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El Nuevo Mundo

Todos los elementos de la derrota iraní… reunidos

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Por Khairallah Khairallah
Publicado feb 27, 2026 - 20:15

Si las cosas fueran normales entre América e Israel por un lado, y la «República Islámica» iraní por el otro, no habría sido necesario tanto tiempo ni tantas fricciones para alcanzar un acuerdo entre las tres partes, que en realidad no son más que dos. Al fin y al cabo, es imposible separar a América de Israel en lo que atañe a las cuestiones esenciales — es decir, a la cadena de exigencias planteadas al Irán: su expediente nuclear, sus misiles balísticos y plataformas de lanzamiento, y los brazos armados que la Guardia Revolucionaria controla más allá del territorio iraní.

Si las cosas fueran normales, Irán habría actuado como Alemania o Japón al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando se rindieron ante los americanos y sus aliados europeos. Así fue como Alemania se salvó a sí misma — y lo mismo ocurrió con Japón. Japón necesitó de una segunda bomba atómica — la de Nagasaki, tras la primera sobre Hiroshima — para comprender la determinación americana de infligirle una derrota aplastante. La derrota militar liberó a ambos países de regímenes despóticos que los habían convertido en una amenaza para su entorno, y en realidad para el mundo entero. Permitió a Alemania recobrar el aliento y recuperar su lugar en Europa y en el mundo, mientras la economía japonesa se convertía en una de las más importantes del planeta — una vez que Japón se convenció de que la confrontación militar con los Estados Unidos era un callejón sin salida.

La «República Islámica» sigue negándose a reconocer su derrota. Un reconocimiento semejante le permitiría, sin embargo, recuperar su papel en la región y en el mundo, y devolvería a los pueblos iranís la posibilidad de pertenecer nuevamente a una cultura de la vida. Esos pueblos se vieron obligados a renunciar a esa cultura desde el instante mismo en que el ayatolá Jomeini triunfó sobre el régimen del Shah — con sus virtudes y sus vicios — en 1979.

La «República Islámica» sigue creyendo que dispone de sus bazas en la región y que puede negociar de igual a igual con el «Gran Satán» americano, alcanzando así entendimientos con Israel — del tipo de los que allanaron el camino para la retirada israelí del sur del Líbano en el año 2000, o de las «reglas de enfrentamiento» que permanecieron vigentes hasta el día en que Hezbolá decidió lanzar su «guerra de apoyo a Gaza.»

Además, Irán sigue considerando Irak como una carta iraní. Del mismo modo, ve una baza en Hezbolá en el Líbano, o en Ansar Allah (los Huthis) en Yemen. La delegación iraní que negoció con los americanos en Ginebra — mediante mediación omaní, y en ocasiones de manera directa — no advierte que habla un lenguaje que el tiempo ha carcomido hasta los cimientos, a la vista de los acontecimientos y las transformaciones que ha vivido la región desde el ataque del «Diluvio de Al-Aqsa» el 7 de octubre de 2023.

Hasta hoy, la dirección iraní — con el «Guía Supremo» Alí Jameneí a la cabeza — sigue viviendo en el pasado, en la era anterior al «Diluvio de Al-Aqsa.» Cree que aún es posible el regateo en lo que respecta al programa nuclear iraní, cuando lo que se exige es la liquidación total de cuanto está vinculado a ese programa. No hay margen para ninguna dilación si se quiere alcanzar un entendimiento que evite una nueva guerra contra la «República Islámica.» Lo que rige para el programa nuclear rige igualmente para los misiles balísticos y sus plataformas de lanzamiento, así como para los brazos armados iranís en Irak, el Líbano y Yemen.

Más aún: Irán intentó seducir a Donald Trump ofreciéndole la apertura del mercado iraní a las compañías americanas de petróleo y gas. Teherán parece incapaz de asimilar el concepto de país seguro para las inversiones. ¿Qué empresa americana enviaría a sus empleados a un país capaz de convertir a sus ciudadanos en rehenes de la noche a la mañana?

Lo que se necesita es una transformación iraní a todos los niveles para llegar a entendimientos con América. Por ahora, el régimen de Teherán es incapaz de acometer semejante transformación — incapaz porque no existe en Teherán, salvo una minoría silenciosa, quien sea capaz de comprender el sentido de lo ocurrido en la región desde el «Diluvio de Al-Aqsa» y medir sus alcances. Nadie entiende lo que significa la existencia de una decisión americana de torcer el brazo iraní — y ello desde que Trump desgarró el acuerdo sobre el expediente nuclear iraní alcanzado con la administración de Barack Obama en el verano de 2015. Durante su primera estancia en la Casa Blanca, el presidente americano rasgó ese acuerdo en 2018, para no tardar en ordenar el asesinato de Qasem Soleimani, al que cabe calificar como la figura iraní más importante después del «Guía.»

Trump no fue a Caracas para arrestar al presidente venezolano Nicolás Maduro con el fin de castigar a un jefe de Estado que hubiera desafiado sus órdenes o cultivado vínculos estrechos con Cuba. La detención de Maduro y su traslado junto a su esposa a Nueva York no puede interpretarse sino como parte de una operación destinada a recortar las alas de la «República Islámica» en diversas partes del mundo.

Es difícil evitar un enfrentamiento militar entre América e Irán — en el que Israel muy probablemente participará — dada la existencia de dos mentalidades y dos lógicas que no pueden conciliarse. La mentalidad y el enfoque iraní descansan en la idea de que nada ha cambiado en la región y de que basta con agitar ante Trump el señuelo de las inversiones en Irán para abrir un abismo entre los Estados Unidos e Israel. El método negociador iraní delata un pensamiento ingenuo que se niega a reconocer la derrota. Y nada expresa esa derrota con mayor elocuencia que la salida de Irán de Siria. ¿Qué era Siria, y en qué se ha convertido tras la huida de Bachar al-Asad a Moscú?

Todos los elementos de la derrota iraní están ya reunidos. El verdadero acto de valentía reside en reconocer esa derrota. Solo entonces podrá hablarse de negociaciones entre dos partes que dispongan cada una de sus cartas — si es que aún quedan cartas iraníes. Cuando se habla de bazas de poder, es indispensable señalar la situación interna de Irán. Pues antes de fracasar en el exterior, el sistema del «vilayato del faqih» fracasó primero dentro del propio Irán. Ahí reside su debilidad fundamental, antes que en cualquier otra cosa.

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