
Bogotá, Colombia, de Maxime Pluvinet


Como en una obra de teatro. Último acto en Venezuela… El deus ex machina de Estados Unidos, tan anunciado, finalmente ha intervenido. La administración de Donald Trump concretó sus amenazas de una intervención directa en suelo venezolano contra el gobierno de Nicolás Maduro, el sábado 3 de enero de 2026 por la mañana.
Cabe mencionar que el 3 de enero de 2020, Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds (parte del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), fue asesinado en Bagdad por orden del presidente Donald Trump. También el 3 de enero, el presidente de Panamá, Manuel Noriega, se rindió a los estadounidenses tras la intervención estadounidense en Panamá.
Volviendo a la operación del 3 de enero de 2026, paralelamente a los ataques aéreos lanzados cerca de posiciones militares en la capital Caracas y otras regiones de la república bolivariana, Maduro fue capturado con su esposa por una unidad de las fuerzas especiales estadounidenses y evacuado a Estados Unidos, donde enfrenta cargos penales por narcotráfico.

Esta operación militar estadounidense, evidentemente, altera el panorama geopolítico en América Latina y en todo el continente americano, pero su impacto también trasciende esta parte del mundo. De manera más específica, para las poblaciones de los países del Levante, Medio Oriente y el Golfo en general, surge una pregunta fundamental a la luz de estos acontecimientos: ¿la caída de Maduro tendrá como consecuencia debilitar aún más, por repercusión, el régimen de los mulás iraníes, ya acorralado, especialmente en los últimos días? La administración estadounidense afirma de hecho que existen lazos más estrechos que nunca entre Caracas y Teherán. La República Islámica se vería privada, por consiguiente, de un valioso aliado en un momento en que se enfrenta a un levantamiento popular, una crisis socioeconómica sin precedentes y una creciente presión estadounidense.
Una segunda interrogante se plantea en este contexto con agudeza para los países del Levante, y más particularmente para Líbano: ¿contribuirán realmente los cambios en Venezuela a secar aún más las fuentes de financiación de Hezbolá, acusado por la Administración Trump de explotar la situación del régimen de Maduro para dedicarse al narcotráfico a gran escala y a operaciones de blanqueo de dinero?
A la espera de respuestas creíbles a estas interrogantes y también de elementos más precisos sobre los acontecimientos de las últimas horas y sus repercusiones a corto plazo en Venezuela, surgen otras tres preguntas, igualmente fundamentales, sobre las circunstancias y el impacto a corto plazo de la intervención estadounidense.

Primera pregunta, de gran calado: ¿la “salida” de Maduro fue el resultado de una negociación? A pesar del estado de emergencia y las declaraciones de funcionarios venezolanos, que afirmaban el sábado por la mañana no saber dónde se encontraba el líder bolivariano, la opción de una salida negociada había sido mencionada por los medios y las cancillerías occidentales desde hacía varios meses. Si bien el intervencionismo estadounidense en el mar Caribe se justificó desde mediados de agosto por la lucha contra el narcotráfico, el cerco se estrechó desde el principio en torno a Nicolás Maduro, acusado desde hace varios años por Washington de estar al frente del supuesto Cartel de Los Soles, además de ser calificado de presidente ilegítimo.
Nicolás Maduro había pedido en varias ocasiones una discusión directa con Trump, y visitas recientes de funcionarios estadounidenses a Bielorrusia habían dejado entrever una posibilidad de huida hacia Minsk. ¿El equivalente de un Bashar en Moscú... Confesión de debilidad? Lo cierto es que una operación de este tipo, como la ocurrida este 3 de enero, toma la forma inédita de una extradición forzada; una situación que no se ha presentado en América Latina desde la captura de Noriega en Panamá en 1990.
No obstante, la idea de una salida negociada no es nueva, sabiendo que el resultado de tal negociación solo podía ser desfavorable para Maduro. Pero las negociaciones permitían, de alguna manera, salvar la cara... Una prueba, sin duda, de que Maduro habría tomado conciencia de su falta de legitimidad frente a las crisis a las que se enfrentaba su país desde la gran ola de represión de 2017.
¿Qué hay del futuro a corto plazo?
Segunda incógnita, por ahora: ¿hay que esperar un vacío de poder en Venezuela? Cabe señalar al respecto que la oposición está fragmentada frente al chavismo. En 2017, Juan Guaidó era el delfín del presidente Trump a raíz de las manifestaciones sin precedentes que habían sacudido el país, provocando uno de los éxodos más importantes del mundo: según la ONU, más de 8 millones de venezolanos han abandonado el país desde entonces. Sin embargo, Guaidó fue relegado a un segundo plano en su retiro dorado de Florida.
Tras las controvertidas elecciones de 2024, Edmundo González Urrutia había sido declarado vencedor, pero se vio obligado al exilio. A pesar de las promesas de regreso, fue finalmente María Corina Machado, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, quien fue apoyada abiertamente por Washington. Este cambio de figura interna revela una dificultad para mantener una oposición unida y coherente, sobre todo porque las directrices de voto de Machado no fueron seguidas por la base de la oposición. Esto sin contar una parte de la sociedad venezolana afín a los ideales del chavismo y opuesta al embargo estadounidense. Este público, más allá de su apreciación o no de Maduro, mantiene un apoyo ideológico —más que concreto— al régimen actual.
En este contexto, conviene destacar la actitud del presidente Trump hacia Irán, el gran aliado de Venezuela. La contundente intervención del sábado permitirá, evidentemente, facilitar el acceso a los recursos mineros, petroleros y gasísticos de Venezuela, pero también, y sobre todo, busca cortar el camino a Rusia, a China y al eje iraní. Queda por ver si las disensiones internas en Venezuela provocarán o no un caos que habría sido subestimado por Estados Unidos.
La lucha contra el narcotráfico
Última incógnita que se plantea, en conclusión: ¿qué impacto cabría esperar a nivel regional? El despliegue sin precedentes de fuerzas estadounidenses, sobre todo desde el 13 de noviembre, fecha del lanzamiento oficial de la «Operación Lanza del Sur», tiene como razón de ser proclamada la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, Venezuela está lejos de ser, según los expertos de la ONU, el principal país productor y el principal país de tránsito de la cocaína. El primer lugar en este aspecto corresponde a su vecino colombiano. Colombia, dirigida desde 2023 por el presidente de izquierda Gustavo Petro, experimenta, cabe señalar, las peores relaciones bilaterales de su historia con Estados Unidos desde el regreso del presidente Trump a la Casa Blanca.
Desde el dossier migratorio hasta la guerra de Gaza, pasando por la lucha contra el narcotráfico, casi todo opone al dirigente sudamericano con Donald Trump. Aranceles aduaneros, restricciones de visado, amenaza de poner fin a la financiación del ejército colombiano, nada parece funcionar... El presidente colombiano incluso fue incluido en la famosa lista Clinton de la OFAC, lo que lo colocó a él y a varios de sus allegados bajo el yugo de las sanciones del Tesoro estadounidense.
La pregunta es saber, a la sombra de la situación actual, si la escalada actual le concierne también, a cinco meses de las elecciones presidenciales de Colombia que tendrán lugar en un contexto sin precedentes de giro a la derecha, desde 2022, de los gobiernos elegidos en los países de esta parte del mundo.