
El giro peligroso que atraviesa la causa palestina es quizá el más crítico desde la Nakba de 1948, no solo por la abolición al derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, la confiscación de sus tierras y el establecimiento de otro Estado sobre ellas, sino también por la naturaleza del proyecto israelí, que adopta un carácter colonial y expansionista y busca engullir cada vez más territorios. Con ello, borra de facto la solución de dos Estados e impide la emergencia de un Estado palestino dentro de sus fronteras mínimas, es decir, las de 1967. Los proyectos de colonización que el gobierno israelí aprueba en cascada no son más que la punta del iceberg de lo que está planificado. Estos planes buscan transformar el rostro de Cisjordania, donde ya se han asentado más de 800.000 colonos, con el objetivo de consumar la expansión territorial y, al mismo tiempo, aniquilar cualquier perspectiva seria de la creación de un Estado palestino. A medida que el rechazo internacional a la expansión de los asentamientos se diluye hasta quedar reducido a condenas verbales, la situación en Cisjordania se vuelve cada vez más oscura: los colonos, bajo la protección del ejército israelí, irrumpen en pueblos y ciudades, sembrando destrucción en viviendas, bienes y cultivos.
