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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
Opinión
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Por Youssef Mouawad
Publicado sep 5, 2026 - 13:25
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe del Congressional Research Service de septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber « Make Turkey great again », no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de «proxies» , termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
Lo esencial del día
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 4, 2026 - 23:28
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De Hassan Rifaï queda la imagen de un jurista respetado, sereno, una referencia en derecho administrativo y constitucional, que argumentaba con voz calmada y trémula para señalar los desvíos y extravíos de los políticos con respecto al régimen democrático parlamentario y a la Constitución. Sin embargo, el exdiputado y exministro, fallecido el 3 de septiembre de 2025, era también un hombre rebelde. Un inconforme. Incluso a los cien años. ¡Sobre todo a los cien años! Lo había sido desde niño, arengando a las multitudes en Baalbeck contra el Mandato, y lo siguió siendo a lo largo de toda su carrera como abogado y parlamentario. A los cien años, completamente desencantado de la República y de sus filibusteros, su cólera contenida no se había apaciguado. “¡El Líbano es un país imposible!”, le decía al autor de estas líneas en una entrevista realizada algunos años antes de su muerte y que nunca fue publicada. Pero cuidado. Hassan Rifaï no era nihilista ni alguien que negara todo por principio. Había luchado toda su vida por una determinada idea del Líbano. Concretamente, por el Gran Líbano, unido y plural. Y sabía valorar en su justa medida la experiencia libanesa, con todo lo positivo que había tenido. Pero el ser humano lo había decepcionado. Y, sin embargo, era precisamente al ser humano a quien buscaba. Nunca lo encontró en la escena pública libanesa. En todo caso, no al servicio de la República. Rifaï era un hombre de derecho, siempre elegante, irreprochable, todo lo que se espera de un hombre de su estatura moral e intelectual. Pero también era intransigente. Implacable, incluso. Sin duda, su apego a su país y a su régimen democrático lo había llevado a reconocer una sola fidelidad: un determinado código de valores y una determinada idea de la República. Por eso se mostraba crítico frente a todos los errores y todas las desviaciones, empezando por los que cometían sus propios amigos políticos. No perdonaba a nadie. Ni a las comunidades ni a los clanes, ni a los líderes religiosos, él mismo era laico, y mucho menos a los dirigentes políticos. Nadie escapaba a su escrutinio, y Rifaï encontraba un cierto placer en desmontar los mitos y las ideas preconcebidas que convertían a tal o cual presidente de la República o primer ministro en un líder excepcional. Sus criterios eran objetivos: la coherencia entre los actos y los principios democráticos. Por ello, nadie encontraba verdaderamente gracia ante sus ojos. La conclusión era terrible: ninguno de los dirigentes, en la historia del país, había respetado realmente la democracia parlamentaria libanesa. Ninguno. No porque pusiera a todos al mismo nivel. Tenía suficiente distancia crítica para reconocer las virtudes y los defectos de unos y otros. Le gustaba citar a Léon Duguit: “El derecho constitucional no tiene más salvaguarda que la buena fe de los hombres que lo aplican”. Había hecho de esa frase casi su credo republicano. Y su veredicto era implacable: esa buena fe, sencillamente, no la había encontrado. Demasiados políticos y muy pocos hombres de Estado. Y, sobre todo, demasiada mentira e hipocresía. Un día, un alto dirigente le aconsejó: “No construya carreteras para la gente. De lo contrario, dejarán de venir a verlo”. A pesar del respeto que sentía por aquel aliado político, la frase lo había desconcertado y escandalizado. Encerraba toda una concepción del poder: no resolver nunca de manera definitiva el problema de aquel a quien se pretende representar, porque al desaparecer su necesidad desaparecería también la razón misma de su dependencia. El proyecto del Estado quedaba así postergado indefinidamente. O, en cualquier caso, si existían personas de bien, el sistema no les permitía llegar a puestos de responsabilidad. Rifaï era un rebelde, sí, pero con el rigor y la precisión de un orfebre del derecho administrativo y constitucional. Y probablemente eso era lo que lo distinguía dentro del mundo político libanés. Fue lo suficientemente rebelde, en cualquier caso, como para pagar un precio por ello. En agosto de 1982 fue víctima de un intento de asesinato después de haberse opuesto al diktat israelí. En Taif, en 1989, estuvo prácticamente condenado al ostracismo por haber advertido de inmediato los defectos existentes y las trampas añadidas a las reformas constitucionales. A partir de 1992, bajo la ocupación siria, padeció el ostracismo político por oponerse al aparato de seguridad que sostenía la tutela siria y a la política de Rafic Hariri. Pero era justo. Podía oponerse al confesionalismo político y, al mismo tiempo, reconocer que abolirlo en la etapa actual sería una catástrofe para el Líbano, y que una democracia reducida a la sola lógica de los números tocaría de una vez por todas las campanas fúnebres de la fórmula libanesa y de la presencia cristiana en el país. Podía compartir la idea de que los cristianos habían sido perjudicados por las reformas constitucionales de Taif, los sunitas también, sostenía, y al mismo tiempo recordar los excesos cometidos en el ejercicio del poder por los presidentes de la República entre 1943 y 1990, advirtiendo contra cualquier brote de nostalgia por esas prácticas bajo la consigna de los «derechos de los cristianos». Una deriva hacia un régimen presidencial o semipresidencial constituía, a su juicio, un peligro para los cristianos. La importancia del régimen parlamentario heredado de la Tercera República francesa residía precisamente en que el presidente de la República no era políticamente responsable ante la Cámara de Diputados. Eso lo situaba, según Rifaï, en una posición privilegiada. Por encima de la refriega, podía conducir la nave de la República a buen puerto sin quedar atrapado en las luchas de poder. Esa responsabilidad moral de preservar la Constitución y la República era, a sus ojos, mucho más importante que cualquier responsabilidad política. Pero todavía había que convencer de ello a los principales interesados. Rifaï podía reconocer la importancia de una descentralización administrativa y, al mismo tiempo, negarse a que esa reivindicación se convirtiera en un eslogan ideológico que encubriera una voluntad separatista. Recordaba, en ese sentido, que Beirut y el Monte Líbano habían sido privilegiados en la construcción del Gran Líbano, mientras que las regiones periféricas, en particular la suya, Baalbeck, habían sido despreciadas. Eso había contribuido a debilitar el sentimiento nacional libanés, que dependía, al fin y al cabo, de un bienestar basado en el respeto de la dignidad humana. La adhesión a la ciudadanía suponía que todos recibieran el mismo trato desde el punto de vista del desarrollo. Sin igualdad entre los ciudadanos, la soberanía solo podía tambalearse. Ese fue, por cierto, el sentido de su primera intervención en el Parlamento en 1968. Los acontecimientos posteriores dieron a aquella advertencia una gravedad singular. Los desequilibrios económicos, sociales y territoriales contribuyeron a alimentar las reivindicaciones de la izquierda y de sectores de la calle musulmana, en un país ya atravesado por tensiones comunitarias, injerencias extranjeras y el creciente poder de las organizaciones armadas. Contribuyeron así al debilitamiento progresivo del Estado, antes de la guerra, de las sucesivas ocupaciones y de la aparición de estructuras paraestatales. En definitiva, Hassan Rifaï encarna en cierto modo ese modelo libanés de personalidad cosmopolita, compleja, situada fuera de las trincheras comunitarias y partidistas, respetada de manera casi unánime, sobre todo fuera de los círculos políticos, pero consultada dentro de esos mismos círculos únicamente cuando resulta útil y por interés. Al Líbano no le gustan las mentes demasiado independientes e insumisas, aunque su sistema conserve todavía grietas que permiten que existan y se hagan escuchar. Se las tolera, pero deben permanecer al margen. De ello depende la supervivencia del Estado-zaamat y del Estado-jamaat, que prefiere recurrir invariablemente a protectores extranjeros antes que a personas capaces de generar, proponer y poner en práctica soluciones desde el interior. El sistema político libanés y sus protagonistas detestan la noción de responsabilidad, que les resulta profundamente angustiante, y prefieren la dependencia o, peor aún, la servidumbre. Ahora bien, Rifaï repetía, citando una vez más a Léon Duguit: “Donde está la responsabilidad, está el poder”. ¿Cabe sorprenderse, entonces, de que en el Líbano, donde la responsabilidad no está en ninguna parte, el poder tampoco esté en ninguna parte? O, más exactamente, de que esté siempre en otra parte?
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Sangrienta escalada en el Líbano Sur
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LevantTime .
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La festividad de la Asunción, el sábado 15 de agosto, estuvo marcada por una grave escalada de violencia en el sur del Líbano. Aviones israelíes llevaron a cabo ataques aéreos contra las localidades de El-Ansar y Deir Zahrani, en el distrito de Nabatiyeh, causando la muerte de 11 personas, entre ellas un alto mando militar de Hezbolá, y dejando alrededor de 20 heridos. Al caer la tarde, el Estado hebreo indicó que estos ataques fueron llevados a cabo en represalia por una ofensiva perpetrada el viernes por la noche por la milicia proiraní contra una unidad israelí en la zona de Ali el-Taher, en la región de Nabatiyeh. Tres soldados israelíes resultaron heridos, dos de ellos de gravedad. Tras esta operación, la aviación israelí lanzó al amanecer del sábado intensos bombardeos contra las alturas de Ali el-Taher, aunque el ataque aéreo más mortífero tuvo lugar en El-Ansar, donde siete personas perdieron la vida. En un comunicado oficial, las FDI anunciaron al final del día que Ali Samir Hajj Hassan, «comandante» de la unidad de élite de Hezbolá, al-Radwan, había sido abatido en El-Ansar. El comunicado precisa que el edificio atacado era un centro de mando de la milicia proiraní, desde donde se habría dado la orden de lanzar el ataque contra los soldados que se encontraban en misión en la colina de Ali el-Taher. El comunicado señala que varios adjuntos del responsable de Hezbolá fueron eliminados, así como miembros de su familia que se encontraban presentes en el centro de mando. “El responsable abatido había colocado a sus familiares a su lado como escudo humano”, afirman las FDI. Más tarde, durante la jornada del sábado, se perpetró un ataque contra Deir Zahrani que causó cuatro muertos y varios heridos. Estos bombardeos fueron enérgicamente condenados por el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam. Por la noche, el canal 12 israelí informó de que las FDI habían comunicado a los habitantes del norte de Israel su intención de “llevar a cabo ataques en el sur del Líbano durante la noche del sábado, por lo que se escucharán explosiones” en la región. El acuerdo sobre Ormuz, de nuevo en gestación En el plano regional, el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní subrayó el sábado por la noche que un acuerdo con el sultanato de Omán debería anunciarse en breve con el fin de delimitar los corredores marítimos por los que estarían autorizados a transitar los buques a lo largo del estrecho de Ormuz. Cabe señalar en este contexto que el Ministerio de Exteriores iraní había indicado hace unos días que un acuerdo con el sultanato de Omán no garantizaría necesariamente la libre circulación y la seguridad en el estrecho de Ormuz. Una fuente oficial en Teherán reiteró este punto el sábado por la noche: “Estados Unidos debía cumplir ciertas condiciones para garantizar la seguridad en el estrecho”. Cabe destacar además que dos buques, uno de ellos perteneciente a una empresa de los Emiratos Árabes Unidos, fueron objeto de ataques iraníes en esa zona durante las últimas veinticuatro horas. Paralelamente a esta tensión persistente en una región sometida a los ataques de los Guardianes de la Revolución, las operaciones militares y los bombardeos continuaron el sábado en Yemen entre la milicia proiraní de los hutíes y las fuerzas regulares yemeníes, especialmente en la región de Ma'rib. Tres aviadores iraníes muertos en Qatar en marzo Por último, cabe mencionar que Irán anunció el sábado que tres pilotos iraníes se encuentran detenidos en Qatar desde marzo. Una fuente iraní afirmó que “fueron capturados cuando sus aviones fueron derribados en el espacio aéreo catarí mientras intentaban llevar a cabo ataques contra bases estadounidenses”. El sábado por la noche, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Qatar desmintió tener detenidos a aviadores iraníes, aunque aclaró que los equipos de rescate seguían buscando los restos de los pilotos. La fuente qatarí señaló al respecto que se habían establecido contactos con las autoridades iraníes para entregarles los restos de uno de los aviadores, “pero Irán no respondió a nuestras gestiones”, subrayó el Ministerio de Exteriores de Qatar.

El Profeta y el Filósofo (5/10)
Por
Wissam Saadé
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En abril de 2026, Wissam Saadé impartió cuatro conferencias en la Universidad de Bolonia. La primera, por invitación del profesor Giovanni Giorgini, titulada “The Prophet and the Philosopher: The Hierarchy of Knowledge between Avicenna’s Falsafa and al-Kirmānī’s Ismaili Neoplatonism”, se presenta aquí en una versión revisada y ampliada, publicada como una serie de diez artículos. Esta serie explora el panorama intelectual del neoplatonismo islámico mediante una lectura comparada de Avicena y al-Kirmānī. Aunque ambos pensadores comparten un horizonte ampliamente neoplatónico, configurado por una metafísica de la emanación, una jerarquía del ser y una síntesis del pensamiento aristotélico y platónico, desarrollan proyectos filosóficos distintos: Avicena dentro de la tradición de la falsafa peripatética, y al-Kirmānī dentro del marco de la teología ismailí. A pesar de estos contextos intelectuales diferentes, sus sistemas mantienen un diálogo constante en torno a la naturaleza del conocimiento, la relación entre razón y revelación y el ascenso del alma. Sus respectivos proyectos encarnan asimismo concepciones contrastantes de lo político, que iluminan distintas maneras de comprender el lugar de la filosofía frente a la autoridad, la ley y la organización de la comunidad. Este artículo constituye la quinta entrega de esta serie de diez partes. V - Entre la inefabilidad y la necesidad: la crisis de El Cairo y el giro ontológico La llegada de Ḥamīd al-Dīn al-Kirmānī a El Cairo debe entenderse en el contexto de una de las crisis teológicas y políticas más intensas de la historia de la da ʿ wa ismailí fatimí: los últimos años del reinado de al-Ḥākim bi-Amr Allāh (r. 996-1021). Esta crisis culminó con la “disidencia drusa”. Su causa principal fue la proclamación, por parte de ciertos agitadores, de que el califa-imam al-Ḥākim no era simplemente la “Prueba de Dios” ( Ḥujjat Allāh ) o un “Pilar del Pleroma”, sino la manifestación absoluta de la propia Divinidad. Históricamente, la actitud de al-Ḥākim hacia estas figuras se mantuvo fluctuante, una postura voluble que no hizo sino alimentar aún más el impulso antinomista del movimiento. Estos disidentes sostenían que, puesto que el “Fin de los Tiempos” y la “Verdad Final” se habían realizado en la persona de al-Ḥākim, la ley religiosa exterior ( ẓāhir ), incluidas la oración, el ayuno y la peregrinación, había quedado obsoleta. A su juicio, la mediación de la Ley ya no era necesaria ante una presencia radical e inmediata. Desde la perspectiva de la da ʿ wa fatimí oficial, este desarrollo representaba una desviación peligrosa. La doctrina ismailí tradicional mantenía una estricta distinción metafísica: Dios es absolutamente trascendente y está más allá de toda predicación, mientras que el imam es un ser humano especialmente elegido que ejerce la autoridad como intérprete ( mu ʾ awwil ) de la revelación divina. Cualquier disolución de esta distinción en nociones de encarnación ( ḥulūl ) o manifestación divina amenazaba la estructura misma del monoteísmo ismailí. Fue en este contexto de ruptura doctrinal que al-Kirmānī fue convocado a El Cairo por la institución central de la da ʿ wa fatimí. Como uno de los filósofos ismailíes intelectualmente más sofisticados de su tiempo, estaba particularmente bien situado para responder a esta crisis. Frente a las tendencias emergentes hacia la divinización de al-Ḥākim, al-Kirmānī reafirma una cosmología estrictamente jerarquizada. En su sistema, Dios permanece absolutamente trascendente; de Él procede el Primer Intelecto mediante la originación divina ( ibdā ʿ), seguido por una jerarquía estructurada de intelectos y principios cósmicos. Dentro de esta arquitectura, ninguna figura humana, incluido el imam, puede ocupar el rango de la divinidad o de la encarnación. El imam sigue siendo una autoridad epistémica y hermenéutica esencial, pero estrictamente dentro del orden creado. El pensamiento de al-Kirmānī es inseparable de una triple tarea y de una tensión que se despliega en tres planos. En primer lugar, buscó establecer el ismailismo fatimí como un islam institucionalizado, arraigado en una sólida tradición de jurisprudencia religiosa, un proyecto profundamente marcado por la obra de al-Qāḍī al-Nuʿmān. En segundo lugar, pretendía hacer del ismailismo, al mismo tiempo, un movimiento proselitista ( da ʿ wa ), activo tanto dentro como fuera de las fronteras del imperio, y una religión imperial. En tercer lugar, buscaba presentar el ismailismo como una religión filosófica y, según los criterios de la época, científica, profundamente arraigada en la cosmología y la astronomía de su tiempo. Todo ello plantea una pregunta central: ¿cómo puede una doctrina esotérica gobernar un Estado exotérico y, a la inversa, cómo puede un imperio visible fundarse en una metafísica invisible? Para un pensador como al-Kirmānī, la respuesta reside en la teoría de la correspondencia entre los órdenes celeste y terrestre: todo lo que existe en el mundo superior tiene su análogo en el mundo inferior. La estructura del imamato refleja así la jerarquía cósmica. La quietud del intelecto Al rectificar el modelo neoplatónico anterior heredado de al-Sijistānī, al-Kirmānī eliminó hasta las más leves imperfecciones del mundo superior. Al hacerlo, buscaba poner la vida terrenal en consonancia con una forma de concordia , una armonía basada en la “Quietud del Intelecto”. Este estado se alcanza cuando el intelecto comprende que el Primer Intelecto es el primero originado y el primer existente; que su originación procede de una Fuente eterna e infinitamente velada; que toda indagación sobre aquello que se encuentra “más allá” de él queda estrictamente excluida; que aquello que se encuentra “por debajo” de él es a la vez intele ctor (ʿ āqil ) e inteligible ( ma ʿ qūl ); que el imamato es la imagen terrenal de este sistema de Intelectos; y que el imamato constituye el vínculo con la luz de estos Intelectos, en lugar de ser una manifestación del Velado, que nunca se manifiesta. Al-Kirmānī vinculó a ello un intento por excluir cualquier forma de independencia intelectual en la que el intelecto pudiera afirmar su propia autosuficiencia, en vez de humillarse para recibir las enseñanzas del imam, único poseedor de la clave de la interpretación esotérica ( ta ʾ wīl ). Insistió además en un equilibrio riguroso entre lo esotérico ( bāṭin ) y lo exotérico ( ẓāhir ), entre la gnosis filosófica (ʿ irfān ) y la jurisprudencia ( fiqh ), así como entre las dos formas de culto: la intelectual y la práctica. De El Cairo a Alamut El periodo de al-Ḥākim bi-Amr Allāh (386-411 AH / 996-1021) representa el momento “crítico” o “dramático” de la historia ismailí. Puso de manifiesto las fisuras latentes entre las múltiples dimensiones del proyecto ismailí. Cuando al-Ḥākim bi-Amr Allāh desapareció misteriosamente una noche del año 411 AH, el “puente” que al-Kirmānī intentaba reforzar se derrumbó. Un sector de la da ʿ wa , especialmente en el Levante, se negó a creer que al-Ḥākim hubiera muerto. Sus miembros interpretaron su desaparición como una “Ocultación” ( ghayba ). Esto condujo al surgimiento de la comunidad drusa, que rompió por completo con el marco imperial fatimí. Esto demostró que la dimensión “imperial” ya no podía contener la vocación “revolucionaria”. Los califas que sucedieron a al-Ḥākim, al-Ẓāhir y después al-Mustanṣir, se vieron obligados a adoptar una línea sumamente conservadora para preservar el trono. Marginaron las “peligrosas” dimensiones cósmicas y filosóficas que habían estado a punto de destruir el Estado y se concentraron, en cambio, en las formas tradicionales de gobierno imperial. Algo más tarde, los misioneros de Persia y Jorasán, entre ellos Nāṣir-i Khusraw (1004-c. 1088), se encontraron ante una enorme brecha. Mientras proclamaban la figura de un Imam Cósmico llamado a transformar la historia, veían cómo la corte de El Cairo se hundía en las mezquinas luchas entre visires y guardias de palacio. Esta tensión acabó conduciendo al Gran Cisma: el conflicto entre nizaríes y mustaʿlíes. La ruptura definitiva llegó con el ascenso de Ḥasan-i Ṣabbāḥ y el establecimiento del Estado de Alamut. Al considerar que el centro fatimí de El Cairo había cambiado su alma revolucionaria por los atributos de un imperio estancado, los ismailíes orientales, los nizaríes, rompieron sus vínculos con el califato cairota. En las escarpadas montañas de Persia, la “vocación revolucionaria” quedó finalmente disociada de la “dimensión imperial”. Alamut transformó el proyecto ismailí en una red descentralizada de fortalezas de carácter militar, sustituyendo la jurisprudencia formal de El Cairo por la doctrina del ta ʿ līm , la enseñanza autorizada del imam. Este giro marcó el triunfo definitivo del espíritu del “Hādī”, militante, secreto y filosóficamente intenso, sobre las estructuras políticas comprometidas que al-Kirmānī había esperado salvar. De la inefabilidad a la necesidad La trayectoria intelectual de la da ʿ wa ismailí presenta una paradoja sorprendente: el tránsito de El Cairo a Alamut estuvo marcado por un desplazamiento desde el apofatismo radical hacia un marco ontológico aviceniano. Los primeros pensadores fatimíes, como al-Sijistānī y al-Kirmānī, defendían una teología estrictamente apofática. Sostenían que el Originador ( al-Mubdi ʿ) era tan radicalmente “Otro” en su trascendencia que se encontraba más allá de la existencia y la no existencia. Esta “doble negación” buscaba preservar el tawḥīd de cualquier asociación humana o material, situando lo Divino fuera del alcance del lenguaje y la lógica. En contraste, el pensamiento del periodo de Alamut, marcado por la proclamación de la Qiyāma , un acontecimiento transformador proclamado en Alamut en 1164 que otorgaba primacía a la esencia espiritual de la ḥaqīqa sobre las exigencias formales de la sharī ʿ a , y posteriormente desarrollado por Naṣīr al-Dīn al-Ṭūsī (1201-1274), incorporó el lenguaje del wājib al-wujūd , el Ser Necesario. A medida que la metafísica aviceniana se consolidaba como referente de la alta filosofía durante los siglos XII y XIII, los pensadores de Alamut adoptaron estas categorías para asegurar el rigor intelectual de su sistema. Mientras que el neoplatonismo de al-Kirmānī constituía un sistema denso y elitista, el Estado asediado de Alamut necesitaba un fundamento metafísico más directo. Al adoptar el “Ser Necesario”, la teología de Alamut vinculó más estrechamente el orden cósmico con la enseñanza autorizada ( ta ʿ līm ) del imam, proporcionando así un fundamento ontológico estable para una comunidad en estado de revolución permanente. Cuando los mongoles bajo el mando de Hülegü Khan destruyeron Alamut en 1256, al-Ṭūsī se rindió junto con el último imam, Rukn al-Dīn Khurshāh. Poco después se convirtió en uno de los principales consejeros de Hülegü y contribuyó a la fundación del Observatorio de Maragha. A partir de entonces, los escritos públicos de al-Ṭūsī se orientaron hacia el chiismo duodecimano. Escribió el Tajrīd al-I ʿ tiqād ( La purificación de la creencia ), que se convirtió en un texto fundamental de la teología duodecimana. Paradójicamente, la sistematización del mundo inteligible emprendida por al-Kirmānī en su obra maestra, Rāḥat al- ʿ Aql , probablemente ejerció una influencia más profunda sobre los unitarios drusos que sobre cualquier otro grupo. Aunque su misión en El Cairo había tenido originalmente como objetivo refutar a los padres fundadores de esta comunidad, el rigor de su cosmología se convirtió en el fundamento intelectual mismo sobre el cual construyeron su propio edificio doctrinal. (N. del E.: Este texto ha sido traducido del inglés.)

La guerra de los dos relatos o «ha llegado la hora sunita»

«¡Ya basta!» exclamaron tres países que se reunieron en La Meca el pasado 7 de agosto. Turquía, Pakistán y Arabia Saudita, tres potencias complementarias, acaban de constituir una OTAN sunita a la que no tardarían en sumarse otros Estados en busca de protección militar o de un paraguas diplomático. El anuncio de la firma de dicho pacto causó, naturalmente, el efecto de un trueno. Y con solo seguir la prensa saudita de estos últimos días, uno se da cuenta del cambio de tono hacia los mulás de Teherán. Se acabó la época en que Riad, capital del Reino saudita, se tragaba los sapos, encajaba estoicamente las provocaciones iraníes y optaba por la resolución pacífica de los conflictos con sus agresores. ¡El argumento definitivo! Teherán no habría podido continuar por ese camino malévolo y arrogante frente a sus vecinos, los Estados árabes, de no ser por la causa palestina que enarbolaba, una causa sacrosanta que durante mucho tiempo le garantizó cierta inmunidad. Porque fueron Irán y su brazo armado Hezbolá quienes sostuvieron sin descanso la lucha contra Israel y su proyecto expansionista. ¿Quién puede negarlo, cuando los países árabes, además sunitas, no hicieron más que encadenar sobre el terreno las derrotas de 1948, 1956, 1967 y así sucesivamente? Es más, estos últimos no habrían pedido nada mejor que normalizar sus relaciones con Tel Aviv, si esa capital hubiera estado dispuesta a hacer algunas concesiones, es decir, a darles algo con lo que salvar la cara. En las antípodas de todo ello se sitúa el mundo chiita, tanto en Irán como en el Bilad ash-Sham . ¿Acaso Hassan Nasralá no fue aclamado en 2006 como un nuevo Saladino por una «calle árabe» que se extendía desde Mesopotamia hasta el océano Atlántico? ¿No había supuestamente hecho retroceder al ejército israelí? Era él, y nadie más, quien había levantado la cabeza del islam. Y al hacerlo, redactaba, con la sangre de sus combatientes, un contradiscurso que rehabilitaba a su comunidad chiita. El relato de las Cruzadas y el discurso de la «muqawama» La historia medieval nunca se borra de la memoria de nuestros pueblos. Recordemos que la vulgata árabe, apoyándose en los cronistas Ibn al-Athir, Ibn al-Qalanisi e Ibn al-ᶜArabi, considera a los fatimíes chiitas responsables de la caída de Tierra Santa y de Jerusalén en manos de los cruzados a finales del siglo XI (1). Esta tradición arraigada en las mentes reprocha veladamente a dichos fatimíes haber intentado sacar partido de la invasión franca para debilitar a los turcos selyúcidas (2). En esa misma línea, estos tres historiadores no dejaron de señalar que fue la reacción sunita la que, bajo el mando de líderes como Zengi, Nur al-Din, Saladino y finalmente los mamelucos, haría caer en el siglo XIII las últimas plazas francas en manos del islam. Fue ese relato el que acabó imponiéndose, transmitido durante cuatro siglos por la ideología otomana y luego por el nacionalismo árabe, como un discurso aglutinador. Hasta que un día el jomeinismo irrumpió en la escena de Oriente Próximo y proclamó que Israel debía ser erradicado de la faz de la tierra. La wilayat al-faqih emprendería una lucha implacable, salpicada de ciertos éxitos, contra el israelí, sin dejar de enarbolarla como bandera. Dos relatos rivales, pues, siendo el segundo un intento de desmentir al primero. Frente a un pasado poco glorioso, el «fatimismo político» (al-Fatimiya al-siassiya) podría oponer un presente luminoso tejido de heroísmo y sacrificio. Y Hezbolá, respaldado por las autoridades iraníes, lo convertiría en su leitmotiv en las ondas. ¡Un pacto en La Meca! Sí, pero ¿qué se puede sacar de él? La calle árabe siempre debe tomarse en serio, más aún cuando se deja llevar fácilmente por ilusiones. En este momento, debe congratularse de un resurgimiento sunita, ya que desde Abdel Nasser, Yasser Arafat y Saddam Hussein no ha contado con un líder capaz de galvanizar a las masas. Le ha faltado la figura del héroe, mientras que la rama chií podía enumerar una larga lista de mártires de la causa, desde Qassem Soleimani hasta Hassan Nasrallah. Así pues, esta calle sunita, que sabemos vibrante, ha experimentado a lo largo de décadas una pérdida de impulso. Y entonces, ese 7 de agosto comenzaban a perfilarse en La Meca nuevas relaciones de fuerza, ahora que Siria ha escapado del eje de la mumana'a y que Egipto se ha mantenido al margen, quizás en una postura de espera. Pero ¿un pacto firmado en La Meca, la ciudad más sagrada del islam, quedará en papel mojado como tantas alianzas sin continuidad que han salpicado nuestra historia contemporánea? Antes de responder a tal pregunta, un observador precisó que no se trata de la reconstitución de un «frente sunita religioso, sino más bien de la reafirmación de potencias sunitas nacionales que buscan retomar la iniciativa estratégica frente a Irán», así como frente a Israel. Ciertamente, si todo marcha según lo acordado, asistiremos a un proceso de «reconfesionalización» que, sin embargo, será únicamente de orden geopolítico. Pues, aunque el sunismo aporte la profundidad histórica y sociológica a esta alianza de Estados soberanos, los intereses bien entendidos de dichos Estados prevalecerán siempre sobre la ideología religiosa y la solidaridad que esta exige. ¿Qué cabe esperar entonces? Probablemente un nuevo relato de la misma vieja discordia entre los defensores de la ortodoxia sunita y los de la disidencia chií. (3) 1- Una acusación que, bien pensado, debería matizarse. 2- En vísperas de la llegada de los Cruzados, se desarrollaba entre los selyúcidas sunitas y los fatimíes chiíes una encarnizada lucha por la dominación de la esfera araboislámica. 3- Hichem Djaït, La grande discorde, Religion et politique dans l'Islam des origines, Gallimard, 1989.

De Ormuz al Líbano, las incógnitas persisten

La tregua de 60 días entre Estados Unidos e Irán expirará en tres días, sin que ninguna de las dos partes haya dado indicaciones oficiales sobre sus intenciones. Los canales de comunicación entre Teherán y Washington siguen cortados, aunque al parecer los mediadores, en particular Pakistán, trabajan activamente para lograr una prórroga del alto el fuego previsto en el memorando de entendimiento entre ambos países, firmado a mediados de junio. Según diversas fuentes mediáticas coincidentes, ambos beligerantes parecen dispuestos a prolongar la tregua, sin que una posible extensión vaya acompañada, por ahora, de condiciones específicas. El statu quo regional está llamado a mantenerse, sin que sea posible determinar, dado el endurecimiento del tono en ambos lados, qué podría llevarlos a reanudar el diálogo. Washington considera que el bloqueo naval que impone a la República Islámica está surtiendo efecto, mientras que Teherán estima que, continuando con la perturbación del tráfico marítimo internacional en el estrecho de Ormuz, podrá obligar a Estados Unidos a rebajar las condiciones que impone a la República Islámica, amenazada no obstante con nuevas sanciones económicas. Estas deberían anunciarse la próxima semana, según el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent, y «vendrían a sumarse al bloqueo naval ya impuesto». «Será una combinación de aislamiento económico como el mundo nunca ha visto y de la continuación del bloqueo en el estrecho de Ormuz, que impedirá que cualquier cosa entre o salga de los puertos iraníes», anunció en una entrevista televisiva, sin ofrecer más detalles sobre las medidas previstas. Esta presión se explica, en particular, por la continuación de los ataques de los Guardianes de la Revolución contra los buques que atraviesan el corredor asegurado por los estadounidenses en Ormuz, así como por los continuos ataques de los hutíes pro-iraníes contra instalaciones saudíes. Al mismo tiempo, Estados Unidos mantiene una fuerte presencia sobre el terreno. El portaaviones USS George Washington, con base en el Pacífico, se dirige hacia Oriente Medio, donde relevará al USS Abraham Lincoln, desplegado desde finales de enero. La información fue proporcionada por la agencia Associated Press, que recoge un comunicado de las fuerzas navales estadounidenses y atribuye este redespliegue a informes sobre problemas de salud mental y de abastecimiento que afectan al personal a bordo del USS Abraham Lincoln. Incertidumbre en el Líbano En el Líbano, la jornada estuvo marcada principalmente por una declaración del embajador de Estados Unidos, Michel Issa, acerca de la presencia israelí en el sur del país. Tras una reunión con el presidente del Parlamento, Nabih Berry, el diplomático señaló sin rodeos, en respuesta a una pregunta, que las operaciones militares israelíes —incluida la voladura de viviendas e infraestructuras civiles— no cesarán hasta que Hezbolá entregue sus armas. Inmerso en negociaciones directas con Israel, el Líbano plantea como condición principal para avanzar en las conversaciones el fin de las demoliciones en curso —denunciadas el jueves por el primer ministro Nawaf Salam— y una retirada israelí progresiva del sur del país. La fecha de la octava ronda aún no ha sido fijada. Michel Issa lo confirmó, aunque aseguró que dicha ronda se celebrará. La fecha del 2 de septiembre había sido propuesta tras la séptima ronda celebrada en Roma, pero estaba pendiente de confirmación. Otros factores complican la continuación del diálogo, como la cuestión de las zonas piloto, que sigue siendo objeto de debate, en particular con los responsables del Centcom y el jefe del comité de supervisión de la tregua, el general Joseph Clearfield, quien mantiene desde el miércoles reuniones oficiales en el Líbano. Junto con el Sr. Issa, se había reunido con Nabih Berry y luego con Nawaf Salam. Según el embajador estadounidense, aún están en curso conversaciones para determinar qué Estado —entre los que fueron seleccionados en Roma— será designado para verificar que el trabajo llevado a cabo por el ejército libanés en las zonas piloto cumple con las disposiciones del acuerdo libano-israelí del pasado mes de junio. Sin embargo, parece que las negociaciones avanzan a buen ritmo para garantizar la reanudación de las conversaciones libano-israelíes dentro de los plazos previstos. Si bien Michel Issa celebró los avances logrados hasta ahora, Hezbolá sigue oponiéndose a ellos. Su líder, Naïm Qassem, siempre desconectado de la realidad, retomó el viernes sus ataques contra las autoridades en un discurso pronunciado para celebrar la «victoria» (!) de su organización en la guerra de 2006, devastadora para el Líbano. En ese discurso repetitivo, se permitió una vez más amenazar al Estado, afirmando que «la ira» de su grupo «puede estallar en cualquier momento»…

Entre la alianza de La Meca y el eje India–Emiratos–Israel: ¿dónde se posiciona el Líbano árabe?

El Medio Oriente ya no atraviesa únicamente una etapa de reconfiguración de las alianzas. Parece estar entrando en un periodo en el que se redefine el concepto mismo de seguridad regional. Después de décadas en las que el sistema árabe funcionó, aunque de manera frágil, dentro de marcos comunes como la Liga Árabe y el Consejo de Cooperación del Golfo, hoy comienzan a surgir nuevos esquemas de seguridad y cooperación económica. Estos trascienden las fronteras del mundo árabe y reúnen a Estados árabes y musulmanes con potencias regionales e internacionales sobre la base de intereses estratégicos, y no únicamente en una identidad común. En este contexto aparece lo que se ha dado en llamar el “Acuerdo de La Meca”, firmado por Arabia Saudita, Türkiye y Pakistán el 7 de agosto de 2026. Se basa en el principio de que cualquier agresión contra uno de los tres Estados será considerada una agresión contra todos. Por su formulación, este principio se acerca al de la defensa colectiva consagrado en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, aunque todavía es demasiado pronto para hablar de una verdadera “OTAN islámica”. La importancia del acuerdo no reside únicamente en los tres países que lo firmaron, sino también en lo que cada uno representa: Arabia Saudita por su peso árabe, islámico y económico; Türkiye por su poder militar y su pertenencia a la OTAN; y Pakistán por su condición de potencia nuclear. Es precisamente esta dimensión nuclear la que otorga al acuerdo, al menos en teoría, un peso estratégico que va más allá de la mera cooperación militar convencional. La relación entre este acuerdo y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, sin embargo, no es de integración ni de dependencia. Türkiye sigue siendo miembro de la OTAN, mientras que la propia Alianza reafirmó en su cumbre de Ankara, celebrada en julio pasado, su compromiso con la defensa colectiva en virtud del artículo 5. Al mismo tiempo, la OTAN desarrolla una cooperación de seguridad cada vez más estrecha con varios Estados del Golfo, entre ellos Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin y Kuwait. Aquí es donde el panorama se vuelve más complejo. Del otro lado se perfila una red distinta de relaciones que reúne a Emiratos Árabes Unidos, India e Israel, con vínculos que se extienden hacia Grecia y Chipre. Conviene ser precisos: hasta ahora no existe una alianza militar cuatripartita formal que reúna a Emiratos, India, Israel y Grecia en el sentido tradicional del término. Lo que existe es una red creciente de asociaciones estratégicas, económicas y de seguridad, además de propuestas israelíes planteadas públicamente para construir un eje que se extienda desde India, pase por Emiratos y llegue hasta Grecia y Chipre. La importancia de este eje radica en que no se basa ni en la religión ni en la identidad, sino en los intereses: comercio, tecnología, seguridad, energía, rutas marítimas y conectividad entre India, Medio Oriente y Europa. En este contexto también debe entenderse la competencia en torno al Corredor Económico India–Medio Oriente–Europa, o IMEC, que debía conectar a India con el Golfo, y después con Israel y Europa. Sin embargo, las guerras y las divisiones regionales han vuelto más complejo el futuro del proyecto, mientras Arabia Saudita ha comenzado a explorar rutas que podrían evitar el paso por Israel. ¿Estamos ante una división árabe? Sí, pero no en el sentido tradicional del término. Sería más preciso decir que estamos asistiendo al paso de un sistema árabe único, aunque en ocasiones lo fuera solo formalmente, hacia un conjunto de ejes rivales y entrelazados. Arabia Saudita ya no quiere depender de un solo paraguas de seguridad. Desde hace años, Emiratos Árabes Unidos ha optado por desarrollar amplias relaciones estratégicas con Estados Unidos, India e Israel. Türkiye actúa al mismo tiempo dentro y fuera de la OTAN, mientras busca consolidar un papel regional independiente. Pakistán aporta a la ecuación su peso militar y nuclear. India, por su parte, actúa con la lógica de una gran potencia que busca su lugar en el nuevo orden mundial. Esto significa que los Estados árabes ya no actúan necesariamente como un solo bloque. El mayor peligro, sin embargo, sería que esta pluralidad de alianzas se transformara en una confrontación interárabe entre bloques rivales, hasta convertir a los Estados árabes en componentes de ejes enfrentados en lugar de actores que persiguen un proyecto regional independiente. Y es aquí donde la cuestión libanesa se vuelve más urgente. ¿Dónde está el Líbano? El Líbano no es Arabia Saudita, ni Emiratos, ni Türkiye, ni India. Es un Estado pequeño, situado en una posición geográfica de extrema sensibilidad, con una sociedad multiconfesional y una economía que necesita tanto al mundo árabe como a Occidente. Por ello, la pregunta “¿a qué alianza debería incorporarse el Líbano?” quizá esté mal planteada. La verdadera pregunta es: ¿cómo puede el Líbano preservar su identidad y sus intereses nacionales en un mundo en el que las alianzas se transforman en redes entrelazadas? La Constitución libanesa ofrece una primera respuesta. Su preámbulo afirma claramente que el Líbano es “árabe en su identidad y pertenencia”, que es miembro fundador y activo de la Liga de los Estados Árabes y que respeta sus pactos. También reafirma su pertenencia al mundo árabe y al ámbito internacional. No se trata de una fórmula poética inscrita en el preámbulo de la Constitución. Forma parte de la propia identidad del Estado. Pero la “arabidad del Líbano” no significa que este deba convertirse en parte de cualquier eje árabe, independientemente de sus políticas. Del mismo modo, pertenecer al mundo árabe no implica entrar en confrontación con Türkiye, Irán, Occidente o cualquier otro Estado. La arabidad libanesa debe ser un marco de pertenencia, no una herramienta de alineamiento militar. Precisamente por eso, el Líbano necesita hoy una política diferente: ni una política de ejes ni una política de aislamiento, sino una política de neutralidad positiva y apertura equilibrada. ¿Es demasiado pronto para definir una posición? Sí. Todavía es demasiado pronto para que el Líbano anuncie su adhesión a un nuevo eje de seguridad. De hecho, hacerlo ahora sería un error. Incluso el propio “Acuerdo de La Meca” se encuentra todavía en una fase fundacional. Los detalles de su aplicación, los mecanismos de defensa colectiva y el grado en que podría evolucionar hacia una estructura militar integrada aún no están claros. En cuanto al eje opuesto, todavía no constituye una alianza militar formal, sino más bien una red de asociaciones e intereses estratégicos. Si el Líbano adoptara desde ahora una posición definitiva, podría encontrarse dentro de unos meses o unos años en una configuración que ya no respondiera a sus intereses. Más importante aún, el Líbano no puede darse el lujo de dejarse arrastrar a una competencia entre ejes rivales. Todavía intenta superar sus crisis internas, recuperar la confianza árabe e internacional, reconstruir su economía y fortalecer al ejército y a las instituciones legítimas del Estado. ¿Qué debe hacer el Líbano? Primero, debe afirmar claramente que la toma de decisiones en materia de seguridad y defensa es prerrogativa exclusiva del Estado libanés. El Líbano no puede ser un Estado soberano si sus opciones de seguridad se determinan fuera de sus instituciones constitucionales. Segundo, debe preservar sus relaciones árabes, en particular con Arabia Saudita y los países del Golfo, sin que ello se transforme en un compromiso con un eje militar. Tercero, debe mantener sus relaciones con Türkiye, Europa, Estados Unidos, India y los países del Golfo, y rechazar que se le encierre en una disyuntiva de “esto o aquello”. Cuarto, debe redefinir la “neutralidad” de manera práctica. La neutralidad no significa que el Líbano deba carecer de una posición sobre las causas árabes, la cuestión palestina o el derecho internacional. Significa que no debe ser ni un campo de batalla ni una plataforma militar al servicio de ningún eje regional. Quinto, el Líbano debe recuperar su lugar en el mundo árabe a través del Estado, y no mediante partidos u organizaciones armadas. Ahí reside la cuestión central. Si el Líbano realmente quiere mantener el principio según el cual es “árabe en su identidad y pertenencia”, debe reconstruir su relación con el mundo árabe a través del Estado libanés, y no a través de una confesión o de un partido. El Líbano no necesita una nueva alianza Quizá el mayor error que el Líbano podría cometer en la próxima etapa sería buscar un “paraguas exterior” que lo protegiera. El Líbano necesita primero un paraguas interno: la Constitución, el ejército, las instituciones, la justicia y la legitimidad. Solo después podrá construir una amplia red de relaciones exteriores. Las alianzas regionales cambian. Arabia Saudita puede acercarse hoy a Türkiye y Pakistán, mientras Emiratos puede profundizar su asociación con India e Israel. Mañana, estos alineamientos podrían volver a cambiar. Pero si el Líbano vincula su futuro a un solo eje, pagará el precio de esas transformaciones. Por ello, un nuevo principio rector de la política libanesa debería ser el siguiente: Somos árabes, pero no formamos parte de un conflicto árabe contra árabe. Estamos abiertos a Oriente y Occidente, pero no estamos subordinados a ningún eje. Estamos a favor de la seguridad regional, pero la seguridad del Líbano debe decidirla el Líbano. El propio mundo árabe está cambiando. Quizá la Liga Árabe, por sí sola, ya no sea capaz de producir una arquitectura regional de seguridad. La próxima etapa podría ser la de múltiples alianzas: árabes, islámicas, económicas, marítimas, tecnológicas y de seguridad. Sin embargo, en medio de estas transformaciones, el Líbano puede desempeñar un papel diferente: ser un puente y no una trinchera, un Estado de diálogo, no de confrontación, y un Estado árabe independiente, no el satélite de ningún eje. Ese es el verdadero sentido de la expresión “el Líbano es árabe en su identidad y pertenencia”. No es un llamado a elegir un eje contra otro, sino una invitación a devolver al Líbano su lugar natural: el de un Estado árabe soberano, abierto a todos, que no permita que nadie decida en su nombre dónde debe situarse, cuándo debe ir a la guerra y por qué. En un momento en que las alianzas se están reconfigurando, quizá la posición más fuerte que pueda adoptar el Líbano sea no apresurarse a elegir una alianza, sino elegir primero al Estado. Después, cuando el nuevo mapa de la región se vuelva más claro, el Líbano podrá definir sus asociaciones en función, primero, de su interés nacional; segundo, de su identidad árabe; y, por encima de cualquier otra consideración, de su soberanía.

¿Tiene Líbano un solo gobierno?
Por
Khairallah Khairallah
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La pregunta no podría ser más sencilla. ¿Tiene Líbano un solo gobierno encabezado por Nawaf Salam, o varios gobiernos, cada uno con su propia agenda y bajo el control de uno u otro ministro? Era natural que Nawaf Salam resolviera el asunto e impidiera que el ministro de Defensa, Michel Menassa, tomara la palabra durante la sesión parlamentaria en la que se aprobó la ley de amnistía, con sus aciertos y sus fallas, una ley que refleja mejor que cualquier otra cosa el estado de Líbano, con todo su deterioro y sus tensiones. Nada ilustra mejor este deterioro libanés que la alianza entre Hezbolá y la Corriente Patriótica Libre, encabezada por Gebran Bassil, yerno del expresidente Michel Aoun. Esta alianza se opuso a la ley de amnistía y respaldó al ministro de Defensa, quien pretendía expresar ante el Parlamento la posición del ejército libanés sobre dicha ley. Esto habría significado socavar desde sus cimientos el sistema vigente, al presentar al ejército como una entidad autónoma respecto del Consejo de Ministros. En otras palabras, el ejército tendría una posición propia, paralela a la del Consejo de Ministros, que representa al poder ejecutivo… o al menos eso se supone. Si el ministro de Defensa hubiera tomado la palabra ante el Parlamento, Líbano habría pasado, en la práctica, a tener cuatro poderes: el ejecutivo, el legislativo, el judicial… y un cuarto poder llamado ejército libanés, en lugar de que el ejército estuviera bajo la autoridad del poder ejecutivo, representado por el Consejo de Ministros en su conjunto y por la Presidencia de la República. ¿Necesita el país otro poder más en una etapa que, como mínimo, puede calificarse de decisiva, puesto que determinará si Líbano sigue siendo o no un país viable? La alianza entre Hezbolá y la Corriente Patriótica Libre, es decir, la corriente aounista, no es ninguna casualidad. El mandato presidencial de Michel Aoun, entre 2016 y 2022, fue, en esencia, un mandato de Hezbolá. Junto con su yerno Gebran Bassil, Aoun puso al Estado libanés bajo las órdenes de Hezbolá, es decir, bajo las órdenes de Irán. Esto ocurrió en un momento en que Hezbolá se había opuesto siempre a cualquier actuación del ejército libanés en territorio nacional. Su primera objeción fue a la presencia misma del ejército en el sur del Líbano. ¿Quién recuerda el derribo del helicóptero pilotado por el oficial Samer Hanna en el sur del Líbano por un combatiente de Hezbolá, que después fue puesto en libertad? ¿Quién recuerda que Michel Aoun justificó la muerte del piloto preguntando: «¿Qué hacía Samer Hanna en el sur del Líbano?». Michel Aoun dijo esto antes de convertirse en presidente de la República. Era la etapa en la que presentaba sus cartas credenciales ante Hezbolá, una etapa que duró diez años y comenzó en 2006. Precedió a su llegada al Palacio de Baabda como candidato presidencial de Hezbolá, un candidato que nunca se oponía a ninguna decisión de Hezbolá. La alianza entre los aounistas y Hezbolá es el oportunismo llevado al extremo. También responde a una apuesta por socavar desde dentro el gobierno de Nawaf Salam, con un único objetivo: impedir cualquier avance en las negociaciones que se desarrollan entre Líbano e Israel. Por ello, el primer ministro hizo bien en frenar a Michel Menassa, quien no es más que un oficial retirado con buenas intenciones, pero que no alcanza a comprender el daño que puede causar el mal uso de esas intenciones, sobre todo cuando Irán las aprovecha, un Irán que controla por completo a Hezbolá. En definitiva, Líbano tiene una preocupación mucho más grave que la ley de amnistía, con todas las fallas que contiene. Se encuentra ante una prueba histórica: cómo librarse de la ocupación israelí. Una ocupación que Hezbolá quiere que continúe para justificar que conserve sus armas, dirigidas, antes que nada, contra los demás libaneses. Lo que hizo Nawaf Salam fue un acto eminentemente patriótico en un momento en que Líbano no tiene más alternativa que negociar directamente con un monstruo israelí que hace cuanto puede para cambiar la naturaleza del sur del Líbano, multiplicando la destrucción y las explosiones en sus pueblos y localidades. Desde esta perspectiva, Líbano no puede permitirse hundirse en los laberintos de la ley de amnistía y cuestiones semejantes. El país no tiene, al menos por ahora, otra opción que asumir una realidad: Israel es el único beneficiario de que Hezbolá conserve sus armas. Quien hoy acude en auxilio de Hezbolá y busca desarticular el gobierno de Nawaf Salam se pone al servicio de Israel y de la ocupación. Todo lo demás son detalles, y todos ellos terminan sirviendo al proyecto que promueve la «República Islámica», uno de cuyos objetivos es convertir a Líbano en rehén de Irán en las negociaciones que se desarrollan, directa o indirectamente, entre Washington y Teherán. Es vergonzoso que los aounistas y sus satélites vuelvan a ponerse al servicio de Hezbolá y de Irán. En realidad, semejante conducta no sorprende en un bando que nunca ha dejado de apuñalar por la espalda al ejército libanés. ¿No huyó Michel Aoun en octubre de 1990 al recinto de la Embajada de Francia en Baabda mientras los oficiales y soldados del ejército libanés enfrentaban valientemente al ejército sirio, que avanzaba hacia el palacio presidencial y el Ministerio de Defensa en Yarzeh? A quien hizo entrar al ejército sirio en el Palacio de Baabda y en el Ministerio de Defensa en 1990 le resulta fácil, en 2026, servir al proyecto iraní en Líbano…