Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
Retrato del autor
Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
Imagen destacada de la noticia
El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
El funeral de un régimen
Por
Hisham Dibsi
Publicado

El funeral del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser fue uno de los funerales de Estado más multitudinarios en la historia de Medio Oriente. La emoción popular desbordó el protocolo oficial y transformó la ceremonia en una despedida espontánea, mientras enormes multitudes acompañaban el féretro de su líder hasta su última morada en 1970. En noviembre de 2004, tres continentes, Europa, África y Asia, despidieron al símbolo palestino Yasser Arafat. París le rindió los honores reservados a los monarcas; El Cairo recibió a Palestina, mientras que en Ramala toda la organización oficial quedó desbordada por la magnitud del duelo popular. Fueron las propias manos de los palestinos las que llevaron el féretro, y sus ojos se inundaron de lágrimas por el hombre que había forjado su identidad nacional. Su partida resultó aún más dolorosa por las palabras de Ariel Sharon, quien habló de “la mano del destino”. La respuesta del pueblo palestino fue inequívoca: “No te alegres. La justicia está de nuestro lado.” En Gran Bretaña, el mundo presenció en 2022 lo que probablemente haya sido el funeral de Estado más imponente de este siglo: el de la reina Isabel II, al que asistieron cientos de jefes de Estado, jefes de Gobierno y monarcas reinantes. Cada detalle de la ceremonia había sido cuidadosamente planificado por la propia soberana. Todo reflejaba la sabiduría institucional de la monarquía a través de su personalidad y de su visión profundamente pragmática del Estado, la sociedad y la vida pública. Casi podía imaginarse que había acompañado conscientemente su propio funeral, satisfecha con lo que había logrado tanto para la Corona como para el Reino. Ayer, millones de seguidores leales del Líder Supremo marcharon detrás de Ali Jamenei, derramando abundantes lágrimas con una disciplina extraordinaria. A su alrededor había apenas un reducido grupo de dignatarios extranjeros invitados, pero una multitud de generales y altos funcionarios de la República Islámica. La ceremonia terminó convirtiéndose en una inmensa demostración de lealtad, hoy la principal fuente de poder del régimen tras la destrucción de su poder. Sin embargo, semejante exhibición difícilmente convencerá a las decenas de millones de iraníes que observaron la escena desde la distancia de que los cuerpos de seguridad, incluso respaldados por los fieles del régimen, sean capaces de preservar por sí solos su supervivencia. En realidad, aquella procesión parecía menos el funeral de un líder que el del propio régimen, un régimen que, cuando llegue el día de su caída, ya no encontrará a nadie que acompañe su cortejo fúnebre. Una cascada de desafíos La primera declaración provino del Líder Supremo, quien afirmó: “Sin duda nos vengaremos y será muy pronto.” Con ello recurrió al lenguaje de la obligación religiosa, apelando, de hecho, a cualquiera que estuviera en condiciones de ejecutar esa venganza. La retórica evocó de inmediato la fatwa emitida décadas atrás por el primer Líder Supremo, el ayatolá Ruhollah Jomeini, en la que ordenaba dar muerte al escritor británico Salman Rushdie tras la publicación de su célebre novela Los versos satánicos . La segunda declaración vino de los comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica, quienes anunciaron el “cierre del estrecho de Ormuz hasta nuevo aviso”. Aunque el Líder Supremo no identificó explícitamente al destinatario de esa represalia, la multitud congregada durante el funeral de su predecesor disipó cualquier duda al corear “Muerte a Trump” y “Muerte a Netanyahu”. Entre las amenazas de asesinato y venganza lanzadas por la máxima autoridad religiosa del régimen, el anuncio del cierre del estrecho y los ataques contra embarcaciones comerciales en aguas territoriales de Omán, el conflicto ha entrado en una fase nueva y mucho más peligrosa. El entendimiento inicial entre las partes se derrumbó, la tregua quedó hecha añicos y las distintas interpretaciones de disposiciones redactadas en términos generales dieron paso a un renovado intercambio de acciones militares, cada parte actuando de acuerdo con sus propias capacidades. Muchos de quienes criticaron la redacción del memorando pasaron por alto un hecho esencial: el documento ya había cumplido el principal objetivo de Washington al permitir que Estados Unidos se retirara de la guerra en su forma original. La dirigencia iraní, tan confiada en su habilidad negociadora, descubrió rápidamente que lo que consideraba la “astucia persa” no podía competir con la capacidad estratégica estadounidense. En política internacional, los resultados concretos dependen de los equilibrios reales de poder, no de la fanfarronería política ni de la habilidad para maniobrar. A Washington le bastó con reconocer, al menos por el momento, la soberanía de Irán sobre el estrecho, pero únicamente dentro de los límites de sus aguas territoriales reconocidas por el derecho internacional. Al mismo tiempo, la coordinación con el Sultanato de Omán permitió a la Marina estadounidense eludir las restricciones iraníes al utilizar la ruta marítima meridional que bordea la costa omaní. Con ello, Teherán perdió su última carta estratégica de peso y, al mismo tiempo, terminó alejando a un mediador que durante años había sido cooperativo e incluso extraordinariamente tolerante, aun dentro de sus propias aguas territoriales. Ese fue el punto de inflexión que desestabilizó a la dirigencia iraní. Tras sustituir la “carta del estrecho” por la “carta nuclear”, creyó haber logrado desviar las negociaciones de su objetivo original, modificar el comportamiento del régimen, para concentrarlas únicamente en el debate sobre la apertura o el cierre del estrecho de Ormuz. De esa manera, la Casa Blanca logró reacomodar sus cartas, tanto en el escenario político interno de Estados Unidos como dentro de la OTAN, a partir de los resultados de la Cumbre de Ankara. Antes siquiera de que concluyera el cortejo fúnebre del Líder Supremo, la dirigencia militar iraní descubrió que la realidad estaba muy lejos de las expectativas que había alimentado. Las victorias que había prometido a su propia opinión pública se desvanecieron con mayor rapidez de la que tarda en consumirse una vara de incienso. Si la euforia que Teherán presentó como un triunfo diplomático tras el anuncio del memorando terminó por disiparse a lo largo del corredor marítimo meridional de Omán, la movilización de millones de seguidores coreando consignas de muerte y venganza sigue siendo incapaz de modificar el equilibrio real de poder, aunque contribuya temporalmente a elevar la moral de un pueblo sometido y dirigido por una cúpula que muestra escasa preocupación por el costo de sus propias decisiones. Así, la dirigencia iraní terminó enfrentándose a la alternativa impulsada por Estados Unidos y Omán, concebida para mantener permanentemente abierto el estrecho de Ormuz conforme al derecho internacional. Es en ese contexto donde debe entenderse la reciente escalada de radicalización y temeridad, reflejada en los ataques contra embarcaciones comerciales en tránsito, contra varios países del Golfo Árabe y contra el Reino Hachemita de Jordania. Sin embargo, hay un hecho que llama particularmente la atención. Irán ha mostrado un cuidado extraordinario para evitar cualquier ataque directo contra Israel. Del mismo modo, un enfrentamiento militar abierto con la Marina de Estados Unidos sigue completamente descartado. Detrás de esa conducta hay un cálculo estratégico relativamente sencillo. Desde la perspectiva de Teherán, atacar embarcaciones comerciales o a los Estados árabes no provoca la ira de Washington. Por el contrario, incentiva a esos mismos países a adquirir más sistemas estadounidenses de defensa antiaérea. Al mismo tiempo, los Estados árabes, encabezados por Arabia Saudita, no tienen intención alguna de permitir que la Guardia Revolucionaria Islámica los arrastre a una guerra en el momento y bajo las condiciones que Irán determine. Todos ellos cuentan con una estrategia defensiva construida desde una posición de fuerza y desempeñan un papel político cada vez más influyente tanto en el ámbito regional como en el internacional. Si la mediación constituye una de las expresiones de esa estrategia, es porque responde a objetivos políticos de largo plazo. Esto resulta aún más evidente desde que Omán modificó su postura anterior, mientras que la mediación de Catar ha quedado reducida progresivamente a su dimensión financiera, al continuar Doha reteniendo importantes activos iraníes congelados por efecto de las sanciones internacionales. Entretanto, Islamabad, Riad, El Cairo y Ankara mantienen abiertos sus canales de comunicación con la presidencia iraní y con el Ministerio de Asuntos Exteriores para preservar los esfuerzos de mediación. Cada día, estas cuatro capitales reiteran su rechazo a la guerra y su voluntad de contenerla mediante la aplicación del derecho internacional, especialmente en lo relativo a la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz. Precisamente ahí radica la derrota más significativa de la Guardia Revolucionaria Islámica. Hemos entrado ya en una guerra de desgaste en múltiples frentes. Día tras día, la nueva dirigencia iraní proporciona a la Casa Blanca todo lo que necesita para prolongar este conflicto hasta finales de año. Esa dinámica favorece la agenda política interna del presidente estadounidense y, al mismo tiempo, fortalece su posición en el escenario internacional. Todo ello ocurre en un contexto de visible disminución de las tensiones partidistas dentro de Estados Unidos, sin que eso signifique que exista un verdadero consenso político en la superpotencia que sigue gestionando buena parte de los grandes asuntos del planeta. Una decisión independiente Por primera vez, el Estado libanés participa activamente en la construcción de su propio futuro mediante una lectura lúcida y realista de los conflictos internacionales, en particular de la confrontación en curso con la República Islámica de Irán. Esa confrontación ha provocado el regreso de la ocupación israelí al sur del Líbano, además de la continuidad de las violaciones del espacio aéreo libanés. También ha llevado, por primera vez, a Hezbollah a enfrentarse directamente con Israel en una guerra de apoyo a Gaza y de respaldo a Irán tras la muerte de Ali Jamenei, cuando la organización ya había quedado fuera de la antigua ecuación de “Ejército, Pueblo y Resistencia”, después de la aplicación del principio del monopolio estatal de las armas. Puede afirmarse, por tanto, que sin la decisión de consagrar el monopolio estatal de las armas, el Líbano jamás habría podido iniciar las negociaciones que dieron lugar al memorando. Ese acuerdo exige ahora un acompañamiento político permanente y la gestión de expedientes particularmente complejos, una tarea para la que la diplomacia libanesa posee una reconocida experiencia tanto en el ámbito árabe como en el internacional. La mayoría de quienes hoy critican este paso audaz y valiente son los mismos que, desde un principio, rechazaron el principio del monopolio estatal de las armas. También mantienen profundas reservas respecto del Acuerdo de Taif y del equilibrio político y regional que este estableció. En consecuencia, las objeciones al proceso de negociaciones entre Líbano e Israel no pueden separarse de esa oposición de fondo a esas dos decisiones fundamentales, incluso cuando algunos afirman respaldar verbalmente el Acuerdo de Taif mientras, en la práctica, actúan en sentido contrario. En esencia, se trata del enfrentamiento entre un pasado reciente marcado por políticas que convirtieron al Líbano en un escenario de inversión geopolítica, en lugar de una patria digna de ser construida y defendida, y un nuevo enfoque que hoy cuenta con un amplio respaldo internacional y árabe. Ese apoyo refleja la comprensión del peso de las injerencias externas, presiones que superan las capacidades del Estado libanés y lo enfrentan a desafíos con Israel que no son consecuencia de sus propias decisiones. Ese entendimiento quedó plasmado en sucesivas resoluciones de las Naciones Unidas, especialmente en la Resolución 425, que zanjó definitivamente cualquier controversia sobre la soberanía del Líbano respecto de sus fronteras meridionales. Dicha resolución puso fin a un largo período histórico iniciado tras la guerra de junio de 1967 y sus consecuencias, entre ellas el auge de la lucha armada palestina desde territorio libanés. Asimismo, proporcionó el marco jurídico para la retirada israelí de mayo de 2000, permitiendo al Estado libanés iniciar el lento proceso de recuperación después de las sucesivas guerras. Las negociaciones actuales, sustentadas en el conjunto de resoluciones internacionales favorables al Líbano, especialmente la Resolución 1701, forman parte de un esfuerzo internacional y árabe profundamente comprometido con la soberanía libanesa. Ese compromiso descansa sobre fundamentos claramente establecidos: la Constitución, el Pacto Nacional, el Acuerdo de Taif, el discurso de investidura presidencial y la Declaración Ministerial. Es precisamente ese fundamento el que permite hoy al Líbano aprovechar de manera constructiva tanto la legitimidad internacional como la legitimidad árabe para reducir, por medios políticos, la asimetría de poder con el Estado hebreo. Sin embargo, esa brecha no puede cerrarse sin dialogar con la propia administración estadounidense, principal garante del Estado hebreo. Quienes hoy intentan desacreditar el esfuerzo político del Líbano para alcanzar entendimientos que protejan al país y abran una salida a su profunda crisis buscan, en realidad, hacer retroceder al Estado para preservar intereses particulares que nada tienen que ver con el destino del Líbano como nación y como Estado. En el contexto de esta nueva guerra de desgaste entre Washington y Teherán, preservar al Líbano de las repercusiones del estrecho de Ormuz adquiere hoy una importancia mayor que nunca. Irán continúa invirtiendo allí donde aún encuentra oportunidades. Cuanto más se derrumban sus cartas, mayor es su determinación por recuperar el control de la decisión nacional independiente del Líbano.

El Líbano entre dos tutelas: reconstruir el consenso nacional

Si bien las observaciones sobre el acuerdo marco entre el Líbano e Israel, auspiciado por Estados Unidos, son numerosas, profundas, legítimas y plenamente justificadas, dado que el texto no ofrece ningún beneficio sustancial para el Líbano, ello no significa que el país deba sumarse a la vía de Islamabad o al acuerdo de Suiza entre Washington y Teherán, cuyo colapso, lejos de resultar inesperado, fue consecuencia de múltiples factores políticos y extrapolíticos. Este frágil acuerdo de Suiza refleja con claridad el profundo clima de desconfianza existente entre las dos partes enfrentadas. Tel Aviv no ha dejado de alimentar y profundizar esa desconfianza en función de su interés inmediato: reanudar la guerra allí donde se detuvo, seguir debilitando las capacidades iraníes, aun cuando ello no condujera a la caída del régimen, como se esperaba o deseaba en las primeras etapas del conflicto. Al mismo tiempo, esa estrategia permite al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ganar más tiempo, mejorar su imagen de cara a las elecciones legislativas y continuar retrasando, dilatando y ralentizando los procedimientos judiciales abiertos en su contra. Los partidarios de la vía negociadora en el Líbano, independientemente de que sea directa o indirecta, una distinción que los acontecimientos ya han dejado atrás, pueden sostener hoy que esta opción evita que el Líbano quede directamente involucrado en una nueva guerra entre Washington y Teherán. Es cierto que la guerra no ha cesado en el Líbano y que las violaciones israelíes de la soberanía libanesa continúan diariamente. Sin embargo, al menos hasta ahora, la situación no ha desembocado en un colapso total del frente, como ocurrió durante los meses anteriores. Ello podría estar relacionado con las informaciones según las cuales la administración estadounidense habría comunicado a Benjamin Netanyahu que el expediente libanés no estaba supeditado al eventual colapso del acuerdo de Suiza. Sin embargo, esta observación fundamental, vinculada al derecho exclusivo del Líbano a negociar en su propio nombre y a su derecho igualmente legítimo de rechazar que otro Estado negocie en su lugar, en contradicción con los principios más elementales de la soberanía, cuya vulneración debería ser rechazada cualquiera que sea su origen, no priva a las distintas fuerzas políticas libanesas del derecho a criticar el acuerdo marco y señalar sus deficiencias, sin que desde uno u otro lado se lancen acusaciones de traición. Es cierto que el agotamiento colectivo de los libaneses, tras un ciclo interminable de guerras que no dejan de repetirse, ha alcanzado un nivel crítico. Ya no es aceptable que ninguna parte arrastre al país a conflictos que superan con creces su capacidad de resistencia. La magnitud de la destrucción en el sur del Líbano obliga hoy a abandonar los enfoques tradicionales basados en desencadenar guerras estériles. Pero también es cierto que las numerosas deficiencias que contiene el acuerdo marco entre el Líbano e Israel son inaceptables y no responden al interés nacional libanés. El Estado libanés debe reconocerlas como tales y tratarlas como vacíos que justifican una nueva negociación. En la práctica, lo que fortalecerá la posición oficial del Líbano será reconstruir el consenso en torno al proceso de negociación mediante la elaboración de un plan de negociación sólido, sustentado en principios y constantes nacionales irrenunciables. Entre ellos destacan el establecimiento de un calendario para la retirada israelí y la preservación del derecho del Líbano a llevar al agresor ante las instancias internacionales. Fortalecer la posición oficial del Estado no significa negar a las distintas fuerzas políticas libanesas el derecho a criticarla. Mucho menos implica aceptar la incorporación del ocupante israelí a los mecanismos de aplicación de decisiones que, por definición, corresponden a las autoridades libanesas, en particular la cuestión del monopolio estatal de las armas. Se trata ya de una decisión delicada y compleja, de la que no puede darse marcha atrás si el Líbano aspira, por fin, a construir un Estado plenamente funcional tras un retraso que se ha vuelto tan insostenible como inaceptable. Sin embargo, en última instancia, no es posible aceptar la idea de que el Estado libanés deba recurrir a Israel o solicitar su ayuda para completar la tarea de establecer el monopolio estatal de las armas, ni colocar al Ejército libanés en una situación en la que sea sometido al escrutinio del Ejército israelí respecto del cumplimiento de sus misiones nacionales y militares, bajo una tutela de seguridad superior a la suya. Aunque esa nunca haya sido la intención del negociador libanés, ni mucho menos uno de sus objetivos, esa es, en la práctica, una de las consecuencias del acuerdo marco: la ausencia de un calendario claro para la retirada israelí, rebautizada como “redespliegue”, así como la creación de las llamadas “zonas experimentales”, que en la práctica someten al Ejército libanés a una prueba cotidiana. Como mínimo, ello corre el riesgo de situarlo frente a una confrontación interna que Israel podría aprovechar para trasladar el conflicto al interior del Líbano y ampliar así el alcance de la confrontación. Al mismo tiempo, algunos actores libaneses no tienen más alternativa que integrarse en el consenso nacional general que rechaza la guerra y se niega a que el Líbano vuelva a convertirse en combustible o escenario de los conflictos regionales, precisamente cuando estos parecen entrar en una nueva fase de escalada. También deberán anteponer el interés nacional superior, cerrar la profunda brecha que se ha abierto entre ellos y el resto de la sociedad libanesa, y llevar a cabo una reflexión profunda sobre las transformaciones ocurridas durante los últimos tres años, transformaciones que obligan a adoptar nuevos enfoques para la liberación del territorio y abrir el camino hacia una nueva etapa. Si bien es imposible absolver a Israel de sus proyectos agresivos en el Líbano, Palestina y Siria, también es necesario reconocer que la decisión de entrar en la guerra de apoyo fue precipitada y devastadora. No logró los objetivos que perseguía y provocó enormes pérdidas humanas y materiales, dilapidando así el logro histórico de la liberación alcanzado el 25 de mayo de 2000, cuando Israel se retiró por primera vez de un territorio árabe sin condiciones, sin un acuerdo de paz e incluso sin un acuerdo sobre disposiciones de seguridad, en lo que entonces fue percibido como una retirada precipitada y humillante. Israel ha tratado de borrar esa imagen en las dos últimas guerras y continúa haciéndolo hasta hoy. Para decirlo con toda claridad, el Líbano no está en condiciones de brindar apoyo a Teherán, ni tampoco se espera que lo haga. Se trata de una carga que supera con mucho su capacidad de resistencia. En cuanto a las declaraciones que afirman que Hezbollah no dejará a Irán solo frente a Estados Unidos, reflejan una profunda negación de la nueva realidad y una evidente ausencia de la más mínima visión prospectiva sobre la etapa que comienza. Más aún, atentan directamente contra el interés nacional libanés. Lo peor que podría ocurrirle al Líbano y a los libaneses sería que el país quedara sometido a una doble tutela: una tutela estadounidense-israelí por un lado y una tutela iraní por el otro. Entre ambas, es el pueblo libanés, y solo él, quien termina pagando el precio.

EE.UU.-Irán: la escalada se impone sobre la diplomacia… ¡hasta nuevo aviso!

La tensión ha ido en aumento desde principios de semana entre Washington y Teherán, tras los nuevos ataques iraníes contra buques que transitan por el estrecho de Ormuz. El proceso de negociaciones no ha muerto, pero sí parece debilitado. Por su parte, Hezbolá amenaza con volver a involucrarse en el sur del Líbano si se reanuda la guerra, mientras todas las miradas se dirigen hacia las negociaciones líbano-israelíes que tendrán lugar la próxima semana en Roma. El domingo por la mañana, las fuerzas estadounidenses anunciaron haber llevado a cabo, durante la noche, una tercera oleada de ataques contra más de 140 objetivos en Irán, en represalia por un nuevo ataque de los Guardianes de la Revolución Islámica iraní contra un buque comercial que navegaba por el estrecho de Ormuz. Tras los raids estadounidenses, los Pasdaran no tardaron en lanzar —y ampliar—, como es su costumbre, ataques contra varios países del Golfo, concretamente contra Baréin, Catar, los Emiratos Árabes Unidos, Omán y Kuwait… así como contra Jordania, país que los iraníes añadieron a su lista de objetivos potenciales desde la escalada de los últimos días. Ni siquiera el mediador omaní se libró. ¡El ataque contra el sultanato de Omán se produjo apenas unas horas después de la visita del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, al sultanato! Estos ataques ilustran el clima de la semana que acaba de concluir, en la que las tensiones fueron en aumento hasta desembocar en la escalada registrada durante el fin de semana. El domingo, a primera hora de la tarde, el ejército estadounidense lanzó nuevos raids contra infraestructuras militares de los Guardianes de la Revolución, quienes reanudaron sus ataques contra los países del Golfo, entre ellos especialmente Kuwait. Las tensiones entre Irán y Estados Unidos ya eran perceptibles a principios de semana. Cada vez más exasperado por la actitud de los iraníes, el presidente Donald Trump había declarado, sin embargo, que quería concederles una tregua hasta el entierro de su antiguo guía supremo Ali Jameneí, previsto para el 9 de julio. Los iraníes, por su parte, aprovecharon este acontecimiento —postergado desde marzo (Jameneí había muerto en ataques israelo-estadounidenses el 28 de febrero, al inicio de la guerra en Irán)— para protagonizar una demostración de fuerza (del 4 al 9 de julio), asegurando que «millones» de «seguidores» participaron en las concentraciones, entre lloros y lamentos, tanto en Irán como en algunas regiones iraquíes. Especialmente significativas fueron las consignas lanzadas durante estas manifestaciones populares y oficiales: en ellas se amenazaba directamente con la muerte al presidente Trump. En este contexto, filtraciones en medios estadounidenses dieron cuenta esta semana de advertencias israelíes transmitidas al presidente americano sobre un plan iraní para atentar contra su vida. Otro indicio vino a acrecentar los temores por la seguridad de Trump: este llegó esta semana a la cumbre de la OTAN, celebrada en Turquía, a bordo de su nuevo avión presidencial, obsequio de Catar… pero regresó a bordo del antiguo avión presidencial (mucho más seguro), «por razones de seguridad», según los medios estadounidenses. Y de hecho, las declaraciones de Trump reflejaron la escalada a lo largo de toda la semana, con ataques estadounidenses que se reanudaron incluso antes de que Jameneí fuera enterrado, el 9 de julio. Ya el 6 de julio, el presidente estadounidense amenazaba: «O habrá un acuerdo con Irán, o terminaremos el trabajo». A esto se sumó una breve frase lanzada el 8 de julio: «El alto el fuego ha terminado». Sin olvidar las duras críticas contra los dirigentes iraníes, a quienes calificó de «mentirosos» y «enfermos». Su ira no solo refleja su indignación ante las amenazas contra su persona, sino que también constituye una reacción a los reiterados ataques de los Guardianes de la Revolución contra los buques que transitan por el estrecho de Ormuz, sin olvidar el empeño de los Pasdaran en mantener su dominio sobre esta vía marítima. Conversaciones «en caliente» Ciertamente, el 10 de julio Trump dio marcha atrás en cierta medida al asegurar que «los iraníes han pedido retomar el diálogo, y hemos aceptado». De hecho, los mediadores paquistaníes y catarís estuvieron activos durante toda la semana para evitar el colapso total del proceso de negociaciones. Según informes mediáticos confirmados por un comunicado del Ministerio iraní de Asuntos Exteriores del domingo, las conversaciones parecen continuar de una forma u otra en Omán. Pero lo que parece haber cambiado es que las negociaciones seguirán adelante bajo el fuego, y ya no en un contexto de tregua. En cuanto a la situación interna en Irán, la ausencia del nuevo guía supremo Mojtaba Jamenei en el funeral de su padre fue señalada por numerosos medios de comunicación y en distintos círculos políticos, que plantearon la pregunta de quién gobierna realmente Irán hoy. La pregunta resulta cada vez más pertinente, sobre todo porque el ala dura del régimen parece imponerse sobre la corriente moderada. En los últimos días, las declaraciones belicosas provienen casi exclusivamente de los Pasdaran. Y la retórica del principal negociador, Mohammad Ghalibaf, presidente del Parlamento, no se ha quedado atrás: el 10 de julio aseguró que la guerra en Oriente Próximo «no terminará con la rendición de Irán», y el domingo añadió otra provocación: «La era de los acuerdos injustos ha terminado». ¿Hasta dónde puede llegar la intransigencia iraní? La situación económica del país es catastrófica, pero los Guardianes de la Revolución parecen querer ganar tiempo jugando la carta del alza de los precios del petróleo mediante la provocación del cierre del estrecho de Ormuz. En cualquier caso, la escalada sigue siendo relativamente contenida, a la espera de una nueva tregua o de un deslizamiento que abra de par en par las puertas a un nuevo conflicto global. Negociaciones líbano-israelíes en Roma En el frente sur del Líbano, la situación permanece sin cambios por el momento, con la destrucción por parte del ejército israelí de las infraestructuras de Hezbolá. Sin embargo, la milicia chií anunció, por boca de sus dirigentes, que «no dejará a Irán solo si la guerra se reanuda». Los ataques de los últimos días en el escenario libanés son más bien verbales, por parte del campo pro-iraní, contra la opción adoptada por el Estado libanés de entablar conversaciones directas con Israel. Dichos ataques recibieron una firme respuesta del líder de las Fuerzas Libanesas, Samir Geagea, quien se desplazó el viernes al Palacio de Baabda al frente de una importante delegación de su bloque parlamentario para respaldar la elección de la legalidad libanesa en lo que respecta a las negociaciones directas. Estas conversaciones continuarán la semana que viene en Roma, pese a las reservas libanesas sobre este cambio de sede, por temor a que se reduzca la implicación de Washington, algo que los dirigentes estadounidenses han descartado por completo. Esas aprensiones fueron disipadas por el embajador estadounidense Michel Issa el jueves, durante una ronda de visitas a las autoridades, en particular al presidente de la República Joseph Aoun. El embajador estadounidense anunció en este contexto la llegada de una delegación militar americana al Líbano para supervisar la aplicación del acuerdo marco entre Israel y el Líbano (firmado el 22 de junio), en particular en lo relativo a la retirada progresiva israelí y al despliegue del ejército libanés en dos zonas piloto en el sur. La delegación estadounidense se reunió al respecto, a finales de semana, con el mando del ejército. Presumiblemente para aumentar las posibilidades de éxito de estas negociaciones, el mando militar israelí ordenó a sus unidades congelar «las operaciones delicadas al sur del Líbano», a petición de los estadounidenses. La otra gran noticia de esta semana fue la confirmación de la visita del presidente libanés a Washington el 21 de julio. Cabe destacar que Joseph Aoun sigue negándose a que dicha visita incluya un encuentro directo con el primer ministro Benjamin Netanyahu, quien anunció a principios de semana una próxima reunión con el presidente Trump. Macron en Siria La semana pasada estuvo marcada además por la cumbre de la OTAN en Turquía, con la presencia notable del presidente Trump, pero sobre todo por la visita del presidente Emmanuel Macron a Damasco el 6 de julio, la primera de un jefe de Estado occidental desde el cambio de régimen en diciembre de 2024. Esta visita fue ocasión para hablar de cooperación y economía, en un momento en que el nuevo régimen busca unificar sus filas y llevar a cabo una recuperación. Pero también fue la ocasión para que terroristas —aparentemente el grupo «Estado Islámico», según las autoridades sirias— perpetraran un doble atentado con explosivos no lejos del hotel donde se alojaba el presidente francés. Una señal de que la situación de seguridad sigue siendo precaria en el escenario sirio.

Mundial de fútbol: emociones colectivas e identificaciones en el Líbano

La Copa del Mundo de fútbol va mucho más allá del deporte. Como evento planetario, interrumpe el curso habitual de la vida y reúne, durante el tiempo que dura el torneo, a millones de personas en torno a un mismo relato colectivo. En el Líbano, esta competición adquiere una dimensión especial. En un país marcado por crisis sucesivas, por la movilidad y las fracturas sociales, la Copa del Mundo otorga a los momentos de celebración un valor precioso, casi inusual. “Para la psicóloga clínica Sandra Khawam, apoyar a determinadas selecciones forma parte, ante todo, de una historia familiar, marcada con frecuencia por la emigración. “El factor familiar juega un papel muy importante. A causa de las guerras, las crisis y las sucesivas olas migratorias, muchas familias libanesas se han dispersado por todo el mundo”, explica. Esta dispersión ha generado una cartografía afectiva particular. Comunidades libanesas se han asentado en Brasil, Argentina, Alemania, Francia y otros países, manteniendo, sin embargo, lazos sólidos con el país de origen: no solo geográficos o administrativos, sino también emocionales. Vínculos que afloran en los relatos familiares, los recuerdos, las costumbres y, a veces, las lealtades simbólicas. Durante la Copa del Mundo, estos lazos pueden influir en las formas de identificación deportiva. Apoyar a una selección extranjera puede significar, de manera indirecta, respaldar una parte de la propia historia familiar, de la memoria o del recorrido migratorio. El fútbol como necesidad universal de identificación Más allá del caso libanés, la señora Khawam insiste en un mecanismo más amplio y universal. El fútbol, según ella, responde a una necesidad de identificarse con referentes percibidos como estables, visibles y valorados. “Cuando un equipo encarna la estabilidad, el éxito, el rendimiento y figuras emblemáticas, se convierte de forma natural en un objeto de identificación”, subraya. Los aficionados no siguen únicamente un resultado deportivo, sino una narrativa. Rastrean la progresión, la posible victoria, la superación personal. Esta identificación funciona como un espejo simbólico en el que cada uno proyecta aspiraciones personales o colectivas. En el contexto libanés, esta dinámica adquiere un matiz particular. La señora Khawam recuerda que la sociedad libanesa está atravesada por divisiones identitarias y comunitarias que también estructuran las formas de pertenencia. El fútbol puede convertirse entonces en un espacio de proyección de esas divisiones. El apoyo a una selección no responde únicamente a consideraciones deportivas; en ocasiones puede reflejar una afiliación simbólica o identitaria. “Los individuos se identifican de manera diferente, apoyando a una selección en lugar de otra”, explica. El terreno de juego se convierte así en un espacio de desplazamiento de las pertenencias, donde tensiones sociales latentes pueden reescenificarse de forma simbólica y codificada. Un paréntesis emocional La psicóloga insiste en otra dimensión esencial: la de una válvula de escape colectiva. En un país marcado por crisis económicas, políticas y sociales como el Líbano, la Copa del Mundo actúa como un paréntesis en el que la cotidianidad queda suspendida durante el tiempo que dura un partido. “Las personas se reencuentran, comparten un sentimiento de unidad, de alegría, de orgullo y de emoción colectiva”, comenta. Si ese paréntesis resulta tan significativo, es porque abre un espacio de expresión emocional al que rara vez se accede en la vida diaria. El fútbol permite transformar realidades opresivas en una experiencia de ligereza colectiva, en la que la victoria de un equipo se convierte en una victoria compartida, casi simbólica. Esta intensidad colectiva también se explica por mecanismos de grupo. En las concentraciones de personas, las emociones no se limitan a una expresión individual: se refuerzan mutuamente. La Sra. Khawam describe este fenómeno como un efecto de masa, en el que la alegría, la emoción y, en ocasiones, la frustración se ven amplificadas por la dinámica colectiva. Sin embargo, insiste en un punto importante: los excesos siguen siendo minoritarios. No representan la norma, sino una excepción que se hace visible. El efecto de grupo puede, no obstante, modificar los comportamientos individuales. El anonimato relativo, la fuerza del colectivo y la intensidad emocional del momento pueden llevar a algunos a actuar de manera diferente a como lo harían habitualmente. En ciertos casos, esto puede derivar en gestos desmedidos o incluso violentos. Un violento enfrentamiento entre hinchas degeneró así en una pelea y luego en un intercambio de disparos durante un partido entre Brasil y Japón en Wadi Jilo, en el caza de Tiro (Líbano del Sur). Seis personas resultaron heridas. Bajo esta lógica, el fútbol puede funcionar como una caja de resonancia de las tensiones sociales y políticas. Algunos conflictos pueden manifestarse a través de las rivalidades deportivas, y los equipos se convierten en soportes simbólicos sobre los que se proyectan pertenencias, oposiciones o frustraciones más profundas. Sin embargo, para la Sra. Khawam, es importante no reducir el fenómeno a esta única lectura, ya que dichas proyecciones coexisten con una dimensión festiva y cohesionadora igualmente central. La pasión entre convivencia y desbordamiento Sergio, de 22 años, oriundo de Jbeil, ilustra esta ambivalencia a una escala más íntima. “Apoyo al equipo de Alemania, ante todo porque el Líbano no participa en el Mundial. Además, porque aprecio profundamente el estilo de juego de esa selección, a la que estoy unido desde la infancia”, confiesa. Los partidos se viven a menudo entre amigos, lo que no excluye las tensiones. “Empezamos con bromas, pero los intercambios pueden volverse más acalorados. A veces hasta nos empujamos. Aunque siempre terminamos calmándonos”, cuenta. La pasión por el fútbol, a pesar de sus excesos, vuelve entonces a su función primera: un espacio de convivencia. Jad, de 28 años, beirutí que apoya a la selección francesa, ilustra esta dimensión festiva. “Francia forma parte de mi historia desde la escuela, especialmente con Mbappé hoy en día. Es un equipo que seguí con mi hermano y se ha convertido en un ritual familiar”, explica. Durante este Mundial 2026, las victorias generan festejos. Para él, estos momentos van más allá del deporte: “Durante algunas horas, olvidamos el día a día”. En Jounieh, Maya, de 32 años, fanática del equipo argentino, confiesa un apego heredado. “Es una pasión que me transmitió mi padre en la época de Maradona y que he mantenido con Messi”, cuenta. Aunque no participa en las concentraciones de hinchas, vive el Mundial en el espacio íntimo familiar. “Mi hermana vive en Buenos Aires y durante los partidos nos enviamos videos como si estuviéramos en el mismo salón”. Karim, de 24 años, hincha de Brasil en Trípoli, evoca una experiencia más ambivalente. “El juego, la samba, el color amarillo… son una pasión muy fuerte”, dice. Pero también reconoce el aumento de las tensiones: “La derrota exacerba a veces las emociones. Las discusiones en las redes, las rivalidades… todo se intensifica”. Describe escenas de tensión: “Fui testigo de intercambios de insultos y mesas volcadas en restaurantes. Preferí irme”. En definitiva, el Mundial se revela como un fenómeno profundamente ambivalente. En el Líbano, esta ambivalencia resulta especialmente visible. En un país que lleva décadas buscándose a sí mismo, a veces es más fácil vibrar con los colores de otro país que con los de la propia nación.

Música y política: un matrimonio ancestral. Los orígenes (3/3)

Esta es la tercera entrega de la introducción a esta serie de artículos, que propone un amplio recorrido, tanto temático como cronológico, por las múltiples relaciones entre la música y el espacio de la polis a lo largo de la historia. Si la rebelión de Beethoven contra Napoleón constituye, en cierto modo, un acto fundacional en la tensión entre la música y el compromiso político, no por ello redefine esa relación más antigua y ambigua entre la melodía y el poder, capaz de convertir a la música en el vehículo con el que una ideología moviliza a las masas. La Europa del siglo XIX ilustra con especial claridad cómo la música puede construir naciones y, al mismo tiempo, convertirse en un instrumento al servicio de ellas. Giuseppe Verdi constituye, en este sentido, un ejemplo revelador de la capacidad de la música para movilizar a los pueblos al dar un cuerpo sonoro a los traumas colectivos. En 1842 compuso la ópera Nabucco , que representa la destrucción del Primer Templo de Jerusalén por Nabucodonosor II y el cautiverio de los sobrevivientes en Babilonia. Va, pensiero , el coro nostálgico de los hebreos desterrados, conquistó el corazón de los milaneses, que vieron en él el reflejo de su propio trauma como pueblo sometido a la ocupación austríaca. Cuando el coro entona: “¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!”, Jerusalén se convierte en una metáfora de toda Italia. Poco a poco, Va, pensiero pasó a convertirse en uno de los símbolos del Risorgimento . La belleza de la música de Verdi dio una forma audible a un sufrimiento colectivo que todavía no había encontrado una expresión política. La conciencia nacional surgiría después. Aquí, la música precede a la política y le otorga su cuerpo afectivo y emocional. Sin embargo, la ópera de Verdi no contiene, en sí misma, una intención propiamente política. En realidad, el coro no habla únicamente de los judíos ni únicamente de los italianos, sino del exilio. Su vocación es universal, y precisamente por ello se ha convertido en el canto de todos aquellos que han perdido su tierra, su hogar o su libertad, y continúa conmoviendo a públicos muy distintos casi dos siglos después de su estreno. En ese sentido, la lectura patriótica italiana de la ópera se fue imponiendo con el paso de los años mucho más que en el momento mismo de su creación. Así, el contexto político, entendido como una conciencia colectiva inscrita en un tiempo y un espacio determinados, termina por adoptar la obra como el himno emblemático de una causa. Un río intranquilo Más fascinante aún es una melodía capaz de despertar sentimientos distintos a través de las fronteras sin sufrir, por ello, grandes transformaciones musicales. La melodía conocida como Fuggi, fuggi, fuggi da questo cielo , un madrigal italiano atribuido a comienzos del siglo XVII al compositor Giuseppe Cenci, aunque probablemente anterior a él, constituye un ejemplo revelador. Algunas décadas después de su aparición, comenzó a conocerse como danza instrumental con los nombres de Ballo di Mantova o Aria di Mantova , especialmente gracias al compositor Gasparo Zanetti en 1645. O, más sencillamente, como La Mantovana . Su texto original no era más que una alegoría de las estaciones: una invitación a la primavera para expulsar la aspereza del invierno. No había nada político en su intención inicial. Su destino, en cambio, sería profundamente político. Como un río europeo, la melodía viajó sin pasaporte, adoptando identidades y funciones distintas entre diversos pueblos. En Bohemia, Bedřich Smetana la incorporó a Vltava para celebrar el río como símbolo de la nación checa bajo la dominación de los Habsburgo, convirtiéndola en un acto de patriotismo cultural. En Rumanía, en cambio, circuló simplemente como una canción popular bajo el nombre de Carul cu boi , sin un contenido político particular. Más tarde, a finales del siglo XIX, el pionero judío Samuel Cohen adaptó esa misma versión rumana al poema Hatikvah , transformando la melodía en el vehículo musical de la aspiración sionista a una patria judía, antes de que terminara convirtiéndose en el himno nacional del Estado de Israel. La nostalgia de una primavera italiana despertó, a lo largo de tres siglos, el sentimiento nacional checo, contribuyó a cimentar el sionismo y sirvió incluso, durante algún tiempo, como un interludio lúdico para los rumanos, antes de que el grupo alemán de rock progresivo Pell Mell la transformara, en 1972, en la magnífica Moldau , incluida en su álbum Marburg . Tres identidades nacionales distintas, tres memorias colectivas diferentes, tres aspiraciones políticas a veces contradictorias, y, sin embargo, todas sostenidas por el mismo material melódico. Eso demuestra que la música no contiene en sí misma un significado político fijo. Es, más bien, una especie de recipiente que la historia llena y vacía según sus necesidades. Quizá sea precisamente ahí donde reside su fuerza: en esa extraordinaria disponibilidad para contenerlo todo… y, justamente por ello, convertirse en objeto del deseo de todos los poderes. Enfrentar a Wagner con Shostakovich Probablemente sea con Richard Wagner cuando esa “disponibilidad” alcanza su límite más peligroso, incluso catastrófico. La obra de Wagner es monumental, ambigua, atravesada al mismo tiempo por la grandeza y el peligro. Épica. Desmesurada. En manos de un enajenado capaz de hipnotizar a las masas, alimentado por delirios supremacistas y por un goce exterminador, se convierte en un alucinógeno de enorme peligrosidad. Woody Allen resumió a la perfección ese potencial letal con una de sus habituales ironías cuando hace decir a un personaje de Manhattan Murder Mystery (1993): “ Cuando escucho demasiado a Wagner, me dan ganas de invadir Polonia”. “ Pero es Coppola quien capta con mayor fuerza el impulso patológico del wagnerismo en Apocalypse Now (1979), a través del placer casi orgiástico del teniente coronel Kilgore mientras contempla los bosques vietnamitas ardiendo bajo el napalm al compás de La cabalgata de las valquirias . Podría acudirse en defensa del compositor alemán alegando que jamás pudo imaginar que su obra llegaría a convertirse, para Adolf Hitler, en el equivalente ideológico, multiplicado hasta el infinito, del Helter Skelter de los Beatles, en el que Charles Manson creyó escuchar un llamado al ritual satánico que terminó costándole la vida a Sharon Tate en Los Ángeles, en agosto de 1969. Sin embargo, lo que los nazis hicieron con Wagner difícilmente puede reducirse a una simple traición accidental. Puede leerse, más bien, como la activación de una de las potencialidades de la propia obra: su exaltación del mito como fundamento de la comunidad nacional, su concepción del pueblo como una entidad orgánica y casi mística, su desconfianza hacia las mediaciones racionales. Su conservadurismo. Su supremacismo. Su antisemitismo. Si las valquirias resonaban durante las ceremonias del Partido Nazi, no era únicamente por un desvío propagandístico en el sentido habitual del término. Wagner había comprendido, antes que nadie, que la música podía hacer creer en aquello que todavía no existía y forjar una comunidad desde la emoción compartida mucho antes de que esa comunidad existiera realmente. El nazismo llevó ese poder hasta sus últimas consecuencias. Hitler devolvió a las valquirias su rostro mítico originario: el de figuras guerreras sedientas de sangre, muy lejos del esplendor heroico con que el romanticismo alemán las había revestido. En última instancia, Wagner nos devuelve inevitablemente al acto de rebelión de Beethoven frente a Napoleón y al inmenso poder que puede llegar a descansar en manos de los grandes artistas. ¿Qué habría hecho al contemplar su ideal de supremacía alemana materializado en los crematorios de Auschwitz y Buchenwald? ¿Habría reaccionado como el compositor austríaco? ¿O también él habría sucumbido a la megalomanía de su tiempo? La pregunta merece ser formulada. Existe, sin embargo, otra figura situada en el extremo opuesto del siglo y también en el extremo opuesto del espectro político: Dmitri Shostakovich. Con él, el movimiento se invierte por completo. ¿No fue acaso componer su Séptima Sinfonía bajo las bombas que caían sobre Leningrado y hacerla interpretar en la ciudad sitiada por músicos medio muertos de hambre convertir la forma más institucional de la música occidental en un acto de resistencia existencial? Allí donde Wagner abre, quizá sin proponérselo, un camino hacia el nihilismo y la muerte, Shostakovich afirma que la vida continúa precisamente allí donde el poder pretende demostrar que ya ha terminado, ocupando el tiempo mismo que la guerra busca vaciar de toda sustancia. De Versailles à Monoprix Sin embargo, esa tensión entre la música como instrumento del poder y la música como forma de resistencia frente a ese mismo poder no pertenece únicamente a las grandes obras. También está inscrita en las expresiones más cotidianas y, con frecuencia, más invisibles de la vida sonora de las sociedades. Los himnos nacionales son tanto tecnologías de pertenencia como canciones. Fabrican una unidad afectiva allí donde los intereses divergen y hacen que el cuerpo entre en una comunidad imaginada por el simple hecho de permanecer de pie y cantar al unísono. Conviene ver en ellos dispositivos políticos disfrazados de música o, más exactamente, dispositivos políticos que funcionan precisamente porque son vividos como música y no como ideología. Con un himno no se discute; únicamente puede uno abstenerse de cantarlo. Y esa abstención se interpreta de inmediato como un acto político. Jimi Hendrix comprendió perfectamente ese mecanismo en Woodstock, en 1969, cuando desgarró The Star-Spangled Banner con su guitarra eléctrica. Serge Gainsbourg hizo algo semejante cuando, con su habitual gusto por el escándalo, transformó La Marsellesa en una pieza de reggae bajo el título Aux armes et cætera (1979), provocando, durante un concierto en Estrasburgo al año siguiente, la furia de un grupo de veteranos del ejército que intentó interrumpir su actuación. La música militar obedece, por lo demás, a la misma lógica que los himnos nacionales, llevada a su expresión más desnuda. El tambor que marca el paso de los soldados también los despoja de su ritmo individual para fundirlos en una cadencia colectiva que anula toda vacilación, todo miedo… y todo juicio personal. Marchar al ritmo del tambor es, en cierto modo, entregar el propio cuerpo al grupo mientras se espera el momento de ofrecerlo a la muerte. Y, bien pensado, ¿acaso la música ambiental de los espacios comerciales contemporáneos no responde al mismo principio, aunque en otra escala, regulando el ritmo del recorrido, manteniendo un estado emocional propicio para el consumo y haciendo que el espacio resulte acogedor al mismo tiempo que más fácilmente controlable? Desde los minuetos de Versalles hasta la música pop de Monoprix, persiste un mismo movimiento fundamental: envolver los cuerpos en un sonido capaz de apoderarse de ellos sin solicitar jamás su consentimiento explícito. Donald Trump vs. Leonard Cohen Más cerca de nosotros, un episodio que a primera vista podría parecer anecdótico revela algo esencial sobre la permanencia de esta relación. En el verano de 2026, Donald Trump intentó nuevamente, tal como ya lo había hecho durante su primer mandato, apropiarse de Hallelujah , de Leonard Cohen, para utilizarla en sus mítines políticos, provocando una nueva y fría respuesta por parte de la familia del cantante, fallecido la víspera de las elecciones presidenciales de 2016. Lo verdaderamente significativo de este episodio no es tanto la indignación, plenamente comprensible, de la familia. El intento de Trump por apropiarse de Hallelujah no hace sino reproducir un mecanismo ancestral mediante el cual el poder busca en la música una legitimidad afectiva que es incapaz de generar por sí mismo. En 2026, Hallelujah no es, en sentido estricto, una canción política. Como buena parte de la obra de Cohen, es un salmo meditativo sobre la gracia quebrada, el deseo y la derrota. Pero precisamente su belleza y su reconocimiento universal la convierten en aquello que todo poder anhela: una emoción en estado puro que desactiva el juicio crítico, galvaniza y arrastra. Al intentar apropiarse de la búsqueda de la gracia que atraviesa toda la obra de Cohen, Trump procura revestirse de un cierto prestigio ante sus seguidores. En realidad, sin embargo, no hace más que ponerse en ridículo. Más que ningún otro artista, Cohen había renunciado, desde la segunda mitad de la década de 1970, a toda politización de su obra y a cualquier desviación de la vocación espiritual que animaba su música. La experiencia coheniana es, ante todo, una experiencia mística. Antes de entrar en el universo ceremonial del cantautor canadiense, es necesario elevarse y abrir el corazón. Huelga decir que semejante experiencia resulta incompatible con el populismo, sobre todo cuando este se encuentra impregnado de supremacismo, cinismo y mercantilismo. La prueba es evidente: apropiarse de Hallelujah , por un lado, y proferir amenazas de muerte contra Bruce Springsteen, por el otro, como hace hoy el presidente de Estados Unidos, es algo parecido a aspirar al Premio Nobel de la Paz mientras se persigue, al mismo tiempo, el aniquilamiento de una civilización. El choque fundacional En el fondo, lo que el caso Trump, precisamente por haberse producido en los propios Estados Unidos, viene a recordarnos es que, si la música siempre ha sido un instrumento del poder, también ha constituido, al mismo tiempo, uno de los pocos espacios desde los cuales ese mismo poder podía ser cuestionado desde el interior de sus propias formas. Y es precisamente porque el sonido circula de manera distinta al lenguaje, porque puede ser escuchado sin ser necesariamente comprendido, porque atraviesa fronteras que la escritura no consigue franquear y porque actúa sobre el cuerpo antes de alcanzar la conciencia, por lo que ha servido para transmitir formas de resistencia que la censura nunca logró apresar por completo. La canción comprometida, en el sentido moderno del término, cuya historia reconstruye esta serie, no nació en los salones europeos, entre el humo de los cabarets, ni en los paisajes blancos de Norteamérica. Tampoco desciende en línea directa de los trovadores medievales ni de las baladas isabelinas. Nació, por el contrario, de una conmoción histórica de una violencia sin equivalente en la modernidad occidental: la de unas tradiciones musicales africanas arrancadas de su mundo, atravesadas por la muerte y la humillación de la trata esclavista y arrojadas a una sociedad que solo las reconocía como ruido, fuerza de trabajo o amenaza. Aquel choque produjo algo que nada, en el paisaje sonoro de la América blanca del siglo XVIII, permitía prever. Una refundación. La música moderna, en su capacidad para decir aquello que el lenguaje ordinario no puede expresar, para resistir allí donde la palabra directa resulta imposible y para hacer cuerpo colectivamente en la disidencia, nació de esa violencia. Para comprender cómo ocurrió todo ello, es necesario detenerse en lo que sucedió en las plantaciones, en las iglesias negras y en los polvorientos cruces de caminos del delta del Misisipi, así como en el supuesto pacto que un guitarrista considerado como “mediocre” habría sellado con un célebre tenebroso desconocido durante una noche imaginaria a la orilla de la carretera… Nada en el paisaje sonoro anterior al nacimiento de la América negra preparaba para lo que estaba a punto de surgir con la esclavitud.

El conflicto de todas las incoherencias
Por
Michel Touma
Publicado

El largo e interminable conflicto generado por las eternas extravagancias del régimen de los mulás iraníes quedará probablemente en la Historia como el conflicto de las logorreicas batallas verbales a las que se entregan sus protagonistas para levantar una densa cortina de humo que apenas logra ocultar sus fracasos internos y, sobre todo, una desconcertante incoherencia generalizada. Esta se traduce casi a diario en hechos completamente desfasados respecto a los beligerantes y profundamente irracionales discursos que se lanzan desde ambos lados. Los dirigentes iraníes, por ejemplo, han optado por embarcarse en la senda de un acuerdo duradero de carácter estratégico con los Estados Unidos. Pero al mismo tiempo, siguen calificando a los EE. UU. de «enemigo», de «Gran Satán» que debe ser derrotado y del que hay que vengarse «inevitablemente», tarde o temprano, sean cuales sean las circunstancias, tal como afirmó el pasado sábado por la tarde un comunicado atribuido al nuevo Guía Supremo, el escurridizo y misterioso Mojtaba Jamenei, del que aún no se sabe si sigue con vida, y en ese caso, si realmente conserva todas sus facultades mentales o si, por el contrario, su presencia virtual es mantenida en el imaginario colectivo por los nuevos amos de Teherán con el fin de atribuirle decisiones y posiciones según lo dicten los acontecimientos y la evolución de la correlación de fuerzas dentro de lo que queda de la República Islámica. Para completar el cuadro, cabe recordar que los altos responsables iraníes firmaron, ciertamente, con Washington una hoja de ruta que contempla conversaciones escalonadas a lo largo de 60 días, pero no pierden ninguna oportunidad para subrayar que no tienen ninguna confianza en los Estados Unidos y que solo aceptarán iniciar las negociaciones si la Administración estadounidense «cambia de actitud», «cesa sus amenazas» y «respeta los términos del memorándum de entendimiento». Sin embargo, este rechazo a las negociaciones no impidió la reanudación del diálogo bilateral directo —poco importa la contradicción…— gracias a una reunión de «expertos» estadounidenses e iraníes prevista para este domingo 12 de julio en Pakistán. La actitud beligerante, a menudo incluso insultante, que los sectores de la República Islámica no dejan de mostrar hacia los Estados Unidos, a pesar del clima de serenidad que en principio debería rodear cualquier negociación de paz, llegó a su punto álgido a mediados de semana cuando el representante permanente de Irán ante las Naciones Unidas le «aconsejó» al embajador estadounidense, en plena reunión del Consejo de Seguridad, que fuera «educado» (!), añadiendo que «eso sería preferible para él y para su país». La incoherencia estadounidense No obstante, la incoherencia no se limita únicamente a la parte iraní. El presidente Donald Trump afirmó a mediados de la semana pasada que las negociaciones con los dirigentes iraníes, a quienes calificó de «enfermos», «no sirven para nada y son una pérdida de tiempo», señalando además que el memorándum de entendimiento con Irán está «caduco». Sin embargo, dio pese a todo su visto bueno para relanzar las conversaciones (!), afirmando que los iraníes habían pedido expresamente retomar las negociaciones y precisando que había aceptado la solicitud iraní, al tiempo que le indicaba a la República Islámica que el alto al fuego pertenece ya al pasado… Los dirigentes iraníes no tardaron en reaccionar, afirmando el sábado que en ningún momento habían solicitado la reanudación de las conversaciones y que las informaciones al respecto son «alegaciones» difundidas por «medios de comunicación cercanos a Israel». Añadieron que Irán se niega a retomar el diálogo con los negociadores estadounidenses mientras la Administración Trump no «rectifique sus posiciones» (hostiles) y mientras no se haya constituido el comité estadounidense-libanés-iraní encargado de resolver el problema del Líbano del Sur, conforme al acuerdo alcanzado con el vicepresidente estadounidense JD Vance en el marco del memorando de entendimiento. Esto indica que Irán vuelve a la carga en su empeño por recuperar el control de la carta libanesa, haciendo caso omiso de la política seguida por el poder libanés en este sentido. La incoherencia en la actitud de los protagonistas también quedó de manifiesto el sábado en el expediente del estrecho de Ormuz. La Administración Trump exigió, en forma de ultimátum, que Teherán hiciera público un documento oficial reconociendo que los ataques iraníes perpetrados a principios de semana contra tres buques en el estrecho de Ormuz habían sido un error. Washington exigió, sobre todo, que la República Islámica se comprometiera públicamente y por escrito a no volver a perpetrar agresiones contra los petroleros que transitan por esa vía marítima. El poder iraní esquivó el ultimátum estadounidense alegando que los ataques de esta semana contra los tres buques fueron «un error técnico», pese a que las agresiones se habían prolongado durante veinticuatro horas. El colmo del absurdo: esta explicación «técnica», que excluye por tanto cualquier acto político deliberado, fue ingenuamente considerada aceptable por algunos responsables estadounidenses. En cuanto al comunicado relativo al compromiso de cesar los ataques contra los buques, Irán lo eludió enviando el sábado a su ministro de Asuntos Exteriores a Omán para convencer al sultanato de publicar un comunicado conjunto que subrayara la necesidad de garantizar la libre circulación en el estrecho de Ormuz, lo que permitiría a la República Islámica evitar dar la impresión de haber cedido ante las exigencias estadounidenses en este punto. Queda por ver si la Administración Trump se prestará también en este caso al juego iraní… Reunión militar libanesa-estadounidense En el plano del expediente libanés, una delegación militar estadounidense se trasladó este sábado a Yarzé, donde celebró una reunión con el comandante y los oficiales superiores del ejército libanés con el fin de ultimar los detalles de la puesta en marcha de las zonas piloto que deberá asumir el ejército libanés conforme al acuerdo marco firmado entre el Líbano e Israel. El inicio del proceso previsto en este marco debería materializarse en los próximos días. En consecuencia, el poder libanés indicó oficialmente el sábado por la noche que el Líbano participará en la nueva ronda de negociaciones directas con Israel que se celebrará, esta vez, en Roma los días 15 y 16 de julio, bajo supervisión estadounidense. El Líbano había fijado como condición para asistir a esta reunión que el despliegue de las zonas de amortiguamiento —que implica por tanto un inicio de retirada israelí— se pusiera efectivamente en marcha, lo que parecía haberse confirmado el sábado por la noche…