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Un Ojo sobre el evento

El funeral de un régimen

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(Foto Ahmad AL-RUBAYE / AFP)
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Por Hisham Dibsi
Publicado jul 13, 2026 - 22:55

El funeral del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser fue uno de los funerales de Estado más multitudinarios en la historia de Medio Oriente. La emoción popular desbordó el protocolo oficial y transformó la ceremonia en una despedida espontánea, mientras enormes multitudes acompañaban el féretro de su líder hasta su última morada en 1970.

En noviembre de 2004, tres continentes, Europa, África y Asia, despidieron al símbolo palestino Yasser Arafat. París le rindió los honores reservados a los monarcas; El Cairo recibió a Palestina, mientras que en Ramala toda la organización oficial quedó desbordada por la magnitud del duelo popular. Fueron las propias manos de los palestinos las que llevaron el féretro, y sus ojos se inundaron de lágrimas por el hombre que había forjado su identidad nacional. Su partida resultó aún más dolorosa por las palabras de Ariel Sharon, quien habló de “la mano del destino”. La respuesta del pueblo palestino fue inequívoca: “No te alegres. La justicia está de nuestro lado.”

En Gran Bretaña, el mundo presenció en 2022 lo que probablemente haya sido el funeral de Estado más imponente de este siglo: el de la reina Isabel II, al que asistieron cientos de jefes de Estado, jefes de Gobierno y monarcas reinantes. Cada detalle de la ceremonia había sido cuidadosamente planificado por la propia soberana. Todo reflejaba la sabiduría institucional de la monarquía a través de su personalidad y de su visión profundamente pragmática del Estado, la sociedad y la vida pública. Casi podía imaginarse que había acompañado conscientemente su propio funeral, satisfecha con lo que había logrado tanto para la Corona como para el Reino.

Ayer, millones de seguidores leales del Líder Supremo marcharon detrás de Ali Jamenei, derramando abundantes lágrimas con una disciplina extraordinaria. A su alrededor había apenas un reducido grupo de dignatarios extranjeros invitados, pero una multitud de generales y altos funcionarios de la República Islámica. La ceremonia terminó convirtiéndose en una inmensa demostración de lealtad, hoy la principal fuente de poder del régimen tras la destrucción de su poder.

Sin embargo, semejante exhibición difícilmente convencerá a las decenas de millones de iraníes que observaron la escena desde la distancia de que los cuerpos de seguridad, incluso respaldados por los fieles del régimen, sean capaces de preservar por sí solos su supervivencia. En realidad, aquella procesión parecía menos el funeral de un líder que el del propio régimen, un régimen que, cuando llegue el día de su caída, ya no encontrará a nadie que acompañe su cortejo fúnebre.

Una cascada de desafíos

La primera declaración provino del Líder Supremo, quien afirmó: “Sin duda nos vengaremos y será muy pronto.” Con ello recurrió al lenguaje de la obligación religiosa, apelando, de hecho, a cualquiera que estuviera en condiciones de ejecutar esa venganza. La retórica evocó de inmediato la fatwa emitida décadas atrás por el primer Líder Supremo, el ayatolá Ruhollah Jomeini, en la que ordenaba dar muerte al escritor británico Salman Rushdie tras la publicación de su célebre novela Los versos satánicos.

La segunda declaración vino de los comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica, quienes anunciaron el “cierre del estrecho de Ormuz hasta nuevo aviso”. Aunque el Líder Supremo no identificó explícitamente al destinatario de esa represalia, la multitud congregada durante el funeral de su predecesor disipó cualquier duda al corear “Muerte a Trump” y “Muerte a Netanyahu”.

Entre las amenazas de asesinato y venganza lanzadas por la máxima autoridad religiosa del régimen, el anuncio del cierre del estrecho y los ataques contra embarcaciones comerciales en aguas territoriales de Omán, el conflicto ha entrado en una fase nueva y mucho más peligrosa. El entendimiento inicial entre las partes se derrumbó, la tregua quedó hecha añicos y las distintas interpretaciones de disposiciones redactadas en términos generales dieron paso a un renovado intercambio de acciones militares, cada parte actuando de acuerdo con sus propias capacidades.

Muchos de quienes criticaron la redacción del memorando pasaron por alto un hecho esencial: el documento ya había cumplido el principal objetivo de Washington al permitir que Estados Unidos se retirara de la guerra en su forma original. La dirigencia iraní, tan confiada en su habilidad negociadora, descubrió rápidamente que lo que consideraba la “astucia persa” no podía competir con la capacidad estratégica estadounidense. En política internacional, los resultados concretos dependen de los equilibrios reales de poder, no de la fanfarronería política ni de la habilidad para maniobrar. A Washington le bastó con reconocer, al menos por el momento, la soberanía de Irán sobre el estrecho, pero únicamente dentro de los límites de sus aguas territoriales reconocidas por el derecho internacional.

Al mismo tiempo, la coordinación con el Sultanato de Omán permitió a la Marina estadounidense eludir las restricciones iraníes al utilizar la ruta marítima meridional que bordea la costa omaní. Con ello, Teherán perdió su última carta estratégica de peso y, al mismo tiempo, terminó alejando a un mediador que durante años había sido cooperativo e incluso extraordinariamente tolerante, aun dentro de sus propias aguas territoriales.

Ese fue el punto de inflexión que desestabilizó a la dirigencia iraní. Tras sustituir la “carta del estrecho” por la “carta nuclear”, creyó haber logrado desviar las negociaciones de su objetivo original, modificar el comportamiento del régimen, para concentrarlas únicamente en el debate sobre la apertura o el cierre del estrecho de Ormuz.

De esa manera, la Casa Blanca logró reacomodar sus cartas, tanto en el escenario político interno de Estados Unidos como dentro de la OTAN, a partir de los resultados de la Cumbre de Ankara.

Antes siquiera de que concluyera el cortejo fúnebre del Líder Supremo, la dirigencia militar iraní descubrió que la realidad estaba muy lejos de las expectativas que había alimentado. Las victorias que había prometido a su propia opinión pública se desvanecieron con mayor rapidez de la que tarda en consumirse una vara de incienso.

Si la euforia que Teherán presentó como un triunfo diplomático tras el anuncio del memorando terminó por disiparse a lo largo del corredor marítimo meridional de Omán, la movilización de millones de seguidores coreando consignas de muerte y venganza sigue siendo incapaz de modificar el equilibrio real de poder, aunque contribuya temporalmente a elevar la moral de un pueblo sometido y dirigido por una cúpula que muestra escasa preocupación por el costo de sus propias decisiones.

Así, la dirigencia iraní terminó enfrentándose a la alternativa impulsada por Estados Unidos y Omán, concebida para mantener permanentemente abierto el estrecho de Ormuz conforme al derecho internacional. Es en ese contexto donde debe entenderse la reciente escalada de radicalización y temeridad, reflejada en los ataques contra embarcaciones comerciales en tránsito, contra varios países del Golfo Árabe y contra el Reino Hachemita de Jordania.

Sin embargo, hay un hecho que llama particularmente la atención. Irán ha mostrado un cuidado extraordinario para evitar cualquier ataque directo contra Israel. Del mismo modo, un enfrentamiento militar abierto con la Marina de Estados Unidos sigue completamente descartado.

Detrás de esa conducta hay un cálculo estratégico relativamente sencillo. Desde la perspectiva de Teherán, atacar embarcaciones comerciales o a los Estados árabes no provoca la ira de Washington. Por el contrario, incentiva a esos mismos países a adquirir más sistemas estadounidenses de defensa antiaérea. Al mismo tiempo, los Estados árabes, encabezados por Arabia Saudita, no tienen intención alguna de permitir que la Guardia Revolucionaria Islámica los arrastre a una guerra en el momento y bajo las condiciones que Irán determine. Todos ellos cuentan con una estrategia defensiva construida desde una posición de fuerza y desempeñan un papel político cada vez más influyente tanto en el ámbito regional como en el internacional.

Si la mediación constituye una de las expresiones de esa estrategia, es porque responde a objetivos políticos de largo plazo. Esto resulta aún más evidente desde que Omán modificó su postura anterior, mientras que la mediación de Catar ha quedado reducida progresivamente a su dimensión financiera, al continuar Doha reteniendo importantes activos iraníes congelados por efecto de las sanciones internacionales.

Entretanto, Islamabad, Riad, El Cairo y Ankara mantienen abiertos sus canales de comunicación con la presidencia iraní y con el Ministerio de Asuntos Exteriores para preservar los esfuerzos de mediación. Cada día, estas cuatro capitales reiteran su rechazo a la guerra y su voluntad de contenerla mediante la aplicación del derecho internacional, especialmente en lo relativo a la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz. Precisamente ahí radica la derrota más significativa de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Hemos entrado ya en una guerra de desgaste en múltiples frentes. Día tras día, la nueva dirigencia iraní proporciona a la Casa Blanca todo lo que necesita para prolongar este conflicto hasta finales de año. Esa dinámica favorece la agenda política interna del presidente estadounidense y, al mismo tiempo, fortalece su posición en el escenario internacional. Todo ello ocurre en un contexto de visible disminución de las tensiones partidistas dentro de Estados Unidos, sin que eso signifique que exista un verdadero consenso político en la superpotencia que sigue gestionando buena parte de los grandes asuntos del planeta.

Una decisión independiente

Por primera vez, el Estado libanés participa activamente en la construcción de su propio futuro mediante una lectura lúcida y realista de los conflictos internacionales, en particular de la confrontación en curso con la República Islámica de Irán.

Esa confrontación ha provocado el regreso de la ocupación israelí al sur del Líbano, además de la continuidad de las violaciones del espacio aéreo libanés. También ha llevado, por primera vez, a Hezbollah a enfrentarse directamente con Israel en una guerra de apoyo a Gaza y de respaldo a Irán tras la muerte de Ali Jamenei, cuando la organización ya había quedado fuera de la antigua ecuación de “Ejército, Pueblo y Resistencia”, después de la aplicación del principio del monopolio estatal de las armas.

Puede afirmarse, por tanto, que sin la decisión de consagrar el monopolio estatal de las armas, el Líbano jamás habría podido iniciar las negociaciones que dieron lugar al memorando. Ese acuerdo exige ahora un acompañamiento político permanente y la gestión de expedientes particularmente complejos, una tarea para la que la diplomacia libanesa posee una reconocida experiencia tanto en el ámbito árabe como en el internacional.

La mayoría de quienes hoy critican este paso audaz y valiente son los mismos que, desde un principio, rechazaron el principio del monopolio estatal de las armas. También mantienen profundas reservas respecto del Acuerdo de Taif y del equilibrio político y regional que este estableció. En consecuencia, las objeciones al proceso de negociaciones entre Líbano e Israel no pueden separarse de esa oposición de fondo a esas dos decisiones fundamentales, incluso cuando algunos afirman respaldar verbalmente el Acuerdo de Taif mientras, en la práctica, actúan en sentido contrario.

En esencia, se trata del enfrentamiento entre un pasado reciente marcado por políticas que convirtieron al Líbano en un escenario de inversión geopolítica, en lugar de una patria digna de ser construida y defendida, y un nuevo enfoque que hoy cuenta con un amplio respaldo internacional y árabe. Ese apoyo refleja la comprensión del peso de las injerencias externas, presiones que superan las capacidades del Estado libanés y lo enfrentan a desafíos con Israel que no son consecuencia de sus propias decisiones.

Ese entendimiento quedó plasmado en sucesivas resoluciones de las Naciones Unidas, especialmente en la Resolución 425, que zanjó definitivamente cualquier controversia sobre la soberanía del Líbano respecto de sus fronteras meridionales. Dicha resolución puso fin a un largo período histórico iniciado tras la guerra de junio de 1967 y sus consecuencias, entre ellas el auge de la lucha armada palestina desde territorio libanés. Asimismo, proporcionó el marco jurídico para la retirada israelí de mayo de 2000, permitiendo al Estado libanés iniciar el lento proceso de recuperación después de las sucesivas guerras.

Las negociaciones actuales, sustentadas en el conjunto de resoluciones internacionales favorables al Líbano, especialmente la Resolución 1701, forman parte de un esfuerzo internacional y árabe profundamente comprometido con la soberanía libanesa. Ese compromiso descansa sobre fundamentos claramente establecidos: la Constitución, el Pacto Nacional, el Acuerdo de Taif, el discurso de investidura presidencial y la Declaración Ministerial.

Es precisamente ese fundamento el que permite hoy al Líbano aprovechar de manera constructiva tanto la legitimidad internacional como la legitimidad árabe para reducir, por medios políticos, la asimetría de poder con el Estado hebreo. Sin embargo, esa brecha no puede cerrarse sin dialogar con la propia administración estadounidense, principal garante del Estado hebreo. Quienes hoy intentan desacreditar el esfuerzo político del Líbano para alcanzar entendimientos que protejan al país y abran una salida a su profunda crisis buscan, en realidad, hacer retroceder al Estado para preservar intereses particulares que nada tienen que ver con el destino del Líbano como nación y como Estado.

En el contexto de esta nueva guerra de desgaste entre Washington y Teherán, preservar al Líbano de las repercusiones del estrecho de Ormuz adquiere hoy una importancia mayor que nunca. Irán continúa invirtiendo allí donde aún encuentra oportunidades. Cuanto más se derrumban sus cartas, mayor es su determinación por recuperar el control de la decisión nacional independiente del Líbano.

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