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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Frente a la imponente armada de EE. UU., Irán recurre a la tergiversación

Tras el despliegue de la impresionante armada estadounidense cerca de las costas iraníes, varias opciones militares se perfilan si la Casa Blanca decidiera intervenir. Por ahora, el pulso con el régimen de los mulás sigue siendo esencialmente verbal: comunicados, advertencias y demostraciones de fuerza marcan la escalada. A cada endurecimiento del tono de Donald Trump, Teherán responde con amenazas de represalias masivas. Por el lado estadounidense, parece imponerse una certeza: no se contempla ninguna intervención terrestre. Varios observadores, sin embargo, creen que el presidente estadounidense buscará primero una solución diplomática antes de recurrir a la fuerza. Por el lado iraní, la incertidumbre es total: ¿hasta dónde puede resistir el régimen a las nuevas exigencias estadounidenses? ¿En qué momento podría ceder? Exigencias estadounidenses endurecidas, rechazo iraní confirmado El jueves por la noche, el presidente estadounidense declaró que «espera no tener que usar esta fuerza» militar desplegada, después de haber pedido el día anterior que se concluyera un «acuerdo justo y equitativo - sin armas nucleares». Pero desde los ataques de junio de 2025 contra instalaciones nucleares iraníes, «el precio exigido a Irán por un acuerdo ha aumentado considerablemente», estima Farzan Sabet, especialista en Irán en el Geneva Graduate Institute, entrevistado por la AFP. Washington exige ahora la prohibición total del enriquecimiento de uranio, la limitación de las capacidades balísticas iraníes, así como el «desmantelamiento o severas restricciones a su “Eje de Resistencia”», que incluye a los hutíes en Yemen y a Hezbollah libanés», explica. Para Teherán, una oferta así equivaldría a «una forma de capitulación», subraya David Khalfa, cofundador del Atlantic Middle East Forum (AMEF). Según él, Donald Trump «optará por la opción militar», en particular para demostrar su capacidad de hacer respetar sus líneas rojas. Los medios militares estadounidenses desplegados Afirmando seguir su «propia moralidad» como única brújula, Donald Trump advirtió la semana pasada que una «enorme armada» se dirigía al Golfo. Este anuncio se produjo tras su apoyo a los manifestantes iraníes, cuyo movimiento fue violentamente reprimido, dejando decenas de miles de muertos según las ONG. Esta fuerza incluye el portaaviones Abraham Lincoln , sus 80 aeronaves, así como una escolta de tres destructores equipados con capacidades antimisiles y misiles de crucero Tomahawk. El grupo de ataque de portaaviones suele ir acompañado de un submarino de ataque, también capaz de atacar objetivos terrestres. La opción de ataques limitados Donald Trump podría apuntar a los buques que exportan petróleo iraní, como hizo contra Venezuela, para asfixiar la economía del país y obtener un «acuerdo», indica Farzan Sabet. También podría llevar a cabo «ataques puntuales o una guerra limitada a objetivos restringidos, lo que le permitiría decir que hizo respetar su línea roja sin embarcarse en una nueva guerra en Oriente Medio, y podría declarar la victoria», explica. Estas operaciones tendrían como objetivo prioritario los sistemas de defensa antiaérea, las rampas de lanzamiento de misiles y drones, al igual que los ataques israelíes de junio. Según Eva Koulouriotis, analista independiente de Oriente Medio, estos ataques podrían dirigirse a los Guardianes de la Revolución y a las milicias Basij implicadas en la represión. «Los servicios de inteligencia estadounidenses, con el apoyo del Mossad israelí, tienen una visión clara de estas fuerzas», precisa. La hipótesis de ataques masivos Un escenario más radical consistiría en ataques de decapitación dirigidos a «todos los pilares del régimen iraní, comenzando por la cima de la pirámide, el líder supremo Ali Jamenei», y luego a las fuerzas armadas, la dirección de los Guardianes de la Revolución y los altos funcionarios políticos, según Eva Koulouriotis. «Esto también incluiría la neutralización de las principales bases militares, el programa de misiles y lo que queda del programa nuclear», añade. «El objetivo estadounidense es hacer tambalear al régimen. Por lo tanto, existe una estrategia para paralizarlo y desorganizar la cadena de mando», explica David Khalfa. Este enfoque «implica la eliminación de Jamenei, de sus asesores cercanos y de los cerebros del mando de los Pasdarán». Sin embargo, matiza: «El régimen es relativamente sólido y resistente, no será una tarea fácil», sobre todo porque «los Guardianes han anticipado este escenario». En esta lógica, «la hipótesis implícita de Washington es que las “boots on the ground” serían proporcionadas por la propia sociedad iraní», añade. Farzan Sabet subraya, sin embargo, que nada indica, en esta etapa, que Washington privilegie explícitamente un cambio de régimen. Las capacidades de represalia iraníes Aunque en gran medida diezmadas por los ataques del otoño de 2024 y junio de 2025, las capacidades de respuesta iraníes subsisten. Teherán aún dispondría de 1.500 a 2.000 misiles balísticos de medio alcance capaces de atacar Israel, según Farzan Sabet. Irán también posee misiles balísticos de menor alcance, «mucho más precisos», así como misiles de crucero y antibuque susceptibles de perturbar gravemente la navegación en el Golfo, sin contar sus lanchas rápidas lanzamisiles. El jefe del ejército iraní ha anunciado, además, que los regimientos de combate han sido dotados con «1.000 drones estratégicos». Para Eva Koulouriotis, la decisión de Teherán de responder o no «dependerá de la naturaleza y el alcance del ataque estadounidense». El papel clave de las bases militares estadounidenses Al grupo aeronaval del Abraham Lincoln se suman importantes dispositivos militares estadounidenses en la región. En respuesta a las amenazas estadounidenses, Irán ha recordado que numerosas bases de EE. UU. están al alcance de sus misiles. En Baréin se encuentra la Actividad de Apoyo Naval, que alberga la Quinta Flota estadounidense y el cuartel general de las Fuerzas Navales Centrales de Estados Unidos. Kuwait acoge varias instalaciones importantes, incluido el Camp Arifjan, sede del cuartel general avanzado del componente terrestre del CENTCOM . El emirato también alberga reservas de material preposicionado, así como la base aérea de Ali al-Salem, donde está estacionada la 386ª Ala Expedicionaria Aérea. También se despliegan drones, incluidos los MQ-9 Reapers. La base aérea de Al-Udeid, en Qatar , agrupa los componentes avanzados del CENTCOM, sus fuerzas aéreas y sus fuerzas especiales. Alberga la 379ª Ala Expedicionaria Aérea y constituye la base estadounidense más grande de la región, con más de 40.000 militares estadounidenses, británicos y franceses. Finalmente, la base de Al-Dhafra, en los Emiratos Árabes Unidos, alberga la 380ª Ala Expedicionaria Aérea estadounidense, compuesta por diez escuadrones e integrando también drones MQ-9 Reapers.

Colapso de Sudán: la guerra por la guerra (1/4)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Enfoque analítico sobre la guerra de Sudán que, desde 2023, ya se ha traducido en decenas de miles de muertos y millones de desplazados, con un coste humano particularmente devastador en Darfur, donde la violencia masiva, los asedios y los desplazamientos forzados han adquirido una dimensión que muchos actores internacionales califican ahora de genocida. Sudán no se derrumbó de golpe. Se deshizo en estratos sucesivos, al ritmo de una guerra que no busca ni la toma duradera del poder ni la reconstrucción de un orden político, sino el agotamiento progresivo de lo que aún subsiste del Estado. Desde abril de 2023, la violencia se instala allí como un régimen en sí mismo, transformando el país en un espacio fragmentado donde el largo tiempo del conflicto cuenta más que cualquier victoria militar puntual. El enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS), dirigidas por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, es solo la superficie visible de un proceso más profundo, que estalló en el vacío político dejado tras la caída en abril de 2019 de Omar al-Bashir, cuando la alianza de circunstancias entre el ejército regular y las RSF se rompió por la cuestión del control del aparato militar, la integración de las milicias y el reparto real del poder en un Estado ya profundamente deslegitimado. Cabe recordar en este contexto que las RSF tienen su origen directo en los Janjaweed, las milicias árabes de siniestra memoria, movilizadas por el régimen de al-Bashir a principios de los años 2000 para aplastar las rebeliones en Darfur. El régimen transformó la violencia miliciana en herramienta de Estado, legitimando a los Janjaweed como auxiliares de la contrainsurgencia, reestructurándolos, a partir de 2013, bajo el nombre de RSF, e integrándolos jurídicamente en el aparato de seguridad sudanés, al tiempo que les dejaba una autonomía excepcional. Las RSF son, por lo tanto, el producto de una estrategia deliberada del régimen de Bashir, destinada a delegar la violencia extrema a fuerzas periféricas, social y geográficamente desvinculadas del centro, con el fin de preservar al ejército regular de una exposición directa a los crímenes de masa. Podría decirse sin rodeos que es el último regalo envenenado del dictador a su país.   Sin proyecto político estructurado   Sería, sin embargo, ilusorio interpretar el enfrentamiento actual como un duelo mimético estrictamente interno entre otro «Tapioca» y otro «Alcázar». Detrás del esquema clásico de los dos «generales locos», cada uno de estos aparatos armados solo se mantiene, perdura y se proyecta porque se inscribe en configuraciones de apoyos exteriores distintas, que condicionan tanto la conducción de la guerra como su estancamiento. El conflicto opone así un aparato militar estatal apoyado principalmente por Egipto y Arabia Saudita - con un apoyo de capacidad oportunista de Irán - a una fuerza paramilitar ampliamente dependiente de redes financieras, comerciales y logísticas atribuidas a los Emiratos Árabes Unidos. Lo que favorece, sin embargo, la lectura clásica del duelo mimético entre dos megalómanos en uniforme, es que ninguno de los dos bandos lleva un proyecto político estructurado. Pero, ¿no es eso una prerrogativa de toda la región? De un lado como del otro, no se trata de gobernar un Estado refundado, y mucho menos de reconstruir un contrato social. El objetivo está en otra parte. Se trata de mantener espacios explotables, asegurar flujos, preservar capacidades de daño o impedir que el otro transforme una ventaja militar en dominación exclusiva. En este contexto, Jartum ha perdido su función de capital política. Su conquista o reconquista no ha modificado la lógica general del conflicto; simplemente ha desplazado equilibrios tácticos sin afectar la arquitectura profunda de la guerra. Las RSF comprendieron muy pronto que el reconocimiento internacional no era decisivo. Por ello, su estrategia se basa más bien en la duración, en la integración en circuitos regionales de armamento y financiación, y en el uso de una violencia extrema destinada a producir efectos irreversibles. Darfur, y en particular la región de El Fasher, ilustra esta lógica. Los asedios prolongados, la destrucción sistemática de los campamentos de desplazados, la obstrucción organizada de la ayuda humanitaria, la violencia sexual masiva no son tanto un caos incontrolado como un método destinado a desarticular de forma duradera las sociedades locales, a romper las solidaridades comunitarias y a provocar desplazamientos de población difícilmente reversibles.   Una guerra concebida para durar   Cabe precisar en este marco que los informes de las organizaciones internacionales dan cuenta de cientos de violaciones cometidas contra niños, mujeres y niñas en contextos de redadas. En este sentido, la violencia ejercida no es solo punitiva, sino estructurante, en la medida en que redibuja los equilibrios humanos del territorio, modifica las relaciones de fuerza locales y transforma la guerra en una herramienta de ingeniería demográfica. Darfur, a modo de ejemplo, no constituye una periferia olvidada del conflicto; es su corazón oscuro, el lugar donde se experimentan las formas más radicales de una guerra concebida para durar. Por lo tanto, ante tal dinámica, no hay que engañarse: el ejército sudanés está lejos de encarnar un proyecto de restauración estatal. No representa más que la supervivencia de un aparato replegado en sus bastiones tradicionales del norte y del este y recentrado alrededor de Port Sudan, convertido en capital de guerra y fachada indispensable para el reconocimiento internacional. La recuperación parcial de Jartum en 2025 permitió así una estabilización militar relativa, pero no restableció la autoridad del Estado ni invirtió la dinámica de fragmentación del país. Lo que se observa, en realidad, es la transformación de Sudán en un espacio administrado por la guerra, con la transformación del Estado en una etiqueta disputada, en una cáscara institucional vaciada de toda capacidad de proyección soberana. La guerra no ha reemplazado al Estado; simplemente lo ha desustancializado. En este contexto, la partición de facto avanza sin ser formalizada. En el oeste, las RSF consolidan su control territorial, mientras que en el este y el norte, el ejército se repliega en un Sudán costero y nilótico reducido a sus funciones mínimas. Entre ambos se extiende un espacio de violencias difusas, de tráficos y de poblaciones atrapadas, donde la pertenencia política no ofrece ninguna protección. El conflicto sudanés ilustra así una mutación más amplia de las guerras contemporáneas: guerras sin horizonte político, sin victoria decisiva, donde el objetivo no es cerrar el conflicto sino controlar sus rentas. Y mientras esta economía de depredación siga siendo solvente, la guerra está destinada a prolongarse indefinidamente. Próximo artículo: Mar Rojo, Golfo y Cuerno de África: la regionalización del conflicto sudanés

El Louvre Abu Dabi, en el corazón del «soft power» de los Emiratos Árabes Unidos (1/2)

El Louvre Abu Dhabi es un museo de arte universal ubicado en la isla de Saadiyat, cuyo nombre significa “isla de la felicidad”, y que aspira a convertirse en el nuevo polo cultural de los Emiratos Árabes Unidos. Con exposiciones temporales coorganizadas junto a grandes museos franceses y un relato de vocación “universal”, el museo contribuye al poder blando del país y a redefinir el lugar del mundo árabe en los circuitos internacionales del arte y el patrimonio. Orígenes El Louvre Abu Dhabi es fruto de un acuerdo intergubernamental sin precedentes entre Francia y los Emiratos Árabes Unidos, que otorga a este último el derecho de utilizar el nombre “Louvre” hasta 2047. Apodado poéticamente el “Louvre de las arenas”, el museo narra la historia de la humanidad a través de obras de distintas civilizaciones, desde la prehistoria hasta el arte contemporáneo. En un inicio, la idea de ceder el nombre del museo más famoso del mundo provocó una fuerte polémica en Francia. Fue necesario un largo proceso, y no menos de mil millones de euros, para convencer a los críticos más escépticos. A cambio de esta considerable suma, el acuerdo contempla el uso del nombre Louvre durante 30 años, el préstamo de obras de varios museos franceses, exposiciones temporales y cooperación en la gestión museística y la formación del personal. El museo abrió oficialmente al público el 11 de noviembre de 2017, tras una década de construcción, con alrededor de 600 obras expuestas en su inauguración. Diseño del museo El Louvre Abu Dhabi fue diseñado por Jean Nouvel, uno de los arquitectos más reconocidos de los últimos cincuenta años. En este proyecto, Nouvel recurrió al juego de sombras y luces para crear un espacio sereno y acogedor, anclado en la historia y la geografía de los Emiratos. El arquitecto se propuso no construir un museo europeo trasplantado a Abu Dhabi, sino uno profundamente arraigado en el contexto local, un museo que no tendría cabida en París, Londres o Nueva York. Inspirado en la arquitectura y las tradiciones emiratíes, Nouvel creó un entorno excepcional que cumple, al mismo tiempo, con las exigencias técnicas de un museo contemporáneo. Concebido como una ciudad-museo de unos 24 mil metros cuadrados, de los cuales 8 mil corresponden a salas de exposición, el conjunto da la impresión de flotar sobre el agua. El museo está compuesto por edificios bajos y blancos, característicos de la región, dispuestos a lo largo de senderos peatonales. Diseñado como una medina árabe accesible tanto por tierra como por mar, el complejo alberga también actividades diversas como kayak, proyecciones de cine y conferencias, además de las galerías de arte. La cúpula Una inmensa cúpula plateada de acero y aluminio, auténtica obra maestra arquitectónica, corona el conjunto de edificios. Pese a su apariencia ligera, la cúpula pesa aproximadamente 7 mil 500 toneladas, un peso comparable al de la Torre Eiffel, y tiene un diámetro de 180 metros. Inspirada en la cúpula tradicional árabe, esta estructura geométrica está compuesta por 7 mil 850 estrellas de distintos tamaños, distribuidas en ocho capas superpuestas. Estos patrones filtran la luz solar a través de sus perforaciones y permiten que los rayos se dispersen sobre el suelo en una hipnótica “lluvia de luz” que cambia a lo largo del día. La cúpula rinde homenaje a la naturaleza y a las palmeras datileras de Abu Dhabi. Al igual que las hojas de las palmas tamizan la luz del desierto, la estructura modera la luminosidad y la temperatura, creando un clima visual y térmico propio. Apoyada únicamente en cuatro soportes invisibles, la cúpula parece flotar sobre el agua. Un sistema natural de enfriamiento El mayor desafío técnico del Louvre Abu Dhabi es el clima. Mantener condiciones estrictas de luz y temperatura es fundamental para la conservación de obras de valor incalculable. Más allá de su belleza visual, la cúpula genera un microclima ambiental gracias a técnicas de diseño pasivo inspiradas en la arquitectura tradicional de la región. Sus perforaciones permiten el paso de la luz natural sin acumulación de calor ni corrientes de aire excesivas, mientras que los materiales utilizados en pisos y muros ayudan a conservar el aire fresco a lo largo del día. El museo incorpora además sistemas pasivos de ahorro de agua y energía, así como tecnologías avanzadas de climatización e iluminación. Tras recorrer la arquitectura del edificio, es momento de adentrarse en sus galerías. Próximo artículo: El Louvre de Abu Dhabi, un puente entre civilizaciones

¡Injerencia humanitaria en Teherán y legítima defensa en Caracas!

¿Quién no celebró el secuestro de Nicolás Maduro, el dictador que empujó al exilio a ocho millones de sus compatriotas, es decir, a una cuarta parte de la población de Venezuela? Pero ¿significa eso que la administración estadounidense actuó dentro del derecho al llevar a cabo este audaz operativo en las inmediaciones de Caracas? De acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas de 1945, que consagra la soberanía nacional y garantiza la paz entre las naciones, un país solo puede recurrir a la fuerza armada en dos casos: la legítima defensa y la adopción de una resolución del Consejo de Seguridad que lo autorice. Un país puede, sin embargo, intervenir en el territorio de otro para responder a la solicitud apremiante de su gobierno legítimo. ¿No fue acaso a petición del presidente Camille Chamoun que los marines estadounidenses desembarcaron en nuestras costas en 1958? La legítima defensa según el artículo 51 Otra interpretación la dio Bruno Retailleau, senador francés, quien avaló la operación del 3 de enero bajo el argumento de que el presidente venezolano se había vuelto cómplice de los narcotraficantes. A su juicio, la captura de Maduro y de su esposa por parte de Estados Unidos no fue sino una operación de legítima defensa conforme al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Esa tesis resulta difícil de sostener, pues el tráfico de estupefacientes no constituye, a los ojos de la jurisprudencia internacional, un acto de “agresión armada” que justifique la invocación de la legítima defensa. El líder de los Republicanos habría hecho mejor en apelar a una intervención humanitaria, como no dudaría en hacerlo un Donald Trump, horrorizado por la represión que impera en Irán. ¿Existe una obligación de intervenir para los Estados? La intervención humanitaria transgrede abiertamente los principios de soberanía e integridad territorial de un tercer país, como ocurrió en Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995 y en Kosovo en 1999. Allí se llevaron a cabo operaciones militares no a petición de un gobierno legítimo, como en el Líbano en 1958, sino contra ese mismo gobierno. Jean-Baptiste Vilmer define esta “guerra en nombre de la humanidad” como “el uso de la fuerza por parte de un Estado para poner fin a violaciones graves de los derechos humanos cometidas contra personas que no son nacionales del Estado que interviene y sin el consentimiento de las autoridades locales”. Los defensores de esta doctrina la justifican en nombre de la urgencia. Y Estados Unidos podría proceder de ese modo en Irán, amparándose en la denuncia que hizo el Consejo de Derechos Humanos de la ONU el pasado 23 de enero sobre la “represión sin precedentes” ejercida en el país de los ayatolás. En esa fecha, más de 5 mil muertos y 25 mil detenciones llevaron al alto comisionado Volker Türk a instar a Teherán a reconsiderar su postura y a poner fin a su “represión brutal, en particular a los juicios sumarios y a las penas desproporcionadas”. Desde entonces, el balance se ha agravado y se habla de más de 30 mil muertos. Un “golpe humanitario” en nombre de la libertad ¿Puede la magnitud de las violaciones a los derechos fundamentales justificar la injerencia humanitaria de la maquinaria de guerra estadounidense? En teoría, una intervención solo se impone frente a una violación masiva e ininterrumpida de los derechos humanos. Si no es así, ¿habría que abstenerse de actuar hasta que el horror alcance cierto umbral, por ejemplo, el de 50 mil víctimas? Es cierto que, si un “golpe humanitario” llegara a prestar apoyo a los manifestantes iraníes, estaría marcado por algunas transgresiones al Estado de derecho, transgresiones que juristas puntillosos no dudarían en denunciar. Pero, al fin y al cabo, se trata de liberación y no de sutilezas. No se concede el beneficio de la duda a quienes pisotean el derecho, como tampoco se concede libertad a los enemigos de la libertad.

Anatomía de una anomalía: ¿Revolución o sacudida?

La brutal represión perpetrada por los mulás y los pasdarán para neutralizar la valiente revolución de los ciudadanos iraníes lleva en sí misma los estigmas inherentes a toda dictadura. Más de 30.000 muertos, al menos 40.000 encarcelados cuyo destino aún se desconoce, un número incalculable de desaparecidos… Y las cifras no harán más que aumentar a medida que se desvele la macabra verdad. Muy pronto, el terror reemplazó la esperanza de un cambio tan esperado. El orden parece reinar de nuevo, pero ¿a qué precio y sobre todo hasta cuándo? En ausencia de una oposición unida, el régimen dictatorial, medieval y corrupto tiene las manos libres para incendiar y ensangrentar todo lo que se mueva. Metódicamente, viciosamente, salvajemente, sin escrúpulos. El único salvavidas al que se aferra la mayoría de los iraníes sigue siendo una posible intervención estadounidense, pero cuyas consecuencias nadie conoce a priori las consecuencias, tanto a nivel interno como regional. Ciertamente, el fuego sigue latente bajo las cenizas, pero el estallido solo se reanudará si el régimen, bajo los golpes de ariete yanqui, tambalea. Mientras tanto, diariamente se cuentan víctimas, pero el mundo sigue sin moverse. Ausencia de manifestaciones en las calles de las grandes capitales, no hay revueltas estudiantiles en los campus universitarios, pocas intervenciones contundentes de políticos en las cadenas de televisión internacionales. Solo reproches, condenas de boquilla, cambios de humor estériles. Sin embargo, no hace mucho, el mundo entero vibraba por Gaza, también víctima de una masacre sistemática. ¿Motivo para rascarse la barbilla y hacerse preguntas: doble rasero? ¿Existen represiones condenables a voz en grito y otras aceptables que no gozan de un rechazo universal? Pero pasemos al Líbano. Examinando con lupa la revolución iraní, preguntémonos si el término «thawra» se ajusta a los acontecimientos que sacudieron nuestro país en 2019. ¿Es realmente apropiado? ¿No es un tanto exagerado? ¿Desmesurado? ¿Incluso fuera de contexto? Indudablemente, el hartazgo de una población exasperada por un coste de vida insoportable, el inmensurable despilfarro del Estado, la flagrante ausencia de justicia, la corrupción rampante, la innegable falta de servicios a todos los niveles, la inseguridad prevaleciente, justificaban plenamente la negativa casi general a dejarse pisotear día tras día por un Estado fallido. Pero, examinando más de cerca esos días de octubre de 2019, ¿no se trató simplemente de un levantamiento, un sobresalto, una sacudida que resultaron sin consecuencias? Ciertamente, los altercados entre manifestantes y fuerzas del orden, pero sobre todo la salvajismo desenfrenado e impetuoso de la guardia pretoriana de Berri, causaron numerosos heridos, algunos de ellos muy graves. Pero, a diferencia de la hecatombe iraní, la sangre no corrió a raudales. No se lamentaron muertos, ni destrucciones masivas, ni desapariciones o condenas intempestivas. En resumen, un sobresalto que cada noche se transformaba en una verbena popular y musical, y no tardó en desinflarse. Entonces, tenemos derecho a preguntarnos por qué la disidencia libanesa fracasó y se descarriló. Para remediarlo, me vienen a la mente una plétora de preguntas. ¿La existencia de nuestros Leviatanes locales se basa en nuestro consentimiento a ser dominados por ellos? ¿Estamos, en su mayoría, destinados a permanecer como víctimas de una mafia piramidal que maneja a su antojo el clima político y económico? ¿Sufrimos el síndrome de Estocolmo? Por más que avancemos todos los pretextos para explicar el fracaso de 2019 y así tranquilizar nuestra conciencia invocando invariablemente el nepotismo, el clientelismo, el confesionalismo, la ausencia de la noción de ciudadanía, el individualismo, la afiliación partidista y comunitaria, la inexistencia de una novela nacional, el armamento miliciano ilegal, la ausencia de un objetivo claro, la inexistencia de un mando unido, etc., en mi opinión, faltaba un ingrediente esencial para derrocar la tiranía de una minoría y lograr el cambio al que aspira toda sociedad civilizada. La respuesta quizás nos la proporciona La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria , escrito entre 1546 y 1548. «Sed libres al no servir más, y he aquí que sois libres». Una frase de lucidez implacable. Según el autor, la tiranía es posible porque el pueblo consiente una servidumbre cuya razón de ser no reside en una falta de coraje, sino en una ausencia de VOLUNTAD. Este severo alegato, que sigue siendo de actualidad en el Líbano, tiene algo que interpelarnos. Para defender nuestra libertad, basta con no servir más a esta minoría. Al dejar de obedecerla, pierde su poder. Ciertamente, como no se hace una tortilla sin romper huevos, los riesgos de violencia no deben descartarse. Tuvimos muy pocos problemas hace seis años, pero debe considerarse una reincidencia más severa y sangrienta si la voluntad popular decide tomar las riendas de su destino. A los cínicos que se burlarían de tales palabras, respondería con un ejemplo. Tenemos la oportunidad de federar a la mayoría del pueblo en torno a una causa común, querida por todos, que trasciende la afiliación religiosa y política. Me refiero aquí al escándalo financiero que ha despojado a la mayoría de los ahorradores, de todas las categorías. En cualquier otro país que se respete, la calle habría reaccionado de forma radical si el Estado no hubiera resuelto el asunto con prontitud. Lo que está lejos de ser nuestro caso. En el Parlamento, verdadero palacio de la Vergüenza, nos duermen con promesas rimbombantes desde hace seis años. En el gobierno, nos presentan propuestas humillantes e injustas que desprecian nuestra autoestima y nuestra inteligencia. Si existe una verdadera voluntad popular y nacional de cambiar la situación, entonces podríamos hablar de una revolución que, esta vez, ya no debería ser afectada, amenazada o sofocada por Hezbolá y otras milicias que ya han perdido su aura y poder de daño. A pesar de los peligros incurridos, y armados por su sola voluntad, los iraníes que ya no tienen nada que perder se han comprometido valientemente en la vía revolucionaria, mereciendo así nuestra consideración y respeto. Ciertamente, fueron momentáneamente silenciados, pero es solo un aplazamiento. Toda dictadura, por feroz que sea, está de antemano condenada a desaparecer en el basurero de la Historia. En Líbano, desde 2019 perdimos la oportunidad, y todavía no hemos salido del atolladero. Pero, nunca es demasiado tarde para hacer las cosas bien.

Muerte programada del Tercer poder
Por
Jawad Pakradouni
Publicado

Un pasillo oscuro, el olor a humedad que emana de él, un ascensor averiado o sin corriente, escaleras sucias, luego otro pasillo sombrío, lleno de vasos de café con los posos salpicados por el suelo, botellas de agua vacías, colillas aplastadas... Allí, en una oficina sumida en la oscuridad, una silla tambaleante espera a su ocupante, que se sienta en ella esperando a que el generador se digne iluminar el lugar. Luego la luz se hizo y revela la decrepitud. Este no es el escenario de una película post-apocalíptica, sino el del Palacio de Justicia de la ciudad que el poeta Nonnos de Panópolis bautizó, en el siglo V, como garante del orden y madre de las leyes: Berytus Nutrix Legum. A dos kilómetros de un palacio presidencial mantenido con un cuidado notable (aunque en las últimas décadas ha tenido más periodos de vacaciones que de ocupación) se alza otro Palacio de Justicia, la pesadilla de todos los juristas: el de Baabda, junto al cual el palacio de la capital parece un Versalles. Todas las sociedades modernas se asientan sobre un pilar fundamental: la Justicia. El orden no es la ausencia de caos, sino la presencia de una justicia eficiente, de un verdadero tercer poder que funciona. Sin embargo, en nuestro país, los dos primeros poderes prevalecen sobre el tercero. Peor aún, lo debilitan a sabiendas, con premeditación. ¿La prueba? El proyecto de presupuesto de 2026. Si en algunos países los delincuentes asesinan a los jueces con coches bomba o mediante emboscadas, en Líbano el arma del crimen es económica, legislativa y ejecutiva a la vez. El presupuesto de 2026 asigna 3,37 millones de dólares a la caja mutua de los jueces, que cuenta con novecientos magistrados, de los cuales trescientos están jubilados, frente a los 11,235 millones para la de los parlamentarios. Para la compra de equipos y material de oficina, se prevén 90.000 dólares para la Justicia, frente a 382.000 para el Ejecutivo y 203.000 para el Parlamento. En cuanto a los gastos de mantenimiento, el Parlamento obtiene 2,34 millones de dólares, el Consejo de Ministros y la Presidencia 2,05 millones… y la Justicia, apenas 200.000 dólares. No hay error alguno. Cabe recordar que, a diferencia del Parlamento, el Consejo de Ministros y el Palacio Presidencial, que cuentan cada uno con una o dos infraestructuras, la Justicia se ejerce en Líbano a través de seis Palacios principales y una treintena de locales que albergan tribunales. Por lo tanto, no es de extrañar que los edificios en los que se supone que se imparte justicia se encuentren en un estado de deterioro avanzado. Doscientos mil dólares al año para mantenimiento: ese es el precio de un coche que algunos parlamentarios se permiten, tanto más fácilmente cuanto que, durante su mandato, se benefician de descuentos fiscales en los aranceles aduaneros. Sin embargo, se pide a los jueces que digan el derecho y hagan respetar la ley, una ley a menudo redactada de manera despreocupada, torpe, incluso errónea por los diputados, que a veces proceden a una mezcla de legislaciones extranjeras, a un simple «copiar y pegar» de normas inadaptadas a nuestra sociedad. Y luego es al juez a quien le corresponde encontrar el equilibrio y la correcta aplicación… El Estado no se contenta con privar a los jueces de medios legislativos coherentes: también les priva de medios financieros. El salario medio de un juez es de unos dos mil dólares, frente a tres mil para un parlamentario. Pero la diferencia está en otro lugar: al jubilarse, el juez depende de una caja mutual exangüe, incapaz de cubrir sus necesidades esenciales. El diputado, por su parte, percibe de por vida entre el 50% y el 75% de su salario, disfruta de cobertura médica gratuita y, a su fallecimiento, su cónyuge hereda estas ventajas. Un magistrado es ante todo un ser humano que, por vocación, ejerce una sola función. Por el contrario, los parlamentarios y ministros suelen tener una actividad profesional paralela. Pedir a un juez que cumpla su misión en condiciones tan degradantes (locales insalubres, falta de material, etc.), sin contar las presiones políticas, y a veces incluso las amenazas personales, es simplemente inhumano. Temis, diosa de la Justicia, lleva una larga túnica blanca, tiene los ojos vendados y sostiene la balanza en su mano izquierda, la espada en la derecha. La Temis libanesa no solo tiene los ojos vendados, sino que también tiene los brazos atados y la boca amordazada. En Líbano, la justicia no se suprime: simplemente se la deja sin luz, sin presupuesto y sin dignidad, hasta que deje de existir por sí misma. Es más discreto, más limpio y, sobre todo, más económico políticamente. Una sentencia de muerte administrativa, decidida y votada a mano alzada por quienes, irónicamente, gozan de inmunidad judicial….