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Política

Los nuevos factores del poder estadounidense e israelí

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Por Jad Akhawi
Publicado ene 2, 2026 - 11:05

Es un grave error abordar el expansionismo estadounidense e israelí desde la misma perspectiva, a pesar de la aparente convergencia de sus proyectos en momentos regionales cruciales. Confundirlos no solo oscurece las diferencias estructurales fundamentales, sino que también nos lleva a comprender erróneamente la naturaleza de los conflictos actuales y las formas de control que se ejercen en nombre de la seguridad, la disuasión o la estabilidad.

La expansión, como concepto político-estratégico, no es singular en sus motivos ni en sus herramientas, incluso cuando conduce a resultados similares. Lo que une hoy a Estados Unidos e Israel no es un proyecto unificado, sino una superposición de intereses y un conjunto de herramientas compartidas, en un momento de transición en el que se está redefiniendo el significado del control y la influencia.

Primero: La expansión estadounidense… Un imperio sin mapas

Históricamente, el expansionismo estadounidense no ha sido una expansión geográfica en el sentido clásico de los antiguos imperios o el colonialismo europeo. Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha construido su influencia global sobre una base diferente: el dominio económico y comercial como núcleo del poder, y la fuerza militar como herramienta para proteger esta influencia, no como un fin en sí mismo.

Washington no busca territorios que anexionar ni banderas que ondear en el mapa. Lo que busca es:

• Abrir mercados e integrarlos en la economía estadounidense,

• Proteger las rutas de suministro y energía,

• Imponer las reglas del sistema financiero global,

• Y controlar las cadenas de suministro y la tecnología.

En este sentido, la expansión estadounidense es una expansión del espacio económico, no de los mapas. Un país puede ser políticamente "independiente", pero es económicamente subordinado, atado al dólar, dependiente de instituciones financieras internacionales o del mercado estadounidense. En este caso, el control se logra sin ocupación, y la influencia sin administración directa.

Incluso la intervención militar estadounidense, cuando ocurre, suele presentarse como un medio para asegurar este sistema: protegiendo a los aliados, previniendo el colapso de los mercados, asegurando las rutas marítimas o conteniendo las fuerzas que amenazan los equilibrios económicos globales. Por lo tanto, en los últimos años, Washington ha tendido a reducir la participación militar directa sin renunciar a su influencia, en un claro cambio de la "guerra dura" a la "gestión inteligente de conflictos".

Segundo: La expansión israelí… La tierra como identidad, no como herramienta

En cambio, el proyecto israelí se basa en una lógica radicalmente diferente. La expansión israelí es ideológica e histórica, y la tierra constituye el núcleo del proyecto sionista, no simplemente un medio. Desde la "Tierra Prometida" hasta la doctrina de las fronteras fluidas, la geografía ha seguido siendo un elemento de identidad y supervivencia, no simplemente una esfera de influencia.

En este contexto, la expansión no puede separarse de la narrativa fundacional de Israel, en la que la tierra se presenta como:

• un derecho histórico,

• una garantía de seguridad,

• una condición para la existencia y continuidad del Estado.

Sin embargo, esta lógica, a pesar de su arraigo ideológico, ha chocado con las realidades políticas, demográficas y de seguridad que han convertido la ocupación directa en una carga más que en un activo. El control terrestre prolongado se ha vuelto costoso en múltiples niveles:

• La resistencia constante agota al ejército;

• Las cargas demográficas amenazan el carácter judío del Estado;

• La creciente presión internacional profundiza el aislamiento político.

Por lo tanto, el proyecto israelí no ha abandonado la expansión, sino que la ha redefinido.

Tercero: De la ocupación al control… La expansión en su nueva forma

En la actual transformación israelí, la expansión ya no es sinónimo de anexar o administrar directamente territorio. Hoy, la expansión significa controlar territorio sin ocuparlo; es decir, mantenerlo dentro de la esfera de control, no dentro de las fronteras del Estado.

En este contexto, la superioridad aérea y el dominio tecnológico emergen como herramientas modernas de expansión. El cielo se ha convertido en el sustituto del territorio, y la tecnología ha reemplazado la administración civil y militar directa.

Este modelo se basa en elementos claros:

• Cielos abiertos sin disuasión efectiva,

• Inteligencia y superioridad tecnológica que permiten una vigilancia constante,

• La capacidad de atacar cuando y donde se desee,

• Imponer una sensación de soberanía reducida a los adversarios.

En este modelo, el territorio puede no estar oficialmente ocupado, pero en la práctica carece de plena soberanía. Las decisiones de seguridad, la libertad de movimiento e incluso la estabilidad cotidiana dependen de la voluntad de la potencia dominante en el aire.

Cuarto: Unidad de herramientas… no unidad de proyecto

Aquí, las lógicas estadounidense e israelí convergen, al menos temporalmente, no porque los proyectos sean idénticos, sino porque las herramientas del control moderno se han compartido. Estados Unidos, que gestiona su expansión a través de la economía y los mercados, encuentra en este modelo israelí un medio para controlar la región sin una intervención directa.

Washington no se opone a la superioridad aérea israelí siempre que:

• Prevenga una conflagración regional importante,

• Contenga a los adversarios dentro de ciertos límites,

• No arrastre a Estados Unidos a una guerra a gran escala.

Por el contrario, Israel se beneficia de esta cobertura estadounidense para consolidar su modelo de control remoto, manteniendo su capacidad disuasoria sin soportar las cargas de la ocupación directa.

Sin embargo, esta convergencia sigue siendo una convergencia de intereses, no una fusión de proyectos. Cuando los cálculos económicos estadounidenses chocan con los impulsos ideológicos israelíes, las diferencias se hacen claramente evidentes, como se observa en los límites de la guerra, el momento de la escalada y la gestión de las grandes crisis.

Quinto: El Líbano como modelo… Soberanía bajo el cielo

Esta transformación se evidencia con mayor claridad en el caso libanés. El Líbano hoy no es un Estado ocupado en el sentido clásico, pero tampoco es un Estado plenamente soberano. Las violaciones diarias de su espacio aéreo y la capacidad de Israel para realizar operaciones aéreas y de inteligencia sin obstáculos reales sitúan al país en el centro del nuevo modelo expansionista. Aquí no hay necesidad de ocupar el territorio:

• Los cielos son suficientes,

• La tecnología es suficiente,

• Y la distorsionada ecuación de la disuasión es suficiente para imponer realidades políticas y de seguridad.

Esto es expansión en su forma contemporánea: sin tanques en las fronteras, sino control sobre ellas. Sin banderas izadas, solo una decisión soberana suspendida.

Control a un coste mínimo… la forma más peligrosa de expansión.

En última instancia, las transformaciones regionales no pueden entenderse sin reconocer que la expansión ya no es lo que era.

Eso es todo. La tierra ya no es un requisito para el control, y la ocupación ya no es la única forma de dominación. Nos enfrentamos a una fase en la que los conflictos se gestionan con herramientas menos flagrantes, pero con otras más profundas e impactantes.

Estados Unidos gestiona su expansión mediante la economía y el comercio,

e Israel gestiona su expansión mediante el poder aéreo y la tecnología,

pero el objetivo común es el mismo: control al menor coste y con la mayor influencia.

Aquí reside el peligro de la próxima fase, porque este tipo de expansión es menos evidente, más difícil de afrontar y más capaz de persistir… sin ser llamada por su verdadero nombre.

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