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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Para un retorno al legado político de Mohammed Mehdi Chamseddine

Líbano, y en particular la comunidad chiita, conmemoró recientemente el 25 aniversario de la muerte, el 10 de enero de 2001, del expresidente del Consejo Superior Chiita, el imán Mohammed Mehdi Chamseddine. Durante más de dos décadas fue el líder espiritual de la comunidad chiita libanesa, sucediendo al imán Moussa Sadr, quien desapareció misteriosamente durante una visita a Libia en 1978. Dejó tras de sí un “testamento” político cuya existencia y verdadero alcance siguen siendo desconocidos, o deliberadamente ocultados, para muchos libaneses y extranjeros, especialmente en los círculos académicos y periodísticos. La dimensión histórica y profundamente existencial de este legado queda hoy resaltada por los dramáticos acontecimientos que sacuden al Líbano y a la región. Más que nunca, el Líbano y el Levante necesitan la contribución a la vida pública de una figura que, como el imán Shams al-Din, combine autoridad moral, apertura intelectual y una lectura lúcida de las realidades sociopolíticas contemporáneas. Hacia el final de su vida, y a pesar de estar debilitado por la enfermedad, grabó en casetes sus memorias y recomendaciones sobre el rumbo que debían adoptar los chiitas en el Líbano y en la región. En particular, exhortó a sus correligionarios a no tener un “proyecto político específico para los chiitas” y a luchar por sus derechos “integrándose en la sociedad en la que viven”. En términos claros, rechazaba de manera apenas velada el principio de exportar la Revolución Islámica iraní, impulsada por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria (Pasdarán) tras la llegada al poder de Jomeini en 1979. Cuestionaba especialmente el sistema instaurado por Jomeini, basado en la autoridad del walih al-faqih , es decir, del Líder Supremo de la Revolución Islámica iraní, en ese entonces él mismo y luego sus sucesores, quien, como supuesto descendiente directo del Profeta, concentraba un poder absoluto y definitivo sobre las decisiones estratégicas, incluidas las de guerra y paz. Al establecer este sistema político, el ayatolá Jomeini sembró las semillas de una desestabilización regional crónica, producto de un régimen autocrático que ha sumido a todo Medio Oriente en el caos durante más de cuatro décadas. No es casualidad. La wilayat al-faqih fue concebida como una autoridad absoluta no solo para los iraníes, sino para todos los chiitas. En la práctica religiosa, cada grupo o individuo chiita debe elegir a su referente espiritual. Sin embargo, al atribuirse un poder basado en una “legitimidad” divina, y por lo tanto incuestionable, el nuevo Líder de la República Islámica, primero Jomeini y luego Jamenei, se colocó por encima de todas las demás autoridades religiosas, al servicio además de un proyecto político transnacional, expansionista, hegemónico y represivo que sacraliza la violencia como método de acción. Este “injerto” jomeinista en el cuerpo sociopolítico y religioso chiita no podía sino convertirse en una fuente de tensiones y conflictos en el mundo árabe, bajo el peso de la exportación de la Revolución Islámica y del poder divino atribuido al Guía Supremo. Verdadero visionario, el jeque Mohammed Mehdi Chamseddine supo percibir el peligro que se perfilaba en el horizonte y tomó distancia de los fundamentos de la wilayat al-faqih y de las ambiciones expansionistas de los Pasdarán. Su postura se asemejaba a la del líder espiritual de la comunidad chiita en Irak, el ayatolá Sistani, así como a la del imán Moussa Sadr e incluso a la del jeque Mohammed Hussein Fadlallah, a quien muchos observadores occidentales etiquetaron erróneamente como el “guía espiritual de Hezbolá”, cuando en realidad cuestionaba la autoridad divina del walih al-faqih y, en consecuencia, expresaba reservas sobre la línea de acción de Hezbolá en el Líbano. Más de veinticinco años después, los acontecimientos han confirmado el carácter visionario del legado político del jeque Chamseddine. De hecho, es en nombre de ese “proyecto transnacional específico de los chiitas”, denunciado por el expresidente del Consejo Superior Chiita, que el régimen iraní recurrió hace pocos días a milicias provenientes de países árabes para reprimir brutalmente a su propia población. La consigna “Ni Gaza ni Hezbolá, damos la vida por Irán”, coreada por manifestantes iraníes, resume por sí sola toda la dimensión histórica y existencial de la visión expresada por el imán Shams al-Din. Refleja además el profundo resentimiento hacia las poblaciones árabes presente en un amplio sector de la opinión pública iraní, que no logra comprender cómo el ala radical del régimen ha podido gastar decenas de miles de millones de dólares en sostener fuerzas aliadas en países árabes, mientras Irán atraviesa una crisis socioeconómica grave y sin precedentes. Sobre esta misma base del “proyecto transnacional específico de los chiitas”, el secretario general de Hezbolá, el jeque Naim Qassem, sigue priorizando los intereses del régimen iraní por encima de la construcción de un Estado libanés fuerte y soberano. Incluso ha llegado a amenazar al ministro de Relaciones Exteriores, Joe Raggi, considerado excesivamente soberanista, y no ha dudado en agitar el fantasma de disturbios internos si el gobierno avanza en su decisión de desarmar a Hezbolá. En uno de sus discursos recientes, el presidente Joseph Aoun llamó a Hezbolá a “actuar con sensatez”, lo que provocó el abierto malestar de Naim Qassem, para quien los intereses del Irán de los mulás siguen siendo prioritarios. Para frenar esta deriva suicida del grupo proiraní, se impone con urgencia un paso fundamental: alinearse con las recomendaciones y con el legado político, casi profético, de Mohammed Mehdi Chamseddine. Aunque ello implique inevitablemente, y algún día deberán reconocerlo, una verdadera “revolución cultural” que reconfigure su doctrina política forjada a mediados de la década de 1980.

Progresismo vs conservadurismo
Por
Amine Jules Iskandar
Publicado

Rara vez en la historia de la humanidad, el asalto progresista fue tan preponderante como lo es hoy. Durante las peores horas del marxismo, los gulags y el terrorismo intelectual se limitaban a ciertos países o imperios sin poder someter al resto de Occidente. El imperio soviético solo pudo prohibir la fe cristiana, la libertad de pensamiento y el patrimonio cultural en los territorios que controlaba directamente o a través de vasallos interpuestos. Hoy, el delirio progresista enciende las almas en lo que Leo Strauss definiría como un nihilismo devastador. Es una plétora de pseudo-intelectuales que buscan deconstruir lo humano mediante una hábil puesta en cuestión de todos los valores que lo distinguen. Se trata de transformar a la persona humana en un individuo desprovisto de todo lo que lo compone social y culturalmente. Este hombre nuevo, despojado de sus referencias, es colocado solo frente a la ley, ella misma desprovista de todo sentido de discernimiento. El léxico progresista La identidad es demonizada, la herencia es uniformada, la historia es entregada al historicismo sepulturero, y la verdad es relativizada. La incertidumbre generalizada conduce así inexorablemente al nihilismo. El modus operandi de este intelectualismo de izquierda consiste en una intimidación sistemática destinada a anticipar e impedir de antemano los discursos no conformes a la ideología globalista. Su arma consiste en un léxico especialmente afilado para abortar cualquier intento de debate sobre los temas erigidos como dogma del globalismo. Lo identitario es entonces asimilado al fascista que rechaza la alteridad y carece de humanidad. Se le atribuyen características que se repiten incansablemente y regresan mecánicamente en bucle. Es necesario denunciar este léxico pernicioso para desenmascararlo. Las expresiones que más a menudo se repiten son las de encierro identitario, comportamiento tribal, fetichismo racial, identitarismo religioso e identitarismo étnico. Los términos confesión, clan, tribu e incluso nación son empleados en un sentido siempre peyorativo y humillante. Se les oponen nociones seductoras, pero vacías de sentido, ya que están desvinculadas de la realidad. Estas también regresan en bucle: la convivencia, la coexistencia, la inclusividad y la alteridad. La nación, asimilada al mal, debe disolverse, con sus nociones de fronteras, historia e identidad. La religión cristiana, que fundó la alteridad por excelencia, es percibida como una enemiga y un obstáculo para esta alteridad. El hombre es desacralizado y la vida cotidiana es desespiritualizada. La persona sagrada es reemplazada por el individuo consumidor y contribuyente. El hombre nuevo, el ideal del progresismo woke y liberal, ya no tiene una dimensión trascendental; solo es evaluado en relación con su rendimiento y sus necesidades materiales y caloríficas. El eugenismo El wokismo no es más que la manifestación extrema de esta ideología. Después de haber renegado de la familia, la comuna, el país, la fe, la tradición y la herencia, llega hasta la negación de la evidencia sexual. Es el rechazo de la creación divina e incluso de la naturaleza como manifestación de lo divino. Se trata de la contestación de la creación, según Fiódor Dostoievski. Es así como, después de haber matado a Dios, nos dice Martin Heidegger, el nihilista busca la «muerte del hombre». El léxico del bienpensar progresista sigue enriqueciéndose. Recientemente, en las redes sociales de un pseudohistoriador, los conservadores, identitarios y federalistas fueron acusados de eugenismo. Una vez más, el cortocircuito intelectual es más un discurso ideológico que científico. Porque el eugenismo es ante todo producto del progresismo. Rechaza la creación con sus defectos; quiere perfeccionarla. El hombre nuevo debe ser seleccionado hasta en sus genes. Nada es más opuesto a esta práctica que el conservadurismo cristiano. Este protege la vida, proscribe el aborto y la selección artificial. El cristianismo ve en el enfermo el rostro mismo de Cristo y su presencia manifestada por la absoluta alteridad. Los aislacionistas Esta no es la primera vez que los progresistas proyectan sus vicios sobre los conservadores. ¿No habían, desde 1975, tildado a los conservadores cristianos de aislacionistas? Los combatieron militar e ideológicamente. Y, sin embargo, el Líbano de los supuestos aislacionistas estaba abierto al mundo entero y a todas las culturas; el de los progresistas fue marginado por la comunidad internacional y aislado tanto de Occidente como de los países árabes del Golfo. Finalmente, los progresistas quieren arraigarse en lo que ellos llaman el Oriente árabe. Se pretenden arabistas y abiertos a su entorno natural. Tildan a los conservadores de utópicos artificialmente orientados hacia Occidente. Aquí, nuevamente, convendría apelar al discernimiento. Porque en los hechos, los conservadores están apegados a su tierra libanesa, a su pertenencia levantina y a su herencia cristiana oriental, antioquena y siríaca. Son, en cambio, los progresistas los más profundamente occidentalizados, como lo revela su adopción integral de la ideología occidental por excelencia, que es el wokismo o el liberalismo radical. Este rechazo de la herencia, así como el odio a sí mismo, son características que no se encuentran en ningún otro lugar que en la civilización occidental actual. Ni el mundo musulmán, ni el Extremo Oriente experimentan tal forma de suicidio civilizatorio. Esta ideología constituye, por tanto, la prueba empírica de la pertenencia de la izquierda libanesa (que se dice árabe) a Occidente con sus cualidades y sus vicios. Aquí, en Occidente, reina, nos dice Benedicto XVI, una forma de auto-odio... Y solo se la puede calificar de patológica… Y esta patología azota a todo Occidente, arrastrando consigo la costa levantina. Ante esta lamentable falta de discernimiento, Su Santidad nos recuerda que la unificación de la humanidad no es una tarea política sino una esperanza escatológica, y que ignorar la identidad de los pueblos para fusionarlos en una mezcla global es un pecado de orgullo, similar al pecado bíblico de la torre de Babel.

El golfo Pérsico, un teatro de engaños
Por
Youssef Mouawad
Publicado

¡Un maestro del suspense es este Donald Trump! Tanto en las cálidas aguas del Golfo como en las gélidas tierras de Groenlandia, el presidente estadounidense actúa siguiendo el mismo pattern : provocar un evento sorprendente para luego llevarse el premio ante la mirada atónita de los protagonistas. Y sería un error ignorar el lado histriónico del personaje que busca acaparar la atención y hacerse de rogar para conceder sus favores. El 13 de enero, llamaba a los manifestantes iraníes a tomar el control de las instituciones y les aseguraba que la ayuda estaba «en camino». Pero esta promesa no fue más que un farol. El presidente estadounidense se retractaría tres días después, utilizando un pretexto que suena hueco: «Respeto enormemente el hecho de que todas las ejecuciones programadas para ayer han sido canceladas por los líderes de Irán. ¡Gracias!» Y de hecho, había ganado su apuesta: un logro más añadido a su lista de éxitos o a su currículum de candidato al Premio Nobel de la Paz. Si había salvado vidas con la simple amenaza o el farol, ¿por qué entonces poner otras vidas en peligro lanzando un ataque? Un escenario bien orquestado ¡Vaya Donald, ha engañado bien a su gente! Y es aún más fuerte porque los observadores asombrados siguen creyendo que dio marcha atrás a sugerencia de sus consejeros militares y por la insistencia de Israel, Arabia Saudita y otros países del Golfo. Como si los estrategas de la Casa Blanca no hubieran sopesado ya los pros y los contras de un bombardeo selectivo en el país de los ayatolás. Las intervenciones in extremis fueron, en realidad, meros subterfugios que Donald Trump iba a usar para no pasar a la acción, habiéndole tendido Netanyahu y MBS una percha y sacándolo de apuros. Además, ¿por qué sorprenderse? ¿No declaró este presidente a una periodista: «Nadie me convenció, me convencí a mí mismo»? A decir verdad, en su constancia, Donald Trump no se ha apartado de la idea de que nunca hay que dejarse empantanar en una guerra. Lo que no le impide continuar su carrera armamentística y hacerse temer por todos. ¿Atacará o no atacará? En resumen, Donald Trump solo recurrirá a la fuerza bruta muy rara vez, y a menos que sus tropas sean tomadas como objetivo. Lo que no es el caso aquí, ¡los iraníes no son suicidas! Y si, durante la última escalada, la Casa Blanca pudo ordenar la evacuación de ciertas bases estadounidenses en el Golfo, fue para despistar. Nada más que una artimaña como la orden dada al portaaviones Abraham Lincoln de dirigirse hacia el golfo Pérsico. Además, como precisó una fuente de la Marina estadounidense, «aunque la presencia de este portaaviones no es indispensable para una acción ofensiva, no deja de ser una señal fuerte de disuasión y disponibilidad tanto para los aliados como para los adversarios». El ambiente no es de agresión, y sin embargo una injerencia a este nivel podría justificarse y ser considerada una intervención humanitaria en un momento en que civiles desarmados son abatidos sin piedad. ¿Y nosotros los libaneses, entonces? Así como los insurgentes iraníes no pudieron contar con un ataque estadounidense, nosotros, libaneses libres, no podemos contar con una caída del régimen de los mulás para aflojar el control del Hezb sobre el país. Así que, como nos corresponde a nosotros reconquistar el espacio perdido de nuestras libertades, tomemos ejemplo del heroísmo de los insurgentes de Teherán, Isfahán y otros lugares. ¡Ahora que el miedo ha cambiado de bando y que las lenguas se sueltan!

Revueltas, ambiciones geopolíticas, sanciones, teocracia… el régimen iraní se tambalea

Irán y el mundo tienen los ojos puestos desde el 28 de diciembre en el movimiento de revuelta desatado en Teherán por comerciantes del Bazar y miles de jóvenes y no tan jóvenes contra el fulgurante deterioro de la situación socioeconómica.   Las manifestaciones, que se extendieron rápidamente a numerosas ciudades y localidades, alcanzaron una magnitud sin precedentes a partir del 8 de enero, desafiando abiertamente al régimen islámico, antes de ser violentamente reprimidas con derramamiento de sangre.   A un corte nacional de las conexiones a internet, que permitió, según organizaciones de derechos humanos, enmascarar la represión, se sumaron las amenazas de infligir duras sanciones a los manifestantes, calificados de «alborotadores que actúan en nombre de potencias extranjeras».   El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, habla de represión "sin precedentes". El pasado viernes informó que las fuerzas de seguridad habían disparado con "munición real" contra los manifestantes, lamentando la muerte de "miles" de personas, incluidos niños.   Las autoridades iraníes reportan la muerte de más de 3000 personas, afirmando que la mayoría de las víctimas «son mártires», es decir, miembros de las fuerzas de seguridad o transeúntes, y no "alborotadores".   Human Rights Activists News Agency (HRANA), con sede en Estados Unidos, habla de 5002 muertes, principalmente manifestantes, y al menos 26 852 arrestos. Por su parte, la ONG Iran Human Rights (IHR), con sede en Noruega, confirmó que 3428 manifestantes habían perecido, pero teme que el balance final ascienda a 25 000 muertos.   Al atacar el poder dirigido por el Guía Supremo, el ayatolá Ali Jamenei, los manifestantes desafían como nunca antes a la República Islámica, pero ¿es suficiente la magnitud del movimiento para derrocar el poder teocrático? ¿Estamos asistiendo al fin del régimen de los mulás?   ¿Cambio de régimen?   Los analistas se muestran muy prudentes sobre el resultado de las protestas y señalan varias dimensiones de la crisis, que pueden tener diversas consecuencias. Estos analistas coinciden en que el curso de los acontecimientos puede estar muy fuertemente dictado por una acción exterior. Interrogado por Levant Time, Josef Kraus, profesor de la Universidad Masaryk de Praga y experto en Irán, nos ofrece su perspectiva sobre el tema.   El Sr. Kraus comienza recordando el carácter pluridimensional de la crisis iraní. Señala los factores internos –inflación, crisis económica, corrupción– a los que se suman problemas externos que socavan el poder: fracaso de la política imperialista de la República Islámica en Oriente Medio y pérdida de varios vectores de su poder, también pérdida de aliados lejanos, con la caída de Maduro en Venezuela, ofensiva conjunta israelo-estadounidense, etc.   Las dimensiones interna, regional e internacional están estrechamente ligadas. Se suman a las duras sanciones impuestas por el extranjero. Según el Sr. Kraus, «todavía estamos lejos del fin del régimen, a menos que haya un elemento externo imprevisible e inesperado». En este contexto, señala que «si nos centramos en las cuestiones internas y en la resolución de los problemas internos, es casi seguro que el régimen no será derrocado». «Pero si consideramos la dinámica regional, o incluso mundial, la situación podría ser muy diferente, precisa. A modo de ejemplo, una intervención masiva de los israelíes o de los estadounidenses podría desequilibrar fuertemente la situación en Irán».   El profesor Kraus, que mantiene contactos en Irán debido a sus intervenciones en universidades iraníes, afirma que una «parte importante de la sociedad iraní espera una intervención estadounidense o israelí que podría provocar el colapso del régimen». «Todo el mundo espera una segunda fase de lo que ellos llaman la 'Guerra de los Doce Días' entre Israel e Irán».   Para el Sr. Kraus, «si los estadounidenses intervienen de una manera más contundente, la estabilidad del régimen podría verse gravemente amenazada». «Algunos incluso exigen una intervención en Teherán similar a la llevada a cabo en Caracas, es decir, ¡desplegar la Delta Force, secuestrar a Jamenei, etc.!», subraya. Citada por la AFP, Nicole Grajewski, profesora del Centro de Investigaciones Internacionales de Sciences Po., "las manifestaciones masivas, por muy sostenidas que sean, tienen pocas probabilidades de ser determinantes".   Mismo análisis por parte de Arash Azizi, de la Universidad de Yale: "Es posible que bajo la presión combinada de las protestas internas y las amenazas externas de Estados Unidos e Israel, miembros del régimen emprendan una acción tipo golpe de Estado y modifiquen las políticas y estructuras fundamentales del régimen".   Pérdida de legitimidad   El Sr. Kraus repasa los estrepitosos fracasos de la política exterior iraní. Afirma que el régimen basa su legitimidad en la ideología: el Velayat el-Faqih, la Revolución Islámica y la herencia que de ella se deriva. «Pero, francamente, ya casi nadie cree en ello», afirma, antes de añadir: «Yo establecería un paralelismo sorprendente entre el actual régimen iraní y, por ejemplo, los regímenes de Europa del Este de los años ochenta, como Checoslovaquia. Nadie creía ya en el comunismo. Quienes participaban y se mantenían fieles al régimen lo hacían por ventajas económicas y sociales: mejores empleos, apartamentos, privilegios, etc.»   Y añade: «La situación es muy similar en Irán. Sin embargo, una parte importante de la sociedad todavía confía en el régimen. Desea su continuidad. Sigue creyendo en la Revolución Islámica, en los guardianes de la doctrina, los «fuqaha». Pero con la catastrófica situación de la economía, incluso aquellos que creían en la herencia de la Revolución Islámica están muy perturbados. Prefieren pensar que el sistema en sí mismo no es malo, pero cuestionan a los líderes por su mala gestión de los asuntos», añade el Sr. Kraus.   Esta desconfianza va más allá del ámbito económico, afirma el Sr. Kraus, y el descontento también se refiere a la seguridad, tanto interna como regional. La seguridad interna es primordial para el régimen. De hecho, cuando la clase media se dé cuenta de que no tiene nada que perder al arriesgarse a una revolución, derrocará al régimen. Pero no lo hará mientras la estabilidad y la seguridad estén garantizadas.   «El régimen lo sabe y se beneficia de ello, observa el Sr. Kraus. En esencia, les dice: '¿Quieren derrocar a quienes les garantizan la seguridad? Miren Irak, Afganistán, Yemen, Siria. ¿Quieren que eso también ocurra en Irán? Si no, sean leales'. De hecho, la amenaza de una guerra civil es fuerte en un país multiétnico. Cualquier desestabilización del poder central podría movilizar fácilmente a los kurdos, los baluchis, los árabes de Juzestán, los azeríes, los turcomanos, etc.   Por ahora, esta amenaza es sobreexplotada por el régimen y funciona a la perfección. Al mismo tiempo, juega la carta de la seguridad exterior: «¿Quieren ser amenazados por Israel? ¿Quieren ser bombardeados por los estadounidenses? Si no, estamos aquí para garantizar la seguridad gracias a nuestros aliados, nuestros proxies, nuestro potente ejército y nuestros Guardianes de la Revolución».   Pero esta legitimidad ha desaparecido: es cierto que Irán no fue derrotado directamente por la aviación israelí, ¡pero tampoco obtuvo ninguna victoria! La superioridad militar del Estado hebreo permitió a sus bombarderos imponerse en el espacio aéreo de Irán. Ahora, la mayoría de la población iraní exige explicaciones, debido a que el régimen desvió durante décadas sumas colosales para armamento, los Guardianes y el mantenimiento de milicias en otros países.   ¿Cambio de líderes?   Volviendo a la cuestión de la sucesión de Jamenei, el Sr. Kraus recuerda varios elementos: la Constitución iraní estipula que todo nuevo poder debe estar encarnado por una sola persona. Sin embargo, hasta ahora, nadie corresponde a ese perfil. Algunos hablan del hijo del Guía, Mojtaba Jamenei: ostenta el poder político y económico y mantiene excelentes relaciones con las fuerzas armadas. Pero no puede arrogarse el poder solo, porque la sucesión de padre a hijo es una tradición real; la propia legitimidad de la Revolución Islámica, antirrealista por definición, se vería, por lo tanto, socavada.   Una dirección colegiada, un triunvirato e incluso quizás cinco personas, es por lo tanto una idea que cobra todo su sentido. Pero ¿quién formaría parte de ella para tener la legitimidad necesaria? Este cuerpo colegiado necesitaría el apoyo popular. Esto implica la presencia de diversas personalidades en esa instancia. Conciliando los perfiles, podría funcionar. Haría falta satisfacer a los tradicionalistas, a la derecha dura, con Mojtaba por un lado, a los reformistas por el otro, pero también a los liberales y a la izquierda.   Para el Sr. Kraus, «se está gestando algo muy importante entre bastidores». «No tenemos absolutamente ninguna idea, porque no se trata solo del sistema constitucional, de las elecciones o de las diferentes estrategias, indica. También se trata de familias, están los Rafsanjani, los Larijani, los Jamenei, los Jomeini… Estos clanes se disputan el acceso a los centros de decisión y al poder. Podrían compartir el poder de una manera u otra, como la familia Larijani lo comparte actualmente con la familia Jamenei. Ali Larijani se está convirtiendo en la figura de seguridad más importante del país, cuando hace cinco años se creía que su carrera política había terminado».   Históricamente, la política iraní siempre se ha hecho así. Antes del Sha, la función política dependía de clanes e incluso de tribus. Hoy en día, son las familias de los grandes dignatarios religiosos las que se erigen en nuevas dinastías, protagonizando un remake de «Juego de Tronos».   Las sanciones, un elemento central   Si la situación económica en Irán ha llegado a un estado tan catastrófico, no es únicamente a causa de las sanciones: «El país está muy mal gestionado, afirma el Sr. Kraus, a esto se suman la corrupción, el nepotismo, y por supuesto, la propia región que ha estado muy desestabilizada durante varios años. Eso no ayuda en nada. Además, las sanciones están en vigor desde hace cuatro décadas. Esto significa que desde hace más de veinte años, Irán sufre una importante fuga de cerebros.» «Si se habla con los locales, los que tienen las habilidades para hacer negocios, los intelectuales, los académicos, los profesionales del sector de las altas tecnologías, todos quieren abandonar el país, subraya el Sr. Kraus. Y lo hacen bastante bien. Esta fuga de cerebros lleva 20 años, hacia Occidente en general, Europa occidental, Canadá, Estados Unidos o cualquier otro lugar, tiene un impacto negativo en la economía y la productividad». Así, el elemento esencial de la política exterior iraní está estrechamente ligado al levantamiento de las sanciones. Los iraníes están dispuestos a todo para deshacerse de las sanciones. «Están incluso dispuestos a cerrar un acuerdo nuclear 2.0 con Estados Unidos para conseguir el levantamiento de las sanciones, porque el régimen solo quiere una cosa: sobrevivir, prosigue el Sr. Kraus. Y solo podrá sobrevivir si se levantan las sanciones, porque eso permitiría relanzar la economía, y la mayoría de la población se contentaría, de alguna manera, con el mantenimiento del régimen. Por tanto, el levantamiento de las sanciones es la prioridad absoluta, el objetivo número uno del régimen, porque su supervivencia está en juego».   ¿Qué futuro para Hezbolá?   ¿Cuál es el impacto de la situación actual en el destino de Hezbolá? El Sr. Kraus considera que hay dos puntos de vista al respecto: «ezbollahle El primero es que Irán, en realidad, está dispuesto a sacrificar a Hezbolá si consigue un acuerdo con los estadounidenses. La idea es que el régimen necesita tanto sobrevivir, y está en una situación tan desesperada, que si los estadounidenses llegaran y dijeran: «Aquí está el acuerdo nuclear, aquí está el alivio de las sanciones», permitiendo al mismo tiempo que Hezbolá se desarmara, los iraníes aceptarían esta situación porque no tendrían otras opciones.   Y añade: «Pero también existe otra visión. La mentalidad iraní es muy cercana a la de Hezbolá en la medida en que está ligada a la religión, a la ideología y al sentido del sacrificio. No se trata solo de cálculos y relaciones de fuerza, sino también de emociones. Pero Irán es, por supuesto, un actor pragmático y racional en la escena internacional. No es una sociedad fundamentalista y fanática. Es un país perfectamente racional. Sin embargo, el cálculo de los dirigentes iraníes podría ser diferente. Este cálculo se basa en la constatación de que el régimen islámico lleva en el poder más de 40 años, casi sin cambios, siempre tan prestigioso, según ellos, sobreviviendo a todo».   «Por otro lado, si observamos la política israelí o la política estadounidense, constatamos que hay ciclos, como en todo régimen democrático, señala el Sr. Kraus. A Trump le quedan tres años, sin contar al Sr. Netanyahu, que es muy controvertido en su propio país».   La táctica actual de los iraníes es congelar las cosas y esperar días mejores. Mientras tanto, piden a Hezbolá que reduzca su provocación hacia Israel, que no intervenga en caso de agresión israelí», lo que Hezbolá hace actualmente, esperando, también allí, días mejores. Mientras tanto, es el Líbano el que paga el precio…                  

Nouri al-Maliki: ¿el regreso de un hombre o la regresión de un proyecto?

El regreso de Nouri al-Maliki al poder —o incluso a una posición clave dentro del centro de decisión iraquí— no puede ser percibido como un simple evento político, ni como la rehabilitación de una figura del pasado. Debido a lo que encarna y al balance de su acción, el hombre se ha convertido en el símbolo de un modelo de gobernanza exhaustivo por derecho propio, asociado a una fase crucial de la historia de Irak post-2003, con su cuota de fracasos, divisiones y transformaciones estructurales del Estado. Desde entonces, cualquier eventual reaparición del Sr. al-Maliki significa, de hecho, el retorno de una orientación política global —en los planos interno, regional e internacional— con todas las repercusiones que ello implica. En el plano interno – el regreso del «Estado politizado» 1. Mayor centralización y erosión de los equilibrios Durante sus dos mandatos, entre 2006 y 2014, Nouri al-Maliki fue asociado con la preeminencia del poder ejecutivo sobre las demás instituciones, bajo los lemas del «restablecimiento de la autoridad del Estado» y la «lucha contra el terrorismo». En la práctica, esto se tradujo en una politización progresiva de los engranajes del Estado, desde la justicia hasta los aparatos de seguridad, pasando por los medios públicos. Este enfoque vació de contenido el principio de separación de poderes, transformando el Estado en un instrumento al servicio de la autoridad política en lugar de ser un marco regulador de la autoridad política. Cualquier perspectiva de regreso de al-Maliki es percibida hoy como la reproducción de este modelo: centralización rígida, restricción de la acción de la oposición y debilitamiento sistemático de cualquier contrapoder susceptible de limitar la influencia del ejecutivo. En un país de identidades múltiples como Irak, esta centralización no produce estabilidad, sino que acumula tensiones latentes. 2. Agravamiento de las divisiones confesionales A pesar de un discurso nacionalista mostrado en algunas etapas de su poder, la experiencia de al-Maliki estuvo concretamente marcada por el deterioro de las relaciones entre los componentes iraquíes, en particular con los sunitas y los kurdos. Las políticas de exclusión, el uso excesivo de herramientas de seguridad, las detenciones y los procesos judiciales contribuyeron en gran medida a socavar la confianza entre el Estado y amplias facciones de la sociedad. Estas decisiones no fueron marginales: constituyeron uno de los factores estructurales que llevaron a la explosión de la crisis con la expansión de la organización «Estado Islámico» en 2014. En este contexto, un regreso de al-Maliki reaviva el recuerdo de esta etapa y abre el camino a una reactivación de las divisiones en lugar de su resolución, en un momento en que el tejido nacional sigue siendo frágil. 3. Debilitamiento del proceso de reforma y sabotaje de las demandas de cambio Las manifestaciones de octubre de 2019 marcaron un punto de inflexión en la conciencia política iraquí. Expresaron un rechazo transcomunitario del sistema de gobernanza existente y pidieron un Estado basado en la ciudadanía, una lucha seria contra la corrupción y el fin de la lógica del reparto confesional del poder y las armas fuera de control. En este marco, el regreso de al-Maliki es percibido como un mensaje diametralmente opuesto: la victoria del antiguo sistema sobre las aspiraciones de cambio, y el reciclaje de la misma élite a la que la calle responsabiliza del colapso político y económico. En el plano de seguridad – la preponderancia del «Estado paralelo» 1. Fortalecimiento de la influencia de las facciones armadas Nouri al-Maliki es ampliamente considerado como una de las principales coberturas políticas de las Hashed al-Shaabi y de las facciones vinculadas a ellas. Durante su mandato, no se avanzó ningún proyecto real para integrar estas fuerzas en las instituciones del Estado, según el principio del monopolio de la violencia legítima; al contrario, se consagró la dualidad de la decisión de seguridad. Su regreso significaría, de facto, el enraizamiento de esta dualidad: un Estado oficial con capacidades limitadas, frente a una fuerza armada paralela dotada de influencia política, de seguridad y económica. Un modelo así no produce un Estado fuerte, sino un Estado debilitado rodeado de fuerzas más poderosas que él. 2. Tensiones con la institución militar La experiencia pasada de al-Maliki puso de manifiesto una instrumentalización política directa de la institución militar, ya sea a través de los nombramientos o de la gestión de las operaciones de seguridad. Este enfoque debilitó el profesionalismo militar y creó lealtades cruzadas dentro del ejército. En cualquier escenario de regreso al poder, el temor es que se repita esta dinámica, socavando la idea de un ejército nacional unificador y transformándolo en una herramienta en un conflicto político más amplio. En el plano regional – el regreso del eje iraní 1. Una señal clara de lealtad a Teherán Al-Maliki no es un aliado coyuntural de Irán, sino una de las figuras políticas iraquíes más constantes en esta elección estratégica. Su regreso significa, desde el punto de vista regional, la reintegración de Irak en una posición avanzada en el proyecto de influencia iraní, en un momento en que la región intenta redefinir sus equilibrios. Este posicionamiento no se limita a la política exterior: se refleja dentro del país por el fortalecimiento de las fuerzas vinculadas al eje de Teherán en detrimento de la lógica del Estado nacional. 2. Escalada potencial con el Golfo Desde 2021, Irak ha iniciado una apertura progresiva hacia su entorno árabe, especialmente el Golfo, en un intento de reequilibrar sus relaciones regionales. El regreso de al-Maliki amenaza este proceso, tanto por el discurso político como por las políticas de hechos consumados, lo que podría provocar un enfriamiento, e incluso un retroceso, en las relaciones árabes. 3. Repercusiones libanesas El impacto de un regreso de al-Maliki trasciende las fronteras iraquíes. Ofrece un modelo renovado del «Estado débil frente a la milicia fuerte», un esquema en el que se apoyan fuerzas aliadas a Irán en Líbano para justificar el mantenimiento de las armas fuera del marco estatal. Así, cualquier consolidación de este modelo en Bagdad se traduce en un refuerzo de una retórica similar en Beirut. En el plano internacional – aislamiento y presiones 1. Tensiones con Washington y Occidente Las capitales occidentales, empezando por Washington, guardan un recuerdo negativo de la experiencia de al-Maliki, ya sea en materia de gobernanza, gestión del dossier de seguridad o relaciones con las facciones armadas. Su regreso no es percibido como un factor positivo, sino como una fuente de preocupación, incluso si debe abordarse con pragmatismo. 2. Preocupación de los inversores y retroceso de la confianza En tiempos de reconstrucción y diversificación económica, Irak necesita un entorno estable y reglas claras. Sin embargo, el regreso del modelo de gobernanza asociado a al-Maliki debilita la confianza en la estabilidad política y jurídica, lo que afecta directamente a las inversiones y mantiene la economía prisionera de la renta y la corrupción. Regreso a la situación anterior a 2014 En definitiva, el regreso de Nouri al-Maliki —o incluso el fortalecimiento de su papel— equivale a un retorno de Irak a la situación anterior a 2014: un Estado menos equilibrado, una influencia regional más pesada, armas fuera del control del Estado y un proceso de reforma paralizado. No se trata del regreso de un hombre, sino del de un modelo de gobernanza que ha demostrado, por experiencia, su incapacidad para construir un Estado inclusivo y eficaz. Entre una frágil estabilidad de seguridad y una acumulación de tensiones políticas, la pregunta sigue abierta: ¿Puede Irak soportar el coste de la repetición de la misma experiencia, o el impulso de cambio expresado por las protestas permanece latente, a la espera de una nueva oportunidad?

Por
Amine Jules Iskandar
Publicado

Rara vez en la historia de la humanidad, el asalto progresista fue tan preponderante como lo es hoy. Durante las peores horas del marxismo, los gulags y el terrorismo intelectual se limitaban a ciertos países o imperios sin poder someter al resto de Occidente. El imperio soviético solo pudo prohibir la fe cristiana, la libertad de pensamiento y el patrimonio cultural en los territorios que controlaba directamente o a través de vasallos interpuestos. Hoy, el delirio progresista enciende las almas en lo que Leo Strauss definiría como un nihilismo devastador. Es una plétora de pseudo-intelectuales que buscan deconstruir lo humano mediante una hábil puesta en cuestión de todos los valores que lo distinguen. Se trata de transformar a la persona humana en un individuo desprovisto de todo lo que lo compone social y culturalmente. Este hombre nuevo, despojado de sus referencias, es colocado solo frente a la ley, ella misma desprovista de todo sentido de discernimiento. El léxico progresista La identidad es demonizada, la herencia es uniformada, la historia es entregada al historicismo sepulturero, y la verdad es relativizada. La incertidumbre generalizada conduce así inexorablemente al nihilismo. El modus operandi de este intelectualismo de izquierda consiste en una intimidación sistemática destinada a anticipar e impedir de antemano los discursos no conformes a la ideología globalista. Su arma consiste en un léxico especialmente afilado para abortar cualquier intento de debate sobre los temas erigidos como dogma del globalismo. Lo identitario es entonces asimilado al fascista que rechaza la alteridad y carece de humanidad. Se le atribuyen características que se repiten incansablemente y regresan mecánicamente en bucle. Es necesario denunciar este léxico pernicioso para desenmascararlo. Las expresiones que más a menudo se repiten son las de encierro identitario, comportamiento tribal, fetichismo racial, identitarismo religioso e identitarismo étnico. Los términos confesión, clan, tribu e incluso nación son empleados en un sentido siempre peyorativo y humillante. Se les oponen nociones seductoras, pero vacías de sentido, ya que están desvinculadas de la realidad. Estas también regresan en bucle: la convivencia, la coexistencia, la inclusividad y la alteridad. La nación, asimilada al mal, debe disolverse, con sus nociones de fronteras, historia e identidad. La religión cristiana, que fundó la alteridad por excelencia, es percibida como una enemiga y un obstáculo para esta alteridad. El hombre es desacralizado y la vida cotidiana es desespiritualizada. La persona sagrada es reemplazada por el individuo consumidor y contribuyente. El hombre nuevo, el ideal del progresismo woke y liberal, ya no tiene una dimensión trascendental; solo es evaluado en relación con su rendimiento y sus necesidades materiales y caloríficas. El eugenismo El wokismo no es más que la manifestación extrema de esta ideología. Después de haber renegado de la familia, la comuna, el país, la fe, la tradición y la herencia, llega hasta la negación de la evidencia sexual. Es el rechazo de la creación divina e incluso de la naturaleza como manifestación de lo divino. Se trata de la contestación de la creación, según Fiódor Dostoievski. Es así como, después de haber matado a Dios, nos dice Martin Heidegger, el nihilista busca la «muerte del hombre». El léxico del bienpensar progresista sigue enriqueciéndose. Recientemente, en las redes sociales de un pseudohistoriador, los conservadores, identitarios y federalistas fueron acusados de eugenismo. Una vez más, el cortocircuito intelectual es más un discurso ideológico que científico. Porque el eugenismo es ante todo producto del progresismo. Rechaza la creación con sus defectos; quiere perfeccionarla. El hombre nuevo debe ser seleccionado hasta en sus genes. Nada es más opuesto a esta práctica que el conservadurismo cristiano. Este protege la vida, proscribe el aborto y la selección artificial. El cristianismo ve en el enfermo el rostro mismo de Cristo y su presencia manifestada por la absoluta alteridad. Los aislacionistas Esta no es la primera vez que los progresistas proyectan sus vicios sobre los conservadores. ¿No habían, desde 1975, tildado a los conservadores cristianos de aislacionistas? Los combatieron militar e ideológicamente. Y, sin embargo, el Líbano de los supuestos aislacionistas estaba abierto al mundo entero y a todas las culturas; el de los progresistas fue marginado por la comunidad internacional y aislado tanto de Occidente como de los países árabes del Golfo. Finalmente, los progresistas quieren arraigarse en lo que ellos llaman el Oriente árabe. Se pretenden arabistas y abiertos a su entorno natural. Tildan a los conservadores de utópicos artificialmente orientados hacia Occidente. Aquí, nuevamente, convendría apelar al discernimiento. Porque en los hechos, los conservadores están apegados a su tierra libanesa, a su pertenencia levantina y a su herencia cristiana oriental, antioquena y siríaca. Son, en cambio, los progresistas los más profundamente occidentalizados, como lo revela su adopción integral de la ideología occidental por excelencia, que es el wokismo o el liberalismo radical. Este rechazo de la herencia, así como el odio a sí mismo, son características que no se encuentran en ningún otro lugar que en la civilización occidental actual. Ni el mundo musulmán, ni el Extremo Oriente experimentan tal forma de suicidio civilizatorio. Esta ideología constituye, por tanto, la prueba empírica de la pertenencia de la izquierda libanesa (que se dice árabe) a Occidente con sus cualidades y sus vicios. Aquí, en Occidente, reina, nos dice Benedicto XVI, una forma de auto-odio... Y solo se la puede calificar de patológica… Y esta patología azota a todo Occidente, arrastrando consigo la costa levantina. Ante esta lamentable falta de discernimiento, Su Santidad nos recuerda que la unificación de la humanidad no es una tarea política sino una esperanza escatológica, y que ignorar la identidad de los pueblos para fusionarlos en una mezcla global es un pecado de orgullo, similar al pecado bíblico de la torre de Babel.