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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Ofensiva israelo-estadounidense: objetivo, «la erradicación del régimen de los mulás»

El pueblo iraní, junto con otras poblaciones de la región del Levante, llevaba décadas esperando este Día D. Los intensos bombardeos aéreos estadounidenses e israelíes lanzados en las primeras horas de la mañana de este sábado 28 de febrero no parecen constituir un ataque puntual y limitado en el tiempo y el espacio. Por el contrario, todo indica que representan el preludio de una ofensiva global y radical, tanto en el plano militar como político, contra el régimen de los mulás en el poder en Teherán. Así se desprende no solo de la magnitud y amplitud de los ataques aéreos conjuntos, sino también —y sobre todo— del mensaje radio-televisado del presidente Donald Trump difundido en la mañana (probablemente grabado la noche del viernes). Con su franqueza habitual, el jefe de la Casa Blanca delineó sin rodeos los grandes ejes de la ofensiva, denominada por Israel “Escudo de Judá”, en alusión a una protección divina. En línea con las declaraciones particularmente duras que había formulado en los últimos días contra el régimen iraní, especialmente durante su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Trump anunció que Estados Unidos había lanzado un ataque “a gran escala” contra Irán, precisando que la operación “continuará para impedir que Irán represente una amenaza para Estados Unidos”. Para subrayar el alcance geoestratégico de la ofensiva, Trump agregó: “Nos aseguraremos de que los proxies de Irán no representen más ninguna amenaza para la región”, en clara referencia a los brazos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica en el Líbano (a través de Hezbolá), Irak y Yemen. En cuanto al caso libanés, el mandatario recordó —en lo que constituye una primera vez para un presidente estadounidense— que fueron aliados de Irán quienes perpetraron el atentado contra los Marines estadounidenses en Beirut en 1983, destacando que esa operación terrorista, patrocinada por el régimen de los mulás, dejó 241 soldados norteamericanos muertos. Trump fue particularmente explícito respecto a los objetivos de la ofensiva lanzada este 28 de febrero. “Destruiremos los misiles iraníes, arrasaremos la fuerza naval iraní”, afirmó. “Invito a los Guardianes de la Revolución a deponer las armas. Si lo hacen, estarán a salvo; de lo contrario, los destruiremos”. Dirigiéndose directamente al régimen, añadió: “Depongan las armas y recibirán Justicia”. En términos claros, el presidente estadounidense exige una capitulación total del régimen, lo que inevitablemente implicaría su caída y erradicación, así como una profunda recomposición del panorama geopolítico en Medio Oriente. Finalmente, Trump envió un mensaje directo al pueblo iraní: “La hora de su liberación está cerca”. Un mensaje que fue rápidamente recogido por la población de la región de Al-Ahwaz, en el suroeste de Irán, mayoritariamente de origen árabe, que hacia el final de la mañana proclamó una rebelión contra el poder central “persa” de los mulás. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, también fue categórico al declarar en conferencia de prensa que el objetivo de Israel es provocar un cambio de régimen en Teherán. Expansión de las operaciones militares En señal de que la ofensiva no tiene carácter limitado ni puntual, los bombardeos no se restringieron a Teherán, sino que alcanzaron varias ciudades importantes, presuntamente apuntando a sistemas de defensa antiaérea y misiles de largo alcance. Entre las localidades atacadas figuran Qom, Tabriz, Kermanshah, Isfahan, Khorramabad, Karaj y Garmdarreh. En represalia, los Pasdarán lanzaron hacia el final de la mañana una treintena de misiles balísticos en dirección al norte de Israel, Tel Aviv y Jerusalén. Hecho significativo: estos misiles también alcanzaron, en menor escala, Qatar, Kuwait, Bahréin, Abu Dabi, Dubái, Jordania e incluso Riad. Según Teherán, el objetivo era atacar bases estadounidenses, aunque estas habrían sido evacuadas días antes por el ejército norteamericano. La posición del Estado libanés Mientras la ofensiva militar estadounidense-israelí continuaba contra el régimen de Teherán, el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam emitieron cada uno un comunicado en el que subrayaron explícitamente la necesidad de mantener a Líbano completamente al margen del conflicto, denunciando así cualquier intención de Hezbolá de involucrarse en la confrontación. En la misma línea, el ministro de Relaciones Exteriores, Joe Raggi, declaró sin ambigüedades: “El interés del Líbano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración… Neutralidad, neutralidad, neutralidad”.

Estallido y Fauvismo: Yungblud desatado en el escenario

Ojos negros, puros, tormentosos, contrastados. Hermosos para ahogarse en ellos. Dominic Harrison, alias Yungblud, sube al escenario y grita su fauvismo a todo pulmón. Una vida de rabia, de amplitud y de autoconfianza adquirida y ahora alquimista. Cada uno de sus gestos es un relámpago; cada uno de sus movimientos, un incendio. No interpreta sus canciones. Las deja explotar en fuego. La pista se enciende en cuanto aparece. Los bajos retumban como un trueno. Mi hija y su amiga están un poco más lejos, yo estoy atrás. Cada vibración del aire nos atraviesa. Luego surge él. Cuerpo esculpido bajo los focos, presencia animal, ojos azules maquillados como una tormenta. Yungblud irrumpe en el escenario, es un fuego salvaje. Un cigarrillo en la esquina de los dedos, que encenderá más tarde, y el calor ya es insoportable. Su presencia es leonina. Cada gesto, cada movimiento arrasa con todo a su paso. No solo canta: consume el aire, la multitud, la noche. Entre dos jodidas 'signature' que halagan nuestros tímpanos al estilo rock'n'roll, su impertinencia estalla. La frontera escenario-pista desaparece. Estamos en el corazón de su tormenta. Una intensidad inmediata En nuestra arena precalentada al rojo vivo por el grupo californiano Palaye Royale, los temas de Dominic se disparan. Hello Heaven, The Funeral, Lovesick Lullaby, Lowlife, Changes… No había vivido una escena así desde las que nos ofrecían nuestras pequeñas pantallas beirutíes, cuando funcionaban al ritmo de la corriente eléctrica, en los años 90. La propuesta musical de Yungblud es cruda, verdadera. Rock alternativo, destellos punk, estribillos coreados como juramentos. Las guitarras muerden. La percusión martillea. La escritura proclamada es una sensible mezcla de rabia, de vulnerabilidad asumida a falta de ser elegida. Una estética marcada El público está transportado. A nuestro alrededor, una hermosa juventud. Desde adolescentes hasta cuarentañeros, todos han cuidado su atuendo. Prendas negras, llamas escénicas que iluminan maquillajes rozando lo gótico, un poco o mucho de Tim Burton versión rock alternativo, ADN de nuestra estrella obliga. No se trata de un cantante pudoroso sino de un león; podemos escribirlo. Su filiación rock es reivindicada: ecos de Nirvana, de Bowie y sobre todo de Ozzy Osbourne, una influencia central para su identidad artística. Changes posee una dimensión central para Yungblud. Además, el 1 de febrero de este año, Dominic ganó el Grammy Award a la Mejor Interpretación de Rock por su versión en vivo de este último tema, interpretación de Black Sabbath dedicada al mismo Osbourne. Fuera del escenario, Harrison canaliza su energía en el boxeo. Comparte en Instagram momentos de ensayo en directo, sus perros, instantes de cercanía con su público. Los fans piden más porque su ídolo es auténtico. Una voz para la nueva generación Yungblud no es solo un artista. A sus 28 años, es un espejo para la juventud. Vulnerable pero poderoso, sin filtros pero siempre bueno y generoso. Aborda la salud mental, la libertad y la autoaceptación como un motor que permite existir sin compromisos. Cada uno de sus conciertos es una experiencia compartida. El pasado octubre en París, en el momento en que tuvo lugar este concierto, la energía era cruda y la libertad palpable. El compromiso LGBTQ+ se leía naturalmente, sin énfasis. Desde entonces, Dominic ha proclamado públicamente ante su público su apoyo al pueblo masacrado de Irán. Uno de los pocos artistas en llevar la voz de esta juventud libre e iluminada, hoy sacrificada. A mi lado, mi hija y su amiga están electrificadas, literalmente. Cantan cada palabra. Vibrar juntos, en cuerpo y alma, atravesadas por la misma ola. Este concierto intergeneracional creó un calor que despierta. La marcada personalidad de Dominic, su fauvismo musical me conmovieron. Es un artista que rompe códigos, certezas y que encarna las suyas de forma incantatoria. Quema y desdibuja las fronteras insípidas de la frialdad sonora ambiental, a menudo calibrada. Yungblud no es solo un cantante. Es un catalizador de emociones, un fuego que consume e ilumina a la vez. Gracias a mi hija, cuya ayuda y precioso amor hicieron posible la redacción de este apasionado artículo.

Todos los elementos de la derrota iraní… reunidos
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

Si las cosas fueran normales entre América e Israel por un lado, y la «República Islámica» iraní por el otro, no habría sido necesario tanto tiempo ni tantas fricciones para alcanzar un acuerdo entre las tres partes, que en realidad no son más que dos. Al fin y al cabo, es imposible separar a América de Israel en lo que atañe a las cuestiones esenciales — es decir, a la cadena de exigencias planteadas al Irán: su expediente nuclear, sus misiles balísticos y plataformas de lanzamiento, y los brazos armados que la Guardia Revolucionaria controla más allá del territorio iraní. Si las cosas fueran normales, Irán habría actuado como Alemania o Japón al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando se rindieron ante los americanos y sus aliados europeos. Así fue como Alemania se salvó a sí misma — y lo mismo ocurrió con Japón. Japón necesitó de una segunda bomba atómica — la de Nagasaki, tras la primera sobre Hiroshima — para comprender la determinación americana de infligirle una derrota aplastante. La derrota militar liberó a ambos países de regímenes despóticos que los habían convertido en una amenaza para su entorno, y en realidad para el mundo entero. Permitió a Alemania recobrar el aliento y recuperar su lugar en Europa y en el mundo, mientras la economía japonesa se convertía en una de las más importantes del planeta — una vez que Japón se convenció de que la confrontación militar con los Estados Unidos era un callejón sin salida. La «República Islámica» sigue negándose a reconocer su derrota. Un reconocimiento semejante le permitiría, sin embargo, recuperar su papel en la región y en el mundo, y devolvería a los pueblos iranís la posibilidad de pertenecer nuevamente a una cultura de la vida. Esos pueblos se vieron obligados a renunciar a esa cultura desde el instante mismo en que el ayatolá Jomeini triunfó sobre el régimen del Shah — con sus virtudes y sus vicios — en 1979. La «República Islámica» sigue creyendo que dispone de sus bazas en la región y que puede negociar de igual a igual con el «Gran Satán» americano, alcanzando así entendimientos con Israel — del tipo de los que allanaron el camino para la retirada israelí del sur del Líbano en el año 2000, o de las «reglas de enfrentamiento» que permanecieron vigentes hasta el día en que Hezbolá decidió lanzar su «guerra de apoyo a Gaza.» Además, Irán sigue considerando Irak como una carta iraní. Del mismo modo, ve una baza en Hezbolá en el Líbano, o en Ansar Allah (los Huthis) en Yemen. La delegación iraní que negoció con los americanos en Ginebra — mediante mediación omaní, y en ocasiones de manera directa — no advierte que habla un lenguaje que el tiempo ha carcomido hasta los cimientos, a la vista de los acontecimientos y las transformaciones que ha vivido la región desde el ataque del «Diluvio de Al-Aqsa» el 7 de octubre de 2023. Hasta hoy, la dirección iraní — con el «Guía Supremo» Alí Jameneí a la cabeza — sigue viviendo en el pasado, en la era anterior al «Diluvio de Al-Aqsa.» Cree que aún es posible el regateo en lo que respecta al programa nuclear iraní, cuando lo que se exige es la liquidación total de cuanto está vinculado a ese programa. No hay margen para ninguna dilación si se quiere alcanzar un entendimiento que evite una nueva guerra contra la «República Islámica.» Lo que rige para el programa nuclear rige igualmente para los misiles balísticos y sus plataformas de lanzamiento, así como para los brazos armados iranís en Irak, el Líbano y Yemen. Más aún: Irán intentó seducir a Donald Trump ofreciéndole la apertura del mercado iraní a las compañías americanas de petróleo y gas. Teherán parece incapaz de asimilar el concepto de país seguro para las inversiones. ¿Qué empresa americana enviaría a sus empleados a un país capaz de convertir a sus ciudadanos en rehenes de la noche a la mañana? Lo que se necesita es una transformación iraní a todos los niveles para llegar a entendimientos con América. Por ahora, el régimen de Teherán es incapaz de acometer semejante transformación — incapaz porque no existe en Teherán, salvo una minoría silenciosa, quien sea capaz de comprender el sentido de lo ocurrido en la región desde el «Diluvio de Al-Aqsa» y medir sus alcances. Nadie entiende lo que significa la existencia de una decisión americana de torcer el brazo iraní — y ello desde que Trump desgarró el acuerdo sobre el expediente nuclear iraní alcanzado con la administración de Barack Obama en el verano de 2015. Durante su primera estancia en la Casa Blanca, el presidente americano rasgó ese acuerdo en 2018, para no tardar en ordenar el asesinato de Qasem Soleimani, al que cabe calificar como la figura iraní más importante después del «Guía.» Trump no fue a Caracas para arrestar al presidente venezolano Nicolás Maduro con el fin de castigar a un jefe de Estado que hubiera desafiado sus órdenes o cultivado vínculos estrechos con Cuba. La detención de Maduro y su traslado junto a su esposa a Nueva York no puede interpretarse sino como parte de una operación destinada a recortar las alas de la «República Islámica» en diversas partes del mundo. Es difícil evitar un enfrentamiento militar entre América e Irán — en el que Israel muy probablemente participará — dada la existencia de dos mentalidades y dos lógicas que no pueden conciliarse. La mentalidad y el enfoque iraní descansan en la idea de que nada ha cambiado en la región y de que basta con agitar ante Trump el señuelo de las inversiones en Irán para abrir un abismo entre los Estados Unidos e Israel. El método negociador iraní delata un pensamiento ingenuo que se niega a reconocer la derrota. Y nada expresa esa derrota con mayor elocuencia que la salida de Irán de Siria. ¿Qué era Siria, y en qué se ha convertido tras la huida de Bachar al-Asad a Moscú? Todos los elementos de la derrota iraní están ya reunidos. El verdadero acto de valentía reside en reconocer esa derrota. Solo entonces podrá hablarse de negociaciones entre dos partes que dispongan cada una de sus cartas — si es que aún quedan cartas iraníes. Cuando se habla de bazas de poder, es indispensable señalar la situación interna de Irán. Pues antes de fracasar en el exterior, el sistema del «vilayato del faqih» fracasó primero dentro del propio Irán. Ahí reside su debilidad fundamental, antes que en cualquier otra cosa.

«Ucrania ha sobrevivido»: la apuesta frustrada de Putin

La guerra en Ucrania, desatada por la invasión rusa del 24 de febrero de 2022, entra en su quinto año. La ofensiva de Moscú tenía como objetivo inicial derrocar al Estado ucraniano en pocos días, pero se topó con una feroz resistencia de los ucranianos y una movilización masiva de los occidentales para ayudarlos. El peor conflicto en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial ha causado cientos de miles de muertos y heridos, mientras millones de refugiados ucranianos han tomado el camino del exilio. Con motivo del cuarto aniversario del estallido de este conflicto, Levant Time entrevistó a Constantin Sigov, filósofo, director del Centro de Estudios Europeos de la Universidad Mohyla de Kiev y de la editorial Dukh i Litera (El Espíritu y la Letra). «Cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala, la primera constatación es que Ucrania ha sobrevivido, no ha cedido en absoluto, subraya de inmediato el Sr. Sigov. Incluso ganó la batalla de Kiev, mientras que hace exactamente cuatro años, el 24 de febrero de 2002, el presidente ruso Vladimir Putin estaba convencido de que esta batalla se decidiría en tres días», afirma, haciéndose eco de las declaraciones del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, quien recibía en Kiev a los jefes de Estado y de gobierno de los países aliados de Ucrania. «Todo lo que Ucrania ha soportado no debe ser abandonado, ni olvidado, ni traicionado», declaró el Sr. Zelensky en un discurso a la nación. El Sr. Sigov recuerda que Ucrania ha resistido durante doce años, desde la anexión de Crimea por Rusia en 2014. «Ucrania no solo defiende su territorio, defiende un principio particularmente relevante hoy en Oriente Medio y en nuestros vecinos europeos, a saber, que las fronteras no deben ser modificadas por la fuerza y la violencia». Pero esta resiliencia se ve amenazada por el cambio en la política estadounidense hacia Ucrania y los aliados de la OTAN. Es cierto que los líderes de los países del G7, incluido Donald Trump, afirmaron el pasado martes su "apoyo inquebrantable a Ucrania", mientras que una treintena de líderes de países aliados de Kiev exhortaron a Rusia a aceptar un "alto el fuego completo e incondicional" Por su parte, la Asamblea General de la ONU adoptó el martes 24 de febrero una resolución reafirmando su apoyo a Kiev y su integridad territorial: el texto fue adoptado por 107 votos a favor, 12 en contra y 51 abstenciones… incluyendo la de Estados Unidos, porque el texto subraya el "firme apego a la soberanía, la independencia, la unidad y la integridad territorial de Ucrania dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas"…”}]}. Los estadounidenses no quieren referirse a «la integridad territorial de Ucrania y al derecho internacional para no presionar las negociaciones de paz en curso». La batalla por la independencia de Europa Hace un año, un mes después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos había logrado que el Consejo de Seguridad adoptara, con el apoyo ruso, una resolución que pedía una paz rápida, pero sin mención de la integridad territorial de Ucrania, para gran disgusto de los aliados europeos de Kiev. Saludando los esfuerzos diplomáticos del presidente Trump, el embajador ruso Vassili Nebenzia aseguró que Rusia participaba "de buena fe" en las negociaciones. El mismo Vassili Nebenzia estuvo presente en la reunión del Consejo el 24 de febrero de 2022. Defendía ferozmente las buenas intenciones de su país mientras 150.000 soldados rusos se concentraban en las fronteras de Ucrania, antes de ser interrumpido por su homólogo ucraniano, llorando tras ser informado por su gobierno de que el ejército ruso había perforado el frente… Preguntado sobre esta nueva realidad, a saber, el agotamiento total de la ayuda financiera y militar de la era Biden, el Sr. Sigov recuerda que las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses desean apoyar más a Ucrania. Un factor que, sobre todo en vísperas de las elecciones al Congreso estadounidense, debe ser tomado en serio por la administración Trump. Kiev apuesta así por los próximos meses que serán decisivos. El Sr. Sigov también recuerda el papel «decisivo» de las sanciones económicas: «Lo esencial es privar a Rusia de su capacidad de dañar. Y si Europa fija claramente este objetivo, la solución será posible». Y añade: «Se puede decir de manera general que la batalla por la independencia de Ucrania, hoy, se ha convertido en la batalla por la independencia de Europa. La independencia tanto del gas y el petróleo rusos, como del dominio estadounidense. Y en este sentido, por mucho tiempo, Ucrania, Europa y los países democráticos en general están en el mismo barco». Una verdadera toma de conciencia «Por el momento, asistimos a una verdadera toma de conciencia. Creo que quedó claro en la Conferencia de Múnich sobre Seguridad que, efectivamente, los países escandinavos, con, por supuesto, Alemania, Francia y Gran Bretaña, son sensibles a este enfoque. Pero hay un terrible retraso en la toma de decisiones, especialmente las relativas a la “flota fantasma rusa”, esos petroleros utilizados clandestinamente por Rusia para exportar su petróleo a pesar de las sanciones internacionales». «Pero, lamentablemente, todavía hay financiación que proviene de países de la Unión Europea. Por mencionar solo a la Hungría de Orbán y Eslovaquia, que no han elegido estar del lado correcto de la historia y la justicia». En otro plano, el Sr. Sigov recuerda la experiencia adquirida por los ucranianos gracias a su determinación: «Desde la invasión, los ucranianos han sido muy ingeniosos, han utilizado drones que han ayudado enormemente a detener al agresor, e incluso en algunos lugares a hacerlo retroceder, como en el Óblast (región administrativa) de Járkov». Pero también recuerda que el país «paga un precio enorme: los hospitales acogen a muchísimos hombres y mujeres gravemente heridos, una verdadera tragedia vivida a diario». «Por lo tanto, está claro que lo que falta enormemente es ayuda militar masiva, que ha sido decidida pero que tarda en ser enviada». El Sr. Sigov añade en este contexto, no sin un toque de amargura: «Realmente hay una asimetría cuando sabemos que Corea del Norte, sin tener una economía como la de Alemania o Francia, suministra más municiones a Rusia de las que la Unión Europea envía a Ucrania. Por lo tanto, creo que lo que falta detrás de todo esto es una verdadera voluntad política y una decisión estratégica determinada». Una paz imposible El académico recuerda la declaración de Putin: «Rusia no tiene fronteras», antes de citar a Orwell: «Son totalmente capaces de poner su bota en la cara de un ser humano de cualquier nacionalidad». «Por lo tanto, realmente estamos presenciando una guerra genocida, según todos los criterios elaborados por los más grandes juristas en el momento de Nuremberg y después. Este término fue acuñado por Raphael Lemkin, él mismo jurista que estudió en la Universidad de Leópolis». Y continúa: «Según estos criterios, surge la idea de la eliminación de una nación, de su cultura, de su identidad, y los medios de agresión sistemática contra los civiles, incluso por el frío, por todos los medios inhumanos» El Sr. Sigov afirma que no existe por parte rusa una voluntad política de poner fin a la agresión: «No hay que buscar un gato negro en una habitación oscura (…). En mi opinión, la guerra solo terminará cuando Putin ya no tenga recursos para continuarla». De hecho, el Kremlin afirmó el martes 24 de febrero que "los objetivos (de Rusia) aún no se habían alcanzado", añadiendo: "Por eso la operación militar especial (nombre dado por Rusia a la invasión) continúa" en Ucrania. Vladimir Putin, por su parte, consideró que los occidentales, que arman y financian a Ucrania, no habían logrado "infligir una derrota estratégica a Rusia en el campo de batalla" Conflicto de intereses Moscú, que ocupa aproximadamente el 20% de Ucrania, prosigue una progresión lenta pero continua en el frente. Los rusos realizan regularmente ataques masivos con drones y misiles, que han devastado la red energética ucraniana, provocando cortes de electricidad y calefacción en medio de un invierno gélido. Cerca del frente, ciudades enteras han sido reducidas a escombros y el costo de la reconstrucción de Ucrania en la próxima década se estima en más de 500 mil millones de euros, según un informe internacional publicado el lunes pasado, 23 de febrero. Varias rondas de negociaciones han tenido lugar en las últimas semanas. Washington presiona para poner fin a la guerra sobre la base de su plan, revelado a finales de 2025, que concede enormes concesiones a los rusos a cambio de garantías de seguridad estadounidenses para Ucrania. Moscú exige que las fuerzas ucranianas se retiren de las zonas que aún controlan en el Donbás y que abandonen así a los rusos esta gran cuenca industrial del este de Ucrania… lo que Kiev rechaza, sobre todo porque las garantías estadounidenses son muy vagas. Los estadounidenses están representados en las discusiones por el asesor cercano de Trump, Steve Witkoff, y el yerno del presidente, Jared Kushner. El nombramiento de los dos negociadores es criticado en Washington y Europa, por lo que representa como un conflicto de intereses. Especialmente porque, ya sea en Ucrania o en Gaza, los allegados de Trump serán los primeros beneficiarios de los resultados de la paz.

Soberanía indivisible en un Líbano dividido
Por
Makram Rabah
Publicado

Naim Qassem ha pronunciado muchos discursos a lo largo de los años. El más reciente, con motivo del aniversario de los “comandantes mártires” de Hezbollah, no fue particularmente original. Pero sí revelador. Parte elegía, parte sermón, parte advertencia. Completamente previsible. Se invocó a los mártires. Se reafirmó la fe. Se denunció a Israel. Se elogió a Irán. Y se informó con suavidad al gobierno libanés de que es responsable de todo y está autorizado a decidir muy poco. Es una fórmula notable: Hezbollah exige que el Estado defienda la soberanía, siempre que el Estado no insista en poseerla. El argumento central de Qassem es simple. Líbano respetó el alto el fuego de noviembre de 2024; Israel no. Por lo tanto, el gobierno libanés debe enfrentar las violaciones israelíes. Hasta ahí, todo razonable. Luego llega el juego de manos. Se insta al gobierno a actuar como una autoridad soberana frente a Israel, mientras simultáneamente se le advierte que no actúe como autoridad soberana respecto a las armas de Hezbollah. La soberanía es indivisible, al parecer. Excepto cuando llega a Dahiyeh. El discurso se presentó como una defensa de la dignidad. El desarme, sostuvo Qassem, es rendición. La ayuda internacional, humillación. La presión para centralizar las armas bajo el Estado, una conspiración extranjera. Casi cabe esperar el siguiente paso lógico: que la propia Constitución libanesa sea una conspiración imperial, salvo cuando la interprete el buró político de Hezbollah. Se nos dice que las armas son sagradas, heredadas de la sangre de los mártires. Debatirlas es insultar a los muertos. Cuestionarlas es coquetear con la colaboración. Es un movimiento astuto. Al santificar el arsenal, Hezbollah intenta sacarlo completamente del ámbito político. Las armas ya no serían una elección estratégica. Serían un mandamiento teológico. El problema es que Líbano no es un santuario. Es una república en quiebra, con infraestructuras colapsadas y una población que preferiría, muy sencillamente, sobrevivir a la próxima década. Qassem insiste en que Hezbollah no quiere la guerra. Por supuesto que no. Hezbollah nunca quiere la guerra; simplemente se encuentra permanentemente al lado de una. No busca la escalada; solo se reserva el derecho de decidir cuándo la escalada es necesaria. No socava al Estado; simplemente opera junto a él. Por encima, si hace falta. Esto no es contradicción, se nos asegura. Es “lógica de resistencia”. La ironía es casi teatral. Hezbollah exige que el gobierno haga cumplir el alto el fuego frente a Israel mientras le pide que deje de “obsesionarse” con el desarme. En otras palabras: querido gobierno, ejerce tu autoridad. Pero no sobre nosotros. El partido también tranquiliza a su base asegurando que Irán es fuerte, que el “eje” permanece intacto y que los frentes regionales están interconectados. La intención es proyectar confianza. Pero confirma lo evidente: la doctrina de seguridad de Líbano no es puramente libanesa. Fluctúa con las negociaciones de Teherán, sus cálculos y sus prioridades regionales. La soberanía, al parecer, es más sólida cuando se subcontrata. Y luego está el teatro económico. “No queremos ayuda condicionada”, proclama Qassem. Se admira la pureza del sentimiento. Después de todo, Líbano ha prosperado extraordinariamente sin condiciones. Los inversores se sienten irresistiblemente atraídos por países donde la guerra y la paz se deciden fuera de las instituciones formales. Los mercados florecen cuando la escalada depende de la discreción partidaria. La reconstrucción prospera cuando la cadena de mando es opcional. La verdad es menos romántica. Ningún Estado puede reconstruirse mientras una estructura militar paralela conserve poder de veto sobre su dirección estratégica. Ningún ejército puede convertirse en una institución nacional creíble si debe coexistir con una organización armada que se reserva el derecho de sobrepasarlo. Y ninguna soberanía resulta convincente cuando se aplica selectivamente. Hubo, sin embargo, una maniobra particularmente reveladora en el discurso de Qassem: su insistencia en que los críticos no pueden “volver atrás” y cuestionar la decisión de Hezbollah de arrastrar a Líbano a la guerra. Según esa lógica, la historia se reinicia en el momento en que se firma un alto el fuego. El pasado se disuelve. La guerra se convierte en un expediente cerrado. Las víctimas pasan a ser notas al pie. Esto no es razonamiento político. Es amnesia institucional. Un alto el fuego puede poner fin a las hostilidades con Israel, pero no absuelve a Hezbollah de responsabilidad ante el pueblo libanés. El partido decidió unilateralmente abrir un frente. No consultó al Parlamento. No buscó la aprobación del gabinete. No preguntó a los millones de libaneses que pagarían el precio en casas destruidas, infraestructuras paralizadas, medios de vida perdidos y nuevos desplazamientos. No se puede afirmar que se defiende la soberanía mientras se niega a los ciudadanos el derecho a evaluar el costo de esa defensa. La guerra no comenzó en el vacío. No afectó a un mapa abstracto. Afectó, ante todo, a los libaneses. Si Hezbollah quiere hablar el lenguaje del Estado, debe aceptar el lenguaje de la responsabilidad. Firmar un alto el fuego no es un sacramento. No borra las consecuencias de decisiones tomadas sin mandato nacional. La historia no se suspende porque un partido prefiera no revisarla. La narrativa de Hezbollah descansa en un truco persistente: presentarse como el guardián del Estado mientras impide que el Estado se complete. Cuando Israel viola, se culpa al gobierno. Cuando el gobierno vacila, se cuestiona su valentía. Cuando considera consolidar su autoridad, se le acusa de rendición. Cara, Hezbollah gana. Cruz, el Estado pierde. Lo más llamativo del discurso de Qassem no es la retórica sobre Israel. Es la ansiedad frente al debate interno. El verdadero campo de batalla ya no es la frontera sur. Es el concepto mismo del Estado libanés. La cuestión de las armas no trata de traicionar a los mártires ni de abandonar Palestina. Trata de si Líbano funcionará alguna vez como una sola entidad política en lugar de una coexistencia negociada entre instituciones y milicias. Hezbollah gusta de presentar la elección como resistencia o sumisión. Esa dicotomía es conveniente. Y falsa. La verdadera elección es entre un país gobernado por la ley y un país gobernado por la excepción permanente. Entre una estrategia de defensa que pertenece a la república y una doctrina que pertenece a un partido. Entre responsabilidad y sacralización. Qassem concluyó con tranquilidad: Hezbollah es paciente. No busca la guerra. Está esperando que el Estado cumpla con sus deberes. Podría confundirse con magnanimidad. Pero la paciencia, cuando va acompañada de un monopolio sobre la escalada, es menos una virtud que una palanca. Líbano no necesita más lecciones sobre dignidad de quienes insisten en retener la única llave de ella. Necesita un gobierno que gobierne sin salvedades, un ejército que mande sin negociación y una soberanía que no requiera bendición clerical. Si Hezbollah realmente cree que el Estado es responsable, debería hacer por fin lo impensable: permitir que el Estado sea soberano. No en los discursos. En la práctica. Lo demás no es resistencia. Es ensayo.

Cristianos en Siria: “Desertificación espiritual” en la cuna del cristianismo (2/2)

En un primer artículo que examinó la situación de los cristianos de Medio Oriente, delineamos la realidad demográfica y social que enfrentan las comunidades cristianas de Siria, un panorama desolador en todos los sentidos. Esta segunda entrega explora las dimensiones espirituales, culturales e históricas que están en juego. Al comentar un informe de L’Œuvre d’Orient sobre las comunidades cristianas en Siria, elaborado en el verano de 2025 (ver artículo anterior), el obispo Hugues de Woillemont, director de la organización, subrayó el papel vital que siguen desempeñando las instituciones asociativas y caritativas cristianas en la sociedad siria, en los ámbitos de la reconciliación, el empoderamiento de las mujeres y la educación. Al retomar el informe, afirmó: “El pluralismo religioso y étnico es uno de los mayores activos de Siria. Sin embargo, tras medio siglo de dictadura y catorce años de guerra, agravados por la violencia sectaria en el periodo posterior a Asad, es evidente que esta diversidad religiosa y étnica se ha debilitado considerablemente y se encuentra amenazada en Siria”. “Además, la necesidad crucial de proteger a las minorías para garantizar la estabilidad y prevenir conflictos ha sido destacada en numerosos informes de la ONU”, señaló el obispo Woillemont. “No obstante, los actuales mecanismos europeos e internacionales de ayuda y protección claramente no toman en cuenta suficientemente la vulnerabilidad y la fragilidad de este ecosistema”. “Pedimos en particular”, añadió el director de L’Œuvre d’Orient, “la creación de un fondo dedicado a la diversidad étnica y religiosa, junto con una plataforma nacional de diálogo intercomunitario. Estos instrumentos nacionales e internacionales podrían contar con el respaldo de diversas agencias de las Naciones Unidas y de la Unión Europea. Lejos de fomentar el sectarismo, estas iniciativas ayudarían a respaldar una transición política y a anclar a estas minorías en las sociedades en las que viven, salvaguardando así la estabilidad nacional y fortaleciendo el respeto de los derechos humanos para todos”. Diversidad y memoria cultural “Este tema concierne al equilibrio, la diversidad y la memoria cultural de Medio Oriente”, continuó el director de la ONG. “También interpela la responsabilidad histórica de Europa. La presencia de estas comunidades es una garantía de pluralismo y democracia. Sin un apoyo sustancial, las escuelas cierran, los jóvenes emigran, las familias se dispersan y el mosaico religioso se derrumba. Un Día Internacional ayudaría a hacer visible una crisis silenciosa, a brindar apoyo concreto a las instituciones educativas y de salud, y a reconstruir puentes entre Oriente y Occidente”. Para Vincent Gelot, representante de la ONG en el Líbano, Siria y Jordania, el descenso en el número de cristianos no es un hecho demográfico más, sino “una ruptura histórica y cultural de magnitud teológica”. En otras palabras, refleja la presencia de Dios en la historia. Usando una expresión del papa Benedicto XVI, equivale a una “desertificación espiritual” de la cuna del cristianismo, es decir, la sustitución de una verdad sobre la persona humana por otra. Sin embargo, la desaparición de Jesús en el plano social no es un proceso neutral. Marca el desvanecimiento de la forma particular en que Dios amó al mundo en Cristo y de la comprensión de la humanidad transmitida por ese Dios, en suma, de toda una antropología. En muchos sentidos, es el equivalente oriental de la “muerte de Dios” en Occidente: la pérdida irreparable de una verdad sobre la persona humana que ningún otro sistema de pensamiento puede reemplazar. Las autoridades religiosas cristianas han sido especialmente atentas a la amenaza en contra del pluralismo. “La diversidad de religiones y grupos étnicos siempre ha existido en Siria; no podemos imaginar una nación que no se parezca a la nuestra”, afirmó Jacques Mourad, arzobispo siro-católico de Homs. “Los sirios nunca han estado apegados a una forma tan tradicional del islam”, añadió al reflexionar sobre el impacto del ascenso al poder de Hay’at Tahrir al-Sham. A su juicio, el clima social y cultural en el que los cristianos habían vivido durante décadas se ha visto profundamente alterado. Volver a poner los pies en la tierra “Volver a poner los pies en la tierra: 18 millones de euros para mil proyectos no es mucho”, subrayó Vincent Gelot. “Hoy, la ayuda depende casi exclusivamente de donantes privados occidentales, a través de las organizaciones agrupadas en la ROACO*, y eso es claramente insuficiente”. “Es hora de que la comunidad internacional asuma sus responsabilidades y actúe de manera concreta en favor de las comunidades étnicas y religiosas de esta región, cuya propia existencia está ahora en juego. Sin apoyo sustancial, el mosaico religioso se derrumbará. La presencia de estas comunidades es una garantía de pluralismo, así como de democracia de nuestro mundo. Un Día Internacional daría visibilidad a una crisis silenciosa, proporcionaría apoyo tangible a las instituciones educativas y de salud y reconstruiría puentes entre Oriente y Occidente. Llamamos a una movilización inmediata, no para preservar un pasado congelado, sino para mantener viva una presencia que ha contribuido al equilibrio de Medio Oriente durante dos milenios”. “Estas comunidades cristianas son testigos insustituibles del cristianismo de la Iglesia primitiva”, enfatizó Gelot. “Los lugares santos están aquí: Jesús y sus apóstoles caminaron por esta tierra; Tiro y Sidón, hoy en el Líbano, son mencionadas en los Evangelios; san Pablo se convirtió en el camino a Damasco; san Pedro fue a Antioquía; y en Jordania se encuentra el lugar donde Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Sin embargo, estamos viendo cómo las comunidades cristianas de estas regiones empacan y se van. Irse es inaceptable. Por supuesto, la partida de los cristianos no pone en cuestión la Resurrección de Cristo, pero ¿no es ya una herida teológica para estas comunidades perder el acceso a los lugares santos? Además, su salida no es solo una pérdida para ellas; también lo es para nosotros en Occidente, porque parte de nuestras raíces, de nuestra civilización, de nuestro patrimonio cultural y religioso proviene de aquí. También es una pérdida para los musulmanes. Los países de Medio Oriente deben ser ayudados a preservar su mosaico”. Anclar a las minorías “En consecuencia”, recalcó Vincent Gelot, “L’Œuvre d’Orient hace un llamado a establecer con rapidez mecanismos de apoyo a la reconciliación y a una forma de justicia adaptada a todos los sirios. También recomienda la creación de mecanismos internacionales e instrumentos financieros que garanticen una reconstrucción inclusiva, junto con una movilización sostenida de la comunidad internacional para promover la diversidad étnica y religiosa en Siria”. Gelot concluyó: “Lejos de fomentar el sectarismo, estas iniciativas ayudarían a respaldar una transición política y a anclar a estas minorías en las sociedades en las que viven, salvaguardando así la estabilidad nacional y fortaleciendo el respeto de los derechos humanos para todos”. *ROACO: Reunión de Organismos de Ayuda a las Iglesias Orientales (incluye Ayuda a la Iglesia Necesitada, Misereor, la Misión Pontificia y L’Œuvre d’Orient). Artículos relacionados: “Desertificación espiritual” en Siria: una realidad dramática (1/2)