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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Irán y su guerra indirecta en Sudán (3/4)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

La guerra en Sudán, activa desde 2023, ha provocado decenas de miles de muertes y millones de desplazados, con un costo humano particularmente devastador en Darfur, donde la violencia masiva, los asedios y los desplazamientos forzados ya son descritos como de carácter genocida por actores internacionales. Resulta necesario analizar de forma específica el papel de Irán en el conflicto sudanés, aunque este no se manifieste bajo las formas clásicas de un padrino identificado, un respaldo político explícito o una alianza declarada. Su intervención es más difusa, más indirecta, pero, en muchos sentidos, más estructurante. Teherán no es un actor central del escenario sudanés; funciona más bien como un amplificador estratégico, integrando el conflicto en una arquitectura regional más amplia, dominada por el mar Rojo y por las nuevas formas de la guerra asimétrica. Desde hace varios años, la estrategia iraní se apoya en un principio constante: ampliar su profundidad estratégica sin exponerse de forma frontal. Esta lógica ya se probó en el Líbano con Hezbolá, en Siria a través del régimen alauita, en Irak mediante las milicias chiíes y en Yemen gracias a las ambiciones hutíes. Se basa, por tanto, en redes, intermediarios locales y transferencias de capacidades más que en despliegues visibles. Sudán, durante mucho tiempo periférico en la cartografía estratégica iraní, va recuperando progresivamente una función dentro de este entramado. Este regreso se explica, en primer lugar, por la creciente centralidad del mar Rojo. Desde el estallido de la guerra en Gaza y el ascenso de los hutíes en Yemen, el mar Rojo se ha convertido en un espacio de confrontación indirecta entre el eje iraní y las potencias occidentales, así como en un punto de fricción mayor con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Los ataques contra la navegación comercial, las amenazas sobre las rutas energéticas, los bombardeos con drones y misiles han transformado este espacio marítimo en una prolongación directa de los conflictos de Medio Oriente. En este contexto, Sudán aparece más como un espacio de profundidad estratégica que como un frente de combate. Su litoral, sus puertos y sus zonas grises de seguridad ofrecen un trasfondo funcional, sin necesidad de una implicación política explícita. Irán no necesita controlar Sudán, ni siquiera contar con un aliado oficial en el país. Le basta con que el Estado permanezca inestable, fragmentado e incapaz de asegurar de forma duradera sus costas y sus infraestructuras. Desde 2024 se han multiplicado los indicios de un acercamiento táctico entre Teherán y el ejército sudanés. Las acusaciones de entregas de drones iraníes a las Fuerzas Armadas de Sudán, aunque sistemáticamente desmentidas, se inscriben en una lógica ya observada en otros escenarios: la transferencia de capacidades más que la presencia directa. Los drones, por su bajo costo, su flexibilidad y su impacto psicológico, constituyen la herramienta ideal de esta estrategia. Permiten compensar debilidades estructurales sin alterar el equilibrio político interno. Sin embargo, sería reduccionista interpretar la implicación iraní como un simple apoyo militar puntual al ejército sudanés. Irán no busca salvar al Estado sudanés ni se inscribe en una lógica de estabilización. Lo que le interesa es la desorganización controlada de un espacio marítimo estratégico, que obliga a sus adversarios a dispersar recursos y a multiplicar los frentes de atención. Es una estrategia de subversión que, por lo demás, se ha convertido en una marca distintiva de Teherán en buena parte de Medio Oriente. Desde esta perspectiva, la guerra en Sudán funciona como un conflicto de saturación. No es un objetivo en sí mismo, sino un elemento dentro de un paisaje conflictivo ampliado, donde cada crisis periférica debilita la capacidad de respuesta global de las potencias occidentales y de sus aliados regionales. Sudán, al igual que Somalia o Yemen, se convierte en un espacio donde la conflictividad resulta tolerable precisamente porque está alejada de los centros de decisión. Esta estrategia encuentra un eco particular en la transformación contemporánea de la guerra. Los drones, los ataques a distancia y las redes logísticas transfronterizas permiten conducir conflictos de baja intensidad política, pero de altísima intensidad humana. Así, los ataques contra Port Sudan y los bombardeos selectivos sobre infraestructuras sensibles demuestran que incluso las zonas supuestamente seguras siguen siendo vulnerables. Y esa vulnerabilidad es, en sí misma, un mensaje estratégico. Para Arabia Saudita, esta evolución es especialmente preocupante, en la medida en que la seguridad del mar Rojo constituye un pilar de sus ambiciones económicas, turísticas y geopolíticas. Cualquier inestabilidad prolongada en la ribera africana debilita esa proyección. Irán no necesita desafiar directamente a Riad; le basta con contribuir a un entorno donde la estabilización sea costosa, incierta y políticamente riesgosa. Para los Emiratos Árabes Unidos, la situación es más ambivalente. Su aproximación indirecta a Sudán, basada en redes y actores no estatales, a veces entra en resonancia con la lógica iraní, sin que exista coordinación alguna. No se trata de una alianza, sino de una convergencia objetiva de métodos: privilegiar la flexibilidad, evitar la exposición directa y aceptar la inestabilidad como un parámetro duradero. Irán también se beneficia del debilitamiento del marco normativo internacional. En un sistema donde la calificación de genocidio, las sanciones y las condenas ya no producen rupturas estratégicas, los márgenes de maniobra se amplían. La guerra sudanesa se convierte así en un ejemplo más de la normalización de la violencia extrema en la periferia, que beneficia de manera objetiva a los actores interesados en deslegitimar el orden internacional liberal. Finalmente, es clave subrayar un punto esencial: Irán no tiene ningún interés en una victoria rápida de ninguno de los bandos sudaneses. Una victoria clara del ejército, respaldado por Riad y El Cairo, fortalecería un eje hostil. Una dominación total de las RSF, apoyada en redes emiratíes, produciría otro tipo de consolidación regional. El interés iraní reside en la zona intermedia, en la prolongación de un conflicto que impide cualquier recomposición estable. Jugar con las contradicciones de los demás garantiza, por defecto, una victoria para Teherán. Así, el papel iraní en la guerra sudanesa no se mide en kilómetros cuadrados conquistados ni en declaraciones oficiales. Se lee en la duración del conflicto, en su capacidad de inscribirse en un continuo regional de crisis y en la forma en que contribuye a transformar el mar Rojo en un espacio de tensión permanente. Sudán, en esta lectura, no es ni un aliado ni un enemigo. Es solo un vector; un espacio donde la guerra, despojada de toda finalidad política, se convierte en un instrumento más de la rivalidad estratégica global. El cinismo de la realpolitik llevado al extremo. Leer también sobre el mismo tema: Colapso de Sudán: la guerra por la guerra (1/4) Mar Rojo, Golfo y Cuerno de África: la regionalización del conflicto sudanés (2/4) Próximo artículo: Guerra en Sudán: escenarios, falsos acuerdos y callejones estratégicos sin salida (4/4)

La respuesta de Haykal al senador Graham: todo es relativo

Los estadounidenses son conocidos por ser directos, sobre todo en el tipo de preguntas que formulan a sus interlocutores, esperando respuestas automáticas, maniqueas: sí o no, blanco o negro. Kash Patel, director del FBI, durante su audiencia ante el Senado, fue presionado repetidamente por el senador Eric Swalwell con la misma pregunta: “¿Informó al fiscal general sobre la mención del nombre de Donald Trump en el expediente Epstein, sí o no?”. Una pregunta a la que Patel no dio la respuesta categórica que se esperaba. Si bien la respuesta a esa pregunta es simple, porque se trata de un hecho verificable, la que el senador Lindsey Graham formuló en Washington al comandante en jefe del Ejército, el general Rodolphe Haykal, es, en cambio, mucho más compleja, ya que se trata de una opinión, incluso de una posición política. “¿Considera usted a Hezbolá como una organización terrorista?” es, por excelencia, la pregunta a la que el jefe del Ejército no podía responder con una simple afirmación o negación. Su réplica, “No, en el contexto libanés”, no fue hábil, pero tampoco fue falsa. Pudo haber dicho que, mientras el gobierno libanés no haya prohibido oficialmente a esa organización, no está en condiciones de pronunciarse sobre el tema, siendo él mismo un militar que ejecuta las instrucciones del poder político. Sin embargo, y aun a riesgo de que lo que sigue resulte chocante, Hezbolá no es (todavía) considerado en el Líbano como una organización fuera de la ley, más aún cuando está representado dentro del propio gobierno y del Parlamento. A diferencia del IRA (Ejército Republicano Irlandés), que separó su rama paramilitar de su rama política (el Sinn Féin) y que, gracias a líderes como Gerry Adams, logró que el ala política se impusiera sobre la milicia. En Hezbolá ocurre lo contrario: la rama militar domina a la política y, en general, al conjunto del sistema libanés. Los diputados de Hezbolá posan con vestimenta miliciana y defienden todas sus posturas, así como el inicio de guerras y hostilidades que han devastado al país. Lo más lamentable es que otras facciones políticas, por oportunismo o, peor aún, por convicción, defienden a Hezbolá, que durante sus “treinta gloriosos” (de 1994 a 2024) logró extender su red por toda la administración libanesa, incluido el Ejército. Es innegable que, desde el 27 de septiembre de 2024, el declive de la milicia ha comenzado. Sin embargo, pretender que los subordinados cambien de postura de un día para otro es utópico. El episodio de la iluminación de la gruta de Raouché es el ejemplo más evidente. Hay que darle tiempo al tiempo, como escribió Cervantes, aunque nuestras instituciones políticas y militares muestren un cierto quijotismo al evitar ver “el elefante en la habitación” y al atacar otros problemas que nunca se resolverán realmente mientras Hezbolá no haya sido definitivamente desmilitarizado. Pero el tiempo apremia y no tenemos el lujo de esperar. Por ello, la respuesta de Rodolphe Haykal no es errónea: todo es relativo, todo depende de la percepción. En el momento en que se le formuló la pregunta, Hezbolá no es una organización terrorista a los ojos del Estado. De lo contrario, eso significaría que los ministros Chéhadé, Issa el Khoury, Nassar, Raggi y Saddi, así como todos los diputados soberanistas, conviven y dialogan con criminales y, en cierto sentido, lo serían ellos mismos. Siempre se podrá decir en su defensa que Judas tenía amigos irreprochables, pero no deja de ser una visión simplista de la situación. En consecuencia, y con toda objetividad, el hecho de que el general Haykal haya dado una respuesta que no coincide necesariamente con las aspiraciones de la mayoría de los libaneses no es particularmente reprochable. Lo lamentable es que el sector lobotomizado de Hezbolá, sus cancerberos y otros afectados por el síndrome de Mar Mikhaël, más poderoso que el de Estocolmo y que acaba de cumplir veinte años, ya han utilizado y abusado, de manera “epsteiniana”, de las palabras del general Haykal para resucitar el tríptico “Ejército, pueblo y resistencia”, un verdadero triolismo que el país y toda su población han padecido durante décadas. Solo queda esperar que el presidente no le conceda, a su regreso, una nueva condecoración a Rodolphe Haykal, sobre todo cuando la anterior (tras el episodio de Raouché) fue la más alta distinción. A menos que se cree una nueva categoría: la del mérito relativo, una medalla por servicios prestados a la confusión nacional, otorgada con honores por un Estado que prefiere condecorar sus contradicciones antes que enfrentar su realidad.

Cuidado con la banalización de las masacres en Irán

El Secretario de Estado Marco Rubio puso el dedo en la llaga, sin andarse con rodeos. Mostrándose para la ocasión paradójicamente poco «diplomático», hizo gala de una magnífica franqueza al resumir en pocas palabras, en una pequeña frase lacónica, el fundamento de la crisis iraní desde el ángulo de las tensas relaciones entre Washington y la República Islámica. «El liderazgo en Irán no es en absoluto un reflejo de la población iraní (…). No estoy seguro de que podamos llegar a un acuerdo con esa gente»…  Declaraciones que coinciden con las realizadas en el mismo tono por el ex ministro francés de Asuntos Exteriores y Defensa, Jean-Yves Le Drian, quien conoce bien los centros de poder en Teherán por haber tratado con ellos. «Son muy hábiles en el arte de engañar (…), subrayó en una entrevista televisiva. Su única preocupación es ganar tiempo y (asegurar) la perennidad del régimen». Todo está dicho… Pero, no obstante, parece vital, más particularmente en el contexto actual, tener constantemente en mente la dimensión ideológica, las bases profundamente (y peligrosamente) teocráticas del régimen de los mulás, especialmente del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (los Pasdaran). Es siendo plenamente consciente de esta dimensión doctrinaria, en todos los aspectos oscurantista, que se hace posible percibir hasta qué punto las «conversaciones» estadounidense-iraníes previstas para este viernes 6 de febrero, en Omán, corren el riesgo de no ser más que una vasta superchería… O, peor aún, un grave error estratégico e histórico, e incluso moral. Después de las masacres a gran escala perpetradas en el espacio de pocos días por los aparatos de seguridad del régimen de los mulás, solo se podrá estigmatizar cualquier «acuerdo» que se concluya en Omán y que sea sumamente políticamente amoral . Representaría, de hecho, una rehabilitación vergonzosa, una reafirmación de la supuesta legitimidad de un poder que ha matado a sangre fría, en 48 horas (el 8 y 9 de enero), no menos de 30.000 jóvenes y adolescentes en la flor de la vida (muchos más, incluso, según diversas fuentes), algunos de los cuales fueron ahorcados de una grúa, otros liquidados a quemarropa en su cama de hospital después de haber sido heridos por disparos de bala real, y otros más fríamente envenenados con mercurio… Sin contar las detenciones de médicos acusados de haber tratado a manifestantes (!), y los estudiantes secuestrados en pleno campus universitario. Banalizar, bajo el pretexto de una cínica realpolitik , las inmundas atrocidades de las que se ha hecho culpable el régimen de los mulás, con total impunidad, tendría indiscutiblemente como efecto –si tal postura complaciente se confirma– arrojar un fuerte descrédito sobre aquellos que se erigen en abanderados de los valores democráticos en el mundo y que ya son calificados, amargamente, de «cobardes» por muchos iraníes. Paralelamente a esta vertiente moral, una rehabilitación del poder en funciones a través de un supuesto acuerdo, incluso global, no dejará de reforzar y envalentonar al ala radical de los Pasdaran, con todas las consecuencias políticas desestabilizadoras (a nivel regional) y destructivas (a nivel de seguridad) que acarrearía un acuerdo manifiestamente engañoso… Nadie ignora, a este respecto, que los líderes de la República Islámica han erigido la mentira y la takiya (la disimulación de los verdaderos designios políticos) en un sistema de gobernanza basado en una ideología teocrática, la cual impone, debido a su carácter divino, asegurar la perennidad del poder por todos los medios posibles. Desde esta perspectiva, la violencia ciega, las matanzas masivas, los baños de sangre, la represión salvaje, las torturas, las condenas a muerte, las ejecuciones sumarias se vuelven «legítimas» e incluso constituyen un deber religioso. El engaño y la takiya, combinados con el poder político absoluto atribuido al Guía Supremo (el walih el-faqih ), el imán Jamenei, en su calidad de representante divino del desaparecido imán el-Mahdi, explican que el régimen de los mulás finge, sin cesar, discutir el expediente nuclear con la comunidad internacional, y más particularmente con las potencias occidentales. ¡Salvo que estas negociaciones duran desde hace casi… 25 años! Y, cuando se llega a un acuerdo, Teherán no tiene ningún escrúpulo en no respetar descaradamente sus compromisos. En cada fase difícil que atraviesa la República Islámica, el Guía Supremo da la impresión, engañosa, de que desea «dialogar»; sin embargo, el objetivo real buscado es ganar tiempo, a la espera de un cambio de poder en un país decisorio o de una evolución hacia una coyuntura más favorable que permita relanzar con mayor ímpetu la política hegemónica y expansionista iniciada, desde 1979, por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria. Hace un año, casi día por día, el 9 de febrero de 2025, el presidente Donald Trump declaraba que esperaba que Irán modificara su línea de conducta, subrayando que deseaba llegar a un acuerdo con Teherán en lugar de emprender la vía militar. Eso fue hace un año… Conocemos el desenlace. La reunión en Omán se celebra hoy mientras el régimen de los mulás no ha modificado ni un ápice, desde… 1979, su línea de conducta antioccidental y fundamentalmente antiamericana exhibida sin descanso durante 47 años, como ilustra, por cierto, la reciente gesticulación mediática de los diputados iraníes que, disfrazados de milicianos de los Pasdaran, coreaban a coro hace unos días, en pleno Parlamento, «¡Muerte a América!», mientras quemaban alegremente una bandera estadounidense…

Saif al-Islam Gadafi: anatomía de una traición
Por
Khairallah Khairallah
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Una sola pregunta se impone a quien intente desentrañar el enigma del asesinato de Saif al-Islam, el más conocido de los hijos de Muamar el Gadafi, personaje de ideas y comportamientos singulares, heredero presunto de un hombre que gobernó Libia entre 1969 y 2011. La pregunta es simple pero decisiva: ¿quién levantó la protección de Saif al-Islam, cuando vivía en una casa en Zintan bajo una vigilancia estricta proporcionada por fuerzas locales? Una cosa es segura: Saif al-Islam fue traicionado. Una traición que permitió a un grupo armado penetrar en el lugar donde residía, con el objetivo explícito de asesinarlo. Los observadores conocedores del expediente libio coinciden ampliamente en descartar la hipótesis de que fuerzas locales, actuando solas, estuvieran detrás de la operación dirigida contra Saif al-Islam. Este había desempeñado un papel tanto en el ámbito interno como en el externo y se había preparado para suceder a su padre —o al menos así lo creía—. No existen en Libia fuerzas locales capaces, por sí solas, de llevar a cabo una operación de esta naturaleza, que exige un grado tan elevado de coordinación y profesionalismo. Lo que estaba en juego, en realidad, era el ajuste de cuentas con cualquier fuerza interna o externa susceptible de apoyar al hijo de Muamar el Gadafi y ayudarle a alcanzar algún día la presidencia. Conviene recordar, en este sentido, que las elecciones presidenciales previstas para 2021 fueron anuladas en cuanto las encuestas revelaron que la victoria de Saif al-Islam constituía una posibilidad seria. En los últimos meses, la irrupción de nuevos actores en el escenario libio, como Pakistán y la India, no ha pasado desapercibida. Ello no debe interpretarse como prueba de un papel pakistaní o indio en el asesinato de Saif al-Islam, sino como signo de la ampliación del conflicto y de las rivalidades en torno a Libia. El país sigue desgarrado por profundas líneas de fractura entre el Este y el Oeste. En el Este, las fuerzas de Jalifa Haftar y de sus tres hijos —Saddam, Khaled y Belkacem— ejercen su dominio. En el Oeste, el poder es ejercido, dentro de ciertos límites, por el gobierno de Abdelhamid Dbeibah, quien, al igual que Haftar, ha comenzado a apoyarse en sus propios hijos. Sin embargo, el acontecimiento más significativo ocurrido en Libia hace aproximadamente dos meses fue la muerte del jefe del Estado Mayor libio, Mohamed Haddad, mientras se encontraba en Ankara al frente de una delegación militar. Su avión privado, un Falcon antiguo, se estrelló poco después del despegue. Las circunstancias del accidente siguen siendo oscuras. El aparato transportaba a uno de los más altos responsables militares libios, cuya coordinación exacta con Turquía sigue siendo desconocida, pese a las estrechas relaciones de Ankara con el gobierno de Dbeibah por un lado y con los movimientos islamistas libios por otro. Lo esencial hoy es que un actor de primer orden ha salido de la escena libia por razones a la vez internas y externas. Ello no significa, sin embargo, que Saif al-Islam fuera un político excepcional. Fue ante todo una figura que conocía el mundo e intentó, en un momento determinado, desempeñar un papel, pese a la oposición de su padre, quien le impidió ir demasiado lejos en las relaciones que había establecido con países occidentales y con ciertos círculos estadounidenses. En realidad, Saif no disponía de los medios necesarios para aplicar las reformas que ambicionaba. Su capacidad para controlar los fondos del Estado libio siempre fue limitada. Muamar el Gadafi, plenamente consciente de que el dinero constituía una de las principales fuentes de su poder, conservó un control total sobre los recursos del país. Nunca aceptó compartir la autoridad absoluta, ni siquiera con uno de sus hijos. Desde esta perspectiva, Saif siguió siendo un actor secundario mientras su padre estuvo vivo, pese a la imagen que cultivaba de reformista y de encarnación de un posible futuro para una Libia que Muamar el Gadafi había logrado convertir en un Estado paria. El fracaso del canal de televisión por satélite que Saif lanzó en Libia ofrece una ilustración reveladora de esta realidad. Los empleados de dicho canal sufrieron duramente cuando los fondos que le estaban destinados fueron interrumpidos de forma abrupta, a pesar de que Saif supervisaba personalmente el proyecto. Saif al-Islam no fue marginado únicamente fuera de Libia durante los años del régimen de su padre y de lo que se denominaba la “Yamahiriya”; también lo fue en el interior, donde los centros de poder estaban directamente controlados por Muamar el Gadafi. Abdullah Senussi constituía uno de esos polos de poder, al igual que algunos de los hermanos de Saif, en particular Moatassem y Khamis. Otras figuras cercanas al padre cumplían misiones específicas a su servicio. Contrariamente a una creencia extendida, no fue Saif quien negoció el acuerdo por el cual Libia renunció a sus armas de destrucción masiva. Dicho acuerdo fue concluido por George Tenet, entonces director de la CIA, quien estableció un canal directo con Moussa Koussa, jefe de los servicios de inteligencia libios. Fue Muamar el Gadafi quien ordenó personalmente el abandono de esas armas tras comprender, a la luz de los intercambios entre Tenet y Moussa Koussa, la inutilidad de cualquier intento de eludir la estricta vigilancia estadounidense. Tras la muerte de su padre Muamar y de la mayoría de sus hermanos, Saif quedó como el único superviviente de la familia. Supo adaptarse a la fase posterior a la caída del régimen. El caos que se apoderó de Libia alimentó sus ambiciones —un caos persistente desde el fin de la “Yamahiriya”, resultado tanto de una auténtica revolución popular como de la intervención de la OTAN, que persiguió a Gadafi hasta su eliminación física. Solo el tiempo permitirá identificar a quienes asesinaron a Saif al-Gadafi. Los próximos días revelarán si el islam político en Libia y sus redes, que cuentan con apoyo externo, desempeñaron un papel en la eliminación de una figura capaz de colmar el vacío político del que el país sufre desde hace más de catorce años. En definitiva, Saif al-Gadafi, que en un momento dado intentó publicar un libro con su nombre, sostenía ideas políticas en gran medida ingenuas. Sin embargo, rechazó siempre entrar en el juego del islam político y permaneció, al igual que su padre, profundamente hostil a la ideología de los Hermanos Musulmanes y a todas las organizaciones surgidas de la matriz intelectual de Hassan al-Banna y de sus compañeros.

¿Ha comenzado ya el declive secular de los Estados Unidos? (1/2)

Tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como superpotencia y dio forma al rumbo del mundo occidental. Su vasto aparato industrial fue clave para asegurar la derrota militar del fascismo. En la primera parte de este análisis examinamos cómo Washington estableció su modelo, no solo mediante el poder militar, sino también a través de la creación de un nuevo orden económico, financiero e institucional a escala global. En una segunda parte, que se publicará próximamente, abordaremos los riesgos que hoy enfrenta Estados Unidos. Muchos economistas y analistas sostienen que el país ha entrado en las primeras etapas de un declive secular. Como planteó el economista ruso Nikolái Kondrátiev en la década de 1930, la historia global se desarrolla a través de largos ciclos económicos y geopolíticos. Estas etapas, que suelen durar entre 60 y 80 años, están dominadas por una potencia líder y acompañadas por grandes revoluciones tecnológicas y transferencias del liderazgo mundial. Desde China alrededor del año 900, pasando por las ciudades estado italianas del Renacimiento, hasta el Imperio británico bajo Isabel I, los sucesivos ciclos de predominio económico mundial han seguido este patrón. La era del liderazgo global estadounidense comenzó, en términos generales, después de la Segunda Guerra Mundial. Lo que presenciamos hoy, tanto dentro como fuera del país, podría ser una señal temprana de que ese liderazgo empieza a deshilacharse en la próxima década. El ascenso de Estados Unidos, de “mercado emergente” a “superpotencia” Antes de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos aún no era el centro indiscutido del poder global. En muchos sentidos se parecía a una economía emergente, impulsada por una nueva fuente de energía, el petróleo, y por innovaciones transformadoras como el automóvil y el teléfono. Era una tierra de oportunidades, impulsada por un espíritu empresarial más libre que el del entonces dominante Imperio británico y el de las democracias europeas ya consolidadas. El modelo estadounidense combinaba una mentalidad de “sí se puede”, una rápida expansión industrial, altas tasas de crecimiento, dinamismo especulativo y una postura de inversión típicamente arriesgada, propia de los mercados emergentes. Como muestra la historia de manera recurrente, los excesos de las economías emergentes suelen contener las semillas de sus propias crisis. Esa trayectoria culminó en el colapso de 1929 y la Gran Depresión de los años treinta. En ese momento, la concentración real de capital y el peso geopolítico aún residían en Europa. El Reino Unido seguía siendo el ancla del orden global y la libra esterlina la moneda del comercio y las finanzas internacionales. Segunda Guerra Mundial: la gran transferencia de poder La Segunda Guerra Mundial lo cambió todo. Europa quedó devastada. Asia, arrasada. Decenas de millones murieron. Naciones enteras, entre ellas Alemania y Japón, quedaron destruidas física, industrial e institucionalmente. El propio Imperio británico salió gravemente debilitado y el equilibrio de poder se desplazó de manera irreversible. El aislacionismo inicial de Estados Unidos, sumado a su extraordinaria capacidad industrial y a su protección geográfica, le permitió convertirse en el arsenal del mundo aliado. Proveyó desde granos hasta cañones, desde municiones hasta barcos y aeronaves. El punto de inflexión llegó el 7 de diciembre de 1941, cuando Japón atacó Pearl Harbor. Estados Unidos entró en la guerra, primero en el Pacífico y luego en Europa. Las victorias aliadas del 8 de mayo de 1945 en Europa y del 2 de septiembre de 1945 en Asia no solo pusieron fin al conflicto. Impulsaron a Estados Unidos al papel de potencia global dominante, en reemplazo de un Imperio británico en declive. El orden de posguerra: Estados Unidos construye el sistema del que dependerá El economista británico John Maynard Keynes dirigiéndose a la conferencia de Bretton Woods, en julio de 1944, que fundó el sistema financiero mundial con la creación del FMI y el Banco Mundial. (Staff/FMI/AFP) A través del Plan Marshall en Europa y de una década de supervisión en Japón, Washington se posicionó como proveedor de capital, arquitecto de la reconstrucción y modelo de referencia de la modernidad occidental, el capitalismo y la gobernanza. Pero el acto más decisivo de Estados Unidos no fue solo reconstruir economías. Fue reconstruir las reglas. Washington edificó un orden internacional basado en el multilateralismo, el Estado de derecho y una arquitectura institucional diseñada para promover la paz, la seguridad y la cooperación económica. Estados Unidos desempeñó un papel central en la creación de las instituciones que definieron el mundo de posguerra: la ONU; el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; la OTAN; y marcos regionales como la Organización de Estados Americanos. Con el tiempo, esta arquitectura se amplió para incluir organismos como la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, el G7 y el G20. Esta arquitectura no era simbolismo moral. Era infraestructura estratégica, y se convirtió en el andamiaje del poder estadounidense. La caída del comunismo consolida el liderazgo mundial de Estados Unidos El colapso de las economías comunistas de planificación central reforzó aún más la dominación estadounidense. La apertura de China en 1978 y la caída del bloque soviético en 1989 parecieron confirmar el triunfo del modelo estadounidense. Francis Fukuyama capturó ese momento en El fin de la historia y el último hombre , al describirlo como la forma final de organización política y económica. El presidente de EE. UU. Ronald Reagan y el líder soviético Mijaíl Gorbachov durante una reunión en 1985. (Ann Ronan Picture Library/Photo12 via AFP) Durante un tiempo, la supremacía de Estados Unidos pareció indefinida. A menudo se atribuye ese dominio a la democracia. La realidad es menos reconfortante. Estados Unidos no prevaleció principalmente por su modelo de gobernanza democrática. Prevaleció por la mayor eficiencia de su ecosistema capitalista, la productividad de la empresa privada y el sistema de gobernanza corporativa con múltiples partes interesadas desarrollado en Europa occidental desde 1602 con la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, un sistema que en esencia no es democrático. La eficiencia económica estadounidense ganó la Segunda Guerra Mundial. A la inversa, la ineficiencia de las economías planificadas condenó a la ideología comunista mucho antes de que colapsara su legitimidad política. La democracia, como sistema político, es estructuralmente ineficiente para la planificación de largo plazo, las reformas estructurales y los compromisos estratégicos, ya sea en Estados Unidos, Europa o muchos países en desarrollo. Los ejemplos abundan: el abandono de la energía nuclear en Alemania; los reiterados fracasos de Francia y el Reino Unido para reformar pensiones y sistemas de salud; o el rezago de Estados Unidos en infraestructura. El argumento más contundente es otro: el ascenso extraordinario de países como China y Emiratos Árabes Unidos en las últimas cinco décadas se explica casi por completo por su capacidad de funcionar no como democracias, sino como corporaciones estratégicas. Ambos adoptaron la gobernanza corporativa privada occidental como modelo de gobernanza pública: En China, el pueblo es el “cliente” y el Partido Comunista actúa como “accionista” de la empresa nacional. Para mantenerse en el poder, los accionistas deben satisfacer a los clientes, del mismo modo que una empresa privada necesita hacerlo para prosperar, crecer y seguir siendo rentable. En Emiratos Árabes Unidos, los nacionales y residentes son los clientes, y las tribus gobernantes emiratíes actúan como los propietarios estratégicos del sistema. En ambos casos, el poder último de decisión no reside en los clientes o votantes, en una relación de consumo. Reside en tomadores de decisiones altamente calificados que definen una visión y pueden implementarla sin quedar paralizados por grupos de presión permanentes o negociaciones políticas poco calificadas, bajo el control de sus accionistas. El salto de China en tecnología, infraestructura, comunicaciones, investigación, minerales críticos, energía solar, vehículos eléctricos o trenes de alta velocidad se explica por la capacidad del Estado para fijar prioridades industriales y financiar objetivos nacionales de largo plazo, a gran escala, en investigación, tecnología e infraestructura. Del mismo modo, el ascenso de Emiratos Árabes Unidos como plataforma global, donde confluyen capital, emprendimiento y talento para vivir, invertir y construir, se debe a políticas proactivas orientadas a crear un entorno estable, seguro y favorable en impuestos para emprendedores, personas con alto patrimonio, trabajadores calificados e investigadores de más de 200 países. Cuando la democracia elige a sus propios destructores Existe otro defecto, más oscuro, dentro de los sistemas democráticos. La democracia puede habilitar el autoritarismo, no por la fuerza, sino por consentimiento. Permite que demagogos lleguen al poder mediante elecciones, a menudo avivando emociones, miedo, identidades y resentimientos. Luego, ya en el gobierno, retuercen las instituciones y debilitan los contrapesos hasta que la democracia se convierte en un teatro procedimental. De Hitler a Mussolini y Franco; de Erdoğan a Putin, la historia es clara. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿se acerca Estados Unidos a un momento así? Cada vez hay más señales de que la democracia estadounidense enfrenta su prueba más dura desde su creación en 1776. Cuando Estados Unidos se vuelve contra el orden que construyó El poder de Estados Unidos nunca fue solo militar o económico. Fue institucional. Washington incrustó su fortaleza en un orden mundial que construyó mediante reglas, alianzas, tratados y credibilidad. Ese sistema sostuvo al dólar, a los mercados de capitales estadounidenses y al liderazgo global del país. Pero en el momento en que Estados Unidos empieza a tratar ese orden como opcional, o peor aún, como un obstáculo a desmantelar, no está debilitando a sus rivales. Se está debilitando a sí mismo. La doctrina de Donald Trump, “Make America Great Again”, abraza el aislacionismo y la coerción: aranceles unilaterales, retiradas de decenas de acuerdos internacionales y fuertes restricciones a la inmigración. Estas políticas están reconfigurando no solo a Estados Unidos, sino al sistema internacional en su conjunto. Aquí se encuentra la principal línea de fractura de la geopolítica contemporánea. El renovado debate sobre las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia es emblemático. Groenlandia no es solo una masa de tierra ártica. Está vinculada a Dinamarca, un aliado de la OTAN, e integrada en el marco de la alianza occidental. El problema no es el territorio. Es la credibilidad. Plantea una pregunta mucho más trascendente: ¿se ha colocado Estados Unidos por encima del orden basado en reglas? Cuando esa percepción se extiende, las consecuencias no se limitan al Ártico. Resuenan en cada frontera en disputa, en cada tratado frágil, en cada compromiso de alianza y en cada régimen monetario. Le dice a Rusia que las esferas de influencia vuelven a ser legítimas. Le dice a China que la coerción es simplemente la expresión natural del poder, y que si Washington se permite usarla contra sus propios aliados por Groenlandia, pierde la autoridad moral para negarle a Pekín la misma lógica sobre Taiwán. Le dice a las potencias intermedias que la soberanía legal es cuestionable, más una conveniencia que un principio, como han demostrado acontecimientos recientes en Venezuela. Y, de manera aún más decisiva, les dice a los propios aliados de Estados Unidos que su seguridad, sus economías y su comercio dependen en última instancia no del derecho, sino de la sola voluntad de Washington. Davos 2026: el punto de quiebre Lejos de adoptar las tácticas negociadoras de Donald Trump, los líderes mundiales comprendieron finalmente que ya no podían considerar a Estados Unidos un socio confiable, en lo económico, lo militar y lo tecnológico. Y la respuesta fue inmediata. El 27 de enero de 2026, la Unión Europea y la India firmaron el Acuerdo de Libre Comercio India-Unión Europea, que reúne a dos mil millones de personas en un esquema comercial que abarca cerca de una cuarta parte del PIB mundial. Líderes de Canadá, Australia y Europa acuden en masa a China para asegurar acceso al mayor mercado de consumo del planeta, mientras los países europeos replantean su arquitectura militar para reducir su dependencia de Estados Unidos y de la OTAN. Así colapsan los órdenes internacionales: mediante una erosión constante y acumulativa de la legitimidad, en la que el poder de coerción permanece, pero el fundamento moral se evapora. El dominio estadounidense nunca fue indestructible. Dependía de un activo crítico que no puede fabricarse con gasto militar ni déficits fiscales: la credibilidad. Y la credibilidad, una vez quebrada, no se reconstruye con consignas. Puede que hayamos llegado al punto de no retorno… Próximo artículo: ¿Ha comenzado ya el declive secular de EE. UU.? (2/2) La fragilidad de la economía, un peligro real

El Fezán de Libia: la primera línea olvidada
Por
Rayyan Al-Basseer
Publicado

Mientras los diplomáticos debaten el futuro político de Libia en salas de conferencias con aire acondicionado, la persistente fragilidad de la vasta región sur del país plantea riesgos significativos no solo para Libia, sino también para los Estados vecinos, en particular los del Sahel africano. La región del Fezán, que abarca un tercio del territorio libio, se ha convertido en un agujero negro de gobernanza, donde la autoridad del Estado se ha derrumbado, proliferan los grupos armados y las redes de crimen transnacional operan con total impunidad. Las cifras dibujan un panorama devastador. En el Fezán, el 67% de los hogares requiere asistencia humanitaria, la tasa más alta de Libia. Casi la mitad recurre a estrategias de supervivencia en nivel de crisis, como vender activos productivos o renunciar a la atención médica. El desempleo juvenil alcanza el 52% en algunas zonas, creando una generación sin incentivos para la estabilidad. Los cortes crónicos de electricidad duran hasta 20 horas diarias. Las tasas de mortalidad materna se disparan, ya que el 73% de los centros de salud opera solo de manera parcial, obligando a las mujeres a dar a luz en casa o a viajar 150 kilómetros para recibir atención básica. Pero no se trata solo de estadísticas: representan la realidad cotidiana de 600.000 personas cuyo sufrimiento ha sido sistemáticamente ignorado. Las comunidades tebu y tuareg enfrentan una discriminación arraigada, al ser privadas de ciudadanía y documentación, lo que las excluye de la vida política y de las oportunidades económicas. La región que produce hasta el 30% del petróleo libio recibe apenas una fracción de la inversión, alimentando un resentimiento que los grupos armados explotan con rapidez. Desestimar al Fezán como un problema remoto sería un error catastrófico. Esta región es crucial para la supervivencia de Libia y un nodo clave en una red de crisis que se extiende desde el Mediterráneo hasta el Cuerno de África. Los campos de Sharara y El Feel, por sí solos, aportan de manera significativa al presupuesto nacional. Si se interrumpen los acuíferos del Gran Río Artificial bajo el desierto del sur, se corta el suministro de agua y electricidad a Trípoli y Bengasi. Lo que está en juego no podría ser mayor. Más allá de las fronteras libias, el Fezán se ha convertido en una superautopista para todo tipo de amenazas. Las armas que atraviesan sus 2,700 kilómetros de fronteras porosas alimentan conflictos que matan a miles de personas en todo el Sahel. Las redes de contrabando de combustible, valoradas en miles de millones, fortalecen a grupos yihadistas en Níger y Malí. La guerra en curso en Sudán ha transformado el sureste de Libia en un corredor para la movilización de mercenarios, con combatientes y armas que fluyen hacia conflictos en Etiopía y Somalia. Para Europa, el Fezán funciona como un centro neurálgico y punto de tránsito clave para la migración irregular. Las dinámicas migratorias en la región están marcadas por una compleja interacción de factores locales, regionales e internacionales, y aunque su papel es central, debe entenderse dentro de una red más amplia de rutas e influencias migratorias. En particular, el Fezán sigue siendo el principal punto de entrada de redes de trata de personas que contribuyen a crisis humanitarias a lo largo de las rutas migratorias del Mediterráneo. Desde la perspectiva de la Unión Africana, el Fezán representa la intersección entre la inestabilidad del Sahel y la fragilidad del norte de África, con el riesgo de detonar una crisis capaz de superar los conflictos regionales actuales. La buena noticia es que la estabilización es posible. La mala noticia es que exige abandonar enfoques fallidos y adoptar soluciones integrales impulsadas desde lo local. En primer lugar, la gobernanza debe restablecerse mediante acciones legislativas concretas. Libia necesita una Ley de Desarrollo del Sur que establezca una Autoridad de Estabilización del Fezán con presupuestos reales y mandatos claros. Los consejos locales requieren autonomía fiscal y garantías constitucionales de representación, incluidos escaños parlamentarios y cargos ministeriales reservados para la región. Las comunidades tebu y tuareg deben recibir, por fin, la ciudadanía y la documentación que se les ha negado de manera sistemática. En segundo lugar, la reforma del sector de la seguridad no puede esperar. Un programa escalonado de desarme y reintegración debe ofrecer a los miembros de los grupos armados alternativas reales: formación profesional, oportunidades económicas y futuros dignos. La seguridad fronteriza requiere un número suficiente de guardias reclutados localmente y equipados con tecnología moderna, no puestos de control corruptos que facilitan el mismo tráfico que deberían detener. De manera crucial, Libia necesita acuerdos fronterizos tripartitos con Níger y Chad para patrullajes conjuntos y el intercambio de inteligencia. En tercer lugar, la revitalización económica debe desmantelar la economía de guerra. Una ley de reparto de ingresos de los recursos debería garantizar que entre el 20% y el 25% de los ingresos petroleros del sur se reinviertan localmente mediante fórmulas transparentes. Zonas económicas libres en Sabha y Kufra pueden formalizar el comercio transfronterizo y eliminar los incentivos al contrabando. Las inversiones en infraestructura, carreteras, plantas solares y agroindustria deben crear de inmediato 5,000 empleos, con apoyo específico para mujeres y comunidades minoritarias. En cuarto lugar, los servicios básicos deben restablecerse para reconstruir la confianza en el Estado. Proyectos de impacto rápido pueden rehabilitar carreteras, modernizar sistemas de agua y garantizar que el 25% del presupuesto nacional de salud llegue a los centros del sur. Cada día de retraso afianza el ciclo de violencia y depredación. Los combatientes extranjeros consolidan su control. Las redes criminales amplían sus operaciones. Los jóvenes pierden la esperanza y se suman a las milicias. La comunidad internacional enfrenta una decisión estratégica crítica: invertir en una estabilización integral mediante el compromiso político, más que mediante ayuda financiera dada la condición de país de altos ingresos de Libia, o asumir los costos exponencialmente mayores de un colapso estatal futuro. No actuar abre la puerta a la explotación de vacíos de poder por actores criminales, con el potencial de generar crisis humanitarias, intervenciones militares y la proliferación de conflictos regionales. Por ello, es imperativo que la Unión Europea, la Unión Africana, Estados Unidos y las Naciones Unidas eleven al Fezán de una preocupación periférica a una prioridad de seguridad colectiva que requiera acción coordinada. Los socios internacionales deben alinear sus esfuerzos con marcos liderados por Libia, ofreciendo apoyo técnico y respaldo diplomático para reformas complejas. Esta transición exige pasar de intervenciones fragmentadas a programas de desarrollo integrales que aborden las causas estructurales de la fragilidad. Si bien los desafíos que enfrenta el Fezán son significativos, no son insuperables. Con voluntad política sostenida y un compromiso con una gobernanza inclusiva, la región puede transformarse de un pasivo de seguridad en un pilar de una Libia estable y próspera. Sin embargo, esta transformación requiere abandonar las ilusiones de soluciones rápidas o enfoques centrados exclusivamente en lo militar. La estabilidad duradera depende del trabajo riguroso de construir instituciones legítimas y fomentar oportunidades económicas. Los habitantes del Fezán han soportado históricamente la extracción de recursos y la violencia sistémica, mientras permanecen excluidos de los procesos de toma de decisiones que definen su futuro. En última instancia, lo que está en juego trasciende a la región: la recuperación del Estado libio, la seguridad del Mediterráneo y la estabilidad del Sahel están intrínsecamente ligadas al rumbo que tome el Fezán.