En abril de 2026, Wissam Saadé impartió cuatro conferencias en la Universidad de Bolonia. La primera de ellas, por invitación del profesor Giovanni Giorgini, titulada “El profeta y el filósofo: la jerarquía del conocimiento entre la falsafa de Avicena y el neoplatonismo ismailí de al-Kirmānī”, se presenta aquí en una versión revisada y ampliada, publicada como una serie de diez artículos. La serie explora el panorama intelectual del neoplatonismo islámico a través de una lectura comparativa de Avicena y al-Kirmānī. Aunque ambos pensadores comparten un horizonte ampliamente neoplatónico, configurado por una metafísica emanacionista, una jerarquía del ser y una síntesis del pensamiento aristotélico y platónico, desarrollan proyectos filosóficos distintos: Avicena dentro de la tradición de la falsafa peripatética y al-Kirmānī en el marco de la teología ismailí. A pesar de estos diferentes contextos intelectuales, sus sistemas permanecen en diálogo constante acerca de la naturaleza del conocimiento, la relación entre razón y revelación y el ascenso del alma. Sus respectivos proyectos también encarnan concepciones contrastantes de lo político, iluminando distintas maneras de comprender el lugar de la filosofía en relación con la autoridad, la ley y la organización de la comunidad. Este artículo constituye la cuarta entrega de esta serie de diez partes. IV - No hay lugar para cajas negras: Avicena y la secularización del proyecto ismailí Avicena creció escuchando a los misioneros ismailíes (dāʿīs) que visitaban su casa en Bujará. Tanto su padre como su hermano eran seguidores de la daʿwa ismailí y discutían con frecuencia su filosofía, en particular la versión de al-Sijistānī, centrada en la dualidad entre el Intelecto y el Alma. Mientras al-Kirmānī buscó trascender esta dualidad adaptando la Década farabiana a su concepción de un Dios impredecible e inescrutable, Avicena aspiró a superar tanto la incognoscibilidad de Dios como la dualidad entre Intelecto y Alma. Para Avicena, la lógica constituye el principal vehículo de salvación. Sostiene que la perfección del alma es sinónimo de la perfección del intelecto: inteligir plenamente la estructura del universo equivale a alcanzar el fin último de la existencia humana. Argumentó que el intelecto potencial puede alcanzar la conjunción (ittiṣāl) con el Intelecto Activo mediante una combinación de lógica formal e intuición intelectual (ḥads), sin necesidad de recurrir a un mediador vivo como el Imam. Además, aunque Avicena sostiene que Dios es simple y único, afirma que el Primer Intelecto puede inteligir al Originador y, de hecho, lo hace. En realidad, todo el proceso de emanación en el sistema aviceniano se desencadena por el acto mediante el cual el Primer Intelecto conoce su Causa. Dentro de este marco, Dios se vuelve “inteligible”, una concepción que al-Kirmānī habría considerado peligrosamente cercana al shirk, pues amenaza la trascendencia absoluta e inescrutable de lo divino. Avicena heredó no poco del “proyecto filosófico ismailí”. La noción de que la existencia no es un caos, sino una escala ascendente de Intelectos, constituye un pilar central del proyecto ismailí, en particular en al-Sijistānī y al-Nasafī. Avicena tomó esta jerarquía y la transformó de “rangos de la daʿwa” (marātib daʿwiyya) o “símbolos gnósticos” en necesidades lógicas. Para él, el sistema de los Diez Intelectos es simultáneamente “ciencia natural” y “metafísica”, de manera semejante a al-Kirmānī, para quien la “naturaleza” es ella misma “metafísica”. El proyecto ismailí se centra en la “salvación del alma” mediante el conocimiento, y Avicena situó este eje en el corazón mismo de su filosofía. Su obra sobre el “Alma” no constituye simplemente una investigación médica o biológica; es un estudio de la “alienación del alma” y de su lucha por regresar a su reino celestial, tal como se expresa en su célebre Oda sobre el alma . Esta “nostalgia cósmica” es un eco directo de la espiritualidad ismailí en cuyo ambiente creció. En última instancia, Avicena “secularizó” el proyecto ismailí. Tomó la estructura fundamental de la metafísica ismailí, los Intelectos, las Almas, las Esferas y las jerarquías, y la despojó del carácter secreto y exclusivo vinculado al Imam, haciéndola accesible a cualquier mente humana dotada de “intuición” (ḥads) y lógica. Sustituyó la interpretación esotérica (taʾwīl) por la demostración aristotélica (burhān). Sin embargo, al hacerlo, estaba fundando a su manera una nueva “religión filosófica”, más segura de sí misma y estratégicamente más sólida incluso que la de al-Fārābī. Al-Fārābī contemplaba al Profeta principalmente desde una perspectiva política, identificándolo como el “Gobernante Supremo” que emplea la facultad de la imaginación para traducir verdades filosóficas abstractas a un lenguaje accesible a las masas. Avicena, en cambio, sostenía que el Profeta posee una extraordinaria “intuición intelectual” (ḥads), que le permite conectarse instantáneamente con el Intelecto Activo sin necesidad de pasar por el estudio discursivo. Al presentar la profecía como una facultad intelectual natural, aunque excepcional, Avicena integró efectivamente la “religión” en el ámbito de la “ciencia”. La religión fue así reformulada como una rama especializada de la psicología, situando al filósofo como juez último de su validez. Dentro de este marco, el filósofo ya no necesita una politeia , como en al-Fārābī, ni una daʿwa imperial, como en el ismailismo, para alcanzar la salvación. Esta se transforma, en cambio, en un acontecimiento cognitivo interior: el “retorno” del alma alienada a su fuente mediante el poder autónomo del ʿaql. Para Avicena, si la filosofía había de sustituir al Imam o a la daʿwa como fuente de la verdad última, tenía que ser autosuficiente. Quería demostrar la existencia de Dios utilizando únicamente la lógica, sin recurrir a “signos”, a la “revelación”, ni siquiera al mundo físico y su movimiento. El Dios de al-Kirmānī es “Lo Oculto de los ocultos” (Ghayb al-Ghuyūb), situado más allá de la existencia y la no existencia. Esto crea una “brecha” que únicamente un Imam o un Taʿlīm secreto puede colmar. Avicena, por el contrario, no deja lugar para cajas negras: su universo es enteramente transparente al intelecto. Al demostrar la existencia de Dios como una necesidad lógica, Avicena aseguró que el intelecto humano podía, al menos en teoría, comprender toda la cadena del ser. El Burhān al-Ṣiddīqīn El Burhān al-Ṣiddīqīn, la “Prueba de los Veraces”, es una de las demostraciones de la existencia de Dios más sofisticadas e influyentes de la historia de la filosofía islámica. Formulada y denominada por Avicena en su Ishārāt wa-l-Tanbīhāt , fue distinguida explícitamente de los argumentos teológicos anteriores de los mutakallimūn, que dependen del carácter creado del mundo (ḥudūth al-ʿālam), así como de los argumentos de los filósofos naturales, basados en el movimiento y la causalidad física. La ambición de Avicena era construir una demostración que no partiera del mundo como efecto, sino de la existencia misma en cuanto tal. El horizonte coránico de este argumento suele asociarse con el versículo: سَنُرِيهِمْ آيَاتِنَا فِي الْآفَاقِ وَفِي أَنفُسِهِمْ حَتَّىٰ يَتَبَيَّنَ لَهُمْ أَنَّهُ الْحَقُّ “Les mostraremos nuestros signos en los horizontes y en ellos mismos hasta que les quede claro que es la Verdad” (Corán 41:53) Junto con la afirmación de que el testimonio divino basta como prueba. Las interpretaciones clásicas distinguen entre dos modos de demostración: el burhān al-āfāq, argumento a partir del mundo exterior que infiere al Creador a partir de las cosas creadas, y el burhān al-ṣiddīqīn, que procede directamente de la existencia misma al Existente Necesario (wājib al-wujūd), sin pasar por los seres contingentes ni por el movimiento cosmológico. Existencia necesaria y existencia posible En el núcleo del argumento de Avicena se encuentra la distinción ontológica entre existencia necesaria y posible. Los seres que observamos son contingentes: llegan a existir y dejan de existir, lo que indica que su existencia no es autosuficiente, sino que requiere un determinante que incline la balanza entre el ser y el no ser. Si todo ser contingente requiriera otro ser contingente ad infinitum , ninguna existencia efectiva quedaría jamás asegurada. Una regresión infinita de causas resulta, por tanto, imposible como estructura explicativa. La cadena de contingencia debe terminar en un ser cuya existencia sea necesaria en sí misma, cuya esencia sea idéntica a la existencia. Este es el Existente Necesario, Dios. Este movimiento metafísico se ve reforzado por la célebre tesis de Avicena según la cual la existencia es un accidente (ʿaraḍ) que sobreviene a la esencia. En el caso de los seres contingentes, las esencias son en sí mismas indiferentes a la existencia o la no existencia; la existencia es, por tanto, algo que les es otorgado desde fuera. Esta distinción conceptual permite a Avicena articular una forma radical de dependencia ontológica: las esencias “reciben” la existencia del Existente Necesario, el único que existe por sí mismo. El mundo está así compuesto de quiddidades a la espera de la existencia, mientras que Dios es existencia pura sin quididad. Dentro de este marco, Dios es el dador del ser (wāhib al-wujūd), y la existencia se convierte en un “desbordamiento” o emanación metafísica sobre esencias que, de otro modo, permanecerían inmersas en el no ser. Esta doctrina, sin embargo, fue duramente criticada por Averroes (Ibn Rushd), quien rechazó la noción de que la existencia sea un accidente añadido a la esencia. Para él, semejante separación es puramente conceptual y carece de realidad fuera de la mente. Preguntar cómo la existencia “se adhiere” a una esencia constituye, a su juicio, un error categorial: nada existe antes de la existencia de tal manera que esta pudiera añadírsele. Frente a Avicena, Averroes insiste en que, en la realidad, el ser de una cosa es idéntico a su esencia. Su crítica de la concepción aviceniana de la existencia como accidente constituye así una defensa de la unidad ontológica frente a lo que consideraba una abstracción innecesaria. Emanación y jerarquía de los Intelectos El debate se extiende a la cosmología mediante la doctrina compartida, aunque interpretada de manera diferente, de la emanación. Avicena formula el principio según el cual “de lo Uno solo puede proceder uno”. Del Existente Necesario emerge el Primer Intelecto, que a su vez produce una estructura triádica mediante la intelección de sí mismo: conocimiento del Primer Principio, conocimiento de sí mismo como necesario y conocimiento de sí mismo como contingente. Esta cascada prosigue a través de una jerarquía de diez Intelectos, culminando en el Intelecto Activo (al-ʿaql al-faʿʿāl), que gobierna el mundo sublunar. Esta arquitectura cosmológica integra la metafísica con la astronomía: cada esfera celeste está asociada con un intelecto y un alma. El alma de cada esfera es responsable de su movimiento, concebido no de manera mecánica, sino como una forma de deseo o aspiración hacia la perfección. Así, el cosmos entero se convierte en una jerarquía inteligible de intelectos, almas y cuerpos. Averroes, por el contrario, reorienta este sistema metafísico hacia un marco más estrictamente aristotélico. Rechaza la necesidad de múltiples intelectos intermediarios y reafirma la primacía del movimiento físico como punto de partida de la demostración. Sus pruebas de la existencia de Dios se fundamentan en la propia naturaleza: el argumento de la providencia (dalīl al-ʿināya), que observa el orden y la adecuación del mundo a la vida, y el argumento de la invención (dalīl al-ikhtirāʿ), que señala la complejidad estructurada de los seres vivos, imposible de explicar únicamente por el azar. La causa última es el Motor Inmóvil, inferido a partir de la realidad del movimiento eterno de los cielos. La cosmología aviceniana y el pensamiento ismailí Dentro de este panorama intelectual más amplio, la doctrina de los diez Intelectos se convierte en una estructura compartida, aunque disputada, entre el pensamiento aviceniano y el ismailí. Ambos sistemas presuponen que la trascendencia divina requiere mediación: Dios no gobierna directamente el mundo, sino a través de una jerarquía de intelectos inmateriales. Ambos asocian también el número diez con una arquitectura cosmológica completa, en la cual el décimo intelecto, el Intelecto Activo, gobierna el ámbito sublunar. En este sentido, la cosmología es simultáneamente metafísica y epistemológica: explica tanto la estructura del universo como las condiciones del conocimiento humano. Otra convergencia aparece en el papel del Intelecto Activo como mediador entre lo inteligible y la cognición humana. Es la fuente de las formas, el principio que actualiza el intelecto humano y la condición del conocimiento filosófico. En Avicena, el acceso a él permanece abierto al filósofo mediante la intuición intelectual. En el pensamiento ismailí, particularmente en Ḥamīd al-Dīn al-Kirmānī, queda estructuralmente vinculado a la figura del Imam, quien encarna y transmite su significado dentro de un orden jerárquico del conocimiento. Lo que emerge de este marco comparativo no es simplemente un desacuerdo acerca de las pruebas de la existencia de Dios, sino una divergencia más profunda sobre la estructura misma de la realidad: si la existencia es fundamentalmente analógica o idéntica, si la mediación constituye una necesidad metafísica o una construcción interpretativa, y si la filosofía culmina en una intuición intelectual autónoma o en un orden jerárquicamente organizado de significado revelado. (N. del E.: Este texto ha sido traducido del inglés.)