Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
Retrato del autor
Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
Imagen destacada de la noticia
El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
La guerra y el amargo conocimiento de la geografía

En la vida cotidiana habitamos en lo que los antropólogos llaman el milieu : un espacio cargado de memoria y de relaciones humanas, compuesto por la casa, la plaza, la tienda del barrio, la mezquita o la iglesia, y el camino a la escuela. En tiempos de guerra, el lugar se transforma en un espacio. Se convierte en un objeto de medición y de gestión: alcance, campo de visión, línea de abastecimiento. Es el paso del significado a la función, del habitar al cálculo y al conteo. Como si a la tierra se le despojara de su historia para reescribirla en el lenguaje de la guerra. La guerra fractura el sentido de pertenencia. Normalmente, este se construye a través de la estabilidad y la repetición cotidiana: el mismo camino, los mismos rostros, las mismas costumbres. Cuando el lugar pasa a estar amenazado, la pertenencia se transforma en una condición de incertidumbre: uno sigue perteneciendo a un lugar que quizá deba abandonar en cualquier momento. Surge entonces una forma de “pertenencia provisional”: se ama el lugar, pero ya no se confía en la posibilidad de permanecer en él. Esa paradoja abre una grieta interior que perdura. También el cuerpo se transforma. En tiempos de paz se mueve por el lugar con una naturalidad casi inconsciente. En tiempos de guerra, el cuerpo aprende a agacharse, a entrar en el mundo de los cálculos: esconderse, estimar distancias, interpretar los sonidos y observar constantemente el entorno antes de moverse. Los sentidos se convierten en un sistema de alerta. La tierra comienza a comprenderse a través del peligro: ¿dónde esconderse?, ¿por dónde pasar?, ¿qué ruta ofrece menor exposición?, ¿en qué momento? Es un “conocimiento corporal” que reconfigura nuestra relación con el mundo a nivel inconsciente. No solo cambia el lugar. También cambia el tiempo. En la guerra, el tiempo se condensa: unos cuantos instantes contienen decisiones de vida o muerte. El ser humano abandona el tiempo extendido, ese que enlaza pasado, presente y futuro, para quedar atrapado en un presente asfixiante. Esa compresión debilita la capacidad de planear y fortalece la reacción inmediata. La tierra deja de ser el escenario donde se construye una vida para convertirse en el espacio donde se administran instantes decisivos. Las guerras convierten a los seres humanos en cifras. Desde una perspectiva filosófica, esto forma parte de la racionalización de la guerra: reducir a las personas a unidades susceptibles de ser contabilizadas. Aquí aparece una doble alienación: respecto de uno mismo, porque nadie es un simple número; y respecto de la tierra, que ya no reconoce nuestra historia, sino únicamente nuestra ubicación. Todo ello amenaza la propia idea de dignidad, ligada al nombre, a la trayectoria y a la vida de cada persona. Después de la guerra, la tierra deja de ser neutral. Cada colina, cada puente conserva una huella: una pérdida, un miedo, una supervivencia. La memoria se adhiere a los lugares y los recrea una y otra vez. Por eso regresar después de la guerra nunca significa volver al “mismo” lugar, sino a un lugar cuyo significado ha sido transformado. También eso explica por qué muchas personas llegan a sentirse extranjeras incluso en sus propios pueblos. La propia tierra empieza a leerse con otros ojos, después de haber sido tratada como una posición defensiva, un puesto de observación, una vivienda insegura o una ruta de escape. La guerra crea geografías superpuestas en lugar de una sola geografía. Esa multiplicidad genera un conflicto que no solo gira en torno al control, sino también al significado. ¿A quién pertenece la tierra? No únicamente a quien la controla, sino a quien logra imponer la manera de interpretarla. Esta guerra nos ha revelado una geografía del Líbano que no conocíamos. Los pueblos se han convertido en posiciones militares; los caminos, en corredores de escape para huir del infierno de la guerra; los ríos, en barreras naturales. Los puentes son destruidos para cortar las comunicaciones, mientras que las alturas se transforman en puestos de observación desde donde se vigila al enemigo. Se libran combates encarnizados por conquistar esas elevaciones para dominar el terreno y mantener la vigilancia. Los seres humanos han quedado reducidos a cifras: muertos, desaparecidos, desplazados o empujados a mendigar para sobrevivir. Los automóviles se han convertido en viviendas, mientras que las casas han sido reducidas a escombros. Hemos descubierto pueblos, caminos, colinas, valles, barrancos y terrenos escarpados cuya existencia apenas conocíamos, paisajes capaces de frenar un avance o de facilitarlo. No conocíamos nuestro país bajo este rostro. Ya no somos personas con una historia, recuerdos y una profesión. Nos hemos convertido en blancos para aviones, misiles y drones, en un teatro de guerra donde un enemigo considera natural invadirnos y agredirnos para combatir a los soldados de un Estado ocupante, ya sea directamente por medio de sus propios oficiales o a través de su partido, que se define a sí mismo como un soldado iraní. Irán nos utiliza en su empeño por alcanzar el Mediterráneo, un sueño que persigue desde los tiempos de Ciro y del que, una y otra vez, regresa frustrado. Todo ello me deja perpleja. Me detengo a contemplar este conocimiento tan amargo como paradójico, este saber sombrío y doloroso que la guerra nos impone. Las guerras no solo transforman la política. También redibujan la geografía en la mirada de quienes la viven. Los lugares permanecen, pero su significado se invierte. El pueblo que antes era vida y relaciones humanas se convierte en una posición militar; el camino que antes unía a las personas pasa a ser una posible vía de supervivencia; el puente que acortaba las distancias se transforma en un objetivo. No se trata simplemente de un “nuevo conocimiento”, sino de una deformación de la relación del ser humano con el lugar que habita. En tiempos de paz, la geografía se vive; en tiempos de guerra, se mide: alcance de tiro, campo de visión, línea de abastecimiento o ruta de escape. Incluso el lenguaje cambia: en vez de decir “casa”, decimos “posición”; en vez de “valle”, “corredor”; en vez de “colina”, “puesto”. Y lo más cruel es que el propio ser humano también queda reducido. No solo a una cifra, sino a una categoría: muerto, desaparecido, desplazado o a la espera de ayuda. Es un proceso brutal de despersonalización, pero forma parte de la lógica de la guerra, que necesita contar, clasificar y simplificar para perpetuarse. Es precisamente ahí donde comienza el dolor más profundo: cuando la persona siente que ha perdido su individualidad irreductible y que no es más que un “caso” entre muchos.

OTAN 3.0: el despertar del gigante otomano en el seno de la Alianza (2/2)

El 8 de julio de 2026 quedará como una fecha bisagra en la historia de la Alianza Atlántica. La “Declaración de Ankara”, publicada al término de la cumbre de la OTAN celebrada en Turquía, puso de manifiesto una transformación profunda, tanto en el plano tecnológico como en el financiero y el geopolítico. Este tránsito hacia la OTAN 3.0 recentra a la organización en una doctrina de superioridad informacional y defensa territorial de alta intensidad, con la afirmación de Turquía como pivote meridional. Una revolución financiera: el Banco para la Defensa y la Resiliencia Uno de los aspectos más novedosos de la cumbre es la respuesta a los desafíos financieros del rearme.Aunque la Unión Europea creó en 2025 el fondo SAFE (Security Action for Europe) de 150,000 millones de euros para la defensa, del que Canadá y Turquía quedan excluidos, la Alianza Atlántica tuvo que encontrar una solución específica para incluir a estos países. En un contexto en el que los Estados miembros se comprometen a elevar su gasto en armamento hasta el 5 % del PIB, nueve países (entre ellos Turquía y Canadá) anunciaron la creación del Banco para la Defensa, la Seguridad y la Resiliencia . ,Esta institución, con sede en Canadá, contará con una impresionante capacidad de financiación de 134,000 millones de dólares. Su objetivo principal es ofrecer créditos a tipos preferentes para respaldar proyectos de infraestructuras de doble uso (civiles y militares), así como el refuerzo de la ciberdefensa y el rearme directo de los países miembros. La Doctrina informacional: IA y “Combat Cloud” La cumbre de Ankara marca el paso de una visión militar tradicional, centrada en el número de blindados y divisiones, a una doctrina orientada a la superioridad en la toma de decisiones. Para la OTAN, esto significa que sus fuerzas armadas deben comprender una situación, decidir y actuar con mayor rapidez y eficacia que el adversario. Ya no se trata únicamente de superioridad material: el concepto se asienta sobre tres pilares. 1) El dominio de los datos: fusión instantánea de sensores (satélites, drones, radares, fuentes cibernéticas) analizados por inteligencia artificial. 2) La aceleración del ciclo de mando: mediante el wargaming digital, simulaciones estratégicas que enfrentan a equipos humanos con escenarios muy realistas, se prueban los planes sin riesgo real, se identifican las brechas logísticas y tácticas, y la IA analiza cada decisión para proporcionar indicadores útiles a los estados mayores. 3) La protección frente a la guerra cognitiva: medidas para preservar a dirigentes y poblaciones de la manipulación y la desinformación. En este marco, la “Nube de Guerra” (Warfighting Cloud) toma forma: una nube de combate transatlántica e interoperable que conecta en tiempo real todos los sensores aliados. Cazas, buques, radares terrestres y constelaciones de satélites fusionan en ella sus datos para ofrecer una visión instantánea y global del campo de batalla. Esta infraestructura, profundamente integrada con la IA, queda avalada por la declaración final de la cumbre: modelos avanzados de IA serán incorporados en la planificación y la ejecución de las operaciones. El objetivo es claro: acortar el ciclo de decisión para que la OTAN reaccione con mayor rapidez que sus adversarios ante amenazas cada vez más complejas y veloces. Un apartado industrial sin precedentes: AWACS y Drone Edge El aspecto industrial de la cumbre demostró una vitalidad sin precedentes, con más de 50,000 millones de dólares en contratos firmados en un solo día. Dos anuncios destacados ilustran esta voluntad de modernización. Por un lado, la sustitución de la envejecida flota de aviones radar de fabricación estadounidense AWACS. La OTAN ha apostado por el sistema Global Eye del fabricante sueco Saab (foto). Esta elección es de gran calado estratégico: el Global Eye es uno de los pocos sistemas capaces de detectar y seguir las nuevas amenazas de misiles hipersónicos, que se han convertido en una preocupación central para la seguridad europea. Por otro lado, se lanzó la iniciativa “NATO's Drone Edge” con un presupuesto colosal de 40,000 millones de dólares a lo largo de cinco años. Este ambicioso plan tiene como objetivo la adquisición de sistemas autónomos y no tripulados en todos los ámbitos: drones aéreos, drones marítimos y robots terrestres. En este marco, la Alianza ya ha confirmado la compra de drones de reconocimiento de gran altitud “Triton” al fabricante estadounidense Northrop Grumman, reforzando así la vigilancia de las fronteras y las zonas de interés estratégico. El repliegue estadounidense y la autonomía europea El Pentágono ha iniciado un desenganche físico parcial del continente europeo, en línea con la estrategia de seguridad estadounidense anunciada a finales de 2025. Estados Unidos retira uno de sus dos portaaviones asignados a la zona OTAN. También retira uno de cada dos bombarderos estratégicos y reduce en un tercio su flota de cazas F-15 en Europa. Los drones Reaper, fundamentales para la vigilancia, ven igualmente reducida su presencia a la mitad. Esta retirada obliga de facto a los países europeos a tomar el relevo y asumir una parte más importante de su propia defensa. Esta es la esencia misma de la OTAN 3.0: una Alianza en la que los aliados europeos, Canadá y Turquía ya no son simples socios de segundo rango, sino los pilares de la defensa colectiva, especialmente en la gestión de las amenazas convencionales en suelo europeo y de otras amenazas en su flanco meridional. Un comunicado final de alta intensidad La Declaración de Ankara reafirma el Artículo 5 — “un ataque contra un aliado es un ataque contra todos”— haciendo especial hincapié en el apoyo a Ucrania y la preparación para la guerra de alta intensidad. Para 2026, los aliados, principalmente europeos, destinarán 70,000 millones de euros al equipamiento y la formación de las fuerzas ucranianas, con compromiso de renovación en 2027. La declaración también apunta a Irán, afirmando que nunca debe obtener el arma nuclear y exigiendo el respeto a la libre navegación en el estrecho de Ormuz. La OTAN 3.0 recentra a la Alianza en la disuasión y la defensa. Entre innovaciones tecnológicas, instrumentos financieros soberanos y una mayor responsabilidad de los europeos ante el repliegue parcial estadounidense, la OTAN se prepara para enfrentamientos en los que los datos y la autonomía marcarán la diferencia. Turquía, la gran ganadora de la cumbre, pero… Turquía sale de la cumbre como un actor central de la OTAN 3.0, cosechando importantes avances diplomáticos e industriales, aunque sin haber alcanzado todas sus ambiciones. Como país anfitrión de la cumbre, ha reforzado su posición como eje Este-Oeste y se ha unido a los nueve países fundadores del nuevo Banco para la Defensa y la Resiliencia , que gestiona 134,000 millones de dólares, una palanca con gran potencial para su industria de defensa. El énfasis en la iniciativa “Drone Edge” (40,000 millones) y la integración de la inteligencia artificial confirman la pertinencia de su estrategia centrada en los sistemas autónomos (drones, etc.) y sitúan a sus empresas como socios clave. Washington también ha aceptado la venta de motores para el futuro caza turco Kaan, valorada en 700 millones de dólares. Sin embargo, pese a un giro diplomático favorable a un levantamiento progresivo de las restricciones sobre la venta de componentes militares occidentales y de los F-35 estadounidenses, la eliminación del veto del Congreso en Washington sigue siendo indispensable para que estas intenciones se materialicen.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (7/7)

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al poner en diálogo los legados griegos, bíblicos e indios con el pensamiento de Jan Patočka, examina la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el colapso, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de la acción cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo exigente pero esencial: comprender si la catástrofe constituye una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. Esta es la séptima y última entrega. Regímenes de la conmoción: Patočka, el Puruṣa y la cuestión del Frente en la era algorítmica Sin embargo, cada régimen posee su propia trama de conmoción, dentro de una línea de pensamiento inspirada en Jan Patočka (1907-1977). Para comprender el alcance de esta afirmación, conviene situar primero el gesto filosófico del fenomenólogo checo. Discípulo de Edmund Husserl y Martin Heidegger, Patočka no pensó el mundo desde la comodidad abstracta de una cátedra universitaria, sino a prueba de las convulsiones políticas y de la saturación ideológica del siglo XX. Como cofundador y portavoz de la iniciativa ciudadana Carta 77 en Praga, un compromiso ético con la legalidad y los derechos humanos que terminaría costándole la vida, elaboró en sus Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia el concepto radical de la “conmoción”. [1] Lejos de ser una simple reacción política, la conmoción designa una transformación de la relación del mundo consigo mismo en la experiencia histórica. Antes de la sacudida, el ser humano habita el “mundo de la vida” ( Lebenswelt ) cotidiano, dominado por las preocupaciones de la supervivencia, el confort y la gestión técnica: un espacio funcional donde los objetos y los roles se suceden sin que jamás se interrogue un sentido último. [2] La conmoción sobreviene cuando esa estructura de evidencias prácticas comienza a resquebrajarse. [3] El mundo no desaparece, pero deja de ser inmediatamente inteligible como algo evidente, obligando al ser humano a pasar de la mera subsistencia biológica a una existencia espiritual desnuda. [4] Para Patočka, esta conmoción hunde sus raíces en la experiencia concreta de la devastación histórica y del peligro extremo. Su gesto hereda directamente, aunque al mismo tiempo subvierte, la génesis del Dasein heideggeriano, él mismo marcado por el trauma de la Primera Guerra Mundial. En efecto, el concepto heideggeriano de Unheimlichkeit (la falta de hogar, el descubrimiento de encontrarse sin refugio) encontraba su fundamento histórico oculto en la experiencia de las trincheras, donde el mundo familiar se derrumbaba para dejar paso a la contingencia desnuda de la muerte. En ambos pensadores, la catástrofe desempeña el papel de un operador fenomenológico mayor: rompe la utilidad misma del mundo. Frente al peligro extremo, los objetos dejan de servir, las rutinas se interrumpen y los discursos oficiales pierden su apariencia de verdad. El Dasein heideggeriano experimenta entonces la angustia frente a la nada, mientras que el sujeto conmocionado de Patočka es arrojado a su propia finitud radical. En ambos casos, el mundo permanece, pero su inteligibilidad inmediata se ha desplomado, arrancando al individuo de la cháchara y de las tranquilizadoras evidencias del “Uno” ( Das Man ). [5] Sin embargo, es precisamente en la salida de esta crisis donde Patočka se aparta radicalmente de su maestro alemán, introduciendo una bifurcación ética decisiva. En Heidegger, la salida de la inautenticidad culmina en una ontología monádica: el ser-para-la-muerte aísla al Dasein , porque nadie puede morir en mi lugar. La autenticidad se alcanza mediante una “resolución” ( Entschlossenheit ) soberana, trágica y solitaria, en la que el sujeto asume su propio destino. Fue precisamente esta primacía de la decisión pura, desligada de toda exigencia ética universal, la que permitió históricamente a Heidegger caer en la ilusión de una resolución colectiva encarnada en un destino nacionalsocialista. Patočka, por el contrario, muestra que la catástrofe no separa a los seres humanos, sino que funda una comunidad paradójica. El paroxismo de la violencia engendra un salto más allá de la Fuerza: el conmocionado no es simplemente quien experimenta el miedo físico a morir, sino quien comprende de pronto que la guerra, la organización técnica y los conflictos de intereses son ídolos vacíos. Porque las víctimas de la catástrofe comparten el mismo despojamiento, se reconocen mutuamente como seres de libertad, definitivamente sustraídos al imperio de la Fuerza. Así, si desplegamos esta reflexión fenomenológica a través de distintos “regímenes cosmológicos”, es decir, las formas históricas en que el mundo se manifiesta y se ordena, resulta evidente que cada época posee su propia vulnerabilidad ontológica. Un régimen no se define únicamente por sus herramientas o por sus crisis internas, sino también por la trayectoria específica de su conmoción. En el régimen cíclico, cercano a las temporalidades míticas o al saṃsāra , donde la estabilidad descansa en la repetición cósmica, la conmoción adopta la forma de la ruptura del retorno. Es el vértigo de una grieta abierta en la certeza misma de la repetición. En el régimen escatológico, orientado hacia una promesa de salvación o de consumación lineal, la conmoción se encarna en la indecidibilidad del final, dejando al ser humano frente al vacío de una espera suspendida, privada de su resolución divina. En el régimen caótico, donde el orden político y conceptual intenta contener las fuerzas primordiales, la conmoción se manifiesta mediante el resurgimiento de lo informe en el corazón mismo de la forma, revelando la precariedad fundamental de todas las construcciones humanas. [6] En el régimen algorítmico contemporáneo, caracterizado por la calculabilidad integral de lo real y por la pretensión de un control técnico absoluto, la conmoción última reside en el exceso de lo imprevisible sobre lo calculable. Es el instante preciso en que la contingencia rompe la ilusión del dominio cibernético. [7] Es cuando la catástrofe o el peligro extremo hace añicos esta última coraza técnica cuando se produce la verdadera irrupción metafísica. Arrojado frente a la nada, el individuo se une a sus semejantes para dar origen a la “solidaridad de los conmocionados”. A diferencia de las alianzas políticas tradicionales, que se articulan en torno a intereses materiales o contra un enemigo común, esta solidaridad reúne a quienes ya no tienen intereses que defender, ni patria, ni clase, ni poder, sino únicamente su dignidad desnuda. El sujeto conmocionado de Patočka no busca dominar su destino ni clausurar la historia mediante una decisión de poder; mantiene abierta la herida de la catástrofe para extraer de ella una resistencia ética universal. En última instancia, este encuentro redefine el sentido mismo de lo Sagrado. El sacrificio del conmocionado nunca constituye una inversión utilitaria orientada hacia una futura victoria ideológica; se ofrece como un testimonio puro frente al absurdo, un acto que “abre” el mundo en lugar de cerrarlo sobre certezas dogmáticas. La estructura del sacrificio del conmocionado, tal como la desarrolla Patočka, un don puro, sin cálculo de reciprocidad, que “abre” el mundo en vez de clausurarlo, encuentra una profunda resonancia en la noción védica de yajña (यज्ञ), el sacrificio cósmico. En el Ṛgveda (X.90), el himno Puruṣasūkta describe la creación del mundo entero como el resultado del desmembramiento sacrificial del Puruṣa (पुरुष), el Hombre Cósmico primordial: el cosmos nace no de un acto de voluntad o de poder, sino de una entrega total de sí, sin reserva ni retorno. [8] No se lleva a cabo para obtener algo; constituye la condición misma de posibilidad del orden del mundo. El parentesco con el sacrificio del conmocionado de Patočka resulta sorprendente: en ambos casos, lo que se ofrece no es un bien particular, sino la existencia misma, y ese acto posee un alcance cosmológico, no únicamente moral o político. Al negarse a negociar su existencia en el plano del tener o del poder, y al situarse con valentía en el plano del ser, el conmocionado accede a la “Vida en la Verdad”. [9] No intenta restablecer una “paz” ilusoria, que con frecuencia no es más que otro nombre para la movilización técnica pasiva, sino preservar la dolorosa claridad conquistada en la propia desgarradura. Esta trama fenomenológica convierte la solidaridad de los conmocionados en la única fuerza espiritual capaz de enfrentar la noche nihilista de la modernidad. En la ontología de Patočka, la solidaridad de los conmocionados encuentra su paradigma en la experiencia del Frente. Permanece inseparable de la proximidad efectiva de la muerte y del desgarramiento de la cotidianidad provocado por la confrontación directa con la finitud. Sin embargo, en un mundo hiperdigitalizado, la estructura misma de la experiencia se ha transformado: la técnica ya no se limita a administrar la supervivencia, esa “vida desnuda” de la que hablaba Agamben; ahora coloniza el horizonte mismo de la presencia. El sacrificio del Puruṣa suponía un desmembramiento real, una materialidad irreductible de la ofrenda. Lo digital, por el contrario, tiende hacia la descorporización. En consecuencia, la “solidaridad de los conmocionados” corre el riesgo de disolverse en una simple “conectividad de los indignados”, donde el compromiso ya no compromete verdaderamente al cuerpo, sino únicamente a su proyección imaginaria. La exposición al riesgo cede su lugar a la puesta en escena de uno mismo; la comunidad de destino se transforma en una agregación de perfiles. En este contexto, la experiencia del Frente no desaparece; se desplaza. Consiste ahora en preservar zonas de sombra, espacios de opacidad ontológica donde la existencia escapa a su conversión en datos, a su reducción a flujos cuantificables y a información explotable. El Frente ya no se encuentra únicamente en la línea de fuego, sino en la frontera donde está en juego la irreductibilidad de lo humano frente a la digitalización integral del ser: el cuerpo convertido primero en imagen y, después, la imagen misma reducida a la circulación de un simulacro desprovisto de espesor hilemórfico, privado tanto de su hylē como de su potentia. Lo que entonces subsiste ya no es la presencia, sino únicamente su huella abstracta y calculable. El Frente se convierte así en el lugar de resistencia frente a la transparencia absoluta. En la India védica, el Ṛta , el orden cósmico del mundo, se mantenía gracias al enigma irreductible del sacrificio. La racionalidad técnica contemporánea, por el contrario, tiende a abolir toda zona de sombra y a disipar todo misterio en la univocidad del cálculo. Allí donde el sacrificio abría una brecha hacia aquello que excede el dominio humano, la algoritmización de lo real aspira a cerrarla, reduciendo el ser mismo al horizonte de su previsibilidad. El verdadero Frente de nuestro tiempo podría situarse precisamente en ese punto: en la preservación de todo aquello que, tanto en el ser humano como en el mundo, permanece refractario a toda operación de cálculo. Sin embargo, este proyecto de clausura lleva en sí mismo su propia contradicción. A medida que se expande la promesa de un dominio integral sobre lo real, se profundiza una frustración proporcional nacida de la imposibilidad de abolir definitivamente la indeterminación constitutiva de la existencia. Cuanto más pretende la técnica neutralizar el acontecimiento, más tropieza con ese residuo irreductible que escapa a sus modelos. La transparencia absoluta se convierte entonces en el horizonte de un deseo condenado a no realizarse jamás. De esta tensión surge una dinámica de aceleración en la que la búsqueda del control se precipita hacia la misma catástrofe que pretendía conjurar. Una perspectiva semejante evoca ciertas intuiciones del pensamiento indio relativas al Kali Yuga . La Edad Oscura no aparece únicamente como una época de decadencia, sino también como el momento en que las contradicciones de un ciclo histórico alcanzan su punto de saturación. La catástrofe no constituye un accidente exterior que interrumpe el orden del mundo; representa el cumplimiento mismo de una lógica incapaz ya de limitarse a sí misma. Sin embargo, a medida que se aproxima, ya se encuentra, en cierto sentido, superada. Porque la extrema cercanía de la disolución revela simultáneamente los límites de aquello que pretendía erigirse en totalidad. Así, el movimiento que parece dirigirse hacia una clausura definitiva se encuentra paradójicamente con aquello que no puede absorber: una trascendencia negativa, una reserva de ser irreductible a toda formalización. Desde la perspectiva del Kali Yuga , el final nunca es un final absoluto; es el punto en el que el agotamiento de una forma hace posible, una vez más, el surgimiento de otro comienzo. La catástrofe sigue siendo real, pero deja de ser la última. Lo que entonces se revela, en el corazón mismo del colapso anunciado, no es el triunfo definitivo del cálculo, sino su imposibilidad metafísica. Allí donde todo parecía destinado a reducirse a la transparencia, la sombra permanece; allí donde el ser parecía haberse convertido íntegramente en información, subsiste un resto imposible de asimilar. Quizá sea precisamente en la fidelidad a ese resto donde se decide hoy la verdadera solidaridad de los conmocionados. [1] Jan Patočka, Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia , trad. Erika Abrams, pref. Paul Ricoeur, Lagrasse, Verdier, 1981. La noción de “conmoción” ( otřes , en checo) aparece principalmente en los ensayos V y VI de la obra, dedicados a las guerras del siglo XX como experiencias límite, y se prolonga en la noción complementaria de la “solidaridad de los conmocionados”, expresión con la que Patočka designa el vínculo ético y político que une a quienes han atravesado la experiencia del frente y de la muerte inminente. En la tradición sánscrita, una conmoción semejante remite a la noción de saṃvega (संवेग), es decir, la sacudida existencial súbita o el despertar provocado por la confrontación con el sufrimiento ( duḥkha , दुःख), la impermanencia ( anitya , अनित्य) o la inminencia de la muerte ( maraṇa , मरण). En los textos budistas y jainistas, el saṃvega es precisamente aquello que sacude la existencia ordinaria ( saṃsāra , संसार) y abre el camino hacia una vida auténtica. Sin embargo, el saṃvega pertenece a una soteriología: constituye una etapa en un itinerario que conduce a la liberación ( mokṣa , मोक्ष). El otřes, en cambio, carece de cualquier finalidad soteriológica. Es una estructura ontológica de la existencia histórica y no un momento dentro de un camino espiritual. Dicho de otro modo: el saṃvega es una conmoción interior que libera de la historia; el otřes es una conmoción colectiva que compromete al ser humano con la historia. [2] La noción de Lebenswelt (“mundo de la vida”) ocupa un lugar central en la fenomenología tardía de Edmund Husserl. Véase La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental , especialmente los §§33-55. Patočka retoma directamente este concepto, pero lo radicaliza al desprenderlo de su fundamento subjetivo-trascendental para convertirlo en un campo de experiencia prepersonal e histórico. [3] La expresión “estructura de evidencias prácticas” remite a lo que Patočka, siguiendo a Heidegger, denomina el régimen de la Verfallenheit (“caída”), es decir, la absorción de la existencia en el mundo cotidiano del “Uno” ( das Man ). Véase Martin Heidegger, Ser y tiempo , §§ 35-38. [4] Jan Patočka, op. cit. Esta oposición estructura los ensayos V y VI, donde Patočka describe el paso del primer movimiento de la existencia, el arraigo ( Verankerung ), dominado por la preocupación por la supervivencia y la seguridad, hacia el tercer movimiento, el avance decisivo ( Durchbruch ) hacia una existencia auténticamente histórica. Véase también Jan Patočka, El mundo natural y el movimiento de la existencia humana . [5] Sobre el trasfondo histórico oculto de la Unheimlichkeit heideggeriana en el trauma de la Primera Guerra Mundial, véanse Rüdiger Safranski, Heidegger y su tiempo , así como Françoise Dastur, Heidegger y la cuestión del tiempo . Sobre la propia noción de Unheimlichkeit , véase Martin Heidegger, Ser y tiempo , §§ 40 y 58. La diferencia decisiva entre Heidegger y Patočka reside en el estatuto de la catástrofe. En Heidegger, la angustia ( Angst ) ante la Nada permanece como una estructura existencial formal que revela la finitud del Dasein , independientemente de cualquier contenido histórico determinado. Patočka, por el contrario, rechaza esa neutralización: la conmoción ( otřes ) es irreductiblemente histórica y política, inseparable de las guerras del siglo XX como acontecimientos singulares y colectivos. De este modo, Patočka lleva a cabo una concreción histórica de la analítica existencial de Heidegger. Allí donde Heidegger piensa la crisis como una revelación ontológica universal, Patočka la concibe como un acontecimiento civilizatorio históricamente situado, portador de una responsabilidad ética que la ontología formal, por sí sola, no puede asumir. Sobre esta transformación crítica de Heidegger por Patočka, véase Étienne Tassin, “La comunidad de los conmocionados”, así como el prefacio de Paul Ricoeur a Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia . [6]Sobre el régimen caótico y la tensión entre forma e informe en las cosmogonías primordiales, véase Paul Ricoeur, La simbólica del mal , especialmente la sección dedicada a los mitos del caos y de la creación. Ricoeur analiza el “mito de la creación dramática”, ejemplificado por el Enūma Eliš babilónico, como una estructura simbólica en la que el orden cósmico surge de la lucha contra el caos primordial. Tiamat, potencia de lo informe y de las aguas indiferenciadas, debe ser vencida y desmembrada por Marduk para que el cosmos ordenado pueda existir. Lo que Ricoeur pone de manifiesto es que, en este tipo de régimen, el mal no es secundario ni accidental: es cooriginario con la creación misma, inscrito en la estructura del mundo. El orden nunca triunfa definitivamente sobre el caos; lo contiene y lo reprime, pero jamás lo elimina. El resurgimiento de lo informe en el corazón de la forma constituye, por tanto, una posibilidad estructural permanente y no un accidente contingente. Esta interpretación dialoga estrechamente con Hermann Gunkel, Schöpfung und Chaos in Urzeit und Endzeit , quien mostró por primera vez la continuidad entre cosmogonía y escatología en las tradiciones semíticas: el caos primordial (Tehom) reaparece al final de los tiempos como amenaza escatológica. Para una lectura comparativa con las cosmogonías védicas, donde Indra derrota al dragón Vṛtra (वृत्र) para liberar las aguas y la luz ( Ṛgveda I.32), véanse Jan Gonda, The Vision of the Vedic Poets ; Georges Dumézil, Heur et malheur du guerrier ; y Hans Blumenberg, La legitimidad de la Edad Moderna , sobre el intento moderno, y su fracaso, de eliminar definitivamente la angustia primordial del caos reduciéndola a un problema racionalmente resoluble. [7] Bernard Stiegler, La técnica y el tiempo , t. I: La falta de Epimeteo ; así como Antoinette Rouvroy, “La gubernamentalidad algorítmica y las perspectivas de una política crítica de la web”, donde analiza los límites de la calculabilidad integral frente a la contingencia irreductible de lo real. [8] Wendy Doniger (trad.), The Rig Veda: An Anthology , Nueva York, Penguin Classics, 1981, X.90 ( Puruṣasūkta ), pp. 31-33. [9] La “Vida en la Verdad” constituye un concepto central del pensamiento de Jan Patočka. Designa una manera de existir que no se reduce a la adaptación a las exigencias de la supervivencia, de la utilidad o de la conformidad social, sino que consiste en asumir lúcidamente la verdad de la condición humana tal como se revela en las situaciones límite: la crisis histórica, la confrontación con la finitud o el derrumbe de las evidencias. Implica un desplazamiento de la existencia fuera del régimen estabilizador de la ilusión hacia una apertura a la verdad, entendida no como posesión de un saber, sino como una exposición riesgosa a aquello que se revela en la conmoción del sentido. La Vida en la Verdad no debe entenderse, sin embargo, como un estado estable opuesto a la vida en la no verdad, sino como la tensión constitutiva de la existencia conmocionada. La experiencia patočkiana está atravesada por un movimiento permanente de desestabilización y recomienzo. La conmoción no conduce simplemente a la caída o a la resignación, sino que abre la posibilidad de una conversión del modo de existir, mediante la cual el ser humano, arrancado de las formas tranquilizadoras de la vida cotidiana, permanece, sin embargo, expuesto a la tentación de volver al cierre. El conmocionado habita así un espacio intermedio, donde la verdad nunca se posee de una vez y para siempre, sino que debe sostenerse continuamente frente a la atracción de la seguridad, del olvido y de la reducción técnica del mundo.

¿Qué distancia guardar con Siria?
Por
Youssef Mouawad
Publicado

¿Podemos mantener con Siria relaciones serenas, equilibradas y marcadas por el respeto mutuo? Es difícil creerlo cuando nuestras relaciones siempre han estado regidas por la hostilidad, la desconfianza y las amenazas llevadas a cabo. A lo largo de nuestra historia común, no se nos ha ahorrado ningún agravio, independientemente del régimen que haya estado en el poder en Damasco. Tomemos como ejemplo lo que vivió nuestro pequeño país a partir de agosto de 1948, cuando Khaled al-Azem*, presidente del Consejo de Ministros sirio, decidió imponer el «control de importaciones y el embargo hacia el Líbano». La imagen de este hombre de Estado, en la memoria colectiva de la generación de nuestros padres, sigue asociada al cierre de la frontera sirio-libanesa, decisión motivada por razones políticas y proteccionistas. Aquello era asfixiarnos económicamente e imponernos sus dictados. Ya en aquella época, el Líbano era el blanco predilecto de las autoridades de Damasco, ¡y eso mucho antes de que Abdel Hamid Khaddam lo convirtiera en su cabeza de turco! Los círculos damascenos nunca han digerido la excepción libanesa, aunque a veces hayan puesto al mal tiempo buena cara. Nuestros vecinos, y sin embargo hermanos sirios, albergan hacia el Líbano lo que se conoce como «mixed feelings», una mezcla de admiración y resentimiento. Una ambivalencia que seguirá envenenando una y otra vez los vínculos tejidos entre nosotros a causa de la proximidad. Nuestro país, por su parte, ¡no siempre ha sido irreprochable! Desde su territorio, más o menos protegido, se fraguaban conspiraciones contra los regímenes en el poder en la capital de los Omeyas, ya fueran estos legítimos o surgidos de golpes militares. Esto llevó a algunos observadores a afirmar que la culpa era compartida. El peso de la historia y las limitaciones de la geografía Víctimas de prejuicios acumulados durante años, ¿podíamos haber tenido relaciones apacibles con Damasco? Ghassan Tuéni, quien en su momento había coqueteado con la idea de la Gran Siria y luego la había abandonado, llegó a una fórmula de compromiso. Según él, si el Líbano no debía ser gobernado en contra de Siria, tampoco debía ser gobernado por Siria. Así pues, cuando los responsables sirios nos tranquilizan respecto a sus intenciones, podemos felicitarnos por ello. Sin embargo, estaríamos equivocados si ignoráramos ciertas realidades: la geografía, tanto física como humana, ha atrapado a Siria y al Líbano en una situación complicada, incluso irresoluble. Históricamente, no es posible afianzar el poder en Damasco sin que este codicie Beirut y pretenda domesticar a esta ciudad vibrante de actividad económica y cultural. Lo cual nos lleva a desear que Siria se reconcilie con la idea de que el Líbano no es simplemente un trozo de territorio que le fue arrebatado en 1920 por voluntad del general francés Henri Gouraud. Y aunque así hubiera sido, ha pasado un siglo desde entonces, ha llovido mucho y difícilmente se encontrarán libaneses que reclamen, llegado el caso, un Anschluss con el hinterland sirio. ¿No es suficiente con que compartamos el mismo lecho? Desde marzo de 1950, el «divorcio económico» entre Siria y nosotros ya había sido consumado. A modo de sanción, Damasco había instaurado un bloqueo en la frontera. El Líbano había rechazado la integración económica que se le proponía, pues el proteccionismo era incompatible con su apuesta ultraliberal. A partir de entonces, perteneceríamos a dos modelos de gestión opuestos: el socialismo de corte nasserista y luego baasista, y las oleadas de nacionalizaciones de los años sesenta ahondarían la brecha entre ambos países. Ya no podríamos restablecer las «masalih mushtaraka» (Intereses Comunes), ese legado del Mandato francés. Esto quizás explicaría los recelos de Fares Souaid, quien se preguntó recientemente para qué serviría crear una Alta Comisión Mixta libanesa-siria, si nuestras relaciones diplomáticas ya están garantizadas mediante el intercambio de embajadores. Ello no haría más que recordarnos el establecimiento del Consejo Superior de Relaciones Libanesas-Sirias, es decir, los oscuros tiempos del sometimiento del Líbano al poder triunfante de Hafez al-Assad. Si se debe hacer borrón y cuenta nueva con la gran vecina y abrir una nueva página en las relaciones, sería una insensatez meter al lobo en el gallinero bajo el pretexto de una comisión mixta, ya sea económica o de cualquier otra índole. *Cabe recordar que ese mismo Khaled al-Azem estaba más que satisfecho de escapar del régimen de los militares que habían tomado el poder en Damasco y que, refugiado en Beirut, se deshacía en elogios en sus Memorias sobre la libertad de la que gozaban los libaneses y de la cual él, siendo un fugitivo, también podía disfrutar. No fue el único de los proscritos sirios que, en su momento, habían intentado hacerle la vida imposible a nuestro país y a su «insoportable independencia» y que, a fin de cuentas, terminaron instalándose en él; pienso en Choukri al-Kouatli, en Ghassan Jadid, en Akram Hourani, en Muhammad Umran, ¡y así podría seguir con muchos más!

¿Comienza una nueva etapa en Oriente Medio?

En los grandes momentos de transformación geopolítica, los Estados no siempre son quienes impulsan los acontecimientos. Sin embargo, pueden encontrarse en una posición que les permita redefinir su papel. Líbano, que durante décadas ha sido escenario de las rivalidades entre las potencias regionales e internacionales, podría estar hoy ante una oportunidad poco común para dejar de ser un país moldeado por las crisis y convertirse en un actor capaz de contribuir a dar forma a una nueva etapa en la región. Esta posibilidad surge en un contexto de profundas transformaciones en Oriente Medio, donde las potencias regionales e internacionales están replanteando sus prioridades tras años de conflictos abiertos. Una de las principales interrogantes es si las dificultades que atraviesa el proceso de entendimiento entre Estados Unidos e Irán podrían dar lugar a una redefinición de prioridades, hasta el punto de convertir el fortalecimiento del Estado libanés en parte de una estrategia regional más amplia. Esta hipótesis no significa que Líbano vaya a convertirse de pronto en el centro de la política internacional. Más bien, apunta a un posible cambio en la manera en que se percibe al país. En lugar de ser visto únicamente como un asunto de seguridad vinculado a las tensiones regionales, podría empezar a considerarse un componente fundamental de un nuevo equilibrio regional basado en el fortalecimiento de las instituciones del Estado y en la consolidación de la estabilidad. En los últimos años, la influencia iraní en la región ha enfrentado desafíos crecientes. El equilibrio de poder ha cambiado en Siria, algunos de sus aliados regionales han visto reducida su capacidad de acción y, en Irak, han cobrado fuerza corrientes que subrayan la importancia de una toma de decisiones nacional autónoma y equilibrada. Estos cambios no significan el fin de la influencia iraní, pero sí reflejan un entorno regional más complejo y menos propicio para reproducir el modelo de influencia que predominó durante la última década. En este contexto, Líbano adquiere una importancia particular. La existencia de un Estado libanés plenamente capaz de ejercer su soberanía, fortalecer sus instituciones militares y de seguridad, y controlar sus fronteras responde a un interés compartido por diversos actores. Para Líbano, este proceso tiene que ver, ante todo, con la recuperación del principio mismo del Estado y de la unidad en la toma de decisiones nacionales. Para la comunidad internacional, representa un modelo distinto para gestionar las crisis, basado en las instituciones estatales y no en actores no estatales. Uno de los cambios más relevantes podría ser el paso de un enfoque internacional centrado en evitar el colapso de Líbano a una política orientada a la construcción del Estado. Esa orientación exige una visión de largo plazo que vaya más allá de la ayuda de emergencia y priorice la inversión en las instituciones, la economía, la seguridad y la buena gobernanza. Es desde esta perspectiva que puede entenderse la posible convergencia de intereses entre Estados Unidos y Líbano, así como entre Washington y Tel Aviv. Desde hace tiempo, Estados Unidos busca contener la influencia iraní en la región, mientras que Israel procura establecer mecanismos de seguridad que garanticen la estabilidad de sus fronteras a largo plazo. Por su parte, Líbano necesita un entorno regional que le permita consolidar su soberanía y recuperar el papel que naturalmente le corresponde. Esta convergencia no implica necesariamente el surgimiento de nuevas alianzas formales, ni significa que los intereses de todas las partes sean idénticos. Sí abre, en cambio, la puerta a un enfoque basado en una idea sencilla: un Estado fuerte constituye el fundamento de la estabilidad, y unas instituciones nacionales sólidas pueden ofrecer una garantía más duradera para la seguridad regional que la perpetuación de la lógica de la confrontación. Sin embargo, el factor decisivo sigue siendo Líbano. Ningún apoyo externo podrá producir resultados duraderos si no va acompañado de una decisión interna clara a favor del fortalecimiento de las instituciones del Estado y del reconocimiento de su primacía. La soberanía no es solamente una exigencia internacional; es, ante todo, una decisión nacional que requiere un amplio consenso político. En este contexto, la visita del presidente Joseph Aoun a Washington, el 21 de julio , adquiere una importancia especial. Encuentros de esta naturaleza no deben medirse únicamente por su valor simbólico, sino también por su capacidad para poner en marcha un proceso concreto. Si de ella surge una cooperación más estrecha en materia de apoyo a las Fuerzas Armadas Libanesas, fortalecimiento de las instituciones, fomento de la inversión y consolidación de la estabilidad, podría representar el primer paso hacia una redefinición del lugar de Líbano en la región. Las transformaciones históricas no ocurren de un día para otro. Incluso si la reunión envía señales alentadoras, el éxito de esta nueva etapa requerirá un compromiso sostenido de todos los actores, tanto dentro como fuera del país. Lo que hace falta no es solo una declaración de intenciones, sino mecanismos claros de implementación que protejan a Líbano de volver al ciclo recurrente de las crisis. A nivel regional, la evolución de las relaciones entre Estados Unidos e Irán seguirá siendo un factor determinante. Si ambos países no logran alcanzar entendimientos capaces de reducir las tensiones, Washington podría privilegiar cada vez más las asociaciones con Estados e instituciones capaces de generar estabilidad. En ese escenario, Líbano podría convertirse en parte de una estrategia basada en el fortalecimiento de los Estados, en lugar de gestionar los conflictos a través de esferas de influencia. La paradoja es que Líbano, que ha pagado un precio muy alto por su posición geográfica y política, podría encontrarse hoy ante la oportunidad de convertir esa misma posición en una fuente de fortaleza. En lugar de seguir siendo un punto de convergencia de las crisis, podría transformarse en un punto de encuentro de intereses: entre el mundo árabe y la comunidad internacional, entre la estabilidad y el desarrollo, y entre la seguridad y la soberanía. La etapa que comienza pondrá a prueba la capacidad de los libaneses para aprovechar esta oportunidad. El respaldo internacional, por importante que sea, no puede sustituir la decisión nacional. Al mismo tiempo, esa decisión necesita un entorno regional e internacional que favorezca su éxito. El 21 de julio quizá no sea, por sí solo, una fecha decisiva. Sin embargo, podría marcar el inicio de un nuevo debate sobre Líbano y el papel que está llamado a desempeñar. Si la diplomacia va acompañada de medidas concretas, el país podría comenzar la transición de una lógica de gestión de crisis a otra centrada en la construcción del Estado. En última instancia, el futuro de Líbano no dependerá únicamente de las rivalidades entre las grandes potencias. También dependerá de la capacidad de los propios libaneses para transformar los cambios regionales en un proyecto nacional capaz de devolver al Estado el lugar y el papel que le corresponden.

Escalada persistente entre Estados Unidos e Irán en torno al estrecho de Ormuz

La tensión entre Estados Unidos e Irán escala mientras Líbano se convierte en escenario de una intensa actividad diplomática. El nivel de tensión entre estadounidenses e iraníes venía aumentando gradualmente desde hacía varios días, en un contexto marcado por ataques iraníes contra buques que transitaban por el estrecho de Ormuz. Y el peor escenario terminó por materializarse durante la noche del miércoles al jueves: Estados Unidos lanzó una serie de intensos bombardeos contra Irán, tal como había amenazado el presidente Donald Trump el día anterior. Irán, fiel a su patrón habitual, respondió lanzando misiles contra varios países del Golfo, entre ellos Baréin, Kuwait y Catar. Esta vez también añadió a Jordania a la lista de objetivos. El reino jordano interceptó diez misiles dirigidos hacia su territorio al mediodía, en una escalada de gran magnitud. Los ataques estadounidenses sobre territorio iraní fueron los más intensos de los últimos meses. La provincia de Bushehr, en particular, fue alcanzada por misiles que impactaron en el perímetro del complejo nuclear ubicado en esa región, según informaron medios iraníes. Sin embargo, un funcionario provincial negó al mediodía que la isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní, hubiera sido alcanzada. El Comando Central de Estados Unidos informó, a través de un comunicado publicado en X, que hasta la mañana del jueves había atacado cerca de 90 objetivos militares en Irán. Por su parte, el régimen iraní reportó un saldo de 14 muertos y 78 heridos durante los dos últimos días y acusó a Estados Unidos de cometer crímenes de guerra por lo que calificó como “ataques contra infraestructuras civiles”, entre ellas puentes y la línea ferroviaria que conduce a la ciudad de Mashhad. La retórica acompañó el recrudecimiento de las tensiones sobre el terreno, esta vez en voz del principal negociador iraní y presidente del Parlamento, Mohammad Ghalibaf. El dirigente afirmó que “el estrecho de Ormuz solo será reabierto bajo las condiciones impuestas por Irán y no bajo la presión de las amenazas estadounidenses”. De hecho, el paso marítimo permanecía cerrado el jueves debido a las tensiones, reflejando que la postura iraní no había cambiado. Nada hacía pensar ese jueves que la tensión fuera a disminuir o que las negociaciones fueran a reanudarse en el corto plazo, aunque Donald Trump aseguró durante la jornada que “los iraníes llamaron y quieren llegar a un acuerdo”. Sin embargo, añadió que ya no confiaba en “su voluntad de cumplir cualquier acuerdo”. Los mediadores de Pakistán y Catar intensificaron sus esfuerzos para lograr un retorno a la calma. Pero, en términos generales, Irán parece cada vez más aislado. En sintonía con las declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, quien el día anterior había considerado indispensable mantener una postura firme frente al régimen iraní, el ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, sostuvo el jueves que fue Irán quien violó el acuerdo con Estados Unidos y que sus “maniobras” deben cesar si se pretende retomar las negociaciones. Mientras tanto, Irán continuó con las interminables ceremonias fúnebres de su guía supremo asesinado, Ali Khamenei, y de su familia, en una demostración de fuerza. Los féretros llegaron durante la jornada a Mashhad para su sepultura, un acontecimiento parcialmente eclipsado por los ataques estadounidenses. Aun así, las multitudes acudieron en masa y se escucharon consignas beligerantes que llamaban a asesinar a Trump. Israel, aliado de Estados Unidos durante esta guerra contra Irán, evitó hacer comentarios oficiales sobre la última escalada. Sin embargo, filtraciones publicadas por medios israelíes indican que fuentes de ese país aseguraron que el ejército permanece preparado para responder a cualquier eventual ataque iraní. Intensa actividad diplomática en Beirut Como suele ocurrir, Líbano vuelve a convertirse en una caja de resonancia de lo que sucede en la región. Beirut fue escenario el jueves de una intensa actividad diplomática, marcada por una serie de reuniones del embajador de Estados Unidos, Michel Issa, y por una gira de una delegación iraní. La principal visita de Issa fue al Palacio de Baabda, donde se reunió con el presidente de la República, Joseph Aoun, para entregarle la invitación oficial a su visita a Washington, prevista para el 21 de julio. Durante el encuentro también abordaron la aplicación del acuerdo marco firmado entre Israel, Líbano y Estados Unidos, especialmente el mecanismo para la retirada israelí de las zonas piloto, donde el ejército israelí deberá ser reemplazado por las Fuerzas Armadas libanesas “sin dejar ningún vacío”. El anuncio más importante fue la llegada, en los próximos días, de una delegación estadounidense encargada de supervisar ese proceso. Issa también fue recibido por el presidente del Parlamento, Nabih Berri, y por el primer ministro, Nawaf Salam. En cuanto a las negociaciones entre Líbano e Israel, la atención está puesta en la próxima ronda prevista para los días 15 y 16 de julio en Roma. El cambio de sede generó preocupación en la parte libanesa, que teme una participación menos efectiva de Estados Unidos, ya que las rondas anteriores se celebraron en Washington. No obstante, el embajador estadounidense aseguró a Joseph Aoun que el traslado a Roma no implica una menor implicación de Washington, sino que responde únicamente a cuestiones logísticas. A su vez, el presidente libanés pidió a Estados Unidos que ejerza presión sobre Israel para que respete las disposiciones del acuerdo marco firmado con Líbano en junio. Sobre el terreno, el ejército israelí continúa destruyendo edificios y túneles en las localidades que mantiene ocupadas. La jornada también estuvo marcada por unas contundentes declaraciones del ministro de Defensa israelí, Israel Katz, en respuesta a las palabras de Trump del día anterior sobre una eventual retirada israelí del Líbano. “No pedimos permiso a nadie para entrar en Líbano y permaneceremos allí hasta que Hezbolá sea desarmado”, declaró. Por el momento, Hezbolá no ha respondido a las operaciones israelíes. Sin embargo, diversas fuentes citadas por medios de comunicación expresaron preocupación por una posible nueva escalada en el sur del Líbano si Irán llegara a encontrarse en una posición desfavorable en su guerra contra Estados Unidos. La otra gira diplomática del jueves fue protagonizada por una delegación iraní encabezada por el viceministro de Asuntos Exteriores. La delegación fue recibida por el presidente del Parlamento, Nabih Berri, a quien reiteró el respaldo de Irán al Líbano. Por su parte, el viceprimer ministro Tarek Mitri reafirmó la voluntad del Líbano de oponerse a toda ocupación e injerencia extranjera. Sus declaraciones coincidieron con las del ministro de Asuntos Exteriores libanés, Joe Rajji, quien durante una visita a Chipre reiteró que el Líbano debe dejar de pagar el precio de guerras que no ha elegido y que ninguna parte debe volver a monopolizar las decisiones sobre la guerra y la paz, en una clara referencia a Hezbolá. Para los iraníes, los tiempos han cambiado. En ese mismo contexto, también cabe destacar las visitas del embajador de Rusia al presidente Joseph Aoun y al ministro del Interior, Ahmad Hajjar. Siria será retirada de la lista estadounidense de países que apoyan el terrorismo Otro hecho relevante del jueves fue el anuncio del presidente estadounidense de su intención de retirar a Siria de la lista de países que apoyan el terrorismo. Tras la reunión entre Donald Trump y el presidente sirio Ahmad al Chareh celebrada el día anterior en Turquía, al margen de la cumbre de la OTAN, esta medida representa la culminación de un proceso que debería permitir al nuevo régimen atraer mayores inversiones y ampliar su inserción internacional. En el frente iraquí, el desarme de los grupos armados y la lucha contra la corrupción siguen avanzando de forma paralela. El jueves se produjo además un hallazgo insólito: una enorme suma de dinero procedente del saqueo del Tesoro fue encontrada oculta dentro de un conducto de drenaje de aguas pluviales. También en Irak, se registró un ataque contra un grupo de kurdos iraníes opositores al régimen, en la región del Kurdistán iraquí. No es la primera vez que estos grupos son blanco del régimen de Teherán, que busca mantener su influencia tanto en Irak como en el Líbano.