un nacionalismo y una violencia sangrienta aún más intensos. Así, matar a un líder como el líder supremo Ali Jamenei marcaría un punto de inflexión para Medio Oriente y también para el islamismo mundial, después de cuatro décadas de poder absoluto y de una teocracia hipermilitarizada respaldada por los Guardianes de la Revolución, abriendo el camino a la violencia social, al caos y a una presión creciente en un país como Irán, que precisamente se ha dotado de herramientas para absorber los golpes, vigilar su entorno y gestionar los riesgos. Estados Unidos e Israel asumieron el riesgo de la operación denominada “decapitación” contra este hombre de 86 años. Más allá del acto en sí mismo, la historia pone de manifiesto el peligro de un enfoque semejante cuando no apuesta por la movilización de la sociedad civil ni por el cambio social en regímenes cerrados. Los bombardeos pueden matar o neutralizar a dirigentes enemigos y condensar guerras en cuestión de días, incluso varias guerras simultáneas, pero se basan en la hipótesis de que “cortar la cabeza” provoca el colapso de la estructura, cuando la caída del régimen de Francisco Franco ocurrió con su muerte, mientras que la de Joseph Stalin o Mao Zedong no puso fin inmediatamente a los sistemas que habían construido. Ese es el engaño de la máquina de guerra contemporánea: mata individuos, comprime los conflictos en lugar de apaciguarlos, debilita los regímenes sin derribarlos definitivamente en sociedades con una fuerte impronta doctrinaria y una naturaleza interna más insurreccional, como lo demuestran Medio Oriente y África. El conflicto con el exterior se desvirtúa mediante la fusión de la identidad con el martirio, como ocurre con Hamás, Hezbolá, los hutíes y los dirigentes iraníes, y la escalada adquiere una dimensión política cada vez mayor. El círculo de la venganza y las represalias se amplía, sostenido por una arquitectura institucional e ideológica compleja donde religión, política y sociedad se entrelazan. La eliminación externa se convierte entonces en un factor de movilización interna, capaz de fortalecer el marco político en lugar de impulsar una reorientación profunda para poner fin al régimen. El conflicto se transforma en un ciclo de violencia casi permanente, acompañado de un aumento de las capacidades de resistencia, adaptación y repetición, mientras desaparece la apuesta por transformaciones internas que requieren condiciones políticas, sociales y económicas de enorme complejidad. Las negociaciones diplomáticas se prolongan entonces y pierden utilidad, mientras que la guerra extendida se vuelve inevitable; más aún cuando los iraníes creyeron poder ganar tiempo multiplicando sus argumentos para resistir, a costa de la vida y el bienestar de su propio pueblo. Por su parte, Donald Trump sobreestima su capacidad para transmitir mensajes, él cuyas ambiciones se despliegan desde los salones de celebración, desde el Arco del Triunfo hasta el Kennedy Center, hasta llegar a los asuntos políticos más serios: la inflación, las reformas bloqueadas ante los tribunales, la insatisfacción de la opinión pública a pocos meses de las elecciones legislativas e incluso los equilibrios de poder internacionales, desde su guerra contra Irán hasta su diplomacia hacia Rusia y China. Nada ocurre como él desea para obligar a obedecer a lo que queda del régimen del líder supremo, mientras Israel continúa sin descanso explotando la oportunidad que esperaba en su guerra expansionista sin fin. Estados Unidos se encuentra en una situación similar a la de 2003. Una vez más, un presidente republicano conduce una guerra de cambio de régimen; una vez más, el objetivo es una dictadura dentro de una ecuación estadounidense de control. Pero esa ecuación también es la que mata personas en barcos pesqueros frente a las costas del Caribe, sin pruebas ni procedimiento legal, la que encarcela y aísla al presidente venezolano, la que amenaza a Cuba y México, la que elimina al líder supremo iraní pese a las importantes reservas que pueden formularse sobre su historial en la represión de levantamientos populares. Y el mundo no ha olvidado cómo George W. Bush calificó la invasión de Irak como “Operación Libertad Iraquí”, ni cómo concebía, dentro de sus grandes proyectos, la exportación de la democracia hacia Afganistán. Existe allí una ironía singular: Donald Trump, elegido por un electorado convencido por el lema “Estados Unidos primero” dentro de una lógica de estricto aislacionismo durante sus dos campañas victoriosas de 2016 y 2024, multiplica las intervenciones exteriores y vuelve a recurrir a la guerra, basada en suposiciones sobre un programa nuclear iraní que estaba a punto de volverse peligroso. Pero el éxito táctico se transforma en una suerte de “James Bond” más tecnológico, dentro de una dimensión de injerencia en Venezuela. La transformación de fase que pueden provocar las grandes potencias militares al eliminar con precisión a líderes extranjeros no pertenece al ámbito tecnológico, sino al político. Bien puede no resolver las cuestiones pendientes ni simplemente borrar el poder, sino redistribuirlo, convirtiéndose en un problema, como lo demuestran los intentos de asesinato contra Muamar Gadafi en 1986, Saddam Hussein en los años noventa o Dzhojar Dudáyev, líder del movimiento separatista checheno. Entonces surgen opciones de escalada que cruzan un umbral para desembocar en algo distinto. El asesinato de Hassan Nasrallah no aniquiló por completo la resistencia, al igual que ocurrió con Dudáyev o con los dirigentes históricos de Fatah y Hamás: por el contrario, estas eliminaciones encendieron los movimientos con formas más violentas y destructivas. Las cosas evolucionan hacia direcciones menos limitadas por la diplomacia, más inclinadas a la escalada y la violencia, con una intensidad emocional que se exacerba, todo ello lejos de permitir un control absoluto y, más aún, comprometiéndolo. Afganistán vivía bajo la teocracia de los talibanes, y Estados Unidos decidió someterlo y llevarlo hacia la era moderna, imaginando un futuro en el que las niñas podrían ir a la escuela, crecer, acceder a empleos, postularse a cargos públicos y vestirse según su elección, con derechos iguales. ¿Y qué ocurrió? La conclusión se impone por sí misma: la guerra no logra convertir un país en democrático; solo un país y sus ciudadanos pueden lograrlo desde dentro. Es probable que el poder sea lo que más importa a Trump, quien establecerá acuerdos con cualquiera que lo detente, ya sean clérigos religiosos, socialistas en Venezuela, comunistas en La Habana o gobernantes autoritarios en Irán. Y parece estar empeñado en buscar aliados sin verdadero peso, como Delcy Rodríguez en Venezuela. Irán no es Irak en 2003 y parece capaz de una respuesta asimétrica frente a los dolorosos ataques estadounidenses e israelíes, así como de esas ofensivas contra los Estados del Golfo árabe, injustificadas desde cualquier equilibrio razonable. Todo esto también podría conducir a rendimientos decrecientes contradictorios, y esta guerra puede resultar mucho más oscura y mucho más prolongada: una guerra de desgaste para los países de la región, mientras el mundo comienza a adaptarse y a convivir con sus repercusiones económicas, en lugar de concentrar la atención política que Occidente quería dirigir hacia Asia. La equiparación de los riesgos representa normalmente la mitad de los cálculos, sin una evaluación suficiente de la magnitud de los daños y sus consecuencias. No cabe duda de que la política de provocación persa ha causado enormes estragos en la vida de los iraníes y de los pueblos de la región durante medio siglo, provocando un retroceso y un evidente desinterés por las necesidades de las poblaciones en la construcción del futuro. Los errores estratégicos residen en el mal al que nadie responde ya: el de atacar una región del Golfo que intentaba construir su propia modernidad. Además, el mayor desafío sigue siendo evitar lo peor en medio de numerosas guerras que el mundo no sabe cómo cerrar.

El acuerdo entre Irán y EE. UU.: suspenso y negociaciones febriles

Un pesado suspenso angustiante reinó durante todo el día y la noche de este domingo 14 de junio, jornada que debía quedar marcada por la firma virtual, «en línea», del acuerdo marco (o memorando de entendimiento) destinado a «suspender», por un período de 60 días, las hostilidades entre Estados Unidos e Irán, con miras a iniciar un proceso de negociaciones sobre los contenciosos —nuclear, balístico, financiero y geopolítico— con la República Islámica. Durante las últimas 48 horas, tanto el presidente Donald Trump como el primer ministro pakistaní afirmaron con insistencia, en múltiples ocasiones, que la firma del acuerdo marco tendría lugar efectivamente el domingo. La firma debía celebrarse «virtualmente» en presencia del vicepresidente estadounidense JD Vance y del presidente del Parlamento iraní, Mohammad Calibaf. Sin embargo, hasta bien entrada la noche (hora del Levante), la ceremonia prevista para tal fin no había tenido lugar. Dos factores explicaban este retraso: divergencias internas en Irán y una escalada militar en el frente libanés. En cuanto a este último punto, un efecto dominó provocó una grave escalada en las operaciones militares. El domingo por la mañana temprano, las sirenas sonaron en más de una ocasión en el norte de Israel, señal de misiles o aviones no tripulados lanzados desde el Líbano que cayeron en territorio israelí. Este ataque fue lanzado por Hezbolá a pesar de que Tel Aviv había subrayado en repetidas ocasiones que cualquier disparo de cohetes o drones que alcanzara el norte de Israel provocaría de inmediato una represalia contra el suburbio sur de Beirut. En efecto, la aviación del Estado hebreo llevó a cabo alrededor del mediodía un ataque contra esa zona, matando a un importante responsable militar de Hezbolá (encargado de las telecomunicaciones del partido). A partir de primeras horas de la tarde, los medios de comunicación y los círculos políticos de la región se entregaron a todo tipo de especulaciones sobre la posibilidad de una represalia iraní contra Israel como consecuencia del ataque al suburbio sur. Con el fin de «salvar» su acuerdo marco, al que parece estar (misteriosamente) férreamente comprometido, el presidente Trump habría ejercido una fuerte presión sobre el régimen iraní para que se abstuviera de lanzar su represalia contra Israel. Según diversas fuentes, todas coincidentes, incluso habría propuesto al poder iraní una concesión mayor (el levantamiento del bloqueo marítimo) a cambio de la contención militar de Irán. En vano… Avanzada la noche, el asesor del Guía Supremo iraní anunciaba que «Irán responderá con contundencia al ataque contra el suburbio sur». En la misma línea se pronunció el presidente de la influyente Comisión de Seguridad Nacional del Parlamento iraní, quien también declaró que una represalia iraní está en preparación. El mando militar iraní señalaba asimismo que un ataque contra Israel se produciría en breve. Al mismo tiempo, la agencia de noticias Tasnim (cercana a los Guardianes de la Revolución) anunciaba el cierre del espacio aéreo al este de Irán. Las críticas al presidente iraní El segundo factor que explica, con toda probabilidad, el retraso en la firma del acuerdo marco es la aparición de serias divergencias dentro del régimen iraní en torno a la conveniencia de alcanzar un acuerdo con Estados Unidos. Estas discrepancias internas fueron confirmadas públicamente por el presidente iraní Massoud Pezechkian, quien criticó abiertamente las acusaciones de traición lanzadas contra el presidente del Parlamento iraní (principal negociador con Washington) y el jefe de la diplomacia iraní, Abbas Araghchi, que se encuentra en el centro de las negociaciones en curso. El presidente Pezechkian denunció además que la televisión iraní hubiera difundido declaraciones del Guía Supremo oponiéndose al diálogo con Estados Unidos. Le second facteur qui explique, en toute vraisemblance, le retard dans la signature de l’accord-cadre est l’émergence de sérieuses divergences au sein du régime iranien au sujet de l’opportunité d’un accord avec les Etats-Unis. Ces différends internes ont été confirmé publiquement par le président iranien Massoud Pezechkian qui a ouvertement critiqué les accusations de traîtrise proférées contre le président du Parlement iranien (principal négociateur avec Washington) et le chef de la diplomatie iranienne Abbas Araghchi, qui est centre des tractations en cours. Le président Pezechkian a entre dénoncé le fait que la télévision iranienne ait rapporté des propos du Guide suprême s’opposant au dialogue avec les Etats-Unis. Cabe recordar que el sábado se organizaron en Teherán manifestaciones hostiles a cualquier acuerdo con los estadounidenses, probablemente a instancias de los Guardianes de la Revolución. Los manifestantes llegaron a exigir la dimisión del presidente del Parlamento y del ministro de Asuntos Exteriores, lanzando incluso amenazas de muerte contra cualquier figura que apoyara dicho acuerdo. Estas manifestaciones refuerzan los argumentos de los analistas y medios que afirman la existencia en Irán de una corriente convencida de que el país ha logrado una «victoria simbólica» sobre Washington y que, por tanto, no necesita firmar ningún acuerdo con Estados Unidos. Las quejas de Trump y la incertidumbre sobre el acuerdo En cualquier caso, y en un plano completamente distinto, el presidente Trump dedicó un mensaje en su red social en el que consideró que «el ataque de esta mañana en Beirut no debería haber ocurrido». En su mensaje, equipara a Israel y a Hezbolá, instándoles a detener la escalada porque «podría ser el comienzo de una paz larga y hermosa» a la que nadie debería oponerse. Conviene recordar que esta semana estuvo marcada por una fuerte tensión militar entre iraníes y estadounidenses. Los ataques estadounidenses contra múltiples objetivos en el sur de Irán se produjeron tras el derribo de un helicóptero Apache de EE.UU. por parte de los Pasdaran. El presidente Trump llegó incluso a amenazar con un ataque de gran envergadura en la noche del jueves al viernes (hora del Levante), antes de cancelarlo a última hora. El mundo amaneció el viernes con la noticia de la inminencia de un acuerdo entre los beligerantes… anunciada, como era de esperar, por el propio Trump en su red social. Mientras los medios de comunicación difundían las alentadoras noticias, numerosas «filtraciones en medios iraníes» desmentían sistemáticamente el clima de optimismo. Uno de los métodos iraníes en este sentido consiste en difundir rumores sobre las cláusulas del acuerdo que contradicen frontalmente lo revelado por Washington. Según estas «informaciones» difundidas en Teherán, Irán mantendría el control sobre el estrecho de Ormuz, conservaría su derecho a enriquecer uranio y se beneficiaría de todos los fondos iraníes congelados en bancos de todo el mundo… Lo que llevó al presidente Trump a publicar el viernes un mensaje airado en el que acusaba a los iraníes de «carecer de honor». De forma inesperada, fue el ministro Araghchi quien tomó la palabra, instando a los medios iraníes a dejar de publicar informaciones sin fundamento, lo que le valió un elogioso comentario por parte de Trump. ¿Qué ocurre con el uranio enriquecido? Aunque no se conocen con certeza las cláusulas del acuerdo, fuentes estadounidenses citadas por cadenas panarabes aseguran que los fondos iraníes congelados no serán liberados hasta que el acuerdo entre en vigor, que el estrecho de Ormuz quedaría abierto de forma automática, que las reservas de uranio serían sacadas del país y que las instalaciones nucleares serían desmanteladas. En cuanto al expediente nuclear, debería ser objeto de futuras negociaciones a partir de la próxima semana, en caso de que se firme el acuerdo. Sin embargo, el sábado un reportaje de CNN difundió información inquietante al respecto. Según la cadena, durante el actual período de alto el fuego, los iraníes habrían reforzado el blindaje de sus reservas de uranio enriquecido para dificultar y hacer más arriesgado el acceso a las mismas. Habrían enterrado los 450 kilogramos de uranio enriquecido en túneles minados con explosivos. Estas medidas se adoptaron tras las amenazas del presidente Trump de ordenar al ejército estadounidense que se apoderara del uranio. Malestar israelí e incógnita libanesa Una de las grandes incógnitas de este proyecto de «acuerdo» entre Irán y Estados Unidos es su impacto sobre el Líbano, especialmente a la luz del evidente malestar israelí al respecto. Los iraníes se apresuraron a garantizar al Hezbolá que el alto el fuego en el Líbano y una retirada israelí están contemplados en el documento, lo que explica la actitud triunfalista inmediata de algunos diputados del Hezb, que se jactaron de las «implicaciones» para la escena libanesa. No dejaron pasar la oportunidad de lanzar una pulla a las autoridades libanesas, pidiéndoles que abandonen el proceso de negociaciones directas con Israel. Sin embargo, la próxima cita en Washington entre el Líbano e Israel sigue fijada para el 22 de junio, según fuentes coincidentes. En cuanto a las autoridades libanesas, mantienen un discurso firme frente a las injerencias iraníes y siguen comprometidas con el proceso de negociaciones directas en Washington, de acuerdo con las declaraciones realizadas esta semana por el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam. Otro punto oscuro es si el acuerdo obligará a Irán a distanciarse de sus grupos afines en la región, y en particular del Hezbolá libanés, el único que ha librado verdaderamente una batalla para contribuir a la supervivencia del régimen de los mulás. Numerosos indicios recogidos en Washington apuntan a que así sería, aunque los iraníes multiplican las declaraciones asegurando que jamás abandonarían al Hezbolá. Mientras tanto, el terreno sigue en llamas en el sur del Líbano, entre el Hezbolá y el ejército israelí. Visiblemente preocupados por su libertad de movimiento en el Líbano, los israelíes ya muestran resistencia ante todo aquello que pudiera hacerles perder sus «logros» en el Sur, en especial las conquistas territoriales. Por su parte, el Hezbolá podría beneficiarse de un alto el fuego, aunque ya ha tenido que replegarse al norte de la línea simbólica del Litani, y también tiene interés en frenar el avance israelí. Esto explicaría la ferocidad de los combates registrados en los últimos días en torno a ejes muy concretos, en disputa por el control de dos zonas principales: Nabatiyeh y Tiro. Es evidente que el ejército israelí intenta avanzar al máximo antes de que cualquier desarrollo lo obligue a reducir la intensidad de su intervención militar en el Líbano. Y como de costumbre, son las ciudades y pueblos libaneses quienes pagan el precio. Las órdenes de evacuación se suceden para decenas de localidades, algunas de ellas en zonas hasta ahora indemnes, como Jezzine, por ejemplo. Haya acuerdo con Irán o no, todas las miradas estarán también puestas el lunes en la reunión del G7 en Evian, a la que asiste Donald Trump. El presidente estadounidense prevé un encuentro con los líderes de Oriente Medio… al que Netanyahu ya habría anunciado que no asistirá.

“Rouvenat”, la emoción de las piedras antiguas

Después de más de veinte años en el corazón de las grandes casas de alta joyería y del lujo internacional, desde Cartier hasta Hermès, pasando por De Beers y LVMH, entre París, Londres y Nueva York, Marie Berthelon podría haber continuado una trayectoria perfectamente trazada en la cima del sistema. En cambio, eligió alejarse de él para revivir Rouvenat, una Maison del siglo XIX que había desaparecido y que ahora se reactiva como un territorio vivo, en la intersección entre el patrimonio y la vanguardia. Al frente de una pequeña estructura profundamente comprometida, defiende una visión singular de la alta joyería: un lujo de circularidad y memoria, donde el oro reciclado, las piedras antiguas redescubiertas en cajas fuertes olvidadas y los materiales en bruto o pulidos no buscan la perfección, sino la luz. Una joyería que no se añade al mundo, sino que lo despierta, transformando aquello que ya existía en una presencia contemporánea. Este texto no estaba previsto ni destinado a existir de esta forma. Nació durante un almuerzo bajo el techo de vidrio del número 416 de la rue Saint-Honoré, en Rouvenat, en presencia de Marie Berthelon, cofundadora de la Maison, a partir de una conversación que poco a poco fue más allá del marco de aquel momento. La mesa era larga, cubierta de flores frescas. La cocina, precisa y luminosa, llevaba la firma de Servan. Y bajo la luz filtrada por el techo de vidrio, el almuerzo transcurrió con suavidad, casi de manera natural, como si el propio lugar marcara el ritmo de los intercambios. Una Maison nacida de una paradoja viva Marie comienza sin rodeos. Rouvenat es “una start-up con 150 años de historia”. En esa frase ya está todo el contenido, aunque todavía no se haya desarrollado. Una Maison fundada en 1852, desactivada anteriormente y ahora reactivada con presencia contemporánea, como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo sin haberla borrado nunca. Antes de eso, hubo un largo recorrido por las grandes casas del lujo: Cartier, Hermès, De Beers, entre París, Londres y Nueva York. Marie no rechaza nada de esa experiencia, pero poco a poco se aleja de ella hasta llegar a ese punto de inflexión donde surge una necesidad: “Salir del mundo altamente estructurado de la vida corporativa y regresar a algo más encarnado, más libre, más humano”. Es dentro de este cambio donde Rouvenat adquiere una forma poco común: solo cinco personas en el equipo, cada una con una multiplicidad de funciones. “Cada uno hace casi seis trabajos”, dice, no como un modelo organizativo, sino como una manera de permanecer lo más cerca posible de la materia. El lujo como memoria viva Muy rápidamente emerge otra gramática del lujo, menos teórica que sensorial, casi orgánica. Marie habla de un lujo “con corazón, conciencia y circularidad”, pero estas palabras no describen un sistema: describen una forma de atención. Porque aquí nada comienza realmente con la creación. Todo se pone en movimiento a partir de la mirada. “Hacer algo nuevo a partir de lo antiguo”, dice al principio, antes de precisar la idea: sobre todo, se trata de “aportar una nueva mirada a lo que ya existe”. En esta pequeña brecha reside toda la filosofía de la Maison. Requiere una determinada mirada, casi una disciplina: aprender a ver de otra manera, reducir la velocidad, aceptar buscar allí donde las cosas todavía permanecen dormidas. Y también una forma de valentía: la de no dirigirse hacia la novedad evidente, sino regresar a aquello que ya esperaba ser despertado. De esta atención nacen piezas que no buscan causar impacto, sino presencia: “Piezas con corazón y espíritu”. Materia viva, luz activa En esta alta joyería, la materia nunca es decorativa. Es tensión, tránsito, circulación. En bruto o pulida, ensamblada o sola, el oro o la plata reciclados capturan la luz sin congelarla. La transforman según el ángulo, como si cada superficie tuviera su propio aliento. Las creaciones van más allá de la idea del reciclaje. Pertenecen a un movimiento de transformación continua, en el que los materiales existentes son reinterpretados en lugar de reemplazados. Las piedras, antiguas, son redescubiertas en cajas fuertes olvidadas, abiertas después de años de silencio, a veces décadas, y es en este regreso a la superficie donde su historia comienza nuevamente. “Materiales completamente existentes”, dice Marie, como para recordarnos que aquí nada parte de cero, sino que todo comienza otra vez en otro lugar. Léon Rouvenat y la memoria de un signo Para comprender esta visión, hay que regresar al siglo XIX. Léon Rouvenat, socio de Christofle, fundó la Maison en 1852, en una época en la que la joyería se estaba convirtiendo en una verdadera industria del arte, estructurada e internacional. En aquel momento destacó por una modernidad sorprendente para su época. Su sello histórico, un detalle discreto, casi secreto, era una cerradura. Un signo concebido como una invitación: abrir la joya, revelar su interior, convertirla en un objeto de tránsito y no en un objeto cerrado. Este símbolo ahora impregna el renacimiento de la Maison y, en particular, inspira la colección Unlock, donde el motivo de la cerradura se convierte en un lenguaje contemporáneo, entre umbral e intimidad. Alrededor de este patrimonio, varias líneas estructuran el universo actual, como Unlock, precisamente, donde la joya se convierte en paso, secreto y apertura, o Bolt, con una escritura más arquitectónica, donde las formas parecen cerrarse para luego liberarse bajo la luz. Frame, por su parte, enmarca la piedra como una imagen viva, sin fijarla jamás. En esta continuidad, Rouvenat no busca reproducir un pasado, sino prolongar su gesto: el de una joya concebida como un objeto que debe ser leído, abierto y atravesado. El redescubrimiento como punto de partida Dicho esto, nada comienza como una estrategia. La aventura nace en una librería de viejo parisina. Allí, Marie descubre más de 3000 gouaches antiguos de Rouvenat. Un material intacto, todavía vibrante. El impacto es discreto, pero inmediato. A partir de ahí, no organiza una reconstrucción: intenta una reactivación. “Quería devolverle una voz”, dice simplemente. En la boutique bajo el techo de vidrio, esta idea se vuelve tangible. Oro reciclado, plata reciclada, piedras antiguas redescubiertas en cajas fuertes, materiales certificados y reelaborados: todo ya existe, pero nada está fijado. Lo importante no es el origen de los elementos, sino la manera en que vuelven a ponerse en circulación. Y en este movimiento, la materia se convierte en lenguaje: un lenguaje de luz, contraste, densidad y respiración. Los estuches como prolongación del gesto Más ampliamente, Rouvenat abre su universo al diálogo con artistas contemporáneos, confiándoles la creación de sus estuches para joyas: reciclados, estos se convierten en piezas únicas, extensiones de sus mundos creativos. Así, la joya entra en un espacio de intercambio entre materia, huella y memoria, y deja de ser un objeto aislado para convertirse en un territorio compartido. En este movimiento se inscribe la colaboración con Senz. Artista multidisciplinario, Senz explora la tipografía, la fotografía y la impresión digital a través de densos collages culturales y simbólicos. Interviene sobre estuches existentes, elaborados a partir de antiguas cajas encontradas y posteriormente transformadas, reinterpretándolas mediante gestos pictóricos e intervenciones tomadas del arte urbano, desplazando su condición inicial sin congelarlas, sino volviéndolas a poner en circulación. A lo largo del almuerzo y de los intercambios, una idea atraviesa todo sin llegar nunca a fijarse. El lujo ya no es una acumulación, sino una relación con los materiales, las memorias y los tiempos superpuestos. Y quizá, sobre todo, una forma de mirar, con la suficiente lentitud para que aquello que estaba enterrado comience a aparecer nuevamente. El verdadero lujo hoy podría ser precisamente este: saber revelar, con creatividad, el eco de las piedras que ya estaba allí. Para concluir, cuando el almuerzo llega a su fin, nada se cierra realmente. Las flores permanecen sobre la mesa como si todavía habitaran la luz, y el techo de vidrio continúa dejando pasar algo lento, casi suspendido. Las conversaciones, por su parte, no parecen detenerse; simplemente se trasladan a otro lugar. Con Marie, nada se parece a una ruptura. Más bien, se trata de un desplazamiento continuo entre épocas, gestos, materiales y memorias. Y dentro de Rouvenat, algo toma forma con discreta evidencia. Una alta joyería que no añade ni sobrecarga, sino que desplaza la mirada hasta que las cosas vuelven a aparecer. Una Maison atravesada por artistas y materiales, donde los estuches, las colecciones y los gestos contemporáneos prolongan un mismo movimiento: el de una memoria joyera que continúa circulando.

Aviso de tormenta en el cielo europeo
Por
Roger Barake
Publicado

El abandono del Sistema de Combate Aéreo del Futuro (SCAF), anunciado esta semana por Francia y Alemania tras años de tensiones, representa mucho más que el fracaso de un programa industrial. Revela las profundas contradicciones que hoy marcan la construcción de una defensa europea autónoma, justo cuando el continente busca emanciparse de su dependencia estratégica respecto de Estados Unidos. En el centro de este naufragio hay una pregunta que nunca encontró una respuesta consensuada: ¿Europa es capaz de producir, mediante un esfuerzo común, los instrumentos de su soberanía militar, o sigue siendo una yuxtaposición de intereses nacionales en competencia? Un proyecto nacido de una ambición histórica Lanzado oficialmente en 2017 por Francia y Alemania, y posteriormente integrado por España, el SCAF debía convertirse en la piedra angular de la Europa de la defensa. El objetivo iba mucho más allá del diseño de un simple avión de combate. El programa buscaba crear un “sistema de sistemas” que combinara un caza de nueva generación, drones de acompañamiento, sensores avanzados, capacidades de guerra electrónica y una arquitectura digital que permitiera una interconexión permanente del campo de batalla. En la visión de sus impulsores, el SCAF debía simbolizar el surgimiento de una autonomía estratégica europea en un mundo cada vez más inestable. Casi una década después, el balance es severo. A pesar de los miles de millones de euros destinados a los estudios preliminares, los socios nunca lograron superar sus divergencias fundamentales. Los franceses en el banquillo de los acusados El fracaso del programa reavivó inmediatamente las críticas dirigidas contra Dassault Aviation y su presidente y director ejecutivo, Éric Trappier. En ciertos círculos políticos alemanes y europeos, el dirigente del fabricante francés es presentado como uno de los principales responsables del bloqueo. Sus detractores le reprochan haber defendido una visión demasiado nacional del programa, incompatible con la lógica de la cooperación europea. Según esta interpretación, Dassault habría intentado conservar un control exclusivo sobre las tecnologías críticas del futuro avión de combate, negándose a compartir realmente el liderazgo con sus socios alemanes y españoles. Esta crítica es aún más fuerte porque el grupo francés tenía una posición particular en las negociaciones. Emmanuel Macron y Éric Trappier frente a una maqueta del Rafale con los colores griegos. (AFP) A diferencia de sus socios, Dassault podía destacar una experiencia reciente y completa en el diseño de un avión de combate moderno: el Rafale. Para muchos actores alemanes, esta experiencia habría sido utilizada como argumento para imponer una relación desequilibrada dentro del programa. Sin embargo, Dassault rechaza esta interpretación. Desde hace varios años sostiene que el problema no es europeo, sino industrial. Según la empresa, un avión de combate no puede diseñarse mediante compromisos permanentes entre varias compañías y varios Estados. Su razonamiento es simple: la responsabilidad debe ser inseparable de la autoridad. Si un fabricante está encargado de desarrollar la aeronave principal, también debe contar con el poder de decisión correspondiente. Una imagen de síntesis del SCAF con las escarapelas de la Marina Nacional francesa. Desde esta perspectiva, el SCAF no habría fracasado por falta de espíritu europeo, sino por una estructura de gobernanza incapaz de resolver las exigencias contradictorias de los socios. Sus defensores señalan que la historia reciente de la industria europea de defensa está llena de programas ralentizados por compromisos políticos, reparticiones artificiales de cargas de trabajo o rivalidades nacionales. También recuerdan que el Rafale, desarrollado bajo el liderazgo francés, es considerado actualmente uno de los principales éxitos industriales y exportadores del continente. Dos visiones irreconciliables de Europa El debate alrededor del SCAF en realidad supera la figura de Éric Trappier. Desde el inicio del programa se enfrentan dos concepciones de la Europa de la defensa. La primera, asociada con frecuencia a Berlín y a las instituciones europeas, privilegia el reparto de competencias, la integración industrial y la puesta en común de tecnologías. Una maqueta del SCAF que debía producirse gracias a una asociación entre Francia, Alemania y España, aunque Dassault insistía en mantener la dirección del proyecto. (AFP) La segunda, defendida principalmente por París, sostiene que la cooperación no debe conducir a la dilución de los conocimientos estratégicos ni a la pérdida de la soberanía nacional. Esta divergencia aparece claramente en las necesidades operativas. Francia exige una aeronave capaz de operar desde portaaviones y participar en el componente aéreo de su disuasión nuclear. Alemania no comparte ninguna de estas restricciones. En cuanto a España, busca sobre todo preservar su lugar dentro de la industria aeronáutica europea, una presencia confirmada por su participación dentro de Airbus. El proyecto, por tanto, llevaba desde su origen ambiciones que en ocasiones resultaban incompatibles. Las apuestas italiana y británica por el GCAP El Reino Unido e Italia ya han tomado otro camino: han apostado por un modelo diferente. Contrariamente a ciertas ideas preconcebidas, Roma no rechazó la cooperación europea. Simplemente optó por otro modelo de asociación. Junto con el Reino Unido, Italia participa actualmente en el Global Combat Air Programme (GCAP), al que posteriormente se sumó Japón. Más pragmáticos, británicos e italianos se aliaron con los japoneses para desarrollar su "NGF", o "New Generation Fighter". Esta decisión responde a varios factores: En primer lugar, los vínculos históricos entre la industria británica y la italiana son particularmente sólidos desde la época del Eurofighter, el caza desarrollado conjuntamente con Alemania y que ha tenido cierto éxito en los mercados de exportación. No debe olvidarse que Italia está vinculada, a través de Leonardo, al gigante británico British Aerospace (BAE) en la producción de sistemas de armamento y en la construcción aeronáutica. Leonardo es heredera de una antigua cooperación entre Agusta y Westland, dos empresas británicas especializadas en helicópteros. Además, Roma temía ocupar únicamente una posición marginal dentro de un programa dominado por Francia y Alemania. Por último, la incorporación de Japón modificó profundamente la ecuación económica. Aportó financiamiento adicional, capacidades tecnológicas avanzadas y acceso a un mercado de gran importancia. A ojos de muchos responsables italianos, el GCAP ofrecía más influencia industrial y mejores perspectivas comerciales que el SCAF. Europa frente a la paradoja Trump El fracaso del SCAF se produce en un contexto particularmente delicado. Desde hace varios años, y aún más desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, los dirigentes europeos insisten en la necesidad de reforzar su autonomía estratégica El F-35 estadounidense, aquí en su versión de despegue y aterrizaje corto/vertical. LLas incertidumbres en torno al compromiso estadounidense con la OTAN han llevado a numerosos gobiernos a aumentar sus gastos militares y a defender una industria europea más integrada. Sin embargo, el abandono del principal programa aeronáutico europeo produce exactamente el efecto contrario. En lugar de converger hacia una plataforma común, los europeos se encuentran ahora divididos entre varios proyectos rivales. La fragmentación industrial corre el riesgo de provocar una duplicación de inversiones, una dispersión de recursos y, paradójicamente, una dependencia prolongada de sistemas estadounidenses como el F-35, ya seleccionado por varios países europeos, entre ellos Alemania, Reino Unido, Polonia, Bélgica, Noruega y los Países Bajos. Quizás el problema no sea Dassault Resulta tentador buscar un único responsable del fracaso del programa. Sin embargo, un análisis más amplio conduce a una conclusión distinta. El SCAF revela, ante todo, las limitaciones estructurales de la cooperación europea en materia de defensa. A diferencia de Estados Unidos, Europa no dispone ni de un gobierno federal capaz de imponer arbitrajes, ni de una doctrina militar única, ni de un cliente principal comparable al Pentágono. Cada Estado europeo conserva sus propias prioridades estratégicas, intereses industriales y limitaciones presupuestarias. En este contexto, las divergencias entre Dassault, Airbus, París y Berlín parecen menos una anomalía que el síntoma de un problema mucho más profundo. Tampoco debe ignorarse que Europa ya ha recorrido un largo camino en materia de autonomía tecnológica. Antiguas cooperaciones bilaterales demostraron ser éxitos comerciales y tecnológicos: el Concorde franco-británico, el Jaguar, los helicópteros Lynx y Gazelle, o el avión de entrenamiento franco-alemán Alpha Jet, utilizado por la Patrulla de Francia. Los ejemplos son numerosos. El Eurofighter Typhoon ya ofrecía una alternativa al Rafale. Fruto de la cooperación entre Londres, Berlín, Roma y Madrid, se ha beneficiado de buenos resultados en las exportaciones. Pero el verdadero éxito comercial e industrial sigue siendo Airbus, el consorcio europeo que permitió no solo romper el cuasimonopolio estadounidense en la aviación civil, dejando de lado el caso de la Unión Soviética, sino incluso superar a su principal competidor actual: el fabricante estadounidense Boeing. Airbus nunca habría visto la luz sin una decisión política europea común. El proyecto sigue siendo un hito de la integración europea al mismo nivel que el Tratado de Maastricht o la creación del euro. Por desgracia, la historia recordará que, junto a esas cooperaciones coronadas por el éxito, otras nunca lograron superar la etapa de las negociaciones preliminares. Una lección para el futuro Quizás la historia recuerde que el SCAF no fracasó por falta de financiamiento ni de tecnología. Fracasó porque sus promotores nunca lograron responder una pregunta fundamental: ¿quién debía dirigir realmente el programa y en beneficio de qué intereses? Los industriales defendieron sus competencias. Los gobiernos protegieron sus intereses nacionales. Los responsables políticos invocaron a Europa mientras perseguían objetivos que a veces resultaban contradictorios. Considerado de forma aislada, cada uno de estos comportamientos puede parecer racional. Colectivamente, condujeron al abandono del proyecto que debía precisamente reforzar la integración y el fortalecimiento estratégico del continente. En un momento en que los europeos se cuestionan su seguridad en un entorno internacional cada vez más inestable, el fracaso del SCAF constituye una seria advertencia. Recuerda que una defensa común no puede descansar únicamente sobre declaraciones políticas. También exige una voluntad compartida de renunciar a parte de las prerrogativas nacionales en favor de un objetivo colectivo. Más que el conflicto en Ucrania y la amenaza rusa, más que la crisis económica y la escasez de recursos, más que el euroescepticismo infundado de algunos dirigentes radicales, quizás fue precisamente esa voluntad la que terminó faltando. Las consecuencias para Medio Oriente El fracaso del SCAF no constituye solamente un revés para la industria europea de defensa. También podría tener repercusiones importantes en Medio Oriente, una región que sigue siendo uno de los principales mercados mundiales para los aviones de combate. Desde hace dos décadas, los Estados del Golfo y varios países del Levante han desempeñado un papel esencial en el éxito comercial de la industria aeronáutica europea. Las ventas del Rafale a Egipto, Catar y Emiratos Árabes Unidos han contribuido a garantizar la continuidad de la industria francesa. Por su parte, el Eurofighter equipa, entre otros, a Arabia Saudita y Kuwait. Frente a Europa y América, China hace todo lo posible por recuperar su retraso tecnológico y logra desarrollar un avión furtivo, el Chengdu J-20, «Dragón Majestuoso», para su Ejército Popular de Liberación. El SCAF debía permitir que Europa conservara esta presencia a largo plazo, ofreciendo hacia 2040-2050 una plataforma capaz de competir con los futuros sistemas estadounidenses y asiáticos. Su abandono abre ahora un periodo de incertidumbre. Por un lado, Francia podría verse tentada a continuar por sí sola la evolución de la familia Rafale o desarrollar un sucesor nacional. Una opción de este tipo preservaría su autonomía estratégica, pero reduciría mecánicamente las economías de escala que habría permitido un programa europeo común. Por otro lado, el GCAP impulsado por el Reino Unido, Italia y Japón podría imponerse como el principal competidor europeo de nueva generación. Las monarquías del Golfo, históricamente cercanas a Londres y usuarias del Eurofighter, seguirán con atención la evolución de este programa. Sin embargo, esta fragmentación podría debilitar la posición global de Europa frente a Estados Unidos. El F-35 cuenta actualmente con una ventaja considerable: se produce en grandes cantidades, recibe el respaldo de la primera potencia militar mundial y está integrado en un amplio ecosistema operativo compartido por numerosos aliados occidentales. Cuanto más se dividan los europeos entre varios programas competidores, más difícil será competir con esta masa crítica. Otro competidor de peso: el ruso Sukhoi Su-57. Algunos países, como Argelia o India, se han aventurado en este proyecto, que sigue encontrándose esencialmente en fase de pruebas. Para los países de Medio Oriente, esta situación podría traducirse en una mayor diversificación de proveedores. Algunos continuarán privilegiando los sistemas estadounidenses, otros apostarán por las plataformas europeas, mientras que ciertos actores podrían verse tentados, a más largo plazo, a explorar alternativas emergentes procedentes de Asia, ya que China y Corea del Sur han emprendido esfuerzos para adquirir nuevas tecnologías de sigilo y desarrollar aleaciones utilizadas en la fabricación de motores. Más allá de las consideraciones comerciales, la desaparición del SCAF plantea una pregunta más amplia: ¿qué lugar pretende ocupar Europa en la arquitectura de seguridad de Medio Oriente durante las próximas décadas? Porque la exportación de un avión de combate nunca es una simple transacción industrial. Crea asociaciones duraderas, dependencias logísticas, cooperaciones en materia de formación, mantenimiento, inteligencia y, en ocasiones, incluso orientaciones estratégicas. Las decisiones relacionadas con las fuentes de adquisición de armamento constituyen un ejercicio profundamente estratégico. El F-35 estadounidense, por ejemplo, fue exportado primero a Israel, principal aliado de Estados Unidos, mientras que Turquía fue excluida del proyecto y, como consecuencia, también quedó fuera del suministro de componentes y perdió el pago anticipado de 1.400 millones de dólares, debido a que el presidente Recep Tayyip Erdoğan decidió adquirir el sistema ruso de misiles antiaéreos S-400. Al renunciar a su principal proyecto aeronáutico común, Europa corre el riesgo de perder algo más que un programa industrial. Podría perder parte de su capacidad para ejercer influencia política en una región donde la competencia entre grandes potencias no deja de intensificarse. El principal obstáculo para rusos y chinos sigue siendo el déficit tecnológico. Esto se percibe especialmente en el ámbito de la electrónica y la motorización. Las columnas de humo negro que desprenden los reactores de este Su-57 revelan un diseño que se remonta a los años sesenta.