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Política

Unión Mediterránea: ¿qué fue del Proceso de Barcelona? (1/5)

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Más de 42 dirigentes habían participado en la cumbre fundacional de la Unión por el Mediterráneo, el 13 de julio de 2008 en el Grand Palais de París. (Foto AFP)
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Por Jean-Patrick Dayras
Publicado ene 16, 2026 - 12:39

En esta serie de artículos, Levant Time rastrea la génesis, la creación y el funcionamiento actual de la Unión por el Mediterráneo (UpM), de la cual Líbano es miembro. Un enfoque prospectivo sobre lo que el país del Cedro podría emprender, y el papel que puede tener en el marco de esta Unión, cerrará la serie.

 

La Unión por el Mediterráneo (UpM) es la heredera directa del Proceso de Barcelona, y posteriormente del proyecto lanzado en 2008 por el presidente francés Nicolas Sarkozy bajo el título de «Unión Mediterránea». Esta iniciativa, aprobada por un gran número de actores pero rechazada, e incluso criticada, por otros —especialmente los países del norte de Europa, bajo el liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel, desconfiados de sus contornos e implicaciones—, sin embargo, presentó dos méritos esenciales.
El primero fue permitir la culminación de un proyecto, ciertamente bajo otro nombre y de otra forma, pero concretando la creación de una «Unión por el Mediterráneo».
El segundo fue reavivar, sustituyéndolo, un Proceso de Barcelona que entonces estaba perdiendo impulso, pero invirtiendo su lógica de construcción.

El postulado inicial se basaba en la idea de que el codesarrollo —tanto Norte-Sur como Sur-Sur— permitiría crear una zona de libre comercio de bienes y conocimientos. Los intercambios Sur-Sur, en particular, debían contribuir a hacer de este conjunto un espacio de paz, desarrollo cultural y progreso social. Se presuponía que lo político vendría después.

Fue precisamente ahí donde residió la novedad y el intento de relanzamiento, bajo otra forma, del Proceso de Barcelona. Si bien este puede jactarse de algunos éxitos en el ámbito económico, sus aspectos político y social fracasaron por una razón principal: la dificultad de lograr el diálogo entre todos los países implicados, debido en particular a la imposibilidad de resolver el conflicto israelí-palestino, a lo que se sumaban desconfianzas subyacentes, especialmente en torno a temas sensibles como la inmigración.

El presidente Sarkozy estimaba, no sin razón, que el desarrollo coordinado de las economías a través de proyectos comunes permitiría reabrir el diálogo a todos los demás niveles: político, social y cultural. Este enfoque descartaba de entrada lo que algunos deseaban, sin duda para marginar esta nueva idea, una multiplicación de microproyectos.


El impulso dado a proyectos estructurantes debía ofrecer una nueva oportunidad a toda la zona y, más allá, revestir un valor ejemplar.

La Unión Mediterránea fue concebida como la asociación de países miembros de la Unión Europea, esencialmente los estados ribereños, y los países que bordean el Mediterráneo, con el fin de diseñar e implementar proyectos comunes que promuevan el desarrollo económico de la región y la transformación de este espacio en una zona de paz.

En 2008, la Unión Europea acababa de expandirse hacia el Este con la adhesión de sus miembros 26º y 27º, Bulgaria y Rumanía. Su integración estaba en curso y debía completarse a medio plazo.
Esta ampliación, deseable en algunos aspectos, aparecía sin embargo como potencialmente excesiva, con el riesgo de llevar a Europa a reconfigurarse en círculos concéntricos, para permitir que un núcleo duro avanzara y arrastrara a los demás conjuntos a un ritmo sostenible. Desde esta perspectiva, no se debía considerar a estos dos países como pertenecientes al espacio del Mar Negro, sino como las fronteras orientales de la Unión Europea.

Las problemáticas propias del Mar Negro ya eran muy reales y su resolución no dependía, a corto plazo, de la Unión Europea, sino esencialmente de Rusia. Dependían sobre todo de la capacidad de cada Estado ribereño para resolver sus dificultades internas, heredadas de la implosión de la ex-URSS, así como las relacionadas con la presencia, a veces determinante, de minorías.
Estos desafíos dependían ante todo de la capacidad de estos países para establecer prácticas democráticas y dialogar entre sí, sin ignorar por ello sus limitaciones geopolíticas y su entorno regional inmediato.

Dado que el análisis de la Unión por el Mediterráneo se abordará posteriormente, conviene no integrar el conjunto de problemas latentes o comprobados en la perspectiva de la creación de una Unión, ya sea primero «mediterránea» y luego «por el Mediterráneo». Los países ribereños del Mediterráneo ya tenían mucho que hacer con sus propias dificultades, sin añadir problemáticas más lejanas, pero cuya importancia se revelará en el futuro.
Estos elementos, entre otros, eran suficientes para excluir los mares Negro y de Mármara del perímetro previsto. El Mediterráneo elegido será, por tanto, el de los manuales de geografía.

Próximo artículo: Nacimiento de la Unión Mediterránea, proyecto efímero convertido en Unión por el Mediterráneo.

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