Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
Retrato del autor
Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
Imagen destacada de la noticia
El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
Bailar sobre las hogueras
Por
Jawad Pakradouni
Publicado

«David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor.» (2 Samuel 6,14) Bailar no es incompatible con rezar. El gospel es, de hecho, el mejor ejemplo de cómo cantar y bailar, incluso durante la misa litúrgica, crea un clima de comunión y celebración. «Alabad al Señor con la cítara, cantadle con el arpa de diez cuerdas. Cantadle un cántico nuevo, tocad con arte y aclamad con júbilo.» (Salmo 33, 2-3) Hay un sacerdote que entendió que, en nuestra época, la mejor manera de atraer multitudes, y sobre todo a los jóvenes, es a través de la música. En tiempos del Libro de los Salmos, el instrumento más ruidoso parecía ser el arpa de diez cuerdas. Este sacerdote lo sustituyó por la música electrónica: se trata del Padre Guilherme, conocido como el sacerdote DJ. En las últimas Jornadas Mundiales de la Juventud celebradas en Lisboa en 2023, ciudad de origen del DJ, asistieron un millón y medio de personas, frente a las setecientas mil de la edición de 2019. Más del doble de participantes, en su mayoría jóvenes, que bailaron al ritmo marcado por los dedos del Padre Guilherme. El Padre Guilherme tiene previsto actuar en el Líbano el próximo 10 de enero. Sin embargo, algunos cristianos consideran que los métodos del sacerdote no son católicos, que atentan contra los valores del cristianismo y que constituyen una blasfemia. Dieciocho autoproclamados guardianes de la fe estimaron que era necesario salvar al cristianismo de este peligro inminente y presentaron una demanda urgente ante el juez de lo cautelar para prohibir el espectáculo. Además, amenazaron con bloquear carreteras y recurrir a la violencia si la justicia no les daba la razón. Y sin embargo, estas personas, que se creen protectoras de los valores y enseñanzas cristianas, parecen haber olvidado que el jefe de la Iglesia católica, el difunto papa Francisco, no solo aprobó los métodos del Padre Guilherme, sino que incluso bendijo su casco de DJ, en agradecimiento a quien logra atraer a decenas de miles de jóvenes hacia el cristianismo. Estos mutawe’en recuerdan los tiempos más oscuros del cristianismo medieval, cuando quienes no seguían ciegamente los dogmas político-religiosos estaban destinados a la hoguera. Hoy, la censura y los recursos judiciales han sustituido al fuego purificador. Los beatos que ven en el Padre Guilherme la encarnación del mal pertenecen al mismo comité de vigilancia espiritual que veía en Mansour Labaki a un hombre santo perseguido y víctima de una campaña de difamación. Hacer bailar a los jóvenes y propagar la alegría es, a sus ojos, un crimen; aprovecharse de los jóvenes, en cambio, no pasa de ser un rumor. Son los mismos que gritaron blasfemia cuando un sacerdote, durante el funeral de Lokman Slim, entonó el canto reservado a Jesús tras la crucifixión. El escándalo mediático que siguió convirtió al sacerdote en un hereje. El oscurantismo no tiene dios ni religión. El año pasado se canceló la obra Día de bodas entre los cromañones de Wajdi Mouawad. Hoy se quiere prohibir a un sacerdote que hace bailar. Mañana, quizá el propio David deba comparecer ante un tribunal por exceso de fervor coreográfico. Este proteccionismo religioso ciego solo perjudica al cristianismo. Jean Dion se preguntó: ¿qué pensará Dios de los beatos que creen saber lo que Él piensa? Si esta minoría retrógrada es realmente la mensajera de la fe, Dios nunca habrá estado tan mal representado ni tan mal defendido.

Las crisis de Irán plantean la cuestión del destino del régimen

El año 2025 fue el año de Siria, que vivió por primera vez en medio siglo sin Hafez al-Assad ni Bashar al-Assad, es decir, sin un régimen minoritario, auspiciado por Israel, que había controlado el destino de los sirios primero mediante su aparato represivo y luego recurriendo al exterior para imponerse a su propio pueblo. Por primera vez también, la “República Islámica” iraní salió de Siria, lo que supone un cambio profundo en el equilibrio regional, especialmente porque Siria bajo los Assad se había convertido prácticamente en una colonia iraní implantada en el corazón del mundo árabe. Sin embargo, centrarse en Siria y en si logrará atravesar 2026 sin grandes cambios no debe impedir señalar que la sucesión de acontecimientos desde el ataque del “Diluvio de Al-Aqsa”, lanzado por Hamás contra los asentamientos israelíes alrededor de Gaza el 7 de octubre de 2023, ha creado condiciones propicias para plantear el destino del régimen iraní y su capacidad para llegar al final de 2026. La pregunta es legítima a la luz de varios factores que colocan seriamente en cuestión el futuro del régimen instaurado en 1979. Conviene comenzar por la realidad de la economía iraní, recordando al mismo tiempo que la Unión Soviética colapsó ante todo por razones económicas, tras existir desde 1917 hasta finales de 1991. El tipo de cambio del rial iraní da una idea clara de la profundidad de la crisis económica que atraviesa la “República Islámica”. En los últimos días del Sha, en 1979, se necesitaban unos 70 riales para comprar un dólar estadounidense. Hoy, el dólar se cotiza en torno a un millón cuatrocientos mil riales. La comparación es impactante y expresa el fracaso económico de un régimen que insistió, desde su origen, en una confrontación abierta con Estados Unidos y con Occidente en general, comenzando por la crisis de los rehenes estadounidenses de noviembre de 1979, cuyo objetivo era eliminar cualquier rastro de reformistas y liberales dentro del nuevo sistema. “Estudiantes” vinculados a la Guardia Revolucionaria retuvieron a los diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán durante 444 días. Hay varios elementos en los que conviene detenerse en la fase actual. Estos ayudan a comprender la situación del régimen iraní y las crisis que sufre, crisis que podrían conducir a su final, de forma similar al colapso acelerado de la Unión Soviética tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. Es imprescindible empezar por la muerte del presidente Ebrahim Raisi en mayo de 2024 en un accidente de helicóptero cuyas circunstancias siguen siendo ambiguas. La versión oficial habla de malas condiciones meteorológicas durante el despegue de un helicóptero estadounidense antiguo desde una zona fronteriza con Azerbaiyán. Sin embargo, estas explicaciones no han disipado las dudas sobre la posible eliminación deliberada de Raisi debido a su papel central en la cohesión del régimen. Mantenía vínculos estrechos con las fuerzas en las que se apoya el sistema y de las que obtenía protección. Raisi era el único capaz de coordinar dichas fuerzas, encargadas de sofocar cualquier movimiento popular, incluso mediante la fuerza. Desde la desaparición de Raisi, y antes de él la de Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Al-Quds de la Guardia Revolucionaria, el régimen carece de una figura central con suficiente influencia para organizar una fase de transición en caso de desaparición del Líder Supremo Ali Jamenei, afectado por la edad y la enfermedad. Soleimani, asesinado por Estados Unidos a comienzos de 2020, era el jefe supremo de todos los instrumentos regionales de Irán, desde Hezbolá en Líbano hasta los hutíes en Yemen y las milicias sectarias afiliadas a la Guardia Revolucionaria en Irak. Ebrahim Raisi había compensado parcialmente el vacío dejado por Soleimani, hasta el punto de que hoy no existe en Teherán nadie capaz de desempeñar un papel eficaz en la organización de una transición prevista, ya sea tras o incluso antes de la desaparición de Jamenei. Más importante aún, la “República Islámica” no puede eludir el precio de las guerras que libró tras el “Diluvio de Al-Aqsa”, al haber apostado por convertirlas en una ventaja estratégica. Irán perdió la guerra del Líbano provocada por Hezbolá al abrir el frente sur contra Israel. Perdió también Siria, tras una serie de errores cometidos por Bashar al-Assad, entre ellos permitir a Irán enviar misiles de precisión a Hezbolá para ser utilizados desde territorio libanés. Irán perdió todas las guerras que creyó poder instrumentalizar para transformarse en el actor regional capaz de decidir la expansión o el control de la guerra de Gaza. A mediados de 2025, el conflicto se trasladó al interior de Irán, especialmente con la reapertura del expediente nuclear por parte de Estados Unidos, Israel y Europa, así como por los temores relacionados con los misiles balísticos iraníes. En síntesis, la “República Islámica” ya no es capaz de adaptarse a las transformaciones regionales. No ha comprendido su significado ni sus implicaciones, al haber basado su política, desde el primer día, en la exportación de sus crisis internas más allá de sus fronteras. A finales de 2025, la “República Islámica” perdió su capacidad de huir de sus propias crisis, cuya expresión más clara es el colapso de la moneda nacional. ¿Son conscientes de esta realidad los aliados y seguidores de Irán, especialmente en Líbano, una realidad que los propios responsables en Teherán, encabezados por el presidente Massoud Pezeshkian, parecen aún ignorar? En conclusión, las actuales crisis iraníes son múltiples y diferentes de las anteriores. Son, ante todo, crisis de régimen. Se deben a la incapacidad de este sistema, de cara a 2026, para reconciliarse consigo mismo, con la lógica de los números y con los datos regionales e internacionales, tras haber perdido varias guerras, de Gaza a Líbano y Siria, guerras cuyo precio se niega a pagar.

Helsinki sin barandillas
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Hay, en la imagen de Nicolás Maduro exhibido en Nueva York como un vulgar narcotraficante, ecos de Vercingétorix paseado como trofeo de guerra en Roma ante Julio César, en septiembre del año 52 a.C., tras el sitio de Alesia. No se trata, por supuesto, de derramar lágrimas de cocodrilo por un dictador populista al frente de un Estado díscolo. Maduro, además, no es ni Lumumba ni el Che Guevara. Es simplemente uno de esos personajes que América Latina siempre ha sabido producir en sus horas más sombrías: figuras salidas directamente de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, cuya exuberancia externa carece de toda grandeza. Espectral. Risible. Es evidente que, con este golpe de fuerza, Donald Trump quiso demostrar una vez más la supremacía del imperio estadounidense, como lo hizo George W. Bush hace veinte años al enviar a Saddam Hussein a la horca tras la expedición en Irak. Pero, pese al impacto de la operación estadounidense, no es necesariamente una señal de poder. Por el contrario, actúa como un revelador brutal: el retorno silencioso a una lógica de esferas de influencia, cercana en espíritu a la consagrada entre la URSS y Estados Unidos en los Acuerdos de Helsinki de 1975. Con una diferencia fundamental. Desde el fin de la Guerra Fría, el orden internacional intentó presentarse como universal y normativo, basado en el derecho, la democracia y la soberanía de los pueblos. En la práctica, esta narrativa ocultó durante mucho tiempo un intervencionismo selectivo, a menudo justificado por la lucha contra el terrorismo o contra regímenes considerados “canallas”. El nuevo orden mundial era estadounidense. Una “hiperpotencia”, como la definió Védrine. Durante dos décadas, Estados Unidos golpeó a figuras situadas fuera del marco estatal clásico: los talibanes, Osama bin Laden, Abu Bakr al-Baghdadi, Qasem Soleimani. Incluso Saddam Hussein, una excepción notable, fue integrado en un relato global de proliferación y amenaza sistémica. Con Maduro, la lógica cambia. Ya no se trata de neutralizar a un actor transnacional, sino de intervenir directamente contra un jefe de Estado en ejercicio, en una región históricamente considerada por Washington como parte de su esfera estratégica natural. El gesto es menos ideológico que geopolítico. Lo que emerge se asemeja cada vez más a una Helsinki informal, sin mesa de negociación ni firmas solemnes. Una regla tácita parece imponerse: cada gran potencia actúa como gendarme de su espacio vital, evitando cuidadosamente el enfrentamiento directo con las demás. Israel impone “su” orden de seguridad regional en Oriente Medio mediante la disuasión preventiva y la acción militar selectiva; Turquía redefine sus líneas rojas desde Siria hasta el Cáucaso; Arabia Saudí gestiona su entorno inmediato con una lectura existencial de la seguridad; Estados Unidos reinvierte en el hemisferio occidental con un espíritu abiertamente monroísta; Rusia actúa en Ucrania (y antes en Siria) en nombre de su profundidad estratégica; China afirma que Taiwán es una línea roja no fragmentable; India y Pakistán retoman sus viejos estribillos… sin siquiera mencionar el Cuerno de África y su incesante maraña de intrigas. Con el derrumbe del orden instaurado en Yalta, el mundo ya no se gobierna por normas universales, sino por equilibrios de poder localizados. Aquí es donde la analogía con Helsinki alcanza su límite. En 1975, el reconocimiento mutuo de las esferas de influencia se inscribía en un marco bipolar estricto. La carrera armamentística nuclear obedecía a una lógica paradójicamente estabilizadora: la disuasión. Cada cual conocía las líneas rojas del otro. El riesgo existencial de aniquilación nuclear actuaba como freno último. La competencia dentro de la coordinación era la consigna. Hoy, ese marco ha desaparecido. El mundo es multipolar, fragmentado, atravesado por potencias intermedias, actores híbridos, milicias, Estados fallidos y tecnologías disruptivas. El arma nuclear sigue existiendo, pero ya no estructura el sistema en su conjunto. Convive con guerras convencionales prolongadas, ataques selectivos, operaciones encubiertas, ciberataques y conflictos por delegación. La disuasión ya no es un lenguaje común. En cuanto a la coordinación… basta preguntarle al judoca Putin. Este retorno a la lógica de las gendarmerías regionales produce un mundo más legible para las grandes potencias, pero infinitamente más peligroso para las zonas grises. Los Estados demasiado débiles para imponer su soberanía, pero demasiado estratégicos para ser ignorados, se convierten en escenarios permanentes de tensiones contenidas. Y, sobre todo, la ausencia de un marco global creíble hace pesar un riesgo inédito: el de un error de cálculo, de un desliz local no controlado, en un sistema en el que nadie cree realmente en las reglas que invoca. Es el otro nombre del caos. Y no será “constructivo”. Helsinki congeló el mundo por el miedo a la aniquilación mutua. El mundo actual avanza sin red de seguridad, convencido de que la fuerza local puede resolverlo todo, olvidando una evidencia elemental: junto a la política del borde del abismo coexiste siempre el riesgo de caer en él. Tal vez ese sea el verdadero presagio del mañana: un orden internacional menos “hipócrita”, pero más inestable; más asumido en su brutalidad, pero desprovisto de salvaguardias. Un mundo en el que cada uno hace de policía en su casa, hasta el día en que las fronteras entre esos “hogares” dejen, una vez más, de sostenerse. “He visto el futuro, hermano, es asesinato”, cantaba Leonard Cohen tras la caída del Muro de Berlín y del orden bipolar. Tenía razón. Entre los sueños de libertad y democracia y las pesadillas de la violencia sin límites, a menudo solo hay un paso.

Irán y Venezuela, o la fragilidad de los regímenes autoritarios

La longevidad suele confundirse con estabilidad. En geopolítica, este es uno de los errores analíticos más costosos. Algunos regímenes no sobreviven porque sean fuertes, adaptables o cuenten con un amplio respaldo social. Sobreviven porque han aprendido a administrar el deterioro : reprimir la disidencia, fragmentar a la oposición, externalizar los fracasos internos y extender la coerción más allá de la legitimidad. Con el tiempo, esto crea una ilusión de permanencia. Pero una permanencia basada en el control y no en el consentimiento es, por definición, frágil. Al acercarnos a 2026, dos Estados encarnan de manera clara esta peligrosa ilusión: Irán y Venezuela. Ambos regímenes suelen ser descritos como resilientes. Irán proyecta su poder mucho más allá de sus fronteras a través de una extensa red de actores aliados y grupos proxy en la región. El liderazgo venezolano, por su parte, ha sobrevivido a sanciones, aislamiento diplomático y colapso económico. Para muchos observadores, la mera capacidad de resistir se ha convertido en prueba de estabilidad. Esa conclusión es profundamente errónea. Los regímenes no colapsan únicamente cuando la economía se debilita. Colapsan cuando los mecanismos de control se erosionan más rápido de lo que puede reconstruirse la legitimidad; cuando la represión sustituye al consentimiento; cuando los relatos fundacionales pierden credibilidad; cuando se fractura la cohesión de las élites; y cuando el poder regional deja de compensar el agotamiento interno. Esta es la fase en la que hoy se encuentran tanto Irán como Venezuela. En ambos casos, los relatos fundacionales que justificaban el poder se han desgastado. En Irán, la narrativa revolucionaria religiosa, con casi cinco décadas de antigüedad, ha perdido su influencia sobre una población joven, urbana e hiperconectada, que ya no percibe el sacrificio, la pureza ideológica ni la confrontación permanente como caminos hacia la dignidad o la prosperidad. En Venezuela, el proyecto bolivariano de Chávez y Maduro ha derivado en un sistema de deterioro administrado , donde la supervivencia del régimen depende menos de la ideología que del clientelismo, la coerción y el agotamiento de la sociedad. Así es como se producen los colapsos de los regímenes modernos: no mediante un derrumbe repentino, sino a través de la acumulación de presiones internas dentro de sistemas fuertemente controlados — presiones que parecen manejables hasta que un choque externo revela su profundidad. Los Estados fracasan porque se vuelven sobredimensionados, vaciados internamente e incapaces de absorber tensiones. Cuando se alcanza ese punto, incluso acontecimientos externos limitados pueden generar consecuencias desproporcionadas. En Irán y en Venezuela, las dinámicas internas están llegando a un punto de ebullición. En el plano externo, ambos regímenes también enfrentan un cambio silencioso pero decisivo: su relevancia regional está disminuyendo. Durante casi medio siglo, el régimen clerical iraní se ha definido en torno a dos pilares centrales: el establecimiento de un “creciente chiita” en el mundo árabe — en competencia por el liderazgo musulmán con Arabia Saudita y Qatar — y su impulso ideológico por destruir a Israel, considerado un requisito previo para consolidar su credibilidad en los mundos árabe y musulmán. Esta estrategia exterior ha desestabilizado profundamente a Medio Oriente durante las últimas cinco décadas. Ha provocado guerra civil y hambruna en Yemen, alimentado el colapso político y económico del Líbano e impedido la consolidación de una solución de dos Estados en el conflicto israelí-palestino mediante el apoyo a facciones palestinas extremistas. Hoy, esa estrategia produce rendimientos claramente decrecientes. La red de actores aliados de Irán se ha vuelto más costosa de mantener y mucho menos eficaz desde el punto de vista estratégico. El ataque del 7 de octubre de 2023 perpetrado por Hamás desencadenó una respuesta regional contundente que debilitó severamente a Hamás en Gaza, desmanteló la cúpula dirigente de Hezbolá en el Líbano y redujo significativamente la capacidad operativa de los hutíes en Yemen. Lejos de consolidar su influencia, la ambición iraní de imponer un “creciente chiita” ha puesto de manifiesto los límites de su proyección de poder. En Venezuela, la trayectoria ha sido distinta, pero el desenlace es similar. Hugo Chávez llegó al poder en 1998 impulsado por una ola de indignación popular contra la corrupción y la desigualdad, prometiendo una transformación radical bajo la bandera de la Revolución Bolivariana. Lo que siguió no fue una renovación, sino una erosión institucional: consolidación autoritaria, mala gestión económica, subinversión masiva y una de las mayores emigraciones en tiempos de paz de la historia moderna de América Latina. Antaño una de las principales economías de la región, dotada de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, Venezuela ha visto evaporarse progresivamente su peso estratégico. En el plano externo, su utilidad geopolítica para sus aliados se ha reducido a medida que se erosionaba su relevancia económica, diplomática y regional. La historia sugiere que la fase más peligrosa para los regímenes enquistados no es la crisis abierta, sino el momento en que la gobernanza es reemplazada por la mera gestión de la supervivencia. Ese momento ha llegado. El año 2026 es relevante no porque prometa un acontecimiento espectacular, sino porque puede marcar el punto en el que las estrategias de dilación dejan de funcionar. El envejecimiento de los liderazgos, la incertidumbre sucesoria, la fractura generacional, las filtraciones de información y el debilitamiento de los apoyos externos convergen. Cuando eso ocurre, incluso los sistemas más controlados pueden desestabilizarse con notable rapidez. Tras varias semanas de ataques de fuerzas estadounidenses contra embarcaciones venezolanas implicadas en el narcotráfico y el establecimiento de un bloqueo estricto sobre las exportaciones petroleras del país, el 3 de enero de 2025 el Ejército de Estados Unidos llevó a cabo una operación a gran escala contra Venezuela y capturó a Nicolás Maduro y a su esposa. La operación del 3 de enero marca el fin definitivo de la Revolución Bolivariana y el inicio de una nueva etapa para Venezuela. En lo que respecta a Irán y Medio Oriente, la reunión del 2 de enero entre Benjamín Netanyahu y Donald Trump, en un contexto de levantamientos populares de gran magnitud en numerosas ciudades iraníes, también podría anunciar una operación militar de gran envergadura por parte de Israel en Irán y en el Líbano — como preludio a la culminación del giro tectónico iniciado el 7 de octubre. Israel necesita regímenes sólidos en sus fronteras para alcanzar una paz duradera. Siria y el Líbano son las dos piezas que aún faltan. Neutralizar de forma permanente a Hezbolá en el Líbano e instalar allí un régimen fuerte constituye el siguiente paso. Para ello es necesaria una transformación radical del fallido sistema democrático confesional libanés. Y ello exige que Israel se libere de manera definitiva de la amenaza que representa el régimen de los mulás iraníes. El momento y las condiciones están dadas.

Una suicida ceguera política
Por
Michel Touma
Publicado

Los líderes de la República Islámica de Irán, o al menos la cúpula del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (los Pasdaran), probablemente no leyeron, ni siquiera intentaron comprender, la fábula de La Fontaine, "La rana que quería ser tan grande como un buey," cuando estaban en la cima de su poder. Si lo hubieran hecho, sin duda habrían reconocido que no podían competir con potencias que poseían un potencial, en todos los ámbitos, a años luz de sus capacidades "divinas" reales, mediante la ideología, eslóganes vacíos, discursos encendidos, populismo, demagogia y, sobre todo, terrorismo. Si hubieran sido conscientes de las realidades de este mundo, habrían sido mucho más realistas en sus ambiciones expansionistas y geoestratégicas. Desde principios de la década de 2000 en adelante, surgió una serie de indicadores que demostraron claramente que no solo Estados Unidos e Israel, sino también toda la comunidad internacional, incluyendo Rusia y los principales países de la Unión Europea, no podían aceptar que un régimen islamista radical, mostrando una postura beligerante, pudiera poseer armas nucleares avanzadas. Parece que de documentos oficiales desclasificados hace unos días en Washington se desprende que, durante una reunión que mantuvo en Eslovenia en junio de 2001 con el jefe de la Casa Blanca, George W. Bush, el presidente Vladimir Putin enfatizó que tenía pruebas creíbles que indicaban explícitamente que el régimen iraní estaba buscando adquirir armas nucleares, expresando sus graves preocupaciones al presidente estadounidense. Durante otra reunión celebrada entre los dos jefes de estado al mismo tiempo en la Casa Blanca, el presidente Bush enfatizó a Putin, en una clara alusión a Irán, que "no necesitamos extremistas religiosos en posesión de un arma nuclear." Estos fueron los primeros signos del surgimiento de un largo enfrentamiento diplomático y mediático que enfrentaría a la República Islámica contra la comunidad internacional por el programa nuclear iraní durante más de dos décadas. En 2006, 2007 y 2008, el Consejo de Seguridad de la ONU impuso sanciones de la ONU a Irán (con la aprobación de Rusia y China) debido a su sospechosa y persistente búsqueda de enriquecimiento de uranio a un ritmo que solo podía llevar a la adquisición de la bomba. Desde entonces, las febriles discusiones tras bambalinas, las maniobras diplomáticas y las negociaciones han continuado, sin lograr prácticamente ningún progreso, siendo el objetivo de Teherán claramente simplemente ganar tiempo. Incluso el acuerdo de 2015 negociado por Barack Obama tuvo fallas y no mencionaba, por ejemplo, la producción intensiva de misiles balísticos por parte de Irán, como lo exigía el entonces Ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius, quien abogaba por una postura suficientemente firme hacia la República Islámica. Pero Barack Obama estuvo "vigilante" para contrarrestar cualquier intento de adoptar una posición demasiado dura hacia los mulás en Teherán… Sabemos cómo se desarrollaron los acontecimientos al respecto. Mucho antes de esta batalla diplomática librada desde principios de la década de 2000, Israel no dudó en actuar, sin empantanarse en debates estériles, y en junio de 1981 bombardeó el reactor nuclear que Irak estaba construyendo. Y en 2007, la fuerza aérea israelí llevó a cabo una incursión en Siria contra un emplazamiento nuclear en la región de Deir ez-Zor. Todos estos indicadores confirmaron, día tras día, la firme determinación de Israel, Estados Unidos, los países europeos e incluso Rusia de impedir que potencias autocráticas, y en particular un régimen tan radical como el de los mulás iraníes, completaran un programa nuclear cuyo propósito militar era obvio para todos. A pesar de esta casi unanimidad, la República Islámica persistió durante más de dos décadas en invertir cientos de miles de millones de dólares en un proyecto altamente estratégico cuya realización era demostrablemente quimérica, irracional e incluso totalmente suicida dadas las realidades internacionales. Para empeorar las cosas y profundizar su postura suicida, Irán se comprometió, a través de inversiones de decenas de miles de millones de dólares, a establecer y mantener milicias completamente subordinadas a la Guardia Revolucionaria en cinco países y regiones del Levante (incluida Gaza). Esto resultó en una exacerbación de la tensión milenaria entre sunitas y chiítas, acompañada de la desestabilización crónica de esta parte del mundo, únicamente para satisfacer las ambiciones hegemónicas del aparato de la Guardia Revolucionaria. Todo esto... envuelto en retórica antiestadounidense, antioccidental y una actitud beligerante hacia los estados del Golfo. A la luz del gran número de estos indicadores y consideraciones que se han acumulado durante más de veinte años, surge una pregunta preocupante: ¿cómo pudieron los líderes que aspiraban a desempeñar un papel clave, incluso dominante, en la región haber mostrado tal ceguera política, permitiéndose convencerse de que podían extender su alcance con impunidad, en todas partes, ignorando las realidades sociales, históricas, políticas, culturales y geopolíticas de la región del Levante? El huracán que actualmente azota la capital y numerosas ciudades iraníes es, en gran medida, una consecuencia de este deseo obstinado de forjar una estructura de poder desproporcionada, completamente desproporcionada con las capacidades reales del régimen y el extraordinario potencial del adversario al que los mulás presumieron enfrentarse.