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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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Entre la desaparición del derecho y la consagración de la ocupación: la causa palestina en peligro

El giro peligroso que atraviesa la causa palestina es quizá el más crítico desde la Nakba de 1948, no solo por la abolición al derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, la confiscación de sus tierras y el establecimiento de otro Estado sobre ellas, sino también por la naturaleza del proyecto israelí, que adopta un carácter colonial y expansionista y busca engullir cada vez más territorios. Con ello, borra de facto la solución de dos Estados e impide la emergencia de un Estado palestino dentro de sus fronteras mínimas, es decir, las de 1967. Los proyectos de colonización que el gobierno israelí aprueba en cascada no son más que la punta del iceberg de lo que está planificado. Estos planes buscan transformar el rostro de Cisjordania, donde ya se han asentado más de 800.000 colonos, con el objetivo de consumar la expansión territorial y, al mismo tiempo, aniquilar cualquier perspectiva seria de la creación de un Estado palestino. A medida que el rechazo internacional a la expansión de los asentamientos se diluye hasta quedar reducido a condenas verbales, la situación en Cisjordania se vuelve cada vez más oscura: los colonos, bajo la protección del ejército israelí, irrumpen en pueblos y ciudades, sembrando destrucción en viviendas, bienes y cultivos. Es cierto que las posiciones árabes e islámicas que condenan estas medidas no han disminuido, pero siguen siendo incapaces de modificar la realidad existente, o al menos de congelarla, más aún cuando reiteran su adhesión a la Iniciativa Árabe de Paz adoptada en la cumbre de Beirut de 2002, a la que Israel no ha prestado atención significativa desde entonces. Por el contrario, ha buscado debilitar a su supuesto “socio” palestino, la Autoridad Nacional Palestina surgida de los Acuerdos de Oslo (1993), y ha desviado deliberadamente la mirada ante el fortalecimiento de su adversario histórico, el movimiento Hamás. Mientras las sucesivas administraciones estadounidenses presumen de su alineación con Israel y compiten por haberle brindado el mayor respaldo político, militar y material, el actual presidente, Donald Trump, considera haber dado pasos decisivos en esa dirección. Fue él quien, en su primer mandato, decidió reconocer a Jerusalén como capital de Israel, ignorando el carácter plural de la ciudad y su simbolismo religioso e histórico, y trasladó la embajada de su país a la ciudad tres veces santa. También reconoció la soberanía israelí sobre el Golán, territorio sirio ocupado desde 1967. Si la causa palestina ha generado una amplia simpatía popular, expresada en manifestaciones de protesta en numerosas capitales europeas durante meses consecutivos, ese descontento no se ha reflejado plenamente en las políticas de los gobiernos occidentales, que han cerrado los ojos ante las masacres perpetradas en la Franja de Gaza. Así han expuesto abiertamente una política de doble rasero frente a las situaciones de Ucrania y Palestina, sugiriendo que la sangre palestina es una sangre barata, mientras que la sangre ucraniana merece todo el apoyo del mundo. Es evidente que toda vida humana es valiosa y que nunca puede considerarse trivial su derramamiento. Estas políticas han conducido en la práctica a la “demonización” del palestino, a quien se le impone la etiqueta de terrorismo incluso cuando aspira a liberar su tierra, mientras que han “humanizado” al israelí, encuadrando sistemáticamente su conducta dentro de la “legítima defensa”, pese a que es él quien ocupa el territorio. Si el ataque contra civiles es un acto atroz, condenable en todo tiempo y lugar, lo que ocurre en Palestina no comenzó el 7 de octubre de 2023, como lo señaló el secretario general de la ONU, António Guterres, al afirmar que estos hechos “no surgieron de la nada”, declaración que le valió desde entonces fuertes presiones políticas y mediáticas por parte de Israel y de sus aliados dentro y fuera de Naciones Unidas. La propaganda israelí, apoyada en enormes capacidades a escala global, ha logrado invertir numerosas verdades e incluso fabricar relatos al servicio de sus intereses y del discurso que ha construido de forma constante: que no hace más que defenderse en todo lo que emprende, incluso al precio de la muerte de más de 70.000 civiles en Gaza, algunos de ellos fallecidos deliberadamente por hambre y sed, y aun cuando se bombardean hospitales, centros médicos y de atención, escuelas, universidades, clubes culturales e instalaciones deportivas. Las redes sociales, principal espacio de socialización para jóvenes y adolescentes, tampoco han contribuido a corregir el relato, en gran parte por la censura severa ejercida por las empresas propietarias y gestoras de estas plataformas, que han bloqueado cientos de cuentas y sitios que reflejaban posiciones favorables a Palestina y contrarias a la corriente dominante que respalda a Israel y su guerra implacable contra el pueblo palestino. Aquí vuelve a plantearse el problema de la narrativa: Israel ha afirmado siempre que combate al movimiento Hamás, cuando en realidad ha atacado al conjunto del pueblo palestino, como lo demuestra el nivel de destrucción en la Franja de Gaza, que supera el 80 %. De igual forma, los eslóganes sobre la liberación de los rehenes por la fuerza resultaron vacíos: pese a la devastación total, Israel no logró ese objetivo y tuvo que recurrir a mediaciones políticas para liberar a sus cautivos, vivos o muertos, mediante acuerdos de intercambio. Las cifras publicadas por el Instituto de Estudios Palestinos indican que el número de hospitales destruidos o fuera de servicio en la Franja de Gaza asciende a 38; las universidades y centros de educación destruidos, a 165; las escuelas, a 670; y las mezquitas, a 835. Las estadísticas alarmantes continúan: 1.670 trabajadores de la salud asesinados, 140 miembros de la defensa civil, 787 policías y agentes encargados de la seguridad de la ayuda humanitaria, 203 empleados de UNRWA, 254 periodistas y 1.023 científicos, académicos y docentes. Es evidente que el conflicto ha adquirido dimensiones inéditas, favorecido por una impunidad total y por una violación sin precedentes de las leyes y normas internacionales, lo que pone al mundo entero a prueba y plantea preguntas fundamentales sobre los valores que algunos Estados han proclamado y celebrado durante décadas: derechos humanos, democracia, igualdad y justicia. Al mismo tiempo, abre interrogantes profundos sobre la naturaleza del nuevo orden internacional, dominado por la ley del más fuerte y la indiferencia frente a los derechos fundamentales de los pueblos oprimidos.

Para vengar a Jamenei, los Guardianes de la Revolución desatan su furia en todos los frentes

En el segundo día de la ofensiva estadounidense-israelí contra el régimen iraní, las operaciones militares se intensificaron el domingo 1 de marzo de 2026, de forma que podría calificarse de "cualitativa" debido a la confirmación oficial en Teherán de la muerte del Líder Supremo de la Revolución Islámica, Alí ​​Jamenei, fallecido en los primeros ataques aéreos perpetrados la mañana del sábado 28 de febrero contra su residencia en la capital iraní. La muerte del Líder fue confirmada durante la noche del sábado al domingo por la televisión estatal, y las autoridades declararon inmediatamente un período de luto nacional de cuarenta días. El anuncio de la muerte de Jamenei desató el júbilo popular y las celebraciones en las calles de Teherán y otras ciudades importantes. Sin embargo, el régimen iraní afirmó que Estados Unidos e Israel habían cruzado "una línea roja", declarando que la respuesta sería "rápida y decisiva". De hecho, el régimen de los mulás lanzó un ataque a gran escala la mañana del domingo para vengar la muerte del Líder Supremo. En lo que parece una escalada suicida, o una reafirmación de su ciega adhesión al culto a la muerte y al martirio, la Guardia Revolucionaria intensificó el domingo sus ataques con misiles contra Israel, sin duda, pero especialmente contra los países del Golfo, incluyendo —en un hecho sin precedentes— a Chipre, donde dos misiles impactaron contra la base británica en la isla. Baréin, Dubái, Kuwait y las afueras de Riad, Arabia Saudita, también se vieron afectados por esta embestida. Ni siquiera el Sultanato de Omán, que en los últimos años ha desempeñado el papel de mediador y conciliador entre el régimen de los mulás y Estados Unidos, se libró, con el pretexto de atacar un buque estadounidense anclado en un puerto omaní. Incursiones contra centros de mando Como parte de la ofensiva israelí, la Fuerza Aérea Israelí realizó decenas de incursiones el domingo por la mañana en diversas regiones para neutralizar las defensas aéreas iraníes y consolidar su control del espacio aéreo. Un portavoz militar israelí indicó alrededor del mediodía que este objetivo se había logrado en gran medida, lo que permitió a la aviación israelí dirigir mejor sus ataques. De hecho, a primera hora de la tarde, un ataque tuvo como objetivo un centro de mando en el corazón de Teherán, compuesto por varios edificios grandes y adyacentes. Un vídeo publicado por el ejército israelí muestra estos edificios —cuatro o cinco— derrumbándose por completo bajo el peso de las bombas israelíes, en impresionantes columnas de humo blanco. Así pues, la fuerza aérea parece haber iniciado una amplia serie de ataques contra centros de mando y, sin duda, contra figuras clave del régimen iraní. El sábado, una fuente autorizada en Tel Aviv indicó que estos ataques constituyeron una "primera fase que durará cuatro días". Un Consejo de Transición Cabe destacar también en este contexto que, tras la muerte del Líder Supremo, se formó un Consejo de Transición, integrado por el presidente iraní Massoud Pezeshkian, el jefe del poder judicial, Gholamhossein Mohseni Ejei, y Alireza Arafi, dignatario religioso miembro de la Asamblea de Expertos y del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Este triunvirato tiene la tarea de garantizar el liderazgo interino hasta la elección de un nuevo Líder Supremo. Siete altos funcionarios asesinados Cabe recordar que el ejército israelí anunció el sábado por la noche la muerte de siete altos funcionarios del régimen: Ali Shemkhani, secretario general del Consejo de Defensa y asesor personal del Líder Supremo en materia de seguridad; Mohammed Bakpour, comandante de las fuerzas terrestres del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica; Aziz Nassir Zada, ministro de Defensa y jefe de la industria militar; Mohammed Chirazi, presidente de la Oficina Militar del Imán Jamenei. Salah Assadi, Jefe de la Sección de Inteligencia del Comando de Emergencia. Hussein Jabal Amelyane, Presidente de la asociación SPND, responsable del desarrollo de tecnologías militares y programas nucleares y biológicos. Rida Mazfari Nya, exmiembro del SPND. Reunión del Consejo Supremo de Defensa en Baabda A nivel puramente libanés, el presidente Joseph Aoun convocó al Consejo Supremo de Defensa a una reunión extraordinaria el domingo por la mañana, celebrada en el Palacio de Baabda. El comunicado emitido tras las discusiones reitera, para que todos lo escuchen, que la decisión sobre la guerra y la paz recae exclusivamente en el Estado libanés. Una advertencia "diplomática", pero muy explícita, a Hezbolá para que no caiga en la tentación de arrastrar al país a una nueva guerra estéril e inútil que no le concierne en absoluto.

Wilayat el-faqih: Jamenei o la muerte de una ficción teológica

El 28 de febrero de 2026, bombardeos estadounidenses-israelíes mataron al líder supremo de la República Islámica de Irán, Ali Jamenei, de 86 años, en su oficina en Teherán. Irán declaró cuarenta días de duelo nacional. Netanyahu y Trump proclamaron abiertamente la victoria, mientras que el mundo árabe, aunque dividido frente a la figura del dictador, sufrió las represalias de los Pasdarán. En algunas calles de Teherán, en cambio, estallaron fuegos artificiales. Conviene detenerse en esta paradoja para comprender qué es lo que, mucho más allá de un hombre, acaba probablemente de exhalar su último aliento con él. Es particularmente tentador tratar la muerte de Jamenei como un acto de guerra, uno más en esta espiral en la que Estados Unidos e Israel han decidido jugar simultáneamente el papel de cirujano-gendarme y de incendiario. Pero reducir el acontecimiento a su dimensión militar sería cometer un grave error de perspectiva: el mismo que cometen los estrategas que confunden la decapitación de un régimen con la resolución de las contradicciones que lo atraviesan. Más aún cuando Tel Aviv anunció, desde el inicio de la operación militar, que el objetivo era la caída del régimen de los mulás. Porque Jamenei no era solo un jefe de Estado. Era, o pretendía ser, el wali el-faqih , el Guardián jurisconsulto de la fe, es decir, la piedra angular de una construcción teológico-política única en la historia del islam chiita. Y es esa construcción, mucho más que su ocupante, la que merece ser examinada a la luz de los hechos. La pregunta que debe plantearse desde ahora no es tanto quién lo sucederá. Es mucho más vertiginosa: ¿era siquiera posible de ocupar su lugar? ¿Era Jamenei, independientemente de las bombas que lo mataron, el último wali el-faqih , el último representante viable de un concepto que llevaba en sí, desde 1989, los gérmenes de su propia disolución? La larga genealogía de una idea persa Para comprender la fragilidad estructural de la wilayat el-faqih , hay que remontarse mucho antes de Jomeini, más precisamente al imperio safávida del siglo XVI y a esa idea propiamente persa de una autoridad real teñida de divinidad. El chiismo duodecimano, en su versión árabe y najafí, nunca previó un gobierno islámico administrado por los hombres. La lógica es clara, casi trágicamente coherente: solo el imán Mahdi, infalible por haber sido designado por Dios, puede instaurar un gobierno justo. En su ausencia, y está oculto desde el siglo IX, todo Estado es por definición usurpador. Se lo tolera, se participa en él, se lo reforma, pero no se lo absolutiza. Durante el período de ocultación, incluso el khoms , el diezmo religioso, y la oración del viernes estaban en principio prohibidos, pues estaban reservados a la única autoridad del imán Mahdi. La yihad estaba proscrita, y la violencia en nombre del mandato del bien y la prohibición del mal no pertenecía a las prerrogativas del faqih . Es la marja’iyya najafí en toda su rigurosidad: una separación nítida entre el Estado usurpador tolerado y la referencia religiosa que guía las conciencias sin pretender gobernar los cuerpos. Otra lógica, safávida y persa, va a fisurar este edificio. Los safávidas, una familia sufí de origen turcomano, adoptaron el chiismo duodecimano en el siglo XVI para diferenciarse de los otomanos suníes y hanafíes y consolidar su imperio. El gran shah Ismail afirmaba haber encontrado al Mahdi en una cueva y haber recibido de él su espada y su caballo, signos de poder terrenal y de yihad. Se presentaba, así como depositario de los poderes del Mahdi, instaurando lo que la jurisprudencia chiita llamaría la niyaba real, la “delegación especial” del Mahdi confiada al sultán. Para consolidar esta pretensión, hizo venir a ulemas de Yabal Amel, en el actual Líbano, en busca de legitimación religiosa. Estos se negaron a legitimar la idea de que el shah fuera el sustituto del Mahdi, pero los safávidas impusieron igualmente su gobierno chiita, rodeándolo de aura divina. Introdujeron además prácticas inexistentes hasta entonces en el chiismo: los rituales sangrientos de Ashura, la veneración de Abu-Lu’lu’a, el persa que asesinó al califa Omar, o la leyenda históricamente falsa según la cual el imán Husein se habría casado con Shahrabano, hija del último shah persa, para fundir la línea sagrada de los imanes y la realeza persa en una misma sacralidad dinástica. Ali Shariati teorizó mejor que nadie esta distinción en su ensayo sobre el chiismo alí y el chiismo safávida. Es también en esta época cuando comienzan los primeros debates sobre la wilayat el-faqih , sobre la naturaleza y el alcance del poder del jurisconsulto durante la ocultación. Incluso entonces, los ulemas lo limitaban. Solo un faqih , Ahmed Mahdi Naraqi, a fines del siglo XVIII, se atrevió a ir más lejos, teorizando que un faqih podía instaurar un gobierno islámico y que su wilayat podía ser absoluta. Lo hizo apoyándose en dos hadices del imán Sadeq y del imán Mahdi que no sostienen esa idea. Una deducción audaz sobre un fundamento textual frágil: ese es el pecado original del concepto. Jomeini y la “contaminación” suní Exiliado en Nayaf en 1964, Jomeini dictó en 1969 un ciclo de cursos que, publicados en 1979, dieron lugar a su libro fundacional: al-hukuma al-islamiya (“el gobierno islámico”), es decir, la wilayat el-faqih . Para captar su verdadera naturaleza, es necesario entender el contexto intelectual en el que surge. Los escritos de Sayyid Qutb y del paquistaní Mawdudi circulaban ampliamente en Nayaf. Su concepto central, la hakimiyya —según el cual el poder pertenece a Dios y quienes lo representan deben gobernar—, marcó profundamente a la joven intelligentsia islamista. Para Qutb, una vanguardia islámica de los Hermanos Musulmanes debía tomar el poder. Jomeini hizo la misma traslación en clave chiita: sustituyó la vanguardia islamista por el faqih . La wilayat el-faqih jomeinista no es solo una idea persa; también es una idea suní radical vestida de chiismo. De hecho, prácticamente todos los grandes faqih chiitas contemporáneos se opusieron a la wilayat el-faqih : Mohsen al-Hakim, al-Khoei, Sistani, Musa Sadr, Mohammad Mahdi Shamseddine. Introdujeron la noción de wilayat al-umma : durante la espera del regreso del Mahdi, el poder debe residir en el pueblo mediante elecciones democráticas. En la wilayat al-faqih , el mandato procede del Mahdi; en la wilayat al-umma, de los electores. La primera es tiránica. La segunda pluralista. Dos concepciones irreconciliables de la legitimidad. El conflicto entre Jomeini y Musa Sadr en los años setenta encarnó esta fractura. El primero en Nayaf, el segundo en el Líbano, defendían visiones incompatibles. Rafsanyani tuvo que viajar al Líbano en 1975 para mediar. El desacuerdo giraba en torno a la marja’iyya . Sadr rechazaba reconocer a Jomeini como referencia y con ello rechazaba tanto la marja’iyya como la wilayat . Sadr desapareció en Libia en agosto de 1978, un año antes de la llegada de Jomeini al poder. Golpes dentro de la revolución En 1979, la revolución iraní fue inicialmente plural. Junto a Jomeini estaban Bazargan, Banisadr, Ali Shariati, el ayatolá Taleghani, diversas visiones de un islam político que rechazaban el absolutismo clerical. La primera Constitución no mencionaba la wilayat el-faqih . Entre 1979 y 1981, Jomeini dio un golpe dentro de su propia revolución: Bazargan fue apartado, Banisadr derrocado, los demócratas islámicos marginados. La wilayat el-faqih entró en la Constitución por la vía de los hechos consumados. Luego vino 1989 y un segundo golpe, esta vez dentro de la propia República Islámica. El sucesor designado era el gran ayatolá Montazeri, crítico de la wilayat absolutista. Jamenei, Rafsanyani y Ahmad Jomeini se aliaron para apartarlo. Jamenei, simple hojatolislam, fue promovido por decreto político a ayatolá y elegido wali el-faqih. La Constitución fue modificada para otorgarle poderes inéditos. En 1989, la wilayat el-faqih dejó de ser una teología para convertirse en una monarquía republicana envuelta en lenguaje coránico. Jamenei lo reconoció él mismo en 1989: “Según la Constitución, no estoy calificado para este cargo y desde el punto de vista religioso muchos no aceptarán mis palabras como las de un líder”. Fue investido de manera permanente tras la reforma constitucional que redujo los requisitos religiosos. Esta confesión es quizás la formulación más honesta y devastadora del concepto. La sucesión imposible La Constitución iraní prevé un consejo provisional y la designación de un nuevo guía por la Asamblea de Expertos. Pero los bombardeos del 28 de febrero desmantelaron la cadena de mando. El poder interino recae de facto en Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Larijani es un político competente, pero no es faqih ; no tiene autoridad religiosa ni legitimidad teológica para el cargo. Otro nombre es Mojtaba Jamenei, hijo del Guía. Su eventual designación implicaría una sucesión dinástica, una monarquía teocrática hereditaria, exactamente lo que la revolución de 1979 decía abolir. Se mencionan también otros clérigos, ninguno con estatura de marja’ . Ninguno es capaz de convencer al mundo chiita más allá de Irán. Y existe el escenario que pocos quieren nombrar: el traspaso de facto del poder a los Guardianes de la Revolución. En ese caso, una República Islámica sin faqih , gobernada por sus propios pretorianos, significaría la liquidación final del concepto. Una ficción muerta antes de la bomba La verdadera pregunta no es militar. Es: ¿una República Islámica puede sobrevivir sin wali el-faqih ? El concepto sobrevivió siglos traicionándose a sí mismo, reduciendo sus exigencias teológicas, sustituyendo la legitimidad religiosa por el decreto político. Jamenei admitió no estar calificado. Modificó la Constitución para que sus propias insuficiencias no fueran un obstáculo legal. Ese es el “acto constitutivo”: al bajar el umbral para sí mismo, garantizó que ningún sucesor pudiera ocupar el cargo con mayor legitimidad. Es decir, que nadie pudiera ocuparlo legítimamente. El misil del 28 de febrero no hizo, en realidad, más que formalizar lo que la teología ya había dictado. Queda la cuestión de los escombros: humanos, geopolíticos, confesionales. Queda también el pueblo iraní, que celebra en las calles con un coraje ejemplar, pese a la magnitud de la represión que acaba de sufrir, y que tal vez también tiembla, consciente de que las revoluciones que siguen a las decapitaciones no siempre son las revoluciones que se soñaron. Quedan Irak, Yemen y, sobre todo, el Líbano, suspendidos de equilibrios que la muerte de un hombre en Teherán acaba de volver aún más precarios de lo que ya eran. Con escuadrones de la muerte que, si se confirma que su destino está sellado —y lo está, sin duda—, no dudarán en arrastrar consigo la caída de todo el templo. Por último, queda esta frase de Montazeri, el hombre al que Jamenei contribuyó a apartar en 1989, y que no dejó de repetir hasta su muerte en 2009 que la wilayat el-faqih absoluta era una herejía política. Tenía razón. Solo se equivocó al creer que los regímenes mueren por sus contradicciones antes de morir por sus bombas. Harían falta, como colmo del cinismo, Netanyahu y Trump, dos césares que se creen investidos por Dios, para enterrar —literalmente— la wilayat el-faqih junto con quien convirtió esta teología pontifical en un instrumento de dominación y represión de los pueblos de la región. Robespierre decía que “un puro siempre encuentra a otro más puro que lo purifica”, con ese humor negro propio de los déspotas. La historia no deja de darle la razón.

Trump e Israel confirman que Khamenei fue asesinado

El rumor había comenzado a circular poco después del inicio de los ataques estadounidenses-israelíes lanzados la madrugada del sábado 28 de febrero contra Irán. El ataque más violento se produjo en Teherán, más particularmente contra la vasta residencia del Guía Supremo de la Revolución Islámica, el imán Ali Jamenei, que fue blanco de 30 bombas de gran calibre. El ataque había destruido totalmente el centro residencial. Las autoridades iraníes se apresuraron a indicar que el imán Jamenei había sido trasladado a un «lugar altamente seguro». Hacia el mediodía, una de las cadenas de televisión israelíes indicaba que «todo contacto con Jamenei se había perdido desde hacía varias horas». Más tarde, a primera hora de la tarde, la cadena de televisión indicaba que era «muy poco probable, o casi imposible, que el Guía Supremo hubiera salido ileso del ataque aéreo». Dos horas más tarde, la misma fuente subrayaba que los indicios sobre la muerte de Jamenei eran cada vez más numerosos. Los rumores que afirmaban que el imán Jamenei había sido asesinado en el ataque del sábado por la mañana fueron creciendo hasta última hora de la tarde, cuando el presidente Donald Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, anunciaron públicamente que el Guía Supremo iraní había sido efectivamente asesinado. La noticia de su muerte provocó al final de la tarde manifestaciones populares de alegría en varios barrios de Teherán. Poco antes de la medianoche, una fuente iraní autorizada, sin embargo, desmintió categóricamente la noticia, llegando a afirmar que el imán Jamenei se dirigiría en breve a los iraníes. Cabe señalar en este contexto que un escenario idéntico en todos los puntos, que mantenía la confusión y difundía informaciones que resultaron ser totalmente falsas, se había puesto en marcha tras la muerte de Hassan Nasrallah y del expresidente iraní. Horas después del inicio, el sábado por la mañana 28 de febrero, de los ataques aéreos lanzados por las aviaciones y la marina estadounidense e israelí contra Irán, la incertidumbre más total reinaba el sábado por la tarde sobre el destino de varios altos dirigentes del régimen de los mulás, incluido el Guía Supremo de la República Islámica, Ali Jamenei. Al inicio de los ataques, una fuente israelí había indicado que se había lanzado una serie de asesinatos contra altos funcionarios. A primera hora de la tarde, una de las cadenas de televisión israelíes indicaba que «el contacto con Jamenei estaba interrumpido desde hacía varias horas». La misma cadena precisaba poco después que «la probabilidad de que Jamenei hubiera salido ileso» del ataque que destruyó su residencia en Teherán «es muy baja, incluso nula». A media tarde, la misma fuente subrayaba que era cada vez más probable que Jamenei hubiera muerto. Las informaciones sobre la muerte de Jamenei fueron, sin embargo, desmentidas por el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghtchi, quien precisó que, «según su conocimiento», el Guía Supremo está vivo. A media tarde, la agencia Reuters indicaba que el ministro iraní de Defensa, el comandante de los Pasdarán y el jefe de los Servicios de Inteligencia militar habían sido asesinados. Paralelamente, misiles iraníes cayeron intermitentemente en Dubái (hasta la tarde), en Catar, en Riad, así como en Kuwait, donde un dron apuntó al aeropuerto internacional. A primera hora de la tarde, el ejército israelí indicaba que su aviación realizaba ataques intensivos «contra cientos de posiciones militares iraníes». Más temprano, por la mañana, centros de mando de los Guardianes de la Revolución, de la Inteligencia militar, así como algunos ministerios en Teherán, eran el objetivo de los ataques aéreos. Estos bombardeos dirigidos a las infraestructuras del poder iraní constituirían, según una fuente israelí autorizada, «una primera fase que se extenderá durante cuatro días», lo que indicaría que la ofensiva estadounidense-israelí está destinada a tomar una gran envergadura en los próximos días.

Los mulás atrapados en su propia trampa
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

La ironía del destino es que el jefe de la diplomacia iraní, Abbas Araghji, se jactaba en la feria del libro de enseñar la «fuerza de la diplomacia». Sus «talentos» diplomáticos no sirvieron de nada frente a la voluntad común israelí-estadounidense de acabar con el régimen de los mulás. La diplomacia, de hecho, nunca ha sido el fuerte de los regímenes iraníes, para quienes el término significa, desde hace mucho tiempo, dilaciones y duplicidad, mientras que, en secreto, el programa nuclear continuaba a pesar de las interminables charlas y otros acuerdos. Imposible también, porque las posibilidades de un acuerdo irano-estadounidense eran mínimas, incluso insignificantes, teniendo en cuenta la voluntad israelí y de gran parte de los grupos de presión y think-tanks estadounidenses de acabar de una vez por todas con el régimen. También teniendo en cuenta que este último, con su programa balístico - duplicado por su proyecto nuclear - capaz de alcanzar Europa, Rusia y China, se estaba convirtiendo en una amenaza para el mundo entero. La represión masiva y sangrienta de las manifestaciones populares anti-Khamenei de enero pasado fue sin duda la justificación directa que legitimaba una intervención estadounidense, incluso si la ayuda al pueblo iraní probablemente no constituye una prioridad real para la administración estadounidense - el cinismo de JD Vance fue lo suficientemente claro en este sentido. De hecho, Trump jugó el juego iraní hasta el final. Por primera vez, los mulás, los reyes del tempo político, no pudieron imponer su ritmo a EE. UU. La astucia persa no funcionó. Al concentrar una impresionante armada alrededor de Teherán mientras le daba una «oportunidad» a la diplomacia, el presidente estadounidense invalidaba por sí mismo cualquier posibilidad de acuerdo. Los iraníes fueron conminados a elegir entre la capitulación incondicional por la vía diplomática -a través del desmantelamiento de sus programas balísticos y nucleares y el fin de la exportación de la revolución extramuros, es decir, en esencia, el colapso de la misma esencia del régimen y de los Guardianes de la Revolución- y el suicidio estratégico mediante una huida militar hacia adelante. Al final, ni siquiera se les dio esa opción: se enfrentan a la rendición al término de una guerra total desencadenada por EE. UU., incluso si esto les permitirá adoptar una postura victimista y justificar su apuesta suicida por la agresión en curso. En otras palabras, Trump no dejó suficiente tiempo a los líderes iraníes para tejer pacientemente la red de su supervivencia, negociando indefinidamente a la espera de días mejores, pasatiempo de los regímenes totalitarios. Ahora se enfrentan a lo que es sin duda su fantasía absoluta - el martirio - y su pesadilla más aterradora - su caída. Por lo tanto, cabe esperar que combinen ambos en un diluvio de fuego suicida, propio de las sectas milenaristas que se enfrentan a la perspectiva de su propia destrucción. Pensando, sin duda, que una guerra de desgaste, que causaría el mayor daño y destrucción posible a sus enemigos, les permitirá resistir hasta que pase la tormenta - y, por lo tanto, salvar sus vidas. O que otros eventos paralelos, como las repercusiones del caso Epstein o un levantamiento de la opinión pública estadounidense contra la guerra, harán el trabajo por ellos. En resumen, seguirán apostando por el tiempo, al igual que EE. UU. e Israel querrán, por las mismas razones, acabar lo antes posible. Es, por lo tanto, una guerra de tiempo. Ojalá, simplemente, no abra el camino al fin de los tiempos. Después de todo, Megiddo se encuentra en el corazón del conflicto…

Conflicto Estados Unidos-Irán: muy lejos de 2015 y de la era Obama

Donald Trump acaba de comprometer a las fuerzas estadounidenses en una operación a gran escala contra el régimen iraní. Esta vez es real; no se trata de una incursión simulada ni de un simple disparo de advertencia. El rostro de Medio Oriente está a punto de cambiar. Y, en verdad, la arrogancia de los ayatolás será la causa de su propia caída. De hecho, apenas hace unos días, Estados Unidos infligió a Irán una afrenta que los ayatolás tenían especial interés en mantener en silencio. Durante el más reciente cónclave celebrado el jueves en Ginebra bajo los auspicios del Sultanato de Omán, el negociador estadounidense Steve Witkoff interrumpió abruptamente las conversaciones y se retiró de la reunión con el pretexto de tener otros compromisos. En realidad, se dirigía a reunirse con una delegación ucraniana, al otro lado del lago de Ginebra. Píldoras amargas de tragar Es fácil imaginar la indignación de Abbas Araghchi, ministro de Relaciones Exteriores de Irán. Este heredero del imperio aqueménida de Ciro y Darío fue tratado como un don nadie. Tragándose el orgullo, el canciller iraní declaró, sin embargo, que se habían logrado “buenos avances” durante las conversaciones, que describió como “una de nuestras rondas de negociación más intensas y prolongadas”. Además, Araghchi anunció que una nueva ronda de diálogos se celebraría en menos de una semana. Confirmaron de inmediato la información y aclararon que las negociaciones se reanudarían a nivel técnico la semana siguiente en Viena. Ese tono optimista parece haber sido desmentido por los hechos: el equipo estadounidense quedó claramente decepcionado con las propuestas iraníes. Prueba de ello fue la brevedad de la segunda sesión, de la que el enviado especial de Trump para Medio Oriente, Steve Witkoff, se retiró bajo un pretexto cuestionable. Los tiempos han cambiado Las discusiones se desarrollaban bajo la amenaza de un ataque inminente que, finalmente, se lanzó esta mañana. El despliegue militar estadounidense en la región no tiene precedentes: dos grupos de ataque centrados en portaaviones, 200 aeronaves, equipos de reabastecimiento en vuelo y submarinos equipados con misiles Tomahawk, además de la presencia de 50.000 efectivos. Ya no estamos en el período de 2013 a 2015, bajo Barack Obama, quien no albergaba hostilidad de principio hacia Irán. De hecho, John Kerry, que sustituyó a Hillary Clinton en 2013, transmitió rápidamente el mensaje a las partes implicadas: Estados Unidos estaba dispuesto a modificar su postura frente a Teherán. Estaba preparado, al menos de facto, para reconocer la legitimidad del programa nuclear iraní y abandonar la exigencia de que el régimen de los ayatolás suspendiera el enriquecimiento de uranio, una demanda que durante siete años bloqueó cualquier posibilidad de acuerdo. Las negociaciones iniciadas entonces culminaron el 14 de julio de 2015 con el acuerdo conocido como el Joint Comprehensive Plan of Action. Pero esa no fue la última palabra, ya que durante su primer mandato Donald Trump se retiró del acuerdo. Todo tuvo que empezar de nuevo, esta vez bajo la sombra de los portaaviones. Para los negociadores iraníes, sin embargo, los años 2013 a 2015 fueron una “era bendita”, en la que desempeñaron un papel protagónico, demostrando profesionalismo y firmeza mientras acumulaban éxitos. Mohammad Javad Zarif, entonces canciller, hablaba con fuerza y era escuchado. Nunca su homólogo estadounidense, John Kerry, se habría permitido una descortesía como la de Witkoff. Jamás lo habría desairado de forma tan flagrante. Trump como señor de la guerra La intervención estadounidense de esta mañana ha cambiado la ecuación. Donald Trump se presenta ahora como un líder en tiempos de guerra. Se ha hablado demasiado de sus supuestos instintos de empresario, orientado a evitar la confrontación. Sin embargo, no estaba exento de cálculo. ¿Acaso no había insinuado siempre que dudaba en cruzar el Rubicón? La página ya se ha pasado y su verdadero rostro ha quedado al descubierto. La “ambigüedad estratégica” ha dado resultados y corresponde, ahora a los iraníes libres cosechar sus frutos.