

¿Cómo se presentará la situación del Líbano y de la región a raíz de la guerra estadounidense-israelí contra Irán? ¿Y qué será de la fractura libanesa-libanesa, que se ha profundizado hasta niveles sin precedentes bajo el efecto conjugado de este conflicto, del compromiso de Hezbolá en él y de las agresiones israelíes que no cesan de extenderse por el territorio libanés, mientras el número de víctimas supera ya el millar y crece día tras día, hora tras hora?
Por el lado iraniano, la supervivencia del régimen aproximadamente un mes después de que se abrieran las hostilidades constituye en sí misma un logro, y es precisamente lo que los partidarios de lo que antaño se designaba bajo el nombre de «eje de la resistencia» llamarían gustosamente una «victoria». Esta denominación sigue siendo, por supuesto, relativa, puesto que lo que pasa por victoria con arreglo a los criterios de ese eje representa un fracaso estruendoso a la luz del curso real de la guerra. Un régimen que se mantiene en el poder sobre ruinas no puede proclamar genuinamente una victoria, e Irán necesitará décadas enteras para recuperarse del derrumbe en que este conflicto devastador lo ha precipitado.
Sin embargo, según los cálculos de un régimen teocrático y dogmático profundamente arraigado en sus certezas ideológicas, el hecho de haberse mantenido frente a la mayor potencia del mundo, que hace gala de su omnipotencia militar, y frente a su aliada regional que logró en pocos meses trastornar los equilibrios de fuerza en la región, representa una hazaña innegable. A ello se añade, en la lógica iraní, el hecho de que Teherán supo desafiar el sistema de la Cúpula de Hierro, atravesar el escudo de seguridad israelí y hacer llover cientos de misiles sobre ciudades y localidades israelíes, en coordinación con Hezbolá, que disparó a su vez cientos de cohetes sobre el norte de la Palestina ocupada, mientras resistía simultáneamente a las columnas del ejército israelí que se empeñaban en adentrarse en el sur del Líbano y en avanzar en la ocupación de sus pueblos, como preludio al establecimiento de un nuevo estado de cosas que cristalizaría en un acuerdo de alto el fuego sin precedentes. Pues el acuerdo de 2024 parece haber perdido toda sustancia, él que por lo demás nunca fue respetado por Israel desde su firma, a lo largo de más de quince meses durante los cuales la soberanía libanesa fue violada cientos de veces sin que el comité del «mecanismo» lograra obligar al Estado hebreo a aplicar disposición alguna.
En el plano interior libanés, quienes apostaban por «el fin» de Hezbolá ya no pueden permitirse desviar indefinidamente la mirada de lo que ocurre en Irán, ni negar que esta «resiliencia iraní», por costosa que sea, ofrecerá tarde o temprano, de un modo u otro, un respiro al partido. Más fundamentalmente aún, no pueden ignorar las agresiones israelíes que golpean a civiles inocentes, socorristas, médicos y periodistas, y que se ceban igualmente en las infraestructuras civiles, como puentes e instalaciones públicas, con el fin de aislar la región al sur del río Litani del resto del territorio libanés, sin contar la destrucción total de los pueblos de la línea de frente arrasados hasta los cimientos con el propósito de expulsar definitivamente a sus habitantes y preparar una ocupación de larga duración, de naturaleza radicalmente diferente de lo que ocurrió durante la ocupación del Sur a partir de 1978, y luego durante la gran invasión de 1982 que llegó hasta Beirut, hasta la liberación completa del territorio en 2000.
Si esta nueva realidad obliga a los libaneses que se oponían, con razón, al compromiso de Hezbolá en esta guerra en nombre de todos y sin consulta previa, a reconsiderar sus certezas y sus apuestas por la eliminación del partido, impone simultáneamente a Hezbolá renunciar sin demora al lenguaje de la amenaza, la intimidación, la traición y las acusaciones de «sionización» dirigidas contra tal o cual responsable.
No cabe aceptar que este partido armado, que ha arrastrado al Líbano a una guerra de la que el país no obtiene ningún beneficio, se vuelva contra el resto de los libaneses una vez suspendido el conflicto, tal como lo dan a entender algunos de sus dirigentes o ciertos medios que gravitan en su órbita, en un desafío provocador a los sentimientos de amplios sectores de la sociedad y a la propia idea del Estado, que se supone debe ser el denominador común de todas las componentes de la nación.
De lo que Israel saca quizás el mayor provecho es de alimentar las disensiones y los rencores entre libaneses, de enfrentar a las comunidades unas contra otras, pues ello le ahorra considerables esfuerzos al mantener a los libaneses consumiéndose mutuamente y apartados de la confrontación con su proyecto expansionista, que adquiere ahora contornos alarmantes mientras se elevan, desde el interior mismo de Israel, las voces que reclaman un «Gran Israel» y la necesidad de expandirse hacia el norte, en dirección al sur del Líbano, para proteger pueblos y asentamientos condenados a la inestabilidad crónica.
Los libaneses ya vivieron la dolorosa experiencia del 7 de mayo de 2008, que no fue sino un golpe de fuerza armado contra la idea de la convivencia entre las distintas componentes de la sociedad libanesa, producido en el apogeo del poder y de la hegemonía armada del Hezb sobre la vida nacional, constitucional y política del país. Semejante experiencia sigue siendo inaceptable bajo cualquier forma, pues representaría una receta lista para la guerra civil y el repudio de todos los logros de la paz civil, la reconstrucción y la estabilidad, por frágil que sea, hechos posibles por los acuerdos de Taëf de 1989.
Lo que los libaneses deben cultivar en esta hora histórica es la humildad y el regreso a las posiciones fundamentales, a fin de trabajar por poner fin a la guerra y a las agresiones, reconstruir el clima nacional propicio a la consolidación de la estabilidad y la paz interior, y de ese modo desbaratar todo proyecto que busque alimentar las divisiones mediante la violencia, esa violencia que el país soportó durante quince años de devastadora guerra civil.