


A lo largo de tres décadas, Hamás pasó de ser la organización palestina de los Hermanos Musulmanes a convertirse en un movimiento de resistencia armada a finales de 1987, para después transformarse en la autoridad que gobierna la Franja de Gaza tras hacerse con el poder en 2007. A partir de ese momento, Hamás dejó de ser simplemente una facción palestina.
Es cierto que había llegado al poder mediante elecciones democráticas y pacíficas, y que Ismail Haniyeh ocupaba entonces el cargo de primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina. Sin embargo, la toma del poder por la fuerza, que dejó más de 120 muertos entre miembros de las fuerzas de seguridad y de Fatah, además de 39 víctimas civiles durante cinco días de ataques contra las instituciones de la Autoridad Palestina y del arresto de decenas de sus integrantes, según informes del Comité Internacional de la Cruz Roja, modificó profundamente el panorama político.
Varios dirigentes, entre ellos Mohammed Dahlan, huyeron por mar hacia Egipto. Alrededor de 50 mil empleados públicos dejaron de presentarse a trabajar, mientras que la jurisdicción efectiva de la Autoridad Nacional Palestina quedó reducida a Cisjordania.
Tras derrocar la legitimidad de la Autoridad Palestina, Hamás dejó de ser una simple facción política o un socio democrático en el gobierno. Optó por separar la Franja de Gaza de Cisjordania para ejercer allí un poder exclusivo, al tiempo que hacía de la caída del gobierno de Ramala y del rechazo a los Acuerdos de Oslo dos de los ejes centrales de su discurso político.
Hamás bajo Ismail Haniyeh
Durante la primera década del liderazgo de Ismail Haniyeh, hasta 2017, el movimiento experimentó profundas transformaciones en su relación con la sociedad palestina, sus dirigentes y las distintas facciones del movimiento nacional. También evolucionaron de manera significativa sus vínculos con el mundo árabe, el mundo islámico y la comunidad internacional.
Al mismo tiempo, su brazo militar, las Brigadas Izz al-Din al-Qassam, experimentó un salto cualitativo tanto en sus capacidades militares como en su arsenal, alcanzando su punto culminante bajo el mando de Yahya Sinwar.
Estos cambios redefinieron el equilibrio interno del movimiento. Con su centro de gravedad firmemente asentado en la Franja de Gaza y una creciente influencia popular en Cisjordania, Hamás también se benefició de una amplia ola de respaldo en el mundo árabe e islámico, impulsada por la dirigencia internacional de los Hermanos Musulmanes, que, según el autor, supo aprovechar su relación privilegiada con la administración estadounidense durante la presidencia de Barack Obama.
Estas recomposiciones internas terminaron por desplazar a Khaled Meshaal, quien había encabezado la Oficina Política durante trece años. Tras trasladar su sede permanente de Amán a Estambul y posteriormente a Doha, Ismail Haniyeh concentró en sus manos tanto la jefatura del gobierno de Gaza como la presidencia de la Oficina Política de Hamás.
Sin embargo, pese a la manera en que administró los equilibrios internos y externos del movimiento, Ismail Haniyeh difícilmente imaginó que llegaría el día en que se vería obligado a abandonar la Franja de Gaza para vivir en el exilio, como consecuencia del ascenso de Yahya Sinwar, el nuevo comandante de las Brigadas al-Qassam. Con el tiempo, Sinwar terminó imponiendo su autoridad no solo sobre el aparato militar de Hamás, sino también sobre las estructuras políticas y gubernamentales del movimiento.
Así, el presidente de la Oficina Política se reunió con su predecesor, Khaled Meshaal, en el exilio, aunque conservó formalmente tanto su título como su cargo al frente del gobierno de Hamás.
Las circunstancias que rodearon la salida de Haniyeh y de numerosos dirigentes y cuadros históricos del movimiento siguen siendo poco claras y probablemente no podrán conocerse plenamente mientras la propia dirigencia de Hamás no haga pública su versión de los hechos.
Las disputas internas, además, no se limitaban a la división geográfica entre Gaza, Cisjordania y la diáspora. También reflejaban distintas corrientes políticas e ideológicas: los leales a la dirigencia internacional de los Hermanos Musulmanes; los dirigentes políticos, cuyas relaciones giraban en torno a Türkiye, Qatar e Irán; y los mandos militares, de perfil más pragmático, aunque con distintos grados de radicalización. Mientras unos buscaban obtener el máximo provecho de su alianza con Irán, otros preferían ampliar su red de relaciones regionales para ganar margen de maniobra y consolidar su influencia, sin descartar contactos con Estados Unidos o incluso con Israel cuando las circunstancias así lo exigieran.
Fue en ese contexto donde emergió Khalil al-Hayya como la principal figura de Hamás en la Franja de Gaza y como uno de los colaboradores más cercanos de Yahya Sinwar. Según numerosas personas familiarizadas con la trayectoria militar de este último, Sinwar era conocido por depositar su confianza únicamente en un círculo muy reducido.
Esas mismas fuentes sostienen que el papel central desempeñado por Khalil al-Hayya en las negociaciones se explicaría precisamente por la confianza que Sinwar depositaba en él. Cuando Sinwar asumió la presidencia de la Oficina Política de Hamás, una semana después de la muerte de Ismail Haniyeh, a finales de julio de 2024, nombró a al-Hayya como su adjunto.
El asesinato de Sinwar, apenas dos meses después de asumir la dirección de la Oficina Política, reabrió de inmediato la lucha por la sucesión. Respaldado por la dirigencia del movimiento en Gaza, Khalil al-Hayya terminó imponiéndose a Khaled Meshaal y se convirtió en el quinto presidente de la Oficina Política de Hamás, concentrando desde entonces los principales principales palancas del poder de la organización.
Sin embargo, su ascenso a la cima del movimiento no puede explicarse únicamente por esa sucesión. Fuentes políticas y mediáticas, entre ellas varios analistas egipcios que intervinieron en distintas cadenas de televisión de la región, han afirmado que las negociaciones celebradas en Doha tras el ampliamente difundido ataque israelí en Qatar contra dirigentes de Hamás contaron con la participación de altos responsables de seguridad de Israel, Estados Unidos y Türkiye.
De acuerdo con esas versiones, los encuentros habrían dado lugar a compromisos por parte de Israel para suspender las operaciones dirigidas contra los líderes de Hamás y poner fin a su persecución. Quienes sostienen esta interpretación consideran que la evolución de los acontecimientos posteriores parecería reforzar esa lectura.
Desde esa perspectiva, el Hamás de Khalil al-Hayya ya no sería el de Sheikh Ahmed Yassin ni el de Yahya Sinwar. Su nueva dirigencia estaría orientada a ejecutar entendimientos de carácter político y de seguridad bajo el patrocinio, principalmente, de Qatar y Türkiye.
Según este análisis, el papel que el movimiento desempeñaría en el futuro diferiría profundamente del que había asumido hasta ahora. La preservación del poder, cualquiera que fuera el costo político, humano o material, pasaría a ser su prioridad absoluta. La supervivencia de su autoridad prevalecería sobre el bienestar de la población.
El programa de al-Hayya
A comienzos de esta semana, el nuevo líder del movimiento pronunció su primer discurso, en el que expuso los objetivos que, según dijo, orientarán su gestión:
Primero, poner fin a las operaciones militares israelíes y lograr la retirada total de Israel de la Franja de Gaza.
Segundo, restablecer las condiciones básicas de vida, impedir el desplazamiento forzado de la población, impulsar la reconstrucción y concretar un acuerdo de intercambio de prisioneros palestinos.
Tercero, abrir un diálogo nacional destinado a reconstruir la Organización para la Liberación de Palestina sobre bases democráticas.
Cuarto, fortalecer las relaciones de Hamás con su entorno árabe e islámico.
Quinto, coordinar los esfuerzos internacionales para poner fin a la campaña militar israelí.
Sexto, solicitar a las Naciones Unidas que brinden protección al pueblo palestino y que los dirigentes israelíes responsables de la guerra rindan cuentas ante los tribunales internacionales.
Con un programa cuya aplicación requeriría el respaldo de las principales potencias del mundo y de una amplia coalición internacional, Khalil al-Hayya habla con seguridad y desde lo que presenta como una posición de fortaleza. Sin embargo, lo hace desde la comodidad de una habitación de hotel.
Mientras tanto, sobre el terreno, la confrontación militar entre Hamás e Israel se entrelaza con las zonas donde se refugian los desplazados, en medio de una población hacinada en campamentos improvisados. Así, los habitantes terminan pagando un doble precio: por un lado, el impuesto por el propio aparato de seguridad de Hamás, encargado de controlar a cerca de dos millones de palestinos desplazados dentro de su propia tierra; por el otro, el derivado de la persecución israelí contra los cuadros del movimiento, con la secuela de bombardeos, destrucción, expansión territorial y restricciones que, según el autor, luego sirven para justificar las limitaciones al suministro de agua, alimentos y medicinas.
Entre esa realidad cotidiana y el programa político proclamado por el movimiento se acumulan la miseria, la desesperanza y la frustración. Las redes sociales de la Franja de Gaza resuenan con los gritos de auxilio de una población que la dirigencia de Hamás parece ya no querer escuchar, concentrada, en cambio, en preservar su poder y proteger sus propios intereses.
Tres opciones
El ministro israelí Bezalel Smotrich ha sostenido en repetidas ocasiones que los palestinos solo tienen tres opciones: emigrar, morir o someterse. Según el autor, esa visión es compartida por un gobierno decidido a ampliar la colonización en la totalidad de los territorios palestinos.
Las incursiones reiteradas en el recinto de la mezquita de Al-Aqsa, así como la ola de violencia protagonizada por colonos bajo la protección del ejército israelí, no responderían, por tanto, a una amenaza existencial. Formarían parte, más bien, de la aplicación de lo que varios ministros de la coalición gobernante han denominado el “Plan Decisivo”, cuyo objetivo sería expandir los asentamientos israelíes y anexar todas las zonas de los territorios palestinos que puedan quedar bajo el control de los colonos y de las fuerzas armadas israelíes.
Con las elecciones legislativas previstas para octubre de este año cada vez más cerca, varios miembros del gobierno también han expresado abiertamente su deseo de provocar el colapso de la Autoridad Nacional Palestina en Ramala y eliminar lo que consideran el último marco institucional palestino comprometido con una solución política basada en la coexistencia de dos Estados. Los principales representantes del sector más radical del nacionalismo religioso israelí sostienen, de hecho, que esa solución constituye, desde su perspectiva, la verdadera amenaza existencial para el Estado de Israel.
La actual ola de violencia que sacude Cisjordania y golpea a la población palestina, pueblo originario de esa tierra, corre el riesgo de extinguir las últimas posibilidades de una paz fundada en el derecho internacional. Mientras la comunidad internacional siga limitándose a hablar de paz sin generar las condiciones necesarias para hacerla posible en Palestina, el resultado, según el autor, no podrá ser otro que la prolongación indefinida de un conflicto abierto.