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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Irán: aviso de tormenta entre los mulás
Por
Roger Barake
Publicado

No es la primera vez que los iraníes salen a las calles para protestar contra sus gobernantes. Pero este enésimo movimiento popular se distingue por la movilización de un nuevo actor: los comerciantes del Bazar, considerados uno de los pilares del régimen islámico. Todo comenzó el 28 de diciembre, cuando comerciantes de Teherán iniciaron una huelga para protestar contra la hiperinflación y el estancamiento económico. El movimiento se ha extendido desde entonces para incluir demandas políticas. Desde el comienzo de las protestas, el poder ha jugado tanto con la apaciguamiento, reconociendo "demandas legítimas" relacionadas con las dificultades económicas, como con la firmeza frente a cualquier intento de desestabilización. El Líder Supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en el poder desde 1989, estimó el sábado, en el séptimo día del levantamiento popular, que las demandas económicas de los manifestantes eran "justas" pero que los "alborotadores" debían ser "puestos en su sitio"…   Décadas de revuelta popular Los movimientos de protesta han marcado la vida de la República Islámica desde 1999. En julio de ese año estalló un movimiento de protesta estudiantil que buscaba defender al presidente reformista Mohammad Jatamí. La violenta intervención de los bassidj prácticamente puso fin a la protesta. En junio de 2009, la disputada reelección del presidente ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, favorito de Jamenei, provocó un movimiento de protesta que denunciaba fraudes. El poder acabó aplastando la revuelta recurriendo a una represión severa que causó decenas de muertos y miles de arrestos, aniquilando de este modo los círculos políticos e intelectuales de la oposición bajo el peso de condenas a menudo muy severas. A finales de diciembre de 2017, cientos de personas se manifestaron en Mashhad, la segunda ciudad del país, y en otras ciudades contra el aumento de los precios, el desempleo y el gobierno. En noviembre de 2019, se organizaron manifestaciones poco después del anuncio de un fuerte aumento en el precio de la gasolina. También allí se lamentaron cientos de muertos y miles de detenciones. En julio de 2021, estallaron protestas contra la escasez de agua en la provincia de Juzestán, afectada por la sequía. Mientras que en Teherán, la gente se levantó contra los cortes de electricidad. Cada vez más iraníes se muestran con la cabeza descubierta en público en Teherán y en las grandes ciudades, desafiando la obligación de llevar velo vigente desde el advenimiento de la República Islámica en 1979. El último levantamiento, y probablemente el más sangriento, data de septiembre de 2022. La muerte, bajo custodia, de Mahsa Amini, una joven kurda iraní arrestada por presuntamente infringir el código de vestimenta vigente con un velo mal ajustado, desencadenó meses de manifestaciones en todo el país, bajo el grito de guerra "¡Mujer Vida Libertad!". Varios cientos de personas perdieron la vida, incluyendo decenas de miembros de las fuerzas de seguridad, y miles de manifestantes fueron arrestados. Una movilización inédita Volviendo a la revuelta actual, ha movilizado a grandes ciudades como Isfahán, Shiraz o incluso la ciudad santa de Qom, bastión del pensamiento jomeinista, donde un hombre fue asesinado por la explosión de una granada que pretendía utilizar. Algunos manifestantes no dudaron en corear «¡muerte al dictador!», el famoso eslogan lanzado contra el Sha durante la Revolución Islámica de 1979. Este eslogan es utilizado esta vez por el pueblo contra la tiranía de los mulás... Según el periodista libanés y especialista en Irán Ali al-Amine, hoy asistimos «por primera vez a un movimiento que ha surgido dentro del bazar iraní», lo cual, en su opinión, es «un indicador significativo que tendrá un impacto considerable». El Sr. Al-Amine recuerda que esto «nos remonta a la revolución iraní, a sus inicios en 1979: lo que cambió el curso de los acontecimientos en aquella época fue la huelga organizada por el bazar, que jugó un papel importante en la caída del régimen del Sha». ¿Por qué el bazar? «El régimen de los mulás se basa en tres pilares principales: los seminarios (las Hawza) y la autoridad religiosa, los Guardianes de la Revolución y el bazar, indica Ali al-Amine. Todos los movimientos anteriores se han desarrollado fuera de este trío». «Hoy, precisa, el bazar ha entrado en escena e incluso influye en la autoridad religiosa gracias al 'Khoms' (un quinto o 20%), un impuesto islámico que es una obligación para todos los chiítas. Este diezmo sirve para financiar de alguna manera al clero. Los seminarios se alimentan de los fondos del Khoms, etc. Este dinero siempre está en manos de las clases acomodadas, es decir, los comerciantes del bazar. Un mal, varios síntomas desencadenantes La calle iraní se mueve, porque la economía del país está debilitada por décadas de sanciones occidentales vinculadas a su programa nuclear. La depreciación crónica del rial iraní provoca una hiperinflación (52% en un año en diciembre) y una fuerte volatilidad de los precios. El malestar también es generado por las consecuencias de «la guerra de los 12 días» que enfrentó el pasado junio a Israel con Irán, cuyas instalaciones nucleares fueron atacadas por incursiones israelíes y estadounidenses. «Irán se encuentra hoy en un punto muerto, afirma Ali al-Amine. Incluso durante las manifestaciones pasadas, Irán siempre podía dirigirse a su población diciéndoles: «Estamos en las fronteras de Israel, estamos en las fronteras del Mediterráneo, controlamos Irak, controlamos Siria… Esto constituía una especie de garantía para la supervivencia del régimen a nivel interno». "¡Ni Gaza ni el Líbano, mi vida por Irán!" Las autoridades iraníes también se encuentran aisladas tras los golpes asestados a sus aliados regionales: Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano y la caída del régimen alauita de Bashar al-Ásad. Algunos iraníes albergan un resentimiento de larga data contra el apoyo financiero y militar de Teherán a estos aliados, mientras el país sufre económicamente. Iran International , un canal de televisión en lengua persa con sede en el extranjero y crítico con el poder, informó de un eslogan "¡Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán!", coreado por algunos manifestantes. «Con su retirada de Siria y la revelación de sus actividades en otras regiones que no había atacado antes, Irán se enfrenta ahora a varios problemas: crecientes crisis internas, declive de su influencia regional e internacional, tensas relaciones exteriores y crecientes presiones estadounidenses e israelíes», continúa el Sr. al-Amine, antes de añadir: «Uno de los desarrollos más notables, según fuentes iraníes, es que las manifestaciones ahora involucran tanto a las clases medias como a las altas. Se observan manifestaciones en el corazón de Teherán, Isfahán y Shiraz, ciudades tradicionalmente marcadas por movimientos de las clases adineradas y medias, y esto es otro indicador importante. Estos movimientos se encuentran entre las opciones de las que dispone actualmente el régimen iraní, y su destino depende de la evolución de la situación». Ali al-Amine afirma que «la declaración de Trump, según la cual intervendrá para defender a los manifestantes, es un indicador significativo. ¡Refuerza la motivación del pueblo iraní y lo incita a movilizarse!». Como hecho destacable, el Mossad israelí invitó el pasado miércoles a los manifestantes iraníes a intensificar su movilización social: "Salid juntos a las calles. Ha llegado la hora. Estamos con vosotros", subrayaron los servicios secretos exteriores de Israel en su cuenta X, dirigiéndose en farsi a los manifestantes. ¿Quo vadis? Las opciones que se ofrecen a los iraníes, teniendo en cuenta este impasse interno y externo, también dependen de la evolución, la duración y la escalada de los acontecimientos. «Creo que Irán se enfrenta hoy a una elección: o bien concluir un acuerdo y aceptar importantes concesiones relativas a sus programas nuclear y balístico, o bien negociar simultáneamente un acuerdo definitivo con los estadounidenses, lo que equivaldría de hecho a una capitulación», afirma al-Amine. Según Ali al-Amine, «es un activo importante para el régimen, y también podríamos asistir a la implementación de un plan ya mencionado casi públicamente que tiene como objetivo reemplazar al Líder Supremo por un comité de tres miembros. Este comité incluiría al hijo de Jamenei, Mojtaba, un colaborador muy cercano de su padre y jefe de su gabinete, controlando de hecho las principales instituciones estatales y el proceso de toma de decisiones en Irán. Esto abriría el camino a las concesiones exigidas por los estadounidenses». Las instituciones estatales no se limitan al aparato religioso ni a los Pasdaran. Mojtaba Jamenei también supervisa una red de empresas que forman una especie de economía paralela equivalente al 60% del PIB iraní. El volumen de este imperio industrial, comercial y energético ha sido estimado en 95 mil millones de dólares por un estudio realizado por Reuters…

La intervención de EE. UU. en Venezuela: un impacto geopolítico multifacético

Como en una obra de teatro. Último acto en Venezuela… El deus ex machina de Estados Unidos, tan anunciado, finalmente ha intervenido. La administración de Donald Trump concretó sus amenazas de una intervención directa en suelo venezolano contra el gobierno de Nicolás Maduro, el sábado 3 de enero de 2026 por la mañana. Cabe mencionar que el 3 de enero de 2020, Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds (parte del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), fue asesinado en Bagdad por orden del presidente Donald Trump. También el 3 de enero, el presidente de Panamá, Manuel Noriega, se rindió a los estadounidenses tras la intervención estadounidense en Panamá. Volviendo a la operación del 3 de enero de 2026, paralelamente a los ataques aéreos lanzados cerca de posiciones militares en la capital Caracas y otras regiones de la república bolivariana, Maduro fue capturado con su esposa por una unidad de las fuerzas especiales estadounidenses y evacuado a Estados Unidos, donde enfrenta cargos penales por narcotráfico. Esta operación militar estadounidense, evidentemente, altera el panorama geopolítico en América Latina y en todo el continente americano, pero su impacto también trasciende esta parte del mundo. De manera más específica, para las poblaciones de los países del Levante, Medio Oriente y el Golfo en general, surge una pregunta fundamental a la luz de estos acontecimientos: ¿la caída de Maduro tendrá como consecuencia debilitar aún más, por repercusión, el régimen de los mulás iraníes, ya acorralado, especialmente en los últimos días? La administración estadounidense afirma de hecho que existen lazos más estrechos que nunca entre Caracas y Teherán. La República Islámica se vería privada, por consiguiente, de un valioso aliado en un momento en que se enfrenta a un levantamiento popular, una crisis socioeconómica sin precedentes y una creciente presión estadounidense. Una segunda interrogante se plantea en este contexto con agudeza para los países del Levante, y más particularmente para Líbano: ¿contribuirán realmente los cambios en Venezuela a secar aún más las fuentes de financiación de Hezbolá, acusado por la Administración Trump de explotar la situación del régimen de Maduro para dedicarse al narcotráfico a gran escala y a operaciones de blanqueo de dinero? A la espera de respuestas creíbles a estas interrogantes y también de elementos más precisos sobre los acontecimientos de las últimas horas y sus repercusiones a corto plazo en Venezuela, surgen otras tres preguntas, igualmente fundamentales, sobre las circunstancias y el impacto a corto plazo de la intervención estadounidense. Primera pregunta, de gran calado: ¿la “salida” de Maduro fue el resultado de una negociación? A pesar del estado de emergencia y las declaraciones de funcionarios venezolanos, que afirmaban el sábado por la mañana no saber dónde se encontraba el líder bolivariano, la opción de una salida negociada había sido mencionada por los medios y las cancillerías occidentales desde hacía varios meses. Si bien el intervencionismo estadounidense en el mar Caribe se justificó desde mediados de agosto por la lucha contra el narcotráfico, el cerco se estrechó desde el principio en torno a Nicolás Maduro, acusado desde hace varios años por Washington de estar al frente del supuesto Cartel de Los Soles, además de ser calificado de presidente ilegítimo. Nicolás Maduro había pedido en varias ocasiones una discusión directa con Trump, y visitas recientes de funcionarios estadounidenses a Bielorrusia habían dejado entrever una posibilidad de huida hacia Minsk. ¿El equivalente de un Bashar en Moscú... Confesión de debilidad? Lo cierto es que una operación de este tipo, como la ocurrida este 3 de enero, toma la forma inédita de una extradición forzada; una situación que no se ha presentado en América Latina desde la captura de Noriega en Panamá en 1990. No obstante, la idea de una salida negociada no es nueva, sabiendo que el resultado de tal negociación solo podía ser desfavorable para Maduro. Pero las negociaciones permitían, de alguna manera, salvar la cara... Una prueba, sin duda, de que Maduro habría tomado conciencia de su falta de legitimidad frente a las crisis a las que se enfrentaba su país desde la gran ola de represión de 2017. ¿Qué hay del futuro a corto plazo? Segunda incógnita, por ahora: ¿hay que esperar un vacío de poder en Venezuela? Cabe señalar al respecto que la oposición está fragmentada frente al chavismo. En 2017, Juan Guaidó era el delfín del presidente Trump a raíz de las manifestaciones sin precedentes que habían sacudido el país, provocando uno de los éxodos más importantes del mundo: según la ONU, más de 8 millones de venezolanos han abandonado el país desde entonces. Sin embargo, Guaidó fue relegado a un segundo plano en su retiro dorado de Florida. Tras las controvertidas elecciones de 2024, Edmundo González Urrutia había sido declarado vencedor, pero se vio obligado al exilio. A pesar de las promesas de regreso, fue finalmente María Corina Machado, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, quien fue apoyada abiertamente por Washington. Este cambio de figura interna revela una dificultad para mantener una oposición unida y coherente, sobre todo porque las directrices de voto de Machado no fueron seguidas por la base de la oposición. Esto sin contar una parte de la sociedad venezolana afín a los ideales del chavismo y opuesta al embargo estadounidense. Este público, más allá de su apreciación o no de Maduro, mantiene un apoyo ideológico —más que concreto— al régimen actual. En este contexto, conviene destacar la actitud del presidente Trump hacia Irán, el gran aliado de Venezuela. La contundente intervención del sábado permitirá, evidentemente, facilitar el acceso a los recursos mineros, petroleros y gasísticos de Venezuela, pero también, y sobre todo, busca cortar el camino a Rusia, a China y al eje iraní. Queda por ver si las disensiones internas en Venezuela provocarán o no un caos que habría sido subestimado por Estados Unidos. La lucha contra el narcotráfico Última incógnita que se plantea, en conclusión: ¿qué impacto cabría esperar a nivel regional? El despliegue sin precedentes de fuerzas estadounidenses, sobre todo desde el 13 de noviembre, fecha del lanzamiento oficial de la «Operación Lanza del Sur», tiene como razón de ser proclamada la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, Venezuela está lejos de ser, según los expertos de la ONU, el principal país productor y el principal país de tránsito de la cocaína. El primer lugar en este aspecto corresponde a su vecino colombiano. Colombia, dirigida desde 2023 por el presidente de izquierda Gustavo Petro, experimenta, cabe señalar, las peores relaciones bilaterales de su historia con Estados Unidos desde el regreso del presidente Trump a la Casa Blanca. Desde el dossier migratorio hasta la guerra de Gaza, pasando por la lucha contra el narcotráfico, casi todo opone al dirigente sudamericano con Donald Trump. Aranceles aduaneros, restricciones de visado, amenaza de poner fin a la financiación del ejército colombiano, nada parece funcionar... El presidente colombiano incluso fue incluido en la famosa lista Clinton de la OFAC, lo que lo colocó a él y a varios de sus allegados bajo el yugo de las sanciones del Tesoro estadounidense. La pregunta es saber, a la sombra de la situación actual, si la escalada actual le concierne también, a cinco meses de las elecciones presidenciales de Colombia que tendrán lugar en un contexto sin precedentes de giro a la derecha, desde 2022, de los gobiernos elegidos en los países de esta parte del mundo.

¡El entrismo y la infiltración nos tienen contra la pared!

¿Quién dijo que Hezbolá solo prosperaba en escaramuzas y conflictos armados? Desde la década de 1990, el grupo ha ido “libanizándose” de manera constante, puliendo sus asperezas y adoptando el lenguaje del compromiso. O, al menos, fingiendo hacerlo para enturbiar las aguas. Al inicio, en el momento de su creación, Hezbolá no hizo ningún esfuerzo por ocultar sus intenciones. Proclamó abiertamente su ambición de instaurar un régimen calcado palabra por palabra del modelo de Jomeini. En aquel entonces, se mantuvo completamente al margen de la vida política libanesa, a la que despreciaba como un terreno indigno, reservado a los infieles. Pero luego, al replantear su estrategia, emprendió de manera astuta y deliberada un proyecto de largo aliento para infiltrarse en el aparato del Estado libanés. Tanto así que, en 2005, logró obtener una fatua del jeque Afif al Nabulsi que legitimó su participación en el gobierno. De ese modo, tras una larga y silenciosa marcha, alcanzó una fachada de legalidad. Los satisfechos y los ingenuos cayeron por completo en la trampa. A su juicio, la “alquimia” política libanesa por fin había logrado domesticar al partido de la Revolución Islámica. Hezbolá, aseguraban, se volvería libanés de corazón y adoptaría nuestra mentalidad comercial y pragmática, la misma que arrastramos desde tiempos fenicios. Tal vez, decían, el partido iraní había rebajado un poco su vino. Pero esos optimistas cantaron victoria demasiado pronto. La realidad no tardaría en desmentirlos. En este juego, la democracia no sería la ganadora. Ya no conforme con mantenerse al margen, Hezbolá se infiltró en la administración pública para impulsar mejor su agenda, tanto a corto como a largo plazo. Inoculó en el sistema su propia lógica subversiva. Y como el Estado estaba maduro para ser capturado, el dúo chiita lo fue domesticando desde dentro. Infiltración y penetración Esta estrategia de entrismo, una táctica clásica del marxismo-leninismo, consistía en insertar deliberadamente a miembros de una organización militante dentro de estructuras rivales o incluso en el propio Estado burgués. ¿Qué podía ser más eficaz que tomar el poder desde adentro y no soltarlo jamás? Tanto el contexto regional como el interno se prestaban perfectamente para ese engaño. Y si Hezbolá guarda una profunda gratitud hacia el presidente Émile Lahoud, es precisamente porque bajo su mandato logró tejer su red en todos los niveles del poder y de la administración. Amparados por la impunidad y protegidos por sus padrinos, estos peones infiltrados, estos “agentes durmientes”, echaron raíces en las instituciones públicas y escalaron progresivamente en la jerarquía. En la gestión cotidiana, su lealtad nunca estuvo en duda: obedecían las órdenes de sus superiores y se convertían, sin reparos, en cómplices de toda clase de transgresiones. Las fechorías de la conspiración La catastrófica doble explosión en el puerto, aquel fatídico 4 de agosto, constituye la prueba definitiva de una conspiración a escala nacional. ¿No seguimos haciéndonos las mismas preguntas hoy? ¿Cómo fue posible que toneladas de material explosivo permanecieran en el corazón de la ciudad sin la complicidad de todos los niveles del Estado? ¿Por qué se ignoraron tantas alertas evidentes? ¿Cuántos actos de cobardía y cuántos asesinatos sin resolver más habrá que sumar? Vaya modelo de administración pública. Tantas instituciones mirando hacia otro lado: el Poder Judicial, las aduanas, los servicios de seguridad. Y para rematar, una gran conspiración de silencio. Bien hecho, señores de Hezbolá: su proyecto de entrismo ha dado frutos. Nunca la infiltración había revelado con tanta claridad tantos vicios y tantas maniobras ocultas.

Los museos: un recorrido por la memoria
Por
Micha Moussallem
Publicado

En Medio Oriente, los museos son mucho más que simples recintos de piedra que resguardan obras en peligro. Son espacios donde la memoria, la identidad y los juegos de poder blando entre Estados se reactivan constantemente. Algunos países del Levante, cuna de las grandes civilizaciones de la Antigüedad, han sido sacudidos por guerras, revoluciones y cambios geopolíticos. En estos territorios, cada vitrina y cada objeto restaurado se convierten en un gesto político, en un acto de resiliencia nacional. Los museos funcionan como anclas para pueblos que buscan una identidad y una lectura común de su propia historia. En la región del Golfo, el escenario es distinto. El arte en general y los museos en particular siguen siendo guardianes de la memoria y la tradición, pero también se han convertido en herramientas de poder blando y en medios para mejorar la calidad de vida de la población. La cultura es concebida como un motor del progreso y un pilar del futuro regional. De ahí la proliferación de iniciativas culturales y de nuevos museos equipados con tecnología museográfica de vanguardia. Este recorrido por algunos museos del Levante y del Golfo es un viaje fascinante a través de siete mil años de historia, entre herencias antiguas y espacios futuristas que caracterizan a las instituciones del Golfo. Entre ambos polos se tienden puentes y complementariedades que conectan el pasado con un futuro deliberadamente luminoso, pensado para el próximo siglo. Dado que resulta imposible abarcar todos los museos de la región, hemos seleccionado solo algunos que encarnan la realidad museística actual. El Museo Nacional de Beirut Este recorrido comienza con el Museo Nacional de Beirut, que refleja a la perfección tanto la fragilidad como la resiliencia de las naciones levantinas. Concebido en la década de 1940 como un proyecto de un joven Estado independiente, décadas más tarde quedó en medio de la guerra, protegido por muros de concreto y bloques de cemento. Su reconstrucción progresiva en los años noventa simbolizó la determinación de un país fragmentado por reconectarse con su historia y reinterpretar su realidad más allá del caos. El Gran Museo Egipcio (GEM) En el otro extremo del espectro se encuentra el Gran Museo Egipcio, una expresión monumental de la ambición de Egipto por proyectar su poder a través del patrimonio. Concebido como uno de los museos arqueológicos más grandes del mundo y vecino de las pirámides, representa un proyecto contemporáneo de influencia cultural y turística. Detrás de sus majestuosas fachadas, Egipto moviliza siete milenios de historia para fortalecer su economía y su sector turístico. El Museo de Irak Más hacia el este, el Museo de Irak narra una historia distinta, la de un patrimonio tomado como rehén por la guerra y el saqueo. Encarna tanto la violencia infligida a la memoria del país como la perseverancia de quienes luchan por recuperar y recomponer tesoros dispersos en mercados ilegales, colecciones privadas y depósitos de museos occidentales. El Louvre Abu Dabi En los países del Golfo, la historia toma otro rumbo. Aunque los museos siguen siendo guardianes de la memoria y las tradiciones, también forman parte de una estrategia cultural más amplia que posiciona a la península arábiga como un nuevo laboratorio de diplomacia cultural y un espacio de diálogo entre civilizaciones, al servicio del bienestar de sus ciudadanos. En los Emiratos Árabes Unidos, el Louvre Abu Dabi encarna esta visión. Al importar un nombre tan prestigioso como el Louvre y crear instituciones icónicas propias, los países del Golfo, y en particular los Emiratos, se posicionan como un cruce artístico entre Europa, Asia y África. Buscan redefinir la circulación de las obras de arte y participar en las rivalidades simbólicas tanto a nivel global como regional. En conclusión, al seguir este hilo que va del Levante al Golfo, invitamos al lector a recorrer cinco museos como si se tratara de un palimpsesto, donde se superponen capas de historia, ideología, expresión arquitectónica del poder y economía. Cada una de estas instituciones revela, a su manera, cómo las sociedades de la región se ven a sí mismas, narran su pasado y proyectan su futuro. Próximo artículo: El Pabellón Cultural Nuhad Es-Saïd Lea también: El Museo Nacional de Beirut, contra todo pronóstico

Los nuevos factores del poder estadounidense e israelí

Es un grave error abordar el expansionismo estadounidense e israelí desde la misma perspectiva, a pesar de la aparente convergencia de sus proyectos en momentos regionales cruciales. Confundirlos no solo oscurece las diferencias estructurales fundamentales, sino que también nos lleva a comprender erróneamente la naturaleza de los conflictos actuales y las formas de control que se ejercen en nombre de la seguridad, la disuasión o la estabilidad. La expansión, como concepto político-estratégico, no es singular en sus motivos ni en sus herramientas, incluso cuando conduce a resultados similares. Lo que une hoy a Estados Unidos e Israel no es un proyecto unificado, sino una superposición de intereses y un conjunto de herramientas compartidas, en un momento de transición en el que se está redefiniendo el significado del control y la influencia. Primero: La expansión estadounidense… Un imperio sin mapas Históricamente, el expansionismo estadounidense no ha sido una expansión geográfica en el sentido clásico de los antiguos imperios o el colonialismo europeo. Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha construido su influencia global sobre una base diferente: el dominio económico y comercial como núcleo del poder, y la fuerza militar como herramienta para proteger esta influencia, no como un fin en sí mismo. Washington no busca territorios que anexionar ni banderas que ondear en el mapa. Lo que busca es: • Abrir mercados e integrarlos en la economía estadounidense, • Proteger las rutas de suministro y energía, • Imponer las reglas del sistema financiero global, • Y controlar las cadenas de suministro y la tecnología. En este sentido, la expansión estadounidense es una expansión del espacio económico, no de los mapas. Un país puede ser políticamente "independiente", pero es económicamente subordinado, atado al dólar, dependiente de instituciones financieras internacionales o del mercado estadounidense. En este caso, el control se logra sin ocupación, y la influencia sin administración directa. Incluso la intervención militar estadounidense, cuando ocurre, suele presentarse como un medio para asegurar este sistema: protegiendo a los aliados, previniendo el colapso de los mercados, asegurando las rutas marítimas o conteniendo las fuerzas que amenazan los equilibrios económicos globales. Por lo tanto, en los últimos años, Washington ha tendido a reducir la participación militar directa sin renunciar a su influencia, en un claro cambio de la "guerra dura" a la "gestión inteligente de conflictos". Segundo: La expansión israelí… La tierra como identidad, no como herramienta En cambio, el proyecto israelí se basa en una lógica radicalmente diferente. La expansión israelí es ideológica e histórica, y la tierra constituye el núcleo del proyecto sionista, no simplemente un medio. Desde la "Tierra Prometida" hasta la doctrina de las fronteras fluidas, la geografía ha seguido siendo un elemento de identidad y supervivencia, no simplemente una esfera de influencia. En este contexto, la expansión no puede separarse de la narrativa fundacional de Israel, en la que la tierra se presenta como: • un derecho histórico, • una garantía de seguridad, • una condición para la existencia y continuidad del Estado. Sin embargo, esta lógica, a pesar de su arraigo ideológico, ha chocado con las realidades políticas, demográficas y de seguridad que han convertido la ocupación directa en una carga más que en un activo. El control terrestre prolongado se ha vuelto costoso en múltiples niveles: • La resistencia constante agota al ejército; • Las cargas demográficas amenazan el carácter judío del Estado; • La creciente presión internacional profundiza el aislamiento político. Por lo tanto, el proyecto israelí no ha abandonado la expansión, sino que la ha redefinido. Tercero: De la ocupación al control… La expansión en su nueva forma En la actual transformación israelí, la expansión ya no es sinónimo de anexar o administrar directamente territorio. Hoy, la expansión significa controlar territorio sin ocuparlo; es decir, mantenerlo dentro de la esfera de control, no dentro de las fronteras del Estado. En este contexto, la superioridad aérea y el dominio tecnológico emergen como herramientas modernas de expansión. El cielo se ha convertido en el sustituto del territorio, y la tecnología ha reemplazado la administración civil y militar directa. Este modelo se basa en elementos claros: • Cielos abiertos sin disuasión efectiva, • Inteligencia y superioridad tecnológica que permiten una vigilancia constante, • La capacidad de atacar cuando y donde se desee, • Imponer una sensación de soberanía reducida a los adversarios. En este modelo, el territorio puede no estar oficialmente ocupado, pero en la práctica carece de plena soberanía. Las decisiones de seguridad, la libertad de movimiento e incluso la estabilidad cotidiana dependen de la voluntad de la potencia dominante en el aire. Cuarto: Unidad de herramientas… no unidad de proyecto Aquí, las lógicas estadounidense e israelí convergen, al menos temporalmente, no porque los proyectos sean idénticos, sino porque las herramientas del control moderno se han compartido. Estados Unidos, que gestiona su expansión a través de la economía y los mercados, encuentra en este modelo israelí un medio para controlar la región sin una intervención directa. Washington no se opone a la superioridad aérea israelí siempre que: • Prevenga una conflagración regional importante, • Contenga a los adversarios dentro de ciertos límites, • No arrastre a Estados Unidos a una guerra a gran escala. Por el contrario, Israel se beneficia de esta cobertura estadounidense para consolidar su modelo de control remoto, manteniendo su capacidad disuasoria sin soportar las cargas de la ocupación directa. Sin embargo, esta convergencia sigue siendo una convergencia de intereses, no una fusión de proyectos. Cuando los cálculos económicos estadounidenses chocan con los impulsos ideológicos israelíes, las diferencias se hacen claramente evidentes, como se observa en los límites de la guerra, el momento de la escalada y la gestión de las grandes crisis. Quinto: El Líbano como modelo… Soberanía bajo el cielo Esta transformación se evidencia con mayor claridad en el caso libanés. El Líbano hoy no es un Estado ocupado en el sentido clásico, pero tampoco es un Estado plenamente soberano. Las violaciones diarias de su espacio aéreo y la capacidad de Israel para realizar operaciones aéreas y de inteligencia sin obstáculos reales sitúan al país en el centro del nuevo modelo expansionista. Aquí no hay necesidad de ocupar el territorio: • Los cielos son suficientes, • La tecnología es suficiente, • Y la distorsionada ecuación de la disuasión es suficiente para imponer realidades políticas y de seguridad. Esto es expansión en su forma contemporánea: sin tanques en las fronteras, sino control sobre ellas. Sin banderas izadas, solo una decisión soberana suspendida. Control a un coste mínimo… la forma más peligrosa de expansión. En última instancia, las transformaciones regionales no pueden entenderse sin reconocer que la expansión ya no es lo que era. Eso es todo. La tierra ya no es un requisito para el control, y la ocupación ya no es la única forma de dominación. Nos enfrentamos a una fase en la que los conflictos se gestionan con herramientas menos flagrantes, pero con otras más profundas e impactantes. Estados Unidos gestiona su expansión mediante la economía y el comercio, e Israel gestiona su expansión mediante el poder aéreo y la tecnología, pero el objetivo común es el mismo: control al menor coste y con la mayor influencia. Aquí reside el peligro de la próxima fase, porque este tipo de expansión es menos evidente, más difícil de afrontar y más capaz de persistir… sin ser llamada por su verdadero nombre.

El teatro yemení revela un aumento de las fricciones entre aliados del Golfo

Asolado por casi una década de guerra civil que enfrenta al gobierno reconocido internacionalmente con los rebeldes hutíes apoyados por Irán, Yemen se enfrenta ahora a una nueva línea de fractura. Un enfrentamiento con los separatistas del Sur ha alterado el equilibrio del conflicto y ha enfrentado a dos aliados regionales de larga data: Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Las tensiones aumentaron a principios de diciembre, cuando el Consejo de Transición del Sur (CTS), un movimiento separatista apoyado por los Emiratos Árabes Unidos pero oficialmente miembro de la coalición anti-hutí, se apoderó de vastos territorios en el este de Yemen, asegurándose el control de la provincia de Hadramaut, así como de gran parte de la provincia vecina de Mahra. El martes, Arabia Saudita llevó a cabo un ataque aéreo contra el puerto de Mukalla, en el este del país. Riad acusó públicamente a Abu Dabi de adoptar un comportamiento «extremadamente peligroso» al apoyar a los separatistas, recordando que su seguridad nacional constituía «una línea roja». Las fuerzas emiratíes se retiraron posteriormente de Yemen tras un ultimátum saudí. El CTS busca restablecer un Estado independiente en el sur de Yemen, región que había formado la República Democrática Popular de Yemen entre 1967 y 1990, antes de su unificación con el Norte. Hadramaut, la provincia más grande del país, que cubre casi un tercio del territorio nacional, concentra la mayor parte de los yacimientos petrolíferos yemeníes, un recurso clave para las finanzas públicas. El avance del CTS permitió al movimiento alcanzar la frontera saudí, en una región de importancia histórica y simbólica, de donde son originarias varias influyentes familias saudíes. Los Ben Laden, Bakhachab, Al-Jafali, Al-Amoudi o Al-Zamel tienen todos orígenes «hadramíes» y poseen empresas homónimas con un papel importante en la economía saudí. Vehículos militares dañados, que supuestamente fueron enviados por los Emiratos Árabes Unidos para apoyar a las fuerzas separatistas del Consejo de Transición del Sur (CTS), tras un ataque aéreo llevado a cabo por la coalición liderada por Arabia Saudita en el puerto de Mukalla, en el sur de Yemen, el 30 de diciembre de 2025. (Foto AFP) Si bien Riad dice preferir un Yemen estable y no hostil en su frontera sur, Abu Dabi enmarca su acción en una estrategia regional más amplia. Los Emiratos Árabes Unidos buscan reforzar su influencia en el mar Rojo y en el Cuerno de África, apoyándose en una red de aliados en el sur yemení. Además, Abu Dabi ha llevado a cabo, durante la última década, una política exterior activa en Oriente Medio y África, en particular para contrarrestar los movimientos vinculados a los Hermanos Musulmanes, considerados por las autoridades emiratíes como una amenaza para la estabilidad regional. Los Emiratos Árabes Unidos se han convertido, en particular, en el principal apoyo financiero de Egipto desde el derrocamiento en 2013 del presidente islamista Mohamed Morsi. En Sudán, su apoyo a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FSR), involucradas en una guerra contra el ejército regular, es un secreto a voces. En Libia, Abu Dabi apoya al mariscal Khalifa Haftar, opuesto al Gobierno de Unión Nacional reconocido por la comunidad internacional. En 2020, los Emiratos Árabes Unidos normalizaron sus relaciones con Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham, una iniciativa a la que Arabia Saudita se niega a adherirse mientras no haya perspectivas para la creación de un Estado palestino. Esta normalización se inscribe en una convergencia estratégica frente a adversarios comunes, en particular Irán y ciertos grupos islamistas. Además, Abu Dabi ha reforzado sus lazos económicos y de seguridad con Somalilandia, un territorio autoproclamado independiente de Somalia. El grupo Dubai Ports World invirtió 442 millones de dólares en el puerto de Berbera, situado en el golfo de Adén. La semana pasada, Israel se convirtió en el primer Estado en reconocer oficialmente la independencia de Somalilandia, una decisión que el sitio web Axios atribuye, citando a funcionarios israelíes, a una mediación de los Emiratos Árabes Unidos…