Logotipo de Levant Time
Volver al artículo
El Nuevo Mundo

Trump y el complejo iraquí

Imagen destacada de la noticia
Retrato del autor
Por Khairallah Khairallah
Publicado feb 19, 2026 - 05:22

Las negociaciones llevadas a cabo por la administración estadounidense con la parte iraní en Mascate y Ginebra no tenían otro objetivo que transmitir un único mensaje. El contenido de ese mensaje es que la «República Islámica» debe cambiar. El cambio debe producirse por las buenas o por la fuerza. El presidente Donald Trump no dudó recientemente en afirmar que la caída del régimen iraní sería «lo mejor que podría ocurrir». Desde esta perspectiva, se comprende la reiterada negativa del presidente estadounidense al regreso de Nouri al-Maliki al cargo de primer ministro en Irak. Asimismo, desde este mismo ángulo, puede entenderse el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York junto con su esposa.

Se desarrolla una operación de cerco cuidadosamente planificada contra Irán, acompañada de un recorte continuo de sus alas tras su expulsión de Siria y la eliminación práctica de «Hezbolá», la joya de la corona del proyecto expansionista de la «República Islámica».

Lo que hoy debe subrayarse es la firme determinación de la administración estadounidense de volver a Irak. Trump parece arrastrar una auténtica obsesión llamada Irak. Estados Unidos pagó un precio altísimo por derrocar el régimen baasista y familiar de Saddam Hussein en 2003. Pagó con sangre y con cientos de miles de millones de dólares para que Irán emergiera como el único vencedor de una guerra cuyas motivaciones siguen siendo, hasta el día de hoy, objeto de interrogantes, especialmente en lo que respecta a las razones que llevaron a la administración de George W. Bush a emprenderla.

El regreso del presidente estadounidense a la cuestión de Nouri al-Maliki no es en absoluto casual en las circunstancias actuales, marcadas por una peligrosa escalada entre la «República Islámica», por un lado, y Estados Unidos e Israel, por otro. Se trata de una escalada seria, sobre todo a la luz del traslado de la guerra al interior del territorio iraní el pasado mes de junio.

En la mente de Trump se articulan cálculos precisos, entre ellos uno relacionado con Irak, que ha pasado a caer en el regazo iraní. Los estadounidenses, concretamente la administración de George W. Bush, entregaron Irak a Irán en bandeja de plata. Ello parece haber quedado grabado en la memoria de Donald Trump, quien ha asumido la tarea de poner fin a la hegemonía iraní en la región comenzando por Irak.

Estados Unidos llevó al poder en Bagdad a milicias chiíes iraquíes vinculadas a la «Guardia Revolucionaria» iraní. Estas milicias no tardaron en volverse contra el «ocupante» estadounidense y en trabajar al servicio de los intereses iraníes. La administración Bush erró en todo cuanto emprendió en Irak, especialmente cuando quedó claro que carecía de un plan coherente para la etapa posterior a la caída de Saddam Hussein.

Trump es consciente asimismo de que el relanzamiento del proyecto expansionista iraní en la región tuvo su punto de partida en Irak. Con la caída de Bagdad en abril de 2003, los equilibrios de poder en la región se alteraron profundamente. Con la caída de Irak, Siria cayó por completo en manos de Irán, y también el Líbano, donde la «República Islámica» asesinó a Rafic Hariri hace veintiún años tras considerar que constituía un obstáculo para la expansión iraní, basada esencialmente en la instrumentalización de los instintos sectarios y en la sustitución de las instituciones del Estado por milicias afiliadas a la «Guardia Revolucionaria» en uno u otro país árabe.

El rey Abdalá II había advertido de los peligros de entregar Irak a Irán incluso antes del asesinato de Rafic Hariri en febrero de 2005. En octubre de 2004 habló del «Creciente chií» en su sentido político, como un creciente persa que se extendía desde Teherán hasta Beirut pasando por Bagdad y Damasco. El monarca jordano hizo estas declaraciones en una entrevista concedida al diario estadounidense The Washington Post. Sus palabras revelaban su visión de largo alcance y su lúcida comprensión de las consecuencias que acarrearía la toma de Irak por parte de Irán.

Desde su entrada en la Casa Blanca en enero de 2016, Trump centró su atención en el peligro iraní. Rompió el acuerdo sobre el programa nuclear iraní alcanzado en 2015 por la administración de Barack Obama. Ello ocurrió en mayo de 2018. En los primeros días de 2020, Estados Unidos eliminó a Qassem Soleimani, comandante de la «Fuerza Quds», punta de lanza del proyecto expansionista iraní. La operación tuvo lugar poco después de que Soleimani abandonara el aeropuerto de Bagdad, al que había llegado desde Beirut vía Damasco, aeropuerto que constituía un punto seguro para la «República Islámica». La eliminación de Soleimani marcó un punto de inflexión regional decisivo. Nada lo ilustra mejor que la apariencia de Hasan Nasrallah, el fallecido secretario general de «Hezbolá», al referirse a la personalidad de Soleimani y a la naturaleza de la relación que los unía en todos los ámbitos, incluida la coordinación entre Irán y el partido en Líbano, Siria, Irak, Yemen y en más de un Estado del Golfo.

Trump regresó a la Casa Blanca hace aproximadamente un año y un mes. Volvió en circunstancias nuevas, en las que Irán se ha debilitado y su proyecto expansionista ha sufrido reveses tras perder todas las guerras libradas al margen de la guerra de Gaza.

Desde esta perspectiva, resulta más que natural continuar la campaña contra Irán comenzando por Irak, al que ya no se le puede permitir seguir siendo un terreno de juego de la «Guardia Revolucionaria», como lo fueron Líbano y Siria antes del asesinato de Hasan Nasrallah en los suburbios del sur de Beirut y antes de la huida de Bashar al-Asad a Moscú.

No es importante internarse en los laberintos relativos a la personalidad de Nouri al-Maliki ni tratar de medir el grado de influencia iraní sobre él. Para Trump, lo esencial es la salida de Irán de Irak. No es normal que Estados Unidos permanezca atrapado en la trampa iraní. Al fin y al cabo, Irak está gobernado desde 2003 por personas que regresaron a Bagdad sobre tanques estadounidenses. Donald Trump rechaza esta ingratitud con la que fue recibida la guerra estadounidense en Irak hace veintitrés años.

Ahora, después de que la administración Trump haya colocado a Irán ante la disyuntiva de la rendición o la exposición a un amplio ataque por mar y aire, parece lógico que Trump busque recuperar Irak si realmente se pretende poner fin al proyecto expansionista iraní.

Artículos relacionados
Ver todo
Vídeos relacionados
Ver todo
Podcasts relacionados
Ver todo