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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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SpaceX: ¿el nacimiento de la primera superpotencia corporativa?

El 12 de junio de 2026, los mercados financieros de todo el mundo presenciaron en tiempo real un momento histórico. Pocas horas después de su salida a bolsa, SpaceX cruzaba el umbral simbólico de los 2000 millones de dólares de capitalización bursátil, convirtiéndose en la mayor oferta pública inicial jamás realizada. Su fundador, Elon Musk, se convertía, a su vez, en el primer individuo en la historia de la humanidad en ver su fortuna personal superar el billón de dólares. Como era de esperar, Wall Street se dividió en dos bandos. Para unos, esta valoración representa la máxima expresión de los excesos especulativos de nuestra época: un mercado embriagado por la tecnología, la inteligencia artificial y los relatos de crecimiento ilimitado. Para otros, simplemente refleja el valor lógico de una empresa que revolucionó el acceso al espacio, domina actualmente las comunicaciones satelitales y podría, con el tiempo, redefinir el futuro de la humanidad más allá de nuestro planeta. Pero quizás ambos bandos estén planteando la pregunta equivocada. La verdadera importancia de la salida a bolsa de SpaceX no está en saber si la empresa vale o no 2000 millones de dólares. Reside en el hecho de que los inversionistas quizás ya no estén valorando una empresa. Quizás estén valorando una nueva forma de poder supranacional. La empresa supranacional A lo largo de la historia moderna, las empresas han evolucionado dentro de estructuras creadas y protegidas por los Estados. Los gobiernos controlaban los territorios, mantenían los ejércitos, construían las carreteras, impartían justicia y acuñaban las monedas. Los actores económicos y las empresas obtenían sus beneficios dentro de estos marcos institucionales. Elon Musk y los otros capitanes de la alta tecnología forman ahora parte de las delegaciones oficiales en los desplazamientos del presidente Trump, como en esta fotografía del 14 de mayo de 2026, durante la cumbre entre China y Estados Unidos en Pekín. (AFP) SpaceX difumina hoy estas fronteras. La empresa posee y opera la infraestructura de lanzamiento más avanzada del mundo. Gracias a Starlink, controla la mayor red de comunicaciones satelitales jamás desplegada. Se ha convertido en un elemento indispensable para las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia estadounidenses. Desarrolla simultáneamente capacidades que incluyen las telecomunicaciones, defensa, inteligencia artificial, logística y exploración espacial. Históricamente, la capacidad de proyectar poder más allá de las fronteras nacionales pertenecía casi exclusivamente a los Estados. Pero eso era antes de la era digital. Hoy, SpaceX proyecta sus capacidades incluso más allá del planeta Tierra. Ya no se trata únicamente de un logro tecnológico. Se trata de un logro geopolítico. Cada época produce su gigante La historia observa, a veces, el surgimiento de empresas que trascienden su vocación comercial inicial para convertirse en las infraestructuras vertebrales de su época. Desde 1602, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales financió y facilitó la primera gran era del comercio mundial. La Compañía Británica de las Indias Orientales se convirtió en uno de los principales instrumentos de la expansión imperial británica. Los ferrocarriles transformaron el comercio y la geografía del siglo XIX. Standard Oil impulsó la era industrial. IBM detonó la era de la información. Microsoft proporcionó el sistema operativo de la revolución digital. Apple transformó el teléfono inteligente en un elemento central de la vida moderna. Todas estas organizaciones se convirtieron en algo más que simples empresas. Se transformaron en las plataformas sobre las cuales se construyeron sistemas económicos completos. SpaceX parece seguir hoy una trayectoria similar. Pero, a diferencia de sus predecesoras, la empresa opera simultáneamente en varios ámbitos estratégicos: transporte, comunicaciones, defensa, infraestructuras de datos y espacio. Ninguna empresa antes había intentado integrar tantos sistemas críticos bajo un mismo techo. La nueva frontera de la competencia entre grandes potencias El ascenso de SpaceX no puede separarse de la rivalidad geopolítica más amplia que define el siglo XXI. Durante tres décadas, la globalización desplazó gran parte de la producción industrial hacia Asia, en particular hacia China. Pekín estableció progresivamente posiciones dominantes en sectores manufactureros, minerales estratégicos, baterías, tecnologías solares y cadenas de suministro industriales. Estados Unidos se encontró cada vez menos capaz de competir bajo los criterios industriales tradicionales. Sin embargo, conservó una ventaja decisiva: la innovación tecnológica. La concentración del capital de riesgo, la cultura empresarial, el talento tecnológico y los mercados financieros en Silicon Valley siguen sin tener equivalente en el mundo. SpaceX constituye probablemente su expresión más pura. Mientras China domina la escala industrial, Estados Unidos continúa liderando la creación de ecosistemas tecnológicos completamente nuevos. La importancia de SpaceX, por lo tanto, supera ampliamente el rendimiento de sus accionistas. La empresa representa un intento de establecer una posición dominante en el próximo ámbito estratégico antes incluso de que las reglas del juego hayan sido escritas. La carrera espacial se parece cada vez más a la carrera por el dominio de los océanos que moldeó los siglos anteriores. La fusión entre poder corporativo y poder estatal Uno de los aspectos más sorprendentes de SpaceX reside en la desaparición progresiva de la frontera entre la autoridad pública y la empresa privada. La empresa es simultáneamente un proveedor comercial de lanzamientos espaciales, un contratista de defensa, una red global de comunicaciones, un activo estratégico de inteligencia y un componente esencial de la planificación militar occidental. La importancia geopolítica de Starlink quedó claramente demostrada durante el conflicto en Ucrania; desde entonces, se ha extendido a numerosas regiones de gran interés estratégico. Pocas empresas en la historia han ejercido una influencia tan directa sobre los resultados militares y políticos. Por supuesto, SpaceX opera en un mundo radicalmente nuevo. Pero la acumulación de capacidades estratégicas en manos de una sola entidad privada plantea preguntas que los gobiernos apenas comienzan a considerar. ¿Hasta dónde debe llegar el poder de una empresa? ¿Y qué ocurre cuando los gobiernos se vuelven dependientes de ella? ¿Puede justificarse una valoración de 2000 millones de dólares? El debate sobre la valoración de SpaceX está lejos de terminar. Los modelos tradicionales de valoración tienen dificultades para comprender las tecnologías disruptivas. ¿Cómo valorar una empresa cuyas ambiciones abarcan simultáneamente las infraestructuras globales de comunicación, la producción industrial en órbita, la logística lunar, la integración de la inteligencia artificial, el transporte interplanetario y la explotación de los recursos de los asteroides? La realidad es que los modelos de descuento de flujos de caja se vuelven cada vez menos fiables cuando se aplican a mercados que todavía no existen. Esto no significa que la valoración sea irracional. Tampoco significa que esté justificada. Simplemente significa que los inversionistas intentan valorar un futuro profundamente hipotético. Una advertencia de la historia financiera El momento elegido para la salida a bolsa de SpaceX merece una atención especial. Ocurre después de uno de los periodos más extraordinarios de especulación tecnológica en la historia moderna. Las valoraciones vinculadas a la tecnología y la inteligencia artificial se dispararon. Las empresas tecnológicas dominan los índices mundiales. La participación de inversionistas particulares alcanza niveles récord. El apalancamiento se encuentra en niveles extremos. Los relatos atractivos reemplazaron a los fundamentos económicos y financieros. Históricamente, estos entornos han acompañado con frecuencia grandes cambios financieros. Todas las burbujas de inversión fueron alimentadas por innovaciones reales. Todas terminaron con ajustes dolorosos. La historia nos enseña que las tecnologías revolucionarias y los excesos especulativos no son fenómenos opuestos. Por el contrario, tienden a aparecer juntos. La inteligencia artificial y las comunicaciones espaciales probablemente transformarán el mundo. Pero los inversionistas que compraron las grandes revoluciones tecnológicas en el punto máximo del entusiasmo especulativo a menudo descubrieron que incluso las mejores ideas pueden convertirse en malas inversiones cuando se adquieren a precios irreales. El verdadero mensaje de la salida a bolsa de SpaceX Al final, la importancia de la salida a bolsa de SpaceX quizás tenga poco que ver con su cotización bursátil. O con la fortuna personal de Elon Musk. Su verdadero significado reside en lo que revela sobre la evolución de las relaciones entre los Estados, la tecnología y el capital. Durante siglos, las empresas evolucionaron dentro de marcos establecidos por los gobiernos. Hoy, los gobiernos parecen depender cada vez más de las empresas para alcanzar sus objetivos estratégicos. Mientras la globalización entra en una nueva fase caracterizada por la rivalidad tecnológica, la fragmentación de las cadenas de suministro y el regreso de la competencia geopolítica, entidades como SpaceX se convierten en actores plenos del escenario internacional. ¿Fortalecerá esta evolución el orden mundial o contribuirá a su debilitamiento? Nadie lo sabe. Lo que sí es seguro, sin embargo, es que estamos asistiendo al surgimiento de un mundo en el que el poder económico, el poder tecnológico y el poder geopolítico tienden a concentrarse en las mismas manos. El mercado seguirá debatiendo, sin duda, si SpaceX realmente vale 2000 millones de dólares. Pero quizás la pregunta más inquietante sea otra: ¿quién gobernará el futuro cuando los constructores del futuro sean más poderosos que los gobiernos encargados de regularlos?

Entendimiento y reconciliación
Por
Hisham Dibsi
Publicado

El presidente Trump reaccionó con una rapidez inesperada después de que la Guardia Revolucionaria anunciara, una vez más, el cierre del estrecho de Ormuz. Esta vez dirigió su enojo contra su aliado Netanyahu, imponiéndole un alto al fuego en el sur del Líbano con el fin de preservar el buen desarrollo de las negociaciones que se llevan a cabo en la fase suiza de las negociaciones. Sin embargo, esta nueva jornada de cierre no impidió que cincuenta y cinco superpetroleros llegaran a los mercados mundiales bajo protección estadounidense, según los datos del Comando Central, además de las declaraciones del presidente Trump y de su vicepresidente, J. D. Vance. A estas alturas, importa poco cuestionar la sinceridad de ambas partes, del mismo modo que resulta innecesario buscar la verdad en cada detalle, ya que el «Memorándum de Entendimiento» permite a cada uno presentarlo de la manera que mejor responda a sus propias necesidades. No obstante, el simple hecho de que Teherán anuncie nuevamente el cierre del estrecho, aun sin llevarlo a cabo, constituye ya un acontecimiento político en sí mismo, lo suficientemente importante como para empujar a la administración estadounidense a actuar, incluso a costa del ejército israelí, emblema de la industria militar estadounidense en Medio Oriente. Es posible que el presidente Trump haya exagerado un poco al anunciar la destrucción de la fuerza aérea y de la marina iraníes, sin advertir que no había logrado destruir el arma más importante de Teherán: la negociación, algo que tampoco estaba dispuesto a reconocer, precisamente cuando los iraníes demostraban capacidades negociadoras que no guardan proporción con su situación actual y que superan ampliamente los equilibrios de poder existentes. Mojtaba El nuevo Guía continúa expresándose detrás de un velo y su público sigue esperando verlo aparecer. Sus allegados, por su parte, conocen mejor que él el estado de la República después de la destrucción masiva que golpeó las infraestructuras, las capacidades militares y los arsenales. También saben hasta qué punto necesitan calma, dinero y tiempo, precisamente lo que les ha proporcionado el «Memorándum de Entendimiento», convertido ahora en la puerta de entrada hacia una reconciliación con el «Gran Satán». Sin embargo, saben que una reconciliación de esta naturaleza puede provocar tensiones internas, sobre todo porque las políticas de Washington no los han convencido, del mismo modo que tampoco lo ha hecho Israel, que se opone al «Memorándum de Entendimiento», aunque éste siga siendo su única garantía. Si el Líder Supremo lo acepta, el régimen perderá parte de su margen de maniobra; si lo rechaza, las pérdidas se multiplicarán aún más. En ambos casos, la elección resulta amarga. Por ello, resumió sus instrucciones a sus partidarios y a su pueblo en dos palabras que expresan una aceptación sin verdadera convicción. Ayer, en el complejo hotelero suizo, después del éxito alcanzado por Pakistán gracias a una contribución decisiva de Qatar, el primer encuentro directo entre ambas delegaciones produjo un mensaje positivo. Solamente las declaraciones de los sectores más radicales en Teherán, a las que se sumaron las reacciones apresuradas del presidente Trump, vinieron a perturbar esta dinámica, recordándole a todos la fragilidad del proceso político y su vulnerabilidad ante un nuevo colapso. La mentalidad política iraní sigue bajo la influencia de la teoría de la «inmaculada concepción» . , sobre todo cuando se trata de un matrimonio con una administración encabezada por un promotor inmobiliario cuyo lenguaje es brusco y deliberadamente provocador. Los límites del juego Más allá de las reservas formuladas por los detractores del texto del «Memorándum de Entendimiento», algunas de ellas plenamente justificadas, su función esencial no reside en su contenido aparente, sino en los anexos secretos que lo acompañan, ya sean escritos u orales. Su verdadero propósito consiste en introducir a los iraníes en la sala reservada de las negociaciones bilaterales directas, cara a cara con los estadounidenses. Una vez que los mediadores hayan logrado establecer este marco de negociaciones bilaterales directas, nadie recordará las vacíos y deficiencias del «Memorándum de Entendimiento», porque el proceso de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, una vez iniciado y consolidado, no será más que la traducción directa de los equilibrios reales de poder y no de las maniobras o los artificios tácticos. En ese contexto, la teoría de la «inmaculada concepción» dejará de tener cabida. Los dirigentes iraníes lo saben perfectamente. Su principal preocupación consiste en preservar al régimen y obtener garantías de que no volverán a sufrir ataques que amenacen su existencia y su poder. Esto no significa que las autoridades iraníes renuncien a conseguir un acuerdo favorable a sus intereses, sino que las reglas del juego están cambiando, pasando de la confrontación, la hostilidad y las rivalidades a una etapa de entendimientos provisionales que, a la larga, podrían desembocar en una reconciliación. A la luz de ello, conviene releer la experiencia egipcia de reconciliación con Estados Unidos a través de los Acuerdos de Camp David con Israel, así como la experiencia palestina encarnada en los Acuerdos de Oslo, para comprender la enorme diferencia entre los resultados obtenidos en el caso egipcio y en el caso palestino, cuando prevalece la lógica de los equilibrios reales de poder y no la de las correlaciones de fuerza imaginarias. Hoy, Irán afronta su propia experiencia, marcada por el legado de la República Islámica y, detrás de ella, con el del Estado imperial persa, cuya presencia sigue siendo palpable hasta nuestros días, sin olvidar el legado de las guerras ininterrumpidas desde la llegada del imán Jomeini al poder, ya se trate de guerras contra los pueblos de Irán o contra los pueblos árabes y musulmanes, desde Afganistán hasta Yemen. La última guerra contra Israel y Estados Unidos figura entre las más breves, pero también constituye la más peligrosa para el régimen y para el Estado. Precisamente por ello, el juego ha llegado a su punto límite. Del Estado iraní ya no queda más que un pueblo golpeado por el hambre y la enfermedad, un ejército que aún dispone de misiles y unos dirigentes que muestran escaso interés tanto por su propia población como por sus vecinos. Una nueva dinámica Con el inicio de la etapa suiza, ha comenzado la cuenta regresiva de los dos meses previstos en el «Memorándum de Entendimiento». Los verdaderos asuntos en juego no se limitan a los temas oficialmente anunciados, ya sea el programa nuclear, las sanciones, los activos congelados o cualquier otra cuestión similar. Se refieren, ante todo, a los fundamentos de las relaciones bilaterales entre Irán y Estados Unidos, primero en el plano de la seguridad, después en el económico y, finalmente, en el político, hasta desembocar en una reconciliación política. Estas tres dimensiones, la seguridad, la economía y la política, abarcan todos los asuntos en disputa y exigen una nueva dinámica de negociación que poco tiene que ver con la que dio origen al «Memorándum de Entendimiento». También responden a un orden de prioridades destinado a hacer posible una reconciliación política duradera, empezando por la construcción de políticas de seguridad profundas que tranquilicen al régimen iraní y satisfagan a Estados Unidos, que hasta hoy sigue considerando a Irán una importante vulnerabilidad de seguridad dentro del área de operaciones del Comando Central estadounidense en el Gran Medio Oriente. Esta cuestión abarca igualmente la seguridad regional del Golfo y de los países árabes, así como la de los Estados de Asia Central dentro del amplio espacio euroasiático. Esto supone también resolver el futuro de la economía iraní, la segunda más importante de la región después de la de Arabia Saudita. Conviene recordar que, según las propias declaraciones del presidente Trump, su decisión de retirarse del acuerdo nuclear obedeció primero a consideraciones económicas y sólo después a consideraciones de seguridad. El tiempo sigue siendo relativamente corto para resolver los asuntos fundamentales si las negociaciones continúan avanzando como un péndulo de un lado a otro. Sin embargo, será suficiente si la administración Trump aprende algunas lecciones de negociación de su adversario más enconado, algo que, en política, difícilmente puede considerarse una debilidad. La responsabilidad estadounidense parece aquí mucho mayor que la responsabilidad iraní. De lo contrario, Estados Unidos tendría que admitir que su posición ha descendido al nivel de una potencia regional y no al de la gran potencia que afirma ser y que pretende proyectar. También conviene subrayar el papel de los cuatro países mediadores, Pakistán, Arabia Saudita, Egipto y Turquía, cuya acción refleja el peso político surgido tanto de las cumbres árabes como de las islámicas, así como su capacidad para influir eficazmente en las capitales del mundo, desde Pekín hasta Moscú, pasando por Europa occidental y América Latina. Esa influencia incluso ha llegado a Estados Unidos, tal como lo reconoció abiertamente el propio presidente Trump. Por ello, resulta imposible ignorar realidades objetivas que ya han demostrado su eficacia. Durante el periodo que viene, estos países mediadores podrán desempeñar un papel decisivo en los equilibrios regionales e internacionales, y ellos mismos lo están anunciando. Las declaraciones claras y convergentes emitidas por los ministros de Relaciones Exteriores de los cuatro países durante su última reunión en El Cairo no pueden reducirse a un simple ejercicio diplomático ni a una convicción abstracta sobre la mediación. Islamabad, Riad, Ankara y El Cairo no actúan a la ligera después de décadas de confrontaciones políticas, de seguridad y diplomáticas en múltiples frentes y asuntos. Hoy es el futuro mismo de la región lo que está en juego, y estos Estados constituyen tanto su núcleo como uno de los principales ejes de la disputa. Brasil como modelo Brasil forma parte de las potencias emergentes de la escena internacional a través del G20 y de los BRICS. Gracias a su enorme población y a una economía de varios billones de dólares, dispone de los medios necesarios para, como gran potencia latinoamericana, materializar las aspiraciones de su pueblo multicultural y convertirse en un polo dentro de un mundo multipolar. Esta ambición se refleja en el breve comunicado publicado por su Ministerio de Relaciones Exteriores el pasado 19 de junio, en el que celebra la firma del «Memorándum de Entendimiento» con el propósito de poner fin al conflicto, exhorta a las partes a respetar plenamente los compromisos adquiridos y llama explícitamente a un cese total de las hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano, así como a la continuación de las negociaciones para alcanzar un acuerdo de paz integral . Brasil reafirma además su compromiso con una estabilidad y una seguridad duraderas en Medio Oriente, particularmente en el Estado de Palestina, tanto en Gaza como en Cisjordania . Con estas palabras sencillas, precisas e inequívocas, Brasil expresó una posición que ningún ciudadano libanés o palestino podría rechazar. De este modo, se manifestó una verdadera visión de Estado respecto al «Memorándum de Entendimiento», mientras los medios locales se llenaban de interpretaciones contradictorias provenientes de todos los sectores políticos, interpretaciones que sobrepasaban ampliamente la función temporal del documento. Estas lecturas revelaron, sobre todo, una cierta agitación política entre quienes ven frustradas sus ambiciones, deseos, ilusiones o desesperanza frente a una realidad compleja que no coincide con el contenido del memorándum, justo cuando se abre una oportunidad para que las instituciones legítimas libanesas demuestren su capacidad de acción y para que el pueblo palestino reafirme su derecho político y su derecho a un Estado independiente. Brasil ha respaldado a Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia contra Israel y ha otorgado una contribución financiera a la UNRWA, mientras que el Irán de la Guardia Revolucionaria nunca ha reconocido al Estado de Palestina y no ha ofrecido a nuestros pueblos más que muerte y destrucción.

De Lucerna a Washington, el Líbano defiende su soberanía

Las negociaciones entre las delegaciones iraní y estadounidense, tras el acuerdo marco firmado entre ambas partes la semana pasada, continuaron el lunes en Lucerna, Suiza. Sin embargo, este proceso diplomático apenas está comenzando y persisten numerosas zonas de sombra. Las interrogantes no dejan de multiplicarse: ¿se avanza hacia una era en la que Irán recuperará su influencia en la región, o más bien hacia un período de equilibrios regionales? Un lugar donde estas preguntas resuenan con especial fuerza es, sin duda, el Líbano. En la tarde del lunes, un funcionario estadounidense informó sobre un acuerdo entre Estados Unidos, el Líbano e Israel para establecer un mecanismo de supervisión del alto el fuego en el sur del país bajo la tutela del Centcom, el Mando Central de las fuerzas estadounidenses. El funcionario añadió que el acuerdo fue precedido por una llamada del secretario de Estado Marco Rubio con el presidente libanés Joseph Aoun y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. La cuestión libanesa estuvo en el centro de las negociaciones en Suiza, e Irán buscó atribuirse el mérito del alto el fuego en el sur, mientras que las conversaciones directas entre el Líbano e Israel siguen programadas para este martes en Washington. Debido a las conversaciones iniciadas por JD Vance con los iraníes en Suiza sobre el sur del Líbano —sin ninguna consulta previa con las autoridades libanesas, lo que constituye un grave error de protocolo—, el presidente Joseph Aoun no dudó en dejar las cosas claras al señalar que el Líbano acoge favorablemente «cualquier ayuda para poner fin a la guerra», pero subrayando que distingue perfectamente entre ayuda e injerencia, en una clara alusión a Irán. «Somos un país soberano y nadie negocia en nuestro nombre», reafirmó sin rodeos. La embajadora del Líbano en Washington, Nada Hamadé Moawad, estableció contactos con altos funcionarios estadounidenses para transmitirles este mensaje, subrayando que cualquier negociación que concierna al Líbano debe realizarse en coordinación directa con el presidente Aoun. Fue a raíz de esta posición tajante adoptada por Baabda que JD Vance, el negociador estadounidense Jared Kushner y el primer ministro de Catar, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, llamaron al presidente de la República para hablar con él sobre las medidas planteadas en Suiza con vistas a consolidar el alto el fuego en el Líbano, que consistirían en «células de desescalada». Estas células estarían supervisadas por comités que incluirían a libaneses, estadounidenses e iraníes, una medida que se corresponde con las «zonas piloto» mencionadas en las negociaciones directas con Israel en Washington. Si el presidente libanés fue tan contundente respecto a las negociaciones emprendidas sin consulta con las autoridades, no fue solo como reacción a las negociaciones en sí, sino también ante la actitud de todos los sectores del bloque pro-iraní. El ejemplo más llamativo a este respecto son las pancartas colocadas en la carretera del aeropuerto con la imagen del Guía Supremo iraní fallecido, Alí Jamenei, y su hijo, el presunto actual Guía Supremo (aún invisible) Mojtaba Jamenei, acompañadas de un enorme «¡Gracias, Irán, la fiel!». Además de las declaraciones recurrentes de los dirigentes de Hezbolá criticando las negociaciones directas con Israel y elogiando la posición del régimen de los mulás, el jefe de la Fuerza Al-Quds de los Guardianes de la Revolución, Ismail Qaani, lanzó el lunes una amenaza sumamente significativa contra Israel. «Si no se retiran voluntariamente (del sur del Líbano), sufrirán una derrota comparable a la gesta del año 2000», declaró. De este modo, Irán se apropió de manera directa de lo que antes era motivo de orgullo para Hezbolá: la retirada israelí del sur del Líbano el 25 de mayo del año 2000. Nuclear, trigo y maíz en Lucerna… En Lucerna, a pesar de las tensiones del domingo por la noche, las conversaciones continuaron durante toda la madrugada del domingo al lunes. Los indicios del lunes por la mañana parecían positivos en ambos lados, aunque persisten las discrepancias. Las delegaciones oficiales se retiraron para dejar a las delegaciones «técnicas» continuar con los debates. El día anterior, las declaraciones «contundentes» del presidente estadounidense Donald Trump, quien amenazaba con atacar a Irán si este «no detenía su apoyo a sus proxies» (en particular Hezbolá en el Líbano), habían provocado la salida anticipada de los iraníes de la sala de negociaciones, lo que hacía presagiar un bloqueo. Sin embargo, el lunes por la mañana, los gobiernos de Pakistán y Qatar anunciaron que se habían logrado «avances alentadores». Las conversaciones desembocaron así en «una hoja de ruta para negociaciones extendidas a lo largo de 60 días» y abrieron el camino a negociaciones técnicas inmediatas. Por su parte, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, declaró con orgullo que las conversaciones permitieron «avances importantes», felicitándose sobre todo por el levantamiento de las restricciones a las exportaciones de petróleo y productos petroquímicos. Confirmó el fin del bloqueo sobre los puertos iraníes y el desbloqueo de algunos activos iraníes congelados. En cuanto al expediente nuclear, Irán reconoció haber mantenido «brevísimas conversaciones» al respecto durante las negociaciones en Suiza. El portavoz del Ministerio iraní de Asuntos Exteriores aseguró que aún no se ha abordado ningún detalle. Por su parte, el presidente iraní Massoud Pezeshkian tiene previsto viajar a Pakistán mañana, martes, para continuar los debates en torno a las negociaciones. Por su lado, el vicepresidente estadounidense JD Vance, jefe de la delegación de Estados Unidos, fue especialmente prolífico en declaraciones. Consideró que las conversaciones sentaron una base muy sólida, destacando que los iraníes aceptaron el retorno del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para realizar inspecciones en su territorio (algo que los iraníes desmintieron categóricamente poco después). Se mostró convencido de que el programa nuclear iraní forma definitivamente parte del pasado, en contraste con la ambigüedad de las declaraciones iraníes al respecto. Más tarde durante la jornada, JD Vance explicó las cláusulas financieras del «acuerdo» en una rueda de prensa, intentando justificarlas ante el público estadounidense al subrayar que «los fondos iraníes descongelados servirán los intereses de los agricultores estadounidenses», en alusión a posibles mercados futuros, especialmente en lo relativo al trigo y el maíz. Tuvo especial cuidado en señalar que Estados Unidos se aseguraría de que Irán «no financie el terrorismo» con los fondos que reciba, una manera de responder a las múltiples críticas que ya apuntan contra estas negociaciones. La colina de Ali el-Taher En el frente israelí, parece que la distensión es la tónica por el momento. El ejército israelí habría enviado a sus reclutas un aviso de desmovilización debido al alto el fuego, según el canal 12 israelí. Sobre el terreno, el sur vivió una tercera jornada consecutiva de calma, con algunas violaciones menores. El alto el fuego propició un cauteloso regreso a los pueblos de primera línea, así como el hallazgo de cuerpos de personas fallecidas que aún permanecían entre los escombros. Otro interesante informe mediático, recogido por el canal 12, ofrece además una explicación sobre la intensidad de los combates en torno a la colina estratégica de Ali el-Taher, en las alturas de Nabatiyeh, al sur del país. Según dicho informe, esta zona constituye una base esencial de Hezbolá, una red de túneles gestionada en parte por generales de los Guardianes de la Revolución iraní. Y es la proximidad de las tropas israelíes lo que, según el informe, explica el repentino interés iraní en un alto el fuego en el sur del Líbano. Israel, por su parte, no tiene ninguna intención de dejar ese terreno de gran importancia al Hezbollah y ya busca obtener, a través de las negociaciones, que Ali el-Taher sea una de las «zonas piloto» bajo el control del ejército libanés… con el fin de desalojar al Hezbollah. ¿Podría esto ser el posible detonante de nuevos enfrentamientos en caso de que estos intentos fracasen? En cualquier caso, tanto el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu como el ministro de Defensa Israel Katz declararon el lunes que «el ejército israelí mantiene libertad de movimiento en el Líbano».

Retrospectiva sobre el proyecto de avión de combate franco-alemán

El artículo de Roger Barake “Aviso de tormenta en el cielo europeo” - Levant Time, 13 de junio de 2026 - presenta las razones esgrimidas para el abandono del proyecto SCAF (Sistema Aéreo de Combate Futuro). Este artículo ofrece una perspectiva particular al presentar las relaciones franco-alemanas tal como son percibidas por muchos franceses. Aporta una mirada específica sobre este lamentable abandono. A continuación, algunos extractos esclarecedores de la introducción del artículo mencionado: “El fracaso del programa reavivó de inmediato las críticas dirigidas a Dassault Aviation y a su presidente y director general, Éric Trappier. En ciertos círculos políticos alemanes y europeos, el máximo responsable del fabricante francés es presentado como uno de los principales culpables del bloqueo. Sus detractores le reprochan haber defendido una visión demasiado nacional del programa, incompatible con la lógica de cooperación europea. Desde hace varios años, Éric Trappier repite que el problema no es europeo sino industrial. Según él, un avión de combate no puede diseñarse recurriendo a compromisos permanentes entre varias empresas y varios Estados. Su razonamiento es sencillo: la responsabilidad debe ser inseparable de la autoridad. Si un fabricante está encargado de desarrollar el aparato principal, debe disponer también del poder de decisión correspondiente. Desde el inicio del programa se enfrentan dos concepciones de la Europa de la defensa. La primera, frecuentemente asociada a Berlín y a las instituciones europeas, privilegia el reparto de competencias, la integración industrial y la puesta en común de tecnologías. Francia exige un aparato capaz de operar desde portaaviones y de participar en el componente aéreo de su disuasión nuclear. Alemania no comparte ninguna de estas exigencias. En cuanto a España, busca ante todo preservar su lugar en la industria aeronáutica europea.” Estos extractos presentan perfectamente dos concepciones enfrentadas: Dassault, que solo reclama la dirección y el control del diseño de una parte del programa, tiene efectivamente el objetivo de defender una coherencia conceptual e industrial que garantice la producción de una aeronave de alto rendimiento, cuya fabricación y entrega a las fuerzas aéreas, y también a la Marina francesa, sea rápida y, sin duda, a un costo más moderado que el de un modelo concebido con múltiples limitaciones y modificaciones, algunas de las cuales serían rechazadas por uno u otro de los socios bajo el argumento de que no responden a sus necesidades (por ejemplo, las particularidades derivadas del transporte de un arma nuclear o del aterrizaje en un portaaviones, que solo conciernen a Francia y que todos conocían desde el principio). La lectura de estos únicos extractos muestra el punto culminante de la incomprensión entre ambos puntos de vista. Berlín, y Europa detrás de él, privilegia el reparto de competencias, la integración industrial y la puesta en común de tecnologías. Dassault privilegia la eficacia y su propia competencia basada en la experiencia, en lo que respecta al avión propiamente dicho y únicamente a este, además de preservar su saber hacer. Por lo tanto, es necesario hacer algunos recordatorios para explicar lo que se encuentra detrás de la divergencia entre los puntos de vista francés y alemán. En realidad, se trata de un desacuerdo. En la notable biografía de Talleyrand, Jean Orieux expone con precisión aquello que todavía hoy dificulta una buena relación y un entendimiento pleno entre ambos países. Durante el Congreso de Viena de 1815, tras la caída del emperador Napoleón, “ Prusia reclamaba constantemente Sajonia, Renania, Luxemburgo y Bélgica; Inglaterra apoyó sus reivindicaciones en un solo punto: Renania. Lo hizo principalmente para colocar una máquina de guerra en la frontera francesa (…) Se había derrotado a Napoleón en nombre de la seguridad europea. Se entregaba Renania a Prusia y la seguridad europea quedaba arruinada durante un siglo y medio (…) Francia quedaba así bajo la vigilancia amenazante de un ejército estacionado permanentemente a 220 kilómetros de París, en una frontera abierta. Se instalaba en nuestra puerta una nación embriagada de odio desde Jena. Inglaterra (…) instalaba gratuitamente un terrible gendarme sobre el Rin. Se conoce la continuación: Bismarck, Sadowa, Sedan, la anexión de Alsacia-Lorena, la guerra de 1914, Hitler. La Europa asesinada .” Las consecuencias se sienten hasta hoy, incluso en Medio Oriente: después de Hitler, hay que añadir que, para borrar la culpa del Holocausto, se creó un Estado judío sobre un territorio ya ocupado. El Líbano es testigo de ello, una víctima. Jean Orieux no suaviza sus palabras, como demuestra la elección de los términos, cuando evoca una nación embriagada de odio desde Jena. De manera más moderada, ¿no podría cierta aversión de los alemanes hacia los franceses en la actualidad ser la continuación lejana del período posterior a Jena, por haber sido representados durante la firma de la capitulación incondicional de las fuerzas armadas alemanas que puso fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa, el 7 de mayo de 1945? En 1962, De Gaulle invita a Adenauer a asistir a una misa en la catedral de Reims, ciudad símbolo de los conflictos francoalemanes, con el objetivo de mostrar la voluntad de pasar la página de las guerras pasadas, consolidar de manera duradera la reconciliación y convertir la cooperación francoalemana en un motor de la construcción europea. El 22 de septiembre de 1984, durante las conmemoraciones de la batalla de Verdún, Mitterrand y Kohl se toman de la mano frente al osario de Douaumont, símbolo elegido para sellar la reconciliación europea, profundizar la integración europea y consolidar la paz en Europa. En estas ocasiones, los dos presidentes franceses fueron impulsores de una reconciliación sincera y definitiva. De Gaulle y Adenauer construyeron la reconciliación; Mitterrand y Kohl la profundizaron para convertir a la pareja francoalemana en el motor de Europa. ¿Por qué entonces este desamor perceptible? Hoy, mientras Francia todavía habla de la pareja francoalemana, este término ya no se utiliza en Alemania. La creación de un euro, tan desfavorable para Francia en sus intercambios comerciales, la desindustrialización de Francia impulsada en parte por Alemania, el abandono unilateral de la energía nuclear por parte de la señora Merkel, que llevó a Francia al banquillo de los acusados ante el tribunal de los ecologistas alemanes y franceses, las decisiones sobre la fijación del precio de la electricidad en Europa* aplicadas en Francia demuestran una animosidad hacia los franceses por parte de quienes clasificamos como “nuestros amigos”. Pero los pueblos no tienen amigos, solo socios, y en ocasiones aliados, mientras dure la alianza. Los políticos franceses imponen a Francia una integración en Europa a marcha forzada. ¿No se posicionan a menudo los alemanes, por su parte, a favor de una Europa alemana? Sin duda, es demasiado pronto para declarar culpable a Dassault, y por lo tanto a Francia. El futuro dirá qué aviones comprará Alemania. ¿El F-35?** *La fijación del precio de la electricidad según el precio del gas es desfavorable para una Francia basada en la energía nuclear. Esta medida supuestamente está prevista para facilitar la transición energética mediante una mayor integración de las energías renovables. Los alemanes consideran que la energía nuclear no pertenece al ámbito de las renovables, pero compensaron la eliminación parcial de la energía nuclear con centrales de carbón. ** Para completar su flota de 35 aeronaves encargadas de urgencia en 2022 y cuya entrada en servicio está prevista para 2028.

El discurso de la victoria y el comercio de las ilusiones

Un ciudadano del sur comentó así el regreso de los desplazados: “Si regresan… regresen con un silencio digno de lo que ocurrió, y no con un estruendo que hiera lo que queda de vida.” “No levanten los signos de la victoria sobre una tierra cuyas lágrimas todavía no se han secado, y no agiten banderas allí donde el polvo sigue ocultando los rostros de quienes aún no han sido retirados de los escombros.” “Regresen… pero quiten de sus hombros la arrogancia de los eslóganes, porque aquí no se trata de tribunas de celebración, sino de tumbas abiertas…” Si se siguen las declaraciones de Naim Qassem, quien ahora aparece más de una vez por semana, habría logrado la victoria, derrotado a Israel y liberado al Líbano. Por ello, se permite acusar al presidente de la República y al primer ministro de traición y colaboración, y exigir la caída de un gobierno cuyos propios representantes, sin embargo, se niegan a retirarse. Mientras tanto, Israel ha llegado a las afueras de Nabatieh, ha bombardeado las aldeas de Zahrani e intenta ocupar una de las colinas estratégicas más importantes, Ali al-Taher. Los muertos superan los 4000, los heridos ascienden a 11 000, las casas están destruidas y pueblos enteros han sido borrados del mapa. A pesar de todo, todo esto no sería más que “victorias divinas”. Cuando los responsables libaneses hablan con los estadounidenses, son calificados de traidores. Pero esos mismos sectores se enorgullecen cuando Donald Trump afirma haber encontrado al Hezbollah. Cuando el Líbano alcanza un acuerdo de alto el fuego, lo denuncian en nombre del Estado y se niegan a reconocerlo; pero aceptan un alto el fuego iraní. ¿Cómo llamar a semejante mentalidad, a semejante lógica o, más bien, a esta ausencia de mentalidad y de lógica? Se trata de una manifestación de la separación entre la realidad del terreno y el discurso movilizador. Cuando Naim Qassem afirma que “la victoria se ha logrado”, no se refiere a los criterios habituales a los que la gente suele recurrir: pérdidas humanas, destrucción, control territorial. Razona según otra lógica, que puede resumirse de la siguiente manera: Primero, la redefinición de la victoria. Esta ya no significa derrotar militarmente al enemigo ni proteger la tierra y a la población, sino “resistir”, es decir, impedir el colapso total del partido y conservar la capacidad de combatir y responder, incluso de manera intermitente e ineficaz. Con una definición así, casi cualquier resultado puede transformarse en una “victoria”, incluso a costa de pérdidas considerables. También existe el desplazamiento de la batalla desde la realidad al relato. Cuando los hechos se vuelven demasiado difíciles de soportar, la destrucción, las muertes y los retrocesos en el terreno son compensados mediante un relato mediático poderoso: la amplificación de los logros simbólicos, la ocultación o justificación de las pérdidas, la demonización y la acusación de traición contra cualquier voz interna disidente. Quien cuestiona este relato se convierte entonces en un “traidor”, porque la batalla ya no es únicamente militar: se convierte en una batalla por el propio relato. Luego aparece la lógica del “monopolio del patriotismo”. Los responsables del Estado (el presidente de la República, el primer ministro) son acusados de traición. Entramos entonces en una lógica según la cual la legitimidad ya no pertenece al Estado, sino a “la resistencia”. Cualquier negociación con el extranjero, especialmente con Estados Unidos, se convierte en traición, mientras que ese mismo contacto se vuelve aceptable si pasa por sus propios canales o si sirve a su discurso, como lo han practicado en varias ocasiones. ¿Cómo explicar esta lógica? Puede explicarse a través de varios conceptos conocidos en las ciencias políticas y sociales: el doble rasero; el pensamiento ideológico cerrado, que rechaza los hechos cuando contradicen la doctrina; la propaganda de movilización, que busca preservar el apoyo popular a su alrededor; y, por encima de todo, la negación de la realidad cada vez que las crisis se agravan. Más precisamente, se trata de una “lógica movilizadora que escapa a toda rendición de cuentas”, porque no permite ni medir los resultados ni cuestionar las decisiones. Todo en ella es sagrado y divino. El verdadero peligro de esta política impuesta no reside únicamente en sus contradicciones, sino en sus consecuencias catastróficas: la paralización del Estado y de sus instituciones; la destrucción misma de la noción de verdad, ya que todo se vuelve interpretable; la transformación de la sociedad en dos bandos, el de los “creyentes” y el de los “traidores”. Precisamente eso es lo que hace casi imposible cualquier discusión racional. El problema, por lo tanto, no se limita a la propaganda ni a la contradicción; reside en las propias herramientas del pensamiento. Estas herramientas se han convertido en ídolos que se veneran. Paul Valéry advertía contra el momento en que el ser humano deja de utilizar sus herramientas de pensamiento para convertirse en su servidor. Estamos ante conceptos antiguos, victoria/derrota y resistencia/traición, reutilizados constantemente; ante fórmulas prefabricadas de interpretación de las que nunca se apartan; ante moldes lingüísticos rígidos. Todo esto se transforma de herramientas en referencias sagradas. Pero no ven que son antiguas. Entonces, la pregunta supera la simple cuestión: ¿este razonamiento es correcto? Se convierte en: ¿pertenece al léxico aceptado dentro del grupo? Después, el pensamiento “pasadista” no es ignorancia, sino una estructura. Es un pensamiento orientado al pasado, que se adapta al presente. No está fuera del presente; vive en él, pero con herramientas provenientes de otro tiempo. ¿Cómo funciona este pensamiento? Proyecta el pasado sobre el presente. Cada acontecimiento es entendido como la repetición de una batalla anterior, como la continuación de un antiguo relato: resistencia, liberación, complot. Ignora completamente que las condiciones han cambiado, que la relación de fuerzas ha cambiado, que la naturaleza de la guerra ha cambiado y que la propia sociedad ha cambiado. Sin embargo, la herramienta sigue siendo la misma. Esto ocurre porque protegen la identidad mediante el inmovilismo. Todo cambio es percibido como una amenaza existencial y no como una necesidad. Los conceptos de Durkheim pueden ayudarnos a comprender esta lógica a pesar de sus contradicciones. Él habla de los “hechos sociales” que se imponen al individuo. La opinión, en este caso, no es una opinión individual: es el discurso colectivo, la “verdad colectiva impuesta”. El individuo se vuelve incapaz de ver la contradicción, o bien no puede romper con ella aunque la vea, porque romperla significa salir del grupo. También podemos encontrar una explicación de este comportamiento en la manera en que Claude Lévi-Strauss concibe el funcionamiento de la mente humana a través de estructuras, a menudo basadas en oposiciones binarias: victoria/derrota, traición/resistencia, nosotros/ellos. Así, la realidad deja de ser importante. Lo que importa es hacer que encaje dentro de esta oposición binaria. Esto es lo que ocurre ante nuestros ojos cada día: la derrota en el terreno es reformulada como victoria; la negociación llevada a cabo por el Estado es calificada de traición; pero la negociación realizada por “la resistencia” se convierte en táctica y proyecto. No porque no vean, sino porque su estructura mental no les permite ver de otra manera. Esto es más peligroso que una simple ausencia de lógica o que la irracionalidad. Es una razón que funciona dentro de un sistema cerrado. No puede corregirse ni mediante los hechos, ni mediante los argumentos, ni siquiera mediante las pérdidas. Toda información nueva es “digerida” dentro de la antigua estructura. Es todo un sistema de percepción que vive de herramientas muertas… pero que resucita cada día.

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (10)

Esta serie de artículos tiene como objetivo arrojar luz sobre la situación actual a través del prisma de la historia, dejando de lado las narrativas apasionadas, ideológicas o romantizadas que se alejan de la realidad y dejando que los lectores saquen sus propias conclusiones. Los nueve capítulos anteriores ofrecieron una revisión de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá al poder, desde el Acuerdo de Taif hasta la retirada israelí del Líbano en mayo de 2000, el establecimiento de una zona controlada por Hezbolá en el sur y la guerra de 2006. Este artículo aborda las lecciones de la guerra de 2006 y sus consecuencias. En la operación "Promesa Verdadera" (el-Wa3ed el-Sadek, nombre dado a la guerra de julio de 2006), Hezbolá empleó tácticas basadas en una guerra híbrida asimétrica, combinando hábilmente técnicas tradicionales de guerrilla, el uso intensivo de misiles antitanque de última generación y de doble propósito, y una defensa en profundidad en toda la zona al sur del río Litani y en partes de su margen norte. Un elemento central de esta estrategia fue la llamada táctica de las "reservas naturales", una compleja red de túneles y búnkeres subterráneos diseñados para permanecer invisibles frente a la superioridad aérea israelí, al tiempo que permitían realizar emboscadas. Este enfoque defensivo se inspiró en las tácticas del Viet Cong y del Ejército de Vietnam del Norte durante su guerra contra Estados Unidos (1964-1973), cuando las fuerzas estadounidenses gozaban de una supremacía aérea indiscutible. El grupo proiraní demostró una extraordinaria capacidad en el uso de misiles antitanque de cuarta generación, como se explicó anteriormente. Al mismo tiempo, mantuvo un hostigamiento constante contra el norte de Israel, que permaneció paralizado durante toda la guerra debido al lanzamiento diario de cohetes Katyusha, aproximadamente 4000 en total, con un promedio de entre 100 y 120 por día, disparados desde plataformas móviles ocultas. Además, los combatientes de la milicia no necesitaban líneas de suministro logístico, ya que las armas, municiones, alimentos y suministros de supervivencia habían sido almacenados en depósitos subterráneos durante seis años, y la guerra solo duró 33 días. Finalmente, Hezbolá libró una agresiva guerra mediática: el canal Al-Manar transmitía los discursos de Hassan Nasrallah, que funcionaban como un arma psicológica destinada a movilizar a sus seguidores y debilitar la moral pública israelí. En este sentido, y como ejemplo revelador, el 14 de julio de 2006, combatientes de Hezbolá atacaron una corbeta israelí frente a la costa de Beirut utilizando un misil antibuque de precisión C-802 Silkworm de fabricación china, suministrado por Irán, tomando completamente por sorpresa a la inteligencia israelí. El ataque provocó la muerte de cuatro marineros. El incidente representó un gran impacto táctico: los sistemas automatizados de defensa del barco no habían sido activados, ya que el mando había considerado inexistente la amenaza de misiles antibuque. En un discurso transmitido en vivo por radio, Hassan Nasrallah invitó a los ciudadanos libaneses a mirar hacia el mar y observar cómo la embarcación ardía, un momento que se convirtió en un punto de inflexión decisivo en la guerra psicológica del conflicto. Resumen de las tácticas israelíes Por su parte, el ejército israelí adoptó una estrategia centrada en la superioridad aérea, la alta tecnología de la época y las operaciones de precisión. Sin embargo, mostró una considerable reticencia a lanzar una ofensiva terrestre a gran escala, aparentemente decidido a repetir el modelo de la Segunda Guerra del Golfo en 1991, cuando las fuerzas de la coalición liderada por Estados Unidos llevaron a cabo una prolongada campaña aérea antes de avanzar por tierra en la Operación Tormenta del Desierto. El jefe del Estado Mayor israelí, Dan Halutz, quien había sido piloto de combate, no logró adaptar su estrategia a las nuevas realidades del terreno libanés impuestas por Hezbolá. La fuerza aérea israelí logró destruir casi todos los misiles de largo alcance de Hezbolá (Fajr y Zelzal) durante las primeras horas del conflicto, junto con una gran cantidad de plataformas de lanzamiento, puestos de mando y depósitos de municiones del grupo. También consiguió aislar el sur del Líbano mediante la destrucción de puentes y carreteras estratégicas. Finalmente, se llevaron a cabo exitosas incursiones profundas de comandos, como la operación en Baalbek, donde una unidad de fuerzas especiales israelí tomó el control de un hospital el 2 de agosto de 2006, matando a 10 combatientes de Hezbolá y a 6 civiles, y capturando a varios civiles que posteriormente fueron liberados. En el frente de las operaciones terrestres, el avance hacia el río Litani solo se logró parcialmente. Las tropas de élite consiguieron penetrar, pero nunca pudieron establecer un control efectivo sobre la ribera sur del río antes de que entrara en vigor el alto el fuego el 14 de agosto. La incapacidad de las unidades de infantería y blindadas para asegurar el terreno frente a los misiles antitanque y detener el lanzamiento de cohetes contra el norte de Israel representó el principal fracaso estratégico. Las pérdidas de equipamiento del ejército, además de los tanques Merkava y la embarcación naval dañada, incluyeron un helicóptero derribado por un misil antitanque, otros dos dañados en una colisión y varios drones. Esta guerra marcó el final de la carrera militar del jefe del Estado Mayor Dan Halutz, quien actualmente (2026) es un firme opositor de Netanyahu y participa con frecuencia en las calles al frente de protestas contra el primer ministro. La guerra de los 33 días: consecuencias Del lado libanés, el número de muertos se estima en 1100 civiles, 43 soldados y policías libaneses, aunque no eran combatientes, 5 soldados de la ONU, entre 250 y 600 combatientes de Hezbolá, 31 milicianos aliados de Hezbolá y 52 civiles extranjeros. Del lado israelí, murieron 165 personas, incluidos 119 soldados. Las pérdidas materiales libanesas incluyeron 30,000 viviendas destruidas total o parcialmente en el sur del Líbano y en los suburbios del sur de Beirut, además de puentes, carreteras e infraestructura. En total, los daños fueron estimados entre 5,000 y 7,000 millones de dólares. El número de desplazados hacia Beirut y el Monte Líbano alcanzó cerca de 685,000 personas, mientras que 200,000 huyeron hacia Siria y entre 300,000 y 500,000 personas fueron desplazadas del norte de Israel. Fin del conflicto: Resolución 1701 El conflicto terminó el 14 de agosto de 2006, tras la adopción de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU. En ese momento, Israel ocupaba una zona de amortiguación de aproximadamente 10 a 30 kilómetros de profundidad desde la Línea Azul. Tan pronto como se anunció el alto el fuego, y pese a las carreteras destruidas, los habitantes desplazados regresaron masivamente a sus pueblos en el sur. Este fue el cuarto retorno de desplazados al sur del Líbano, provocado no por una liberación territorial mediante la fuerza, sino por la presión internacional, en la que Irán y Hezbolá siempre han confiado, como ocurrió en 1993, 1996 y 2000, con el objetivo de estabilizar Oriente Medio mediante acuerdos que invariablemente demostraron ser temporales. La Resolución 1701 buscaba establecer una "zona de seguridad" en el sur del Líbano, entre la Línea Azul y el río Litani, ubicado aproximadamente 30 kilómetros al norte. Sin embargo, su implementación fue selectiva e incompleta, lo que condujo a la situación que prevalece actualmente. Por primera vez en casi treinta años, el ejército libanés desplegó 15.000 soldados a lo largo de la frontera sur, afirmando el principio de autoridad estatal, en contraste con la retórica del entonces presidente Emile Lahoud, quien se había negado sistemáticamente a desplegar al ejército en el sur para mantener la región bajo el control de Hezbolá. También conforme a la Resolución 1701, el ejército israelí se retiró de las zonas que había ocupado durante la ofensiva terrestre, y la FINUL fue reforzada masivamente, pasando de 3000 a cerca de 10,000 cascos azules, con un mandato ampliado para supervisar el cese de hostilidades y ayudar al ejército libanés a implementar la Resolución 1701. Sin embargo, nada de esto ocurrió durante los 17 años siguientes… La Resolución 1701 establecía que ningún grupo armado, excepto el ejército libanés y la FINUL, debía estar presente entre el río Litani y la frontera. Sin embargo, las facciones dominantes dentro del gobierno libanés optaron por la sumisión, sin una visión estratégica y sin aprovechar la presión internacional. Hezbolá, en colaboración con ellas, aceptó retirar a sus combatientes uniformados y sus armas pesadas visibles, pero mantuvo una presencia clandestina completa. Reconstruyó su red de túneles y búnkeres subterráneos y reconstituyó y modernizó masivamente su arsenal, incluyendo decenas de miles de cohetes, justo bajo la supervisión de la FINUL, a través de Siria, que funcionó como un puente terrestre entre Líbano e Irán. Israel, por su parte, continuó violando diariamente el espacio aéreo libanés, argumentando que era necesario para vigilar las actividades de Hezbolá ante la ausencia de una aplicación real de las disposiciones de desmilitarización. La Resolución 1701 logró mantener una estabilidad relativa y evitar una guerra total durante 17 años, hasta octubre de 2023, pero nunca resolvió el problema de fondo: la presencia militar de Hezbolá en el sur del Líbano. Lea también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (9) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? 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