


¿Quién dijo que Hezbolá solo prosperaba en escaramuzas y conflictos armados? Desde la década de 1990, el grupo ha ido “libanizándose” de manera constante, puliendo sus asperezas y adoptando el lenguaje del compromiso. O, al menos, fingiendo hacerlo para enturbiar las aguas. Al inicio, en el momento de su creación, Hezbolá no hizo ningún esfuerzo por ocultar sus intenciones. Proclamó abiertamente su ambición de instaurar un régimen calcado palabra por palabra del modelo de Jomeini. En aquel entonces, se mantuvo completamente al margen de la vida política libanesa, a la que despreciaba como un terreno indigno, reservado a los infieles.
Pero luego, al replantear su estrategia, emprendió de manera astuta y deliberada un proyecto de largo aliento para infiltrarse en el aparato del Estado libanés. Tanto así que, en 2005, logró obtener una fatua del jeque Afif al Nabulsi que legitimó su participación en el gobierno. De ese modo, tras una larga y silenciosa marcha, alcanzó una fachada de legalidad. Los satisfechos y los ingenuos cayeron por completo en la trampa. A su juicio, la “alquimia” política libanesa por fin había logrado domesticar al partido de la Revolución Islámica. Hezbolá, aseguraban, se volvería libanés de corazón y adoptaría nuestra mentalidad comercial y pragmática, la misma que arrastramos desde tiempos fenicios. Tal vez, decían, el partido iraní había rebajado un poco su vino. Pero esos optimistas cantaron victoria demasiado pronto. La realidad no tardaría en desmentirlos. En este juego, la democracia no sería la ganadora.
Ya no conforme con mantenerse al margen, Hezbolá se infiltró en la administración pública para impulsar mejor su agenda, tanto a corto como a largo plazo. Inoculó en el sistema su propia lógica subversiva. Y como el Estado estaba maduro para ser capturado, el dúo chiita lo fue domesticando desde dentro.
Infiltración y penetración
Esta estrategia de entrismo, una táctica clásica del marxismo-leninismo, consistía en insertar deliberadamente a miembros de una organización militante dentro de estructuras rivales o incluso en el propio Estado burgués. ¿Qué podía ser más eficaz que tomar el poder desde adentro y no soltarlo jamás? Tanto el contexto regional como el interno se prestaban perfectamente para ese engaño. Y si Hezbolá guarda una profunda gratitud hacia el presidente Émile Lahoud, es precisamente porque bajo su mandato logró tejer su red en todos los niveles del poder y de la administración.
Amparados por la impunidad y protegidos por sus padrinos, estos peones infiltrados, estos “agentes durmientes”, echaron raíces en las instituciones públicas y escalaron progresivamente en la jerarquía. En la gestión cotidiana, su lealtad nunca estuvo en duda: obedecían las órdenes de sus superiores y se convertían, sin reparos, en cómplices de toda clase de transgresiones.
Las fechorías de la conspiración
La catastrófica doble explosión en el puerto, aquel fatídico 4 de agosto, constituye la prueba definitiva de una conspiración a escala nacional. ¿No seguimos haciéndonos las mismas preguntas hoy? ¿Cómo fue posible que toneladas de material explosivo permanecieran en el corazón de la ciudad sin la complicidad de todos los niveles del Estado? ¿Por qué se ignoraron tantas alertas evidentes? ¿Cuántos actos de cobardía y cuántos asesinatos sin resolver más habrá que sumar?
Vaya modelo de administración pública. Tantas instituciones mirando hacia otro lado: el Poder Judicial, las aduanas, los servicios de seguridad. Y para rematar, una gran conspiración de silencio. Bien hecho, señores de Hezbolá: su proyecto de entrismo ha dado frutos. Nunca la infiltración había revelado con tanta claridad tantos vicios y tantas maniobras ocultas.