


Una sola pregunta se impone a quien intente desentrañar el enigma del asesinato de Saif al-Islam, el más conocido de los hijos de Muamar el Gadafi, personaje de ideas y comportamientos singulares, heredero presunto de un hombre que gobernó Libia entre 1969 y 2011. La pregunta es simple pero decisiva: ¿quién levantó la protección de Saif al-Islam, cuando vivía en una casa en Zintan bajo una vigilancia estricta proporcionada por fuerzas locales?
Una cosa es segura: Saif al-Islam fue traicionado. Una traición que permitió a un grupo armado penetrar en el lugar donde residía, con el objetivo explícito de asesinarlo.
Los observadores conocedores del expediente libio coinciden ampliamente en descartar la hipótesis de que fuerzas locales, actuando solas, estuvieran detrás de la operación dirigida contra Saif al-Islam. Este había desempeñado un papel tanto en el ámbito interno como en el externo y se había preparado para suceder a su padre —o al menos así lo creía—. No existen en Libia fuerzas locales capaces, por sí solas, de llevar a cabo una operación de esta naturaleza, que exige un grado tan elevado de coordinación y profesionalismo.
Lo que estaba en juego, en realidad, era el ajuste de cuentas con cualquier fuerza interna o externa susceptible de apoyar al hijo de Muamar el Gadafi y ayudarle a alcanzar algún día la presidencia. Conviene recordar, en este sentido, que las elecciones presidenciales previstas para 2021 fueron anuladas en cuanto las encuestas revelaron que la victoria de Saif al-Islam constituía una posibilidad seria.
En los últimos meses, la irrupción de nuevos actores en el escenario libio, como Pakistán y la India, no ha pasado desapercibida. Ello no debe interpretarse como prueba de un papel pakistaní o indio en el asesinato de Saif al-Islam, sino como signo de la ampliación del conflicto y de las rivalidades en torno a Libia.
El país sigue desgarrado por profundas líneas de fractura entre el Este y el Oeste. En el Este, las fuerzas de Jalifa Haftar y de sus tres hijos —Saddam, Khaled y Belkacem— ejercen su dominio. En el Oeste, el poder es ejercido, dentro de ciertos límites, por el gobierno de Abdelhamid Dbeibah, quien, al igual que Haftar, ha comenzado a apoyarse en sus propios hijos. Sin embargo, el acontecimiento más significativo ocurrido en Libia hace aproximadamente dos meses fue la muerte del jefe del Estado Mayor libio, Mohamed Haddad, mientras se encontraba en Ankara al frente de una delegación militar. Su avión privado, un Falcon antiguo, se estrelló poco después del despegue. Las circunstancias del accidente siguen siendo oscuras. El aparato transportaba a uno de los más altos responsables militares libios, cuya coordinación exacta con Turquía sigue siendo desconocida, pese a las estrechas relaciones de Ankara con el gobierno de Dbeibah por un lado y con los movimientos islamistas libios por otro.
Lo esencial hoy es que un actor de primer orden ha salido de la escena libia por razones a la vez internas y externas. Ello no significa, sin embargo, que Saif al-Islam fuera un político excepcional. Fue ante todo una figura que conocía el mundo e intentó, en un momento determinado, desempeñar un papel, pese a la oposición de su padre, quien le impidió ir demasiado lejos en las relaciones que había establecido con países occidentales y con ciertos círculos estadounidenses.
En realidad, Saif no disponía de los medios necesarios para aplicar las reformas que ambicionaba. Su capacidad para controlar los fondos del Estado libio siempre fue limitada. Muamar el Gadafi, plenamente consciente de que el dinero constituía una de las principales fuentes de su poder, conservó un control total sobre los recursos del país. Nunca aceptó compartir la autoridad absoluta, ni siquiera con uno de sus hijos.
Desde esta perspectiva, Saif siguió siendo un actor secundario mientras su padre estuvo vivo, pese a la imagen que cultivaba de reformista y de encarnación de un posible futuro para una Libia que Muamar el Gadafi había logrado convertir en un Estado paria. El fracaso del canal de televisión por satélite que Saif lanzó en Libia ofrece una ilustración reveladora de esta realidad. Los empleados de dicho canal sufrieron duramente cuando los fondos que le estaban destinados fueron interrumpidos de forma abrupta, a pesar de que Saif supervisaba personalmente el proyecto.
Saif al-Islam no fue marginado únicamente fuera de Libia durante los años del régimen de su padre y de lo que se denominaba la “Yamahiriya”; también lo fue en el interior, donde los centros de poder estaban directamente controlados por Muamar el Gadafi. Abdullah Senussi constituía uno de esos polos de poder, al igual que algunos de los hermanos de Saif, en particular Moatassem y Khamis. Otras figuras cercanas al padre cumplían misiones específicas a su servicio. Contrariamente a una creencia extendida, no fue Saif quien negoció el acuerdo por el cual Libia renunció a sus armas de destrucción masiva. Dicho acuerdo fue concluido por George Tenet, entonces director de la CIA, quien estableció un canal directo con Moussa Koussa, jefe de los servicios de inteligencia libios. Fue Muamar el Gadafi quien ordenó personalmente el abandono de esas armas tras comprender, a la luz de los intercambios entre Tenet y Moussa Koussa, la inutilidad de cualquier intento de eludir la estricta vigilancia estadounidense.
Tras la muerte de su padre Muamar y de la mayoría de sus hermanos, Saif quedó como el único superviviente de la familia. Supo adaptarse a la fase posterior a la caída del régimen. El caos que se apoderó de Libia alimentó sus ambiciones —un caos persistente desde el fin de la “Yamahiriya”, resultado tanto de una auténtica revolución popular como de la intervención de la OTAN, que persiguió a Gadafi hasta su eliminación física.
Solo el tiempo permitirá identificar a quienes asesinaron a Saif al-Gadafi. Los próximos días revelarán si el islam político en Libia y sus redes, que cuentan con apoyo externo, desempeñaron un papel en la eliminación de una figura capaz de colmar el vacío político del que el país sufre desde hace más de catorce años.
En definitiva, Saif al-Gadafi, que en un momento dado intentó publicar un libro con su nombre, sostenía ideas políticas en gran medida ingenuas. Sin embargo, rechazó siempre entrar en el juego del islam político y permaneció, al igual que su padre, profundamente hostil a la ideología de los Hermanos Musulmanes y a todas las organizaciones surgidas de la matriz intelectual de Hassan al-Banna y de sus compañeros.