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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Unión Mediterránea: ¿qué fue del Proceso de Barcelona? (1/5)

En esta serie de artículos, Levant Time rastrea la génesis, la creación y el funcionamiento actual de la Unión por el Mediterráneo (UpM), de la cual Líbano es miembro. Un enfoque prospectivo sobre lo que el país del Cedro podría emprender, y el papel que puede tener en el marco de esta Unión, cerrará la serie. La Unión por el Mediterráneo (UpM) es la heredera directa del Proceso de Barcelona, y posteriormente del proyecto lanzado en 2008 por el presidente francés Nicolas Sarkozy bajo el título de «Unión Mediterránea». Esta iniciativa, aprobada por un gran número de actores pero rechazada, e incluso criticada, por otros —especialmente los países del norte de Europa, bajo el liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel, desconfiados de sus contornos e implicaciones—, sin embargo, presentó dos méritos esenciales. El primero fue permitir la culminación de un proyecto, ciertamente bajo otro nombre y de otra forma, pero concretando la creación de una «Unión por el Mediterráneo». El segundo fue reavivar, sustituyéndolo, un Proceso de Barcelona que entonces estaba perdiendo impulso, pero invirtiendo su lógica de construcción. El postulado inicial se basaba en la idea de que el codesarrollo —tanto Norte-Sur como Sur-Sur— permitiría crear una zona de libre comercio de bienes y conocimientos. Los intercambios Sur-Sur, en particular, debían contribuir a hacer de este conjunto un espacio de paz, desarrollo cultural y progreso social. Se presuponía que lo político vendría después. Fue precisamente ahí donde residió la novedad y el intento de relanzamiento, bajo otra forma, del Proceso de Barcelona. Si bien este puede jactarse de algunos éxitos en el ámbito económico, sus aspectos político y social fracasaron por una razón principal: la dificultad de lograr el diálogo entre todos los países implicados, debido en particular a la imposibilidad de resolver el conflicto israelí-palestino, a lo que se sumaban desconfianzas subyacentes, especialmente en torno a temas sensibles como la inmigración. El presidente Sarkozy estimaba, no sin razón, que el desarrollo coordinado de las economías a través de proyectos comunes permitiría reabrir el diálogo a todos los demás niveles: político, social y cultural. Este enfoque descartaba de entrada lo que algunos deseaban, sin duda para marginar esta nueva idea, una multiplicación de microproyectos. El impulso dado a proyectos estructurantes debía ofrecer una nueva oportunidad a toda la zona y, más allá, revestir un valor ejemplar. La Unión Mediterránea fue concebida como la asociación de países miembros de la Unión Europea, esencialmente los estados ribereños, y los países que bordean el Mediterráneo, con el fin de diseñar e implementar proyectos comunes que promuevan el desarrollo económico de la región y la transformación de este espacio en una zona de paz. En 2008, la Unión Europea acababa de expandirse hacia el Este con la adhesión de sus miembros 26º y 27º, Bulgaria y Rumanía. Su integración estaba en curso y debía completarse a medio plazo. Esta ampliación, deseable en algunos aspectos, aparecía sin embargo como potencialmente excesiva, con el riesgo de llevar a Europa a reconfigurarse en círculos concéntricos, para permitir que un núcleo duro avanzara y arrastrara a los demás conjuntos a un ritmo sostenible. Desde esta perspectiva, no se debía considerar a estos dos países como pertenecientes al espacio del Mar Negro, sino como las fronteras orientales de la Unión Europea. Las problemáticas propias del Mar Negro ya eran muy reales y su resolución no dependía, a corto plazo, de la Unión Europea, sino esencialmente de Rusia. Dependían sobre todo de la capacidad de cada Estado ribereño para resolver sus dificultades internas, heredadas de la implosión de la ex-URSS, así como las relacionadas con la presencia, a veces determinante, de minorías. Estos desafíos dependían ante todo de la capacidad de estos países para establecer prácticas democráticas y dialogar entre sí, sin ignorar por ello sus limitaciones geopolíticas y su entorno regional inmediato. Dado que el análisis de la Unión por el Mediterráneo se abordará posteriormente, conviene no integrar el conjunto de problemas latentes o comprobados en la perspectiva de la creación de una Unión, ya sea primero «mediterránea» y luego «por el Mediterráneo». Los países ribereños del Mediterráneo ya tenían mucho que hacer con sus propias dificultades, sin añadir problemáticas más lejanas, pero cuya importancia se revelará en el futuro. Estos elementos, entre otros, eran suficientes para excluir los mares Negro y de Mármara del perímetro previsto. El Mediterráneo elegido será, por tanto, el de los manuales de geografía. Próximo artículo: Nacimiento de la Unión Mediterránea, proyecto efímero convertido en Unión por el Mediterráneo.

ZEE Líbano-Chipre: entre logros jurídicos y pérdidas marítimas

El acuerdo de delimitación de la zona económica exclusiva (ZEE) entre Líbano y Chipre, firmado el 26 de noviembre de 2025 y ratificado por el decreto n°2108 del 16 de diciembre de 2025, marca un hito importante en la política marítima libanesa. Presentado oficialmente como un medio para garantizar la explotación de los recursos marítimos, este acuerdo, sin embargo, suscita profundas reservas en los planos jurídico y estratégico. El general Khalil Gemayel, experto en delimitación de fronteras marítimas, considera que este acuerdo, a pesar de algunas ventajas, sigue siendo en gran medida desfavorable para Líbano. Ciertamente pone fin a una antigua disputa, ¿pero a qué precio? Según él, uno de los principales logros reside en la resolución del litigio marítimo que enfrentaba a Líbano y Chipre desde hace casi dos décadas. Esta clarificación jurídica pone fin a una zona gris que obstaculizaba cualquier planificación energética. También destaca que el acuerdo ha permitido prolongar oficialmente la frontera marítima libanesa con Chipre desde el punto n°1 hasta el punto n°23, ahora un punto de unión marítima entre Líbano, Chipre e Israel. Sin embargo, esta prolongación se ha realizado según el método de la línea mediana (Median Line Method), un enfoque que, según el general Gemayel, favorece claramente a Chipre. Considera que la resolución de la disputa, a pesar de su aparente importancia, se ha realizado en detrimento de los intereses libaneses. Un acuerdo inequitativo El general Gemayel considera el acuerdo inequitativo para Líbano debido a la metodología adoptada. Explica que la delimitación se basa en una línea mediana trazada entre una isla, Chipre, y un estado costero continental, Líbano. Sin embargo, la jurisprudencia marítima internacional privilegia una metodología en tres etapas: el trazado de una línea mediana provisional, la consideración de las circunstancias pertinentes y, luego, la realización de una prueba final de proporcionalidad (Proportionality Test). Lamenta que este enfoque no se haya aplicado, debido a la ausencia de una prueba de proporcionalidad entre las longitudes de las costas opuestas. En este contexto, el general Gemayel precisa que la costa libanesa en cuestión se extiende a lo largo de unos 188 kilómetros, frente a los 103 kilómetros de la costa chipriota correspondiente. Esta proporción de 1,82 a favor de Líbano, frente a 1 para Chipre, debería haber llevado a una delimitación más equilibrada. Según su análisis, el incumplimiento de este principio ha provocado la pérdida de aproximadamente 2.600 kilómetros cuadrados de la zona económica exclusiva libanesa en beneficio de Chipre. Añade que el acuerdo de 2025 retoma esencialmente la misma metodología de trazado que la adoptada en el acuerdo firmado en 2007 entre ambos países. Este texto, que no había sido ratificado ni aplicado debido a sus desequilibrios, había permanecido congelado durante casi 18 años. Una contradicción institucional El general Gemayel subraya una contradicción institucional. Recuerda que en 2022 se había constituido una comisión ministerial libanesa conjunta para examinar la cuestión de las fronteras marítimas con Chipre. Esta comisión había recomendado la adopción de la metodología en tres etapas y la consideración de la proporcionalidad entre las costas, reconociendo explícitamente que la línea mediana era perjudicial para Líbano. Sin embargo, en 2025, una nueva comisión ministerial, compuesta por los mismos ministerios, anuló las recomendaciones anteriores y validó la delimitación basada en la línea mediana. Se trata precisamente del método que Líbano había rechazado durante mucho tiempo y que había llevado a la congelación del acuerdo de 2007. Del acuerdo jurídico a los desafíos de la soberanía Más allá del análisis técnico del general Gemayel, este acuerdo ilustra una problemática recurrente en las negociaciones internacionales: la búsqueda de una solución rápida y clara puede realizarse en detrimento de los principios técnicos y de los intereses estratégicos a largo plazo. El logro fundamental del acuerdo –la clarificación jurídica de las fronteras marítimas y el fin de la disputa histórica con Chipre– es innegable y ofrece una estabilidad jurídica susceptible de fomentar la inversión en las zonas marítimas. Sin embargo, la metodología adoptada representa un alejamiento de los estándares técnicos reconocidos internacionalmente, en particular la prueba de proporcionalidad final. El uso de la línea mediana sin un ajuste que tenga en cuenta la longitud de las costas refleja un compromiso político, probablemente motivado por la voluntad de concluir rápidamente un acuerdo tras 18 años de estancamiento. Esta elección deja a Líbano enfrentado a una pérdida tangible de superficies marítimas explotables. Esta elección estratégica, aunque garantiza fronteras claras, debilita las perspectivas económicas futuras, especialmente en lo que respecta a los recursos de gas y petróleo. Finalmente, la discrepancia entre las recomendaciones de la comisión de 2022 y la aprobación final de 2025 pone de manifiesto un problema persistente de gobernanza en Líbano: la continuidad del enfoque técnico e institucional a veces se sacrifica en favor de decisiones políticas coyunturales. El resultado es un acuerdo que aporta claridad fronteriza, pero que suscita interrogantes legítimos sobre la protección de los intereses nacionales y la capacidad del país para adoptar una estrategia marítima coherente y sostenible.

Para detener la caída
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

¿Se ha convertido la obscenidad en el motor de la Historia? Un observador atento, siguiendo de cerca el curso de los acontecimientos, bien podría llegar a esa conclusión. Hay, en efecto, algo obsceno en la manera en que el mundo contemporáneo sigue celebrando sus simulacros de orden, mientras todas las diques, sin excepción, se derrumban. Cierto: la logorrea persiste, las instituciones se multiplican. Los grandes discursos nunca han sido tan abundantes. Pero hoy flotan en un vacío inquietante y resuenan irremediablemente huecos, cuando no se pierden en la masa informe de la desinformación y de los tropos nauseabundos del populismo y el identitarismo. Seguimos hablando así de derecho, soberanía, legitimidad, seguridad colectiva, como si se tratara de los vocablos gastados de una letanía profana y nihilista… mientras aceptamos, casi con fatalismo, que la violencia vuelva a convertirse en una variable aceptable de la historia. Las arquitecturas nacidas de las ruinas del siglo XX, aquellas que pretendían contener la fuerza, disciplinarla e inscribirla en un mínimo de reglas comunes, están siendo hoy desmontadas metódicamente. No tanto por ignorancia como por una voluntad mefistofélica, depredadora y destructiva. Se las considera demasiado lentas, demasiado morales, demasiado restrictivas para un mundo que vuelve a reivindicar la excepción permanente, el poder sin freno, la identidad como justificación última. El sistema surgido de San Francisco y Bretton Woods es vaciado deliberada y sistemáticamente de su sustancia, reducido a un decorado diplomático de pacotilla. Liberados así de toda inhibición, los llamados al imperio se multiplican, bajo formas diversas pero convergentes. Poco importa que se vistan con los ropajes de la nación, la civilización, la seguridad o la fe: la lógica es la misma. La de un mundo fragmentado en zonas de influencia, donde la regla vale para los otros; donde la fuerza se convierte en lenguaje político; donde el ser humano queda relegado a daño colateral. Las diferencias ideológicas se desvanecen ante una brutalidad común. En este marco, la escalada hacia los extremos se convierte en una profecía autocumplida que legitima el comportamiento de cada actor. La serpiente se muerde la cola, hasta que ya no queda nada: ni de la serpiente ni de lo demás. En un paisaje así, es evidente que los pueblos cuentan cada vez menos. Más allá de las encuestas, son invocados, instrumentalizados, sacrificados a designios que los superan. Algunos de manera más visible que otros. Irán, hoy, cristaliza este derrumbe moral. Una sociedad entera, consciente, valiente, culturalmente densa, se enfrenta a una represión de violencia fría, repetitiva, casi industrial. Y ante ello, el mundo observa, se indigna de forma intermitente, y luego se acomoda, en silencio. La prudencia diplomática de unos sirve de coartada; los cálculos estratégicos de otros eclipsan cualquier exigencia ética. Como si la libertad pudiera esperar. Como si ciertas vidas valieran menos que los equilibrios regionales o los intereses energéticos. Sin embargo, lo que ocurre en Teherán, como en Ucrania o en Gaza, trasciende a un régimen, una crisis, un país. Plantea de nuevo la cuestión del sentido mismo del orden internacional. ¿Qué vale un sistema que ya no protege a quienes más lo necesitan? ¿Qué significa el Estado de derecho cuando se desvanece en cuanto resulta costoso? ¿Cuándo deja el universalismo de ser un principio para convertirse en un discurso condicionado por las relaciones de fuerza y los estados de ánimo de los poderosos? ¿Cómo restaurar el orden de lo humano, la libertad constitutiva de la persona, sin romper aún más lo que ya está roto? Son preguntas tan antiguas como el mundo. Pero en un sistema sin salvaguardas, se vuelven obsesivas. Tal vez hayamos entrado en ese momento temido en el que la cultura sigue produciendo formas, imágenes y discursos, mientras la civilización deja de creer en lo que proclama. Un fin de cultura que, sin ser todavía espectacular —el mal suele manifestarse por su banalidad—, es sin embargo difuso y profundo. El cansancio moral se acentúa; los referentes se desdibujan; los criterios se derrumban; el lenguaje se vacía en un flujo constante de imágenes, consignas e indignaciones selectivas. La razón vacila. ¿Ha sido derrotada o simplemente ha renunciado por falta de defensores? Poco importa. El resultado es el mismo. En este vacío habitado por monstruos —y qué larga se ha vuelto esta larga noche del vacío—, las identidades se endurecen, la violencia se legitima, el miedo se convierte en fundamento y matriz de la política. El mundo redescubre, con horror o con hastío, viejos reflejos que creía enterrados: el repliegue, el odio, la fascinación por los hombres fuertes, el desprecio de las libertades en nombre de la seguridad. La globalización no produjo la universalidad esperada; a menudo aceleró la fragmentación, la atomización, la pérdida del vínculo. En todas partes, las sociedades luchan por generar referencias comunes, sin las cuales no hay cultura viva ni coexistencia posible. Si la nuclearización de las relaciones de poder vuelve a estar de moda, la nuclearización de las relaciones humanas y de las conciencias ya se ha consumado. No hubo equilibrio de disuasión. De Washington a Moscú, pasando por Tel Aviv, Teherán y Ankara, la carrera hacia la atomización de la humanidad parece unánime. Ante este fracaso de los Estados —debido en gran medida a colectividades cada vez más narcisistas y paranoicas—, se impone una nueva responsabilidad, nos guste o no: la de una opinión pública mundial transversal. No una multitud emotiva, desde luego. Ni una moral de baratijas. Sino una conciencia capaz de atravesar fronteras, de rechazar jerarquías implícitas de la compasión, de nombrar lo inaceptable allí donde ocurre. Una opinión que no se limite a comentar, sino que devuelva la cuestión a la responsabilidad, a la realidad, a una ética de las relaciones internacionales. Que recuerde que no todo es equivalente. Que no todo es negociable. Que aún existe una escala de valores que preside el destino de este planeta, aunque le cueste afirmarse. O que los seres humanos han decidido, hoy, que ya no desean vivir juntos en paz en un mismo espacio, y que deben destruir los principios que los unen en nombre de sus pequeñas diferencias y ansiedades. Esto puede parecer ingenuo. Sin embargo, no es utopía. Y en cualquier caso, ¿qué queda por perder antes de que el mundo entero se convierta, como a comienzos del siglo XX, en un vasto campo de ruinas, una gigantesca fosa común? Inventar un nuevo orden no significa soñar con un mundo pacificado o reconciliado. Significa reintroducir límites, devolverle un costo a la violencia, reafirmar que la dignidad humana no es una opción, sino una exigencia vital. Ello requiere un despertar civilizatorio, frágil, conflictivo, imperfecto, pero necesario. No para prometer el paraíso, sino para evitar la banalización del infierno. De lo contrario, el costo moral del silencio y de la inacción será demasiado alto, para todos. La caída en la violencia nunca es una fatalidad histórica. Siempre es una elección. La renovación también.

La calibración diplomática de la Iglesia católica en los conflictos: el ejemplo de Venezuela

Irónicamente, el golpe estadounidense en Venezuela en la noche del 3 al 4 de enero marcó el inicio de un nuevo episodio de “desestabilización global”, contra el cual el papa León XIV había advertido apenas unos días antes, en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la Paz, el 1 de enero de 2026. “En las relaciones entre ciudadanos y gobiernos”, afirmó el Pontífice, “estamos llegando a considerar un error no estar suficientemente preparados para la guerra, no reaccionar a los ataques, no responder a la violencia. Mucho más allá del principio de la legítima defensa, esta lógica antagonista es, desde el punto de vista político, el factor más actual de una desestabilización global que se vuelve cada día más dramática e imprevisible”. En términos de “desestabilización” e “imprevisibilidad”, Estados Unidos no pudo haberlo hecho mejor. Ciertamente, Venezuela había estado “marcada durante tantos años por el narcotráfico y la corrupción”, según el padre Georges Engel, sacerdote misionero citado por Olivier Bonnel en Vatican News . Por ello, nadie llorará realmente a Nicolás Maduro, elegido el 10 de enero de 2025 para un tercer mandato considerado ilegítimo por la mayoría de la comunidad internacional. Sin embargo, las acciones de Estados Unidos no se justifican. De hecho, al reaccionar al golpe, durante el Ángelus del 4 de enero, el Papa evitó cuidadosamente tomar partido en el conflicto y se limitó a señalar que “el bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración”. Esta postura mesurada es característica de la diplomacia vaticana, que siempre se sitúa por encima de las partes en conflicto para defender lo que considera esencial, incluso a riesgo de ser acusada de equiparar al agresor con la víctima. Lo esencial y lo subsidiario Lo “esencial” al que se refiere aparece más adelante en el mensaje del Papa. Se trata de “superar la violencia y emprender el camino de la justicia y la paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el Estado de derecho consagrado en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todas y cada una de las personas, y trabajando juntos para construir un futuro sereno de colaboración, estabilidad y armonía, con especial atención a los más pobres que sufren la difícil situación económica”. Esta forma de diplomacia, en la que la soberanía de los Estados, las normas constitucionales y los derechos humanos siguen teniendo peso, es la de la “neutralidad activa”, un distanciamiento de los “ejes” geopolíticos similar al enfoque que el patriarca maronita desea para el Líbano. Este camino diplomático también es denominado en el lenguaje vaticano como “diplomacia para el bien común”. Sus medios son los del diálogo, medios “desarmados y desarmantes”, para retomar una imagen de León XIV, lo que la distingue, por ejemplo, de la diplomacia de la ONU, cuyos resortes son de un orden completamente distinto. Neutralidad activa, no pasiva La “neutralidad activa” significa que la Santa Sede no toma partido, pero tampoco permanece pasiva o “neutral” cuando se violan derechos fundamentales. Así, en octubre de 2023, en una declaración pública, el cardenal Parolin expresó una profunda preocupación por la escalada del conflicto israelí palestino, describiendo las acciones en curso como potencialmente constitutivas de “genocidio”. Al no tener intereses económicos ni militares, la Santa Sede puede evaluar una situación a partir de principios éticos, al tiempo que promueve el diálogo y propone soluciones no violentas a los conflictos siempre que sea posible. A menudo, de manera paralela, el Vaticano actúa entre bastidores, de forma discreta y constante, en favor de la no violencia. De lo particular a lo general Esto no impide que la diplomacia vaticana, en sus reflexiones de fondo, pase de lo particular a lo general. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Vaticano lanza un llamado contra la proliferación de armas y la industria armamentista. Este llamado tiene en cuenta este año la introducción de algoritmos y la disuasión nuclear en los conflictos, para mostrar que este nuevo desarrollo, cuyos efectos devastadores son evidentes en Medio Oriente y Europa, socava los propios cimientos de toda civilización y conduce a la humanidad al borde del desastre. “Estamos incluso presenciando”, añade el documento, “un proceso de absolución de la responsabilidad de los dirigentes políticos y militares, debido a la creciente ‘delegación’ de decisiones sobre la vida y la muerte de los seres humanos a las máquinas. Se trata de una espiral destructiva sin precedentes del humanismo jurídico y filosófico sobre el que se asienta toda civilización y por el cual toda civilización es protegida”. Humanismo filosófico y jurídico ¿Qué es exactamente este “humanismo jurídico y filosófico” al que alude León XIV? Desde el punto de vista filosófico, afirma que los seres humanos poseen una dignidad inherente, independiente de su utilidad, riqueza o fuerza; también sostiene que la persona humana está dotada de razón y libertad y, por tanto, es responsable de sus actos; finalmente, afirma que la sociedad, la política y la ciencia deben estar al servicio de la humanidad, y no a la inversa. Estos conceptos, profundamente arraigados en la antropología cristiana, corresponden a la afirmación de fe de que todo ser humano es creado a imagen de Dios y que la dignidad humana es, por ello, inalienable, incluso en situaciones de debilidad como la enfermedad, la pobreza, la vejez o el delito. Desde el punto de vista jurídico, el humanismo significa que el derecho existe para proteger a la persona humana, y no solo para organizar el poder. Esto implica, en particular, el rechazo de leyes que tratan a los seres humanos como meros objetos, ya sean mercancías, herramientas o datos, especialmente en las relaciones de producción. Constituye también una crítica a los sistemas jurídicos puramente técnicos o utilitaristas, así como a la idea de que “todo lo legal es justo”. Como puede verse, la Iglesia fundamenta sus juicios en principios muy claros. Algunos consideran nuestra época como “apocalíptica” y ven en lo que ocurre un signo del “fin de los tiempos”. Pero no es necesario llegar tan lejos para juzgarla. Como afirmaba san Agustín, mentor intelectual del papa León XIV, las personas son libres, responsables y deben rendir cuentas por sus actos. Serán juzgadas por ellos. Esto no impide, sin embargo, reconocer que nuestra época es verdaderamente inquietante.

La caída del régimen iraní: gestionar las consecuencias

En Irán se desarrollan hoy dos escenas paralelas. Dos escenas que no se anulan entre sí, sino que agravan la situación crítica: calles agitadas por protestas esporádicas pero persistentes, y una autoridad que responde con una represión cada vez más brutal, ejecutada de manera conjunta por la Guardia Revolucionaria y el líder supremo. Este paralelismo no refleja equilibrio, sino miedo. Los regímenes seguros de su poder no necesitan este nivel de violencia sostenida, mientras que los regímenes en crisis saben que cualquier fisura en la seguridad puede conducir a su colapso. Sin embargo, la pregunta más grave no se limita a la capacidad del régimen iraní para resistir las presiones internas, sino a las repercusiones de cualquier inestabilidad o posible colapso en toda la región. Irán nunca ha sido un país aislado de sus crisis, sino el centro de una red transnacional de influencia, cuidadosamente construida durante más de cuatro décadas. Cualquier grieta en el centro tendrá inevitablemente efectos en la periferia. Desde el establecimiento de la República Islámica en 1979, el régimen se ha apoyado en una ecuación clara: una legitimidad ideológica que prevalece sobre la voluntad popular y un instrumento eficaz de represión que protege esa legitimidad por la fuerza. Hoy, el primer pilar se erosiona con la expansión de protestas sociales, económicas y políticas, mientras que el segundo se debilita, ya que la Guardia Revolucionaria se ve obligada a actuar como una fuerza policial interna y no como un instrumento de expansión regional. Esta paradoja no es un detalle menor, sino una falla estructural que golpea el corazón mismo del proyecto iraní. Cada hora que la Guardia Revolucionaria dedica a sofocar la disidencia interna es una hora perdida para ejercer influencia en el exterior. Cada escalada de las medidas de seguridad internas incrementa el costo del proyecto regional, en términos políticos, financieros y morales. En consecuencia, un aumento de la represión no significa necesariamente que el régimen se estabilice; puede indicar, más bien, que el país entra en un prolongado periodo de desgaste, en el que la crisis se administra, pero está lejos de resolverse. En este contexto, emergen dos escenarios principales sobre el desenlace de la crisis iraní. El primero es el de un régimen que logra contener las manifestaciones mediante una violencia excesiva, preservando al mismo tiempo la cohesión de las instituciones del Estado y de la Guardia Revolucionaria. En este caso, el régimen no colapsa de inmediato, pero se ve obligado a replegarse en el escenario regional, y la prioridad absoluta pasa a ser el mantenimiento del poder interno. El segundo escenario es el de una represión que alimenta el descontento, conduce a manifestaciones a gran escala y sumerge al país en una espiral incontrolable de escalada. Esto podría allanar el camino hacia un colapso político, rápido o gradual, pero con consecuencias profundas. En Yemen, este desarrollo afecta directamente al movimiento hutí. Este grupo, cuyo ascenso estuvo vinculado al apoyo iraní, verá disminuir la financiación, el armamento y la experiencia provenientes de Teherán. A medida que se intensifica la crisis en Irán, los recursos destinados a asuntos externos, en particular los de menor importancia estratégica, se reducirán. En consecuencia, los hutíes podrían verse obligados a aceptar un acuerdo político que les garantice un mínimo de influencia, o enfrentar el riesgo de una desintegración interna bajo la presión de la guerra, la economía y el tejido social local. En Irak, el impacto del repliegue iraní será más complejo. Las milicias vinculadas a Teherán, acostumbradas a operar bajo el paraguas de una poderosa coalición regional, se verán forzadas a redefinir su papel. Sin un apoyo incondicional, surgirán divisiones entre las facciones que buscan “iraquizar” la toma de decisiones y aquellas que apuestan por la escalada para preservar sus ganancias. En este contexto, la intensificación de la represión en Irán, inicialmente una fuente de fortaleza se convierte en una debilidad, al privar a estas fuerzas de su cobertura simbólica y política y abrir una brecha, aunque peligrosa, que permite al Estado iraquí recuperar parte de su soberanía. El Líbano, por su propia naturaleza, absorbe aún más rápido las repercusiones de las crisis regionales. Hezbolá, como la extensión más organizada del proyecto iraní, se verá directamente afectado por la reducción de la financiación y de la capacidad de apoyo de Teherán. Con la intensificación de la represión en Irán, el partido pierde parte de la legitimidad moral que durante años sirvió para justificar su papel ideológico transnacional. Esta realidad lo enfrenta a un doble dilema: mantener su arsenal en ausencia de protección regional, o reposicionarse políticamente dentro del Estado libanés. En este contexto, la cuestión del calendario político en el Líbano adquiere una importancia crucial. Celebrar elecciones en el punto álgido del repliegue incompleto de Irán podría dar a las fuerzas pro-Teherán la oportunidad de reagruparse. Muchos consideran que cualquier aplazamiento técnico, dado el declive de la financiación y del apoyo militar, especialmente tras la llamada “guerra de apoyo” y la devastación que provocó sin una perspectiva clara de reconstrucción, podría acelerar la erosión de la base popular del dúo chií y revelar la magnitud de la crisis social que enfrentan sus simpatizantes. Aquí, el debate deja de ser meramente constitucional y se vuelve profundamente político, vinculado a la evolución del equilibrio de poder en la región. A nivel regional, la convergencia entre protestas crecientes y una represión feroz en Irán señala el inicio de una fase de transición inestable. Los Estados del Golfo observan con cautela, conscientes de que la debilidad de Irán puede representar una oportunidad para reconfigurar la seguridad regional, pero también conlleva el riesgo del caos. Israel percibe el enfoque de Teherán en sus asuntos internos como una ventaja estratégica indiscutible, aunque teme un posible escenario de escalada. Turquía, por su parte, se prepara para llenar cualquier vacío potencial, en particular en Siria e Irak. La intensificación de las protestas en Irán, enfrentadas a una represión sin precedentes por parte de la Guardia Revolucionaria, no significa que el régimen haya ganado la batalla. Más bien, ha entrado en una fase prolongada de desgaste. En esta etapa, la pregunta ya no es simplemente cuándo caerá el régimen, sino cómo, a qué costo y a expensas de quién en la región. La caída del régimen iraní, si llega a producirse, no será un acontecimiento para celebrar, sino un momento peligroso que exigirá Estados sólidos y élites políticas astutas. Sin ellos, el colapso de este centro de poder podría degenerar en un caos generalizado... sin alternativa.

El Pabellón Nuhad Es-Said para la cultura
Por
Micha Moussallem
Publicado

Al igual que todos los museos del mundo, el Museo Nacional de Beirut es el guardián de una historia presa de las garras del olvido. Sin embargo, no se limita a esta misión: también busca estar anclado en el presente y orientado hacia el futuro. Con este espíritu nació la idea de abrir un centro anexo al Museo, destinado a promover la cultura, el arte y los artistas libaneses contemporáneos. Este centro también tenía como objetivo asegurar la sostenibilidad del Museo Nacional de Beirut generando ingresos de actividades culturales y sociales, así como del alquiler de espacios, entre otros. Esta idea de un centro dedicado al arte contemporáneo germinó en el seno de la Fundación Nacional del Patrimonio. El proyecto del pabellón anexo fue impulsado por tres mujeres: Mona Hraoui, Rima Shéhadé y Salma Es Said, esposa de Nuhad Es Said, cuyo nombre lleva hoy el centro. Sin embargo, al igual que muchos proyectos en Líbano, tuvo que afrontar innumerables dificultades antes de ver la luz. Obstáculos para su edificación Desde el inicio de su construcción en un terreno adyacente al Museo Nacional de Beirut, el centro se topó con un obstáculo importante: la presencia de acuíferos. Para evitar cualquier riesgo de derrumbe, fue necesario abordar este problema incluso antes de comenzar las obras. Una vez superado este obstáculo, el proyecto finalmente pudo arrancar. Y sin embargo, no: la crisis del Covid-19 estalló entonces, imponiendo una nueva interrupción de la obra hasta el final de la pandemia. Por si fuera poco, la explosión del puerto de Beirut se sumó a la larga lista de pruebas que atravesaba el país. A estas tragedias se añadió la crisis financiera de 2019, que pareció dar el golpe de gracia al proyecto. Pero esto fue sin contar con la tenacidad de las tres madrinas del pabellón: Mona Hraoui, Rima Shéhadé y Salma Es Said. La edificación del pabellón Para recaudar los fondos necesarios para la continuación del proyecto, la Fundación Nacional del Patrimonio, bajo la presidencia de Mona Hraoui, lanzó una colecta de fondos, comprometiendo su propia credibilidad. En colaboración con el comité encargado del pabellón, se reunió una primera suma, pero esta seguía siendo insuficiente. Fue entonces cuando Salma Es Said aportó la financiación complementaria, poniendo una única condición: hacer del pabellón «una verdadera joya». Esta exigencia fue plenamente respetada, bajo la atenta supervisión de Rima Shéhadé, hasta en los más mínimos detalles. El pabellón finalmente vio la luz en septiembre de 2024. Fue bautizado como Pabellón Nuhad Es-Said para la cultura, en homenaje al difunto esposo de Salma Es Said, gran amante del arte y apasionado de la cultura. Arquitectura y legado El pabellón es obra del reconocido y premiado estudio Raëd Abillama Architects, que supo diseñar un espacio polivalente capaz de albergar tanto exposiciones como eventos culturales. En su enfoque conceptual, Raëd Abillama se inspiró en los planos originales de Pierre Leprince-Ringuet y Antoine Nahas, arquitectos del Museo Nacional, el cual debía incluir inicialmente dos alas conectadas al edificio principal. Solo se había construido el ala izquierda. Abillama, por lo tanto, realizó el ala derecha como una extensión natural del edificio principal, utilizando los mismos materiales y basándose en los planos históricos del Museo. Esta nueva ala está conectada al Museo por el pasillo del emir Maurice Chéhab, en homenaje a quien había contribuido a salvar el Museo durante la guerra. Fue el arquitecto de interiores libanés Jean-Louis Mainguy quien tuvo la idea de darle este nombre, en reconocimiento al papel determinante desempeñado por el emir en la protección del patrimonio nacional. Los inicios La primera exposición acogida por el Pabellón Nuhad Es-Said para la cultura fue «Puertas y Pasajes», fruto de una estrecha colaboración entre la Fundación Nacional del Patrimonio, el BeMA (Beirut Museum of Art) y el comité encargado del pabellón. Actualmente, el pabellón alberga dos exposiciones: • From Venice to Beirut. The World in the Image of Man – The Pavilion of Lebanon at the Biennale Arte 2022 • Impressions of Paradise La historia del Museo Nacional de Beirut y de su anexo, el Pabellón Nuhad Es-Said, demuestra una vez más —si es que aún hacía falta— que Líbano sobrevive solo gracias a la iniciativa, la pasión y la determinación de hombres y mujeres comprometidos.