


El Medio Oriente ya no atraviesa únicamente una etapa de reconfiguración de las alianzas. Parece estar entrando en un periodo en el que se redefine el concepto mismo de seguridad regional. Después de décadas en las que el sistema árabe funcionó, aunque de manera frágil, dentro de marcos comunes como la Liga Árabe y el Consejo de Cooperación del Golfo, hoy comienzan a surgir nuevos esquemas de seguridad y cooperación económica. Estos trascienden las fronteras del mundo árabe y reúnen a Estados árabes y musulmanes con potencias regionales e internacionales sobre la base de intereses estratégicos, y no únicamente en una identidad común.
En este contexto aparece lo que se ha dado en llamar el “Acuerdo de La Meca”, firmado por Arabia Saudita, Türkiye y Pakistán el 7 de agosto de 2026. Se basa en el principio de que cualquier agresión contra uno de los tres Estados será considerada una agresión contra todos. Por su formulación, este principio se acerca al de la defensa colectiva consagrado en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, aunque todavía es demasiado pronto para hablar de una verdadera “OTAN islámica”.
La importancia del acuerdo no reside únicamente en los tres países que lo firmaron, sino también en lo que cada uno representa: Arabia Saudita por su peso árabe, islámico y económico; Türkiye por su poder militar y su pertenencia a la OTAN; y Pakistán por su condición de potencia nuclear. Es precisamente esta dimensión nuclear la que otorga al acuerdo, al menos en teoría, un peso estratégico que va más allá de la mera cooperación militar convencional.
La relación entre este acuerdo y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, sin embargo, no es de integración ni de dependencia. Türkiye sigue siendo miembro de la OTAN, mientras que la propia Alianza reafirmó en su cumbre de Ankara, celebrada en julio pasado, su compromiso con la defensa colectiva en virtud del artículo 5. Al mismo tiempo, la OTAN desarrolla una cooperación de seguridad cada vez más estrecha con varios Estados del Golfo, entre ellos Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin y Kuwait.
Aquí es donde el panorama se vuelve más complejo.
Del otro lado se perfila una red distinta de relaciones que reúne a Emiratos Árabes Unidos, India e Israel, con vínculos que se extienden hacia Grecia y Chipre. Conviene ser precisos: hasta ahora no existe una alianza militar cuatripartita formal que reúna a Emiratos, India, Israel y Grecia en el sentido tradicional del término. Lo que existe es una red creciente de asociaciones estratégicas, económicas y de seguridad, además de propuestas israelíes planteadas públicamente para construir un eje que se extienda desde India, pase por Emiratos y llegue hasta Grecia y Chipre.
La importancia de este eje radica en que no se basa ni en la religión ni en la identidad, sino en los intereses: comercio, tecnología, seguridad, energía, rutas marítimas y conectividad entre India, Medio Oriente y Europa.
En este contexto también debe entenderse la competencia en torno al Corredor Económico India–Medio Oriente–Europa, o IMEC, que debía conectar a India con el Golfo, y después con Israel y Europa. Sin embargo, las guerras y las divisiones regionales han vuelto más complejo el futuro del proyecto, mientras Arabia Saudita ha comenzado a explorar rutas que podrían evitar el paso por Israel.
¿Estamos ante una división árabe?
Sí, pero no en el sentido tradicional del término.
Sería más preciso decir que estamos asistiendo al paso de un sistema árabe único, aunque en ocasiones lo fuera solo formalmente, hacia un conjunto de ejes rivales y entrelazados.
Arabia Saudita ya no quiere depender de un solo paraguas de seguridad. Desde hace años, Emiratos Árabes Unidos ha optado por desarrollar amplias relaciones estratégicas con Estados Unidos, India e Israel. Türkiye actúa al mismo tiempo dentro y fuera de la OTAN, mientras busca consolidar un papel regional independiente. Pakistán aporta a la ecuación su peso militar y nuclear. India, por su parte, actúa con la lógica de una gran potencia que busca su lugar en el nuevo orden mundial.
Esto significa que los Estados árabes ya no actúan necesariamente como un solo bloque.
El mayor peligro, sin embargo, sería que esta pluralidad de alianzas se transformara en una confrontación interárabe entre bloques rivales, hasta convertir a los Estados árabes en componentes de ejes enfrentados en lugar de actores que persiguen un proyecto regional independiente.
Y es aquí donde la cuestión libanesa se vuelve más urgente.
¿Dónde está el Líbano?
El Líbano no es Arabia Saudita, ni Emiratos, ni Türkiye, ni India. Es un Estado pequeño, situado en una posición geográfica de extrema sensibilidad, con una sociedad multiconfesional y una economía que necesita tanto al mundo árabe como a Occidente.
Por ello, la pregunta “¿a qué alianza debería incorporarse el Líbano?” quizá esté mal planteada.
La verdadera pregunta es: ¿cómo puede el Líbano preservar su identidad y sus intereses nacionales en un mundo en el que las alianzas se transforman en redes entrelazadas?
La Constitución libanesa ofrece una primera respuesta. Su preámbulo afirma claramente que el Líbano es “árabe en su identidad y pertenencia”, que es miembro fundador y activo de la Liga de los Estados Árabes y que respeta sus pactos. También reafirma su pertenencia al mundo árabe y al ámbito internacional.
No se trata de una fórmula poética inscrita en el preámbulo de la Constitución. Forma parte de la propia identidad del Estado.
Pero la “arabidad del Líbano” no significa que este deba convertirse en parte de cualquier eje árabe, independientemente de sus políticas. Del mismo modo, pertenecer al mundo árabe no implica entrar en confrontación con Türkiye, Irán, Occidente o cualquier otro Estado.
La arabidad libanesa debe ser un marco de pertenencia, no una herramienta de alineamiento militar.
Precisamente por eso, el Líbano necesita hoy una política diferente: ni una política de ejes ni una política de aislamiento, sino una política de neutralidad positiva y apertura equilibrada.
¿Es demasiado pronto para definir una posición?
Sí. Todavía es demasiado pronto para que el Líbano anuncie su adhesión a un nuevo eje de seguridad.
De hecho, hacerlo ahora sería un error.
Incluso el propio “Acuerdo de La Meca” se encuentra todavía en una fase fundacional. Los detalles de su aplicación, los mecanismos de defensa colectiva y el grado en que podría evolucionar hacia una estructura militar integrada aún no están claros.
En cuanto al eje opuesto, todavía no constituye una alianza militar formal, sino más bien una red de asociaciones e intereses estratégicos.
Si el Líbano adoptara desde ahora una posición definitiva, podría encontrarse dentro de unos meses o unos años en una configuración que ya no respondiera a sus intereses.
Más importante aún, el Líbano no puede darse el lujo de dejarse arrastrar a una competencia entre ejes rivales. Todavía intenta superar sus crisis internas, recuperar la confianza árabe e internacional, reconstruir su economía y fortalecer al ejército y a las instituciones legítimas del Estado.
¿Qué debe hacer el Líbano?
Primero, debe afirmar claramente que la toma de decisiones en materia de seguridad y defensa es prerrogativa exclusiva del Estado libanés. El Líbano no puede ser un Estado soberano si sus opciones de seguridad se determinan fuera de sus instituciones constitucionales.
Segundo, debe preservar sus relaciones árabes, en particular con Arabia Saudita y los países del Golfo, sin que ello se transforme en un compromiso con un eje militar.
Tercero, debe mantener sus relaciones con Türkiye, Europa, Estados Unidos, India y los países del Golfo, y rechazar que se le encierre en una disyuntiva de “esto o aquello”.
Cuarto, debe redefinir la “neutralidad” de manera práctica. La neutralidad no significa que el Líbano deba carecer de una posición sobre las causas árabes, la cuestión palestina o el derecho internacional. Significa que no debe ser ni un campo de batalla ni una plataforma militar al servicio de ningún eje regional.
Quinto, el Líbano debe recuperar su lugar en el mundo árabe a través del Estado, y no mediante partidos u organizaciones armadas.
Ahí reside la cuestión central.
Si el Líbano realmente quiere mantener el principio según el cual es “árabe en su identidad y pertenencia”, debe reconstruir su relación con el mundo árabe a través del Estado libanés, y no a través de una confesión o de un partido.
El Líbano no necesita una nueva alianza
Quizá el mayor error que el Líbano podría cometer en la próxima etapa sería buscar un “paraguas exterior” que lo protegiera.
El Líbano necesita primero un paraguas interno: la Constitución, el ejército, las instituciones, la justicia y la legitimidad.
Solo después podrá construir una amplia red de relaciones exteriores.
Las alianzas regionales cambian. Arabia Saudita puede acercarse hoy a Türkiye y Pakistán, mientras Emiratos puede profundizar su asociación con India e Israel. Mañana, estos alineamientos podrían volver a cambiar. Pero si el Líbano vincula su futuro a un solo eje, pagará el precio de esas transformaciones.
Por ello, un nuevo principio rector de la política libanesa debería ser el siguiente:
Somos árabes, pero no formamos parte de un conflicto árabe contra árabe. Estamos abiertos a Oriente y Occidente, pero no estamos subordinados a ningún eje. Estamos a favor de la seguridad regional, pero la seguridad del Líbano debe decidirla el Líbano.
El propio mundo árabe está cambiando. Quizá la Liga Árabe, por sí sola, ya no sea capaz de producir una arquitectura regional de seguridad. La próxima etapa podría ser la de múltiples alianzas: árabes, islámicas, económicas, marítimas, tecnológicas y de seguridad.
Sin embargo, en medio de estas transformaciones, el Líbano puede desempeñar un papel diferente: ser un puente y no una trinchera, un Estado de diálogo, no de confrontación, y un Estado árabe independiente, no el satélite de ningún eje.
Ese es el verdadero sentido de la expresión “el Líbano es árabe en su identidad y pertenencia”.
No es un llamado a elegir un eje contra otro, sino una invitación a devolver al Líbano su lugar natural: el de un Estado árabe soberano, abierto a todos, que no permita que nadie decida en su nombre dónde debe situarse, cuándo debe ir a la guerra y por qué.
En un momento en que las alianzas se están reconfigurando, quizá la posición más fuerte que pueda adoptar el Líbano sea no apresurarse a elegir una alianza, sino elegir primero al Estado.
Después, cuando el nuevo mapa de la región se vuelva más claro, el Líbano podrá definir sus asociaciones en función, primero, de su interés nacional; segundo, de su identidad árabe; y, por encima de cualquier otra consideración, de su soberanía.