Logotipo de Levant Time

Artículos

Imagen destacada de la noticia
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Retrato del autor
Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Retrato del autor
Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
Imagen destacada de la noticia
En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
Retrato del autor
Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
Imagen destacada de la noticia
El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
Más artículos
Ordenar por: Más recienteMás antiguo
Diálogos con los lobos
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Hay que decirlo sin rodeos: uno de los puntos ciegos recurrentes de las democracias occidentales reside en su relación con el tiempo. El tiempo democrático —el de la alternancia, la urgencia electoral, los mandatos limitados y la necesidad constante de producir resultados visibles en un horizonte corto— es un tiempo fragmentado, entrecortado, quebrado… y por ello frágil. Es, por naturaleza, impaciente, siempre en busca de salidas, compromisos y estabilizaciones provisionales. Cree, desde una concepción teleológica y casi gnóstica de la Historia, que esta puede ser enderezada mediante la buena voluntad, la negociación y una racionalidad compartida. Que avanza inevitablemente en la dirección correcta. El tiempo totalitario, en cambio, jamás interpreta la misma partitura. No tiene prisa, no es lineal ni está sometido a la prueba del sufragio. Al contrario, está liberado de todas esas restricciones que considera inútiles. Es un tiempo largo, obsesivo, telúrico. Un tiempo consagrado a la conservación del poder a cualquier precio. El régimen iraní constituye una de sus expresiones más acabadas. Vive fuera del calendario democrático, lejos de la sanción popular, incluso al margen del tiempo moral ordinario. Puede esperar, retroceder, fingir y dilatar indefinidamente. Sabe que lo esencial no es convencer, sino perdurar. Por cualquier medio. Esta asimetría es la que ponen de relieve, una vez más y a su pesar, las vacilaciones actuales de la administración Trump frente a Teherán. No porque Trump deba “golpear” a Irán, ni buscar una confrontación militar directa. Eso equivaldría a ofrecer al régimen de los mulás lo que siempre ha esperado: la postura victimista, la movilización nacionalista y la sacralización del poder a través del enemigo exterior. El “Gran Satán” siempre ha sido un recurso cómodo. Además, sería prolongar la lógica del acoso internacional y abrir la caja de Pandora, con el riesgo de una escalada generalizada. Ese tipo de fuerza nunca ha resuelto nada a largo plazo. El peligro está en otra parte. En la ilusión de que un régimen fundado en la duplicidad, la represión estructural y la exportación ideológica de la violencia pueda transformarse mediante el diálogo, la integración progresiva o la promesa de reconocimiento internacional. Desde al menos 2008, y con mayor evidencia aún tras la sangrienta represión de las últimas semanas, queda claro que este régimen solo negocia para ganar tiempo. Tiempo para reconstituir sus fuerzas. Tiempo para proseguir sus programas nuclear y balístico. Tiempo para seguir financiando, armando e instrumentalizando milicias en una lógica imperial que nunca ha variado. El tiempo oscuro e inmóvil del despotismo es su aliado; el tiempo democrático, su presa. Aquí debe disiparse toda ambigüedad moral. Del mismo modo que Benjamin Netanyahu deberá rendir cuentas, tarde o temprano, por los crímenes cometidos en Gaza, el directorio iraní debe responder por la represión metódica, continua y masiva infligida a su propio pueblo. No se trata de una comparación fácil o perezosa, sino de un principio: ningún régimen puede eximirse indefinidamente del derecho y la justicia invocando la soberanía o la complejidad geopolítica. Incluso en un mundo desorganizado, reducido a esferas de influencia abandonadas a megalómanos de toda índole, renunciar a este principio equivale a legitimar definitivamente el caos como pilar fundacional del orden internacional. Incluso en un mundo marcado por una regresión general hacia formas pre o antidemocráticas, indiferentes al tiempo del derecho internacional y a sus exigencias. El régimen de los mulás está fuera del tiempo en todos los sentidos. Fuera del tiempo democrático, que desprecia; del tiempo moral, que pisotea; y del tiempo histórico mismo, ya que su proyecto se basa en una teología política rígida, monolítica y esclerótica, incapaz de producir otra cosa que violencia y muerte para perpetuarse. Exigir algo distinto a su salida y a la disolución de su aparato represivo y militar en todas sus ramificaciones constituiría un error estratégico mayúsculo, cuando no un acto de complicidad. La experiencia lo ha demostrado cruelmente con el acuerdo de 2015 bajo Barack Obama: la idea de un retorno de Irán a la comunidad internacional bajo este mismo régimen —impulsada por una élite iraní afincada en Washington, crédula hasta la mala fe— no solo fue una ilusión, sino, peor aún, una utopía destructiva. Reforzó a los sectores duros, debilitó a las fuerzas internas de transformación y proporcionó al régimen los medios financieros y políticos para proseguir su empresa imperial. ¡Cuánta sangre se ha derramado en una sola década a causa de estas utopías ingenuas, sostenidas obstinadamente por algunos mitómanos o cínicos carentes de toda moralidad! Más grave aún, una negociación de este tipo constituiría una falta moral profunda. Una traición silenciosa a toda la sangre derramada; a quienes, desde hace años, salen a las calles de Irán sabiendo que el precio de su valentía puede ser la muerte, la tortura o la desaparición pura y simple. Una falta que recaerá inevitablemente sobre quienes, en Estados Unidos o en Europa, aún pretenden defender valores humanistas y democráticos, pero que tantas veces han apartado la mirada ante la angustia de los pueblos sometidos. Si un régimen ya no es capaz de gobernar a su pueblo sino aplastándolo, entonces carece de toda legitimidad. ¿Por qué reinyectársela? ¿En nombre del realismo? Al manejar así la zanahoria y el palo sin referentes firmes —en este caso, la primacía de la vida humana y la libertad de los pueblos— Trump envía un nuevo mensaje paradójico sobre el poder estadounidense: el de una no-potencia cuyas intervenciones oscilan, sin valores, entre la fuerza bruta (el secuestro de Maduro, la gestión del caso de Groenlandia), el silencio cómplice (Gaza), la debilidad (Ucrania) y ahora el compromiso turbio (Irán). Ciertamente, y esta es una tara fundamental del sistema internacional posterior a 1945, la “maquinaria” de la ONU está más que nunca confinada al papel de espectador atónito frente a conflictos y masacres, paralizada indefinidamente por los intereses rivales de las potencias. ¿El famoso “deber de injerencia” de Bernard Kouchner, destinado a activarla? ¿Según qué normas, qué mecanismos, qué herramientas? Misterio. ¿El unilateralismo estadounidense, con sus dobles raseros y agendas parciales? ¿El multilateralismo europeo, que esperó hasta 2026 para incluir, tímidamente, a los Guardianes de la Revolución en la lista de sanciones? La pregunta misma genera una confusión profunda… y más caos. Sea como fuere, y para mantenernos en lo concreto, la única “discusión” posible, la única a la altura de la realidad, debería girar en torno a la salida de Jamenei y de su vasto aparato represivo, mortífero y martirolátrico, así como a la abolición del vilayat-e faqih , matriz ideológica e institucional de este totalitarismo. La dignidad de las víctimas de las últimas semanas no exige menos. Todo lo que quede por debajo de ello no será sino un nuevo episodio del mismo ciclo de ceguera, una repetición de la historia bajo la apariencia del realismo. Peor aún, ofrecerá a los mulás y a sus satélites regionales una nueva victoria delirante al estilo de Pirro… a expensas de sus propios conciudadanos, como de costumbre. Trump y compañía harían bien en recordarlo. El tiempo que Irán finge solicitar nunca es un tiempo de reforma; es siempre un tiempo de depredación, siempre el de una bomba de relojería. De Riad a Washington, cabe preguntarse si los estrategas cínicos conocen la historia de Caperucita Roja y su fatal fascinación por los diálogos con lobos disfrazados de abuelas. Y si alguna vez han escuchado el estribillo terrible de la canción-testamento de Leonard Cohen, You Want It Darker : Un millón de velas ardiendo por la ayuda que nunca llegó / Querías más oscuridad; apagamos la llama.

Trump recupera Irak de Irán
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

Cuando se profundiza en la evolución de la situación iraquí desde la primavera de 2003, fecha de la caída del régimen baazista y familiar de Saddam Hussein como consecuencia de una guerra estadounidense librada por Estados Unidos, es posible comprender la postura específica adoptada por el presidente Donald Trump. Se trata de una postura negativa respecto al regreso de Nuri Maliki al cargo de primer ministro, puesto que se vio obligado a abandonar en 2014. El asunto no se refiere tanto a un político iraquí en sí mismo como, por un lado, al simbolismo que encarna Nuri Maliki y, por otro, a una decisión estadounidense de recuperar Irak de Irán. La postura estadounidense debe entenderse a la luz del retroceso iraní en la región. Existe una realidad innegable: la “República Islámica” ha perdido todas las guerras que ha librado al margen de la guerra de Gaza, incluida la del sur del Líbano y la destinada a preservar el régimen alauí en Siria. Si se deja de lado a los hutíes en Yemen y su control sobre la mayor parte del norte del país, incluida Saná y el puerto de Hodeida, a Irán no le queda ninguna verdadera carta de presión salvo Irak. ¿Qué impide entonces que Estados Unidos recupere Irak de Irán, después de haberlo entregado en bandeja de plata hace veintitrés años? Parece que Trump busca vengarse del fracaso estadounidense del que fue responsable la administración de George W. Bush. Un fracaso estrepitoso, fruto de una administración que decidió invadir Irak sin planificar la etapa posterior a la caída de Saddam Hussein y las consecuencias que ello implicaría. La administración Bush no comprendió que los partidos y milicias confesionales leales a Irán no podían construir sistemas democráticos que sirvieran de ejemplo a los países de la región. En última instancia, el sistema iraquí instaurado después de 2003 no ha hecho sino empujar a una parte considerable de los iraquíes a añorar el régimen sangriento y atrasado de Saddam Hussein. Desde que acaparó el poder en el verano de 1979, Saddam no dejó error sin cometer, cuando eliminó a su predecesor Ahmad Hasan Bakr y a todos aquellos cuya lealtad personal ponía mínimamente en duda. A pesar de ello, hoy hay quienes lamentan a Saddam Hussein, que no se limitó a librar la guerra de ocho años contra Irán, el cual pensaba que sería una presa fácil. En realidad, al declarar la guerra a la “República Islámica”, Saddam cayó en una trampa iraní, dado que el ayatolá Jomeini buscaba en 1980 un enemigo externo con el que movilizar a los iraníes en torno a una solidaridad nacional. Pasaron los años y Saddam cometió otro error mortal al invadir Kuwait en el verano de 1990. Sin embargo, ello no bastaba para que George W. Bush decidiera entregar Irak a Irán, amparándose en los atentados del 11 de septiembre de 2001 perpetrados por Al Qaeda, dirigida por Osama bin Laden. Pero la lógica de lo ilógico adoptada por la administración Bush la condujo a Irak, pese a la inexistencia de vínculo alguno entre Saddam Hussein y Osama bin Laden. Era lógico que Estados Unidos persiguiera a Al Qaeda en Afganistán, donde se encontraba bin Laden. En cambio, fue ilógico dirigirse a Irak, en una apuesta que costó muy caro a Estados Unidos. ¿Busca Trump en 2026 corregir el rumbo equivocado seguido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001? Desde esta perspectiva, la de la invasión de Irak en una guerra cuyo único vencedor fue Irán, Donald Trump decide poner fin al proyecto expansionista iraní. La invasión estadounidense de Irak fue el nuevo punto de partida de dicho proyecto. Por ello, Trump no tiene otra opción que recuperar Irak de Irán si quiere alcanzar su objetivo. Ese es el sentido de su oposición a que Nuri Maliki vuelva a ocupar el cargo de primer ministro, el hombre más poderoso de Irak a la luz del sistema que gobierna el país desde el terremoto de 2003 y de la Constitución que este produjo. Con Donald Trump no hay lugar para las bromas desde que rompió el acuerdo sobre el programa nuclear iraní durante su primer mandato presidencial en 2018, seguido del asesinato de Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de los Guardianes de la Revolución iraní, en Bagdad a comienzos de 2020. Soleimani no era una figura marginal, sino el verdadero gobernante de Irak, cuyas órdenes no admitían discusión. Cada día resulta más evidente que Donald Trump no es Barack Obama, quien en 2010 alcanzó un acuerdo con Irán que mantuvo a Nuri Maliki en el cargo de primer ministro, pese a que el mayor bloque parlamentario surgido de las elecciones de ese año era el de Iyad Allawi, generalmente aceptado en el mundo árabe. Irán marginó a Iyad Allawi, a pesar de que tenía el derecho constitucional de convertirse entonces en primer ministro. En 2026 es natural que Irak busque un nuevo primer ministro que refleje la nueva realidad regional. Es aún más natural que ese primer ministro sea de un perfil completamente distinto, alejado de Nuri al-Maliki y de su sectarismo confesional, o de Mohammed Shia Sudani. Sudani nunca ha logrado ser un primer ministro equidistante de todos los iraquíes, independientemente de su confesión, comunidad o etnia. En otras palabras, las transformaciones regionales imponen la salida de Irak de la hegemonía iraní, tal como Siria salió de ella a finales de 2024. ¿Es demasiado pedir que Irak tenga un primer ministro para todos los iraquíes, árabes, kurdos, turcomanos, chiíes, suníes y lo que queda de cristianos y yazidíes? ¿Se ha convertido la existencia de un primer ministro de este nivel en un sueño iraquí? Tal vez ese sueño no esté tan lejos, sobre todo si Donald Trump completa la tarea de poner fin al control iraní sobre Irak y recuerda que quienes hoy gobiernan el país no habrían llegado a donde están de no haber sido por el tanque estadounidense.

Mar Rojo, Golfo y Cuerno de África: la regionalización del conflicto sudanés (2/4)

Enfoque analítico sobre la guerra de Sudán que, desde 2023, ya se ha traducido en decenas de miles de muertos y millones de desplazados, con un coste humano particularmente abrumador en Darfur, donde la violencia masiva, los asedios y los desplazamientos forzados han adquirido una dimensión que muchos actores internacionales califican ahora de genocida. Analizar la guerra sudanesa según los parámetros de una guerra confinada al espacio territorial nacional sería una aberración, ya que la geografía del país se impone como un factor estructurante. Estado ribereño del mar Rojo, apoyado en el Cuerno de África y situado en las inmediaciones de la península Arábiga, Sudán ocupa una posición estratégica que lo hace particularmente vulnerable a las proyecciones de poder regionales. Desde hace una década, el mar Rojo ha vuelto a ser un espacio de competición activa. Rutas comerciales, seguridad marítima, control de los flujos migratorios, puertos, bases militares y logísticas se superponen en él. El conflicto de Yemen, por ejemplo, es una de sus expresiones más manifiestas. La crisis de Sudán también. En este espacio estrecho pero decisivo, la creciente rivalidad entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, largamente enmascarada por una retórica de coordinación estratégica, se ha cristalizado progresivamente. Sudán es uno de los escenarios donde esta rivalidad toma una forma particularmente brutal. Los Emiratos han privilegiado un enfoque indirecto, basado en redes, actores armados no estatales, circuitos económicos paralelos y centros logísticos. Las repetidas acusaciones de apoyo a las RSF, que Abu Dhabi niega oficialmente, se inscriben en esta lógica. El comercio de oro sudanés, las rutas que pasan por Chad y el este de Libia, el acceso a los mercados e infraestructuras del Golfo forman un conjunto coherente que permite a las RSF mantener su esfuerzo de guerra a pesar de las sanciones y la condena internacional. Este enfoque no busca necesariamente la victoria militar de las RSF, sino su capacidad para perdurar, para seguir siendo un actor ineludible y para impedir cualquier estabilización que no pase por sus redes. La guerra se convierte, por tanto, en una palanca de influencia y un medio para incidir en la arquitectura regional sin exponerse frontalmente. Por el contrario, Riad privilegia una lógica más clásica de estabilización estatal. El apoyo al ejército sudanés, a menudo coordinado con Egipto, busca contener el colapso de un Estado ribereño del mar Rojo, asegurar las vías marítimas, limitar los flujos migratorios incontrolados e impedir que se instale un espacio de caos duradero frente a las costas saudíes —porque El Cairo también apoya a las FAS con el objetivo de mantener en el sur un cerrojo estatal frente a las dinámicas de fragmentación armada y las injerencias concurrentes —especialmente emiratíes e iraníes— susceptibles de cuestionar la seguridad del Nilo y el equilibrio estratégico regional. Un foco de conflicto regional Pero si bien este enfoque es menos flexible y más institucional, también es más costoso políticamente. La divergencia entre estas dos doctrinas alimenta directamente el estancamiento del conflicto. Cada bando sudanés se convierte en el relevo local de una racionalidad regional distinta, sin que ninguno de los patrocinadores tenga interés en una victoria clara susceptible de reconfigurar el equilibrio general. El conflicto sudanés se convierte entonces en un asunto de gestión, no en un problema a resolver. Una especie de foco de conflicto regional. A esta rivalidad regional se añade una capa más discreta pero decisiva: la de Rusia y China. Ciertamente, ni Moscú ni Pekín desempeñan un papel de patrocinador directo del conflicto sudanés. Su influencia se ejerce en otro lugar, en el trasfondo del sistema internacional, creando las condiciones para un estancamiento duradero. Rusia adopta una postura oportunista. Sin comprometerse frontalmente, se beneficia de un debilitamiento del marco normativo internacional. Cada bloqueo en el Consejo de Seguridad, cada sanción diluida, cada debate jurídico sin traducción operativa contribuye a establecer el precedente de un orden internacional incapaz de producir efectos vinculantes. China, por su parte, privilegia un enfoque silencioso y económico. Sudán sigue siendo para Pekín un espacio de interés a largo plazo, tanto por sus recursos como por su posición en las rutas marítimas que conectan Asia, África y Europa. Fiel a su doctrina de no injerencia, China evita cualquier condena política fuerte y se acomoda a un statu quo conflictivo siempre que sus intereses esenciales no se vean directamente amenazados. Este posicionamiento ruso-chino neutraliza cualquier perspectiva de coacción internacional real. Las calificaciones jurídicas, incluida la de genocidio reconocida por Estados Unidos, quedan así sin traducción operativa. El derecho internacional existe, pero ya no produce una ruptura estratégica. Bienvenidos al desorden mundial del siglo XXI. Lea también sobre el mismo tema: Colapso de Sudán: la guerra por la guerra (1/4) Próximo artículo - Irán y su guerra indirecta en Sudán (3/4)

Lokman Slim: cuando las palabras desafían a las armas

Lokman Slim no fue un opositor en el sentido convencional, ni un activista partidista en busca de poder o cargos. En el centro de su trayectoria estuvo, ante todo, un intelectual que decidió pagar el precio completo de sus convicciones, enfrentando el sistema de opresión no desde fuera, sino desde dentro de su propio entorno social, a través de los relatos dominantes y de la retórica que ese sistema buscaba apropiarse. Por ello, su asesinato apareció desde el primer momento como un crimen simbólico antes que un hecho criminal clásico, un mensaje político antes que una eliminación personal. Lokman Slim nació en un entorno chiita del que nunca se desligó. Sin embargo, se negó a permitir que se convirtiera en una prisión ideológica o en una identidad reductora. Desde temprano comprendió que el verdadero peligro para una comunidad no proviene tanto del exterior como de la supresión de su derecho a la crítica, y de su transformación en un bloque cerrado, gobernado por el miedo y la lealtad impuesta. Su conflicto con Hezbolá, por tanto, no fue un simple desacuerdo político, sino un choque existencial entre quienes conciben la política como un espacio abierto al debate y la rendición de cuentas, y quienes la entienden como una doctrina cerrada, protegida por las armas. Junto con su hermana Rasha, Lokman Slim fundó la editorial Dar al-Jadid, y con su esposa Monika Borgman, la asociación UMAM Documentation and Research, colocando la memoria en el centro de su lucha. Había comprendido desde hace tiempo que la dominación no se ejerce solo mediante la fuerza militar, sino también a través del control de los relatos, la neutralización de hechos incómodos y la reescritura de la historia para servir a un presente autoritario. Por ello se dedicó a documentar la guerra civil, las violaciones y los asesinatos, no para desenterrar el pasado, sino para proteger el futuro de la repetición de la misma violencia bajo nuevos nombres, en particular bajo la apariencia de una reconciliación con la memoria. Lokman Slim destacó como una excepción en la escena cultural libanesa, acostumbrada a la ambigüedad. No se escondía detrás de un discurso pulido, no seguía la opinión dominante ni buscaba compromisos semánticos. Afirmó con claridad que las armas fuera del control del Estado eran un desastre nacional, que vincular el destino del Líbano a un proyecto regional liderado por Irán era un suicidio político, y que transformar a la comunidad chiita en un bloque de “resistencia” violaba el derecho de sus miembros a disentir. En un entorno dominado por acusaciones de traición y herejía política, estas posturas lo convirtieron en un blanco permanente de amenazas y difamación, hasta desembocar finalmente en su asesinato. En este contexto, su compromiso con una acción política estructurada no fue un lujo ni una desviación de su papel cultural. Surgió de su comprensión de los límites de las palabras por sí solas y de la necesidad de inscribirlas en un marco colectivo capaz de protegerlas y convertirlas en acción concreta. De ahí nació la Coalición de Demócratas Libaneses, un intento por establecer una oposición democrática, soberanista y transversal a las confesiones, que rechaza tanto la lógica de las armas como la del clientelismo, y que vincula la idea de Estado con la justicia y la rendición de cuentas, y no con el reparto sectario del poder. Tras su asesinato, la coalición no se redujo a una memoria simbólica. Desde que asumí su liderazgo, entró en una fase exigente de consolidación de su acción política. Se hicieron esfuerzos para arraigar esta opción como una práctica organizada, y no como un simple lema moral. Como presidente, he buscado traducir el legado intelectual de Lokman Slim en un programa político claro, con un discurso soberanista y democrático, sin concesiones en la cuestión de las armas, rechazando el populismo y abordando el colapso del Líbano con la mira puesta en la reconstrucción del Estado, y no en la mera gestión del desastre. El asesinato de Lokman Slim no marcó el final de un proceso, sino un momento de verdad. Puso en evidencia la magnitud de la violencia inherente al sistema informal que gobierna el Líbano, así como la fragilidad del Estado y su incapacidad para proteger a sus ciudadanos en toda su diversidad. También demostró que los intentos de silenciar una voz no borran la idea que esta porta, sino que imponen a quienes la defienden la responsabilidad de garantizar su continuidad por otros medios, esta vez políticos y organizativos, como la coalición ha buscado hacerlo desde el asesinato. En su lucha, Lokman Slim nunca fue una voz aislada o elitista. Buscó constantemente tender puentes entre el pensamiento y la política, entre la cultura y la sociedad. No se dirigía a Occidente en busca de legitimidad, ni adoptaba un tono condescendiente hacia su propia comunidad. Por el contrario, la confrontaba desde dentro, afirmando su derecho a ser algo más que un simple reservorio humano para los proyectos de otros. Esto fue lo que hizo su lucha tan dolorosa para sus adversarios, los despojó de su pretensión de representación exclusiva y expuso la fragilidad de su discurso cuando se enfrentaba a argumentos y no a consignas. Años después de su asesinato, Lokman Slim no puede reducirse a la imagen de una víctima o un mártir. Su verdadero valor reside en el modelo que encarnó, el del intelectual intransigente que se negó a separar la ética de la política y que no permaneció pasivo ante el colapso de su país. Nos dejó un legado pesado, no solo en sus libros y archivos, sino también en las preguntas que siguen abiertas: ¿puede construirse un Estado bajo la amenaza de armas que no controla?, ¿puede preservarse el pluralismo en un clima de miedo?, ¿y puede la memoria misma constituir una forma de resistencia? Puede que Lokman Slim no haya alcanzado la victoria en vida, pero su lucha hizo más difícil la derrota y volvió imposible el silencio. Abrió una grieta en el relato del poder, una grieta que ningún intento de negación podrá cerrar jamás. En sí misma, esa es una forma de victoria.

Nassib Lahoud, el « perdedor magnífico »
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Hace catorce años, el 1 de febrero de 2012, desaparecía el exdiputado y exministro Nassib Lahoud. En tiempos en que el populismo causa estragos en todo el mundo, y el Líbano parece haber sido, una vez más, un precursor de la oleada actual, conviene evocar la memoria de un hombre que, durante las tres últimas décadas, transmitió y defendió otra visión, otra práctica de lo político. Y ello en suelo libanés, donde las pasiones gregarias tienden a encumbrar un modelo muy definido de jefe histórico exaltado o de zorro utilitarista desengañado revestido con los harapos del sectarismo, antes que a hombres de Estado serenos, portadores de ideas modernas y de una visión profunda y estratégica de la cosa pública. En todas partes, en el Viejo Mundo como en el Nuevo, un liderazgo tradicional fundado en el miedo, el repliegue y un etnocentrismo identitario se impone hoy sobre el discurso de apertura, moderación y adhesión a los valores que estuvieron en el origen de la finalidad de la persona humana y de la idea de una comunidad internacional habitada por el ideal de un orden que no esté basado en la fuerza bruta, sino en la solidaridad, la justicia, el derecho y la paz. ¡Qué utópico parece todo ello ahora! En el país del Cedro, la regresión es todavía más llamativa, dadas las formas de lealtades preestatales, del clanismo y el feudalismo al milicianismo teocrático, todo ello aderezado con la dosis necesaria de comunitarismo para calmar las angustias ontológicas de unos y otros. La duplicidad domina en todas partes, incluso en las filas de los narcisistas depredadores que se reivindican, con angelismo, modernos y progresistas, cuando no hacen sino reproducir, bajo sus pseudodiscursos reformistas, los esquemas habituales del tradicionalismo encerrado en la esclerosis del nepotismo, con su carga ancestral de corrupción, vicios y mentiras. El hábito no hace al monje; menos aún al hombre de Estado, y el balbuceo sigue teniendo por delante largos días. En esta larga, larguísima noche de la política, lejos de desvanecerse entre los fantasmas del recuerdo, una figura como la de Nassib Lahoud, con su calma, lucidez, mesura, rigor, sentido de las instituciones, su brío, su elegancia y su nobleza, continúa brillando con mil fuegos y mostrando el camino. Porque Nassib Lahoud no era un responsable político como los demás. Formaba parte de esos rarísimos que representaban un modelo, un proyecto de futuro. Una verdadera apuesta en un país que prefiere resignarse a un realismo político cínico, desacreditando como irreales a todos aquellos que no confunden la política con la astucia, la potencia con la brutalidad y el Estado con su simulacro. Y, sin embargo, Nassib Lahoud no era un soñador. No más que Raymond Eddé, Albert Moukheiber, Fouad Boutros, Samir Frangié, Hassan Rifai o Michel Khoury, por citar solo algunos. ¿Su tara fundamental? Se sustraía a las “normas políticas” heredadas de la dislocación del Estado libanés, de la guerra y de una servidumbre voluntaria al más fuerte o al mejor postor. Por eso no necesitaba estallidos espectaculares ni ocupación sonora del espacio público, ni hordas de seguidores dispuestos a entregarse en cuerpo y alma para colmar una necesidad patológica de poder y reconocimiento. Nassib Lahoud era una presencia densa, jamás invasiva; una autoridad que no buscaba imponerse porque no tenía nada que demostrar. Sus valores hablaban por él. Su concepción del ser humano, su ambición de restaurar el Estado, de mandar sirviendo a los ciudadanos y no dominándolos, lo convertían en un líder natural. No necesitaba fundar su legitimidad en hechos de guerra, en glorias insípidas manchadas de sangre; y conviene recordarlo en un momento en que el pasado y sus demonios siguen envenenando el discurso político libanés, como si no hubiera manera de establecer una autoridad distinta que no se sostuviera en memorias fragmentadas y disyuntas. Sí, Nassib Lahoud pertenecía a esa especie rara de hombres para quienes la política no era un teatro, sino una disciplina interior. Una compostura. Incluso una contención. A contracorriente de la virilidad estridente y de las posturas marciales, asumía el camino que se había trazado: la mesura como fuerza, la lentitud como virtud, la precisión como moral. Cada palabra, medida, lo era por sentido de la gravedad y de la responsabilidad. En el fondo, Nassib Lahoud respetaba el espacio de lo político porque respetaba a los demás. Y respetaba también a su país: sus fragilidades, sus equilibrios inestables, su pluralismo irreductible, su soberanía, sus libertades. La experiencia de la guerra le enseñó, muy pronto, que el Líbano no sobreviviría a los hombres apresurados, ni a los hombres ebrios de certezas, ni a los vende patria viles y corruptibles; menos aún a los hombres convencidos de encarnar el destino. El Líbano, para sostenerse, necesitaba árbitros más que jefes, guardianes más que conquistadores. Necesitaba un Estado capaz de decir no, incluso a los suyos, y una presidencia capaz de reunir, de gobernar y de arbitrar con la fuerza de la Constitución, sin espasmos de poder, sin delirios apopléticos. En eso, Nassib Lahoud fue un hombre de Estado en el sentido pleno, casi clásico del término. Formaba parte de esa minoría libanesa que pensó la soberanía sin histeria, la reforma sin resentimiento y la identidad sin crispación. Su “libanismo” no era una incantación ni un fetiche: reposaba sobre un equilibrio de orfebre entre libertad y regla, diversidad y unidad, apertura árabe y autonomía nacional. Una libanesidad adulta, liberada de complejos y fantasmas, emancipada de las fiebres que habían roído el ser nacional durante décadas, hasta la destrucción, el sometimiento, la vergüenza… casi hasta la desaparición. En ese sentido, su “fracaso” político, si es que hay que llamarlo así, no fue solo el de un hombre. Fue el del “sistema”, que en cada bifurcación decisiva eligió escuchar a las sirenas antes que al sentido común. ¿Cómo podría haber sido de otro modo en un país donde la movilización afectiva se privilegia ineluctablemente sobre la construcción institucional, y donde la fuerza, aliñada de hipocresía, ha sido siempre el modo de existir, para cada comunidad y, detrás de ella, para cada individuo, frente a un otro real o imaginario? Nassib Lahoud no fue apartado por falta de lucidez. Simplemente, tenía demasiada para una clase política ya embarcada en su propia abdicación moral. A la distancia, su figura puede parecer casi anacrónica. Y, sin embargo, arde de actualidad. En tiempos de derrumbe generalizado, de dislocación del Estado, de devoración de las instituciones por lógicas infraestatales o predatorias, Nassib Lahoud nos hace falta precisamente porque no ofrecía soluciones milagrosas, sino una brújula: una ética de la decisión, una idea exigente de la función pública como servicio. Referentes. El Líbano de hoy padece un déficit de carácter y de valores. Ese es el mal endémico. Y Nassib Lahoud pertenecía justamente a esa estirpe rara para la cual la política es, ante todo, una cuestión de carácter, en el sentido casi antiguo del término: coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. En otras palabras, una fidelidad a sí mismo que no es narcisista ni patológica, sino estructurante. Se ha dicho a menudo, tras su muerte, que era el “presidente que el Líbano no tuvo”. Es cierto. Pero es todavía más grave que eso. Era el tipo de presidente que aterraba a todos: a la calaña, a los señores de la guerra, a los adeptos de la politiquería de alcantarilla, y a los grandes padrinos “realistas” que, por conveniencia, prefieren plebiscitar la mediocridad. Y quizá ahí resida, en el fondo, nuestra responsabilidad colectiva más pesada. Sea como fuere, de Nassib Lahoud queda esa lección silenciosa, casi severa: la lección de un hombre que prefirió perder antes que traicionar la idea que tenía del Estado. En un país donde se gana demasiado a menudo renegando de uno mismo, esa lección, la más hermosa, la del “perdedor magnífico”, sigue incomodando. Y mejor así.

El Louvre Abu Dhabi, un puente entre civilizaciones (2/2)

El Louvre Abu Dhabi se inscribe en el corazón de una estrategia deliberada para consolidar al emirato como un polo cultural internacional. El museo encarna la ambición de Abu Dabi de posicionarse como un puente entre civilizaciones, con el objetivo de trascender la imagen de una sociedad emiratí percibida como “puramente dependiente del petróleo” y afirmar una identidad claramente orientada hacia la cultura global. Se trata de una institución artística de primer orden, concebida como un museo universal que pone en relieve las interacciones de la creatividad humana a través de culturas, civilizaciones, religiones, épocas y prejuicios. Diseño y museografía En el Louvre Abu Dhabi, las obras se presentan siguiendo un enfoque curatorial distintivo que privilegia narrativas universales, como la creación, la religión, el poder y el intercambio, por encima de divisiones geográficas rígidas. Se trata de una propuesta poco habitual en un museo de arte. Las galerías están organizadas en capítulos temáticos y cronológicos, lo que permite exhibir obras de Oriente y Occidente lado a lado y fomentar un diálogo intercultural, sustentado tanto en la visión de apertura de Abu Dabi como en la experiencia museológica francesa. Como primer museo universal del mundo árabe, ofrece una lectura global y comparativa de la historia del arte, en lugar de una narrativa estrictamente nacional u occidental. Las colecciones El museo alberga una colección en constante crecimiento de más de 600 obras y piezas excepcionales, que abarcan la historia de la humanidad en todas sus categorías. Parte de estas obras provienen en préstamo del Louvre de París y de más de trece instituciones francesas adicionales. Las exposiciones se renuevan de manera regular para mantener el interés del público, lo que convierte al museo en un espacio dinámico y especialmente atractivo. El Louvre Abu Dhabi opera a partir de una alianza de largo plazo entre el gobierno de Abu Dabi y el Louvre de París. Esta colaboración incluye el préstamo de obras, el intercambio de conocimientos científicos y el apoyo a la programación, así como la organización de exposiciones temporales complejas, curadas en conjunto con diversos museos europeos. Préstamos emblemáticos Alrededor de 300 obras mayores fueron prestadas por trece instituciones francesas durante los primeros años del museo. Entre ellas figuran La Belle Ferronnière , de Leonardo da Vinci; Napoleón cruzando el paso del Gran San Bernardo , obra maestra de Jacques-Louis David; La estación de Saint-Lazare , de Claude Monet; el autorretrato de Van Gogh, así como piezas de Manet, Kandinsky, Matisse, Rothko, Andy Warhol, Durero y Tiziano, por mencionar solo algunas de las más reconocidas. La colección incluye también objetos históricos, como un cuenco de oro del Imperio aqueménida y una carabela. Para 2025, el museo amplió aún más su acervo mediante nuevas adquisiciones y préstamos internacionales, entre ellos sarcófagos cristianos y pinturas modernas. Obras adquiridas por el museo Entre 2023 y 2025, el museo reforzó su credibilidad académica con nuevas adquisiciones permanentes. Estas incluyen, entre otras, una estatua bicéfala de Ain Ghazal de hace 8.000 años y un busto colosal de Ramsés II de la época faraónica. El museo también incorporó una de las joyas del arte barroco, La joven con el brasero , de Georges de La Tour, junto con varias esculturas de Rodin y diversas obras de Kandinsky, Giacometti y pinturas de Picasso. Servicios educativos, formación y alianzas académicas Más allá de la visita cultural, el museo funciona como un centro pedagógico y ofrece formación continua para escuelas de los Emiratos. Se imparten diversos programas educativos y cursos de capacitación para docentes, con el fin de que utilicen el museo como complemento del currículo escolar y fomenten el pensamiento crítico entre los estudiantes. El Louvre Abu Dhabi también ha desarrollado alianzas universitarias, entre ellas un memorando de entendimiento con NYU Abu Dhabi, así como una colaboración con la Sorbonne Abu Dhabi y la École du Louvre para ofrecer una maestría profesional en “Profesiones del museo”, la primera de este tipo en la región del Golfo. Cabe destacar, además, la misión inclusiva del museo que, a través de su programa “Louvre Abu Dhabi para todos”, ofrece actividades y funciones especiales accesibles para personas con necesidades específicas. En conclusión, el Louvre Abu Dhabi se consolida como un museo satélite de alcance global que combina cultura, educación, investigación académica y poder blando. Ocupa un lugar central como institución patrimonial, espacio educativo y referente internacional de los Emiratos Árabes Unidos.