


Nada revela con mayor claridad el comienzo del fin del régimen vigente en Irán que la situación en Irak. En Irak, la «República Islámica» ha fracasado en su intento de imponer a una figura leal en el cargo de primer ministro. Bastó con que el presidente Donald Trump vetara el regreso de Nuri al-Maliki al puesto para que su destino quedara en suspenso.
Desde Irak arrancó el nuevo impulso del proyecto expansionista iraní, después de que la administración de George W. Bush derribara el régimen baazista y familiar de Saddam Hussein. Y es desde Irak que ese mismo proyecto parece hoy acercarse a su desenlace. Más importante aún, la incapacidad de Irán para reinstalar a Maliki como primer ministro pone al descubierto la crisis profunda que atraviesa el sistema iraquí nacido tras 2003.
Poco a poco se hace evidente que Irak enfrenta una crisis de régimen, un sistema incapaz de sostenerse. Lo que se edifica sobre bases falsas no puede perdurar, especialmente en un país atravesado por una diversidad de religiones, confesiones y componentes nacionales. La «República Islámica» de Irán quiso trasladar a Irak su propia experiencia fallida. Si el sistema fundado en la doctrina del wilayat al-faqih ha fracasado en el propio Irán, ¿cómo podría haber triunfado en el país vecino llamado Irak?
Conviene recordar siempre que la guerra estadounidense contra Irak llegó inmediatamente después de la guerra en Afganistán, a raíz de la catástrofe del 11 de septiembre de 2001. Aquel día, la organización terrorista Al Qaeda, encabezada por Osama bin Laden, lanzó sus dos ataques contra Washington y Nueva York. Era necesario, en primer lugar, eliminar al régimen de los Talibanes en Afganistán, que ofrecía refugio a Bin Laden y a su red. La administración Bush hijo, dominada por los neoconservadores, derrocó a los Talibanes. Sin embargo, hasta hoy no está claro por qué el presidente estadounidense decidió acabar con el régimen de Saddam Hussein mientras el ejército estadounidense seguía inmerso en la guerra afgana.
Los estadounidenses fueron a Irak sin un plan claro y sin un aliado regional real, salvo la «República Islámica» de Irán, que desempeñó un papel central en la unificación de la oposición iraquí con el fin de derribar y heredar el régimen de Bagdad. Llegaron con ideas ingenuas, como creer que los chiíes de Irak eran ante todo árabes y que su referencia religiosa se encontraba en Nayaf y no en Qom. No existió una verdadera comprensión estadounidense del peso de las milicias chiíes iraquíes que los iraníes introdujeron en Bagdad sobre los tanques del ocupante estadounidense.
Fui testigo directo de la coordinación estadounidense-iraní durante la conferencia de la oposición iraquí celebrada en Londres en diciembre de 2002. La mayoría de los dirigentes de la oposición, chiíes y kurdos, llegaron a Londres en un mismo avión procedente de Teherán. Las instrucciones iraníes dirigidas a los líderes chiíes, representados entonces por el fallecido Abdel Aziz al-Hakim, eran claras: aprobar la propuesta estadounidense en la conferencia.
Más significativo aún fue el comunicado final de la conferencia de Londres, que por primera vez habló de la «mayoría chií» en Irak y describió al futuro Estado como «federal». La inclusión del término «federal», susceptible de múltiples interpretaciones, pretendía tranquilizar a los kurdos, en particular a Masud Barzani, que observaba con cautela el escenario que se dibujaba ante él. Barzani participó en la conferencia y afirmó que el tren para derrocar a Saddam Hussein «ya había partido» y que no habría lugar en el nuevo Irak para quien no subiera a él. Su discurso fue el más destacado: advirtió contra la «venganza», al tiempo que recordó los crímenes del régimen saddamista contra los kurdos y contra su propia familia.
El único beneficiario de todo lo ocurrido en Irak desde 2003 fue Irán. Lo sucedido constituyó un terremoto que alteró el equilibrio regional, al quedar Irak en el bolsillo de la «República Islámica». Jomeini fracasó durante ocho años, entre 1980 y 1988, en su intento de engullir Irak. Los estadounidenses hicieron realidad su sueño en 2003, librando en la práctica una guerra que sirvió a los intereses iraníes.
El presidente Donald Trump intenta ahora, mediante las advertencias que envía a los responsables iraquíes, corregir un error estratégico de casi un cuarto de siglo. El error comenzó con la decisión de emprender la guerra en Irak antes de concluir la de Afganistán, y con la creencia de que existía una diferencia entre el terrorismo suní y el terrorismo representado por las organizaciones chiíes proiraníes desplegadas en toda la región, incluido Irak.
La práctica ha demostrado el fracaso del sistema instaurado en Irak en 2003. Bagdad carece de capacidad para imponer a Nuri al-Maliki como primer ministro, especialmente ante la amenaza de sanciones estadounidenses en caso de desobedecer la voluntad de Donald Trump. Además, nada indica que sea posible elegir un nuevo presidente de la República en el corto plazo. En cuanto al «federalismo», sigue siendo objeto de interpretaciones divergentes.
Irak debe ahora buscar un nuevo sistema político, alejado de la hegemonía iraní. Mucho dependerá del resultado de la confrontación entre la «República Islámica», por un lado, y Estados Unidos e Israel, por otro. Pero la cuestión que permanece en primer plano es la de Irán mismo, que extendió su influencia regional a partir de Irak —un Irak que hoy simboliza el ocaso del proyecto expansionista de la «República Islámica».