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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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La descompensación ontológica de Hezbolá
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Cada veinte años, llega un jugador, que apuesta el país, los hombres, la herencia, los amaneceres y los ocasos, los muchachos y las muchachas, las olas y el mar sobre una mesa de póker. Nizar Qabbani Así, Naím Qassem quiere sacrificar el Líbano en nombre de Irán. Tras haber enviado a sus partidarios a morir por la Siria de Assad, tras haber dejado que los habitantes de su “hogar revolucionario” fueran pulverizados por Hamás, ahora pretende cerrar el ciclo con un gesto grandilocuente: un suicidio colectivo, justo cuando la casa matriz iraní se encuentra ella misma amenazada, frente a la armada supuestamente invencible desplegada por Donald Trump en las aguas de Oriente Medio. Las últimas declaraciones del secretario general de Hezbolá podrían pasar, a primera vista, por una fanfarronada de matón consumado. Y quizá aún lo sean para una parte de su feligresía, alimentada con el mito del Übermensch ario fabricado por los clérigos iraníes. Pero esa “valentía” que a finales de los años noventa fue reconocida por una amplia mayoría de libaneses cuando se trataba de defender el territorio frente a la ocupación israelí, se ha transformado desde hace tiempo en un suicidio estratégico, si es que el término “estratégico” no resulta ya grotesco en este contexto. Los aviones se precipitan sobre nuestras cabezas. La guerra no se gana con disertaciones, ni con metáforas, ni con adjetivos. Cuántas veces hemos pagado, a un precio altísimo, el impuesto de la verborrea. El problema del discurso de Naím Qassem es que, sencillamente, es estúpido. Allí donde su predecesor, Hassan Nasrallah, era particularmente hábil —envolviendo sus intervenciones en una virtù política adquirida a lo largo de décadas, hasta convertirse en un auténtico hipnotizador de masas—, el guardián de la doctrina que fue catapultado por defecto para sucederle tras las liquidaciones en serie llevadas a cabo por Tel Aviv en las filas de la milicia, posee el carisma de un cocodrilo deprimido. Nasrallah intentaba justificar su lealtad ciega a Teherán, y su consecuencia natural —la conquista del poder en el Líbano— mediante una mezcla de argumentación supuestamente racional, bravuconadas políticas y fórmulas que oscilaban entre lo ideológico y lo populista. Lo hacía con la maestría de un líder histórico. Qassem, en cambio, intenta recoger los platos rotos… y lo hace con la torpeza caricaturesca de quienes sucumben al principio de Peter. En otras palabras, Nasrallah era un prestidigitador consumado en el arte de ocultar mediante la palabra. Incluso cuando admitía, en momentos de lucidez calculada, ser un soldado del velayat-e faqih , lo hacía desde una posición de fuerza, inscrito en una lógica imperial iraní que se expandía por la región sin verdadero contrapeso —a veces incluso con la connivencia objetiva de Occidente. Con Qassem, y su último discurso es la prueba más evidente, el lenguaje deriva o bien hacia el delirio de una secta que ya no tiene nada que perder, o bien hacia la exhibición grotesca de músculos de un luchador dopado, condenado al nocaut. Ya no se trata de lucidez honesta. Es irresponsabilidad homicida. Inconsciencia homicida. Al afirmar que toda amenaza contra Irán, y más aún contra el Guía Supremo, constituye una amenaza directa que exige la intervención de Hezbolá, el secretario general del partido no se limita a elevar el tono en una escalada retórica ya conocida. Designa, sin ambages, el verdadero lugar de la soberanía a la que obedece. Y ese lugar no es el Líbano. Desde luego, no es ninguna sorpresa. La lealtad del partido-milicia a la internacional revolucionaria persa es un secreto a voces. El problema es la persistencia en la ceguera, hasta el punto de olvidar que la última aventura del Hezbolá, al servicio de Hamás, desembocó en una tragedia: no solo para el propio partido, sino para los habitantes del sur del Líbano y de Beirut, para la comunidad chií en su conjunto y, sobre todo, para el Líbano. Cada veinte años, llega un hombre complicado, los bolsillos llenos de detonadores. Naím Qassem consagra una vez más la subordinación explícita del destino libanés a una arquitectura de poder externa, confesional y transnacional, que transforma al país, una vez más, en una simple superficie de exposición, en un espacio prescindible, en una satrapía sacrificial para una confrontación que lo supera. Lo que este discurso consagra, en el fondo, es la abolición pura y simple de la decisión colectiva. La guerra y la paz, la vida y la muerte, el porvenir y la ruina ya no dependen de un debate nacional, de instituciones comunes o de un contrato político, por frágil que sea. Se convierten en la prolongación mecánica de una lógica de ejes, de una fidelidad ideológica que no reconoce otra legitimidad que la del centro al que sirve. En esta visión, el Líbano no es un Estado, ni una sociedad, ni siquiera un pueblo en el sentido pleno del término. No es más que un relevo. Una prenda. Un frente vulgar entre otros, con soldaditos de plomo y abundante carne de cañón. Uno de los últimos aún al servicio del déspota iraní, junto con Irak. Cada veinte años, llega un gobernante por decreto, que conduce al sol hasta el poste de ejecución. La imagen que el Hezbolá ha asignado al Líbano es inevitablemente la de un país-corredor, un país-frente, un país-mártir permanente, condenado a pagar el precio de los enfrentamientos ajenos. Una lógica que ya ha destruido el Estado, vaciado las instituciones, fracturado la sociedad y reducido la soberanía a un eslogan hueco. La paradoja es cruel, casi obscena: hoy Hezbolá invoca la soberanía en el mismo momento en que proclama su negación; se presenta como escudo mientras actúa como vector de máxima exposición; acusa al Estado de debilidad después de haberlo despojado metódicamente de sus atributos fundamentales. Esta duplicidad no es solo táctica. Es ontológica. Procede de una incapacidad profunda para aceptar el tiempo histórico, con sus límites, sus derrotas y sus responsabilidades. Es otro nombre del delirio. El Líbano no es un mito que deba alimentarse ni un escenario sacrificial que deba explotarse. Es un país real, habitado, frágil y plural, que ya no puede sobrevivir a una economía permanente de guerra por delegación. El discurso de Naím Qassem no amenaza únicamente a adversarios externos. Amenaza la propia idea de que el Líbano pueda seguir existiendo como espacio político autónomo, es decir, como lugar donde la decisión colectiva prevalece sobre la fe impuesta y donde la vida de los ciudadanos no está subordinada a una escatología armada. Cada veinte años, llega un hombre para degollar la unidad en su lecho y abortar los sueños. Una vez más, Hezbolá niega la pluralidad constitutiva del país. Borra a todos aquellos que se niegan a aceptar que un poder paraestatal —que ha perdido toda legitimidad incluso dentro de su propio campo, hasta el punto de ser abandonado progresivamente por sus aliados más cercanos; que ha perdido su profundidad estratégica con la caída de Assad; que se enfrenta a una voluntad libanesa de restaurar la soberanía y el monopolio de la violencia legítima en todo el territorio nacional; y que, sobre todo, está tan agotado por las catástrofes sucesivas que ya no puede soportar el coste físico, material y moral de un nuevo desastre— siga decidiendo el destino del país. A ello se suma que se trata de un poder miliciano cuyos desmanes, desde la violencia criminal hasta la obstrucción de la justicia y toda clase de actividades mafiosas, son innumerables. Pero lo más grave es que Hezbolá encierra hoy a la propia comunidad chií en una asignación identitaria violenta, reduciéndola a un bloque supuestamente homogéneo, dispuesto a sacrificarse sin condiciones por una causa que, en su diversidad real, no genera consenso. Los chiíes del Líbano han sufrido persecuciones y marginación política, social y económica desde la época otomana. Sí, fue necesario Moussa Sadr, y luego la Revolución Islámica en Irán, para cambiar ese contexto. Sí, Hezbolá, tras la desaparición de Sadr, devolvió un sentimiento de orgullo y dignidad a la comunidad chií. Pero también la sometió a su ley, fundada en la fuerza bruta. La basijizó , la “purificó” liquidando a las élites intelectuales que no compartían su doctrina ni su alineamiento geopolítico y militar con Irán, y extendió su control político, mediante el terror de las armas, a toda la comunidad, hipotecándola. De forma perversa e insidiosa, galvanizó a la comunidad en nombre de una gloria vana e ilusoria, asignándole una función de resistencia territorial, mientras desarrollaba una red de infraestructuras sociales, políticas y mafiosas vinculadas a Irán. Bajo la cobertura de la resistencia, deslibanizó a los chiíes al servicio de Teherán. Cada veinte años, llega un narcisista enamorado de sí mismo, que pretende ser el Mesías, el Salvador, el Único, el Eterno, el Sabio, el Omnisciente, el Santo, el Imán. Lo que el discurso de Naím Qassem revela, sobre todo, es el núcleo ideológico del sistema: la sacralización del mando, que vuelve ilegítima toda contestación, sospechosa toda disidencia y asimilable a traición cualquier crítica. En este universo mental milenarista y totalitario, el jefe no es un responsable político sometido a la prueba de lo real, sino una figura investida de una misión trascendente. Una construcción así es, por naturaleza, incompatible con el Estado, que supone finitud, responsabilidad, posibilidad de fracaso y rendición de cuentas. Ahí reside la fragilidad actual de Hezbolá, que la retórica marcial intenta ocultar desesperadamente. Detrás de la postura de firmeza se perfila una angustia profunda: la de la pérdida. El partido ha entrado en una fase de vulnerabilidad que nunca había conocido a este nivel. Las figuras totémicas han sido golpeadas. El eje regional se resquebraja. El espacio imperial que daba coherencia y profundidad a su poder se contrae. Y con él, vacila la propia identidad de Hezbolá. ¿Qué es Hezbolá sin su predicación falaz de la resistencia territorial? ¿Qué queda sin sus armas? Y, sobre todo, ¿cuál sería su futuro si su directorio en Teherán, los Guardianes de la Revolución y su referente último, el velayat-e faqih , se derrumbaran? Está en juego su existencia, incluso su esencia. Frente a esta erosión, el reflejo es antiguo, casi mecánico. Hezbolá no sabe perder. No puede pensarse en la derrota, porque aceptar la derrota significaría renunciar a su estatuto de excepción, a su monopolio simbólico, a su relato fundador. Por eso desplaza el escenario del conflicto. Amplía el teatro de operaciones. Convierte una fragilidad local en un desafío cósmico. Intenta recomponer mediante la palabra una centralidad que la realidad le arrebata. Implota en el sacrificio espectacular, como una secta que se niega a enfrentarse a la amarga realidad tras un delirio mesiánico de superioridad e invencibilidad. Al fin y al cabo, ¿no combaten a su lado los ángeles, los profetas y el propio Hussein? Aceptar la derrota sería validar el fracaso de la doctrina. Y para un partido teocrático, el derrumbe de la doctrina equivale a una descompensación, a una desrealización, a una disociación total de la realidad. El objetivo de Naím Qassem y de los suyos no es únicamente defender a Teherán frente al “Gran Satán imperialista”, su satélite israelí y su flotilla. Es sobrevivir al absurdo, al vacío, aunque ello deba pasar, paradójicamente, por la muerte. En este marco, el Líbano ya no cuenta. No forma parte de los cálculos ni del espacio mental de una secta cuyos gurús y discípulos han caído en la sinrazón. Naím Qassem no es, en realidad, más que otro Jim Jones o David Koresh. Acorralado, no dudará en precipitarse al abismo, tomando como rehenes reales a la comunidad chií y al conjunto del Líbano si es necesario. No tanto por sus amos en Teherán como por haber tenido razón. Cada veinte años, escribe Nizar Qabbani. Mucho menos, tristemente. Pero el tiempo del Líbano ya no puede ser el de los ciclos sacrificiales. Es el tiempo de una elección ineludible: volver a ser un país, con todo lo que ello implica en términos de límites, responsabilidades y renuncias, de neutralidad frente a los ejes regionales, o desaparecer definitivamente como sujeto político, disuelto en las convulsiones de un imperio en descomposición. Y esta vez, ningún decreto, ningún eslogan, ninguna verborrea podrá aplazar el desenlace. Esta vez, alguien debe interponerse frente a Qassem y a los suyos, sean quienes sean. No con su lógica —la violencia y la sinrazón—, sino con el Estado de derecho y un diálogo firme y claro, si todavía hay quienes dentro de Hezbolá pueden escuchar a la razón y desean evitar la catástrofe colectiva. Y ese alguien no puede ser Estados Unidos, ni mucho menos Israel. La ironía suprema es que una nueva confrontación con el Estado hebreo no haría sino reforzar su influencia, o incluso consolidar su ocupación en el Líbano. Mejor, pues, no provocar a la bestia, sobre todo cuando aguarda al acecho que se le entregue la guadaña. En principio, corresponde al Estado libanés disuadir activamente al partido proiraní. Y si aún existe una voluntad popular y política libanesa dispuesta a actuar en el interés propio del país, ha llegado el momento de que se exprese sin reservas, soberanamente, por todos los medios democráticos, alto y claro contra la guerra, para demostrar que todavía quiere vivir, lejos del eterno retorno de la locura-violencia y de todos sus demonios.

¿Perderá la Reserva Federal de Estados Unidos su independencia?

Desde hace más de siete décadas, la Reserva Federal de Estados Unidos ocupa un lugar central en la arquitectura económica del país. Guardiana de la moneda de reserva mundial, es la institución a la que los mercados han confiado la estabilidad financiera y la credibilidad monetaria de Estados Unidos. En su calidad de prestamista de última instancia, y dotada de un doble mandato – combatir la inflación y, al mismo tiempo, sostener el crecimiento – la política monetaria estadounidense fue durante mucho tiempo confiada a responsables independientes, formalmente protegidos de la influencia directa de los poderes ejecutivo y legislativo. Esa independencia, sin embargo, nunca fue de rango constitucional. Es el resultado de un equilibrio institucional cuidadosamente construido, que los mercados fueron considerando progresivamente como un hecho adquirido. Un supuesto que hoy empieza a tambalearse. Por qué la independencia de un banco central importa más que el nivel de las tasas Los mercados suelen concentrarse en lo que hacen los bancos centrales – subir o bajar las tasas — más que en las razones por las cuales sus decisiones son creídas y aceptadas. Sin embargo, la política monetaria solo funciona si es creíble. Esa credibilidad permite a un banco central influir en las expectativas de largo plazo mediante decisiones de corto plazo. Se apoya en un principio fundamental: la capacidad de actuar en contra de las conveniencias políticas inmediatas. En Estados Unidos, este principio está protegido desde el Acuerdo Tesoro–Fed de 1951 y reforzado por disposiciones legales que establecen que los gobernadores de la Reserva Federal solo pueden ser removidos “por causa justificada”. En la práctica, la Fed ha funcionado como una fortaleza tecnocrática – no porque fuera intocable, sino porque atacarla implicaba un costo político y jurídico elevado. Los mercados, sin embargo, no solo valoran decisiones de política monetaria. También evalúan la solidez de la institución que las adopta. Y esa solidez está hoy en entredicho. El control político de la Fed, una prioridad presidencial Desde su regreso a la Casa Blanca para un segundo mandato, Donald Trump ha expresado sin ambigüedades su deseo de que la Reserva Federal adopte una postura más expansiva: tasas de interés más bajas para aliviar una economía fuertemente endeudada y una política monetaria más alineada con las prioridades del Poder Ejecutivo. Las tensiones con Jerome Powell eran previsibles y durante mucho tiempo fueron interpretadas por los mercados como simple ruido político. Enero de 2026 marcó un punto de inflexión. El Departamento de Justicia abrió una investigación penal contra el presidente de la Fed, mientras que la Corte Suprema aceptó examinar un caso susceptible de redefinir – o incluso debilitar – las protecciones legales de las que gozan los gobernadores frente al poder presidencial. La investigación contra Jerome Powell – oficialmente vinculada a obras inmobiliarias, pero ampliamente percibida como políticamente motivada – constituye una escalada sin precedentes. Nunca antes un presidente de la Fed en ejercicio había enfrentado un riesgo penal relacionado con sus decisiones de política monetaria. El mensaje es claro: una política monetaria restrictiva puede ahora tener un costo personal. Ya no se trata de una presión dirigida a un solo individuo, sino de una señal enviada a todos los actuales y futuros dirigentes de la Reserva Federal. Al mismo tiempo, en el caso Trump vs. Cook, la Corte Suprema está llamada a revisar la doctrina jurídica que sustenta la independencia de la Fed. Una decisión que permita la destitución discrecional de los gobernadores alteraría profundamente el funcionamiento de la institución – no por una opción ideológica, sino por un simple cambio en los incentivos. Un banquero central consciente de que un desacuerdo político puede poner fin a su carrera actuará de manera distinta. No por debilidad, sino por lógica institucional. El riesgo de la sucesión: la tentación de un presidente “dovish” Un tercer factor de fragilidad se impone ahora: la sucesión. El mandato de Jerome Powell al frente de la Reserva Federal expira a mediados de mayo de 2026, y la búsqueda – muy mediática – de su sucesor se ha convertido en una señal en sí misma para los mercados. En materia monetaria, las personas hacen la política. Entre los nombres que circulan figura Rick Rieder, director de inversiones en renta fija global de BlackRock, conocido por su pragmatismo, su profundo conocimiento de los mercados y su inclinación por una flexibilización monetaria más rápida. La designación de un presidente más acomodaticio no es, en sí misma, una mala noticia para la Fed. Rick Rieder ha supervisado cerca de 2,4 billones de dólares en estrategias de renta fija y probablemente sería el presidente de la Fed con mayor experiencia directa en los mercados financieros. Su dominio de los mecanismos obligacionarios y de la infraestructura financiera es ampliamente reconocido. Sus posiciones, además, parecen compatibles con la preferencia presidencial por tasas más bajas. Declaraciones pasadas sugieren que podría abogar por una política menos restrictiva y por un uso más específico del balance de la Fed — por ejemplo, orientando las reinversiones hacia títulos respaldados por hipotecas para apoyar el acceso a la vivienda. Sin embargo, estas mismas cualidades entrañan riesgos. Un presidente con una fuerte sensibilidad de “trading floor” podría reaccionar con mayor frecuencia a la volatilidad de los mercados, con el riesgo de volver la política monetaria excesivamente reactiva. Asimismo, un uso sectorial del balance podría difuminar la frontera entre política monetaria y política fiscal – precisamente la frontera que la independencia del banco central buscaba preservar. Por último, la confirmación en el Senado representaría un obstáculo significativo: los demócratas podrían plantear preocupaciones sobre posibles conflictos de interés con BlackRock o subrayar la falta de experiencia directa en el sector público. Mercados tranquilos… quizá demasiado Por ahora, los mercados financieros muestran una calma notable. La volatilidad en el mercado de bonos sigue siendo baja. Las bolsas continúan apostando por un ciclo de flexibilización ordenado. El dólar se comporta como si la arquitectura institucional de la Fed permaneciera intacta. Esta serenidad es engañosa. El riesgo de credibilidad sigue ampliamente subestimado – y podría materializarse de forma abrupta. El peligro no es solo el retorno de la inflación, aunque el alza de los precios de la energía y de las materias primas ya apunta en esa dirección. El riesgo más profundo reside en la fragilización del mecanismo que ancla las expectativas inflacionarias: la independencia percibida del banco central. Cuando ese ancla se rompe, el ajuste rara vez es gradual. Las tasas de corto plazo pueden bajar impulsadas por promesas de flexibilización, mientras que las tasas largas se disparan, a medida que los inversores exigen una prima mayor para mantener activos denominados en dólares en un contexto de politización de la política monetaria. La depreciación estructural del dólar – visible en el fuerte avance del oro y la plata – podría entonces acelerarse. La reciente caída del 5 % del índice del dólar en apenas dos semanas podría ser solo una señal temprana. Al mismo tiempo, los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense de largo plazo se encuentran atrapados en una configuración técnica especialmente tensa en torno al nivel del 4,90 %. Una ruptura clara al alza abriría el camino hacia un rápido ajuste en dirección al 6 %-6,5 %, con repercusiones significativas en los mercados globales de bonos, acciones y divisas. Conclusión La Reserva Federal y su futuro presidente podrían reducir las tasas de referencia – y aun así provocar una brusca revalorización del dólar y del mercado de bonos – si los inversores concluyen que la institución ha perdido su escudo institucional. El principal riesgo al que se enfrentan hoy los mercados no es la inflación de corto plazo ni una decisión aislada de política monetaria. Es la erosión del mecanismo que, desde hace más de setenta y cinco años, ancla las expectativas inflacionarias: la credibilidad de un banco central independiente. Una credibilidad que, una vez puesta en duda, resulta extraordinariamente difícil de reconstruir.

En caso de un ataque de EE. UU., Moscú y Pekín no acudirán en ayuda de Irán

Aunque Rusia y China se encuentran entre los principales socios estratégicos de Irán, su apoyo a la República Islámica, debilitada por las protestas internas y bajo la amenaza de Donald Trump, seguiría siendo limitado en caso de un ataque estadounidense. Según varios expertos, ni Moscú ni Pekín están dispuestos a enfrentarse a Washington en el ámbito militar. Sin embargo, Irán ocupa un lugar considerable en los cálculos geopolíticos de ambas potencias. Teherán contribuye al esfuerzo de guerra ruso en Ucrania suministrando los famosos drones tipo «Shahed» que han servido en gran medida a las tropas de Moscú. Irán también acudió al rescate de Putin reexportando misiles balísticos tipo Scud adquiridos en el pasado por la República Islámica, que ha producido una versión modernizada. Irán es también un actor clave en las exportaciones de petróleo a China y miembro del grupo BRICS. Sometido a un estricto embargo internacional debido a su programa nuclear, Teherán logra sortear las sanciones vendiendo parte de su crudo al mercado chino. De esta manera, el régimen de los mulás asegura una valiosa entrada de divisas para mantener una economía exhausta. Pero esta cooperación no constituye una alianza estratégica vinculante. «A pesar de los esfuerzos de Teherán durante décadas, no han logrado crear una alianza con Pekín y Moscú», subraya Ellie Geranmayeh, especialista en Irán del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR). Recuerda que durante la guerra de los 12 días en junio, «China y Rusia no quisieron oponerse frontalmente a Estados Unidos». En caso de una intervención estadounidense, «ambos países darán prioridad a su relación bilateral con Washington», estima ella. «China está en un proceso de acercamiento muy delicado con Washington, y los rusos evidentemente quieren tener a Trump de su lado en Ucrania: cada uno tiene prioridades mucho más importantes que Irán». Por el lado ruso, la asociación con Teherán no prevé un compromiso militar directo. «Rusia e Irán son aliados, pero los acuerdos se refieren a un apoyo político, diplomático y económico, sin un componente de apoyo militar», precisa el analista Sergei Markov. Para él, «la crisis ucraniana es existencial para Moscú y mucho más importante que la crisis iraní». Alexander Gabuev, investigador del Carnegie Endowment for International Peace, confirma que si bien «Irán es importante» para Moscú, y que Rusia hará «todo lo que pueda para mantener a flote al régimen», sus márgenes de maniobra siguen siendo muy restringidos. «Rusia no puede convertirse en un mercado gigante para Irán (en plena crisis económica) y no puede conceder un préstamo gigante», señala, añadiendo que la ayuda militar seguiría condicionada por las necesidades rusas en Ucrania. Mismo veredicto de Nikita Smagin, especialista en relaciones ruso-iraníes: en caso de ataques estadounidenses, Moscú «casi no podría hacer nada». «No quieren arriesgar una confrontación militar con una gran potencia», explica a la AFP, mencionando a lo sumo la posibilidad de «enviar armas». Precisa que esta contención no está únicamente ligada a las discusiones sobre Ucrania, aunque «utilizar a Irán como objeto de negociación sería completamente normal para Rusia, ya lo ha hecho en el pasado». Para Pekín, cuyas relaciones con Washington estructuran el equilibrio mundial, el apoyo a Irán seguiría siendo esencialmente indirecto. Es concebible una asistencia «en los planos económico, tecnológico, militar y político» ante presiones no armadas, como sanciones comerciales o ciberataques, explica Hua Po, analista chino independiente. En cambio, en caso de ataques, «condenaría a Estados Unidos en el plano diplomático» y reforzaría sus lazos económicos y militares con Teherán «con el fin de contribuir a empantanar a Estados Unidos en una guerra en Oriente Medio». Por ahora, Pekín muestra cautela. «Los chinos se muestran prudentes como siempre y se expresan con contención», observa Théo Nencini, especialista en la relación Irán-China en Sciences Po Grenoble, recordando «dos desafíos para China: el petróleo y la estabilidad de la región». «China se beneficia de un Irán en situación de debilidad, lo que le permite garantizar petróleo a bajo costo, representando del 10% al 13% de sus suministros, y tener a un socio geopolítico de gran tamaño a un precio no muy alto», analiza. Al igual que Hua Po, no anticipa una reacción escalatoria en caso de ataques estadounidenses: «Lo condenarán diplomáticamente, pero probablemente no tomarán medidas de retorsión. No lo han hecho en muchos puntos en el pasado, me cuesta verlos iniciar un pulso con los estadounidenses por Irán». Finalmente, «la actual crisis iraní tendrá un impacto muy limitado en las relaciones sino-estadounidenses», concluye Hua Po, estimando que «la cuestión iraní no está en el centro de las relaciones entre los dos países. Ninguno de los dos romperá sus relaciones con el otro a causa de Irán».

Falso regreso de Maliki en Irak: Soudani busca un chivo expiatorio

El juego de Mohammed Shia al-Sudani en Irak no fue una simple maniobra política hábil o un error de juicio, sino una conspiración política meticulosamente planificada, orquestada desde el interior de un sistema corrupto, para reproducir el poder provocando el fracaso y beneficiándose de él. Sudani no está fuera del sistema que destruyó el Estado, ni por encima de él, sino en su propio corazón, beneficiándose de sus mecanismos y dominando sus métodos. Lo que lo distingue de los demás no es la integridad, sino su capacidad para gestionar la corrupción discretamente y sin estridencias. El regreso de Nouri al-Maliki al primer plano del poder no fue una coincidencia ni un compromiso forzado. Fue una maniobra cuidadosamente calculada. Maliki, con su pesado legado, sus expedientes sin resolver y su amplio rechazo popular, era el candidato ideal para soportar la carga del colapso inminente. No fue llamado para tener éxito, sino para perecer. No fue llamado para liderar, sino para servir de chivo expiatorio, para asumir la responsabilidad de los fracasos, preparando así el terreno para su caída y el desmantelamiento de todo el dispositivo de coordinación. Sin embargo, se oculta deliberadamente el hecho de que quien orquestó este juego, lo dejó enconarse y se benefició de él, no es un observador imparcial ni un opositor a la corrupción, sino un cómplice de pleno derecho. Al-Sudani conoce íntimamente el sistema del que proviene: domina los flujos financieros, las redes de influencia, los conflictos de intereses y sabe cómo se gestiona la corrupción sin generar escándalo. Por lo tanto, la corrupción durante su mandato no fue un incidente aislado, sino una política deliberada: una corrupción menos flagrante, pero más profunda, más generalizada y más duradera. Si permitió que al-Maliki y su entorno se enredaran en asuntos y escándalos, no fue por rechazo a la corrupción, sino porque quería usarla como arma política. Dejó que el sistema de coordinación se desintegrara desde dentro, no por deseo de reforma, sino como preludio a su pérdida de legitimidad popular y a su transformación en un lastre político. En esta lógica, al-Maliki no era el único objetivo, sino todo el sistema, preparando así el terreno para el regreso de al-Sudani, presentado como el «mal menor». Ahí reside la gran superchería: presentar la situación como una lucha entre individuos corruptos y un salvador, cuando en realidad se trata de un conflicto dentro del propio establishment corrupto, entre quienes corrompen abiertamente y quienes corrompen en silencio. Al-Sudani no representa una ruptura con al-Maliki, sino más bien una evolución más fría en su estilo y más peligrosa en sus consecuencias. No combate la corrupción porque forma parte de ella, sino porque comprende que la corrupción es un instrumento de gobernanza, y por lo tanto la redistribuye en lugar de desmantelarla. Al-Sudani no abrió un verdadero expediente de corrupción que afectara los corazones del poder. No abordó la economía sumergida, ni las redes de los grandes contratos, ni el sistema de cuotas que alimenta el colapso. Se limitó a gestionar el calendario: quién es sacrificado ahora, quién es perdonado más tarde y quién es eliminado según sea necesario. Una retórica reformista destinada al consumo público, sin ninguna acción concreta. En este contexto, el propio colapso se convierte en una herramienta política. Cuanto mayor es la devastación, mayor es la necesidad de un «salvador». Y cuantas más víctimas hay, más aceptable parece al-Sudani. Es un juego sórdido que se desarrolla sobre las ruinas del Estado, donde el fracaso se orquesta deliberadamente y la solución propuesta surge del problema mismo. La verdadera pregunta hoy ya no es: ¿quién caerá? ¿Maliki o el régimen? Sino más bien: ¿aceptarán los iraquíes una vez más la farsa de un «salvador» fabricado dentro de la misma corrupción, o exigirán una verdadera alternativa, nacida del exterior? La respuesta a esta pregunta determinará si Irak sigue prisionero de un ciclo de colapso, o si finalmente tiene la oportunidad de liberarse.

Irán: ante el terrorismo de Estado, alto a la complacencia

Así, después de la «brillante» actuación militar (!) de la «guerra de apoyo» a Hamás y Gaza, el jeque Naïm Kassem nos promete una nueva «guerra de apoyo», pero esta vez con el objetivo de ir en ayuda de un actor regional aún más lejano: el ayatolá Jamenei y la República Islámica Iraní. El líder de Hezbolá ha decidido, o más bien ha anunciado (ya que no es él quien decide en la materia…), que los libaneses deben mostrar una abnegación ciega, sin límite alguno, hasta el sacrificio último, para «defender» (?) una fuerza extranjera… Para todos aquellos que aún tenían alguna duda al respecto, o que se negaban a reconocer la verdad, el jeque Naïm Kassem acaba de confirmar con brillantez lo que ya era – para los observadores informados – una obviedad: Hezbolá no es un partido libanés. Sus miembros son ciertamente libaneses, pero su decisión política, su línea de conducta, su proyecto político, son de orden transnacional y no tienen en cuenta en absoluto las realidades locales ni los intereses superiores del país del Cedro. De hecho, desde su formación a mediados de los años 80, el partido indicó muy claramente en su carta política que para todas las decisiones de carácter estratégico, incluida la decisión de guerra y paz, presta juramento de lealtad al Guía Supremo de la revolución islámica, en su calidad de representante divino, directo, del duodécimo imán chiita oculto, el imán al-Mahdi. Hezbolá dedica así al Guía iraní, el walih el-faqih, una «obediencia religiosa» total que no se preocupa en exceso por las contingencias de este mundo, de carácter nacional, estatal o socioeconómico. Desde la perspectiva de esta doctrina que otorga al walih el-faqih un poder absoluto ejercido en nombre del imán oculto, la existencia de una República Islámica sobre la base de estos fundamentos definidos en 1979 por el ayatolá Jomeini, así como la perennidad de una «resistencia armada – al servicio de este proyecto – se convierten en un deber profundamente religioso, tanto más dogmático cuanto que busca, como un catalizador, allanar el camino para el regreso del imán oculto. Para ceñirse, cualesquiera que sean las circunstancias, al carácter sagrado de este edificio doctrinal, se permiten los comportamientos más irracionales, en este caso, a modo de ejemplo: la represión, incluso con sangre y a gran escala, de toda oposición, presentada como un «ataque a Dios» (lo que proporciona el pretexto para los veredictos sumarios pronunciados por los tribunales islámicos iraníes contra los manifestantes); la obstrucción sistemática a todo intento de edificación de un Estado central fuerte y soberano, como ilustran especialmente el caso iraquí y la actitud actual de Hezbolá, que se opone de plano a la entrega de su arsenal militar al ejército; la desestabilización manu militari de los países del Levante mediante la exportación de la revolución islámica, iniciada en 1979 por el Cuerpo de Guardianes de la Revolución. Con el fin de crear progresiva y minuciosamente las condiciones favorables para el éxito de este proyecto jomeinista transnacional, el régimen de los mulás juega con el factor «tiempo»… La deconstrucción del orden establecido solo puede hacerse lenta y gradualmente, al tiempo que se provocan bloqueos y se extienden tentáculos a los diferentes niveles del poder y de los sectores económicos. Cuando las circunstancias del momento o el equilibrio de fuerzas no son favorables a este proyecto teocrático, la estrategia seguida es clara: dar la impresión de querer «dialogar» y «negociar» un acuerdo con la parte adversa. Pero esto no es más que una percepción engañosa, siendo el verdadero objetivo ganar tiempo, tergiversar, a la espera de que la coyuntura desfavorable cambie o evolucione. Esto explica la noción de «paciencia estratégica», propugnada por Jamenei y que no es más que una versión diplomática de la taqiyya, la cual consiste en disimular sus verdaderos propósitos a la espera de días mejores. Desafortunadamente, algunos altos funcionarios, libaneses y occidentales, se dejan engañar ingenuamente por este juego. ¡Las negociaciones sobre el programa nuclear iraní duran más de veinte años! El poder en Teherán mostraba durante todo este período la percepción de que buscaba un acuerdo sobre este asunto, pero al mismo tiempo el enriquecimiento de uranio continuaba de forma ininterrumpida, lejos de los focos. También es sobre la base de este mismo enfoque pernicioso que Hezbolá no deja de subrayar que está dispuesto a «discutir» su desarme. ¡Salvo que esta «discusión» dura, de forma episódica, desde… 2006, cuando el presidente de la Cámara Nabih Berry organizó una conferencia de diálogo que había abordado largamente la cuestión! ¿Se acuerdan los libaneses, en este sentido, del número de veces que la supuesta «política de defensa» ha sido, desde Taëf, el centro de los debates y las «discusiones» en las más altas esferas del poder? Los dramáticos acontecimientos de los últimos meses, tanto en Gaza como en Líbano, y muy recientemente en Irán –con el verdadero baño de sangre del que ha sido víctima la población civil– ilustran la imperiosa necesidad de poner fin de una vez por todas a la ingenuidad, o quizás a la hipocresía política, de la que hacen gala algunos dirigentes a la sombra de las maniobras perniciosas y asesinas de los ideólogos que se aferran a métodos medievales, y sobre todo inhumanos, en el ejercicio del poder. La debilidad, la complacencia y los comportamientos cobardes frente al chantaje de las milicias y las campañas de intimidación de carácter mafioso solo pueden tener como consecuencia, en definitiva, la transposición del terrorismo de Estado a las sociedades occidentales, como demuestran las amenazas frontales proferidas el martes pasado por el ministerio iraní de Asuntos Exteriores contra los países de la Unión Europea, a los que «se ordenó» sin escrúpulos que no incluyeran a los Pasdarán en la lista de organizaciones terroristas.

El saqueo del Museo de Irak: un gran desastre cultural

El saqueo, en 2003, del Museo Nacional de Irak provocó la pérdida de objetos inestimables, con un efecto dominó que se manifestó en el saqueo masivo de los sitios arqueológicos iraquíes en todo el país. Esto alimentó el tráfico internacional de antigüedades y obstaculizó gravemente la investigación científica en este ámbito. Este saqueo se ha convertido en un caso emblemático de la responsabilidad política de las fuerzas de ocupación en tiempos de guerra, de la estructuración de una economía centrada en el tráfico de antigüedades al servicio del crimen organizado y el terrorismo, paralelamente a una «diplomacia de la persecución» y de la colaboración internacional para restituir los objetos robados. El Museo Nacional de Irak es una de las instituciones arqueológicas más importantes del mundo. Conserva la mayor parte del patrimonio de Mesopotamia, descrita como la «cuna de la humanidad». El museo fue fundado en los años 20, con el nacimiento del Estado iraquí moderno, por Gertrude Bell, escritora y arqueóloga inglesa. Quería evitar que los tesoros de Mesopotamia salieran del país. El edificio principal, de unos 45.000 m², abarca de 5.000 a 7.000 años de historia y alberga la colección más completa de objetos de Mesopotamia, con colecciones de las civilizaciones sumeria, acadia, babilónica, asiria, caldea, así como de los períodos preislámico e islámico. Allí se encuentran piezas importantes (tablillas cuneiformes, sellos cilíndricos, estatuas reales, objetos funerarios, etc.) que constituyen testimonios esenciales para la historia de la escritura, del Estado, del derecho y de la religión en el Próximo Oriente. Entre estos objetos figuran el tesoro de oro de Nimrud (joyas y objetos del siglo IX a.C.) y las esculturas, relieves y tablillas cuneiformes procedentes de Uruk y otros grandes sitios mesopotámicos. El museo simboliza la unidad nacional del país y la continuidad entre Sumeria, Akkad, Babilonia, la época islámica e Irak contemporáneo. También sirve como centro de investigación y documentación para arqueólogos, con archivos esenciales sobre las excavaciones realizadas en Ur, Uruk, Nínive, Nimrud. El saqueo de 2003: desafíos geopolíticos La única palabra que describe el saqueo del museo en 2003 es «despilfarro». De hecho, las tropas estadounidenses tenían órdenes de proteger el museo en primer lugar. Sin embargo, la protección no se garantizó hasta una semana después de la entrada de las tropas en Bagdad. Una semana de más, durante la cual tuvo lugar el saqueo. Entre el 10 y el 12 de abril de 2003, antes de la seguridad del sitio por parte de las fuerzas estadounidenses y después de la retirada del personal del Museo, desaparecieron aproximadamente 15.000 objetos: vasos rituales, marfiles asirios, cabezas de estatuas, amuletos, y más de 5.000 cilindros-sellos... etc. Este saqueo conmocionó a la opinión mundial. Constituye un caso emblemático de destrucción del patrimonio en tiempos de guerra. Movilización internacional Este episodio desencadenó una movilización internacional (Interpol, universidades, Unesco, misiones especializadas...) para recuperar las obras de arte y reforzar la protección del patrimonio iraquí. Quince años después de los hechos, las estimaciones eran de aproximadamente 7.000 objetos recuperados de los 15.000 robados. Estos objetos han sido restituidos a través de programas de amnistía internos, incautaciones aduaneras y operaciones policiales en todo el mundo. Piezas emblemáticas recuperadas Se encontraron piezas importantes como el Vaso y la máscara de Warka, la estatua de cobre de Bassetki o incluso objetos del tesoro de Nimrud, a menudo enterrados o escondidos por saqueadores que no habían podido venderlos. Algunas estatuas reales sumerias y objetos de culto emblemáticos fueron localizados en el extranjero y luego repatriados gracias a la cooperación entre Interpol, los servicios estadounidenses, los museos y los investigadores. A pesar de la reapertura del museo en 2015 y los continuos esfuerzos de restitución, miles de objetos permanecen en el mercado negro o se han perdido definitivamente. Esto reduce la comprensión de vastas partes de la historia mesopotámica. Este saqueo de 2003 es ahora un caso de estudio en los debates sobre la protección del patrimonio en tiempos de guerra, influyendo en las normas militares, el derecho internacional y las políticas de procedencia de los museos occidentales. Cabe señalar que existen numerosos marcos jurídicos para la protección del patrimonio en tiempos de guerra, entre otros, la Convención de La Haya de 1954 y sus protocolos adicionales de 1999, así como la Convención de la Unesco de 1970. Por otro lado, la colaboración internacional ha permitido establecer una cartografía de los flujos de saqueos arqueológicos (rutas, centros regionales, mercados finales, etc.), así como el papel de los actores económicos (intermediarios, casas de subastas, coleccionistas) y sus vínculos con la economía criminal y terrorista. Esta colaboración internacional desempeña un papel esencial en la globalización y la protección del patrimonio, facilitando la recuperación de los objetos robados.